A pesar que compartía con Wayan su punto de vista, los días fueron pasando sin que Tecalco ni su gente hicieran acto de presencia. Durante una semana, solo conseguimos atisbar que nos espiaba cuando sentíamos su influjo al hacer el amor. Solo en esos momentos, experimentábamos retazos de ella al notar que alguien nos observaba en plan voyeur.

Al contrario que yo, mi concubina estaba tranquila porque según ella, nuestra oponente se estaba convirtiendo en una olla a presión.

―Tecalco ignora todo lo relativo al sexo. Cuanto más nos espía, más necesita volver a sentir las mieles del placer― me dijo al preguntarle por la calma con la que se tomaba esa espera.

Sus razones me parecieron sensatas pero no por ello, dejaba de estar nervioso. Mis recelos eran muchos pero lo que realmente me tenía acojonado era que esa mujer hubiese podido dominar a Wayan a tan larga distancia. Yo mismo nunca habría podido hacerlo por lo que no me quedaba duda alguna de su poder.

«Si es tan fuerte, ¿cómo haremos para vencerla?», era el pensamiento que no dejaba de torturarme.

Por otra parte, también estaba el otro tema. Si el cardenal había realmente muerto: ¿quién me había mandado el fax del hotel?

Entre las multiplex explicaciones que había elucubrado, solo dos eran posibles. El primero y menos plausible, que hubiera sido la propia Tecalco quien se hubiera auto descubierto pero entonces: ¿Cuál eran sus motivos? Pero lo que realmente me daba más miedo era que no hubiese sido ella y fuera un tercero el responsable. De ser así, todavía tendríamos que lidiar con un desconocido, cuyas intenciones al intervenir en nuestra pelea no alcanzaba a conocer.

Increíblemente, estaba pensando justamente en ello, cuando una voz en mi mente, me alertó que por fin Tecalco se había decidido a actuar:

―Gonzalo, avisa a Wayan que tiene que estar preparada. La quinta titánide ya viene por ti.

Al tratar de averiguar quién era ese benefactor, nuevamente en mi cerebro, escuché:

―Todavía no puedes saberlo.

A pesar de ser anónimo, supe que su aviso era real y eso me hizo reaccionar. Llamando a la morena, le expliqué lo que había pasado. La mujer al oírme, únicamente sonrió y levantándose a lavarse la cara, me dijo con voz tranquila:

―Esa niña ya no puede aguantar siendo virgen.

La serenidad con la que se tomaba su llegada me parecía inconcebible y al hacérselo saber, con gesto serio, me contestó:

―Su inexperiencia va a ser su perdición.

Tal y como me habían avisado no tardé en notar la presencia de  un titán que se acercaba. El odio que transpiraba era tan enorme que, por primera vez, temí por mi vida. La certeza que se avecinaba un enfrentamiento directo con esa mujer se incrementó al experimentar el desprecio que manaba de su ser.

Sabiendo que de nada servía huir, dejé abierta la puerta de la habitación y llamé a Wayan a mi lado. Juntos esperamos la aparición de Tecalco, cogidos de la mano, mientras aparentábamos una tranquilidad que no existía.

«Aunque consigamos vencerla, nunca se pasará a nuestro lado», medité dando por perdida esa rama titánide. El sonido del ascensor abriéndose nos anticipó su entrada y aunque suene exagerado, los veinte segundos que tardó en hacer su aparición me parecieron una eternidad.

Curiosamente todas mis ideas preconcebidas se vinieron al suelo cuando la líder de esa secta de fanáticos traspasó la puerta. Había imaginado diferentes opciones de su comportamiento pero jamás que sin siquiera hablar, buscara aposento frente a nosotros y acomodándose en el sofá, se nos quedara mirando. Al hacerlo, tanto mi concubina como yo, cerramos a cal y canto nuestras mentes, a pesar que ambos dudábamos de poder mantener nuestras defensas mucho tiempo ante un escrutinio por su parte.

«¿Qué está haciendo ésta loca?», me pregunté al descubrir que no estaba intentando indagar en nuestro cerebro sino que contra toda lógica su examen fue mucho más físico.

Tecalco, sin cortarse un pelo y después de estudiar minuciosamente la anatomía de mi concubina, me soltó:

―Godo, no sé qué has visto en esta zorra. Te vanaglorias de ser un dios y eliges a un ser inferior como compañera.

Asumí que ese absurdo ataque buscaba descentrarnos y al percatarme que, en el caso de la asiática, lo había conseguido, decidí no contestar para mantener así el control de la situación. Wayan no aguantó el menosprecio hacia su figura y sin perder la sonrisa, la replicó:

―Si tanto te disgusto, explícame porque llevas una semana observando todos mis movimientos. ¿O crees que no he notado que me espiabas incluso en la ducha?

―Mero interés científico. A mi lado eres poco más que una chimpancé― y olvidándose de ella, dirigiéndose a mí, insistió: ―Es cierto que os he estado observando pero no por el motivo que presume esta pendeja. Quería averiguar si eras digno de unir tus genes a los míos…

Cabreada hasta la médula, mi compañera la interrumpió diciendo:

―¿Quieres acostarte con él? ¡Te lo presto! Y quizás cuando te dé unos azotes, ¡te sientas mujer!

Testigo mudo de esa pelea de gatas, esperé interesado la respuesta de Tecalco. Por lo que sabía de ella, debía haber sentido como un insulto que la llamara mujer y así fue, durante un segundo el rencor brilló en sus ojos pero reponiéndose, únicamente contestó hablando solamente conmigo:

―Al contrario que su mascota, no siento ningún interés carnal  más allá de lo meramente teórico. He venido a usted a sellar un pacto. Tal y como que tuvo el descaro de anunciarme, su presencia en mi imperio se debe a que desea que unamos nuestras estirpes y después de haberle analizado, no encuentro ningún candidato más idóneo para inseminarme.

El obús que me había soltado llenó de ira a Wayan que, fuera de sí, le espetó:

―¿Te preparo la cama para que te pongas a cuatro patas? o cómo la zorra que eres prefieres hacerle primero una mamad…―ni siquiera pudo terminar de hablar, con un teatral gesto de manos, la ordenó callar y por mucho que la neozelandesa intentó zafarse del bozal mental que su rival le había colocado, no pudo.

Tras lo cual y fijando su mirada en la mía, preguntó:

―¿Cuál es su respuesta?

Si cedía y aceptaba su proposición, cumpliría a medias mi misión al conseguir que las cinco herederas de los viejos imperios de la tierra llevaran mi simiente pero comprendí también que crearía un problema de insondables consecuencias para el futuro. Una heredera con mis genes y los de esa poderosa mujer sería un rival formidable para Gaia, mi hija. Por ello no tuve duda alguna al contestar:

―Primero tienes que jurar fidelidad a mi esposa, como matriarca y aceptar ser  mi concubina.

Tal y como esperaba, no aceptó mis condiciones y soltando una carcajada, me espetó:

―Una diosa no pide, exige― sonrió― solamente estaba jugando contigo. No he venido a someterme a un godo, sino a vengar a mis ancestros y tomar como siervo al descendiente del rey que los conquistó― y usando por primera vez el tuteo, proclamó: ―A partir de hoy eres mi vasallo.

Apenas conseguí sostener mis defensas ante su abrumadora embestida. Usando todos mis recursos defendí la integridad de mi cerebro pero no pude repelerlo y menos lanzar un contra ataque. Confieso que estaba impresionado por la capacidad mental de esa mujer. Tecalco, por su parte, no se esperaba que tanta resistencia. Pero en vez de ponerla nerviosa el empate técnico en el que estábamos instalados, sonrió y dijo:

―Eres todavía mejor de lo que me esperaba. Bajo mi mando, dominaremos el mundo.

Me costó comprender porque estaba tan contenta, si había fallado. Pero, justo entonces, vi a Wayan levantarse de mi lado y dirigirse a la ventana. Noté por su paso vacilante que no era voluntad suya y por eso me aterró ver que abriéndola hacía un ademán de tirarse al vacío. Justo cuando la mitad de su cuerpo ya estaba fuera, escuché a mi oponente decir:

―Ríndete o te quedas sin mascota.

Asumiendo que cumpliría esa amenaza, abrí las puertas de mi cerebro permitiendo que Tecalco entrara en él….

Desconozco todavía hoy cuanto tiempo estuve sin conocimiento. Lo único que sé es que me desperté con un insoportable dolor de cabeza y atado en una habitación que no supe reconocer. Al intentar abrir mis ojos, la luz golpeó inmisericorde mis pupilas y un pinchazo recorrió mis sienes con una intensidad que me hizo boquear.

«¿Dónde estoy y cómo he llegado hasta aquí?», quise saber al verme sin ropa mientras intentaba zafarme de los grilletes que me tenían retenido a la pared.

Mi indefensión actuó como un velo impidiendo que fuera consciente que no estaba solo y no fue hasta que mi vista se acostumbró a la claridad cuando me percaté de la presencia de Wayan en la habitación.

―¡Despierta!― grité al verla tumbada en la cama― ¡Te necesito!

Mi petición de ayuda cayó en saco roto sin conseguir su objetivo, lo que me hizo temer por su vida. Asustado, me concentré en ella para descubrir que aunque no estaba muerta, su cuerpo parecía un cascarón vacío. Su estado me recordó al de Kumiko y de Carmen cuando entre Xiu y yo involuntariamente las poseímos.

―¡Tecalco!― vociferé buscando venganza al reconocer los síntomas.

Ese alarido si tuvo respuesta pero no la deseada porque acudiendo a mi llamado, el cuerpo de mi amada concubina, completamente desnudo, se levantó de la cama y se acercó al rincón donde me hallaba. Reconocí al instante que no era ella sino mi rival la que con paso seguro llegó hasta mí por el brillo perverso de su mirada.

―¿Qué has hecho con Wayan?― inquirí con el corazón encogido.

La frialdad de su risa confirmó mis temores. Recreándose en mi infortunio se sentó sobre mis piernas y sin que pudiera hacer nada por evitarlo, esa bruja comenzó a acariciar mi pecho con sus manos.

―¡Maldita! ¡Esto es entre tú y yo! ¡Déjala a un lado!― exclamé al comprender sus intenciones.

Obviando mis quejas, la titánide acomodó su cuerpo contra el mío y con el sexo de la que tenía poseída frotó el mío, malignamente, mientras me decía:

―Tu zorrita no ha podido aguantar su destino y ha preferido huir  a ser mi esclava.

Por el tono de sus palabras percibí que no mentía y fue entonces cuando caí en la cuenta que esa demente realmente desconocía lo que le había pasado a Wayan.

―La has poseído― espeté en su cara.

―Puede ser pero es algo que no me preocupa ― contestó sin ningún remordimiento. Acto seguido y mientras con las manos comenzaba a estimular mi alicaído pene, comentó: ―Te puedo decir que hasta me viene bien para experimentar sin riesgo en mi parte animal.

El significado de sus palabras cayó como una losa sobre mí. Mientras estuviera en ese cuerpo, no podría usar todo mi poder sin destruir como efecto colateral a mi compañera. 

«Sabe que no me arriesgaré a causarle ningún daño», mascullé entre dientes al tiempo que intentaba rechazar su acoso con la mente. Tecalco tomó mi mutismo como una claudicación y deslizándose entre mis piernas, buscó mi miembro. 

Os juro que intenté escapar de su abrazo pero esa mujer, haciendo uso de la fuerza innata de su cerebro, me inmovilizó. Por mucho que quise librarme de las correas mentales, no me fue posible y agotado, le grité que me dejara en paz.

―Ya te lo dije: serás mi esclavo― contestó al atestiguar que había dejado de debatirme. Tras lo cual, ya segura de mi sumisión, cogió mi sexo y mientras me obligada a permanecer paralizado, esa perturbada acercó su boca a su presa y ante mi estupor, se dedicó a lamerla cada vez más interesada.

«No me puedo creer que me esté violando», me dije mientras sentía que su boca engullía mi pene. El miedo y la frustración me paralizaron y sin darme cuenta, asumí que no tardaría en colaborar con mi captora al ver cómo iba creciendo mi erección.

Ajena a mis sentimientos, la poderosa muchacha sonrió al ver que sus maniobras iban teniendo resultado y separando sus labios, introdujo brevemente mi glande en su boca.

―Es una pena que no pueda hacerlo en persona― comentó excitada al descubrir que le estaba gustando. Tras lo cual, consiguió introducirse mi verga totalmente en el interior de su garganta mostrando, al arañar con sus dientes mi falo, su inexperiencia.

Reteniendo un gemido de dolor, aluciné cuando esa mojigata  consiguió engullirlo por completo y más cuando buscando en alguna otra mente los recuerdos que necesitaba, recomenzó su mamada pero esta vez de manera prodigiosa. Olvidando las premuras, lentamente extrajo mi verga de su boca y reteniendo mi capuchón entre sus labios, se dedicó a mordisquearlo mientras con una de sus manos amasaba delicadamente mis huevos.

«No puede ser», protesté al observar que con el cambio de actitud, mi erección volvía en toda su plenitud.

Tecalco pareció disfrutar de mi dureza porque pegando un sollozo, se inclinó hacia adelante y usando su lengua, recorrió mi glande hasta que sonriendo y sin dejar de mirarme a los ojos, se la embutió a cámara lenta  nuevamente.

«¡Mierda! ¡Me estoy calentando!», a mi pesar comprendí que esa puta no tardaría en conseguir mi semen.

Recreándose en su mamada, una y otra vez repitió la misma estratagema. Su ritmo lento y la profundidad de sus mamadas siguiendo se fueron acrecentando mientras yo intentaba evitar caer en su trampa. Desgraciadamente, demostró que tenía bien aprendido el manual porque cuando ya creía que iba a poder contener ese estímulo, cambió de táctica, convirtiendo su garganta en un torbellino que en el que mi verga se vio zarandeada de un modo atroz.

«No aguanto más», rezumé disgustado al advertir los primeros síntomas del orgasmo. Por mucho que intenté repelerlo, el placer no aplazó su llegada y contra mi voluntad, me vi explotando en el interior de esa maldita.

―¡Si tanto lo quieres! ¡Ahí lo tienes!― grité tratando de humillarla pero siendo consiente que esa perra me había vencido.

Mi enésima sorpresa fue cuando sin darse por aludida, Tecalco usó sus manos para terminarme de ordeñar mientras se tragaba todo mi semen y habiéndolo conseguido, en plan zorra, se puso al limpiar con la lengua cualquier rastro de mi eyaculación con la lengua.

Supuse que con ello se había acabado todo pero me equivocaba, porque sin darme tiempo a descansar, poniéndose a cuatro patas frente a mí, puso su sexo en mi boca. Haciendo acopio de fuerzas, me negué a complacerla. Fue entonces cuando sin hablar, esa guarra llevó una mano hasta mis testículos y mientras me los apretaba cruelmente, me dijo:

―No necesito mi mente para obligarte a satisfacerme, ¿no es verdad?

Temiendo por mi hombría y forzado por las circunstancias, hundí mi cara entre sus muslos. El aroma familiar del coño de Wayan me embriagó y ya sin reparo, separé sus labios y usando mi lengua como si de mi pene se tratara, empecé a penetrarla mientras que con mis dientes torturaba su botón.

―Así me gusta― exclamó dichosa al sentir mi rendición.

La calentura de esa mujer, además de impregnar de humedad mis mejillas, mancilló mi orgullo cuando a los pocos minutos,  llegó al orgasmo solo con la acción de mi boca. Disfrutando como la zorra que era, Tecalco se retorció de gozo al saberse dueña de mis destinos. Tras lo cual, ni siquiera esperó a reponerse para coger mi sexo entre sus manos y sin pedirme opinión, ensartarse con él de un solo golpe.

―¡Bestia!―, aullé al sentir como lo forzaba hasta extremos impensables.

Es difícil de expresar con palabras, la manera en la que esa loca me violó apuñalando su vagina con un ritmo infernal. Violenta, atroz, cruel, todos los adjetivos se quedan cortos para definir la forma en que esa puta se empaló sin pausa. Parecía como si su vida dependiera de ello y necesitara de mi simiente para sobrevivir.  Lo único que puedo deciros es que no cejó en su empeño hasta que por segunda vez, descargué en su interior.

Satisfecha después de haber conseguido su objetivo, me dijo mientras desaparecía por la puerta:

―He decidido que la próxima vez, usaré mi cuerpo.

Agotado y nuevamente solo, lloré deshonrado al saberme un mero objeto en la lujuria de esa mujer. Con Wayan como rehén, supe que no podría rebelarme al temer que mi insubordinación tendría consecuencias desastrosas para mi concubina.

Estaba todavía reconcomiéndome en mi desdicha cuando a mi mente llegó la presencia abrumadora de mi desconocido benefactor. Su fuerza era tan invasiva que diluyó mis miedos antes de susurrar en el interior de mi cerebro:

―Aunque no lo sepas, tu victoria está cercana.

No comprendí sus palabras porque desde mi óptica nada podía ir peor. Atado, indefenso  pero sobre todo desmoralizado, repliqué:

―¿Quién eres? ¿Vas a ayudarme?

Sin responder a mi primera pregunta, esa fantasmal aparición dijo con voz paternal:

―No, ¡debes ser tú quien la venza! Solo te digo, tienes todas las armas para convertir su rencor en amor. Recuerda: Tecalco no es más que una niña inexperta.

Tal y como llegó, sin despedirse, desapareció de mi cerebro, dejando un deje de esperanza que me puse a analizar. Durante largo tiempo, busqué un sentido a esa afirmación.

―¿Niña? ¡Mis huevos! Es una zorra sin alma― reclamé en voz alta, intentando que ese ser me oyese desde el lugar en que se encontrara.

Quizás ese grito me sirvió de catarsis porque, tocando a mi puerta, una idea comenzó a fraguarse en mi interior al recordar que, algo muy parecido, me había dicho mi neozelandesa:

«Su inexperiencia va a ser su perdición», pensé, « fueron sus palabras exactas»

Dando vueltas al tema, se abrió ante mí que me hallaba ante una paradoja:

«Es tanto el odio que siente ante mis antepasados que solo sometiéndome, puedo vencerla».

Agradeciendo el empujón de ese desconocido, esperé la vuelta de mi captora resuelto a hacerle frente de una forma que nunca su retorcida mente pudiera prever. Tan seguro estaba de esa decisión que no me impacienté con el trascurrir de las horas y por eso, aunque ya el sol se había ocultado en el horizonte cuando ella volvió, tuve que ocultar a su escrutinio los verdaderos motivos de la  alegría que sentí al verla entrar acompañada del cuerpo sometido de mi amada.

Por la expresión de su rostro, comprendí que mi transformación alertó sus defensas y por ello, abriendo mi cerebro de par en par, declaré mi sumisión usando el lenguaje grandilocuente al que estaba acostumbrada:

―Señora, mi señora, mi gran señora. He comprendido que de nada me sirve oponerme a sus dictados.

Tecalco me miró llena de sospechas y sin acercarse a mí, usó sus poderes para estudiar con detenimiento mis pensamientos. Mientras examinaba cada una de mis neuronas, agradecí en un rincón de mi cerebro las enseñanzas del difunto cardenal, porque gracias a ellas tras largos minutos horadando en mis recuerdos, esa mujer se aproximó a mí y mientras me retiraba las esposas de mis muñecas, me soltó un tanto nerviosa:

―Ahora que he comprobado que no hay traición en ti, quiero sentir sin intermediarios las delicias de la carne.

Arriesgando con ello el perder su confianza, me atreví a pedirle:

―Señora, una primera vez de una reina es demasiado para un solo titán. ¿Podría liberar a su otra sierva para que entre los dos la sirvamos?

Alagada por mi mansedumbre, la mexica no vio inconveniente y con un breve pensamiento, logró traer de vuelta a Wayan hasta su cuerpo. La recién llegada tardó unos segundos en darse cuenta de donde estaba y al comprobar que estaba desnuda, intentó tapar sus pechos y su sexo con las manos.

            Alargando mi brazo, la atraje hacia mí y haciendo como si la tranquilizaba, acaricié su mejilla mientras le susurraba:

―Nuestra reina nos ha hecho el inmenso favor de elegirnos para ser nosotros los primeros en amarla.

Wayan, que no era idiota, comprendió al vuelo mis intenciones y arrodillándose ante la titánide que la había mantenido retenida, mostró su pleitesía diciendo:

―Permítanos cumplir tan ansiado deber.

Curiosamente la perspectiva de verse adorada por nosotros dos,  gustó a la mexica y sin esperar a que mi compañera se levantara, tiró de ella y dándole un sensual morreo, se pusieron a bailar sobre la alfombra. Con sus sexos pegados, las dos mujeres no dejaron de moverse lentamente mientras con sus manos se acariciaban cada vez con mayor intensidad. Esa ancestral danza fue subiendo enteros y obviando mi presencia, Wayan bajó los tirantes que sostenían el vestido de la otra titánide.  Me encantó ver como cogía los pechos de Tecalco y sacando la lengua empezaba a jugar con sus pezones.

La cara de deseo de esa mujer me informó que íbamos en buen camino pero lo que realmente me confirmó ese extremo, fue más escuchar sus gemidos de placer al sentir los labios de mi compañera sobre sus pechos.

«Esta zorra no sabe dónde se ha metido», me dije y por eso me quedé esperando mientras, entre ellas, se iban estrechando los lazos mutuos con los que obtendría m victoria.

La verdad es que no tardaron en entrar en calor. Cómodamente sentado en mi asiento fui testigo de cómo Wayan la desnudaba y tras unos minutos bailando desnudas, Tecalco no puso inconveniente en dejarse llevar hasta la cama mientras se besaban sin parar. Tengo que reconocer que, por mucho que ese fuera mi plan, ver a nuestra captora  separando sus rodillas siguiendo las directrices de mi amada, me excitó.

«Sigue así», alenté mentalmente a la neozelandesa cuando comprobé admirado la ternura con la que se metió entre sus muslos.

Azuzada por mí, la oriental se dedicó a darle besos en los tobillos mientras le decía lo bella que era. Su inexperta partenaire fue incapaz de retener un sollozo cuando experimentó por primera vez, la lengua de otra mujer subiendo por sus piernas y separándolas aún más, colaboró con ella impresionada del calor que le producía el sentir el húmedo surco que iba dejando sobre su piel.

Cada vez más excitada, Tecalco pidió a su teórica súbdita que se diera prisa pero Wayan disfrutando del suave dominio que ejercía sobre ella, ralentizó más si cabe la velocidad de sus caricias, de forma que cuando su boca ya estaba a escasos centímetros del sexo de la otra titánide, ésta no pudo evitar empezar a gemir mientras con los dedos pellizcaba sus pezones.

―Por favor― rogó descompuesta por la lentitud de mi concubina.

Fue entonces cuando la oriental,  levantando la mirada, sonrió y dirigiéndose a mí, me pidió que le ayudara.

―¿Qué quieres que haga?― pregunté no queriendo marchitar con mi presencia el nacimiento de esa unión.

―¡Adórala!― exigió mientras volvía a ocupar su lugar entre sus piernas.

Os juro que en ese momento, creí me pedía ayuda para excitarla y por ello, me tumbé a su lado. Lo que no sabía pero no tardé en descubrir fue que, a Wayan, la idea de someter con placer a esa presuntuosa le había sobre excitado y por eso cuando vio que con mi mano acariciaba los pechos de la mexica, se volvió loca y cogiendo entre sus labios el clítoris de su víctima empezó a masturbarla con verdadera ansia.

―¡Sí!― chilló la mujer asolada por las sensaciones que estaba experimentando y llevando  un pezón hasta mi boca, me lo dio como ofrenda, mientras me decía: ―Hazme sentir una mujer.

Aunque temía que la inocencia de esa muchacha en cuestión de sexo fuera un hándicap, no me hice de rogar y abriendo mis labios, me apoderé de su negra aureola. Ella al sentir la humedad de mi boca justo en el momento en que la oriental le introducía un par de dedos en su interior, fue más de lo que pudo soportar y pegando un chillido, se corrió sonoramente sobre las sábanas.

El impacto de su mente gozando provocó que a nuestro alrededor se creara un ambiente de lujuria del que no me vi libre y como por arte de magia, mi pene se alzó dolorosamente. A Wayan le ocurrió algo parecido, su sexo se anegó y no queriendo parar,  golosamente siguió saboreando del placer que le estaba obsequiando.

―¿Le gusta a nuestra reina?― preguntó mientras prolongaba el orgasmo de esa novicia al torturar su botón con una serie de suaves mordiscos.

Ambos pudimos comprobar como la aludida convulsionaba de gusto mientras le contestaba:

―Síííííí.

Abducida por el placer, no puso ninguna objeción cuando Wayan,  intercambiándose las posiciones, llevó la cara de Tecalco hasta su propio sexo.

«Para ser virgen, esta niña es de lo más puta», pensé al ver que la nueva postura la dejaba con el culo en pompa y a mi disposición.

Mi concubina, asumiendo que nuestra víctima estaba dispuesta, me pidió que la tomara. No me lo tuvo que pedir dos veces. Poniéndome a su espalda, acerqué mi miembro y esperando permiso, me puse a juguetear con sus labios inferiores. La que se creía una diosa al sentir mi glande acariciando su vulva, gimió de deseo y usando toda la fuerza de su cerebro, me exigió que la adorara.

La potencia de su mandato fue tal que tuve que hacer un esfuerzo para no penetrarla con brutalidad y tratando de conservar la cordura, busqué  con la mirada la aprobación de Wayan.

―Hazlo― dijo la oriental con lágrimas en los ojos, producto del dolor físico que le estaba provocando la urgencia de esa mujer.

Comprendí lo que mi concubina estaba sufriendo y por ello,  intentando hacerlo con lentitud, fui metiendo mi pene en el interior de Tecalco. Su himen cayó limpiamente traspasado sin que su dueña sintiera dolor.

―¡Me encanta!― gritó la mexica al experimentar mi intrusión.

El placer de esa mujer al ser penetrada, curiosamente relajó a la neozelandesa y ya sin pedir su opinión, forzó el contacto de esa boca contra los pliegues de su coño, presionando con sus manos la cabeza de inexperta titánide. Ésta, sobre estimulada y ansiosa por sentir en carne propia lo que había disfrutado mentalmente, se concentró en el clítoris de la morena mientras yo, por mi parte, iba acelerando lentamente la velocidad de mis caderas.

Conociendo de antemano que debía ser ella quien se atara al cuello su perdición, en silencio, seguí machacando una y otra vez, el chocho de la mexica mientras ella no paraba de berrear. Alertado por sus gritos que esa mujer recibía con agrado mis incursiones, seguí galopando sobre ella a un ritmo creciente.

Cuando su sexo ya rezumaba de flujo y arriesgándome a un rotundo fracaso, incrementé su morbo al decirle mientras le daba un sonoro azote:

―Muévete o tendré que obligarte.

No acostumbrada a recibir órdenes y menos con  tanta violencia, Tecalco se quedó paralizada y por eso repitiendo mi órdago, le volví a dar otra nalgada gritando:

―O colaboras o tendré que violarte.

La idea que alguien se opusiera a su poder perturbó a la muchacha pero aún más el oír que Wayan, a la que creía sometida,  dándome la razón dijera:

―Fóllate a esta puta sin contemplaciones.

La complicidad de mi amada me dio alas y agarrando a esa mujer de las caderas, profundicé en mis embestidas. Tecalco no estaba preparada a que usando mi pene cual cuchillo, apuñalara su sexo con ferocidad. Mi nuevo ímpetu desbordó sus defensas y por primera vez se sintió poseída por otra persona.

―¡Para!― gritó tratando de zafarse del ataque.

Para su desgracia, su cerebro no pensaba bien por tanta estimulación y por eso no pudo rechazarme cuando usando todo lujo de violencia, mordí su cuello mientras aporreaba su interior. El dolor se mezcló con el placer en su mente y eso elevó la cota de su excitación hasta límites nunca antes experimentados.

―¡Por favor!― bufó la mujer indefensa.

Aprovechando su confusión, Wayan acercó sus labios a los suyos y con una ternura de la que solo son capaces las mujeres, la besó mientras le susurraba:

―Disfruta de ser mujer.

Ese tierno susurro fue la gota que derramó el vaso de la titánide y sobrepasada por el cúmulo de sensaciones que se agolpaban en sus neuronas,  pegó un impresionante chillido reconociendo así su derrota.

―Hazle sentir el amor de un dios― me dijo la oriental mientras ayudaba a esa mujer a pasar el trance con suaves besos.

Asumiendo un riesgo brutal, llené la mente de Tecalco con mis vivencias. La poderosa muchacha bien podía haber rechazado esa intrusión pero desarmada por la aglomeración de  sensaciones que estaba experimentando, no pudo más que intentarlas digerir mientras todo su cuerpo explotaba.

La propia fortaleza de su cerebro acrecentó el efecto de mis recuerdos y haciéndolos suyos, en unos pocos segundos, la mexica disfrutó de todos los orgasmos que yo había ido acumulando durante mi vida.

―¡Ummm!― gimió al absorber mis experiencias iniciales con  Isabel y con Ana.

Alucinada con esas imágenes, fue en busca de los episodios que compartí con Xiu.

―¡Qué maravilla!― murmuró al verse desflorada durante nuestra boda y prendada por el placer que había compartido con mi esposa, aceleró el flujo de información que le iba suministrando.

La avidez que mostró por esas vivencias provocó que de golpe se viera sumergida en una vorágine de placer donde se convirtió a la vez en todas y cada una de mis concubinas.

―¡Es demasiado!― aulló al irse acumulando en su mente los placeres.

Novicia en esas lides y mientras mi pene se recreaba en su interior, como si fueran las capas de una cebolla, una a una las defensas de Tecalco fueron cayendo ante el influjo de mis experiencias.

―¡No puede ser!― sollozó al sentir como suya la derrota de Makeda para acto seguido gozar de su entrega entre mis brazos.

La desesperación reflejada en su rostro hizo actuar a Wayan. Preocupada por si estaba recibiendo demasiados estímulos, cogiendo sus labios entre los suyos, la besó con ternura. La mexica, fuera de sí, respondió con pasión. Sin saber por qué, llevó su mano a la entrepierna de la mujer y la comenzó a masturbar.

―Sigue mostrándole que significa ser una de nosotras― susurró la neozelandesa, sorprendida al ver hoyado su sexo por los dedos de la joven.

Obedeciendo sus dictados, deslicé en su cerebro el recuerdo de mi encuentro con Thule y como había conquistado a esa racista con todo lujo de violencia. La mente, todavía adolescente de esa niña-diosa, no estaba preparada para asumir que el placer podía ir unido al castigo y colapsando sobre las sábanas, se vio sobrepasada por la imagen de la tortura a la que sometí a esa rubia. Su orgasmo coincidió con  el momento en que en su cabeza sentía como suyos los azotes que descargué sobre las blancas nalgas de la titánide alemana y presa de una lujuria sin parangón, rogó de viva voz que quería experimentarlos en sus propias carnes.

―¡Qué maravilla!― rugió al sentir que la complacía con una de esas duras caricias mientras aceleraba la velocidad con la que mi pene se hacía fuerte dentro de su sexo.

A partir de ese momento, alterné entre sus dos cachetes el objetivo de mis palmadas mientras Tecalco trataba de digerir tantas sensaciones. Fue al asumir como propia la sumisión de Thule cuando sin previo aviso en su mente se desató una cruel lucha. Parte de ella deseaba dejarse llevar por la lujuria recién descubierta, al tiempo que en lo más profundo de su ser, la indignación por sentirse usada por el enemigo de sus ancestros trataba de abrirse camino.

Wayan fue la primera en descubrir su dilema y sin esperar a que yo me percatara, llevó sus pechos a la boca de nuestra contrincante, diciendo:

―No hace falta que te rindas al godo, sométete a Xiu como gran matriarca de todas nosotras.

Comprendí al instante los motivos de esa afirmación y dándola por buena, inyecté en sus neuronas las noches de ardor que entre Wayan y yo habíamos disfrutado. Azuzada por tanto gozo, se agarró a la idea propuesta como única escapatoria y dando un espeluznante aullido, declaró de viva voz:

―Como Tecalco Moctezuma, Gran Señora de los pueblos indígenas de América acepto la autoridad de Xiu Song como matriarca― tras lo cual corriéndose, se desplomó sobre la cama. Sus chillidos casi nos dejaron sordos al tiempo que su sexo dejaba un reguero de caliente flujo cayendo por sus muslos.

Pero fue cuando su mente estalló, cuando tanto mi concubina cómo yo nos vimos inmersos en una oleada de placer sin igual. El impulso psíquico que produjo la novata al correrse nos llevó en volandas a un éxtasis casi místico donde la explosión de mi verga rellenando el interior de su vagina fue el desencadenante de un prolongado y compartido orgasmo entre los tres. 

El tiempo desapareció de nuestras vidas mientras nuestros cuerpos se fusionaban con nuestras mentes. La sensualidad dio paso a un estado de felicidad completa donde el trio que estábamos haciendo se diluyó fundiéndonos en un solo ser.  Sé que es difícil de creer pero me vi siendo penetrado por mi pene mientras mi boca comía del pecho de Wayan que también era el mío. Durante una  eternidad nuestras individualidades se vieron disueltas al tiempo que todas y cada una de nuestras células eran sacudidas por el júbilo hasta que no pudimos tolerar tanta  euforia y los tres caímos desmayados en el colchón…

Epílogo

Horas después me desperté aún abrazado a esas dos. El odio y cualquier expresión de desprecio había desaparecido de la cara de la joven, la cual permanecía con su cabeza apoyada sobre mi pecho:

―Sigo atontado― respondí justo cuando sentí que alguien pedía paso en el interior de mi cerebro.

Sabiendo que era mi extraño benefactor, intenté cerrar todo acceso pero entonces una honda ternura se propagó por mi mente al oír claramente:

―Padre, no me eches. Soy Gaia, tu hija.

Reconozco que la sorpresa me hizo tartamudear y queriendo aclarar mis ideas, me senté sobre la cama preso de terror al percatarme que realmente era ella, un bebé que ni siquiera había cumplido tres meses de gestación, la que me hablaba.

―¿Cómo es posible?

A pesar de los ocho mil kilómetros de distancia, pude oír como si estuviera en la misma habitación a mi hija decir:

―Tú más que nadie deberías saberlo. Soy producto de una larga selección de genes milenaria y la culminación de tu obra.

Anonadado pensé:

«Si estando todavía en el vientre de su madre, ya es tan poderosa, ¡qué será cuando tenga treinta años!».

Os juro que había intentado cerrar ese pensamiento bajo mil candados pero entonces escuché su respuesta:

―Creo que lo sabes y lo temes. ¡Seré la dictadora suprema!

Sus pensamientos eran de una pureza y una bondad plena pero aun así no pude dejar de sentir un escalofrío al advertir que si alguna vez se pervertía ese poder, las consecuencias serían nefastas.

―Por eso necesito a mis hermanas― contestó allende el mar. ― Serán mi contrapeso.

Que un feto fuera ya consciente de su papel en el futuro ya era alucinante pero que encima asumiera que necesitaba de las otras súper titánides para controlarse, confirmó que a su lado yo era un neardenthal.

―Realmente la diferencia es mayor, querido padre. Los humanos son unos trogloditas al lado de vosotros, los titanes. Pero mis hermanas y yo estamos mil escalones por encima de vosotros.

Era como estar vis a vis con un ser con miles de años de existencia. La serenidad que transmitía su mente no evitó que el miedo se apoderara de mí al percibir que en comparación a ellas, éramos unos simios.

―Dime hija, ¿qué será de la humanidad cuando tú estés al mando?

Su respuesta llena de afecto pero no por ello menos dura, me impresionó:

―Querido Padre: ¡Ya estoy al mando! ¿Quién crees que evitó tu derrota en manos de Tecalco?

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