Durante los dos días que tardamos en llegar a Georgetown, Tana quiso recuperar el tiempo perdido y cuando no era yo al que asaltó en busca de caricias, era a Grace a quien se las demandó. Tal era su insistencia que durante el viaje tuvo que ser Rodrigo quien se ocupara de nuestra hija porque en cuanto intentábamos dejar la cama, la morena fruncía el ceño y nos pedía de vuelta entre las sábanas.

            —Es mi secretario, no nuestra niñera— comenté una de las mañanas molesto por el papel que tenía que asumir el castellano.

            —Está encantado de cuidarla, la quiere como una hija— fue la respuesta de la morena.

            Sabiendo que era así ya que el altísimo no le había concedido el poder acunar uno propio, volví a sus brazos al notar que contaba con la aquiescencia de la madre.

            Por eso no fue extraño, que me hallara en el catre cuando el vigía alertó que estábamos a punto de llegar a la Guayana. Conociendo las guasas de la tripulación acerca de la fogosidad de mis mujeres, me levanté de inmediato y las obligué a vestirse con las mejores galas, ya que nada más desembarcar debíamos dirigirnos hacia la finca que había sido de don Diego e intentar contactar con su madre para notificarle su muerte. Cuando le pedimos acicalarse con ropas europeas, Tana protestó ya que consideraba esos vestidos de una incomodidad suprema y tuvo que ser Grace quien le insistiera diciendo que era una dama y que debía ir acorde con su estatus.

            —Pero es que pican lo que llamáis enaguas— quejándose señaló.

            En plan de guasa, Grace le respondió que esa era la única prenda que le permitía no ponerse ya que nadie podría saber si la llevaba, sin saber que la morena se lo tomaría al pie de la letra y que antes de salir del camarote, se había deshecho de ella.

            —Estáis preciosas, mis adoradas damas— comenté.

Acostumbrado a que en la isla fueran semidesnudas, ataviadas a la europea me dejaron sin habla, ya que esa ropa realzaba la belleza de ambas y más en el caso de Tana, a la que le daba además un exotismo sin igual. Hasta el capitán, un estricto puritano, se vio afectado y no pudo dejar de alabar a mis mujeres, diciendo:

—Es usted muy afortunado.

Consciente que, siendo un hombre tan parco de palabras, eso era un desmesurado elogio hacia ellas, le agradecí sus palabras. Al llegar al puerto y mientras la tripulación se encargaba de vaciar las bodegas, pedí a Rodrigo que contratara un coche de caballos para que nos llevara a la finca del portugués. Mi fiel ayudante no tardó en encontrar un carruaje y en compañía de mi secretario, de mis dos mujeres y de la cría, nos dirigimos hacia allá. Supe que había hecho bien es escoger uno abierto, cuando a pesar de ser Georgetown poco más que un pueblo, vi que Tana miraba asustada la cantidad de gente que nos cruzábamos a nuestro paso.

—No sabía que pudiese haber tantas personas en el mundo— declaró con los ojos abiertos de par en par: — y menos chozas tan grandes.

Riendo le comenté que nada de lo que veía podía compararse con Londres y con el palacio de Buckingham, la residencia de la reina Ana.

—Solo el personal que le da servicio son más que todos los habitantes de esta zona.

Para alguien que nunca había dejado el archipiélago era algo difícil de entender porque iba más allá de su capacidad de discernimiento. Por lo que tuvo que hacer un acto de fe y confiar en lo que le decía porque ella no podía pensar en esos números.

—Según dices… ¡hay más ingleses que árboles en nuestra isla!

—Así es, mi lady— desde el asiento de conductor, contestó el español, recalcando de esa forma el respeto al que tendría que habituarse.

Al llegar a la mansión del portugués, un espléndido ejemplo de arquitectura colonial, nos salió al paso un lacayo preguntando que deseábamos y a quién anunciaba.

—Diga a doña Isabelle que lady Grace Brompton, condesa de Salveterra, quiere verla— actuando de portavoz y de acuerdo a su nuevo empleo, Rodrigo contestó.

El sirviente se quedó pálido al escuchar a quién debía anunciar y entrando a toda prisa, buscó al mayordomo. No tardó salir este, ayudado de un bastón.

—¿Quién osa aparentar quién no es? — gritó con gran enfado antes de vernos bajar.

Contestando a su pregunta, Grace se giró sonriendo:

—Soy yo, Tomás.

El anciano la reconoció de inmediato, pero al verme a su lado, el sujeto en cuestión cayendo postrado a mis pies, me llamó por el nombre del difunto. Quise rectificarle y hacerle ver que yo no era, pero antes de que pudiese abrir la boca salió corriendo a por su señora gritando:

—Doña Isabelle, ¡don Diego y lady Grace están vivos!

 No teniendo otro interlocutor, subimos por la escalinata y esperamos a que llegara la madre de su difunto marido para aclarar el malentendido. El sonido de un bastón acercándose nos avisó de su llegada. Desde lejos, la portuguesa nos sonrió. Grace no pudo contener la alegría al ver a la que había sido su suegra y corriendo por el pasillo, corrió a saludarla. Las dos viudas se abrazaron llorando. El cariño de las dos me hizo sonrojarme al saber que le habían dado erróneamente la noticia de que su hijo seguía vivo y por eso prudentemente comenté:

—Señora, siento haberla perturbado, pero no soy su hijo. Me llamo Robinson Crusoe.

—Lo sé. Me he dado cuenta de inmediato— sonriendo respondió, para acto seguido girarse hacia Lana diciendo: —Y esta niña, ¿no va a venir a dar un beso a su abuela?

Mi chavala no lo dudó y acercándose, le extendió los brazos. La noble comenzó a llorar mientras la besaba.

—Ya puedo morir sabiendo que tengo una heredera.

No quise contrariarla revelando a la viejecita que Lana no era su nieta y menos al ver el amor con el que la trataba.

—Tomás, ¿dónde andas? — gritó a su lacayo: —Llama a todo el mundo y diles que los condes han vuelto.

Que volviera a referirse a mí como su hijo me llenó de desazón y más cuando el tal Tomás nos dijo que había preparado el ala izquierda de la mansión para nuestro uso.

—No nos vamos a quedar más que dos días— dejé caer por el revuelo que se había organizado con nuestra llegada.

Mis palabras cayeron como un obús en el sirviente y sin saber a qué atenerse, me soltó que doña Isabelle me necesita ahí. Al cuestionarle por la razón, fue la señora la que contestó hablándome de un indeseable que intentaba quitarle las tierras aduciendo que pertenecían al Condado de Salveterra y que habiendo quedado libre el título, como el familiar más cercano quería ser nombrado Conde.

—Lo bueno es que en cuanto tu primo Paulo se entere que has vuelto y que Lana es tu hija, sabrá que sus pretensiones automáticamente carecen de base legal.

Al leer en su cara que me pedía cautela, caí en que era la primera interesada en mantener el equívoco. Supe que era así cuando tomándome de la mano, me llevó a un lado y me dijo:

—Si me ayudas, podré quedarme en la casa que fue de mi hijo y que en derecho corresponde a Grace.

Rodrigo, que se había percatado de todo, comentó usando el título del muerto:

—Señor Conde sería conveniente que usted y su esposa vayan a ver a Gobernador y que como representante de su majestad le de fe de vida e inscriba a Lana como su hija.

Como antiguo estudiante de Leyes comprendí que estaría cometiendo un delito al usurpar la personalidad del difunto. Oyendo mis reticencias, la portuguesa comentó:

—Mi hijo hubiese querido que Grace heredara tanto su título como su fortuna.

La aludida que hasta entonces se había quedado al margen, comentó:

—Doña Isabelle, si lo hacemos será solo con una condición. Usted seguirá siendo la dueña de todo hasta el día de su muerte y cuando muera, Robinson renunciará al Condado y pasará directamente a Lana.

—No esperaba menos de ti, mi niña— replicó: —En compensación, me gustaría que aceptaras ya de inicio el cincuenta por ciento de los rendimientos de estas tierras.

—El quince sería suficiente— contestó abrumada por la oferta.

—Veinticinco y no se hable más— insistió con ganas de cerrar el trato, la avispada señora.

Al aceptar mi esposa, la portuguesa me tomó del brazo diciendo:

—Diego, ¿te parece que organicemos una fiesta esta noche para que nuestros vecinos sepan que has vuelto?

—Claro, madre— contesté haciéndome cómplice del complot.

Doña Isabelle sonriendo llamó al resto del servicio y siguiendo el protocolo nos presentó. Al llegar a Tanamá se quedó cortada al no saber cómo hacerlo y entonces Grace, intervino diciendo:

—Es Tana, mi amada hermana, la mujer a la que le debemos la vida.

La portuguesa no desconfió y se presentó a ella diciendo:

—Lady Tana, encantada de conocerla. Me considero en deuda con Usted y por tanto mi casa es la suya.

La caribeña no supo que decir ni cómo actuar y estaba a punto de contestar cuando Lana comentó:

—Abuela, Mamá Tana es también la esposa de papá.

Demostrando una agilidad mental impropia de alguien de su edad, sonrió mientras cuchicheaba en mi oído:

—Hijo, sería bueno que esto quedara en la familia y que mantengamos la versión de Grace.

Aunque ya lo habíamos hablado me seguía avergonzando el tener que ocultar nuestra relación ante la gente y por eso me quedé callado. Afortunadamente, Tanamá que era consciente de lo inmoral que resultaba a ojos de una europea, contestó:

—Mi hermana y su marido saben lo mucho que los quiero y no haré nada que los pueda perjudicar.

—Cómo ya le he dicho a Diego, de puertas adentro usted es su esposa y la trataré como mi nuera. Deme un abrazo, lady Tana.

 Tras dárselo, la otoñal señora me comentó sin ningún rubor siguiendo la pantomima:

—Hijo, siempre has tenido buen tino a la hora de elegir mujeres.

—Tuve a quien salir, Madre…

La noticia de la súbita aparición del Conde corrió como la pólvora por Guayana y esa misma tarde, tuvimos la visita del pretendiente que sintiendo que perdía todas las opciones de reclamar para sí el condado, llegó exigiendo ver al suplantador. Como era algo que esperábamos habíamos preparado durante horas como comportarnos y aprovechando que ese hombre apenas conocía al difunto, pero había estado en su boda, fue Grace quien lo recibió dando muestras de alegría.

—Primo Paulo, como la esposa de Diego me complace que hayas sido el primero en venir a darnos la bienvenida— le espetó luciendo una sonrisa de oreja a oreja mientras desde el sillón yo mantenía un estudiado mutismo.

Reconociéndola como la novia de la ceremonia a la que había asistido el alma se le cayó a los pies y más al ver en mis brazos a la heredera que le cerraba definitivamente el paso al título. Doña Isabelle remató la faena diciendo:

—Como verás, mi hijo vive y tiene una heredera. Hemos organizado una fiesta a la que se ha invitado al gobernador para que certifique que es así.

Sabiendo que sus pretensiones se habían tornado absurdas al no poder reclamar algo que tenía un dueño legítimo, el bellaco se giró y salió de la casa sin siquiera haberme dirigido la palabra mientras le llegaba el comentario de la anciana que había pretendido desahuciar:

—Por cierto, cierra la puerta al salir y no vuelvas.

Las risas de los presentes fueron el colofón y dando un portazo, se subió a su carruaje y se fue.

—Hijo, no te sientas mal. Ese mal nacido ha tenido su merecido— la adorable anciana comentó mientras se llevaba a la niña con ella dejándome en compañía de mis amadas para darnos tiempo de acicalarnos para la fiesta.

Asumiendo que al no haber descubierto el engaño el más interesado era ya un trámite que el mundo me reconociera como don Diego Ordoñez, conde de Salveterra, me dirigí con ellas a las habitaciones que nos habían preparado y allí Tana se enfrentó por vez primera a una bañera.

 —¿Qué es este artilugio y para qué sirve? — preguntó.

Llegando por detrás, Grace la empezó a desnudar riendo:

—Es donde tus amados van a bañar a su salvaje.

Sin entender qué era lo que la rubia se proponía nada pudo hacer cuando habiéndola despojado del vestido, tomó uno de sus pechos entre los labios.

—Dile algo a la zorra de nuestra esposa, ¡tenemos prisa! — reclamando mi ayuda, rogó.

—A una dama siempre se le perdona si llega tarde— desternillado de risa, respondí metiéndolas en la tina: —Y más si su tardanza se debe a cuidar a su marido.

Mis labios sellaron sus quejas cuando desde el agua intentó repetirlas al sentir las yemas de Grace recorriendo su feminidad.

—Cuando hayáis terminado de lavaros, os espero en el cuarto – comenté.

Viendo que no me necesitaban para amarse, marché en busca de mi supuesta madre para intentar entender cómo era posible que se hubiese tomado tan bien mi parecido con el difunto. La viuda estaba jugando con Lana cuando la encontré, pero no fue eso lo que me perturbó sino escucharla decir a la niña lo mucho que le alegraba el haber recuperado a su hijo. Por un momento, dudé si interrumpirlas anunciando mi presencia cuando de repente viéndome en la puerta, la anciana comentó:

—Hijo, nunca podré agradecerte lo suficiente el haberme dado una nieta.

Que siguiera llamándome así cuando no había nadie presente, me hizo saber que la senectud le estaba jugando una mala pasada y que doña Isabelle realmente creía que yo era fruto de sus entrañas a pesar de lo que me había dicho.

—Quería saber si deseaba alertarme de algo antes de la fiesta— disimulando respondí.

La viuda se me quedó mirando y dijo:

—Cariño, ya eres un hombre y esta vieja poco te puede aconsejar— pero entonces pensándoselo mejor, me preguntó si su amado James seguía vivo.

—Perdone, señora, ¿a qué James se refiere? — intrigado repliqué.

Con rubor en sus mejillas, contestó:

—A James Crusoe, tu padre.

—¿Usted lo conocía? — insistí totalmente confundido.

—Fue un amor de juventud que tuve durante mi estancia en Londres— confesó.

Esa revelación me hizo saber la razón por la que me parecía tanto a don Diego: ¡éramos hermanos! La noble ratificó ese descubrimiento al tomarme de la mano, mientras me decía que su hijo hubiera deseado que alguien de su sangre lo heredase y que, por ello, se había atrevido a que lo sustituyese ante la gente:

—Te le pareces tanto que siento que eres él— concluyó con una lágrima recorriendo sus mejillas.

Comprendiendo todo al fin, retomé el tema de mi padre y contesté que debido al tiempo que había pasado varado en la isla, no sabía qué había sido de mi viejo, pero que dudaba que siguiera vivo porque de ser así se acercaría a los cien años.

—Tienes razón, James me llevaba veinte años— dijo con dolor en su voz mientras abrazaba a la que consideraba su nieta: —El tiempo pasa para todos.

Sin otra cosa que hablar con ella, la dejé con Lana y volví a las habitaciones que nos habían dejado. Mientras recorría los pasillos, comprendí que en cierta forma no estaba suplantando al difunto sino ayudando a la madre de mi hermano y con ello en la mente, entré en el cuarto donde me encontré con mis esposas esperándome. Sus cuerpos desnudos sobre la cama me hicieron olvidar lo que había descubierto y acercándome a ellas, únicamente pregunté si todavía teníamos tiempo de compartir unas caricias.

—A las damas se les perdona el llegar tarde— respondió Tana sonriendo…

49

Ya vestidos para el festejo, tuve tiempo de comentar a Grace que su difunto marido y yo compartíamos padre y que esa era la razón por la que su suegra había aceptado con normalidad el que se hubiese convertido en mi esposa, pensando quizás que al ser hermanos estábamos cumpliendo con la ancestral costumbre del Levirato, donde al morir el primogénito el siguiente de la familia tenía la obligación de casarse con su viuda.

            —No nos debe resultar raro. En nuestra patria hasta los reyes lo practicaban. Así, Enrique VIII se casó con Catalina que era la esposa de su hermano Arturo— contestó la inglesa feliz al ver en ello la confirmación de que Dios aprobaba nuestra unión al igual que había hecho doña Isabelle.

            Para Tanamá, todavía fue más fácil ya que en su pueblo esa obligación se extendía incluso a los hijos y ejemplo de ello fueron sus palabras:

            —La Diosa lo sabía y por ello os juntó.

            Con ello en la mente, pasamos por la señora y con mi niña en brazos, bajamos al salón donde se habían congregado los invitados. Tal interés se había despertado con mi llegada que nadie faltó a la cita y por ello cuando entramos, sentimos la mirada de todos fija en nosotros.

            —Queridos amigos, mi hijo y su esposa, los condes, han vuelto— declaró formalmente cerrando las bocas de los que habían acudido pensando que era un ardid para despojar al tal Pablo de sus derechos.

            El primero en acercarse fue Lord Bristol, el gobernador de su majestad, el cual me dio un abrazo haciendo ver a todos que daba por bueno mi identidad.

            —Señor Conde, es un placer conocerlo— dijo mientras hacía una caricia a Lana.

            —Papá, tú no eres conde sino rey— protestó la chiquilla recordando el puesto que había ejercido en el archipiélago.

            —Y lo sigue siendo, tu papá siempre será el rey de mi corazón— interviniendo contestó Grace.

            Las risas del funcionario comprendiendo el equívoco resonaron por el salón mientras siguiendo el protocolo, doña Isabelle seguía presentándome a sus vecinos.  El único momento realmente incómodo fue cuando me presentó a Eleonora Goodwing una de las terratenientes de la zona.

            —Señora, espero que su hijo se acuerde de la que fue su prometida— contestó esta mientras me miraba con cara enfadada.

            Reaccionando, respondí:

            —Estás aún más bella que entonces. Si tengo tiempo, me pasaré por tu casa para recordar viejos tiempos.

            — ¡Qué dices! ¡Estoy casada! — turbada contestó.

            El color de sus mejillas me reveló dos cosas, la primera que no era inmune a los piropos y la segunda que mi difunto hermanastro había compartido largas horas de asueto con ella y que había visto en mis palabras una insinuación que iba más allá de la buena vecindad.

            —Diego también— sacando las uñas, dejó caer Grace mientras a su lado Tana se reía.

            Totalmente avergonzada, la pelirroja no volvió a acercarse a nosotros no fuera a caer en la tentación que para ella yo suponía. El resto de la velada fue un éxito. Propios y extraños aceptaron el hecho de nuestra milagrosa vuelta y demostraron con su alegría que el primo de don Diego era un tipo que contaba con pocos partidarios.

Lo que también me resultó curioso fue ver como trataban a la caribeña y que esa gente se había creído a pies juntillas que su presencia en la casa era debido a la amistad que tenía con mi esposa, ¡la condesa! Prueba de ello fue el continuo galanteo que tuvo que soportar por parte de los solteros de la fiesta en busca quizás de la tan mentada fogosidad de las mujeres del caribe.

—Diego, vete a salvarla antes de que se produzca un incidente— me aconsejó doña Isabelle viendo cómo un par de hombres competían por sus favores.

No quise comentar que se bastaba por ella misma y que llegado el caso los que correrían peligro serían ellos si alguno se atrevía a sobrepasarse. Aun así, preferí hacerla caso y llegué a donde estaban:

—Lady Tana le llama mi esposa— sonriendo comenté.

Agradecida por mi ayuda, corrió en busca de Grace dejándome con los petimetres, uno de los cuales no dudó en preguntar si era cierto los rumores que corrían de que la caribeña nos había salvado de los antropófagos.

—Así es. Ahí donde la ven, era la reina de la isla en la que naufragamos y al irnos, decidió abdicar y acompañarnos para ver mundo— confirmé despertando la admiración de los presentes.

Mi intención había sido despejar las dudas sobre su origen, pero lo que realmente desperté fue un interés mayor por ella y ya no solo de los solteros sino de todos y por ello el acoso se incrementó reuniendo a su alrededor a un nutrido grupo de indiscretos e indiscretas en busca de más información. Totalmente acorralada cuando en un momento dado una de las mujeres más jóvenes se le ocurrió separarla de todos y cuestionarle sobre la veracidad de que como reina su voluntad era ley, contestó con tono autoritario:

—Ahora mismo, estuviésemos en mi reino, podría obligarla a hundir su boca en mi feminidad.

Espantado al escuchar tamaña burrada, me las quedé observando asumiendo que iba a producirse un escándalo, pero para mi sorpresa la dama en cuestión con los pitones en punta, contestó:

—Si tanto lo desea, mi reina, podemos pasar al salón de al lado.

Tana buscó mi aprobación con la mirada. Sabiendo que, a partir de haber dejado el sacerdocio, la morena estaba más que dispuesta a explorar todas las vertientes del sexo, se la di y por eso no tardé en comprobar que charlando desaparecían por las escaleras. Deseando espiar cómo se apoderaría de ella, esperé diez minutos antes de seguirlas. Al llegar a nuestras habitaciones, descubrí que no habían tenido la precaución de cerrar la puerta y por ello, pude observar a la mujer totalmente desnuda devorando con frenesí la cueva de la morena.

—Don Diego ha tardado más de lo que te dije— desternillada de risa comentó a su invitada al verme espiándolas.

Sin dejar de saborear el manjar que el destino había puesto en su camino, la guayanesa movió sus caderas sollozando. Suponiendo que habían hablado de ello y que por lo tanto tenía vía libre para disfrutar también yo de ella, me aproximé y pasando mis dedos por los blancos glúteos de la joven, quise saber si realmente contaba con su permiso. La chavala, una veinteañera de pelo castaño y grandes pechos, respondió:

—Si es la voluntad de mi reina que usted me use, no soy yo quien puede oponerse.

Por sus palabras y por su tono, comprendí que esa dama era una de esas que veían con envidia el trato que los terratenientes daban a sus esclavas y que secretamente siempre había deseado ser una de ellas.

—Por lo que veo, le has jurado fidelidad— susurré en su oído mientras aprovechaba su postura para examinar su gruta y para mi sorpresa descubrí que su interior seguía inmaculado.

Mis tocamientos lejos de incomodarla, azuzaron su natural lujuria y reiniciando sus lametazos sobre el tesoro de la caribeña, contestó que se había comprometido en servirla de por vida.

—En calidad, ¿de qué? — pregunté al tiempo que me apoderaba del botón que escondía entre los pliegues.

Con una pasión desbordada, respondió casi gritando:

—Aunque no haya papeles por medio, he aceptado ser su esclava.

Impresionado por la entrega que demostraba, quise asegurarme de sus intenciones y mientras pellizcaba la tecla que tanto placer producía en las mujeres, insistí:

—Dudo que puedas cumplir esa promesa ya que Lady Tana y el resto de nuestra familia saldremos en unos días hacia Inglaterra.

—Lo sé y me gustaría acompañarlos— contestó ya presa del gozo.

Los berridos de la joven se intensificaron aún más cuando tirándola de la melena, Tana le exigió profundizar en sus lamidas.

—Mis padres han muerto. No tengo más familia que la de usted— sollozó moviendo su trasero.

— ¿No tienes novio, marido o pretendiente que se pueda oponer? — quise saber más que nada para zafarme de cualquier compromiso que hubiesen llegado.

—No, mi señor. Soy libre para encadenarme a ustedes— sacando la cara de entre los muslos de la caribeña, respondió.

Dando un sonoro azote en su trasero, argumenté que antes de darle una respuesta tenía que hablar con mi señora. Ese nada cariñoso gesto la desbordó y mientras la humedad corría por sus piernas, con lágrimas en sus ojos me rogó que le hiciera extensivo su compromiso a ella, diciendo:

—La reina me ha explicado cuál es la situación y que si me acepta será siempre que ustedes dos lo crean conveniente.

—Mientras Grace decide, Tana disfruta de tu mascota— dirigiéndome a la caribeña repliqué para a continuación dejarlas solas.

La indudable hermosura de esa muchacha era una tentación en la que deseaba sumergirme, pero antes de planteárselo a mi esposa fui por la viuda y le pregunté qué sabía de ella. Como no sabía su nombre tuve que describírsela.  La anciana supo de quién trataba y lo más importante de qué buscaba sin que fuera necesario revelárselo:

— Hijo, Mary nunca pudo esconder que buscaba un dueño. Al no encontrarlo en estas tierras, se ha aferrado a ti. Si tus mujeres lo aceptan sería bueno que le dieses un hogar…. ¿o no es eso lo que vienes preguntando?

—Madre, ¡qué bien me conoces!

Con una picardía impropia de su alcurnia, contestó:

— ¡Cómo no voy a conocerte si te he parido! Además de buena niña, sus tierras lindan con las nuestras y me sería fácil llevarlas en tu nombre,

Que dijera en mi nombre, me confirmó con puntos y comas que sabía el tipo de pacto que la joven quería obtener y por eso despidiéndome de la señora, fui a ver a Grace. La rubia estaba departiendo animadamente con unos vecinos por lo que no pude comentárselo hasta que la gente comenzó a desfilar hacia sus casas. Y solo cuando me preguntó por Tana fue cuando le expliqué que nuestra morena se había agenciado una criada dispuesta a compartir con nosotros su cuerpo. Para mi sorpresa, lo único que quiso saber fue si era joven y guapa.

—Lo es y en este momento, está esperando en nuestra cama a que le des el visto bueno.

No me extrañó por tanto que acudiera rauda a comprobar que no le estaba engañando y por eso tuve que buscar yo a nuestra hija para llevarla a acostar. Afortunadamente, la madre de don Diego me salió al quite y con gran alegría, me informó que ella podía ocuparse de su nieta.

—La mimas demasiado— contesté mientras subía de dos en dos los escalones de la mansión.

Al llegar, la escena no pudo ser más reveladora. Mis dos esposas estaban de pie valorando la belleza de la joven que permanecía inmóvil y desnuda en mitad de la habitación.

—Como podrás comprobar, cuenta con buenas ubres –estaba Tana diciendo a Grace con los pechos de su rendida admiradora entre las manos.

 La rubia haciendo como si no estuviese convencida llevó sus dedos a las rosadas areolas de la joven y se las pellizcó:

—De tamaño no están mal.

La tal Mary suspiró con esa caricia mientras, desternillada de risa, la caribeña azuzaba a la rubia para que acreditara su textura:

—Son suaves pero duras y en cuanto nuestro marido la embarace, darán mucha leche que podremos beber.

Siguiéndole el juego, la madre de mi niña acercó sus labios a los dos erizados montículos que decoraban los pechos de la muchacha e hizo como si mamara de ellos.

—Condesa, mis senos son suyos en propiedad— gritó al sentir la boca de mi esposa succionando.

Me quedé pasmado entonces al ver que Tana la reprendía por haber hablado sin permiso con un doloroso golpe en las nalgas.

—Perdón, mi reina— sollozó feliz al sentir el escozor de su trasero,

Como si fuera algo ajeno a ello, Grace se permitió el lujo de revisar su pubis y debió de descubrir su virginidad, porque con una sonrisa de oreja a oreja, le pidió que confirmara que no conocía varón:

 —Condesa, hasta que la reina me ordenó que la acompañara, nunca estuve con hombre o mujer alguna.

—Eso es cuestión pasada, en cuanto nos jures la misma fidelidad que a tu reina, nuestro marido no tardará en usarte— declaró mientras con las manos le separaba los cachetes y confirmaba que tampoco su entrada trasera había sido usada jamás.

—Me imagino que algo podré opinar— intervine desde la puerta.

—Por supuesto, cariño. Estábamos esperando tu opinión— la caribeña contestó y aprovechando que me había sentado a la orilla de la cama, me presentó a la joven diciendo:

—Esta hembra desea formar parte de nuestra familia, tú qué dices.

Asumiendo que la cría deseaba sentirse una esclava, aunque como súbdita de su majestad eso fuera imposible, me la quedé mirando con interés y tras exigirle que se girara y me mostrara la espalda, comenté:

—Por lo que sé, hasta ahora eres dueña de ti misma y por tanto eres tú la encargada de darte un valor y si llegamos a un acuerdo, recibir el dinero que estipulemos. Por eso te pregunto, ¿según tú cuánto debería pagarte para recibirte en propiedad?

Como terrateniente de la zona, Mary debía saber el precio que se pagaba por una hembra en edad de parir y con la ilusión reflejada en su cara, contestó:

—Creo que un precio justo sería cuarenta libras.

—No sé, quizás es mucho— repliqué: —Para pagar tanto, deberías una gatita dispuesta a que su amo le acaricie el lomo.

Rápidamente intuyó lo que le pedía y cayendo de rodillas en el suelo, se acercó a mí maullando:

—Seré su minina.

Tal y como había previsto, Mary no dudó en restregar su piel desnuda contra mi pantalón mientras mis esposas sonreían.

—Te ofrezco veinte libras— respondí recorriendo con mis yemas su dorso.

—Treinta y ocho— negoció: — Como ya han comprobado tanto la condesa como la reina, poseo pechos suaves para su disfrute.

Apoderándome de ellos sin recato, los amasé entre mis manos sacando un largo gemido de la muchacha.

—Veinticinco libras.

—Treinta y cinco, como ya sabe soy virgen y eso se paga.

Deseando seguir con ese regateo, le pedí que se incorporara y me lo dejara verificar ese sobre valor entre sus piernas. Sin mediar mayor requerimiento, Mary se levantó y separando sus rodillas, me hizo ver la telilla que escondía en su interior.  La visión de ese sobre valorado aditamento nubló mi sentido negociador y sin poder reprimirlo, con la lengua saboreé por primera vez su tesoro. La muchacha pegó un sollozo y mientras permitía que siguiera disfrutando de su aroma, entusiasmada subió su valor:

—Ya que le gusta tanto, cuarenta y cinco libras, va a tener que pagar por mí.

Que tuviese el empaque de hacerlo cuando estaba deseando que la comprara, me habló de su inteligencia y recordando lo bien que me vendría alguien tan ducho en los negocios para el futuro, respondí mientras le daba la vuelta y observaba el trasero que tanto me había apetecido desflorar una hora antes:

—Si incluyes para su uso no solo tu cueva sino el resto de tu cuerpo, te las doy.

Sonriendo, me miró y dijo:

—La boca iba incluida, pero si me va a usar también por detrás aceptaría… cuarenta y cinco libras y dos chelines.

Pidiendo a Grace que me acercara la bolsa con el dinero, conté la cantidad que reclamaba y se la di diciendo:

—A partir de ahora, eres de nuestra propiedad y los tres podremos usarte cuándo, cómo y dónde estimemos pertinente.

—Estoy deseando servir a mis amos— murmuró con una sonrisa de oreja a oreja.

—Perfecto, ahora vete a la cocina y tráenos algo de comer, tus dueños tienen hambre.

Para mi sorpresa, ya salía desnuda a cumplir mi deseo, por lo que tuvo que ser Grace quien la parara y soltándole un guantazo, le dijera solo nosotros tres podíamos verla sin ropa.

—Así será mi señora, solo mis amos verán desnuda a su gatita.

Tras lo cual, vistiéndose con rapidez, se fue a la cocina. Sin ella presente, la rubia se echó a reír y tomando de la cintura a Tana, buscó en sus besos el aroma de nuestra adquisición al tiempo que preguntaba qué tal había usado la lengua en ella.

—A la gatita se le dio casi también como a ti el mimar mi feminidad— declaró la caribeña pegando una carcajada.

—Eres una zorra a la que no puedo dejar sola. A la mínima oportunidad te has buscado alguien que me sustituya entre tus brazos— protestó sin ningún tipo de sutileza la rubia mientras se restregaba contra ella.

— ¿Todavía no lo has entendido? Por lo que me habéis dicho, vuestro mayor miedo es que la gente sepa de nuestro matrimonio al no estar permitido por vuestras leyes. Con esa putita besando el suelo que piso, nadie sospechará que estamos casados y me tomarán como vuestra gobernanta y a ella como la criada.

— ¿Entonces lo has hecho por eso? — quiso saber la rubia.

—Claro, mi amor. No quiero que nada ni nadie me impida ser vuestra mujer.

Al escuchar la lógica de su explicación, Grace volvió a besarla diciendo que esa noche no la dejaría descansar de tanto que pensaba amarla.

—Pero, ¿y qué hacemos con Mary? Todavía podría echarse atrás y conviene que nos acompañe en nuestro viaje— preguntó Tana.

—Por eso no te preocupes, ¡nuestro “Diego” se encargará de sellar su entrega!

No me quedó duda del modo en que tendría que “sellarla” …

50

Mientras esperaba la vuelta de Mary, me quedé pensando en mis experiencias anteriores y es que, a pesar de haber disfrutado de una amplia gama de mujeres, jamás me había enfrentado a una europea que añorase el destino reservado solo a las esclavas. Meditando sobre ello, hice un breve recuento de las que habían dejado huella en mí y en especial de las que tenían el mismo origen que ella:

«Ni Elizabeth ni Grace hubieran aceptado que las tratara como cosas y menos me lo hubiesen pedido». Lo mismo podía decirse de mis dos caribeñas, ya que para Viernes y Tanamá la libertad era la base de la personalidad de ambas. Por lo que, buscando una explicación, pensé en aquellas que en algún momento habían sido mis siervas y comprendí que, aunque habían sido de mi propiedad, su trato conmigo era mucho más igualitario de lo que soñaba esa castaña.

«¿Qué verá en ello para que le resulte tan atractivo?», me dije intrigado. Asumiendo que en parte se debía a un deseo carnal, esa explicación no me bastaba y por ello busqué otras explicaciones en la vida que le había tocado hasta ese momento. Revisando lo que sabía de Mary, recordé que era huérfana y que gracias a la finca que había heredado de sus padres jamás había tenido que sufrir estrecheces económicas de ningún tipo. Estaba a punto de desechar que su orfandad fuera lo que la hubiese llevado a desear entregarse de esa forma cuando de repente me acordé de sus palabras: “Quiero formar parte de su familia”.

«¡Eso es!», exclamé para mí: «Acostumbrada a estar sola, ansía tener un orden en su vida, una estructura a la cual aferrarse sin tenerse que preocupar por tomar ella las decisiones. Aunque parezca ilógico, ha visto en la vida de los esclavos ese destino que añora. Una vida ordenada, estructurada, cuya única preocupación sea servir a su amo».

Acababa de llegar a esa conclusión cuando la vi entrar en la habitación llevando una bandeja con unos refrigerios. Por ello, esperé a que me sirviera una bebida para pedirle que se sentara junto a mí mientras mis esposas miraban la escena. La chavala sonrió y quitándose la ropa sin que se lo tuviese que decir, se acomodó en una esquina de la cama.

—A partir de hoy, administraré tus bienes y solo te daré lo necesario para tus gastos— comenté con la mirada fija en sus ojos.

—Si es lo que mi amo considera que es lo mejor, me parece bien— respondió con la mirada huidiza.

—Tu papel será servirnos y obedecer. Buscarás anticiparte a nuestros deseos y jamás rechazarás cumplir una orden nuestra.

—No me atrevería— musitó mientras los botones de sus senos se comenzaban a levantar.

—Te despertarás antes que tus amos y tendrás ya listo todo cuando ellos se levanten— añadí y viendo que mis palabras estaban causando un gran entusiasmo en ella, proseguí: —Ante el resto de la gente, te comportarás como una criada y te dirigirás a nosotros como tus señores. Pero ya en la intimidad de la familia, tu cuerpo y tu alma serán nuestras y podremos usarte cómo nos venga en gana.

            Fijándome en ella, descubrí que deseaba menos palabras y más hechos. Por eso, sin mencionar a las dos mujeres que nos observaban y mientras empezaba a recorrer con mis yemas sus senos, señalé:

            —En cuanto sientas que uno de tus amos desea disfrutar de ti, deberás ofrecerte arrodillándote enfrente.

            Tal y como esperaba, en cuanto oyó ese deber, pegó un suspiro y se hincó sobre las sábanas mostrando así su total disposición. Viéndola, me permití el lujo de incrementar mis caricias y empezando por su espalda, fui barriendo con mis dedos sus últimas resistencias.

—Amo— la escuché balbucear al llegar a su entrepierna.

 La humedad desbordó su femineidad cuando recorrí sus pliegues y asumiendo que mis actos presentes moldearían su futuro, preferí que ir cocinando su gozo poco a poco para que así su obediencia se viera premiada. Tana y Grace que hasta entonces habían permanecido alejadas se acercaron y se pusieron a pellizcar sus pechos mientras yo concentraba mis mimos en el botón de su intimidad.

—Tienes prohibido alcanzar la dicha y si sientes que no puedes más, avísanos para que paremos— susurró la caribeña en su oreja mientras le regalaba un mordisco.

—Así lo haré, mi reina— consiguió decir con la piel erizada.

—No dudes que te castigaré si me fallas— le avisó la morena para a continuación y a modo de ejemplo, arrearle un sonoro mandoble en una de sus nalgas.

Su rostro se llenó de felicidad al sentir el escozor en su cachete mientras intentaba que lo reiterara poniendo su trasero en pompa. Queriendo participar en la educación de la guayanesa, fue la mano de Grace la que cayó sobre el otro diciendo:

—Nuestro placer siempre estará antes que el tuyo.

—Nunca lo olvidaré, mi condesa— atropelladamente, balbuceó al saber que no debía fracasar en contener la calentura que ya mostraba.

Observando sus esfuerzos, incrementé su tortura al despojarme la ropa. El rubor de sus mejillas me hizo saber que era la primera vez que veía a un hombre desnudo. Por ello, con la idea de acelerar su adiestramiento, me tumbé en la cama y poniendo la cabeza sobre la almohada, comenté:

—Para que sepas como satisfacerme, debes antes conocer mi cuerpo.

Su timidez le hizo preguntar a sus amas cómo debía hacerlo. Fue Tana, la que respondió subiéndola encima de mí:

—Siente el tacto de su piel contra la tuya.

Obedeciendo, la joven se puso a restregarse sin saber a qué atenerse y por eso le sorprendió que mi hombría se fuera alzando al sentir sus pechos rozando el mío.

            —Soy demasiado inexperta y temo no lograr que mi amo me perdone— musitó con la respiración entrecortada al notar que la temperatura de su interior iba incrementándose al sentirme.

            —Nosotras guiaremos a la esclava novicia para que no falle a su dueño— hundiendo dos yemas en su vulva, comentó Grace.

            Tomando el testigo, Tana le pidió que sacara la lengua y recorriera con ella, mi pecho. Viendo su sueño realizado, Mary abrió sus labios y obedeciendo a su señora comenzó a lamer el dorso de su amo mientras sufría aterrorizada el ataque de la condesa.

            —La piel de su esposo es deliciosa— murmuró mientras poco a poco iba perdiendo su cobardía y sus lengüetazos se iban intensificando.

            —Baja por su cuerpo y dinos que sientes al observar su hombría— riendo, Grace le exigió sin dejar de hurgar en su interior.

            La lentitud de la muchacha al deslizarse hizo que mi tallo se mostrara en plenitud cuando abriendo los ojos de par en par exclamó que era enorme.

            —No te he pedido que lo describas, sino que nos digas lo que experimentas— castigando su error con un nuevo azote, la rubia le recriminó.

            Temblando de cabeza a pies, respondió:

            —Me da miedo y me atrae. Siento que no estoy preparada para tomarla entre mis dedos, aunque lo desee.

            —Entonces, no lo hagas y sigue usando tu boca— disfrutando replicó la morena.

            Como testigo mudo, me quedé en silencio mientras Mary iba acercando su cara a mi erección ante la atenta mirada de mis esposas y eso me permitió advertir su alegría cuando finalmente la envolvió entre sus labios.

            —Piensa que la virilidad de tu amo es un mango del que deseas extraer su jugo— comentó la caribeña más afectada de lo que le gustaría demostrar.

            — ¡Por Dios! ¡Condesa! No siga agasajando a su esclava o les fallará— maulló al sentir que el gozo estaba a punto de hacerla sucumbir.

            Grace supo que en su papel de maestra no debía provocar aún la derrota de la muchacha y sacando sus yemas de ella, la aguijoneó a continuar mimándome con la boca. Más tranquila, la cría fue tomando el control y demostrando un esmero que nos daría grandes momentos en el futuro, sumergió uno a uno los centímetros de mi hombría hasta conseguir embutírselo totalmente en la garganta.

            —Ahora, vete sacándotela lentamente mientras acaricias la bolsa donde mi esposo guarda su esencia— bastante sorprendida por la capacidad que había demostrado, Tana comentó.

Sabiendo por su tono que su reina estaba satisfecha con su desempeño, no dudó en obedecer con la misma lentitud que había usado al engullirla y eso me permitió sentir la tersura de sus labios recorriendo la totalidad de mi tallo mientras lo sacaba.

—Vuelve a hacer lo mismo, pero ahora más rápido— le aconsejó la condesa al conocer mis gustos.

Al estar ya totalmente embadurnada con su saliva, mi virilidad se deslizó fácilmente en su boca y sin importarle las arcadas que experimentó al rozar ésta con su campanilla, repitió las enseñanzas de sus dueñas con gran celeridad. Su insistencia terminó por asolar cualquier intento por mi parte de postergar el gozo y viéndolo desde su izquierda, la caribeña se lo anticipó diciendo:

—Cuando tu amo explote, debes saborear su esencia y no desperdiciarla o esta noche no será la de tu estreno.

Tomando nota del aviso, Mary intensificó sus maniobras al saber que no tardaría en catar por vez primera la leche de su amo y por eso, cuando finalmente me derramé en su garganta, no dejó que se malgastara ni siquiera una sola gota. Tan absorta estaba en ordeñar mi tallo que no se percató que mis esposas se habían olvidado de ella y se habían lanzado con pasión a disfrutar de sus cuerpos.

—Mi reina, ¿su esclava lo ha hecho bien? — preguntó al sentir que había exprimido la totalidad de mi jugo.

—Sí— respondí al ver que ni Tana ni Grace contestaban: —Tu amo está satisfecho.

Llorando de felicidad, Mary buscó mis brazos mientras con picardía preguntaba si se había hecho merecedora de un premio.

            Sabiendo la respuesta, pregunté qué era lo que deseaba.

            —Quiero que mi amo use a esta hembra y le haga sentir que su búsqueda de un hogar ha terminado— replicó mientras con las manos intentaba resucitar mi alicaído miembro.

            —Cuando te vendiste a mí, compré todo tu cuerpo y ya que he disfrutado de tu boca, te permito elegir el modo en que disfrutaré del resto.

            —Amo, esta esclava no debería poder elegir… pero ya que me deja la elección entre mi feminidad y mi trasero… ¿puede ser por ambos?

            Mi carcajada retumbó entre las paredes de la mansión y mientras veía a mis esposas devorarse entre ellas, pedí a la joven que se agarrara con fuerza a los barrotes de la cama. Viendo la postura que le había ordenado, Mary preguntó con algo de temor si comenzaría usando su entrada posterior.

            —No, cachorrita. Te voy a estrenar por la entrada natural, pero temo que mi ímpetu haga que te estrelles contra la pared y no quiero que luego cualquiera de mis mujeres me eche en cara el haber dañado el precioso rostro de nuestra esclava.

            Mi piropo la hizo llorar y aferrándose al cabecero, esperó con alegría el momento en que mandaría al olvido la telilla que todavía lucia en su interior. Aun así, al ver que me acercaba con el arma en ristre, dudó y casi tartamudeando me rogó que, si la primera vez me defraudaba, no me preocupara porque no tardaría en aprender.

            —Sé que nací para ser suya— sollozó mientras sentía que con mi atributo comenzaba a jugar entre sus pliegues.

            Notando que su temblor era una muestra al miedo de lo desconocido, me entretuve mimando su botón hasta que sentí que estaba a punto de alcanzar la dicha, entonces y solo entonces, me sumergí en ella lentamente hasta toparme con la frontera de su virginidad.

            —Si la traspaso, ya no habrá marcha atrás y serás nuestra hasta el final de tus días, ¿es eso lo que quieres? – pregunté dándole la oportunidad de arrepentirse.

            Su respuesta consistió en echarse con presteza hacia atrás derribando así el frágil muro que me daba entrada.

            —Soy la esclava de mi señor— rugió al empalarse.

            Su chillido de dolor no pudo ocultar la satisfacción que sentía al saber por fin que formaba parte de una familia, aunque fuera en calidad de esclava y para que nunca lo olvidara, comencé a martillear su interior mientras me enganchaba a sus pechos:

            —Te usaré solo cuando me apetezca o no tenga a una de mis esposas a mano.

            —Con eso me conformo, amo— consiguió pronunciar al sentir que un cántaro de su interior se rompía y comenzaba a desbordarse por sus muslos.

            La certeza de que en ese preciso instante Mary estaba siendo sacudida por el placer, me obligó a seguir poniendo condiciones:

            —Si algún día te quedas preñada, el hijo que tengas no será tuyo sino de la condesa. ¿Te queda claro?

—Me queda, mi señor— moviendo las caderas con entusiasmo, replicó.

            —La leche que produzcas de más se la ofrecerás a tus amos y si la providencia permite que sea en exceso, te ordeñarás para alimentar al resto de la familia con ella.

            —Me encantaría saber que soy útil y que mi leche les gusta— chilló presa de la pasión al notar que una corriente recorría su cuerpo y se concentraba entre sus muslos.

            Tan evidente fue iba a sucumbir de nuevo en el placer que quise aprovecharlo y cerrando mi mandíbula sobre su cuello, hice que se mezclara con el dolor tal y como había venido a buscar al ofrecerse cual sierva. Su deleite fue más allá de lo que había previsto al experimentar mi mordisco y pegando un alarido que hasta me asustó, me rogó que intentara que la marca de mis dientes fuera algo permanente y así cada vez que se mirara en un espejo, recordara quien era su dueño.  Lo que nunca se imaginó es que su ruego fuera respondido también por mis esposas y que apoderándose de uno de sus pechos cada una de ellas, inmortalizáramos el momento con tres dolorosas dentelladas sobre su piel.

— ¡Tienen en mí a su sierva! — desplomándose sobre la cama, pudo mascullar antes de que el gozo se apoderara de ella y que se pusiera a babear sintiéndose morir a la dama y renacer ya como esclava.

Sus berridos y convulsiones no me intimidaron y levantándola nuevamente, le ordené que se moviera o en el barco de vuelta a Inglaterra la haría caminar desnuda por cubierta para servir de entretenimiento a los marinos.

—Lo haría gustosa si es lo que desea mi amo— sollozó notando en su interior mi renovado acoso.

La humedad que brotaba de su feminidad permitió que la usara más fácilmente, pero no evitó que notara la presión que la estrechez de su conducto ejercía sobre mi tallo y disfrutando de su hogareño interior, deseé que nunca se ensanchara y que, aunque los años pasaran, siguiera siendo tan angosto.

—Muévete más rápido y ordeña a nuestro marido— la espoleó Tana mientras llevaba la cara de Mary entre sus piernas.

La joven se desbordó por enésima vez al lamer la intimidad de su reina y el líquido de su interior chapoteó con cada una de mis embestidas.

—Mi reina, no aguanto más— farfulló con la lengua entre sus pliegues justo cuando liberando la tensión acumulada, llenaba con mi blanca semilla su interior.

Grace, que se había mantenido expectante, esperó a que terminara de derramarme en ella para apartarme y demostrando lo mucho que le apetecía saborear el tesoro de nuestra esclava, hundió la cara entre sus mulos.

—Por favor, ¡déjenme! No me merezco tanta dicha— clamó descompuesta al notar la dulce tortura de la condesa.

—Lo sabemos, pero al igual que tu deber es servirnos, el nuestro es permitir que lo hagas— comentó Tana mientras ponía las manos en su cabeza y ejercía su dominio, presionándola contra su intimidad…

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