
Trabajo en una empresa familiar de un tamaño relativamente grande (300 empleados), cuyo nombre no voy a decir para evitar problemas. En esta compañía existe la tradición de celebrar una cena de empresa todos los veranos antes de irnos de vacaciones. Pues bien, este año el gran jefe, que así llamamos al propietario, había decidido que, en lugar de en uno de los restaurantes habituales de la ciudad, la cena fuese en una finca junto a un pueblo algo aislado, a unos 35 kilómetros de la ciudad. Hubo un cierto disgusto entre los trabajadores, porque eso nos obligaba […]













