
El barco tenía dos camarotes de pasajeros, con seis literas cada uno, como solamente éramos cuatro y dos de ellos eran matrimonio, el capitán los puso en uno y a nosotros en el otro. Tuvimos buen viento y buena mar casi todo el camino, sin grandes cosas que comentar, salvo las vistas maravillosas de las costas francesas, españolas, portuguesas, toda la costa africana, la bulliciosa ciudad de Port Elizabeth, donde recalamos para cargar provisiones y agua, la costa de Madagascar, que vimos algo alejados a indicaciones del capitán, porque ya nos estábamos internando en el océano y sería la última […]



















