
Una vez fuera y cuando ya nos habíamos despedido del notario, Ricardo se desmoronó mientras me daba las gracias por haber descubierto los malos manejos de su tío mientras la gente que pasaba nos miraba impresionada. No tuve que esforzarme mucho para comprender lo grotesco que resultaba en nuestra sociedad ver a un hombretón de más de dos metros y cien kilos de peso berreando como un crío. Tratando de consolarlo, lo abracé. Nuestra diferencia de tamaño quedó nuevamente de manifiesto y un tanto cortado, me vi aprisionado entre una mole de músculos que de haber querido me hubiese roto […]
