Sinopsis:

Huyendo de una fama indeseada y con dinero en el bolsillo, Manuel Castrejana llegó a República Dominicana.  Allí se enamoró de sus gentes y de su exuberante naturaleza y por ello no dudó en comprar El Fauno cuando lo conoció, aunque no tenía experiencia en campo y menos en una finca tan grande y complicada como aquella. Tras dos años de pérdidas, el cura le aconseja contratar a Altagracia Olanla, la hija del antiguo mayoral.

Desesperado accede a dejar en su mano la hacienda sin saber que la presencia de esa mujer se extendería a su alrededor impregnando hasta el último aspecto de su vida.

Empieza a sospechar que no fue buena idea y que los antepasados de Altagracia habían sido los reyes inmemoriales de todo ese pueblo cuando descubre que la joven viuda intenta recuperar formas y normas de otra época y que todos los empleados la tratan con un respeto cercano a la idolatría. Sus dudas se intensifican cuando la mulata descubre a Dulce, una de sus criadas, ofreciéndosele sexualmente y en vez de regañarla, hace la vista gorda asumiendo que era lógico que la chavala viera en él a la reencarnación del Fauno.

Ya solos, Dulce le informa que Altagracia le ha pedido convertirse en una de sus dos incondicionales. Al preguntar que quería decir con ello, la muchacha le explica que las incondicionales son las mujeres que el pueblo yoruba regala a los dueños de la Hacienda en señal de respeto y que su función es mimar y cuidar al Fauno en todos los aspectos incluidos el sexual…


ALTO CONTENIDO ERÓTICO .

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Para que podías echarle un vistazo, os anexo la introducción y los  primeros capítulos:

1

Cinco años eran los que llevaba sin pisar la hacienda. Cinco años en los que la desidia de los responsables del lugar que una vez consideró su hogar había llevado a “El Fauno” a la decadencia, decadencia a la que si no se le ponía freno supondría su ruina.

Y es que, aunque el cura del pueblo, Don Bartolo, le había avisado, era tal el declive que veía que no se lo podía creer:

        «Menos mal que mi viejo ha muerto. Le daría un ataque al ver cómo este gallego tiene a su criatura», masculló cargando las culpas en el extranjero que la había adquirido.

Debido a eso y para ella, Don Manuel Castrejana era un excéntrico que se había encaprichado de la finca sin tener experiencia de ningún tipo en el cultivo de arroz.

«Solo un cretino compra algo que no comprende», se dijo cada vez más cabreada, «estos arrozales han creado y se han tragado muchas fortunas».

Sin saber a qué atenerse, esa mañana llegó ante las puertas de la mansión y tras un momento de duda en el que deseó no haber hecho caso al sacerdote, tocó al timbre. Los cinco minutos que la criada tardó en abrir ratificaron su impresión de que ese lugar era un desastre. Es más, supo al ver el terror reflejado en los ojos de la muchacha que se había corrido la voz de que ella iba a ser la nueva encargada. Otorgándose un poder que todavía no tenía, regañó a la mulata diciendo:

―Una persona que sirve aquí no puede tardar tanto en responder.

Las excusas de la cría no modificaron un ápice su opinión sobre la necesidad de un cambio en la finca y con voz firme, exigió que le llevara con el dueño.

―Bienvenida, señora. Don Manuel le está esperando― tratando de congraciarse con ella, la joven contestó.

Mientras la seguía, Altagracia intentó tranquilizarse. No podía presentarse ante su futuro patrón indignada o hecha una furia y al menos debía simular un sosiego que no tenía.

«Si me contrata, tendré tiempo de encarrilar esto», se dijo mientras intentaba recordar lo que sabía de ese sujeto.

Era de dominio público que había ganado su dinero en España y que, tras un doloroso divorcio, había hecho las maletas jurando no volver. Según las malas lenguas su esposa le había puesto los cuernos con uno de sus mejores amigos, pero sabía de buena fuente que no era así y que, aunque había habido un tercero en discordia, no era alguien cercano a la pareja sino un compañero de trabajo de la mujer.

Por otra parte, y gracias a una conocida del banco, se había enterado de que la cuenta corriente de Castrejana era lo suficientemente abultada para que la pésima gestión de “El Fauno” no pusiera en peligro su patrimonio.

«Según Luz, los beneficios de un día de sus inversiones en bolsa cubren sobradamente las pérdidas anuales de la finca», recordó sin tener claro si ese dato era bueno o malo.

Si bien y debido a su gran fortuna no estaban en riesgo los salarios de sus paisanos, por otra,  el que no necesitara sacar rendimiento a esas tierras podía hacer que no tomara las medidas correctoras que éstas necesitaban.

Curiosamente en lo que, si estaban de acuerdo todas y cada una de sus fuentes femeninas era que para tener cuarenta años y a pesar de lo blanco de su piel, ese impresentable era un hombre muy atractivo.

A todos los efectos para ella, ese dato era totalmente irrelevante porque, después de un marido mujeriego que había muerto en una borrachera, no deseaba saber nada de los hombres.

«Mientras se comporte como un buen dueño, me da igual con quien se acueste. Por mí, como si se la pica a un pollo», murmuró convencida de que el comportamiento sexual del patrón no era algo que tuviese que preocuparla.

Lo que si era parte del puesto al que aspiraba era el mantenimiento de esa casa y no pudo dejar de observar el deterioro y la falta de limpieza que lucían sus pasillos.

«Voy a tener que pegar varios tirones de orejas»,  sentenció mientras esperaba en la puerta que Dulce le avisara que podía pasar.

Al entrar en el despacho, le molestó la ausencia del cura porque no en vano era su valedor con ese hombre, pero reponiéndose al instante extendiendo su mano, se presentó:

―Altagracia Olanla.

Fue evidente que el advenedizo que se había apropiado de su hogar no se esperaba ese saludo por el tiempo que tardó en estrechar su mano, pero cuando lo hizo le agradó comprobar que lejos de dársela en plan blandengue, se la apretó con fuerza.

―Encantado de conocerla― respondió para acto seguido y a bocajarro, preguntar cómo había encontrado “El Fauno”.

―¿Puedo ser sincera?― dijo mirando al extranjero.

Manuel Castrejana supo de inmediato que esa mujer le estaba midiendo y sin retirar la mirada, la contestó:

―Por favor.

La joven viuda se tomó unos segundos para acomodar sus ideas.

―Jamás en mi vida pensé hallar la finca en este estado. Está hecha un desastre y no solo es culpa suya. Desde que murió el antiguo dueño nadie se ha ocupado realmente, los albaceas del difunto también son responsables de su deterioro. Las principales pegas que he encontrado es la falta de seguimiento de las órdenes, así como la ausencia de inversiones.

Que esa mujer corriera el riesgo de que no la contratara al señalarle como el principal causante de la decadencia del lugar le intrigó y acomodándose en su asiento, recibió con interés el extenso rapapolvo. Durante cinco minutos, esa viuda desgranó la problemática que había observado y las soluciones que proponía. Frente a ella, Manuel Castrejana se había olvidado del propósito de esa entrevista y había convertido a la morena en su peculiar objeto de estudio.

«Esta chavala los tiene bien puestos», sentenció al tiempo que trataba inútilmente de descubrir qué tipo de cuerpo se escondía bajo esas holgadas ropas. «El cura me había anticipado que me iba a sorprender, pero no comentó que fuera una negraza tan impresionante».

Ajena al escrutinio del que estaba siendo objeto, la joven viuda siguió desmenuzando las medidas que consideraba necesario aplicar para reflotar la hacienda, mientras el dueño de ésta sólo podía pensar en lo guapa que era como mujer.

«Si esta niña es la mitad de eficiente de lo que parece, me puedo olvidar del día a día», meditó y tras esperar que terminara, le comunicó que estaba contratada.

        Aunque en su interior Altagracia no cabía de felicidad, exteriormente no lo demostró y ejerciendo por primera vez de encargada, pidió a su nuevo jefe si podía llamar a los miembros del personal.

―¿Y eso?― preguntó.

―Deben saber lo que espero de ellos y que voy en serio― respondió totalmente segura de sí.

        Deseando ser testigo de cómo se desempeñaba, ordenó a Dulce que fuera a por ellos y acercándose a donde tenía el whisky, fue a ponerse uno.

        ―Señor, como patrón debe dar ejemplo y no beber frente a su gente en horas de trabajo― suave pero firmemente la recién contratada le criticó.

Alucinando por la osadía de la muchacha, Manuel dejó el vaso y aunque no le comentó nada, anotó en su haber que además de una cara bonita, la tal Altagracia tenía mala leche. Ese convencimiento se incrementó a ritmo exponencial cuando le pidió las llaves del armero.

―¿Para que la quieres?

―Cuando me presente ante ellos, debo llevar la pistola del mayoral― contestó sin aclarar más el hecho.

Sintiéndose fuera de lugar, no dijo nada mientras observaba a su nueva empleada ajustando a su cintura la funda y la canana de un revolver Colt.

«Le ha cambiado la cara al ceñirse ese arma», rumió para sí y recordando que su padre había sido el mayoral de la finca, comprendió que era la misma que su viejo había portado durante casi medio siglo.

Si ya de por sí la fuerte personalidad de esa mujer le había impresionado, supo que había acertado al contratarla cuando al reunirse la gente sin alzar la voz, les comentó:

―Todos ustedes me conocen y saben que no acepto idioteces. El que haya robado al patrón tiene doce horas para llegar a mi oficina y reconocerlo. No pienso actuar en su contra y seguirá trabajando para mí. Pero si me entero de algo que no me ha sido comunicado, no solo se quedarán en la calle, sino que les mandaré a la cárcel. ¿Me han entendido?

―Si, señora― escuchó que respondían todos al unísono.

No contenta con ello, llamó al ama de llaves y al hombre que había ejercido de capataz hasta entonces y frente a todos, despidió a los dos diciendo:

―A partir de hoy, el patrón no necesitara de sus servicios. Acompáñenme a mi despacho para darles su finiquito.

La determinación de su rostro y el hecho que no le hubiese hecho falta alzar la voz para dejar claro que era ella quien mandaba, dejó a todo el mundo helado y por eso a Manuel Castrejana no le extrañó escuchar entre murmullos de admiración que ya era hora de que un Olanla volviera a tomar las riendas de “El Fauno”.

«No me extraña que lleve ropa holgada, de ir apretada se le marcarían los huevos», sentenció deslumbrado por el ejercicio de autoridad que había presenciado.

Dando por sentado que Altagracia no le necesitaba, decidió desaparecer de ahí y aprovechando que el calor todavía no era insoportable, cogió su todoterreno para ir al pueblo a surtir su despensa privada.

Ya en camino, y como siempre que recorría la carretera secundaria que unía su finca con el pueblo, esa mañana se quejó de los numerosos baches que tenía que sortear. Aunque era consciente de que la soledad de esos parajes había sido uno de los elementos que le habían decidido a comprar la casa, le jodía pensar en el abandono al que tenían sometida a esa zona.

        «La gente del gobierno solo se acerca aquí en época de elecciones», dijo mientras bajaba de marcha para no romper una llanta con el enorme socavón que las últimas lluvias habían abierto en mitad de la calzada.

        Él mismo era una rareza en esas tierras donde había recalado buscando el anonimato. Anonimato que había perdido cuando, al vender por una fortuna su empresa, apareció en todos los periódicos españoles. Todavía recordaba que había llegado desde Madrid huyendo de la prensa y de las numerosas cazafortunas que aprovechando su divorcio hacían cola frente a su puerta.

        «Tengo que reconocer que tuve suerte de que “El Fauno” estuviera en venta», se dijo mientras admiraba el paisaje inhóspito y salvaje que le había enamorado y que le había forzado a comprar esa casa.

        Tan acostumbrado estaba a la ausencia de tráfico que al salir de una curva estuvo a punto de chocar con un vehículo que circulaba en dirección contraria.

        «Otro loco de Santo Domingo», maldijo entre dientes contagiado por el desprecio que los habitantes de la costa tenían por los provenientes de la ciudad mientras retomaba su camino.

        Dos curvas y tres hoyos más tarde, Manuel se había olvidado del asunto y nuevamente el paisaje le había subyugado:

        «Sigue siendo un paraíso al que el turismo todavía no ha conseguido echar a perder», pensó olvidando que a todos los efectos él era un recién llegado, un turista como esos de los que tanto repelaba. No en vano su presencia no había pasado inadvertida y más cuando contrariando la norma, no solo se había quedado, sino que había adquirido una antigua hacienda.

        «Joder, fui la sensación. ¡Me vino a ver todo dios!», sonriendo rememoró que desde el notario hasta el comandante de la base más cercana habían pasado por su casa a conocer al loco que se había instalado ahí.

De buen humor recordó tanto la insistencia de los principales del lugar para que contratara empleados de la zona y que no se trajera nadie de la capital.

«Hacen bien al mirar por su gente», señaló mientras inconscientemente conducía hacia la estación de policía, donde Pedro, un divertido sargento ejercía de máxima autoridad local.

«No creo que se niegue a tomarse una bien fría», concluyó al darse cuenta hacía donde se dirigía. No en vano, ese gigante no dudaba en dejarse caer por su casa sabiendo que siempre le recibía con cerveza.

«Parece que las huele», murmuró descojonado porque siempre aparecía cuando estaba bebiendo una y haciéndose el encontradizo se autoinvitaba.

Al llegar a las desvencijadas instalaciones, el agente de la puerta le informó que su jefe andaba haciendo una ronda y que no volvería hasta dentro de dos horas.

―Dígale que he pasado a verle y que me llame― contestó antes de volver a subir a su vehículo.

Molesto porque realmente le apetecía tomarse una con él, se dirigió al colmado, la tienda de comestibles y cuya dueña, Doña Araceli, una mulata de buen ver siempre intentaba que sacarle una invitación a cenar.

Ese día, no podía ser de otra forma, nada más cruzar la puerta, la mulata se le acercó y con el flirteo caribeño tan característico de la zona, plantó un beso en su mejilla mientras le daba un repaso a su trasero.

―Araceli, un día me vas a pillar arrecho y no me voy a contener― siguiendo la pauta de tantas veces protestó.

La tendera, lejos de cortarse, le provocó aún más diciendo que por ella cualquier día era bueno y que si quería tenía una cama en la parte de atrás.

―No me tientes― contestó sin saber hasta qué grado era pantomima o en qué medida era una propuesta real : ―¡qué estoy muy viejo para una preciosidad como tú!

El piropo consiguió su objetivo y con una sonrisa de oreja a oreja, le preguntó que deseaba ese día. Manuel vio su momento y aprovechando que se la había puesto en bandeja, respondió:

―Además de una morena de uno setenta, lo de siempre: tres de Marlboro, una caja de tu mejor vino, dos botellas de whisky, cerveza…

Muerta de risa, Araceli fue recolectando el pedido sin dejar de mover su trasero provocativamente.

Diez minutos después, con el maletero lleno y tras la rutinaria visita a correos para verificar que no tenía cartas, enfiló el camino de vuelta.  

Por fortuna, no había salido del pueblo cuando recibió la llamada del policía.

―Estoy seco, ¿nos vemos en la Daniela?― comentó al contestar. Como era un pozo sin fondo, Pedro aceptó de inmediato, de forma que quedaron en cinco minutos allí.

«Esto es vida», se dijo.

Después de años ejerciendo de ejecutivo agresivo, que su día a día fuese tan apacible, lejos de parecerle detestable era algo que le resultaba fabuloso. Y es que, aunque a sus amigos madrileños les resultara imposible de creer, había dejado atrás el vaivén de los mercados, los giros diarios de su actividad y la incertidumbre y ¡no lo echaba de menos!

«Música, cerveza y buen tiempo. ¿Qué más puedo pedir?».

        Para un hombre como él que había quemado sus días encerrado en una oficina mirando la pantalla del ordenador y decidiendo el futuro de cientos, cuando no miles de personas, el despertarse por las mañanas y que la cuestión más importante fuera qué cuantas birras iban a caer era algo a lo que no pensaba ni quería renunciar.

«Siempre dije que me jubilaría antes de los cincuenta, pero nadie me creyó….. puede que ni siquiera yo, pero una vez he aprendido que puedo vivir tocándome los huevos no voy a dejar de hacerlo», recapacitó mientras zanjaba el tema decidiendo que para celebrarlo esa tarde se echaría una siesta de dos horas. Esa crucial resolución lo llenó de optimismo y aparcando frente al local, se bajó del todo terreno.

Pedro le estaba ya esperando con una bien fría en su mano.

―¿Habrás pedido una para mí?

―¿Una? No, ¡media docena!― respondió mientras se bebía de un trago la primera.

Asumiendo que era una carrera de resistencia, Manuel saludó a los presentes antes de sentarse con su amigote.

―Cuéntame… ¿qué quieres de mí?― le soltó nada más hacerlo.

―¿Porque piensas que necesito tu ayuda? ¿No te parece que puedo querer tomarme una cerveza contigo?

―Manuel, soy negro, pero no tonto. Si has venido hasta aquí es que te urge saber algo, sino hubieras esperado a que algún día cayera por tu casa― replicó el oficial.

Asumiendo que de nada servía negarlo, directamente entró al trapo.

―¿Qué sabes de Altagracia Olanla y qué opinas de ella?

Soltando una carcajada, respondió:

―¡Qué está para comérsela con papas!

―Eso ya lo sé, tengo ojos en la cara.

Sin parar de reír, el enorme pero simpático animal le comentó:

―Me imagino que ya las has contratado, por lo que mi querido amigo te he de decir que estás bien jodido. Esa negra no solo va a sorberte el seso, sino que como un virus invadirá toda tu vida.

―¿No exageras un poco? – replicó Manuel.

―Altagracia es una Olanla y esa gente lleva en sus genes defender “El Fauno” inclusive de sus dueños. En el pueblo se dice que hace dos siglos el primero de esa familia llegó desde África para trabajar en esas tierras y desde entonces no las han abandonado. Con ella al mando, la hacienda progresará, pero cuidado …  ahí donde la ves, esa monada no solo fungirá como la administradora de todo, sino que por el bien de lo que ella considera sagrado intentará controlar tu comida, tu vestimenta, con quien te acuestas y llegado el caso de verte en peligro, será tu guardaespaldas. Todos sus antepasados lo han hecho y ella no será distinta.

Sin llegárselo a creer totalmente, pero más nervioso de lo que le gustaría reconocer, trató de quitar hierro al asunto bromeando:

―¿Y crees que entre sus funciones estará visitar mi habitación?

―Personalmente, lo dudo. Esa negrita quedó quemada con los hombres tras su matrimonio.

―¿Tan cabrón era su marido?

―Además de picar en todas las flores, Nelson se bebía hasta el agua de los floreros― respondió: ―Era un tipo guapo, divertido y muy pero muy andariego.

Manuel comprendió la clase penurias que debió pasar estando casada con un hombre así y borrando a la viuda de su lista de objetivos, preguntó a su compadre si tenía algo que hacer esa tarde.

―¿No estarás pensando en ir de putas?― replicó el negro consciente de las intenciones de su amigo.

―No, pedazo mamón. Me apetecía ir de pesca.

Pedro no lo creyó y pidió otras cervezas…

2

Tras media docena de rondas y mientras volvía hacía la hacienda, Manuel se puso a meditar sobre su vida, pero sobre todo en su futuro y tras dar muchas vueltas solo llegó a una conclusión, desde su divorcio se podía decir que solo había tenido una amante a la que pudiera considerar fija y su nombre era Soledad

 «Llevo solo desde que se fue María y así quiero continuar».

Sus necesidades “afectivas” las cubría con profesionales y así se evitaba dar explicaciones o depender de alguien.

«Salen más baratas a la larga», se dijo mientras aparcaba su todo terreno en la entrada.

Al salir, observó una actividad inusitada en toda la finca. Tanto fuera de la casa, como dentro de ella, los empleados parecían dominados por una energía frenética que nada tenía que ver con la apatía que habían mostrado hasta entonces.

        «Pedro va a tener razón y con Altagracia al mando, voy a poder olvidarme de gestionar la finca», meditó en absoluto molesto.

Pelearse con los empleados del lugar había resultado odioso y saber que tenía a alguien que lo haría mejor que él, le alegró.

        «Si ya me tocaba los huevos, con esa sargento aquí aún más», se dijo mientras abría el maletero.

Ni siquiera le dio tiempo a llamar a alguien para que le ayudara, desde la puerta, su nueva encargada se ocupó de ello.

―Bienvenido , patrón. Quiero informarle que las cosas se empiezan a enderezar y que hemos recuperado cinco cabezas de ganado y dos toneladas de arroz.

Fijándose en ella, vio que se había cambiado y que había sustituido la ropa holgada por un conjunto de blusa y pantalón típico de los hombres de la zona. Lo que no se había quitado fue el arma. El colt relucía en su cadera mientras daba órdenes por doquier.  Asumiendo que esa mujer quería ser tratada como si fuera su viejo, mirando su reloj, replicó:

―Bien hecho, mayoral. Si en tres horas ha conseguido eso, estoy seguro de que su contratación será productiva para la hacienda.

―No tiene que dorarme la píldora, ¡es mi deber!― respondió con cierto aire marcial antes de marcharse rumbo a su oficina.

Manuel se quedó pensando en que era una pena que esa monada fuera un marimacho:

«Con los melones que tiene, no me importaría compartir un par de rounds con ella en la cama».

Tras lo cual, buscó cobijo en el aire acondicionado de la biblioteca. No llevaba ni diez minutos ahí cuando un ruido le hizo alzar su mirada del libro. La causante de este era Dulce trayendo una bandeja con unos aperitivos.

Fijándose en ella, vio que llevaba un uniforme nuevo:

―¿Y eso?

La criada, creyendo que se refería a las viandas, respondió:

―Doña Altagracia ha ordenado que no le falte de nada. Según ella, debemos pensar que “El Fauno” es nuestra patria y su dueño nuestro rey.

Sabiendo que era una exageración, no dijo nada y dio un bocado al primer sándwich:

―Coño, ¡qué rico está!― exclamó satisfecho con esa mezcla de tomate, aguacate y especias que jamás había probado.

―Receta de la señora― comentó la joven mulata.

Sin dejar de saborear ese manjar, Manuel Castrejana fue consciente de que la presencia de esa mujer iría permeando poco a poco en la hacienda, pero dado que su efecto sería beneficioso se abstuvo de comentar y tomando otra porción del plato, trató de averiguar su contenido antes de morderlo.

«Ni puta idea qué es», pensó metiéndoselo en la boca.

Nuevamente estaba delicioso y asumiendo que era otra de sus recetas, preguntó a la mulata por su uniforme.

―La mayoral ha ordenado el cambio. El antiguo estaba muy viejo y no era correcto que sirviera al amo con él.

―Hay que reconocer que te queda bien― dejó caer sin pensar en lo poco apropiado que era ese comentario.

―Altagracia nos ha ordenado que, además de limpias y pulcras, estemos guapas― respondió quejándose implícitamente de lo pegado de esa vestimenta.

«Lo de limpias lo entiendo, ¿pero también es algo premeditado que les realce las tetas?», murmuró para sí y sospechando que había algo que había obviado, preguntó a la chavala que más les había ordenado.

―Según ella, las mujeres que viven en “El Fauno” son de “El Fauno” y por tanto tienen la obligación de satisfacer cualquiera de sus caprichos.

―Lo siento, me he perdido. ¿Los caprichos de Altagracia?

―No. Los suyos, usted es “El Fauno”.

La idea de que esa mujer estaba aleccionando al servicio con ideas basadas en la época en la que el mundo se dividía entre esclavos y amos le pasó por su cabeza.

«No puede ser», se estremeció y queriendo despejar de una vez por todas sus dudas,  la soltó:

―¿Qué tipo de caprichos estarías dispuestas a satisfacer?

Totalmente colorada, Dulce comenzó a desabrocharse el vestido.

―¿Se puede saber qué haces?― exclamó Manuel.

Con un extraño brillo en los ojos, pero con una férrea determinación en ellos, la joven mulata respondió:

―Entregar el cuerpo a mi señor .

Sus palabras hicieron reaccionar al ciudadano europeo del siglo XXI y rechazando los deseos de poseer ese adorable cuerpo, le pidió que se tapara.

―Si algún día quieres entregarte a un hombre, hazlo porque te apetece y no porque te sientas obligada.

―Pero, señor….es que…. deseo ser suya. Deseo ser una de las incondicionales del “Fauno”.

Cada vez más nervioso por cómo se estaban desarrollando las cosas, se escudó en que no le parecía ético acostarse con ella y no solo por ser su jefe sino también por la diferencia de edad.

―A tu lado soy un anciano.

―No, ¡no lo es!― insistió la cría acercándose.

―¿No te das cuenta de que eres una niña?― casi gritando le espetó.

        El volumen de su voz alertó a Altagracia de que algo iba mal. Al llegar y ver a Dulce con el pecho fuera e intentando que su jefe la tomara, preguntó qué era lo que pasaba.

        ―Ésta zumbada quiere que me la folle― fuera de sí, este le informó.

Para su sorpresa, la viuda se acercó a la criada y haciéndola una carantoña en la mejilla, la regañó dulcemente diciendo:

―Tapate y vuelve al trabajo. Todavía no ha llegado tu hora.

Increíblemente, tras abrocharse el vestido, la joven mirando al dueño de la hacienda sonrió:

― Esperaré ilusionada el momento de ser suya.

Manuel Castrejana aguardó a que Dulce saliera de la habitación para reprochar a la encargada el modo en que estaba dirigiendo al personal. La viuda permaneció en silencio mientras el que era su jefe le echaba en cara que hubiese aleccionado a la joven para que se creyera parte de una sociedad pasada.

―Parece que no te has enterado de que hace siglos que se prohibió la esclavitud― comentó molesto.

Tomando la palabra, la mayoral le contestó:

―¿Qué fue lo que le dijo el cura cuando le recomendó que me contratara?

―Que no sabía tratar a los locales, que no les entendía y que por eso la finca iba de mal en peor.

―Usted mismo se ha contestado. Yo solo uso la cultura de mis paisanos para conseguir que esta hacienda vuelva a florecer. Si para ello tengo que retomar costumbres ancestrales, lo haré y usted debería aceptarlo porque no en vano, como el dueño de todo esto mi gente lo considera la encarnación de “El Fauno”.

Tras soltar esa bomba, concluyó haciendo referencia a lo que acababa de suceder:

―Además no creo que resulte tan desagradable para un hombre como usted disfrutar de carne fresca cumpliendo con su deber.

―¿Y si no quiero?

Mirándolo fijamente, respondió:

―Venda “El Fauno” para que lo compre alguien que si lo merezca.

La dureza de su voz lo dejó paralizado y sin palabras mientras la joven viuda desaparecía por el pasillo.

3

Desde el balcón del despacho, Manuel Castrejana señalando a un grupo de labriegos comentó al cura que no solo se había incrementado la actividad de la hacienda, sino que las risas y la alegría habían vuelto a sus gruesos muros.

        ―No entiendo que les ha hecho, parecen mucho más felices desde que esa arpía es su jefa― dijo a su interlocutor.

Don Bartolo respondió:

―A mí me ocurre lo mismo. Llevo veinte años cuidando sus almas y sigo sin saber cómo piensan. Es como si fueran un planeta aparte. Se rigen por normas no escritas pero que funcionan.

Sin confesar que una de las criadas se le había ofrecido sexualmente y que a Altagracia no le había parecido raro cuando se enteró, el recién llegado le expresó sus dudas sobre el modo en que esa mujer gestionaba su hacienda.

 ―¿Qué problema tienes? Me has reconocido que, en estas dos semanas, el cambio es notorio y que todo va sobre rieles.

―Increíblemente es así. No la he oído gritar ni una sola vez, pero cuando esa mujer se encara ante uno de los suyos, da igual que sea el más fornido, el desgraciado se caga en los pantalones.

―Por eso te recomendé que la contrataras. Sus ancestros llevan generaciones dirigiendo este lugar y siempre han gozado del respeto de todos. Es como si su autoridad fuera en su naturaleza.

Aceptando sus palabras, eso no calmó sus recelos, sino que los incrementó:

―Esa mujer me llega con cosas que me parecen desconcertantes. Por ejemplo, la semana pasada me pidió reinstaurar la fiesta de la hoguera.

Al contestar el sacerdote que no sabía de lo que hablaba, se lo aclaró:

―Por lo visto, en tiempos de la colonia, los terratenientes permitían a los esclavos celebrar un viernes de cada mes una fiesta alrededor de un gran fuego. Según Altagracia es una forma de agradecerles sus servicios y respetar su cultura, pero me temo que en realidad sea una nueva vía de adoctrinamiento.

―¿Qué temes exactamente?― comentó Don Bartolo sin ver el problema.

―No lo sé. Es como si esa mujer quisiera recuperar un tiempo en el que la vida de los habitantes de la hacienda estaba en manos de sus antepasados.

―Creo que estás desvariando. Altagracia solo es una mujer buena e inteligente que se desvive por su gente y que la comprende.

―Eso espero― contestó Castrejana guardándose para sí que cada vez estaba más seguro que, para la gente de la comarca,  los Olanla eran los verdaderos dueños de la hacienda y que su autoridad venía desde los tiempos africanos.

―Según he conseguido sonsacarles, todos los del pueblo descienden de una zona de Nigeria. Y no me puedo quitar de la cabeza que antes de que los negreros los esclavizaran, la familia de Altagracia eran los reyes africanos que mandaban sobre ellos― murmuró sin exteriorizar al cura sus temores porque de ser cierto la caída en picado en la rentabilidad de esas tierras había sido parte de un plan para reponer a esa zorra al mando: ―Volviendo al tema, Don Bartolo. Como ya le he explicado esta noche se va a celebrar el primer festejo de la hoguera y me gustaría que nos hiciera el honor de acompañarnos.

―No creo que fuera apropiado. Por lo que me ha contado era una fiesta originariamente africana y por lo tanto pagana. Un cura católico no puede participar en una ceremonia animista.

―Lo comprendo, pero… ¿no puede hacer una excepción esta noche?― insistió Castrejana.

A pesar de saber que estaba implorando su ayuda, el sacerdote no dio su brazo a torcer y para no tener que dar más explicaciones mirando el reloj, se inventó que había quedado con una pareja para dar una charla prematrimonial, por lo que se despidió del dueño de la hacienda.

Habiendo resultado fallido el intento de que el cura le hiciera compañía, tomó el teléfono y llamó a Pedro. El policía, que se había comportado jovial al cogerlo, mostró todo tipo de reticencias en cuanto supo el motivo de la llamada.

―Me encantaría ir contigo, pero me han dado el soplo de que unos haitianos van a intentar desembarcar esta noche por el sur.

Que su amigo se inventara una excusa, junto con la rápida huida de Don Bartolo, no hizo más que incrementar la sensación de que los poderes fácticos de la zona no querían participar en esa celebración y queriendo certificar ese extremó, marcó al alcalde. Por mucho que lo intentó, le resultó imposible contactar con él. Según su secretaria había salido temprano hacia la capital y que no lo esperaba hasta el día siguiente.

«Es como si se echaran a un lado para dejar que pase», meditó cada vez más preocupado.

 Sus sospechas se incrementaron al pasar por el patio y ver que de camino a las antiguas dependencias donde vivían los esclavos, convertidas hoy en graneros, había acumulado tanta leña que le pareció un despropósito.

«¿Piensan iluminar toda la comarca?», se preguntó al comprobar que el montículo de madera tenía al menos cinco metros de altura.

Tampoco ayudó que el número de sillas desplegadas alrededor fuera desmesurado:

«Es como si creyeran que va a venir todo el pueblo», se reafirmó cada vez más seguro de que esa celebración en teoría ancestral en realidad era una encerrona.

Cabreado hasta la médula, decidió imitar al político e irse a Santo Domingo para no acudir:

«Si no estoy, no me comprometo», se dijo mientras subía los escalones de dos en dos rumbo a su habitación.

Para su desgracia, se encontró con Altagracia. Ésta, sin saber que le acababa de chafar los planes, le comentó que había mandado su todoterreno y las dos camionetas a por cerveza suficiente para agasajar a los invitados.

Sin vehículo en el que huir, Manuel tuvo que cancelar su escapada y con un rebote de narices, preguntó a la mujer quién había autorizado ese gasto.

―Toda el coste de la fiesta lo absorbo yo como agradecimiento a mi gente por lo bien que me han aceptado― respondió la morena.

Sintiéndose un mierda y sin haber conseguido su objetivo, la dejó con la palabra en la boca. Y dando un portazo, se encerró en su cuarto…

4

Tenía claro que en la ceremonia tenía reservado un papel principal, papel que desconocía y para el cual no le habían dado siquiera el guion. Sentirse usado lo traía jodido. Legalmente era el dueño de la hacienda, el patrón de todos los que vivían de ella, su cuenta corriente era la que se hacía cargo de los cheques, pero en ese momento solo se veía como una marioneta en las manos de Altagracia Olanla.

Manuel Castrejana sabía que esa arpía de bellas facciones y mejores pechos quería algo de él. Por alguna razón que no alcanzaba a entender esa viuda le tenía reservado una función determinante en esa opereta, pero había decidido no anticiparle nada. Asumiendo que sus sospechas se basaban en meros indicios y que no podía señalar algo del comportamiento de esa mujer que pudiera ser catalogado como contrario a sus intereses, no se veía con fuerzas para echárselo en cara.

«No puedo llegar y decirle que estoy muy molesto porque una monada de chavala, cada vez que puede, se intenta meter en mi cama. ¡Sería ridículo! Tampoco sonaría lógico quejarme de que mis empleados parecen ahora más felices », caviló enfadado consigo mismo.

Sabía o al menos creía saber que el evento que tendría lugar en una horas era importante y que lo quisiera o no, sus efectos marcarían su vida en esa isla.

«No me queda más cojones que asistir», sentenció mientras se levantaba de la cama con la intención de darse un baño.

Indignado como estaba, se comenzó a desnudar sin poder evitar que haciendo un último esfuerzo su mente intentara anticipar que era lo que esa zorra le tenía preparado.

«De lo único que estoy seguro es de que es una trampa», quitándose la camisa asumió.

Como en teoría ese festejo era una restauración de una costumbre antigua había buscado algún escrito donde explicara exactamente en que había consistido, pero no pudo encontrar nada al respecto.

«Qué razón se tiene cuando se dice que la historia la escriben los vencedores. Ningún estudioso de ese tiempo se preocupó por describir para la posteridad una tradición de los esclavos», dejando caer su calzón, concluyó.

Totalmente desnudo, se encontró a Dulce esperando en mitad del baño.

―¿Qué haces?― preguntó alucinado.

―Altagracia me ha pedido que le ayude― contestó con tono alegre. Es más, sin importarle que en ese momento su patrón se estuviera tapando sus partes avergonzado, se puso a canturrear mientras abría el agua caliente.

―No sabe lo contentos que están mis paisanos con que haya accedido a renovar el pacto― dejó caer la muchacha al tiempo que, extendiendo su mano, le pedía que se metiera en la bañera.

Las otras veces en que esa joven se le había insinuado no había conseguido su objetivo, pero esa tarde Dulce estaba tan feliz que no se dio cuenta de que había metido la pata. Manuel, por su parte, captó al vuelo que se le había escapado e intrigado por esa revelación, decidió seguirle la corriente para sonsacarle información y aceptando su ayuda, entró en el agua. Ya en el jacuzzi, dejó que la joven comenzara a enjabonarle y sin mostrarse excesivamente interesado, le preguntó cuántos años hacía que no se renovaba.

Sin percatarse de que la estaba embaucando, Dulce respondió:

―Muchísimo.  Piense que Don Antonio, el antiguo dueño y el padre de Altagracia eran jóvenes cuando renovaron el acuerdo.

Analizando sus palabras, lo primero que le quedó claro de dicho acuerdo fue cuales eran las partes intervinientes en el mismo:

«Por lo que cuenta se firma entre el dueño de la hacienda del momento y el Olanla de turno… su vigencia debe ser de por vida y solo renovarse al morir uno o como en este caso ambos», estaba pensando en ello cuando se percató de que se había producido un cambio sutil en la forma en la que la mulata lo lavaba:

¡Había dejado de enjabonarle y olvidando que era su patrón, se había puesto a acariciarlo!

Se giró a regañarla y al hacerlo el enfado por sentirse manoseado se transformó en estupefacción al advertir que los pezones de la mulata se le marcaban bajo el uniforme.

―¡No me puedo creer que te hayas puesto cachonda!― le espetó más extrañado que molesto.

Para su sorpresa en vez de disculparse, al saberse descubierta, Dulce se echó a llorar desconsolada. El dolor que se adivinaba tras su sollozos le impactó y más cuando escuchó a la joven decir:

―Lo siento mucho. No lo he podido evitar. Deseo ser suya desde antes de que la señora me preguntara si quería convertirme en una de la incondicionales del Fauno.

Por segunda vez, se refería a ella como una de sus incondicionales. Supo que era un tema sensible, pero asumiendo su importancia le preguntó de qué hablaba.

―Se llama así a las mujeres que el pueblo yoruba regala al Fauno― musitó sin levantar la mirada.

Manuel Castrejana la observó espantado. Los valores que había mamado desde niño chocaban frontalmente con la idea de recibir a una o a varias mujeres como parte de un trato. La mulata malinterpretó el rechazo y creyendo que la consideraba indigna de él, reanudó su llanto:

― Sé que se merece una mujer más bella que yo, pero por favor no me eche de su lado. Prefiero morir a no volverle a ver.

Conmovido por la profundidad de su angustia, le acarició el pelo:

―No es eso. Todo hombre que se precie estaría encantado con una belleza como tú.

Con dos gruesos lagrimones surcando sus mejillas, Dulce replicó:

―No hace falta que me engañe. Sé que para usted soy un patito feo.

Queriendo que reaccionara la metió vestida en la bañera y la besó. Por un momento, la joven no supo cómo reaccionar, pero tras reponerse de la sorpresa se lanzó en brazos del hombre con tantas ganas que este no pudo más que reír:

―Niña, ¡qué me vas a romper algo!― descojonado comentó mientras intentaba tranquilizarla.

Con una sonrisa en su boca, Dulce se separó de él y sin dar tiempo a que se echara atrás y se arrepintiera, se quitó el vestido mojado mientras le decía:

―Si no me toma ahora mismo, será mi corazón el que se rompa.

La perfección de su cuerpo impresionó a Manuel y es que a pesar de saber que la muchacha era preciosa, jamás imaginó que sus hinchados pechos fueran tan maravillosos y como un autómata extendió una de sus manos para tocarlos.

La mulata no huyó del contacto y acercándose al extranjero, le ofreció como ofrendas sus cántaros.

―Son suyos.

Castrejana que hasta ese momento había mantenido una postura cercana al desapego, no pudo seguir manteniendo su mutismo y acercando su boca a uno de sus negros pezones, murmuró:

―Son preciosos.

 La veinteañera no pudo reprimir un sollozo al sentir que cerraba sus labios en torno de su botón.

―Mi señor…¿significa esto que me acepta como su incondicional? – preguntó mientras todo su ser amenazaba con ser incinerado.

Desbordado por la acción sus hormonas, no le contestó y mientras mamaba de ese tierno y juvenil seno, pasando su mano por la cintura, la atrajo hacia él. Dulce reprimió un chillido al notar la presión de la erección de Manuel contra su sexo y dando por sentado que el hombre la había aceptado, se entregó diciendo:

―Lo amaré sobre todas las cosas y le serviré sin importar las consecuencias― gritó al comprobar que los labios de su vulva se abrían para dejar pasar la virilidad del Fauno.

La humedad de la mulata absorbió lentamente y centímetro a centímetro el pene del que ya consideraba su dueño. Dulce tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar de felicidad al oír a Manuel decir que era un idiota por no haberla poseído antes.

―No me importa…. ahora que soy suya― respondió mientras con un movimiento de caderas se terminaba de empalar.

―Dios, ¡me encanta lo estrecha que eres!― aulló el señor de la hacienda cuando su glande chocó con la pared de la vagina de la chavala.

Habituado a que la mayoría de las mujeres con las que había estado desde el divorcio fueran no veteranas, pero si mayores, comprendió por lo cerrado que tenía el coño que apenas había sido usado y sintiéndose como un garañón, cambió de postura en la bañera.

―¡Mónteme, mi señor!― chilló Dulce al sentir que haciéndola apoyar contra los azulejos, Castrejana la volvía a empalar ya sin ningún reparo.

No hizo falta que se lo repitiera y usando sus dos jugosos melones de agarre, Manuel comenzó a cabalgarla.

―¡No paré! ¡lo necesito!― aulló descompuesta la joven mulata.

Con los prejuicios y recelos pasados encerrados bajo llave en un rincón alejado de su cerebro, Manuel estaba en la gloria y cada vez que acuchillaba a esa criatura sentía como iba creciendo la lujuria en su interior. Tratando a Dulce como a una yegua, le exigió que acelerara su ritmo azuzando su galopar con una sonora nalgada.

La chavala al sentir el escozor de esa ruda caricia experimentó una excitación brutal y relinchando de placer, rogó a su Fauno que continuara con ese tosco, pero placentero método de montarla. Manuel no quiso decepcionarla y siguió poseyendo a esa preciosa mulata al ritmo con el que descargaba sobre su trasero moreno una serie de estimulantes azotes.

Dulce no comprendía por qué cada vez que notaba uno de esos manotazos, su coño se humedecía aún más. Nadie la había tratado así y siempre había repelado de esa forma de amar. Para ella, el sexo debía ser tranquilo. Por eso no comprendía que ese salvajismo la pusiera tan cachonda.

«Mi Fauno no es un hombre corriente sino mi presente y mi futuro», pensó y dejándose llevar, se corrió.

Su jinete lo notó en seguida y aguijoneado por los gritos de placer de la muchacha, aceleró el compás de sus caderas en busca de su propio orgasmo.

―No pares de moverte, zorra mía― le gritó convencido ya de que esa monada iba a formar parte de su vida.

La ternura que creyó intuir en ese insulto la volvió loca y retorciéndose de placer, buscó ordeñar el sexo de su señor para que descargara su preciada simiente en su interior.

―Córrase en mí. Estoy deseando ser la madre de sus retoños.

Lo lógico es que Manuel Castrejana hubiese salido huyendo de la mujer que expresara ese deseo, pero increíblemente al oír a su incondicional afirmar que quería que la preñase, las hormonas de su cuerpo reaccionaron y sintiéndose un semental inseminando a una de sus hembras, se dejó llevar descargando su semilla en ella.

―Márqueme mi Fauno. Deje su marca en mi cuello― rogó presa de un renovado deseo.

El cuello de la cría le pareció irresistible y mientras esparcía la última andanada de su simiente, acercó su boca y la mordió. Dulce creyó morir de dicha y aullando de gozo, se derrumbó en la bañera:

―Dedicaré mi vida a agradecer al Fauno el haberme marcado como su incondicional. Soy y seré suya por siempre….― consiguió decir antes de perder el conocimiento.

Como no podía ser de otra forma, Manuel se quedó petrificado cuando Dulce se desplomó. Por fortuna, tuvo tiempo de reaccionar y consiguió sujetarla antes de que su cara chocara con la bañera.

        ―Mi señor, deje que le ayude― escuchó que le decían desde la puerta.

        Al girarse contempló a una joven que, obviando el hecho de que estuvieran desnudos, entró al baño y corrió a auxiliarle.

        ―Gracias― alcanzó a decir bastante cortado por haber sido cazado disfrutando carnalmente de una criada.

Sin dar importancia a ese hecho o al menos no lo aparentó, la recién llegada se puso a intentar que reaccionara.

― ¿Puede llevarla a la cama? Pesa demasiado para que yo la cargue― comentó mirándolo a los ojos.

El afecto y el cariño que leyó en su rostro lo confundió porque no en vano, le había pillado con las manos en la masa o, mejor dicho, en Dulce:

―Claro― respondió y atándose una toalla alrededor de la cintura, la tomó entre sus brazos y la llevó al cuarto.

La culpabilidad que sentía fue creciendo al comprobar que no se despertaba, pensando quizás que se había pasado. Una vez en la habitación, la depositó sobre el colchón un tanto avergonzado. A los ojos de todos se podía interpretar que, tras abusar de su empleada, no estaba satisfecho y la estaba metiendo en su cama.

―¿Qué le ocurre?― preguntó con los nervios a flor de piel.

Para su sorpresa, la desconocida se echó a reír diciendo:

―No ha aguantado el ritmo del Fauno. Debía haber esperado a que estuviéramos juntas y así poder compartir el placer que brinda un sátiro entre nosotras dos.

Dejando a un lado el hecho de que lo asimilara al ser mitológico del que la finca tomaba el nombre, por sus palabras confirmó que de algún modo esa joven creía que también ella iba a ser una pieza importante en su nueva vida.

―¿Quién eres?

Sin dejar de sonreír, la chavala respondió:

―Soy Mercedes, prima de Dulce y su otra incondicional…

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