La tensión sexual que ambas sentían en el coche fue positiva para la gallega, ya que, al llegar al chalet, Estefany prefirió ir a calmar el escozor que sentía entre los muslos, antes de seguir presionándola. Aprovechando la momentánea seguridad de su cuarto, Antía llamó a su madre y avergonzada le narró la forma tan ilusa en la que había caído en manos de su enemiga. Doña Bríxida esperó a que su hija terminara de hablar para, sin consolarla, exigir que le contara todas y cada una de las sensaciones, así como los efectos que había sentido a raíz de beberse la poción. La pelirroja, escandalizada por el carácter tan íntimo de la pregunta, comprendió que era la líder de la hermandad y no su progenitora quien le ordenaba extenderse. Necesitada de su ayuda, confesó la calentura que había experimentado al ser manoseada, lo cachonda que se había puesto cuando mamó de sus pechos e incluso exteriorizó la pasión que había sentido al besarla.

Tras escuchar atentamente esa información, la meiga se quedó meditando y al cabo de un tiempo que se le hizo eterno, contestó:

―El daño ya está hecho y nada de lo que hagamos, podrá cambiarlo―a modo de introducción, declaró.

El mundo de la hija se hizo añicos al oír su dictamen y cuando ésta se estaba planteando seriamente el suicidio, prosiguió:

―Pero no hay mal que por bien no venga. Desde el momento que te sabes afectada por su hechizo, podrás contenerlo y aprovechando a tu favor la atracción que sientes por la bruja, podrás ocultar mejor tus intenciones…. y cuando esa degenerada se dé cuenta de tu hechizo, ya la tendrás buceando entre tus piernas.

La sola imagen de la morena comiendo de su sexo la perturbó y no queriendo añadir más preocupaciones a la anciana, directamente se lo ocultó y únicamente le preguntó cómo debía comportarse con su adversaria.

―Haz lo que te pida. Solo obedeciendo podrás vencerla.

― ¡Pero madre! ― escandalizada protestó asumiendo de antemano el carácter que tendrían sus caprichos.

Aun comprendiendo los reparos de su beba, doña Bríxida se mantuvo firme:

―Para la bruja eres su sierva. ¡Compórtate como tal y que tu dueña no tenga queja!

Desolada, estaba prometiendo seguir sus consejos cuando escuchó a la latina preguntar por ella. Tratando de que no notara su tristeza, contestó que se estaba cambiando y recogiendo de la cama el uniforme más discreto, se lo puso y fue a verla.

Estefany no pudo dejar de expresar su admiración al contemplar el profundo canal entre los pechos de la criada con ese atuendo una talla o dos menos de la que realmente requería por la generosidad de sus curvas antes de exigir que le pusiera de comer.

«Será puta», masculló Antía al sentirse violada y humillada por lo procaz de su mirada y volviendo a la cocina, derramó en el guiso cuatro gotas en vez de dos. Sabiendo que las mismas no tardaría en tener efecto, le pareció lo más sensato seguir los consejos de su vieja y tras colocar el plato sobre la mesa, servilmente se arrodilló frente a la hispana.

Mirando de reojo la postura que había adoptado, su confiada adversaria sonrió.

―He pensado en que me vendría bien un masaje al terminar de comer― dejó caer.

La entrega de la mujer a sus pies le supo a poco y decidió presionar para forzar aún más la creciente adoración de su víctima acariciando su melena de color fuego.

 ―Mi dueña― la oyó suspirar mientras ella misma sentía cómo se incrementaba su propia lujuria y tratando de postergarla, comenzó a comer.

Que la pelirroja siguiera atenta el vuelo del cubierto desde el plato a su boca le pareció algo normal, pero extrañamente excitante.

«Esta guarrilla me pone cachonda», pensó sin advertir el sabor del brebaje que había disuelto en la salsa.

 Como le resultó de su agrado, se lo acabó e incluso repitió. Al servirle la segunda porción Antía se vio tentada de añadir otras dos gotas, pero en el último segundo se arrepintió y no aderezó el guiso mientras en el comedor la dosis que había ingerido estaba comenzando a hacer estragos en la bruja A modo meramente ilustrativo cuando llegó y puso a su disposición el plato, durante un minuto la latina optó por manosear el trasero de la criada en vez de comer.

―Señora, no es necesario que sea tan dulce conmigo― sollozó excitada ésta al sentir las caricias de la joven sobre sus nalgas.

Y no fue la única la que se sintió estimulada, ya que la propia latina palideció al palpar con sus yemas la tersura de esos cachetes duros y queriendo acelerar el masaje que iba a recibir, se terminó el guisado lo más rápido que pudo.

Por eso cuando Antía preguntó si le apetecía un café, únicamente le ordenó que se fuera a limpiar la vajilla que había usado mientras ella se iba a ponerse cómoda.

―Cuando termine, ¿me va a necesitar? ― con voz apenada, la fiel empleada suspiró haciéndola ver que no le apetecía quedarse sola.

Llena de alegría al saberla suya, pero haciéndose la molesta, le recordó lo del masaje y sin esperar su respuesta, se marchó hacia el cuarto de Gonzalo. Ya en él, se dio cuenta de que su armario estaba en la otra habitación y aunque tenía tiempo de ir y volver, prefirió recibir a su sierva en su cama. Tras desnudarse y dejar su vestido colgado, se puso a elegir la ropa que llevaría y totalmente en celo, optó por presentarse desnuda ante ella.

«Al fin y al cabo, no tardaría en quitarme las bragas», divertida pensó mientras se tumbaba sobre las sábanas.

Los cinco minutos que tardó en oír sus pasos le resultaron penosamente largos e involuntariamente, se empezó a acariciar imaginando el placer que sin duda iba a proporcionarle esa pazguata. Por eso cuando la oyó tocar en la puerta, avergonzada se percató de la humedad de su sexo y no queriendo asustarla, se tapó con una toalla antes de darle permiso de entrar.

A pesar de intentar auto convencerse de que no debería excitarse, cuando Antía traspasó el dintel y observó a la latina sobre la cama, no pudo dejar de gemir con su belleza:

―Es preciosa.

Ese inesperado piropo la hizo feliz y cerrando los ojos, Estefany se dio la vuelta para que la criada empezara a masajearle la espalda. La gallega asumiendo cómo terminaría esa tarde, no comprendió la premura con la que su cuerpo reaccionó a recorrer con los ojos la piel canela de la que sabía su enemiga y con paso inseguro fue acercándose ante la evidente molestia de la mujer.

―Date prisa. No tengo todo el día― la bruja protestó desde el lecho donde la haría sucumbir.

Aterrorizada al sentir el deseo que impregnaba su voz, vertió un poco del aceite en sus manos antes de comenzar.

―Mi señora, he pensado que le gustaría― musitó al ver en la mirada de la morena que nunca había hablado de usar ningún tipo de lubricante.

Tras lo cual y viendo que no ponía ninguna objeción empezó a masajear sus pies. Sabiendo que debía tranquilizarse y que Estefany fuera quien marcara el ritmo, se dedicó por entero a relajar cada uno de sus diez dedos y sus dos plantas antes de atreverse a atacar sus tobillos.

―Me encanta, zorrita― susurró la hispana disfrutando cuando una por una masajeó las falanges de sus pies.

Curiosamente, ese susurro no solo la complació, sino que le dio alas para seguir por las doradas pantorrillas de su enemiga sin sentirse humillada. Lentamente, hundió sus yemas en los gemelos de ambas piernas despertando sus primeros gemidos. Gemidos que lejos de molestarla, los sintió como un dulce pinchazo entre los pliegues de su sexo.

«Es a causa del café que bebí», se convenció para no reconocer que esa maldita le gustaba, pero no por ello paró y disfrutando por anticipado del momento de la venganza, llegó hasta sus rodillas.

Para entonces, la colombiana estaba todo menos relajada y cada vez que la criada conquistaba un centímetro de su piel, su vulva se estremecía previendo el momento en que esas caricias llegaran hasta ella.

«¡Dios! ¡Qué arrecha estoy!», exclamó en su mente sin atreverse a exteriorizarlo mientras el aroma dulzón del aceite y esos mimos la estaban volviendo loca.

Al llegar a los muslos, a Antía no le quedó otra que levantar la toalla que los cubría y embelesada, observó por primera vez el glorioso trasero de la morena. Asustada por la fuerza de la excitación que ello le provocó, decidió volverla a poner en su sitio y que sus manos acariciaran el inicio de ese culo sin verlo. Para su desgracia, rápidamente comprendió su error cuando en su imaginación los glúteos de Estefany se convirtieron en los de Gonzalo y se vio magreando con verdadera ansia ese sueño hecho realidad.

El cambio de estrategia pilló desprevenida a la morena, pero por raro que parezca, le cautivó sentir los dedos de la criada clavándose en la piel de sus cachetes y sin ocultar el gozo que la embargaba, comenzó a berrear cada vez más hasta que desesperada se quitó la toalla y exigió que siguiera por su espalda.

Esa exigencia obligó a la gallega a subirse a horcajadas sobre ella, sin saber que al sentir la bruja su ropa, le iba a exigir quitársela. Asustada con esa nueva imposición dudó, pero dejando caer su vestido obedeció. Al volverse encaramar sobre ella sus piernas entraron en contacto con el trasero ya aceitado de la joven, avivando más si cabe el incendió que ya sentía.

«¡Se va a dar cuenta que estoy mojada!», se lamentó mientras empezaba a recorrer con las yemas su cintura.

―Quítate el sostén y acaríciame con tus bubis― dando una nueva vuelta a su humillación exigió con los ojos cerrados la hispana.

Asustada y excitada por igual, la criada comprendió que debía llenarse los pechos de aceite y tras hacerlo, los comenzó a restregar en la espalda de la mujer que le había robado el hombre. La facilidad con la que sus tetas resbalaban sobre la cobriza piel de la bruja la entusiasmó y por un momento, olvidó que era su enemiga cuando sintió que levantando el trasero presionaba contra su mojada vulva.

«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó al darse cuenta que, en vez de rechazar ese contacto, se ponía a masturbar con las nalgas de la morena.

La humedad de ese coño todavía tapado por las bragas intensificó más si cabe la sensación de dominio que sentía y haciendo uso de su poder, Estefany exigió que se las quitara sin prever que la criada en vez de deslizárselas por los pies, se las arrancara haciéndolas trizas. La violencia de sus actos fue lo último que necesito para darse la vuelta y poniendo los pechos a disposición de la gallega, ordenar que se los mamara.

Temblando como una niña asustadiza, Antía acercó la boca a las negras areolas que le ofrecía y demostrando su timidez, sacó la lengua y usó solo la punta para recorrer sus bordes. La lentitud de ésta apoderándose de sus pezones desesperó a la bruja y sin ningún reparo, la ordenó obedecer o tendría que castigarla.

―Mi señora, es mi primera vez con una dama― sollozó incapaz de obedecer.

Que fuera su estreno lésbico sacudió la conciencia de la hispana y cambiando de posición con la criada, la besó tiernamente mientras la informaba de que, a partir de ese momento, sería ella quien le diese el masaje. Sabiendo que en cuanto bebiera de su sexo, esa zorra quedaría prendada y nada de lo que hiciera podría evitar que se volviese adicta, Antía se quedó inmóvil. Creyéndola en su poder, se quedó observando el indudable atractivo de los pezones rosados que decoraban los pechos de la empleada, pero como experta en esas lides prefirió comenzar acariciando los brazos mientras se dejaba deslizar por el voluptuoso cuerpo de la criada.

Al entrar en contacto los blancos senos de una contra las doradas ubres de la otra, ambas olvidaron sus propósitos y se besaron con pasión, dando inicio a una sucesión interminable de caricias cuya autora era imposible de distinguir. Mientras unas veces era la morenita la que mamaba desesperada, en otras Antía fue la que se amamantó de los impresionantes atributos de su adversaria.

Lo único cierto es que fue Estefany la que primero reconoció lo mucho que deseaba hundir la lengua entre las piernas de su cautiva y sin esperar su contestación, fue dejándose caer por ella mientras dejaba un húmedo surco en su camino.

―Mi señora― rugió ya en celo al sentir que la hispana iba barriendo con la melena los últimos reparos que sentía.

Muestra innegable de su calentura fue la humedad que su sexo destilaba y que la morena descubrió al usar las yemas para separar los pliegues que ocultaban el manjar que deseaba devorar. Y es que estaba tan mojada que complacida pensó en que no lo estaría más después de haber sufrido el embate de un huracán.

―Calla y disfruta de los mimos de tu dueña, ¡perra lesbiana! ― rugió en plan vencedor mientras tomaba al asalto el erizado botón que había ido a buscar.

A pesar del insulto, no hizo nada por evitar que la bruja se apoderara de su clítoris. Es más, sorprendida por la intensidad de lo que sentía, abrió los ojos como platos cuando experimentó el placer que la lengua de su enemiga le proporcionó al lamérselo.

―No pare, mi señora. Ame a su esclava― se asustó al oír que la rogaba.

Por suerte, la bruja no la oyó al estar centrada en paladear el agridulce sabor de esa ambrosía.

«¡Está riquísimo!», era lo único que podía pensar mientras con una sed que no recordaba haber tenido jamás bebía entusiasmada.

Los gemidos de la gallega al verse gratificada por esos mimos no hicieron más que aumentar la necesidad que sentía de saciar la lujuria sorbiendo sin parar en el manantial que brotaba del interior de la criada. Tal fue su insistencia que no tardó mucho en notar que Antía se tensaba y sabiendo lo que eso significaba, insistió en usar la lengua para recoger el fruto de su trabajo.

Aun previéndolo, todos los vellos de su cuerpo se erizaron al escuchar el grito que emanó de la pelirroja cuando se vio sacudida por el orgasmo. Lejos de calmar su sed, el placer de su amante incrementó la pasión con la que la devoraba y ya sin ningún recato, se puso a mordisquear su clítoris mientras ella misma se masturbaba.

― ¿Qué es esto? ― Antía aulló asustada cuando todas las neuronas de su cerebro se vieron sacudidas por las intensas descargas que surgían de su sexo.

Llorando, se consoló al escuchar que su enemiga también estaba siendo pasto de las llamas e involuntariamente, clavó sus uñas en ella intentando vengar en parte el placer culpable que estaba sintiendo. Para su sorpresa, la bruja se corrió como una cerda cuando se mezclaron en ella el gozo que le estaban provocando sus dedos y el dolor que sintió con esos arañazos.

Dominada por la angustia de haber sucumbido antes que su adversaria, usó sus dedos para hoyar la cueva de la bruja con ganas de derrotarla. La alegría con la que Estefany acogió la invasión de sus yemas, la terminó de cabrear y dejando a un lado los consejos de la anciana, no solo siguió follándosela con los dedos, sino que poniéndola a cuatro patas acompañó los movimientos de su mano con fuertes y sonoros azotes sobre sus nalgas.

― ¡Puta lesbiana! ¡No pares y sigue dándole placer a tu dueña! ― rugió sin advertir nada extraño en que su teórica sierva estuviese castigándola de esa manera.

Obedeciendo, como una energúmena descargó toda su frustración en esos dorados cachetes mientras seguía hoyando con las yemas su interior hasta que agotada por el esfuerzo de soportar una serie de prolongados éxtasis de su cuerpo, la bruja cayó de bruces sobre las sábanas.

Solo al ver el color encarnado que lucía en el trasero, Antía se percató de que se había dejado llevar y queriendo paliar parte del desastre y que la bruja no tuviese tiempo de pensar en lo sucedido, la besó mientras disculpaba la violencia a la que la había sometido simulando que había seguido sus órdenes.

―Mi señora, le pido perdón. Castígueme, aunque solo haya cumplido lo que me mandaba.

La altanería de la hispana la hizo caer en el engaño y echándose a reír, señaló el reloj diciendo:

―Levántate y vete. Gonzalo está a punto de llegar y no quiero que descubra a su amada en brazos de la criada.

Servilmente, agachó la cabeza y tras recoger el uniforme del suelo, salió desnuda corriendo hacia su habitación. Mientras bajaba por las escaleras, tomó la decisión de que en la cena fueran otras cuatro gotas las que disolviera en cada plato, incluyendo el del hombre que sentía suyo…

13

Esa tarde, Gonzalo estaba eufórico. Tras otro día en la oficina durante el cual, nuevamente y gracias a otro de los consejos de Estefany, había conseguido incrementar su abultada cuenta corriente, decidió antes de ir a casa pasar por una floristería para comprar un enorme ramo de rosas. Aunque seguía sin entender cómo era posible que esa chavala pudiera tener tanto tino a la hora de invertir, seguía a rajatabla cualquier información que le diera. Solo como ejemplo, cuando esa mañana estaban oyendo la radio y el locutor entrevistó a un directivo de una gran empresa informando de la buena marcha de su negocio, la cría le preguntó si tenía acciones de esa compañía.

― ¿Por qué lo dices? ¿Acaso crees que va a subir? ― interesado, preguntó.

―Todo lo contrario, se están poniendo la venda antes del desplome.

Esa breve conversación lo dejó pensativo y nada más llegar a su despacho, dio un breve repaso a los números de la cotizada. Todo parecía ir viento en popa, nada de lo que encontró en la red confirmaba los problemas y a pesar de ello, llamando a su corredor, apostó a la baja. Como no podía ser de otra forma, el experto bursátil le previno de lo arriesgado de tal movimiento, pero sin ceder dada la confianza ciega que tenía en la colombiana invirtió una gran parte de sus ahorros a que iba a caer en picado.

―Estás loco― recordó la reacción del sujeto.

Sin revelar el origen del soplo que había recibido, se enfrascó en la actividad propia de su empresa dejando el tema aparcado hasta que cerraran los mercados. Fue su propio director financiero, Manuel Guijarro, que también se opuso a la operación, el que llegando a su despacho le informó de la cascada de ventas que se habían producido a raíz de un rumor que ponía en duda el futuro de ese valor.

―Por lo visto, su presidente está a punto de ser cesado y ser imputado por alterar la contabilidad.

Dejando todo, se concentró en la cotización y sobre las dos, volvió a llamar al financiero para que deshiciera las posiciones. El tipo que para entonces estaba con la mosca detrás de la oreja le informó que en cinco horas había triplicado lo invertido.

―Gonzalo, sé que no es de mi incumbencia, pero no me extrañaría que los inspectores de la comisión de mercados vean en esta operación uso de información privilegiada. Yo en tu caso me andaría con cuidado, no vaya a ser que te abran una investigación.

Sin echar en saco roto el consejo, sonrió:

«Nadie se creería que mi fuente es una cría cuya única formación es un grado en historia del arte».

Con ello en mente, llegó a la tienda y eligiendo el ramo más espectacular que le mostraron, lo pagó y retornó a su chalet. Mientras aparcaba, se puso a meditar y alucinado comprendió que la insistencia del capullo de Ricardo Redondo en recuperar a su hija podía deberse a que con su marcha había perdido el arma secreta que lo había hecho millonario.

«¡Que se joda! ¡Por nada del mundo voy a dejar que me robe esta joya!», concluyó mientras sacaba la llave de la puerta con el ramo en la otra mano.

Al entrar le extrañó que Estefany no le estuviera esperando y por ello la buscó por la casa. Cuando la encontró charlando amigablemente con su criada, no supo ni que decir al ser incapaz de reconocer en esa pelirroja de espectaculares pechos a su anodina empleada.

«¡Qué cambio!», exclamó para sí mientras valoraba en su justa medida las virtudes anatómicas que durante años se habían mantenido ocultas a sus ojos.

 Desde la puerta y sin que ninguna de las dos reparara en su presencia, recorrió con la mirada no solo la cintura de avispa de la gallega y sus pechugas sino también la perfección de sus pantorrillas.

«¡Por dios! ¡Está buenísima!», ya excitado, exclamó mentalmente mientras pensaba que cómo era posible que no se hubiese dado cuenta antes.

Todavía babeando, se sintió ridículo y entrando en la cocina, las saludó. Aunque habían pactado mantener las apariencias en público, la colombiana se lanzó a sus brazos y pegándole un morreo de los que hacen época, le dio gracias por las flores para acto seguido preguntar que le parecía la nueva Antía.

―Está preciosa― como acto reflejo, respondió.

Nada más decirlo, se arrepintió y no porqué su sinceridad pudiera despertar los celos de la morena, sino por la reacción de su criada ante el piropo. Dando prueba de su timidez, bajó la cabeza totalmente ruborizada mientras los pezones florecían bajo su vestido. Cortado y preocupado, se percató que producto de la atracción que sentía, su pene se había alzado en son de guerra.

«Joder, soy su jefe», se dijo mientras trataba de rechazar la idea de compartir algo más que saludos con ella.

 Su estricto código moral le hizo huir y apoyándose en que estaba cansado, las dejó y llegando al salón, se sirvió un copazo.

«Ya tengo pareja y no soy ningún niñato para ir saltando de cama en cama», molesto consigo mismo meditó furibundo y haciendo un repaso a su vida, se convenció de que era hombre de una sola mujer:

«Puede que ni mi hija acepte lo mío con Estefany, pero ya que está a mi lado debo respetarla», sentenció mientras daba un sorbo a su whisky.

La llegada de la chavala ratificó su decisión y tomándola de la cintura, la besó con una pasión que no recordaba al sentir que, restregándose contra él, demostraba que compartía sus mismos sentimientos. La rapidez con la que le bajó la bragueta y sacó su miembro fue prueba de ello. Por eso y sin necesidad de mayor prolegómeno, alzando su falda y bajándole las bragas, la empotró contra la pared.

―Te echaba de menos, mi anciano― rugió divertida ésta al sentirse llena y moviendo las caderas, le rogó que siguiera amándola.

Su entrega lo obligó a obedecer y marcando un ritmo endiablado, siguió empalándola mientras sus gemidos resonaban en la habitación. Ni Gonzalo ni ella advirtieron que estaban siendo espiados y que desde el pasillo que venía de la cocina, Antía los miraba envidiosa.

«Debería ser yo la que estuviera disfrutando y no esa bruja», gritó para sí mientras los veía copular como desesperados.

Su ira era tal que ni siquiera advirtió que comenzaba a tocarse, lamentando haber sido tan ingenua de haber supuesto que tarde o temprano ese hombre se iba a enamorar de ella.

«En cuanto acabe con esa zorra, Gonzalo caerá rendido a mis pies», se prometió y mientras se pellizcaba los pezones, no pudo dejar de observar el vaivén del culo de su amado.

La adoración que sentía por ese hombre le hizo imaginar que era ella la mujer que recibía ese asalto y presa de la calentura, comenzó a masturbarse sintiendo que sus dedos no eran suyos sino la virilidad de su galán.

 «Sigue amándome, aunque sea a través de ella», en silencio, ordenó.

Como si inconscientemente hubiese oído su deseo, Gonzalo se aferró a los hombros de la colombiana para acelerar la velocidad con la que disfrutaba de ella. Soñando despierta, su coño fue embestido una y otra vez hasta que el placer llamó a su puerta y se corrió momentos antes de que la propia pareja lo hiciera.

«Puta, esto no quedará así», despertando de su ensueño debido a los gritos de la chavala, se lamentó y volviendo a su lugar entre las cacerolas, derramó la poción en los platos que les pondría enfrente durante la cena.

Antía supo que las hadas le eran propicias cuando la joven apareció por la cocina segundos después de que ella acabara de guardar el bote de su venganza en el bolsillo del uniforme.

«Casi me pilla», dibujó una sonrisa mientras miraba a la recién llegada.

Sonrisa que se borró al sentir manoseado su trasero y escuchaba a la bruja comentar:

―Menudo putón desorejado estás hecha… ¿quién te ha dado permiso de espiar a tu dueña?

Sabiéndose descubierta, se echó a temblar. Estefany desternillada de risa, metió una mano bajo sus bragas y hurgando entre sus pliegues siguió humillándola:

―Zorra, ¡estás mojada!

Siendo cierto, buscó una excusa y cerrando los ojos para evitar su mirada, la mintió balbuceando:

―Lo siento, no pude evitarlo. En cuanto oí sus gemidos con don Gonzalo, soñé que era yo quien la amaba.

Decidida a poner a la criada en su lugar, sacó la mano y metiéndosela entre las piernas, embadurnó sus dedos con el semen que anegaba su coño para a continuación mostrárselos:

―Ves, este manjar es algo que jamás me podrás dar.

La visión de la semilla de su amado en las yemas de su rival la excitó de sobre manera y por ello, cuando con deseo de doblegarla se las puso en la boca, no lo dudó y sacando la lengua cató por primera vez lo que tanto ansiaba. Dominada por una necesidad que desconocía tener, lamió desesperada uno a uno los dedos de la morena sin importarle las risas que eso estaba provocando en la bruja.

Ajena a que en realidad estaba enamorada de su hombre, Estefany creyó que la insistencia de la gallega era por ella y tras premiarla con un azote, le ordenó mover el culo y servirles la cena. Es más, vio en la rapidez de su respuesta y en la sonrisa de su rostro mientras ponía los platos sobre la mesa la confirmación de que la pelirroja estaba en su poder. Quizás por ello cuando notó que Gonzalo miraba ensimismado las nalgas de su empleada, no sintió celos sino una profunda satisfacción al saber que no tardaría en tener a ambos en la misma cama saciando sus necesidades.

«Todavía es pronto. Antes de obligar a esa huevona a que nos acompañe, debo seguir emputeciéndola», se dijo mientras se obligaba a pensar con qué tipo de arte mágica iba a hacerla sucumbir.

 Mientras las dos mujeres decidían su destino, el dueño del chalet no podía retirar los ojos de las impresionantes ancas que acababa de descubrir y a pesar de sus reparos morales se vio metiendo la polla en la nómina. De inmediato rechazó la idea de involucrarse con ella, pero no por ello dejó de valorar sus curvas y por primera vez deseó verla sin ese uniforme.

«Desnuda debe ser un espectáculo», concluyó antes de empezar a cenar.

Nada en la actitud servil de la pelirroja podía hacer suponer que en ese momento un torbellino de sensaciones estuviese amenazando su cordura y es que no podía dejar de pensar en lo mucho que le había gustado saborear en los dedos de la bruja la hombría de Gonzalo:

«¡La virgen! ¡Cómo necesito ser suya!», se lamentó sabiendo que quizás la espera fuera larga, ya que antes de entregarse a sus brazos tenía que deshacerse de su enemiga.

Por distintas razones, la cena fue un suplicio para los tres y es que mientras el único hombre se debatía malhumorado por la atracción que sentía por su criada y Estefany soñaba con el momento en que se viera ensartada por su macho con Antía mamando de sus pechos, la gallega deseó que se dieran prisa en acabar antes de que la nueva dosis comenzara a tener efecto.

Por eso, cuando Gonzalo se levantó llevando a la colombiana con él, los tres respiraron. Y mientras la pareja subía por las escaleras con intención de apaciguar la lujuria de sus cuerpos, la pelirroja se dio prisa en meter los platos en el lavavajillas para limpiar cualquier resto que pudiera revelar a la bruja que estaba siendo objeto de un hechizo.

 Ya desnuda en su cuarto, encendió el intercomunicador y mientras en su altavoz le llegaba el sonido del roce de sus pieles, se masturbó soñando con el día en que fuera ella la mujer que su jefe tuviese entre las piernas.

«¡El momento en que me hagas tuya no tardará en llegar!», exclamó en silencio mientras se corría…

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