
Siguiendo a Loana tan decadentemente, llegamos ante dos peldaños en mármol que ascendían hacia una galería en forma de semicírculo y, una vez allí, desapareció ella al cruzar el vano de una puerta. Las otras dos muchachas no la siguieron sino que permanecieron junto a la puerta y supuse que ésa debía ser la pauta correcta o, más bien la norma: como un perrito obediente que sigue a su amo y se queda afuera a aguardar que él decida salir. Yo, por lo tanto, hice lo mismo. Allí había más luz y ello me permitió distinguir en ambas chicas, sendas […]


















