
Miss Karlsten no cabía en sí de la sorpresa ni de la indignación; no lograba dar crédito a sus oídos. Era tanto su enojo que hasta tironeó inútilmente de los grilletes que retenían sus muñecas aun sabiendo bien que no podían ser abiertos por quien permanecía cautivo. “¿Qué… estás diciendo?” – masculló, mostrando los dientes y girando la cabeza por sobre su hombro. “Lo que oye, Miss Karlsten – respondió el androide -; el mandato de mi cerebro positrónico me impide hacer daño a una persona” “¡No me vengas con tecnicismos absurdos! – vociferó Miss Karlsten, cada vez más contrariada […]
















