Más de una semana después y tras dejar a su madre casi totalmente repuesta, Antía llegó a la casa decidida a entablar la lucha. Pero al ir a abrir la puerta, el conjuro de protección que había echado Estefany sobre sus muros le impidió acceder. Al darse cuenta de que necesitaría su permiso para entrar, tocó el timbre y esperó a que esa advenediza llegara corriendo pensando que era Gonzalo que volvía antes de tiempo al chalet.

            Que su jefe no le había anticipado su llegada, quedó claro al verla vestida con un camisón propio de una cortesana, pero disimulando su cabreo comentó a la colombiana que se había olvidado las llaves y que si podía pasar.

            ―Por supuesto, ésta es tu casa― respondió la morena sin advertir que estaba dejando al enemigo entrar a su refugio.

Sonriendo, la gallega le dio las gracias y tras llevar el equipaje a la habitación de servicio, comenzó a limpiar las distintas habitaciones sin que nada en su comportamiento revelara que estaba aprovechando para investigar que otras trampas o sortilegios hubiere realizado en su ausencia. Así rápidamente descubrió las defensas que había erigido en puertas y ventanas para evitar verse sorprendida.

«Debe ser más poderosa de los que pensaba», se dijo al asumir que de alguna manera había intuido el peligro que se cernía sobre ella.

Eso le hizo extremar sus precauciones y poniéndose en guardia, levantó unas impenetrables defensas en su cerebro haciéndolas pasar por una inseguridad y una timidez tan falsas como una moneda de tres euros. Por eso cuando la bruja la sondeó mientras limpiaba el polvo de la casa, lo único que encontró fue la confirmación de lo que Gonzalo opinaba de ella.

«Cómo sostenía, esta mujer no ha conocido varón», se dijo más que satisfecha al comprobar que bajo esa fachada de cobardía se escondía una mujer apasionada.

Por un momento, la pelirroja se sintió descubierta al advertir la furia que crecía en su interior con ese manoseo mental, pero entonces cómo si lo hubiese gritado a los cuatro vientos descubrió que esa boba había adjudicado su ira a un temperamento ardiente que le apetecía probar. Sintiéndose observada, prefirió irse a la cocina. Fue al ir a limpiar una de las cacerolas cuando reparó en el tipo de conjuro que había realizado para que su jefe cayera rendido a sus pies.

«¡Agua de calzón! ¿Acaso no sabe realizar algo más potente?», se dijo parcialmente desilusionada al saber que si era así la bruja no sería capaz de entablar una batalla digna de contar a sus hermanas cuando les llegara con su cabeza cortada sobre una bandeja.

Tras reponerse de la sorpresa, decidió seguir disimulando no fuera a ser que la hubiese minusvalorado y que en realidad esa bruja fuese alguien que temer.

«Tengo todo el tiempo de mundo antes de decidirme a atacar», meditó mientras echaba jabón y se ponía a restregar la olla donde su oponente había realizado ese mejunje.

Estaba pensando en ello cuando como tantas tardes escuchó que Gonzalo llegaba y volviendo a la rutina que tanto amaba, se acercó a abrirle la puerta. Supo que ella era la última persona que su amado se esperaba cuando leyó en sus ojos que la lujuria que le embargaba se convertía en desilusión al ver que era ella y no la zorra hispana quien lo esperaba.

―Antía, ¡qué gusto me da verte! – mintió para acto seguido interesarse por su madre.

―La he dejado pachucha pero bien. Gracias por preguntar.

El cariño con el que la escuchó la hizo recordar porque lo amaba y eso le hizo odiar aún más a la joven que ya vestida como mandaban las normas de decoro, se había acercado a saludar.

«Puta, a mí no me engañas», pensó con creciente cabreo al percatarse de que ataviada tan discretamente su belleza se incrementaba.

El repaso de la gallega no le pasó inadvertido y encantada, volvió a malinterpretarlo creyendo que su mirada recorriéndole el trasero era la prueba de que esa mujer bateaba del lado izquierdo.

«Con razón nunca le echó los perros a mi amado, ¡esta tipa es bollera!», sentenció sin que exteriormente se le notara.

            Ajeno a lo que se le avecinaba y sin tomar partido por ninguna de las contendientes, Gonzalo besó discretamente en la mejilla a su invitada antes de dejar su maletín y pedir que le trajeran una copa. Cuando ya Estefany iba por ella, la pelirroja se le adelantó y conociendo profundamente sus gustos, le preparó una ginebra con tónica a la que añadió un par de arándonos. 

            ―Echaba de menos tus combinados― declaró sin percatarse del cabreo que sus palabras provocarían en la chiquilla que compartía sábanas con él, pero tampoco que su criada viera en ese piropo un atisbo que le hiciera albergar esperanzas.

«Zorra, Gonzalo es mío», pensó la hispana al percatarse por primera vez de la adoración que sentía la gallega por su patrón a pesar de su inclinación sexual: «Y no de una guarra que ni siquiera sabe si le gustan los hombres o las mujeres».

Tan potente fue su pensamiento que éste llegó al cerebro de la meiga tan claro como si lo hubiese gritado y decidida a mantener las apariencias, dotando a su voz de un servilismo lleno de humildad, preguntó a su enemiga que deseaba que le sirviera de beber.

―Ponme un whisky― ordenó la colombiana.

Al escuchar su tono altanero, Antía se indignó y mientras cuerpo le pedía saltarla al cuello, bajando la mirada, volvió a la barra y se lo sirvió.

 ―Tome, mi señora. Si desean algo más, estaré en la cocina.

Nuevamente, Estefany se dejó engañar por las apariencias y satisfecha por la forma tan descriptiva con la que la criada había reconocido su mando, se giró a mirarla mientras se iba intentando descubrir si tal y como le había dicho Patricia, esa mujer era dueña de cuerpo tan voluptuoso y atractivo como el suyo.

            «Bajo ese disfraz es imposible saberlo», se dijo mientras decidía tomar medidas al respecto.

            Las manos de Gonzalo bajo su falda le hicieron ratificar esa decisión al saber que mientras no la hubiese seducido debía de abstenerse de mostrar sin ambages que eran pareja para que no le fuera con el cuento a Patricia. Por eso y mientras le pedía contención hasta que la gallega se fuera a dormir, decidió usar con ella el mismo conjuro que con él sin saber que en ese preciso instante su adversaria estaba haciendo recuento de los ingredientes que necesitaría para elaborar el suyo.

Tras la cena, Antía hizo uso del cansancio del viaje para dejarlos solos y así dar a Gonzalo la oportunidad de saciar la lujuria que le embargaba cada vez que miraba a la hispana, sabiendo que esta no se negaría. Tal y como anticipó, le llegó el sonido de los pasos de los dos subiendo por las escaleras al cabo de los cinco minutos. Aun así, aguardó media hora, antes de abrir las ventanas y sacar un pequeño hornillo con el que preparar la mezcla que convertiría a esa bruja que se creía invencible en una zorra sedienta de sus caricias.

            Ya con el agua hirviendo, introdujo la compresa que se acababa de quitar totalmente impregnada con su sangre y añadiendo las cenizas del gallo que durante años había fecundado las gallinas del corral de su madre y que había sacrificado para tal fin efectuó una invocación a las cuatro fuerzas de la naturaleza:

            ―Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego! A vosotros hago esta llamada: Si es verdad que tenéis más poder que la humana gente, haced que la mala mujer que ha robado el cariño de mi hombre caiga prendada de mi sabor y busque ser mía.

Justo entonces comprendió que no le era suficiente hacerse dueña de la bruja, completó el ritual metiendo la cola de una salamandra mientras decía:

― Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego! A vosotros os reitero mi suplica: cuando mi hombre beba esta infusión, también ansíe hundir su hombría en mi seno.

Como todo buen conjuro debe ser regado con el sacrificio de su autora, encendiendo el intercomunicador por medio del cual su adorado la llamaba cuando requería algo de ella, se torturó con el sonido de la bruja siendo empalada sobre la cama por su amor.

«Maldita hija de satanás, ¡Gonzalo es mío!», llorando a moco tendido proclamó mientras escuchaba los gritos de placer de la hispana cada vez que era penetrada.

Sabiendo que cuanto más soportara oyendo esa escena mayor sería su sufrimiento se mortificó con el roce de sus cuerpos apareándose sin parar mientras retenía los deseos de tocarse imaginando que era ella el objeto de la pasión de su jefe.

«Te haré pagar mis desdichas», se dijo mientras en altavoz llegaba el sonido de unos azotes que debían haber sido suyos.

Los gritos de placer de Estefany cada vez que Gonzalo la premiaba con un nuevo azote o una nueva embestida incrementaron su lujuria y viéndose tentada en hundir un par de dedos en su coño siguiendo el ritmo con el que el embrujado amaba a esa mujer, se aferró a los barrotes de su cama.

«Engendro, disfruta de las llamas de este fuego que me corroe hasta que te veas obligarlo a calmarlo con la boca entre mis piernas», sollozó incapaz de dejar de atormentarse con el gozo de su adversaria.

Un piso por encima de ella y mientras su macho la acuchillaba, la imagen de la criada oyéndolos llegó a la mente de la colombiana y creyendo que los estaba espiando tras la puerta, su calentura se exacerbó:

―Zorra, ¡escucha como me ama! ¡Envidia la suerte de la que será tu dueña! ― gritó queriendo ser escuchada por la gallega.

Mientras Gonzalo intentaba contener sus berridos para no ser descubiertos, en la habitación del servicio, Antía se estremeció al darse cuenta que la joven había sentido su presencia y aterrorizada apagó el intercomunicador justo cuando en los altavoces oía el atronador orgasmo que protagonizó su adversaria…

Asustada por si su insensatez había revelado a la bruja quien era su oponente, apenas pudo dormir y despertó totalmente derrotada. Sin gana alguna de levantarse y enfrentar los reproches de la hispana, se fue a bañar buscando alguna excusa a la que aferrarse.  Por ello y una vez vestida con el humillante uniforme que anteriormente había llevado orgullosa, llegó a la cocina y descubrió que, en algún momento de la noche, la colombiana había bajado para elaborar su agüita de calzón. Seguía sin entender la razón que le había llevado para hacerlo cuando la morena le llegó con un café y se lo dio a probar, diciendo:

―Me he levantado antes y te he ahorrado hacerlo.

Nada más olerlo, supo que bajo el aroma del fruto del cafeto esa ingenua quería ocultar el sabor de sus bragas usadas y sabiendo que ella era inmune a ese mejunje, se lo empezó a tomar mientras observaba de reojo que la chavala no perdía detalle.

―Te he dicho lo mucho que Gonzalo te ha echado de menos mientras no estabas― haciéndole una carantoña en la mejilla, susurró.

De inmediato, comprendió no solo que no la había descubierto sino también que por alguna razón deseaba seducirla y separándose de ella, notó la satisfacción con la que Estefany malinterpretaba su turbación.

―No sabes la ilusión que me hace que me hayáis añorado― contestó ruborizada usando el plural al haber anticipado sus planes.

Involuntariamente, los pezones de la gallega se alzaron bajo su vestido al saber lo cerca que estaba de cumplirse su deseo de ser la hembra de su patrón y por ello no le importó que hacer creer a su enemiga que todo iba de acuerdo a la hoja que se había marcado cuando dejó caer que le parecía un anacronismo que siguiera usando un disfraz de criada sin esperar a que esa especiada bebida cumpliera su función.

―Mi señora, no es un disfraz. Soy la chacha y como tal sé cuál es mi lugar en esta casa― respondió sin retenerle la mirada.

Encantada con la sumisión que le mostraba, Estefany decidió no seguir presionando y aprovechando que Gonzalo había bajado a desayunar, ordenó que les preparara el desayuno. Siguiendo a rajatabla sus instrucciones, Antía exprimió media docena naranjas y tras llenar dos vasos, los aderezó con dos gotas de la poción mágica que había elaborado la noche anterior.

«Zorra, iré añadiendo una pizca más en cada comida hasta que mi hombre y tú os rindáis a mí», sentenció poniendo sobre la mesa los zumos.

Sin esperar a que se lo tomaran, estaba volviendo a la seguridad de la cocina cuando descubrió que el café que había tomado no era tan inocuo como ella creía al notar que la calentura que crecía en su interior. Sabedora de que debía regurgitarlo de inmediato, corrió al baño y metiéndose dos dedos en la garganta, consiguió echar la mayoría antes de que fuera algo insoportable.

Aun así, al volver a recoger los platos y vasos que habían usado, la belleza de la colombiana se había acrecentado y espantada, se vio mirándole los pechos. La rapidez con la que pudo rechazar la atracción que sentía, la tranquilizó y asumiendo que era algo que podía combatir, sonrió mientras escuchaba a la bruja decir a su amado que esa mañana iba a ir a la peluquería.

El bonachón no vio nada raro en sus palabras y despidiéndose de ambas, se marchó a trabajar. La bruja espero a oír que arrancaba el coche para girarse hacia la criada e informarla que iba a acompañarla porque quería hacerle un cambio de look.

―Mi señora, no hace falta― suspiró haciendo gala de su timidez.

Tanteando el terreno para comprobar si su conjuro había ya resultado, la morena elevó su voz:

―Es una orden, no un ruego. No desearás que tu señora se enfade contigo.

Su tono imperativo le hizo saber que esperaba de ella y simulando una desazón que no sentía, se echó a llorar como una magdalena implorando su perdón. Lo que nunca esperó fue que esa odiosa hiciera valer tan rápido el poder que creía poseer y la azuzara a cambiarse de ropa con un sonoro azote en su trasero. Pero menos aún que su corazón se pusiera a mil por hora al sentir el escozor del golpe.

«Tengo que tomar algo que neutralice el efecto del café», se dijo preocupada.

Por eso no advirtió la excitación de la colombiana al sentir todavía la dureza del culo de la criada en sus yemas como tampoco reparó en los dos atrayentes bultos que florecían bajo la blusa de la latina viéndola huir.

«Va a ser que también soy medio bollera», ajena al sortilegio que había ingerido con el zumo, la bruja razonó divertida mientras planeaba cómo emputecer a la gallega.

 Mientras se cambiaba, la meiga mordisqueó unas hojas de un eucalipto gallego para combatir los efectos que se iban acumulando en su entrepierna. No tardó en comprobar que sin ser un antídoto que los hiciera desaparecer, al menos los había calmado y preguntándose si debía llamar a su madre en busca de ayuda, salió de su cuarto a seguir actuando como una damisela enamorada para no levantar las suspicacias de su rival.

Esta sonrió al verla llegar con la cabeza gacha y dando por sentado que con su presencia poco a poco el conjuro se iría haciendo cada vez más fuerte, se abstuvo de seguir presionándola con rudeza. En vez de ello, ya en el coche que había sido de la madre de Patricia antes del divorcio, aprovechó a que servilmente le ajustaba el cinturón para rozar los apetitosos melones que creía intuir bajo el grueso jersey de su víctima.

El sollozo de Antía al sentir esa inesperada caricia la puso como una moto y sobre la marcha decidió que no solo iba a cortarle el pelo, sino que iba a aprovechar para comprarle el picardías que usara la noche en que entre Gonzalo y ella la estrenaran.  Solo pensar en ello, incrementó la necesidad de poseerla y sabiendo que debía actuar con prudencia, alejó sus dedos mientras aceleraba.

«¡Qué ganas tengo de que me comas el bollito mientras mi hombre te culea!» sentenció alborotada sin percatarse de que su reacción se debía al aderezo del zumo que había tomado.

Mientras eso ocurría, durante el trayecto a la empresa, el maduro no dejaba de pensar en la insistencia de su joven amante de invitar a su empleada a compartir caricias y por primera vez, no le pareció una locura sino algo sumamente apetecible.

―Dos hembras dispuestas solo para mí, no puedo pedir algo mejor― se dijo dando la bienvenida a la idea…

11

El destino quiso que esa mañana Patricia recibiera una llamada del padre de su amiga, el cual tras saludarla con un extraño cariño, la alertó del peligro que corría su padre al cobijar a Estefany. Y es que, demostrando una ausencia de amor paterno, dedicó media hora en mal ponerla con ella, haciendo hincapié en la atracción que su hija sentía por los hombres maduros, dando por sentado que para entonces ya debía haber seducido a Gonzalo, haciendo de él su amante.

            ―No los creo capaces de semejante traición― exclamó totalmente abochornada recordando el último juego sexual que habían protagonizado al teléfono y cuyo actor principal era el maduro del que hablaban.

            El tal Ricardo debió intuir sus dudas y apoyándose en eso, le previno que tuviese cuidado y que no bebiera nada que su amiga le diera.

            ― ¿A qué se refiere? ― ya molesta preguntó.

            Durante unos segundos, el colombiano se quedó pensando y cuando la chavala ya creía que no le iba a responder, contestó:

            ―Estefany salió a su madre. Aunque te suene raro y más viniendo de mí, desde que nació, sé que mi hija es… ¡bruja!

Por un momento, Patricia se quedó de piedra, pero entonces soltando una carcajada, replicó:

― ¡Cómo todas las mujeres!

Ricardo intuyó que no le había entendido y matizando lo dicho, añadió que no se refería a su carácter, sino a los dones mágicos que había heredado por el lado materno.

― ¿Poderes mágicos? ― intentando retener su risa, exclamó.

El magnate estaba tan furioso que no se pudo contener y sin reparar en que bien podía catalogarlo como un loco, respondió:

―Tú ríete, pero soy el único que puede contener su naturaleza. Sin vigilancia, hará desaparecer a todos aquellos que considere un estorbo.

 Ese brindis al sol cayó como un obús bajo la línea de flotación de la chavala al hacerle recordar la enfermedad de su ex, así como su fijación en achacar todos sus males a su amiga. Sin mencionárselo al malnacido con el que hablaba, se despidió de él y colgó. Tras hacerlo, cayó en la cuenta de que nunca había prestado atención a los reproches de Manuel, al haber siempre pensado que era el rencor el que guiaba sus palabras. Por eso, tras meditarlo durante dos horas, decidió que nada perdía si lo llamaba y tecleando el número de teléfono que le dejó para que le mandara el resto de sus cosas, esperó varios timbrazos antes de que se dignara en contestar:

― ¿Qué coño quieres? ― en plan cortante, el perroflauta dijo al descolgar.

Por un breve instante estuvo a punto de mandarlo a la mierda después del daño que le había hecho, pero decidida a averiguar los motivos por los que echaba la culpa a Estefany de su incapacidad para conseguir una erección, le preguntó cómo seguía.

― ¡Cómo voy a estar después de lo que me hizo esa zorra!… ¡Jodido!

Aprovechando que el mismo había sacado el tema, con voz suave, para no alterarlo todavía más, quiso que le contara por qué sostenía que su amiga era responsable de su enfermedad. Habiendo cortado con ella, el capullo aquel le narró con todo lujo de detalle como la colombiana se le había insinuado, llegando a pajearlo hasta que consiguió excitarlo.

―Con mi polla en su mano, esa puta me echó una maldición.

― ¿Qué te dijo?

― ¿Quieres saberlo? Esa maldita me dijo que disfrutara de esa erección porque sería la última― contestó antes de colgar.

Todavía con el móvil, Patricia se quedó pensando en lo extraño que le resultaba que su ex, un hombre educado en Europa, creyera haber sido objeto de un mal de ojo, pero como eso cuadraba a la perfección con lo que le había dicho el padre se quedó horrorizada y dando cierta credibilidad a esa locura, pensó si sería cierto.

«No puede ser, pero es evidente que algo hay», se dijo.

Temiendo ser la responsable de lo que le pudiera ocurrirle a su viejo, se quedó decidiendo cómo podría confirmar si Estefany era un peligro, asumiendo que era imposible y hasta una locura creer en que fuera una bruja.

A pesar de sus protestas, Antía nada pudo hacer por evitar ese cambio de look sin descubrirse y por ello, acababan de dar las diez en su reloj cuando uno de los peluqueros de la Maison, un afamado local del barrio de Salamanca, estaba discutiendo con la morena el tipo de corte que le iba a hacer. Sabiendo que la creía que estaba en su poder, prefirió no intervenir, aunque estuvieran conversando sobre su persona.

―A esta monada le va un “long shaggy” ― sostenía el estilista a pesar de que la morena quería algo menos desenfadado.

Tras cinco minutos, prevaleció la opinión del profesional y se puso a la labor. Para la gallega, ver caer sus rojizos rizos le resultó un suplicio y por eso añadió esa nueva afrenta a los agravios que haría pagar a su adversaria en cuanto pudiera. Para su sorpresa, al terminar y viéndose en el espejo, se gustó.

«No me lo puedo creer», se dijo sintiéndose guapa al observar el peinado a base de capas que lucía.

Confirmando que también ella le había sorprendido el resultado, la colombiana se acercó a ella y rozando sus mejillas, le susurró al oído que la encontraba preciosa. El piropo y esa inesperada caricia provocaron que su respiración se acelerara mientras sentía los ojos de Estefany anclados en su escote.

«Está buena», sentenció y mientras reprimía las ganas de darle un mordisco, se preguntó cómo era posible que experimentara tanta atracción por una mujer. Meditando sobre ello, se auto inculpó: «Al ligarla a mí por el conjuro, me he contagiado de su calentura».

Por ello, tras pagar, directamente la llevó una tienda de Women´s Secret donde sin darle opción a opinar eligió un par de conjuntos a cada cual más escandaloso y entrando con ella en el vestidor, la obligó a probárselos. Ya en su interior le gustó ver la timidez de la criada al despojarse de la ropa.

«Tengo que reconocer que tiene un pompis maravilloso», pensó cuando muerta de vergüenza se puso de espaldas y pudo disfrutar absorta de las nalgas blancas y duras de las que era dueña.

Pasándole el primer conjunto, un camisón corto de raso que le había parecido sensualmente discreto, la urgió a que se lo pusiera mientras intentaba contener su excitación. Con él puesto, la giró y por primera vez pudo comprobar el volumen y la forma de sus pechos.

«¡Menudas bubis!», exclamó para sí e incapaz de dominarse, aprovechó el momento para meter la mano en su escote y simulando que se las colocaba, darle un buen magreo.

La pelirroja se quedó paralizada al sentir ese indecente manoseo, pero sabiendo que no podía mostrar su rechazo, se obligó a sonreír. Su agresora vio en esa sonrisa el éxito de la poción que la había hecho tomar y eso, lejos de apaciguar su calentura, la maximizó.

«Este bollito está listo para que me lo coma», satisfecha, pensó mientras la humedad creía en su entrepierna.

Sabiendo que la criada no podría negarse, ella misma le quitó el camisón y dejándola en ropa interior, le ordenó despojarse del sujetador que llevaba. Tal y como esperaba, con las mejillas teñidas de rojo, la mujer obedeció sin alzar la mirada. Estefany no pudo más que babear al comprobar que Antía tenía los pezones totalmente erizados y riéndose de ella, preguntó si le ponía cachonda que ella la observara. En vez de contestar que eran producto del cabreo, Antía mintió aceptando implícitamente que era así:

―Lo siento, señora.

El susurro apenas perceptible de la pelirroja la convenció de que era algo que deseaba y acercando la boca a uno de sus senos, le pegó un largo lametazo antes de dar a la sorprendida mujer el segundo camisón que había elegido.

«¿Qué me pasa?», se preguntó la gallega al sentir que apenas podía respirar tras recibir esa húmeda caricia.

 Desesperada atribuyó sus dificultades al puñetero café que imprudentemente había tomado a pesar de saber que escondía un conjuro y sin querer ni pensar en ello, se puso la ropa que la maldita bruja le había pasado. La colombiana supo de inmediato que se llevarían ese cuando la vio con él y reparó en la inmensa sensualidad que desprendía gracias a su tejido transparente.  Viendo que ese encaje rojo apenas podía ocultar sus exuberantes atributos y que hacía juego con su melena, atrayéndola hacia ella, comentó a la que consideraba su sierva:

―Mi hombre no va a poder evitar hacerte suya en cuanto te vea con él puesto.

Sin discernir claramente si había sido la promesa de que por fin cumpliría su sueño o por el contrario fue la mano de la bruja recorriendo sus nalgas, Antía no pudo evitar besar a su agresora con pasión. Ni siquiera cuando la lengua de ésta jugueteó con la suya se percató de que estaba restregando su vulva contra ella.

―Eres una zorra lesbiana, pero me encantas― disfrutando de su entrega, la bruja comentó.

Al oír sus risas, la criada se separó de Estefany completamente abochornada y sin saber por qué, intentó disculparse:

―Perdone, mi señora. Perdone a esta boba que la encuentra irresistible.

Nada más decirlo, Antía se echó a llorar al darse cuenta de que más que una disculpa era una confesión y que realmente la encontraba bellísima. Mientras ella sufría, la bruja estaba pletórica al saber que la pelirroja estaba en su poder. Prueba de ello es que, desternillada de risa, la avisó que a partir de ese momento y mientras estuvieran solas en casa, debía obedecerla sin rechistar.

―Eso haré… mi dueña.

Contra su voluntad, gimió de placer al sentir que premiaba su fidelidad con un azote.

Ya dentro del coche y mientras la gallega trataba de contener su llanto, Estefany comenzó a planear cómo llevar a esa monada a la cama de Gonzalo sin que este protestara. Conociendo el estricto sentido de la moralidad que regía el proceder del maduro, decidió ir poco a poco y por ello, eligió primero que debía emputecer a la criada antes de plantearse siquiera presionar a su jefe. Fue entonces cuando recordó el desfasado uniforme de la criada y en vez de ir directamente al chalet, decidió hacer dos paradas. Una en una tienda de ropa profesional donde compró un atuendo totalmente entallado que realzara sus senos y la segunda en un sex shop donde ante la mirada escandalizada de su acompañante adquirió un disfraz de sirvienta francesa, más propio de una película porno que de un hogar.

«No pienso ponerme eso», musitó para sí Antía al contemplar que no solo le dejaría las dos pechugas al aire, sino que dado el escueto tamaño de la falda mostraría su sexo en plenitud.

Aun así, no se quejó al ver que la colombiana pagaba y con ambas bolsas bajo el brazo, decidió que a la hora de comer iba a duplicar la dosis que había pensado disolver en su comida…

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