
Las semanas que mediaron entre mi entrevista y mi primer día de trabajo fueron una auténtica pesadilla. No lograba convivir con lo que había ocurrido y, menos aún, con el hecho de que tendría que volver allí y presentarme a trabajar diariamente. Yo estaba rara y Daniel lo notaba; busqué disimular todo cuanto pude pero era inevitable que, cada tanto, él me preguntara qué me pasaba. “Nada… nada…- respondía yo esbozando la mejor sonrisa que podía -. S… supongo que son l… los nervios por el nuevo empleo…” Ésa u otras semejantes eran mis típicas respuestas ante los planteos por […]


















