
CAPÍTULO 8 La congoja, por no saber si Simona se estaba amoldando a mí o yo a ella, no me dejaba respirar y por segunda vez, salí huyendo de su lado. «¿Qué estoy haciendo?», me pregunté al verme descalzo en la calle. Volviendo tras mis pasos, entré en mi casa y pasé al salón, sabiendo que me había dejado los zapatos allí. Me alegró comprobar que Simona no estaba y mientras me los ponía, escuché a su hija riendo en su cuna. ―Te han dejado sola― susurré al bebé cogiéndolo entre mis brazos. La niña soltó una breve, pero intensa […]
