Aquél día me levanté de muy buen humor. Por fin, después de mucho tirar currículums, me habían aceptado como profesora en un instituto. Aunque fuera únicamente una sustitución de tres meses, no cabía de alegría. Por fin podría trabajar de lo que siempre me había gustado. Además, tendría la oportunidad de preparar a mis alumnos para la selectividad, ya que mi sustitución era durante los meses de abril, mayo y junio.

El instituto además, quedaba cerca del piso en el que vivía, un trayecto de veinte minutos en autobús, que aquél día cogí encantada.

¿Que quién soy? Me llamo Laura, tengo 27 años, estudié filosofía en la universidad y hace un año me saqué el máster de profesorado. Mi vocación siempre ha sido dar clases como profesora. Físicamente, ¿como soy? cuando me miro el espejo antes de salir de casa, no me desagrada lo que veo. Soy rubia, con el pelo largo, tengo varias pecas por todo el cuerpo, mido poco más de metro sesenta y tengo una bonita figura. Mi talla de sujetador es la 90, pero lo que siempre han destacado los chicos con los que he estado es mi bonito culo. Y sí, ahora mismo estoy soltera. Aquel día vestía una camisa blanca, con una falda de tela hasta las rodillas, medias oscuras y zapatos.

Llegué al instituto y conocí al Director. Un hombre maduro y muy agradable. Según me comentó, la política del centro es que los profesores damos las clases y preparamos los exámenes pero de la corrección de todos los exámenes se encarga él personalmente para evitar que haya ningún tipo de favoritismo entre profesor y alumno. Política que no me pareció desacertada.

En relación a mis alumnos, se trata de una clase de 20 chicos y chicas de segundo de bachillerato, todos ellos con los 18 años cumplidos. Al parecer es una muy buena clase con un único problema. Tiene 5 alumnos con muy bajo rendimiento escolar que llevan todo el curso suspendiendo varias asignaturas. Según me indicó el director, eran un caso perdido y lo mejor que podía hacer era centrarme en los 15 alumnos que sacaban buen rendimiento y dejar de lado los otros cinco que no mostraban interés por las clases y muchas veces hacían campana.

Agradecida, me dirigí a mi clase. Mientras caminaba por el pasillo, tuve una idea. Si conseguía que aquellos cinco chicos mejoraran su rendimiento escolar, me apuntaría un “tanto” con el centro y probablemente que contrataran de forma indefinida. La prueba de fuego serían los exámenes de selectividad que harían los chicos. Aunque como objetivo más próximo, estaban los exámenes parciales de abril dentro de una semana.

Según pude hablar con el Director, la biblioteca del centro está abierta las 24 horas para uso tanto de alumnos como profesores, aunque fuera del horario escolar casi nunca la utiliza nadie.

Llegué a la clase y, sorprendentemente, estaban allí todos mis 20 alumnos, incluidos los cinco problemáticos. Según consulté en el expediente académico, se llamaban Juan, Marcos, Raúl, Antonio y Andrés.

Me presenté ante la clase y empecé con la asignatura. Curiosamente, aquellos cinco estaban prestando más atención de la que esperaba. Probablemente se debiera a mi joven apariencia, la profesora a la que sustituía había pasado los 50 años y probablemente yo, por mi juventud, conectaba más con aquellos chicos.

Al finalizar la clase, les pedí que se quedaran un momento, tenía una propuesta para hacerles.

-He visto en vuestro expediente que vuestras notas son muy bajas. Mi intención es ayudaros en todo lo que pueda a mejorar vuestro rendimiento, no sólo en mis asignaturas sino en todas vuestras materias. Por eso se me ha acudido la idea de crear un grupo de estudio. Si os parece bien, al finalizar la última clase, estaré en la biblioteca para ayudaros a resolver cualquier duda o problema que tengáis. Y sobretodo, a preparar los exámenes de la semana que viene.

Los chicos no dijeron nada y abandonaron la clase. Tampoco tenía muchas expectativas en que aquello llegara a funcionar, pero era mi primer trabajo como profesora y quería dar el máximo. No me importaba que me dieran plantón.

Al finalizar la última clase, me dirigí a la biblioteca. Para sorpresa mía, al cabo de unos veinte minutos, aparecieron los cinco alumnos. Nos sentamos en una mesa y empezamos a repasar la asignatura que más les costaba, matemáticas.

Al cabo de una hora, me di cuenta que aquellos chicos no es que fueran tontos. La verdad es que eran listos. Su principal problema era la falta de motivación para ponerse a estudiar en serio, se distraían con una mosca y les aburrían las asignaturas en sobremanera. Si encontrara una forma de motivarlos para tomarse en serio las clases, conseguiría que mejoraran su rendimiento.

-Venga chicos, no es un problema difícil, sé que podéis hacerlo. Si os lo tomarais en serio obtendríais buenas notas.

Los chicos estaban más pendiente de sus teléfonos móviles que de mí. Antonio fue el primero en hablar.

-Como quieres que nos motivemos, todos nuestros compañeros están pasándolo bien con las chicas y nosotros aquí aburridos. Eso es una pérdida de tiempo.

Aquello me sentó como un jarro de agua fría. Si no conseguía conectar con ellos, hoy sería el primer y último día del grupo de estudio y perdería la oportunidad de demostrar que los chicos podían mejorar sus notas.

-Me tenéis a mí. ¿No soy suficiente buena compañía?- Dije con una sonrisa.

-Qué quieres que te diga, eres simpática, pero con esas pintas de abuela…- Respondió Raúl.

-Tienes razón, si estuviera aquí Jessica, ya verías como nos concentraríamos todos, ¿verdad?- Añadió Marcos refiriéndose a la chica más atractiva de la clase, que hoy había vestido una minifalda y una camiseta escotada. Los cinco chicos rompieron a reír.

Aquello pintaba mal, si no conseguía motivar a los chicos, ya podía decir adiós a mi plan para impresionar al Director. Yo no era Jessica, ni pretendía serlo, pero decidí tirar de lo que parecía la única forma de motivar aquellos chicos. Poco a poco, me desabroché los tres primeros botones de la camisa, mostrando un poco de escote.

-¿Tengo ahora vuestra atención?- Dije apoyándome en la mesa, dejando que contemplaran unos segundos mi escote.

-Desabróchate cuatro botones más y tendrás toda nuestra atención- Dijo Juan con una sonrisa.

Al menos había captado la atención de los chicos.

-Demostradme primero de lo que sois capaces. Resolved los tres ejercicios que os he planteado. Me desabrocharé un botón por cada ejercicio que resolváis correctamente. Si copiáis se acabó la apuesta.- Dije seriamente.

Al parecer, aquella era toda la motivación que necesitaban. En menos de veinte minutos todos habían resuelto los ejercicios de forma satisfactoria. Al menos había confirmado mi teoría, no eran tontos, sencillamente no estaban motivados.

Ahora me tocaba a mí, así que me desabroché tres botones más de mi camisa, abriéndola hasta el ombligo. Los chicos quedaron embobados contemplando mi sujetador negro “push up”.

-A ver, agáchate un poco- Dijo Raúl.

Estuve a punto de negarme, pero tampoco iba a mostrar mucho más de lo que no hubieran visto ya, así que para tenerlos contentos, me agaché a fin que pudieran contemplar mi escote en todo su esplendor.

-Ahora quítate la falda- Dijo Marcos.

-Lo siento chicos, pero esto ya ha ido demasiado lejos.- Dije mientras me volvía a abrochar la camisa. No se en qué momento me pareció buena idea montar ese numerito y entrar en ese juego.

-Si te quitas la falda te prometo que nos esforzaremos y sacaremos un excelente en los siguientes exámenes. En todas las asignaturas.- Dijo Raúl, los otros cuatro chicos asintieron afirmativamente.

No era estúpida, no pensaba darles el gusto ahora para que luego me suspendieran las asignaturas. Pero tuve una idea.

-Ahora no. Si cómo decís, me aprobáis con excelente todos los exámenes de la semana que viene, os prometo que, después de clase, me quito ante vosotros la falda y la camisa.

Mi proposición era un farol. Estaba convencida que por mucho que se esforzaran, era imposible que cinco chicos que llevaban años suspendiendo asignaturas, ahora de pronto sacaran excelentes de golpe.

-De acuerdo. Pero otra condición. Cuando estés en ropa interior, dejarás que te demos unos azotitos en tu lindo culo- Dijo Marcos.

-De acuerdo.- Dije sin pensarlo, estaba segurísima que mejorarían sus notas pero que no llegarían al excelente.

Diez días más tarde

Aquel día, el Director me felicitó personalmente. Con mi propuesta del grupo de estudio, había conseguido que en diez días, los cinco alumnos con el rendimiento más bajo sacaran una nota de excelente en todos sus exámenes. Yo no sabía como tomarme aquello. Por un lado, estaba satisfecha por mi trabajo como profesora, pero por otro lado, tendría que cumplir con lo prometido a aquellos chicos. Por fortuna, había pensado en todo.

Al salir de clases, ya me esperaban en la biblioteca. El bibliotecario, al ver que yo estaba allí me dijo que se marchaba a casa y que me encargara yo al cerrar. Aquello me dejaba en una situación incómoda, a solas con los cinco chicos. Yo contaba que la presencia del bibliotecario evitaría que las cosas se desmadraran.

-Venga, nosotros hemos cumplido. Ahora te toca a tí.- Dijo Raúl.

-¿O es que no tienes palabra?-Añadió Andrés

-Claro que tengo palabra. Por cierto, más allá de vuestra motivación, sinceramente, me alegro de vuestras notas.- Dije.

-Nosotros también nos alegramos- Dijo Antonio con una sonrisa.

Ya no había marcha atrás, así que empecé a quitarme la ropa. Poco a poco me fui desabrochando los botones de la camisa, ante la atenta mirada de los chicos, hasta quitarme completamente la camisa.

-¡Eh! Eso es trampa, llevas un bañador debajo- Exclamó Raúl.

-Qué esperabais, ¿que me desnudaría a la primera? Lo que acordamos fue que quitaría la falda y la camisa, no dijimos nada sobre mi ropa interior.

Aquí tuvieron que callar. Les había ganado en su propio terreno. En lugar de sujetador y bragas, llevaba un bikini blanco que se sujetaba con nudos. No iban a ver más de lo que vería cualquier persona que me contemplara en la playa.

Su mirada de decepción mejoró cuando me quité la falda y vestida únicamente por mis medias y el bikini me di una vuelta para que me contemplaran bien. Noté una contenida exclamación de asombro cuando les di la espalda. No había contado que, después de todo el día sentada en una silla, la braguita del bikini, se me había pegado al culo, enterrándose en él. Sin quererlo, les acababa de dar lo que ellos deseaban. Por detrás, el bikini en lugar de ofrecer una buena cobertura, metido dentro de mi culo, les daba la misma visión que si llevara un tanga.

-Bueno chicos ya es suficiente.- Dije dándome la vuelta.

-Falta la otra parte, yo de ti no me daría la vuelta tan fácilmente- Añadió Andrés.

El chico tenía razón, les había prometido unas palmadas en mi trasero.

-Mejor quítate las medias- Dijo Marcos.

-Lo siento, no estaban incluidas en el pacto.- Respondí firmemente. Aunque ello no pareció enojarlos demasiado. Mi visión con las medias y el bikini enterrado, revelando mi lindo culo, debía excitarlos suficiente. Seguramente no pensaron que yo dejaría que aquello fuera tan lejos. Lo que me hizo replantear si no había aceptado sus condiciones demasiado rápido.

Una fuerte palmada en el culo por parte de Antonio me devolvió a la realidad. Después vino la de Marcos, que resonó sonoramente en la biblioteca. Recé para que no hubiera nadie, aquello había sonado como lo que era, una palmada en el trasero. Raúl no fue tan brusco y más que una palmada, deslizó suavemente su mano por mi trasero, palpándolo a través de las medias. Juan hizo lo mismo y suavemente me palpó todo el culo. Aquello empezaba a excitarme, los chicos eran suficientemente atractivos como para que la situación no fuera del todo desagradable para mí. Andrés fue más allá, y empezando desde la parte superior de mi culo fue bajando suavemente su mano hasta empezar a palpar mis vagina a través de la tela. Por mucho que en otra circunstancia me hubiera dejado hacer, aún mantenía el control sobre mi misma. Recordé que yo era su profesora y ellos mis alumnos y que estábamos en un sitio en el que podría entrar cualquiera.

-Eso ya no es el culo- Dije apartándole la mano a Andrés, el chico sonreía, seguramente había notado mi excitación a través de la fina tela de las medias y el bikini.

-Chicos, creo que ya es suficiente. Espero que a partir de ahora os esforcéis tanto en vuestros exámenes como habéis demostrado ser capaces estos días.

Yo daba por supuesto que los chicos habían ganado motivación suficiente, pero estaba muy equivocada.

-¿Qué ganaremos a cambio de un excelente en los exámenes finales?- Preguntó Raúl.

-Mejorar vuestro expediente académico y…- Empecé a decir pero Marcos me cortó enseguida.

-Ya sabes a lo que nos referimos.

-¿Qué queréis?- Pregunté curiosamente, dejándome llevar por la excitación del momento mientras me terminaba de abrochar la camisa.

-Un Striptease, en tu casa, dónde nadie nos pueda interrumpir. Además, para mejorar nuestra atención en clase, a partir de ahora, en lugar de esos vestidos de profesora cincuentona, vas a dar las clases con la ropa más sexy que tengas en tu armario. Así prestaremos más atención. Con los muermos de profesores que tenemos no hay quien atienda una hora seguida.- Dijo Antonio, contando con la aprobación de los otros.

Medité unos segundos. Evidentemente, les había dado una golosina a los chicos y ahora querían más. Por otro lado, estaba en mis plenas facultades de cortar de raíz aquello, decir que no y que siguieran suspendiendo. Ellos mismos, era su futuro el que estaba en juego.

Asimismo, no podía negar que yo me había sentido ligeramente excitada al hacer un amago de striptease en la biblioteca, no se podía decir que lo había hecho a regañadientes. También tenía que considerar la oportunidad de sorprender al Director, si realmente ellos mejoraban su expediente, me ganaría su admiración. Era también plenamente consciente del riesgo que conllevaba todo ello.

-Una condición. Aún no he dicho que acepte nada de eso. Pero que quede claro, en el supuesto que acepte, y vosotros os ganarais el striptease. Me tenéis que prometer que no haréis nada que yo no acepte. Un striptease, puro y simplemente, ni tocareis mi cuerpo, ni habrá nada de sexo y por supuesto nada de fotos ni vídeos. Ni siquiera podréis entrar con vuestros teléfonos en mi piso.

La rapidez con que aceptaron me sorprendió. Quizá había gato encerrado. Insistí en ello.

-En caso que acepte y os lo ganéis, como os sobrepaséis un pelo os juro que os denuncio a la policía. Sois mayores de edad y os jugaréis años de cárcel. Lo digo muy en serio.

Volvieron a insistir en que aceptaban mis condiciones. La pelota estaba en mi tejado.

Estaba muy nerviosa y no sabía que responder. La parte racional de Laura me gritaba que dijera que NO, que aquello tenía todos los números de terminar mal, que una vez aceptara estaría en sus manos y que no les debía nada a esos chicos. Era su responsabilidad si querían o no sacar buenas notas, y si querían aplicarse debían hacerlo pensando en el futuro y no en la posibilidad de ver desnuda a su joven profesora.

Por otro lado, la Laura pervertida y la Laura ambiciosa me gritaban que dijera que SI. Aquello me brindaba una oportunidad de oro para ganarme una reputación en el instituto. Y por otro lado, qué diantres, esos cinco chicos eran muy guapos. El hecho que se interesaran por ese juego implicaba que me encontraban atractiva, y yo hacía demasiado tiempo que no flirteaba con ningún hombre.

-Está bien, acepto. Ni una palabra a nadie sobre esto o se terminó el juego. ¿Entendido?

Todos asintieron, recogieron sus libros y abandonaron la biblioteca.

“Madre mía, en qué lío me habré metido” pensé nerviosa mientras cerraba la biblioteca.

CONTINUARA

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