26

Con todos los preparativos hechos, Ricardo Redondo estaba esperando la llegada de sus enemigos, pero quien apareció fue el chofer al que había sobornado completamente solo. Su cabreo se intensificó al llamar al hotel y descubrir que los huéspedes tampoco se habían registrado en el establecimiento a pesar de tener reserva. Dando por seguro que su hija y sus dos acompañantes de algún modo se habían enterado de la trampa, movió los hilos para que alguien de su confianza revisara los videos del aeropuerto y así conocer cómo y con quién habían conseguido eludir la vigilancia. Cuando media hora más tarde, le informaron que había salido en compañía de una desconocida, pidió que le mandaran una imagen por si era una amiga de Estefany.  Al mandársela a su teléfono, se quedó mirando a la rubia y no la reconoció.

«Debe ser una amiga», se dijo y reenviándola a una confidente que había conseguido introducir en el círculo de su hija, quiso saber si la conocía.

Siendo un hombre de recursos, tampoco le preocupó en exceso que la mujer que tenía a sueldo le confirmara que nunca había visto a la joven.

«Ya me parecía a mí», pensó porque no en vano su gente le tenía informado de todas las amistades de su retoño y jamás le habían hablado de esa monada.

Por ello, decidió preguntar a Patricia. Todavía tranquilo, la fue a buscar a su habitación. Tal y como había quedado con su mucama, la española permanecía encerrada bajo llave. Entrando al cuarto, ni siquiera se percató de la tranquilidad que mostraba y directamente le preguntó si sabía quién era. Al contestar que no y que dudaba que su padre la conociera, insistió si podía ser una conocida de la pelirroja:

-Jamás la he visto por casa, pero podría ser ya que Antía siempre ha sido muy discreta respecto a su vida privada.

El respeto con el que hablaba de ella le alertó y sospechando por primera vez de la gallega, la obligó a decirle todo lo que sabía de ella.

– ¿Qué quiere saber? Es una mujer de pueblo que lleva mucho tiempo empleada con mi padre. Sé que sus padres todavía viven en una aldea de Lugo   y que reverencia a su madre.

Ese último dato le intrigó. Por eso y sin preocuparle en absoluto demostrar un inusitado interés, preguntó a su cautiva porque había usado el verbo reverenciar en vez de querer. Al responder que Antía siempre la ponía de ejemplo de sabiduría y buen tino, quiso que se extendiera sobre el tema.

-Por lo visto, al menor problema, la gente de la comarca donde vivía pedía consejo a su madre y servía de árbitro en todo tipo de asuntos.  

Con creciente interés, exigió que fuera más específica y le detallara en qué clase de cuestiones intervenía.

-Según su hija, sus paisanos le consultan todo. Si un chaval se despendola, acuden a ella. Si las novias no les hacen caso o si hay discusiones sobre las lindes de los campos, la llaman. Y aunque le parezca ridículo, tienen tal confianza en su madre que, si no llueve, le piden opinión sobre la conveniencia de sembrar o no…

Patricia seguía hablando, pero él ya no la escuchaba. Ya se había hecho una idea de quién era la anciana al haber nombrado todos y cada uno de los asuntos que los creyentes consultan a una bruja:

«Si su madre es una meiga, ella también», razonó achacando por fin a la pelirroja el haber anticipado sus movimientos.

Y tras averiguar el nombre y los apellidos de la susodicha, la dejó para irse a preguntar a sus contactos en España por Bríxida Arteixo. Uno de ellos, un nigromante de Orense, no tardó en confirmarle que la vieja fungía de líder indiscutible de la Hermandad Mágica Gallega y que todas sus integrantes le rendían una pleitesía cercana a la adoración. Ya preocupado, preguntó por su hija Antía y la respuesta que obtuvo no le gustó al ratificar su interlocutor sus sospechas. Y es que tras contarle que con veinte años había fraguado una rebelión para sustituir a su madre y que solo la habían conseguido derrotar tras unirse las principales meigas en su contra, añadió:

-Debe saber que me ha llegado el rumor que, tras años de repudio y a pesar del miedo que tienen a sus poderes, la hermandad ha perdonado a la joven y le acaban de permitir volver a hacer uso de ellos.

Ricardo comprendió de inmediato que ese indulto tenía un motivo de peso o jamás se lo hubiesen concedido, por eso no dudó en interrogar a su conocido que se decía al respecto:

-Ya sabe lo cerradas que son las deliberaciones de un aquelarre, pero me han dejado intuir que le han encomendado una misión. ¿Cuál? No lo sé.

Con el corazón agitado se despidió del nigromante y ya en la soledad de su despacho, se echó a reír pensando en la suerte que había tenido y confiando en su propia fortaleza, pensó en ser capaz de llevarla al lado oscuro:

«Cuando las venza, no solo me apoderaré de los poderes de Estefany sino también de los dones de la más poderosa meiga de estos días».

En el apartamento de La Cabrera, a Diana le acababan de decir que era una súcubo y aunque eso explicaba de cierta forma que jamás hubiera conseguido que un pretendiente la volviera a invitar tras una cita, no les creyó.

-No soy ninguna come hombres. ¡Carajo! ¡Si hasta hoy seguía siendo virgen! – protestó incapaz de reconocer su verdadera naturaleza.

Respondiendo cariñosamente para no perturbarla en exceso, Estefany le pidió que recapacitara sobre lo raro que era que una mujer tan guapa hubiese sufrido tal rechazo. Molesta, la rubia explicó que tras quedar con ella el que no desaparecía del mapa, ponía de excusa que la hallaba agotadora.

– ¿Cuando dices que desaparecían a qué te refieres? – interviniendo con la misma cautela que su compañera, musitó la pelirroja.

-Dejaban de contestar o se mudaban. Hubo dos que incluso sus familiares no volvieron a saber de ellos.

Sabiendo que andaban sobre arenas movedizas y que, al menor traspiés, a la azafata podía darle un sincope, Gonzalo dejó caer hasta donde había llegado con estos últimos en la cama. 

-Fueron con los que llegué a estar en un motel. Pero en ambos casos, me desperté sola y sin estrenar.

Nada más decirlo, comprendió lo ocurrido y se echó a llorar preguntando entre lágrimas qué clase de monstruo era. De inmediato, el maduro comprendió que Diana necesitaba su apoyo y abrazándola, respondió:

-Una mujer maravillosa que ya adoramos y que, a partir de hoy, no debe temer nada porque nos tiene a nosotros.

Tanto Antía como la morena buscaron consolarla también, pero les resultó imposible:

-Los he matado. ¡Soy culpable de sus muertes!

Sin poder contradecirla al asumir todos que al intentar amarlos Diana les había drenado las fuerzas hasta hacerlos sucumbir, actuando más como hombre que como patriarca, Gonzalo quiso demostrarle con hechos que sabiendo su secreto él seguía deseándola. Por eso, besándola comenzó a desnudarla. Por un momento la rubia quiso rechazarlo, pero al sentir la boca de su señor recorriendo uno de sus pezones gimió desolada:

-Por favor, no siga.

Al sentir que estaba a punto de claudicar, las mujeres no dudaron en colaborar con su amado y mientras la gallega la besaba en los labios, Estefany se apoderó del pecho que había quedado libre.

-No quiero- murmuró al sentir que su cuerpo reaccionaba.

Asumiendo que ese “no” era una llamada de auxilio. Tumbándola en el sofá, incrementaron sus mimos acariciando cada centímetro de su piel. Diana no pudo abstraerse y llena de pasión, se lanzó a disfrutar de las tres bocas y las seis manos que la consolaban.

-Soy un peligro y no me merezco que nadie me quiera- sollozó mientras involuntariamente separaba sus rodillas.

-No eres ningún peligro sino la pieza que nos faltaba para completar nuestra familia- Gonzalo susurró en su oído mientras sumergía el pene en ella.

 Al ser horadada por el hombre que adoraba, la azafata comprendió su amor y sin apenas poder respirar, le rogó que continuara. Acelerando la velocidad de sus caderas, el cincuentón forzó su entrega mientras Estefany y Antía seguían mamando de sus pechos.

-No quiero que esto acabe- rugió la rubia cuando una mano comenzó a jugar con su clítoris.

Tras una existencia en la que el placer le había estado vedado, Diana sintió que su verdadero hogar no era su casa sino entre los brazos de los tres que acababa de conocer y clavando sus uñas en la espalda del patriarca, exigió ya sin contemplaciones ser poseída. Ese inesperado dolor despertó al dominante que tanto intentaba contener y girando sobre el sofá a la muchacha, a cuatro patas la penetró sin compasión.

-Mi amor- bramó de gusto al notar el pene del maduro clavándose en su vagina.

La velocidad y la profundidad con la que la acuchillaba mientras sus mujeres pulsaban el resto de sus teclas la llevaron en volandas hacia el éxtasis y si su boca se abrió fue para implorar que nunca la dejasen porque se moriría, que era su puta, su esclava y que, sin ellos, su vida no tenía sentido.

-Siempre estaremos a tu lado…-  susurró la gallega mientras mordía los labios de su boca.

-… porque ninguno de los tres podría vivir sin ti- añadió su paisana al mismo tiempo que le pellizcaba un pecho.

 Esas bruscas caricias junto al alocado ritmo con el que estaba siendo poseída provocaron su gozo e incapaz de contener el dictado de sus hormonas, pegando un penetrante aullido se corrió. Viendo su placer, Gonzalo usó sus pechos como agarre para cabalgar sobre ella todavía más rápido. Ese cambio de ritmo intensificó su orgasmo y dominada por la lujuria, Diana soñó con que sus tres amantes fueran capaces de sentir la intensidad de su placer.

Nada más pensarlo, sorpresivamente, oyó un berrido de la pelirroja. Berrido al que siguió un expresivo sollozo de Estefany. Cuando todavía no se había repuesto de la impresión, notó en su interior la explosión de su macho mientras ella misma era pasto de las llamas. Como si fuera una serpiente que se muerde la cola, su nuevo clímax llamó al de Antía y el de ésta al de la morena. Y los tres a la vez llevaron a Gonzalo a saborearlo. Cuando por tercera vez, su cuerpo sucumbió la rubia comprendió que iba a ser una espiral sin fin e intentó pararla, pero no pudo y por eso los cuatro juntos fueron uniendo orgasmos tras otro hasta que agotados, todos ellos se derrumbaron sobre el sofá.

Ninguno supo cuánto tiempo estuvo inerme. No siquiera Estefany que fue la primera en reponerse totalmente confundida por lo que habían experimentado, preguntó si alguien sabía lo que les había pasado. Temerosa de lo que pudieran pensar de ella, Diana reconoció su culpa y creyendo que la iban a echar de su lado, aun así, explicó que en mitad del placer había deseado compartirlo. Las risas de la pelirroja no consiguieron amortiguar su pesar y pegando un berrido, les imploró perdón.

 -No solo fue tu culpa, sino también la del cerdo de nuestro marido- besándola, Antía comentó: -Su naturaleza le hizo servir de altavoz de tus deseos y usando tus dones los fue repartiendo entre todos.

– ¿Eso es cierto? – mirando al maduro, quiso saber.

-Te juro que no lo sé, pero algo de verdad hay en ello- reconoció éste: -Al ver que te corrías, sentí la necesidad de influir en ellas y luego no pude parar… No sé qué me ocurrió, pero era cómo si una energía fluyera hacia mí y necesitara soltar lastre.

 -No entiendo.

Interviniendo nuevamente, la meiga se lo aclaró:

-Como súcubo estaba drenando nuestras fuerzas, pero en vez de quedártelas para ti, nos las lanzaste de vuelta a través de Gonzalo, el cual las redistribuyó entre nosotras y vuelta a empezar.

-Entonces… ¿no hay forma de evitarlo? – todavía espantada preguntó.

-Ni falta que hace- respondió Estefany: -Ha sido glorioso. La mejor experiencia de mi vida- y demostrando la calentura de su carácter, desternillada añadió mirando a los tres: -Mentiría si no reconociera que quiero ¡repetir!

Diana certificó nuevamente que su vida estaba irremediablemente unida a ellos cuando el resto reconoció que eran de la misma opinión. Hasta qué grado estaban convencidos de que todos querían reincidir que tuvo que ser ella quién apelara a la cordura recordando que debían planear cómo actuarían mañana al enfrentarse con su enemigo.

-Aunque me cueste, tengo que aceptar que tienes razón y que debemos discurrir cómo podemos aprovechar los poderes que hemos descubierto en vosotros para vencer al brujo que me adoptó y liberar a Patricia- sentenció molesta la morenita. Cuando todos acordaron dejar la experiencia para otra ocasión, la pecaminosa criatura añadió: – ¿Os parece que una vez sepamos qué hacer, usemos vuestros dones para conciliar el sueño esta noche?

Con toda lógica su propuesta fue unánimemente aceptada…

27

En el cuarto que se había convertido en su mazmorra, Patricia se sentía hundida al saber que había hablado de más. No podía dejar de pensar que quizás había revelado algún detalle de la vida de Antía que su captor pudiera usar en su contra. Lo malo y eso es lo que más le perturbaba era que por mucho que revisaba lo que le había dicho no encontraba nada comprometedor.

«Solo le he explicado que doña Bríxida es la típica anciana que se ha ganado el respeto de su gente», seguía razonando cuando por la habitación apareció Antonella.

– ¿Qué le ocurre a mi dueña? ¿Por qué anda tan preocupada? – preguntó al advertir el rostro ceniciento de la muchacha?

Las horas vividas junto a ella, la sumisión y el cariño que le mostraba se ganaron su confianza y necesitada de alguien con el que compartir sus problemas, decidió explicarle qué le traía tan perturbada. Pensando que estaba viendo moros con trinchetes y que su preocupación carecía de sentido, le contó con todo lujo de detalle la conversación que había mantenido con ese maldito. Cuando lo hizo no reparó en que, para esa negrita, el hecho de que compartiera con ella sus tribulaciones iba a verlo como una prueba de amor.

-Mi señora, ¿puedo hablar con libertad?

Como todavía no se había acostumbrado a la ciega dependencia de esa monada, un tanto azorada contestó que sí.

-Debe, pedir consejo a alguien más sabio.

– ¿De quién hablas?

-Anoche mientras mimaba a su esclava, me habló de un espectro de una mujer que le había visitado y que gracias a ella había podido soportar el dolor que le infringió mi antiguo amo.

No entendiendo a qué venía eso, cuando al contárselo le había dejado claro que no estaba segura si lo había soñado o era real, Patricia espero a que continuara:

-Esa mujer, según recuerdo, afirmó que cuando la necesitara acudiera a ella.

-Así es- reconoció desconociendo todavía a dónde quería llegar.

-Entonces, debe contactar con ella. Creo que es su espíritu protector.

Tentada a soltar una carcajada, la española prefirió no humillar las creencias de Antonella y únicamente contestó medio de broma que eso era imposible, porque entre otras cosas no tenía una médium a mano que les sirviera de nexo.

-Se equivoca, estoy yo. Don Ricardo me compró cuando se enteró de mi facilidad para traspasar la frontera de la realidad y tras años en los que me obligaba a compartir su cama, ahora solo me usa cuando quiere contactar con un espíritu.

Nuevamente su incredulidad estuvo a punto de provocar su risa, pero la ternura que esa niña le inspiraba evitó que se burlara. En vez de ello, preguntó:

-¿Estás insinuando que si te amo intentarás contactar con su fantasma?

-No, mi dueña. Si me permite ser yo quien la ame, usted lo hará a través mío- contestó mientras comenzaba a desabrochar el uniforme de criada.

Ver el profundo canalillo de sus oscuros pechos fue suficiente para que se excitara y olvidando la supuesta finalidad que encerraban sus actos, la llamó a su lado:

-Ven, pequeña. Tu ama tiene ganas de ti.

Al escuchar su llamado, Antonella dejó caer su vestido y ya desnuda, gateó hacia a ella maullando. La alegría con la esperaba su llegada azuzó a la negrita y ya a su lado, usó las dos manos para apoderarse de los senos de la mujer que idolatraba:

-Debemos darnos prisa, no vaya a ser que el brujo nos sorprenda antes de terminar.

El morbo del peligro excitó a Patricia y sin poderlo evitar sus pezones reaccionaron irguiéndose bajo la tela.  Al notarlo, la mucama se dedicó a pellizcarlos con ternura.

«Qué no pare, ¡por dios!”, pensé al sentir que su sexo se empezaba a humedecer por esas caricias: «Me estoy mojando”- reconoció mientras hacía un esfuerzo sobre humano para no correrse.

Cuando vio que no podía soportarlo más, la atrajo hacia ella y premiándola con un beso, susurró en su oído que estaba siendo muy mala. Antonella mostró su lado más sumiso, pegando su pubis al de su dueña:

-¿Me va a castigar?- preguntó con tono meloso.

Al ver el brillo enamorado de sus ojos, desternillada, replicó:

 -Sí, pero antes tienes que apagar el incendio que has provocado.

No le tuvo que ser más específica. Antonella, arrodillándose a sus pies, metió la cabeza bajo su ropa y la empezó a adorar. El mimo de la lengua de la negrita le hizo cerrar los párpados y a ciegas, sintió sus manos bajándole las bragas.

-Os amo y siempre os amaré- sollozó la colombiana mientras con la lengua iba recorriendo los pliegues de su coño buscando apoderarse del erecto clítoris que escondían.

Para facilitar su labor, Patricia se abrió de piernas y gimió al notar que uno de los dedos de Antonella se introducía en su interior al mismo tiempo que con los dientes mordisqueaba su botón.

-Me vuelves loca- suspiró necesitada de desfogarse y por eso presionándole la cabeza, exigió a la negrita que se diera prisa, que le urgía correrme en su boca.

Al oírla, la mucama profundizó sus caricias, lamiendo y penetrándola con la lengua mientras sus dedos se concentraban en el vértice de su dueña. La cual recibió hambrienta las primeras oleadas de placer.

-¡Puta!¡Haz que me corra!-, la exigió.

Que Patricia se refiriera a ella usando ese insulto la espoleó y acelerando los movimientos de su boca, llevó a su dueña en volandas hacia un intenso éxtasis. Es más, al saborear las primeras gotas de su placer, Antonella se trastornó y, totalmente poseída por la pasión, buscó su propio placer masturbándose.

-Señora, exíjame entrar en trance- todavía arrodillada gritó mientras se corría.

-¡Quiero hablar con la dama!- contagiándose de su gozo, replicó.

Todavía necesitada de caricias, Patricia observó que la negrita se ponía a temblar con los ojos en blanco. No entendiendo qué pasaba, la abrazó al darse cuenta de que se derrumbaba y sacando fuerzas de su interior, la llevó hasta la cama. El nerviosismo de la española se incrementó al ver que seguía tiritando y preocupada, lamentó haberla llevado a ese estado. Pero entonces, Antonella abriendo los ojos sonrió:

-¿Qué desea la damisela del futuro de esta vieja?

La voz que le hablaba no era la de la chavala y reconociendo muy a su pesar que era la misma que había oído en su mente, respondió completamente pálida:

-Necesito su consejo. Creo que he traicionado a Antía.

-¿En qué crees que has fallado a mi descendiente?- respondió el espectro a través de la negrita.

Sabiendo ya que no era Antonella, volvió a narrar con pelos y señales el contenido de la conversación que tanto le preocupaba. La dama la escuchó atentamente sin reflejar emoción alguna hasta que terminó entonces y solo entonces comentó que no se preocupara porque lo único que había hecho era alertar al Criollo de que la pelirroja poseía poderes mágicos.

-¿Y eso no es malo?- preguntó.

-Preveo que, al contrario. Si confías en la mujer con la que conversas y cuyos huesos hace centurias que el tiempo convirtió en polvo, no te debe angustiar que lo sepa ni que la vea como su antagonista. Porque centrándose en ella y en la que fungía como su hija, se olvidará del resto y su descuido será aprovechado por tu amado progenitor para liberarte.

-¿Mi padre está aquí?- preguntó horrorizada temiendo por su destino.

-Sí, damisela. Es tanto el cariño que le embarga por vos, que no dudó en cruzar el océano.

-No debería haber venido- musitó con dos lágrimas fluyendo por sus mejillas.

No se había repuesto de la noticia cuando el contacto entre doña María y Antonella se rompió. Y recuperando el control de su cuerpo, la negrita sonrió:

-¿Ha servido a mi dueña esta insensata?

La ternura con la que la miraba desde las sábanas y el cambio de voz confirmaron a Patricia que la mucama había vuelto. Sin ponerse a meditar que estaba haciendo, la española se desnudó y buscó consuelo entre sus brazos.

  -¡Qué bella es mi dueña!-,  dijo la muchacha al verla enteramente desnuda.

Saboreando el piropo, quiso besarla.  Pero entonces, esa criatura de piel morena la sorprendió con un puchero:

-Prometió castigar por haber sido mala con usted- murmuró mientras se ponía a gatas sobre la cama.

Sin llegarse a creer que estuviera insinuando que le diera una azotaina en su trasero, la europea le regaló una sonora palmada en sus nalgas. Al recibir lo que ambicionaba, la negrita levantó un poco su trasero pidiendo más.

«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó mientras le soltaba otro azote, éste más duro.

Antonella se mantuvo impertérrita sonriendo mientras su dueña comenzaba a castigar sus cachetes alternativamente cada vez. La alegría con la que recibía cada golpe extrañamente le excitó y por eso no le extrañó gemir de placer, ni que desde lo más hondo de su sexo su gozo goteando sobre las sábanas.

«La zorrita está disfrutando”» pensó y para cerciorarse, introdujo dos dedos en su vulva.

Quería comprobar que fuera flujo y no que, producto del miedo, se estuviera orinando. No tuvo ni que probarlo, no le hizo falta verificar su textura pegajosa, porque al sentir que hurgaba en su interior, pegando un grito, su sumisa se desplomó sobre el colchón mientras se corría retorciéndose como una posesa. Pensando que se había pasado, le pidió perdón.

Pero la mucama riendo respondió que le había encantado, que se lo merecía y que cada vez que se portara mal, no solo debía castigarla así, sino que debía de pensar otros modos de reprenderla:

-Soy su esclava y usted mi ama- le aclaró al ver en sus ojos un genuino arrepentimiento.

A pesar de saber que le gustaba sentirse dominada, le costó asimilar tanto sus palabras como la sensación que la embargaba después de haberla golpeado:

«¿Cómo puedo estar feliz después de lo que he hecho?», se preguntó mientras trataba de compensar su dolor lamiendo la piel del trasero que había torturado segundos antes.

El contacto de su lengua fue más que un bálsamo para Antonella y sintiendo esa caricia como un inmerecido premio, se puso a berrear.

-No llores, mi amor- enternecida por sus lloros, comentó Patricia.

-Lloro porque temo que cuando su viejo venza a mi antiguo amo, se olvide de mí.

 -Nunca lo haría.

Al oír esa respuesta, la negrita profundizó sus lamentos diciendo:

-Es serio, señora. ¿Me llevará a España para que viva con usted?

-Por supuesto, mi pequeña. Pero antes quiero que me digas qué es lo que esperas de mí.

Antonella no necesitó pensárselo:

-Nada. No espero nada. Pero si me acepta, le doy todo. Mi cuerpo, mi mente, mi vida, todo será suyo. Juro que la obedeceré y aceptaré tus órdenes. No me importa que nunca me ame. Aun así, seré su amiga, la amante ardiente y el receptáculo donde descargue su ira.

-Si vienes conmigo, yo quiero más- contestó la española mientras la acariciaba.

Desolada, la negrita prosiguió:

-Deje que me vaya con usted y dedicará la vida a servirla. Cocinaré para los suyos, limpiaré su casa y trabajaré de lo que sea para hacer su vida más cómoda.

–¡Sigo queriendo más!

-Ya no sé qué más decir- sollozó la pobre criatura al no ocurrírsele otra cosa que prometer.

Mordiendo los labios de Antonella, Patricia no quiso seguirla torturando:

-Me parece bien que seas mi confidente en la que apoyarme, la puta que calme mi calentura y la esclava que me haga disfrutar. Pero también necesito una pareja, una mujer que con la que disfrutar de la vida, de los viajes y que pueda presentar a todos… ¡como mi esposa!

Por un breve instante, la infortunada creyó que se burlaba de ella. Al reparar que iba en serio y que la quería como pareja, no se pudo contener y saltando sobre ella comenzó a darle besos:

-Mi amor, mi dulce amor.

Aunque esperaba esa reacción, al sentir la tersura de los labios de la mucama, no se pudo contener y en plan de guasa, añadió:

-¡Puta! ¿Qué haces que no te estás comiendo mi coño para cerrar nuestro trato?

Pletórica de alegría y tal y como le había prometido, Antonella se dedicó en cuerpo y alma a satisfacer los deseos de su señora…

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