Cap.12― Las dos gemelas.

Nadie, ni siquiera yo, cayó en la cuenta de que había llegado el temido momento en el que el amanecer y con él, la tormenta llegaría hasta nosotros. La primera señal de este fue una impresionante aurora boreal acompañada por una sucesión de rayos que tuvieron lugar cuando todavía el sol no había hecho su aparición por el horizonte.

        La belleza de ese fenómeno atmosférico no pudo ocultar su cruel origen y las lágrimas que surcaron las mejillas de todos los presentes fueron producto del dolor por lo perdido y la certeza de que en ese momento millones de personas estaban luchando por su supervivencia.

        ― Nuestra madre tierra está llorando por sus hijos― sollozó Akira, asustada por ese festival de truenos y luces, mientras se abrazaba a mí.

        Comprendí que detrás del bello simbolismo de esas palabras se escondía una realidad terrible y aunque sabía que era algo imposible, me pareció escuchar los gritos de todos aquellos que estaban muriendo en esos instantes.

―Vámonos a casa― cogiéndola en brazos comenté.

Nadie se opuso y con la diminuta mujer apoyada en mi pecho, nos dirigimos al que iba a ser nuestro hogar durante el resto de nuestras vidas. Todos éramos conscientes del Armagedón que estaba asolando la faz de nuestro mundo, pero ninguno hizo comentario alguno porque en nuestro fuero interno queríamos olvidar.

Irene y Adriana, Suchín y Johana, Akira y yo, todos y cada uno de nosotros deseábamos, como los monos sabios, taparnos los ojos, los oídos y la boca para no ver, no oír y no llorar esa perdida. Perdida de la afortunadamente solo estábamos siendo testigos y no víctimas, pero a la que igualmente estábamos rindiendo duelo.

―Somos unos privilegiados y todo gracias a ti― le comenté a Irene al llegar a la habitación.

La cerebrito no pudo aguantar las lágrimas y junto a ella, los otros cinco que formábamos parte de su familia. Tras una noche en vela y por primera vez, dormimos los seis al completo en la misma cama.

Aun así, nadie quiso o intentó hacer el amor. Nos dimos apoyo, ánimo, nos consolamos, lloramos unidos, compartimos cariños y besos, pero no sexo. No era el día, ni el momento y yo en lo particular pensé que tardaría mucho tiempo en tener ganas de saciar mi sexualidad. Mis cinco compañeras y yo éramos conocedores de la responsabilidad que pesaba sobre nuestros hombros.

«Seguramente somos la última defensa que tiene el ser humano para no retroceder milenios», me dije mientras intentaba descansar.

Ninguno de nosotros había dormido gran cosa, es más, hasta podría asegurar que nadie había dormido nada. Se podía decir que estábamos demasiado acojonados, aterrados, horrorizados o abatidos para hacerlo.

Por ello cuando cerca de las dos, uno de los ayudantes de Johana vino a informarla de unos graves incidentes que se habían producido al finalizar la hoguera, no pilló a nadie dormido.

Al saber de su presencia, la ex militar considerando que no era apropiado recibir esas noticias desnuda y en la cama, se puso una bata y salió de la habitación. A pesar de ello, escuchamos perfectamente la descripción de lo sucedido, debido al nerviosismo del mensajero, el cual sin darse cuenta dio el parte gritando:

―Señora, un grupo de locos se ha amotinado y ha usado todo tipo de palos y botellas para cargar contra nosotros.

Demostrando su sangre fría, sin levantar la voz y ejerciendo de jefa de seguridad de la isla, preguntó si había habido bajas.

―La refriega sigue por lo que no estoy seguro― respondió el hombre lleno de vergüenza: ―Aunque usted nos previno de que podía haber altercados, nunca supusimos que fueran a ser tan pronto y ni de tanta gravedad.

Dejándolo con la palabra en la boca, se dio la vuelta y sin molestarse en cerrar la puerta, se quitó la bata y se comenzó a vestir.

―Deje de mirar mi culo― ordenó con tono seco y cortante al percatarse de que su subordinado no podía retirar la mirada de su negro, duro y musculoso trasero.

Juro que, si no llega a ser un momento tan dramático, a buen seguro me hubiera reído cuando el pobre chaval se puso de todos los colores al ser amonestado de esa forma por su superiora.

― ¿No venís?― preguntó mirando a Irene, a Adriana y a mí: ―Creo que va a ser necesaria vuestra presencia.

―Danos un minuto― contestó mi asistente y segunda en el mando de la isla tras de mí.

―No puedo, os espero ahí― y señalando con el dedo al muchacho, le ordenó que nos escoltara.

Ni a la rubia ni a la latina les importó en lo más mínimo salir de la cama desnudas y abusando de su evidente timidez, sin taparse comenzaron a despedirse de las dos que se quedaban en ella. Las orientales que no eran tontas entendieron el chascarrillo de sus compañeras y añadiendo una gran dosis de mala leche, se empezaron a besar mientras de cachondeo invitaban al muchacho a unirse a ellas.

―Dejadle en paz. No veis que es un crio, ¡pedazo de putas!― riendo las amonesté.

Haciendo caso omiso a mis palabras, la tailandesa hundió su cara en la entrepierna de la japonesa mientras las otras dos las jaleaban.

―Chaval, espéranos fuera― compadeciéndome de él, le ordené al ver que, disfrutando de su naturaleza fetichista, Suchín se estaba exhibiendo cada vez más.

 ―Eso, niño. Sal y hazte una paja― le gritó Akira mientras con su sexualidad ya desbordada presionaba la cabeza de su amiga para forzar el contacto.

Si alguna de las dos hubiese sabido la realidad de lo graves que habían sido esos altercados, nunca hubieran aprovechado lo pusilánime que era ese joven para echarse unas risas.  Desconociéndolo, siguieron puteándolo hasta que salimos de la casa.

No tardamos en comprender que se había quedado corto con la gravedad de lo ocurrido y es que de camino a la plaza pudimos ver los efectos de la masa descontrolada.

―¿Qué coño ha pasado aquí?― preguntó mi asistente al ver las farolas caídas y las papeleras tiradas por el suelo.

Encontramos a Johana dando gritos por doquier y fue entonces, constatamos hasta donde había llegado la barbarie, ya que con tono cenizo nos informó de que había habido cinco bajas, cuatro civiles, todos de la misma casa y un militar.

Curiosamente la que peor encajó las noticias fue Adriana:

―Lucas, lo siento. Calculé mal― reconoció desconsolada: ―Nunca supuse que se desmadraría tanto todo.

Mirando a Irene y a la enorme negra, comprendí que el único que no sabía de qué coño hablaba era yo.  Por eso, sintiendo ganas de saltar la las dos al cuello, les pregunté a que se refería la latina.

        En vez de contestar mi pregunta, Johana replicó a su amiga:

        ―No fue tu culpa sino la mía. Debí haber previsto más gente para controlar los disturbios.

Girándome, me encaré a Irene:

―Tengo claro de quién fue la idea.

Totalmente pálida, la rubia respondió echándose a llorar:

―Todo debía haber quedado en unos golpes y contusiones.   

Con un cabreo de narices, comenté a las tres que ahora teníamos que ocuparnos de menos minimizar las consecuencias de su negligencia, pero que al llegar a casa debíamos hablar de lo sucedido.

―¿Sabéis que esto no va a quedar así? – pregunté.

Las tres asintieron sin levantar su mirada. Como ya tendría tiempo de rendirles cuenta, pedí la lista de los fallecidos. Como me imaginaba, al contrastarla con la que tenía de los grupos familiares, descubrí que para colmo una de las fallecidas encima era la lideresa.

Mirando a Adriana, quise saber cómo afectaría eso a las dos supervivientes. Tras pensarlo durante unos segundos, respondió:

―Habrá que esperar a que vuelva la electricidad para ratificarlo con el programa informático, pero tendremos que reasignar al resto a otros grupos. Piensa que esas familias fueron diseñadas para tener un comportamiento jerárquico con sometimiento a las directrices del jefe y si este ya no está, el grupo se desmorona.

Lleno de ira, observé que entre la gente que no paraba de llorar velando a los muertos había dos pelirrojas que no podían negar el ser hermanas, ya que eran exactamente iguales. Todavía hoy no sé si notaron que me fijaba en ellas o por el contrario estaban necesitadas de un hombro en el que llorar que al vernos llegar a donde estaba teniendo lugar el velatorio, se lanzaron en mis brazos hechas unas magdalenas.

―Don Lucas, ¿por qué ha tenido que morir Helen? Ella era la que nos cuidaba y ahora…¿qué va a ser de nosotras?― preguntó una de ellas.

Sin pensar en las consecuencias, Irene le contestó:

―Lucas, proveerá por vosotras. No tenéis nada que temer.

Por la cara que puso Adriana, supe que mi asistente había cometido un error y ella misma cayó en la cuenta al escuchar que le decía a su gemela:

―Ya tenemos quien nos cuide.

La rubia comprendió que la habían malinterpretado e iba a sacarlas del error cuando para evitar males mayores le dije:

―Hoy ya has metido la pata suficiente. Sé humana por una vez en tu vida. ¿No ves que necesitan, además de consuelo,  un lugar donde sentirse seguras?

Sin querer asumir que eso iba a trastocar nuestras vidas, me preguntó que debía hacer:

― No deben haber dormido. Llévalas a casa y que descansen mientras nosotros nos ocupamos de encontrar y castigar a los culpables.

Incapaz de llevarme la contraria, Irene convenció a las dos para que la acompañaran y se marchó. Hasta que las tres mujeres no se habían alejado, Adriana se había mantenido callada, pero al asumir que ya no podían oírla, me preguntó:

―Lucas, ¿estás seguro de que es una buena decisión?

Mirandola a los ojos, contesté:

―Para nada, creo que ha sido una idea pésima.

A pesar de esa respuesta, la latina comprendió que no iba a sacarme una explicación y cambiando de tema, quiso saber cómo se había desmadrado todo hasta esos extremos.

―Por lo que he conseguido averiguar hasta hora, esa tal Helen debía ser una psicópata porque todos los testigos afirman que fueron ella y sus acompañantes los que cuchillo en mano se abalanzaron sobre el militar también fallecido y que este solo se defendió― Johana expuso brevemente.

 Reconozco que, al oír su explicación, me preocupé porque no en vano acababa de mandar con mi asistente a las dos superviviente de ese grupo. Temiendo haber metido al enemigo en casa, pedí los expedientes completos de ambas pelirrojas.

―Aquí los tiene― contestó la negra.

Que los tuviera a mano hizo que subiera bastantes enteros mi opinión sobre ella como jefa de seguridad y es después de su desastrosa gestión, al menos se había preocupado por estudiar a todos los involucrados.

―Se llaman Elina y Mikaela Lindbergh, nacidas hace veinticinco años en Malmö y doctoras en ingeniería informática por la universidad de Estocolmo― me anticipó.

Nada en esos dossier hacía suponer que esas dos suecas representaran un peligro. Al contrario, según los psicólogos encargados de su evaluación, las hermanas compartían una exacerbada empatía que las lleva a intentar siempre a apaciguar las tensiones de las personas cercanas.

«Este grupo tiene por característica el ser muy violento, pero conociendo su valía se ha decidido usar a esas hermanas de cortafuegos que les impida saltar por los aires », leí que los loqueros razonaban refiriéndose al grupo en el que las habían encuadrado.

Por ello quise saber qué estaban haciendo mientras su líder y el resto de la gente de su casa implosionaban. Johana no tuvo que revisar ninguna lista para saber que las pelirrojas estaban de guardia durante los hechos y totalmente avergonzada, respondió:

―Eran las encargadas de cerrar el centro de cálculo.

No pude, no quise o no me vi capaz de contenerme.

―¡Seréis imbéciles! ¿A ninguna de vosotras tres se le ocurrió que esto podía pasar? Alimentasteis la sinrazón de la tal Helen sabiendo que las dos que la anclaban a la realidad no estaban a su lado.

― No creímos que llegara a ese extremo― reconoció Adriana.

  Al escuchar su confesión, caí en la cuenta de que el dejar sola a esa perturbada fue algo premeditado y con ganas de matarlas a patadas, preferí marcharme y dejar a la latina y a su gigantesca compinche lidiando con sus remordimientos.

De poco me sirvió el paseo, mi cabreo no había menguado en lo más mínimo y por eso al llegar a la casa, busqué a la culpable. Y es que por mucho que Johana y Adriana se adjudicasen parte de responsabilidad, sabía que la ideóloga de tal locura había sido esa rubia con cara de niña buena.

        ―Fuiste, eres y serás siempre una insensata. Solo piensas en ti y te da igual lo que le ocurra al resto de la gente a resultas de tus maniobras― le espeté nada más verla.

Irene no intentó disculparse. Sabía que cualquier cosa que dijera solo iba a empeorar su situación y asumiendo su culpa, me imploró que la perdonara.

Por mucho que lloró, no me creí en absoluto su arrepentimiento y por ello cuando de pronto la tal Elina tras preguntarle si eso era cierto la abofeteó, no hice nada por defenderla.

Tampoco me apiadé cuando Mikaela, cogiendo de su rubia melena a mi asistente, la llevó a rastras por la casa.

―Puta, por tu culpa murió Helen― escuché que le gritaba y a continuación el sonido de un tortazo.

Sabiendo que Irene se merecía esa hostia y muchas más, me quedé sentado mientras entre las dos la propinaban un severo correctivo.

―Lo siento, yo no quería que eso ocurriera― oí que decía.

Tras ese nuevo intento de disculpa se produjo un silencio que me preocupó y por ello dejando la comodidad de mi asiento, me acerqué a la habitación donde la habían llevado a comprobar que ocurría.

He de decir que no me esperaba encontrar a la rubia colgada del techo y completamente desnuda. Por eso sin saber que decir me quedé mirando mientras Elina cogía una fusta y comenzaba a flagelarla. Al observar a mi ayudante comprendí que estaba aceptando ese castigo como parte de un extraño rito de expiación de sus pecados.  

        Por un momento, las gemelas creyeron que las iba a detener, pero al ver que no hacía ningún gesto de rechazo fueron alternando golpes e insultos mientras le echaban en cara las muertes ocurridas.

         ―Maldita. Por tu culpa hemos perdido a la mujer que nos cuidaba― escuché a Elina decir al tiempo que le retorcía uno de sus pezones.

        ―¿Y ahora quién nos va a abrazar cuando tengamos miedo? ¿Quién nos va a mimar cuando necesitemos consuelo?― añadió su hermana mientras le descargaba un sonoro azote en el trasero.

        ―No lo sé― gimoteó mi asistente sin una respuesta que dar.

        Los sollozos de Irene solo consiguieron incrementar la ira de las suecas y tirándola del pelo, Mikaela se encaró a ella diciendo:

        ―Tendrás que devolvernos lo que nos has quitado.

        ―Ojalá pudiera― replicó dando un aullido.

Sin dejar de azotarla, la pelirroja le comentó al oído:

―Por supuesto que puedes.

Juro que no comprendí a que se refería esa mujer y tampoco que se proponía hacer su hermana al reparar en que olvidando el castigo se estaba desnudando.

Añadiendo un nuevo correctivo a la larga lista, le mordió los labios antes de decir:

―Tu hombre será el nuestro y tú tendrás que verlo.

No me dio tiempo a reaccionar y antes de que hubiese asimilado que iba a formar parte del correctivo a mi asistente, Elina se había arrodillado frente a mí y me estaba desabrochando la bragueta.

―¿Qué coño estás haciendo?―  pregunté.

La mujer que segundos antes se había mostrado extremadamente violenta con Irene me miró con una dulzura apabullante antes de contestar en voz baja para que nadie que no fuera yo la oyera:

―Señor, mi hermana y yo hemos sentido que necesitaba nuestra ayuda para ejercer su justicia y eso estamos haciendo.

Tras esas enigmáticas palabras, abrió sus labios y engulló mi miembro mientras escuchaba el gemido de dolor que salía de la garganta de mi asistente al ser testigo de esa felación.

―¡Dejad a Lucas en paz! Haced conmigo lo que queráis, pero a él no lo toquéis, ¡es solo mío!

Sacando mi pene de la boca, Elina miró a Irene y regalándole una sonrisa, se lo volvió a embutir completamente.

―Zorras, mis compañeras os matarán cuando sepan que intentáis robarnos su amor― gritó mientras trataba de zafarse de sus ataduras.

Riendo a carcajada limpia, Mikaela se empezó a desnudar sin alejarse de ella. Nuevamente no supe que era lo que se proponía, pero eso no fue óbice para que mientras su gemela me hacía una mamada, aprovechara a hacerle un largo y minucioso repaso al culo de esa monada.

Una vez en pelotas, la pelirroja se acercó a su víctima y mostrando que era dueña de un par de espectaculares pechos, la preguntó si no consideraba que eran preciosos. A buen seguro Irene nunca previó al abrir los labios para negarlo, esa pelirroja aprovechara para meter uno de sus pezones en la boca.

―Chúpamelo para que cuando tu hombre mame de mis tetas tenga donde morder.

 Para mi sorpresa, la rubia se tragó toda su soberbia y sacando la lengua, comenzó a lamer los hinchados senos de la pelirroja.

―No me extraña que Lucas esté tan a disgusto contigo. Para ser una puta sumisa, no sabes ni mamar.

Asumiendo que esa reprimenda iba dirigida a humillar a mi asistente, he de reconocer que nunca creí que tuviese ese efecto y es que, pegando un gemido, la rubia se puso a sorber y a succionar de los cantaros de su captora.

―El castigo todavía no ha terminado, su amada necesita aprender la lección― susurró en mi oído Elina un momento antes de empezarme a desnudar.

Ni que decir tiene que no puse impedimento alguno mientras esa preciosa pelirroja me quitaba la ropa y tampoco me quejé cuando dándome un suave empujón, me hizo tumbarme en la cama.

―Lucas es demasiado hombre para ti y prefiere amar a una mujer como yo antes que a una sucia sumisa.

El dolor que leí en los ojos de mi asistente fue total y mas cuando dejándola colgada del techo, Mikaela se acercó a mi con paso de pantera. Como en el caso de su gemela, la expresión de le cambió al saber que Irene no podía verla y mutando de hembra dominante a dulce princesa, se tumbó a mi lado en la cama.

―Nuestro señor es aún mas guapo y varonil de lo que nos imaginábamos, ¿verdad hermana?

―Y eso que todavía no has saboreado su virilidad― respondió Alina con un tono pícaro en su voz.

Incapaz de escuchar que me decían esas dos, Irene les ordenó que me dejaran, pero eso solo sirvió para que guiñándome un ojo Mikaela le replicara:

―Lucas ya ha elegido y se queda con nosotras, ¿no es así?

―Claro, princesa. Sería tonto si no os prefiriera a vosotras― respondí y consciente de que debía de dar realismo a mi afirmación, me metí una de sus maravillosas tetas en la boca mientras con las manos magreaba el trasero de su gemela.

Dando un largo sollozo, mi rubia asistente mostró su indignación.

―Mi señor, mis pechitos son muy sensibles y si sigue haciendo uso de ellos, me voy a poner cachonda― murmuró Mikaela sin hacer ningún intento de retirarse.

Su hermana, sin encomendarse a nadie, aprovechó ese momento para coger mi verga y poniéndose a horcajadas sobre mí, empalarse con ella.

―Mi señor, yo ya estoy cachonda.

La desfachatez de la cría, unida a la estrechez de su coño, me hizo disfrutar como pocas veces y dejando que usara mi miembro como silla de montar, me puse a morrear con su gemela mientras Irene no perdía detalle.

―¡Cómo me gusta este pollón!― aulló descompuesta voz en grito Elina sin dejar de empalarse.

No tuve que ser un genio para saber que ese chillido iba dirigido a mi asistente, pero aun así debéis saber que me puse verraco y atrayendo a Mikaela hacia mí, le pregunté si le gustaba el sexo oral.

―Me encanta, mi señor― replicó con una sonrisa de oreja a oreja.

Tas lo cual haciendo todo lo posible para llamar la atención de la rubia y cambiando de posición, puso su coño a mi disposición. Acostumbrado a mujeres depiladas, con gusto, comprobé la existencia de un cobrizo bosque de pelos entre sus piernas.

        «¡Menuda mata!», exclamé interiormente mientras retiraba con dos dedos los poblados pliegues que me impedían el acceso a su clítoris.  

        Al hallar ese tesoro oculto, no me lo pensé dos veces y mientras su hermana seguía machacando el interior de su vagina con mi verga, saqué mi lengua y comencé a lamerlo. Como si fuera magia,  ese botón creció ante mis ojos e impelido por una fuerza irresistible, comencé a mordisquearlo con pasión.

―Mira puta como mi hombre se come mi chocho pelirrojo― escuché que Mikaela gritaba a mi asistente.

 Irene llorando no paraba de rogar que siguieran castigándola a ella pero que no me tocaran.

―Eso te gustaría, sucia sumisa― le espetó Elina con la respiración entrecortada.

A pesar de estar saboreando el flujo de la otra, advertí que la sueca que se estaba empalando con mi verga estaba a punto de correrse y decidido a darle un pequeño empujón, le di un par de azotes en su trasero para que se diera prisa.

―¡Dios! ¡Me enloquecen tus nalgadas!― rugió la sueca al sentir esa ruda caricia en sus cachetes.

Para mi sorpresa desde el gancho en el que estaba colgada, mi asistente me pidió que demostrara a esa puta quien era el que mandaba.

―Hazlo, mi señor― susurró Mikaela en mi oreja: ―Mi hermana está deseando sentirse completamente tuya.

 Mirando a la preciosa pelirroja, le pregunté qué era lo que ella quería. Bajando su mirada, replicó:

―Quiero dormir abrazada a usted y sentirme querida.

―¿Sabes que tengo otras seis mujeres?― respondí.

Abriendo sus ojos, me dijo:

―¿Seis? Yo creía que solo tenía cinco.

Descojonado señalé a su gemela, y contesté:

―No querrás que Elina se quede sola.

Con voz tierna, me besó mientras me decía:

―Si usted me acepta, me ocuparé de controlar a todo su rebaño.

―Te acepto― descojonado contesté.

Lo que no me esperaba fue que, saliendo de la cama, Mikaela descolgara a Irene y trayéndola hacia nosotros, le rogara gentilmente que se ocupara de su hermana mientras ella sellaba el pacto conmigo follándome.

Como era de prever, la rubia se negó.

La reacción de la pelirroja no se hizo esperar y sin darle opción a cambiar de opinión, le cruzó la cara de un tortazo.

―Zorra, no te lo he pedido. ¡Te lo he ordenado!

Ver para creer, mi asistente mirándola con una adoración que solo le había visto cuando me observaba, respondió hundiendo su cara entre las piernas de su gemela.

Alegre y satisfecha, Mikaela se olvidó de ellas y poniéndose a cuatro patas sobre el colchón, me preguntó que esperaba para firmar nuestro acuerdo. Como os podréis imaginar, cogiendo mi polla a modo de estilográfica, me entretuve unos segundos haciendo mi firma sobre sus labios vaginales, tras lo cual y de un solo empujón, se la clavé hasta el fondo.

 ―Mi señor, ¡qué hogar tan maravilloso vamos a formar los dos juntos en esta isla con nuestras seis putillas! ― rugió llena de felicidad al sentir que mi verga la rellenaba por completo…

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