
Volvíamos a casa andando, Ana y yo, agarrados de la mano, con ella vibrando aun, atardecía sobre nuestras cabezas refrescando algo el cargado ambiente de final del verano en una cuidad como Madrid, un selva de cemento y acero que te ahogaba a mas de 40 grados al sol. No podíamos evitar reírnos, sobretodo Ana, estaba como en un sueño, gracias a su desfachatez había logrado algo increíble, que nos mudáramos a la casa, casi palacio, de Eleonor, viviríamos con ella unos meses hasta que todo el papeleo de abogados acabara y ella pudiera regalarme la casa, casi era irreal, […]


















