Al llegar al coche, María e Isabel se llevaron a los asientos traseros al hombretón y por eso a Ricardo no le quedó más remedio que pedir a su hermana que condujera. Elisa observando las ganas que tenía de ponerme al volante de ese cacharro, me dio las llaves.

            ―Se nota que lo estás deseando.

No tengo qué decir que me sentí realizado al encender el Maserati y escuchar el rugido de su motor. Jamás había sentido en mis manos algo así y por eso al principio, aceleré con cautela. O eso pensé, ya que la rapidez con el que el bólido respondió levantó las protesta de los que iban detrás.

―Perdón― conseguí balbucear impresionado.

Tras ese acelerón inicial vinieron otros, pero estos voluntarios y es que la sensación de saberme al mando de tantos caballos era algo subyugante. Para mi pesar, el trayecto era corto y por ello lamenté que la casa de los hermanos estuviera a menos de cinco minutos del hotel. Reconozco que me hubiese gustado haber conducido hasta el otro lado de la isla y no solamente hasta una urbanización, frente a la playa del Cable. Mi decepción se transformó en sorpresa cuando aparqué en el garaje de la mansión junto a un 911 cabrío y la pelirroja me informó que era su coche. Como no pudo ser de otra forma, me quedé mirando con envidia el descapotable mientras de la parte de atrás salían mis dos mujeres y su don Juan. La pelirroja debió de comprender que su hermano se sentiría más cómodo si lo dejábamos solo en su estreno heterosexual y muerta de risa, me preguntó si me apetecía dar una vuelta en el Porsche.

Deseándolo, preferí preguntar a María si no le importaba que me fuera con Elisa. Mi prima no contestó al estar con ayuda de Isabel intentando desnudar a su “prometido” y dando por buena la ausencia de respuesta, me subí al deportivo.

― ¿Lo haces para enamorarme o siempre eres así? ― me preguntó su dueña mientras se ajustaba el cinturón. 

  ― ¿A qué te refieres? ― contesté al tiempo que la imitaba abrochando el mío.

La pelirroja soltó una carcajada al comprobar que no sabía de qué hablaba y pulsando el botón que bajaba la capota, respondió:

―Me encanta ver que le pides su opinión en vez de imponer la tuya.

―Como ya te dije, no siempre es así. Hay ocasiones en que me comporto como un verdadero cretino y se la impongo, pero en mi favor debo decirte que esa rubia no es tan angelical y que de vez en cuando saca a relucir su mala leche.

―Yo tampoco soy siempre tan dulce y dispuesta― musitó poniendo su mano sobre mi muslo.

Desternillado de risa, giré la llave y pregunté donde quería ir. La puñetera cría recorriendo con sus dedos mi pantalón, me soltó que le gustaría comerse un perrito caliente y que conocía el lugar donde preparaban los mejores de toda Lanzarote. Creyendo que deseaba probar mi salchicha, salí de la casa mientras ella ponía en el navegador la dirección de una cala a más de media hora de viaje. Extrañado que buscara un sitio tan apartado, no dije nada al darme eso la oportunidad de conducir el monstruo.

Ya habíamos enfilado una carretera, cuando nuevamente me sorprendió posando su cabeza en mi hombro:

― ¿Sabes que eres el primer hombre que conduce mi coche?

―Y espero ser el último, recuerda que soy celoso y no me gustaría descubrir que tienes otro.

―No seas capullo, no estoy hablando de mí sino del Porsche― susurró cerrando los ojos.

La ternura con la que recriminó mi broma me hizo sudar al darme cuenta que por raro que pueda parecer me estaba enamorando de esa extraña criatura cuando apenas la conocía. Haciendo recuento de lo que sabía de ella, me seguía intrigando que siendo tan rica se rebajara a trabajar de camarera, cuando el salario mensual que podría recibir haciéndolo no podría cubrir siquiera el costo del vestido que llevaba puesto. Meditando sobre ello, comprendí que era la forma que había encontrado para mantener los pies en la tierra y no dejarse llevar por la herencia que había recibido.

«No creo que en su caso yo fuera tan sensato», me dije al advertir que mi acompañante se había quedado dormida.

Como había metido las coordenadas en el Tom Tom, no necesité sus indicaciones y a los veinte minutos aparqué en el lugar señalado. Fue entonces cuando reparé en que la había malinterpretado al ver que había estacionado frente a un chiringuito de hotdogs. Aunque lamenté que no fuera mi salchicha la que se cenara esa noche, secretamente me alegró que pudiendo pagar el restaurante más caro, la pelirroja prefiriera ese lugar atestado de jóvenes de su edad. Girándome hacia ella, comprobé que seguía dormida y no queriendo perturbar su sueño, me la quedé mirando embelesado.

«Es una belleza», me dije dando un buen repaso al sugerente escote que lucía y que dejaba entrever que era dueña de unos pechos tan duros como apetecibles.

Sin entender qué podía haber visto esa veinteañera en mí, cuando sin ser un adonis como su hermano encima le llevaba diez años, involuntariamente retiré de su cara un mechón de pelo haciéndola despertar.

― ¿Ya llegamos? ― preguntó mientras se estiraba.

―Hace unos minutos― respondí e impactado por su sonrisa, me bajé a abrirle la puerta.

Coquetamente, esperó a que se la abriera y colgándose de mi brazo, me llevó al modesto restaurant donde debían conocerla porque de inmediato pusieron una mesa a nuestra disposición.

―No te imaginas lo ricos que los preparan― comentó y sin darme opción de opinar, pidió que le trajeran lo de siempre.

― ¿Y el señor? ― comentó la empleada, una rubia entrada en años de genuino origen inglés.

―Lo mismo que la dama― respondí.

Al no ser una cocina elaborada, en menos de dos minutos, nos pusieron enfrente dos pintas de cerveza junto con unos enormes perritos. Contemplando su tamaño y lo variopinto de sus ingredientes, me entretuve revisándolos antes de darle un mordisco.

―No les falta nada― susurré a mi acompañante tras comprobar que, además de la salchicha, el kétchup y la mostaza, llevaban tomate natural, cebolla, queso, mayonesa e incluso unas rejas de chile jalapeño.

―Te juro que son una delicia― se rio mientras abría la boca desmesuradamente para dar cabida al gigantesco hotdog.

Imitándola, di un bocado y fue entonces cuando comprendí que no le importara recorrer esos treinta kilómetros para comerse uno.

­―Está buenísimo― reconocí.

Entornando los ojos y regalándome el vuelo de sus pestañas, me preguntó si tanto como ella.

―Nada se puede comparar a mi prometida― contesté mientras con un dedo retiraba un poco de tomate de la comisura de sus labios.

Ese gesto, carente de segundas intenciones, la hizo gemir y ante mi pasmo, bajo su ropa se le erizaron los pezones.

― Te prefiero cuando eres un cerdo. Al menos así, sé cómo reaccionar― protestó al notar su reacción.

Sabiendo por qué lo decía, no le di tregua y sonriendo continué acariciando sus mejillas, viendo que la excitaba que fuese tierno.

―No seas malo― suspiró cerrando las rodillas en un intento de contener el deseo que mis mimos provocaban en ella.

―No soy malo, pero puedo ser perverso― respondí mirándola a los ojos mientras sonreía.

Removiéndose incómoda en la silla, tomó la cerveza y le dio un trago.

―Me gusta saber que, tras esa fachada, existe una niña deseosa de caricias― comenté cogiendo su mano.

Mis palabras la hicieron temblar y supe que algo de su pasado seguía torturándola cuando vi aflorar en sus ojos dos gruesas lágrimas.

― ¿Qué te ocurre?

No quiso o no pudo responder y levantándose, salió corriendo hacia la playa. Por la sorpresa tardé unos segundos en reaccionar y saliendo tras ella, la alcancé ya en la arena.

― ¿Me puedes explicar qué te pasa? ― le pedí tomándola de la cintura.

―Fóllame ― restregando su pubis contra mi pierna me urgió.

Asumiendo que su actitud no tenía sentido y que no era eso lo que necesitaba, no le hice caso y en vez de tomarla, le pedí que se sentara. Mi tranquilidad la descolocó y saltando encima de mí, buscó mis besos mientras intentaba quitarse el vestido.

―Tranquila, ya tendremos tiempo de hacerlo. Ahora quiero que me cuentes lo que te ocurre― murmuré hundiendo mis dedos en su cabellera rojiza.

―Por favor, necesito sentirme tuya― me rogó mientras a sus ojos volvían las lágrimas.

Besándola, la tumbé sobre la arena y sin que se diera cuenta, la inmovilicé cogiendo sus muñecas mientras ponía mi cuerpo sobre el suyo:

―Ahora, mi princesita se va a bajar del trono y me va a contar porque le da tanto miedo que sea tierno con ella.

Mi insistencia al final la derrotó y presa de un ataque de histeria, me explicó que ninguna de sus antiguas parejas la había tratado así, que no estaba acostumbrada a que la mimasen.

―Pues tendrás que acostumbrarte a cómo soy o lo nuestro habrá terminado antes de comenzar. Si creo que necesitas algo, te lo daré, aunque te quejes. Unas veces serán unos azotes, pero otras como ahora buscaré que te sientas amada― respondí mientras le mordía la oreja.

Elisa pegó un largo suspiro al sentir su lóbulo mordisqueado y sin dejar de sollozar, me rogó que la llevara a casa. Dando por sentado que la noche había terminado la tomé de la mano y nos pusimos en camino. Durante el trayecto de vuelta, la pelirroja se mantuvo en silencio y por eso, tras aparcar el coche en el garaje, me despedí de ella.

― ¿No vas a quedarte conmigo? ― preguntó al darse cuenta de que me iba.

Rehaciendo mis pasos, me acerqué a ella y puse como condición qué no intentara hacerme el amor y que en la cama solo me abrazara.

―Nunca he dormido con alguien sin terminar haciéndolo.

―Pues esta será tu primera vez― le respondí dando un azote en su trasero.

Tras esa ruda caricia, la chavala salió riendo hacía el interior de la casa mientras me pedía que la alcanzara. En vez de seguirla a toda prisa, me tomé mi tiempo y caminé despacio para que no se percatara de la urgencia que sentía por tenerla entre mis brazos. Por ello al llegar a la zona de las habitaciones, descubrí que se había quedado muda observando hacia el interior de los cuartos y con un especial brillo en los ojos, me rogó que yo también mirara. Temiendo que Isabel o María me descubrieran espiando, me aproximé y desde la puerta vi que mis dos mujeres no habían perdido el tiempo y que estaban protagonizando una de sus travesuras teniendo como víctima al hombretón.

―Han atado a mi hermano mientras se lo follan― susurró escandalizada la pelirroja de que en el cuarto mi prima estuviera enculando al gigantón con el arnés que en teoría había llevado para ella.

―Por lo que veo y oigo, Ricardo está encantado. Así que vámonos a dormir― comenté tirando de ella.

Con la escena que acabábamos de ver impresa en nuestras memorias, nos dirigimos hacia su habitación sin saber que Isabel había escuchado nuestra llegada. Ya desnudos y acurrucados sobre las sabanas, sentí que la morena se subía del otro lado y abrazaba a la mujer, pidiendo permiso para quedarse con nosotros.

―Vamos a dormir y nada más. Se lo he prometido a tu dueño― dándole la bienvenida, respondió Elisa.

Sin saber exactamente qué había pasado, la joven me miró y al ver que le guiñaba un ojo, contestó:

―Señora, no se preocupe. Su hermano me ha dejado agotada y solo deseo descansar.

Tras lo cual, pegándose a la mujer, le dio un beso en la mejilla y cerró los ojos. La dulzura de la sumisión de la morena despertó la curiosidad de Elisa y respondiendo al beso, le preguntó si acaso no la deseaba. Sin moverse ni abrir los ojos, Isabel replicó:

―Me encantaría hacerle el amor, pero puedo esperar a mañana a que Pablo me lo permita. Ahora, señora, sea buena y disfrute durmiendo. Entre nosotros, estará a salvo.

Mientras a través de la noche nos llegaban los gritos y jadeos de María y de Ricardo, la hermana del hombretón se quedó dormida con una sonrisa en los labios…

16

En cuanto Isabel despertó, vio que estaba con los ojos abiertos y buscó mis brazos. Al decirle que no hiciera ruido para dejar que Elisa siguiera durmiendo, sonrió y sin decir nada desapareció del cuarto. Juro que pensé que la morenita se había ido a hacer una visita al cuarto del al lado y por eso me sorprendió cuando a los diez minutos volvió trayendo una bandeja. Sin tenerle que preguntar, susurrando en mi oído, la endemoniada chiquilla comentó:

            ―Como sentí que querías que se sintiera mimada, le he traído el desayuno a la cama.

            A pesar de sus esfuerzos, la pelirroja se despertó y preguntó qué hora era:

            ―La hora de que te demos de desayunar― respondí mientras le acercaba la bandeja.

            Ese gesto la cogió desprevenida y colorada hasta decir basta, se quejó diciendo que le daba vergüenza. Sin dejar que sus reparos la afectasen, Isabel tomó la taza de café y se la llevó a los labios diciendo:

            ―No seas boba y déjate agasajar.

            Viendo que seguíamos los tres desnudos, Elisa se rio y llevando las manos a los pechos de la morena, respondió que era otro el tipo de agasajo que le apetecía ya que la noche anterior se había tenido que ir a dormir completamente cachonda.

            ―Eso luego, princesa. Ahora come― insistió la morena.

            Cediendo en parte a sus deseos, la subí encima de mí y mientras la acariciaba, pedí a la asturiana que la siguiera dando de comer. Comprendiendo mis intenciones y para evitar que la pelirroja siguiera hablando, mi paisana le metió un trozo de cruasán en la boca diciéndola:

―Anoche te quedaste con gana, pero hoy entre Pablo y yo te compensaremos.

Con la boca llena, no pudo decir nada cuando notó que mi hombría se abría paso entre sus piernas y únicamente suspiró. Isabel aprovechó que masticaba para agacharse y abriendo los labios, comenzó a mamar de los pechos de la mujer que estábamos atendiendo tanto física como sexualmente. El sollozo de Elisa nos informó que íbamos en buen camino y deseando regalarle un desayuno que no olvidara, embutí mi pene en ella mientras le decía:

―No te quejarás, un cruasán y un churro para despertar.

La facilidad con la que la empalé me hizo ver que estaba excitada y no queriendo acelerar las cosas, me mantuve inmóvil dando así la oportunidad a Isabel para que le volviese a dar otro sorbo de café:

―Tienes unos labios mordisqueables― musitó a la sorprendida pero encantada muchacha y haciendo honor a sus palabras, la obsequió con un mordisco.

La dueña de la mansión sollozó de deseo y buscó los besos de la traviesa morena, pero ésta la rechazó metiendo otro trozo de bollo en su boca. Justo en ese instante, comencé a moverme en su interior elevando más si cabe su calentura. Totalmente a nuestra merced, la pelirroja intentó ponerse a cabalgar, pero se lo impedí sujetándola de la cintura:

―Termina de masticar y no te muevas― ordené.

Al comprobar que se quedaba quieta, tomé uno de sus pezones y apretándolo entre mis yemas comenté a su oído, que cuando la preñara nos tomaríamos el café de las mañanas mezclado con la leche de sus pechos. Mi promesa despertó su lujuria y ya sin cortarse nos pidió que la amáramos:

― ¿Qué crees que estamos haciendo desde que despertaste? ― preguntó Isabel y sin darle otra opción que tragar le embutió el resto del cruasán.

La morena debió de tocar alguna fibra sensible de Elisa, y esta se tapó la cara con las manos en un intento de que no viéramos sus lágrimas. Su intento fue fallido ya que ambos vimos la humedad que desprendían sus ojos. Isabel fue la primera en reaccionar y acercando la lengua a las mejillas de la pelirroja, con sendos pero tiernos lametazos, recogió los dos goterones mientras le decía:

―No llores por sentirte amada.

Poniendo también de mi parte, sin dejar de poseerla, besé el cuello de la chavala:

―Te mereces esto y mucho más.

 Por extraño que parezca, nuestra ternura provocó su derrota y licuándose antes de tiempo, se corrió llenando mis muslos con su flujo. Ni Isabel ni yo dimos importancia a su orgasmo y mientras la morena volvía a poner la taza en sus labios, mi pene siguió campeando al trote en su interior. Nuestros renovados mimos alargaron su gozo y tragándose con urgencia el café, nos rogó que la dejáramos moverse.

―Todavía tienes que terminar de desayunar― le recriminé y cambiándola de posición, la tumbé sobre las sábanas para acto seguido volver a hundir mi verga en ella.

Isabel que había captado la idea, se subió a horcajadas sobre su cara y poniendo el coño a su disposición, comentó muerta de risa.

―Te falta el plato principal: ¡Conejo a la asturiana!

La sorprendida mujer no pudo más que sacar separando los labios de la morena, comenzar a degustar dicho plato llena de pasión mientras sus entrañas eran pasto de las llamas al sentir la acción de mi verga en ellas.

―Fóllame con la lengua mientras te ofreces a nuestro macho.

La orden de la teórica sumisa la enervó aún más y saboreando dichosa el néctar de la morena, con un grito, me rogó que la siquiera poseyendo. Desternillado al notar su entrega, aceleré mis incursiones con la sana intención de derramarme en ella, pero entonces desde la habitación del al lado se nos unieron María y Ricardo. La sonrisa de mi prima me debió advertir de lo que sucedería. El gigantón, sin decir agua va, se subió a la cama y tomando a Isabel de la melena, le ordenó que le hiciera una mamada. La muchachita no puso objeción alguna en dársela y dejando su lugar a María, fue el coño de esta última el que recibió la lengua de Elisa en su interior.

―Podías haberme esperado― me recriminó la rubia mientras nuestra paisana se metía hasta el mango el pene del hombretón.

Mordiendo sus labios, me disculpé diciendo que solo estaba calentando a nuestra nueva adquisición para mi dueña. Soltando una carcajada, mi adorada se levantó y ante la incredulidad de la pelirroja comenzó a atarse el arnés:

―Cariño, ¿qué prefieres cederme? ¿Su chocho o su culo?

Viendo el tamaño del atributo que se acababa de adosar, contesté que el coño no fuera a desgarrar el trasero de Elisa y por ello, untando mis dedos en la humedad de la pelirroja comencé a relajar su cerrado ojete. María aprovechó mis reparos para empalarla con el pene de plástico y fue entonces cuando, con la respiración entrecortada, nos comentó que jamás había sido tomada por detrás. Su hermano soltó una carcajada al oírla y diciendo lo mucho que se había perdido hasta entonces, me azuzó a desvirgar su blanco trasero:

―Rómpeselo, para que sepa el placer que da.

Un tanto avergonzado por hacerlo en su presencia, acerqué mi glande a esa inmaculada entrada diciendo que al principio le iba a doler. Tener a Ricardo observando su estreno la intimidó y nuevamente me rogó que tuviese cuidado. Su pariente, que para entonces se estaba follando la boca de mi sumisa, se echó a reír preguntándome a qué esperaba. Aguijoneado por él, forcé su culo metiendo la cabeza de mi pene solamente mientras mi prima aceleraba el compás con el que se la estaba tirando.

―Despacio, por favor. ¡Duele mucho! ― protestó la pelirroja sintiendo quizás que iba a poder absorber la totalidad de mi miembro.

Decidido a que finalmente me hiciese dueño de las nalgas de Elisa, el malnacido de su hermano pegando un azote en mis posaderas me amenazó con poseerlas si no la empalaba. Ni que decir tiene que, ante semejante amenaza, hundí mi pene en la mujer mientras la zorra de mi prima se reía de la cara que había puesto cuando su prometido me vapuleó el trasero.

―Mi culo está vedado― protesté intimidado sin reparar en el sufrimiento de la que estaba sodomizando.

― ¡Cabrones! ¡Sois unos cabrones! – aulló adolorida esta al experimentar el empuje de mi verga en sus intestinos.

 ―Hermanita, calla y relájate. Cuanto más tensa estés, más tiempo tardarás en disfrutar―  le aconsejó Ricardo despelotado.

―Te juro que voy a vengarme, aunque para eso tenga que drogarte― replicó menos molesta de lo imaginado, quizás porque para aquel entonces su cuerpo estaba empezando a reaccionar a ese tipo de sexo.

Mi prima sin dejar de follársela, la apoyó diciendo que si lo necesitaba contaría con su ayuda ya que esa mañana su prometido se había negado a cumplir uno de sus caprichos.

― ¿Qué se negó a hacer? – preguntó la pelirroja ya totalmente entregada a nuestro doble ataque.

― ¡El muy pazguato se negó a que le meara en la cara!

El color que adquirió el rostro del gigante fue suficiente para comprender que así había sido y por eso Elisa decidió castigar a su familiar diciendo:

―Ya que con tanto interés has pedido ser testigo de cómo mi hombre me encula y tu prometida me folla, esta noche seremos cuatro los que te bañen en orín.

Juro que no supe que decir al involucrarme y menos cuando a tenor de esa amenaza, Ricardo se corrió llenando de esperma la garganta de Isabel, la cual, sin dejar que se derramara una gota, devoró el regalo en plan golosa mientras a escasos centímetros, la pelirroja volvía a correrse.

―Estos están más unido de lo que suponen― comentó mi prima muerta de risa al ver la cara de su prometido mirando cómo mi pene tomaba posesión de su hermanita: ―Si algún día decides probar tu lado gay, sé de uno que no pondrá ningún reparo en que lo uses― y dirigiéndose al gigantón, preguntó si acoso se equivocaba:

―Me encantaría, pero Pablo no es bisexual― lamentándose suspiró el aludido.

―Hasta anoche, ¡tú tampoco! ― replicó sonriendo a ambos, la zorra.

Sintiendo que todos me observaban, me dejé llevar y bañando con mi simiente el trasero de Elisa, añadí:

―Ya te he dicho que, si quieres que nos llevemos bien, tu hermana y yo somos territorio hostil.

Las risas de mis mujeres me hicieron saber que lo quisiera o no ese tema volvería a estar sobre la mesa si al final y tal y como iban las cosas, los cinco vivíamos juntos. Por eso, sin despedirme, hui de la habitación rumbo al baño…

17

Al salir ya no había nadie en el cuarto y gracias a ello, pude vestirme sin que nadie molestara y ya hecho un pincel, bajé a desayunar.  Como ya lo habían hecho el resto, me tocó hacerlo solo y sin nadie con quien conversar me fijé en unos papeles que había sobre la mesa. Al mirarlos de reojo, vi que eran el balance y la cuenta de resultados de la empresa de los hermanos. Aunque sé que no debería haber revisado sus cuentas, por deformación profesional lo hice. En un principio me impresionó tanto el volumen de sus activos como el dinero en caja con el que contaban, pero cuando leí por encima sus resultados me di cuenta de que algo no cuadraba. ¡Tenían demasiados gastos financieros para una empresa con tanta liquidez!  Juro que pensé que había pasado por alto el endeudamiento y por eso tomando nuevamente el balance, busqué los créditos que justificaran el pago de tantos intereses sin darme cuenta de que Ricardo había entrado en la cocina. El no encontrarlos me mosqueó, pero sabiendo que estaba fisgando en algo que no me incumbía levanté la mirada y vi que tenía compañía.

―Perdona, tan acostumbrado estoy de estudiar las cuentas de mis clientes que no pude evitar echarles un vistazo― totalmente colorado, traté de disculparme.

Para mi sorpresa, ese bonachón me preguntó si las entendía y todavía cortado, respondí que sí:

―Me he pasado media vida en el departamento de riesgos de un banco y de eso sé un poco.

―Yo en cambio me tengo que fiar de mis asesores porque me suenan a chino y directamente me voy a cuanto hemos ganado.

La normalidad con la que se tomaba mi desliz, hizo que le dijera que debía andar con cuidado ya que era evidente que los financieros estaban inflados y que de tener una auditoría por parte de hacienda sería lo primero en que se fijarían.

― ¿A qué te refieres? ― devolviéndome los papeles, preguntó justo cuando su hermana se unía a nosotros.

Tanteando el terreno no fueran a ver en mí un interés personal, les expliqué que no entendía que pagaran tanto cuando según los datos que tenía no disponían de financiación ajena. No entendiendo mis argumentos, me pidieron que les explicara qué era lo que no me cuadraba. No conociendo su contabilidad a fondo y menos su actividad, les pregunté si habían pedido algún préstamo. Al contestar que nunca lo habían necesitado, despertó mis sospechas y pidiendo una calculadora, les hice ver que al tipo actual para que esos intereses tuvieran sentido deberían de haber contratado uno o varios por importe de más de ¡treinta millones de euros!

― ¡Debe de haber otra explicación! – exclamó Ricardo mientras su hermana se quedaba pensativa.

Sin quitarle la razón, les hice ver que no podía darles otra razón ya que eran unos estados financieros resumidos y que para contestar tendría que leer unos con las cuentas detalladas.

―Llamaré a Pedro y que me los mande― intrigado me respondió mientras tomaba el móvil.

Pero entonces, Elisa lo paró diciendo que era mejor no levantar sus suspicacias después de lo ocurrido la noche anterior. Al preguntar de qué hablaba, la pelirroja me informó que el director financiero de la empresa era el primo con el que habíamos tenido el enfrentamiento. Ese dato me hizo comprender sus reparos y midiendo mis palabras, comenté que si tenían un acceso remoto a los ordenadores de la empresa yo podía sacar esos informes sin la intervención de su familiar.

Renuente todavía, el bonachón dijo que no hacía falta y que el lunes al llegar a la empresa, los pediría a su secretario. Oyéndolo, su hermana se indignó y haciéndole ver que no se fiaba de nadie de la empresa, le pidió que trajera su portátil:

―No quiero pasar todo el fin de semana mosqueada y no pasa nada con que Pablo les eche un vistazo.

Asumiendo que la pelirroja tenía razón, no discutió y me llevó al despacho que tenía en la casa, donde sin más excusas se metió en la contabilidad de la compañía.

―Vete a los informes y saca uno con desglose de cuentas― le pedí.

Reconociendo que no sabía cómo, me cedió el teclado para que lo hiciera yo mismo. No tardé en encontrar que esos gastos venían de la práctica de descontar la facturación a través de una financiera y directamente le hice ver que cualquier perito se daría cuenta de que no era necesario.

―No sé de qué hablas― confesó.

Abriendo el mes anterior, mostré en la pantalla que el día 2 habían descontado el cien por cien de las facturas pagando un cinco por ciento de comisión cuando el pago medio era el día cinco.

―Es lógico porque es cuando nos pagan la mayoría de los alquileres― comentó sin ver la importancia.

―De lógico no tiene nada teniendo cuatro millones en caja. Como además lo que es cobran está fuera de mercado, cualquiera que lo revise verá en ello una maniobra de vuestros asesores para evitar el pago de impuestos.

― ¿Cómo se llama esa financiera? ― ya con la mosca detrás de la oreja, preguntó.

Al sacar el nombre y decirle que Arrecife Investment, nuevamente me reconoció que no le sonaba y metiéndose en internet, encontró que era una compañía panameña con delegación en las Palmas, cuyo único apoderado era su tío. Al enterarse se sintió estafado y sin alzar la voz, me rogó que le sacara cuanto habían pagado a esa compañía en los últimos años. Dando por sentado que debía darle el monto, aunque eso supusiera una guerra entre socios, lo saqué y girando la pantalla, dejé que los hermanos comprobaran de cuanto estábamos hablando. Mientras Ricardo se dejaba caer en su asiento, Elisa exclamó:

― ¡Llevan saqueando la empresa desde antes de que la abuela muriera!

Sin querer echar más leña al fuego, me quedé callado mientras trataba de asimilar cómo era posible que no se hubiesen percatado cuando era algo evidente.

―Llama al tío y que te lo explique― rugió la pelirroja, no midiendo las consecuencias.

Viendo que su hermano le estaba marcando, le quité el móvil de las manos:

―Yo que tú no lo haría sin conocer el verdadero alcance. Piensa que pueden hacer desaparecer la información y hacerte a ti responsable. Si lo destapas sin tener todos los pelos de la burra en tus manos, pueden hacerte a ti responsable como administrador y por el monto, es delito fiscal penado con cárcel.

Cayendo del guindo por fin, el gigantón me preguntó que yo haría. Me tome un par de minutos en contestar y recordando que había colaborado codo con codo con compañías especializadas en delitos de guante blanco, les comenté que lo mejor sería contactar con una empresa auditora que hiciera una revisión a toda la compañía porque se podían topar que esa era solo una forma de desviar fondos pero que podía haber otras.

 ― ¿Conoces a alguien que pudiese ayudarnos? ― hundidos preguntaron.

―Tengo mucha confianza con un socio de KPMG con el que he trabajado y que considero que es un buen profesional.

Tanto Elisa como Ricardo insistieron en que lo llamara y le contara lo que ocurría. Tomado el móvil, marqué al teléfono personal de Jon Alsogaray. El vascuence le sorprendió mi llamada ya que sabía que me habían relegado a una sucursal. Afortunadamente, habíamos forjado una gran amistad y a pesar de ser sábado, escuchó con interés el problema. Al darse cuenta de que podían convertirse en un buen cliente, directamente me preguntó cuánto les urgía y hasta donde estaban dispuestos a pagar. No queriendo entrometerme en demasía, pasé el teléfono al hermano de mi prometida para que él cerrara los detalles y no yo.  De forma, que fui testigo de la conversación y que, sin reparar en gastos, accedía a que ese mismo lunes llegara a sus oficinas un equipo completo.

Mi amigo debió comprender que su interlocutor apenas sabía de números y menos del programa de contabilidad por que antes de colgar, pidió   nuevamente hablar conmigo. Ya con el móvil en la mano, Jon me pidió si desde el enlace remoto podía hacer una copia de seguridad de toda la información, no fuera a ser que viéndose descubiertos pudieran borrar los archivos. Admitiendo mi falta de conocimiento al respecto, respondí que no sabía.

― ¿El portátil tiene TeamViewer? Si no es así bájatelo para que yo lo haga.

Tras una rápida búsqueda hallé el programa del que hablaba y dando tanto el usuario como la contraseña dejé que usándolo Jon se apoderara del ordenador.

― ¿Qué estáis haciendo? ― preguntó Elisa al ver que se abrían y cerraban las pantallas sin mi intervención.

―Jon está usando un software informático, que le permite conectarse remotamente a este equipo para copiar los archivos contables y así tener un respaldo que investigar si borraban el ordenador central de vuestra compañía.

 Asumí que era la primera vez que veían algo así cuando plantados frente a la pantalla ambos hermanos esperaron a que mi conocido terminara de duplicar la información.

―Parece magia― comentó la pelirroja impresionada.

Al acabar la copia, mi Jon se entretuvo trasteando en las entrañas del sistema y no tardó en advertir que tal y como se temía desde cualquier puesto de trabajo era posible el formatear los discos duros de la empresa, por lo que nos aconsejó que algún técnico de confianza desconectara in situ dicha funcionalidad antes de que se montara el revuelo con su llegada. El destino quiso que Ricardo hubiese contratado a un antiguo amante como responsable de Informática y poniendo la mano en el fuego por él, contestó que una hora antes de que se abriera la oficina quedaría resuelto.

Sin nada más que comentar, quedamos con Jon en la hora que aparecería su gente por la empresa, tras lo cual colgué. Acababa de hacerlo cuando extrañadas por nuestra tardanza, aparecieron por el despacho María e Isabel y viendo nuestras caras, ambas comprendieron que algo serio había ocurrido. No queriendo preguntar, mi prima comentó que hacía un día precioso para perderlo en casa y que le apetecía que la lleváramos a visitar el parque natural de Timanfaya.

Girándose hacia ella, su don Juan fue a protestar, pero no pudo cuando María lo miró con ojos tiernos.

―Deberías ponerte más ropa y sobre todo un calzado adecuado― musitó descompuesto al saber que no podía negarle nada.

Consciente de su atractivo, la rubia se acercó al gigantón y lamiendo una de sus mejillas, le pidió ser su copiloto mientras comenzaba a meterle mano. Tan poco acostumbrado estaba a las atenciones de una fémina que nada pudo hacer para evitar una explosiva erección bajo su pantalón y escandalizado le pidió que se guardara esos mimos para cuando estuviesen solos.

Muerta de risa, mi adorada contestó sin disminuir sus toqueteos:

―Cariño, soy tu prometida y ellos de la familia.

Creo que María nunca se esperó que Ricardo reaccionase de esa manera tan explícita y es que obviando nuestra presencia sacó su pene y exclamó:

―Si quieres ir conmigo en el coche, ¡hazme una mamada!

La rubia no le hizo ascos a lo que ella misma había provocado y cayendo postrada a sus pies, usó la lengua para embardunar el trabuco del gigantón mientras el resto desaparecíamos de ahí.

―Joder con mi hermanito. Desde que ha descubierto que es bisexual y que le atrae tu zorra, no sabe parar―  comentó la pelirroja tomándonos del brazo a Isabel y a mí.

La morenita, haciendo gala de su carácter juguetón posó la mano en el trasero de Elisa y susurró:

―Ya que vamos a ir los tres en un coche, ¿te parece que nos pasemos detrás mientras Pablo conduce?

Observando de reojo, el tamaño que habían adquirido los pezones de la ricachona, comprendí que de camino hacia los volcanes ella y mi sumisa se entregarían en brazos de Lesbos dejándome el papel de chofer de limusina…

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