Una profesora diferente. Cap 3. La preparación de la Selectividad

¿Dónde os dejé la última vez? Ah sí, ya me acuerdo. Era el lunes en que empezaban las clases preparatorias de selectividad. Ese día estaba bastante nerviosa, mis alumnos se jugarían su futuro en esos exámenes y quería dar todo lo posible para ayudarlos a sacar la mejor nota posible. No quería que por una cuestión de décimas, uno de ellos viera sus sueños frustrados.

Por otro lado, me carcomían varias dudas, tan solo llevaba unos meses como profesora y no sabía si realmente estaría a la altura. Una cosa es prepararlos para los exámenes finales de bachillerato, pero cosa muy diferente era la selectividad. ¿Y si resulta que no daba la talla como profesora? ¿Y si no tenía el talento suficiente? Por primera vez desde que empecé la sustitución en esa escuela me asaltaban ese tipo de dudas. Todos mis alumnos habían mejorado su rendimiento escolar conmigo, pero aún así me sentía insegura.

Tema a parte, estaba mi “relación”, si es que podía llamarla así, con cinco de mis alumnos. Juan, Marcos, Raúl, Antonio y Andrés. Los cuales no sólo eran atractivos (sí, muy atractivos) sino tambíen un poco “rebeldes”. A fin que se esforzaran y mejoraran sus notas, había hecho con ellos ciertas apuestas de índole erótico. Sí, debo decir que no se quién disfrutó más con ello, si yo o los chicos.

Así que allí estaba yo, vestida como si fuera a ir de fiesta, entrando en un instituto dispuesta a preparar a mis alumnos para los exámenes más importantes de su vida. Aquél día llevaba una camisa blanca, una minifalda oscura y unos zapatos de tacones. Por unos instantes, contemplé mi reflejo en la puerta del instituto antes de entrar. Con los cuatro primeros botones de la camisa desabrochados y el pelo rizado, me sentía como una profesora sacada de un vídeo porno. Parecía más preparada para dar clases de educación sexual que de Lengua y Literatura que era la materia que tocaba trabajar.

Tema a parte estaban los dichosos vibradores que me había metido en mi vagina y en los pezones y que cualquiera de los cinco podría controlar con un mando a distancia. Estaba convencida que aquello había sido una idea pésima, pero ya no había vuelta atrás. Casi era la hora así que me dirigí hacia mi clase. Entré y tras comprobar que todos mis alumnos estaban presentes, empecé. Las clases preparatorias eran distintas a las demás, en lugar de durar una hora, de destinaban dos horas seguidas a cada materia.

Pasada la primera media hora se confirmaron mis temores. La mayoría de alumnos había empezado a desconectar de lo que les estaba explicando y no me prestaban atención. El Siglo de Oro no les despertaba especial interés. Otros tenían la mirada fija en mi escote, seguramente esperando haber si con un movimiento torpe, yo mostraba más de lo que desearía. Aquello no funcionaba, así que decidí cambiar la estructura de la clase. Me levanté de la mesa y me dirigí a la pizarra.

-¿Sabíais que Calderón de la Barca asaltó un convento en plena noche, espada en mano, para vengar a su hermano?

Los alumnos cambiaron su expresión, pasando a mostrarme atención. Tal vez con anécdotas conseguiría ganar su interés por la Literatura del Siglo de Oro.

-¿Sabíais que Lope de Vega al ver que su amada entablaba una relación con un noble por interés económico, hizo circular unos versos en que la trataba de prostituta?

Las miradas de asombro de mis alumnos me indicaron que iba por el buen camino. Tal vez esa era la forma de hacerles ver de forma amena al Fénix de las Letras. Escribí unos versos en la pizarra:

“Una dama se vende a quién la quiera […]

Su padre es quien la vende, aunque calla,

su madre la sirvió de pregonera […]

Es puta de dos y cuatro […]

A cuantos piden su cuerpo

se lo da por interés

hizo profesión de puta”

-¿Sabíais que por esos versos, Lope fue a la cárcel?- Dije señalando la pizarra, todos mis alumnos me miraban atentos, aunque no pude continuar la explicación.

Por un momento me había olvidado que llevaba aquellos vibradores, pero al parecer los chicos no. Uno de ellos los había activado con el mando y ahora notaba como vibraba el huevo dentro de mi vagina y como las pinzas empezaban a estimular mis pezones. Aquello me había pillado de sopetón. Instintivamente solté un gemido y dirigí mi mano hacia uno de mis pechos. Mientras no vibraron casi no noté aquellas pinzas, pero ahora que habían empezado a funcionar, me provocaban un cosquilleo en los pezones, instintivamente empecé a masajearme los pechos para intentar calmar aquella sensación. No era del todo desagradable, pero ese cosquilleo en los pezones me ponía la piel de gallina y me causaba cierta molestia.

Pasados unos segundos, y superada la sorpresa inicial, noté como el color subía a mis mejillas. Toda la clase me miraba con cara de asombro, y no era para menos. Allí estaba yo, enfrente la pizarra frotándome mi pecho. Como pude, recuperé la compostura e hice como si no hubiera pasado nada.

-Abrid el libro por la página 34 y empezad a trabajar los ejercicios de Lope de Vega. Si alguien tiene alguna cuestión, no duden en preguntarme.

Notando el huevo vibrando dentro de mí, me dirigí a mi mesa, y me senté e intenté concentrarme en los ejercicios que debían resolver los alumnos. Pero aquel cosquilleo entre mis piernas no cesaba, y las pinzas cada vez me molestaban más. Maldita la hora en que pensé que era buena idea asistir a clase con esos chismes en mi cuerpo.

Lo peor de todo es que, quien fuera que estuviera jugando con el mando, no me dejaba alcanzar el clímax. Sentada en mi mesa, esperé, tratando de disimular mi excitación, que los vibradores hicieran su trabajo y me dieran el orgasmo. A duras penas pude ahogar una exclamación de sorpresa cuando justo en el momento más álgido de placer, dejaron de vibrar, dejándome completamente frustrada. Maldita sea, unos segundos más y hubiera alcanzado el orgasmo. Pasados unos instantes, noté como poco a poco la excitación abandonaba mi cuerpo. Pero justo cuando empezaba a relajarme, aquellos chismes se volvieron a activar, llevándome otra vez cerca del orgasmo para detenerse súbitamente poco antes que pudiera derretirme de placer. Ante la frustración, intenté ahogar un gemido mordiéndome los labios.

Por la cara que ponían algunos alumnos era evidente que no disimulaba nada bien lo que sentía. Levanté el libro que tenía encima de la mesa y enterré mi cara en él para evitar que mis alumnos pudieran ver las mal disimuladas expresiones de mi rostro. Así, en esa humillante posición, pasé unos minutos, pensando qué hacer. Una de las opciones que barajaba era levantarme e ir al baño a quitarme aquellos chismes y terminar con mi tortura. Pero si ya notaba como temblaban mis piernas bajo la mesa ante los orgasmos frustrados, no quería ni imaginarme el patético espectáculo que daría si intentaba andar hacia la puerta. Tampoco podía continuar el resto de la clase con mi cara enterrada en el libro. Pronto terminarían los ejercicios y debería repasar los resultados con ellos. Si sólo me concedieran un orgasmo…

Bajé un poco el libro de forma que no me cubriera los ojos. Así podía observar a la clase y mantenía ocultos los gestos involuntarios de mis labios. Tenía que saber cuál de aquellos cinco chicos era el que estaba jugando con el maldito mando. Nunca llegué a pensar que ponerme esos chismes en mi cuerpo sería una tortura. En qué momento pensé que podría ser algo divertido y excitante. Pensé que se limitarían a estimularme ligeramente o que los mantendrían vibrando toda la clase para causarme algún que otro orgasmo. No pasó por mi cabeza que pudieran utilizar el mando para torturarme de esa forma. Lo que había empezado como una travesura ya no era divertido. Al cabo de unos minutos, me di cuenta que era Marcos quién jugaba con el mando.

Levantándome de la mesa, intentando mantener la compostura, me acerqué a su mesa. Por suerte, estaba sentado en la segunda fila, lo que me ahorraba tener que pasearme patéticamente por toda la clase. Notaba como mis piernas me temblaban al andar. Lamenté no haberme puesto medias. Seguramente la fina tela del tanga que llevaba no contenía mis fluidos. Pero no quería comprobar sí estaban resbalando por mis piernas, la vergüenza me devoraba. De la forma más digna que pude, dando pequeños pasitos, rezando para que los alumnos por los que pasaba a su lado no se dieran cuenta de que tenía la piel de gallina, que andaba con las rodillas apretadas y que mi cuerpo temblaba como una hoja. Al final llegué a la mesa de Marcos.

-Por favor, para.- Le susurré

-¿Que pare, el qué?- Me respondió como si no supiera de qué le hablaba.

-Lo sabes perfectamente, por favor, deja que llegue al orgasmo o apaga esos chismes definitivamente. Pero no sigas así, esto es una tortura.- Le respondí en voz baja.

-Disculpa profe, pero es que no la he oído bien, podría hablar un poco más alto.- Respondió el chico.

Me había escuchado perfectamente, ¿qué pretendía, que toda la clase se diera cuenta de lo qué estaba sucediendo? ¿Quería arruinar mi reputación, era eso? Volví a susurrarle.

-Por favor, te lo suplico. De verdad que no lo aguanto más. He entrado en vuestro juego, ¿no es suficiente? por favor, para mi ya no es divertido- Le imploré. Su respuesta me dejó helada.

-Entrégame tus bragas a cambio de tu orgasmo- Dijo fríamente. Mis ojos se abrieron como platos, afortunadamente pude ahogar un grito de sorpresa.

-¡Estás de broma! No puedes pedirme eso.- Le respondí.

-Hablo en serio, no es tan difícil, vuelves a tu mesa, te quitas las bragas, vuelves y me las dejas en mi mochila. Te vuelves a sentar y disfrutas de tu clímax.- Respondió el chico señalando con el pie su mochila abierta en el suelo.

Estuve a punto de replicar pero me callé. Ya llevaba un rato hablando con él y varios alumnos me lanzaban miradas intrigados. Seguramente, al agacharme para hablar con él, debía estar en una postura de lo más sugerente para los que tenía detrás. No quería imaginarme lo traicionera que podía ser mi minifalda. Si estando de pie cubría justo mi trasero, ahora que me había agachado un poco no quería saber hasta que punto estaba revelando mi trasero. Como alguien me hiciera una foto con su teléfono móvil, estaría acabada. Me levanté y como pude, notando las miradas de varios alumnos clavadas en mi nuca (o mejor dicho, en mi trasero), volví a mi mesa.

En ese momento estaba tan ansiosa por un orgasmo que no se me cruzó por la cabeza que la solución más fácil sería salir de la clase, ir al baño, quitarme aquellos malditos chismes, lavarme la cara con agua fría para que se me bajara la excitación y luego continuar con la clase. No, en ese momento mi mente no trabajaba como debería, sólo tenía en mente el cómo quitarme el tanga sin que lo notara el resto de alumnos para que Marcos me concediera mi anhelado clímax.

Todos los alumnos (todos excepto cinco), estaban concentrados en los ejercicios. Me pegué con la silla a la mesa lo máximo que pude para que ningún alumno distraído pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Mientras con la mano izquierda hacía como que subrayaba párrafos del libro que tenía delante, me concentré en subirme la falda con la mano derecha. En este aspecto que fuera tan corta me ayudó, y a los pocos minutos noté el tacto del tapiz de la silla en mi culo. Así que me levanté unos centímetros y, lo más rápido que pude, agarré la cinta del tanga y me lo bajé hasta las rodillas. Luego paré y observé la clase unos segundos. Nadie parecía haber reparado en mi maniobra salvo cinco chicos que no me quitaban los ojos de encima. El resto fue más fácil. Con un pequeño movimiento de piernas, mi ropa interior cayó a mis pies. Con la mano derecha, me volví a bajar a falda y colocarla lo mejor que pude. Con un gesto distraído hice como que se me caía el bolígrafo al suelo y al recogerlo, agarré el tanga y lo apreté fuertemente en mi puño. Notaba la fina tela totalmente impregnada con mis fluidos, los cuales ahora que no llevaba ropa interior, notaba como descendían por mis muslos.

Antes de que mis fluidos empezaran resbalar por debajo de mi falda, me levanté e intentando al máximo mantener mi compostura seria, me acerqué de nuevo a la mesa de Marcos. Hice ver que le resolvía una duda y rápidamente bajé mi mano, cogí su mochila y metí mi tanga dentro.

-Deberías apartar tu mochila de aquí. Cualquiera podría tropezar con ella.- Le dije en un tono suficientemente alto para que lo escucharan las mesas de alrededor. Tenía que justificar mi gesto. El chico con una sonrisa me indicó que volviera a mi mesa.

Justo cuando me volví a sentar a la mesa noté como los vibradores volvían a trabajar. Aquella sensación de nuevo me embriagó de placer. Para disimular, cubrí mi rostro con una mano haciendo ver que estaba concentrada en el libro que tenía delante. De vez en cuando lanzaba miradas a Marcos que no dejaba de sonreírme mientras metía su mano en la mochila. Con toda seguridad ya se había dado cuenta que mi tanga estaba empapado. Esta vez los vibradores no pararon y pude alcanzar mi deseado orgasmo. Me metí el boli en la boca y lo mordí para evitar soltar un gemido mientras el placer inundaba mi cuerpo. El boli crujió al mismo tiempo que notaba como se erizaba mi piel al alcanzar el clímax. Aquello fue un verdadero alivio. Mi cabeza volvía a trabajar de nuevo.

Miré el reloj, con la tontería, había pasado un tiempo más que suficiente desde que mandé a mis alumnos a hacer los ejercicios. Así que, sin levantarme de la mesa pero con otro ánimo, nos pusimos a corregirlos.

He de decir que me sorprendí al ver como la mayoría de alumnos había resuelto las cuestiones relativas a Lope de Vega de forma satisfactoria. Aquello me levantó la moral. Quizá sí que tenía madera de profesora. Incluso mis cinco alumnos “favoritos” se habían aplicado en ello.

Al finalizar la clase, me percaté que en el tapiz de la silla había una mancha húmeda. “Maldita sea” mascullé, aquellos chicos habían ido demasiado lejos. Aquello empezaba a poner en juego mi futuro como profesora. Como algún alumno se diera cuenta de lo que había sucedido hoy en clase y se fuera de la lengua ya podía olvidarme de trabajar en esta o en cualquier otra escuela.

Antes de que salieran al recreo, cogí mi cartera y me dirigí a los cinco chicos.

– Vosotros, ¡A mi despacho!

Aquello fue un intento desesperado de intentar imponer mi autoridad sobre aquellos cinco alumnos. Quería demostrarles que por mucho que hubiera entrado en su juego, no dejaba de ser su profesora, y en clase debían respetar las normas. En ese momento no me di cuenta de lo equivocada que estaba. No hay autoridad que imponer a quién has entregado tu ropa interior. Ellos tenían el control absoluto, pero yo aún no me había percatado de ello. En ese momento aún creía que tenía la situación bajo control, que era yo quién ponía las normas.

Ello me seguían mientras yo caminaba hacia el despacho de la profesora a la que sustituía. Notaba como otra vez los vibradores se activaban. Aquellos malditos volvían a jugar con el dichoso mando. Poco a poco noté como mi excitación volvía a crecer. Justo cuando crucé la puerta del despacho, pensé que tal vez esa no había sido una buena idea.

El despacho estaba tal como lo había dejado la profesora titular. Había una mesa de escritorio con un ordenador y dos sillas para las visitas. Detrás del escritorio había una cómoda butaca. Completaban el ambiente una estantería con diversos libros y carpetas y un pequeño sofá que, según me había indicado el Director, era para hacer menos tensas y más informales las reuniones con los padres.

Nada más entrar, los cinco tomaron asiento, ocupando el sofá, las sillas y la butaca, dejándome a mi de pie. Aquello no me gustaba. Pese a ello adopté una postura lo más seria posible, al fin y al cabo, era su profesora y quería dejarles claros sus límites.

-Lo de ahora no ha tenido ni pizca de gracia. ¡Se acabó el juego!- Dije autoritariamente. O al menos creí haber dicho de forma autoritaria.

En mi interior, aquellos chismes seguían vibrando.

-¡Dadme ese mando! Ya no tiene gracia.- Volví a insistir, intentando imponerme.

Yo creía estar actuando con firmeza, pero por la reacción de los chicos era obvio que no lo percibían de la misma forma. Por mucho que mi voluntad fuera esa, mi cuerpo me estaba traicionando. En ese momento, no me percaté de ello. Los chicos en cambio lo notaron al instante. Mis palabras, lejos de ser fuertes, sonaron débiles. Mi cuerpo temblaba involuntariamente al estar sola en el despacho con aquellos cinco atractivos jóvenes. Mi respiración era entrecortada, fruto del deseo y la excitación que crecían dentro de mí. Mi mirada en lugar de ser firme era vidriosa, mis ojos imploraban a los chicos lo contrario que mis palabras. Todo mi cuerpo suplicaba que hicieran lo que desearan conmigo. Mi voluntad se debilitaba por momentos.

Antonio se levantó del sofá y se puso enfrente mío.

-Y si no te damos el mando, ¿qué?- Dijo mientras apuntaba mi pecho con su dedo.

Incapaz de responder, retrocedí unos pasos. Él continuaba acercándose, apuntándome con su dedo, exigiendo una respuesta que no podía darle. Volví a retroceder, tropecé con el sofá y caí de espaldas, sobre el sofá y sobre Raúl, que seguía sentado. La reacción del chico no se hizo esperar.

-Vaya, no pensaba que fueras a lanzarte a mis brazos.- Dijo mientras rodeaba mi cintura con sus fuertes brazos. A través de la ropa notaba la calidez de su musculado cuerpo, intenté zafarme de su abrazo pero mis esfuerzos fueron débiles. ¿Realmente quería apartarme de aquellos musculosos brazos?

-Buenas vistas.- Dijo Andrés. No me había percatado que, en mi torpe caída al sofá, había abierto las piernas. Sin ropa interior, mostraba a los cuatro chicos toda mi intimidad. Aunque no fuera la primera vez, en ese momento me sonrojé de la vergüenza.

Intenté protestar, pero Raúl, cogiéndome totalmente desprevenida, acercó sus labios a los míos y me robó un intenso beso. Cualquier queja, cualquier forcejeo por mi parte quedó completamente anulado por aquel beso. Hacía mucho que nadie me besaba así. Succionando mis labios, metiendo la lengua dentro de mi boca, un beso lleno de deseo y pasión. Sí, demasiado tiempo sin notar un beso tan intenso. Por unos instantes me quedé sin poder reaccionar. Luego me di la vuelta, me encaré a Raúl y respondí a su beso, devorando los carnosos labios de aquel chico, siendo ahora mi lengua la que entraba dentro de su boca, buscando la suya y enroscándose a ella como una serpiente. Hacía mucho que yo tampoco besaba a nadie de esta manera. Mi cuerpo se encendía por momentos. No tardé mucho en perder completamente el control de la situación.

Detrás mío noté como alguien me subía la falda hasta la barriga. Ni siquiera traté de impedirlo, mi cuerpo era puro deseo. Noté como varias manos tocaban mi culo y se frotaban en mi húmeda vagina. Concentrada en los besos con Raúl, no me giré para comprobar quiénes estaban jugando de esta forma. Sus caricias me hacían arder de placer. Ahogaba mis gemidos incrementando la intensidad de los besos. En algún momento me retiraron el huevo de mi vagina. Sólo reaccioné cuando noté que algo cálido y duro se introducía en mi vagina. Dejé de besar a Raúl y me di la vuelta. Juan estaba con los pantalones desabrochados y con un grueso y endurecido miembro fuera.

-Aquí no… en la escuela no…- Logré susurrar en un atisbo de cordura.

-¿Por que no?- Dijo Andrés mientras cogía las llaves de mi mesa y cerraba la puerta del despacho- Estamos en la hora de recreo, todos los profes están en el bar tomándose un café. Nadie se va a enterar de nada.

Mi cuerpo ardía de deseo, me pedía que sucumbiera al placer, que no me preocupara. Pero mi mente estaba insegura, si alguien se enteraba de eso sería el fin de mi carrera. El escándalo que se armaría acabaría con mi reputación, seguramente tendría que irme a otra ciudad a vivir.

-Cualquiera podría pillarnos…-susurré entre gemidos, Juan estaba estimulando mi clítoris, inundándome de placer.

-Entonces impídenoslo. Grita, aparta mis manos, haz algo- Dijo Andrés mientras metía su mano por debajo de la camisa, acariciando mi barriga hasta llegar al sujetador.

¿Realmente yo quería parar aquello? Mi cuerpo lo deseaba intensamente. Creo que nunca en la vida me había sentido tan excitada, el hecho de tener sexo en la escuela con esos atractivos alumnos, despertaba en mí cierta pasión. ¿Qué me ocurría? Nunca había fantaseado con una situación así, pero ahora descubría que aquello me excitaba enormemente. ¿Debía detenerlos? ¿Tenía voluntad para parar? ¿Por que ahora me despertaba un morbo fetichista tener sexo con ellos en mi despacho? Realmente tenían razón, en el recreo no se quedaba ningún profesor en el despacho, todos iban a la cafetería. La posibilidad que alguien nos descubriera era muy remota.

-Sin precauciones, no hay nada.- Conseguí mascullar en un atisbo de sensatez.

Sonriente, Marcos sacó varios preservativos de su bolsillo. La decisión volvía a estar en mis manos pero poca capacidad de decisión me quedaba.

-Que sea rápido, en 20 minutos tenemos que estar en clase.- Dije mientras me acomodaba en el sofá.

-Ponte boca abajo mejor, quiero disfrutar de la visión de tu lindo culito.- Dijo Juan mientras se colocaba el preservativo.

Extasiada, obedecí. Me tumbé boca abajo con las piernas fuera del sofá, tocando el suelo con los pies. Por la mirada de los chicos, mi postura, ofreciéndoles mi trasero debía ser de lo más erótica. No había nada que deseara más que el hecho que me penetraran esos atractivos alumnos. No pude evitar un gemido de placer al notar como el endurecido pene de Juan se deslizaba con facilidad dentro de mi vagina. Estaba tan humedecida y lubricada que su miembro entró sin problema. Si quería terminar con los cinco sin llegar tarde a la siguiente clase, no podía recrearme demasiado en la situación. Con mis manos, desabroché los pantalones de Raúl, bajándoselos junto con los calzoncillos. Me detuve unos instantes contemplando su pene. Él me miraba lleno de sorpresa y deseo. No sería mi primera felación, pero tampoco es que tuviera mucha experiencia en ello. Únicamente conocía lo básico “recuerda Laura, juego de lengua y labios, nada de dientes”. Abrí mi boca y me introduje en ella el cálido glande de Raúl. El chico ahogó un gemido con su mano cuando notó mi boca succionar su miembro.

Al principio sólo fue la punta, pero ante los estímulos de placer que me producía Juan en mi vagina, me animé a más. Al final terminé metiendo más de la mitad de su endurecido miembro en mi boca, humedeciéndolo con mi lengua, succionándolo con los labios. Los gemidos ahogados del chico me indicaban que iba por el buen camino. Estaba tan excitada que ni tan siquiera había pasado por mi mente pedirle que se pusiera un preservativo antes de introducir su pene en mi boca. Ni tan siquiera lo veía algo tan relevante, como os digo, no tenía mucha experiencia haciendo aquello.

Por el rabillo del ojo, contemplaba como nos miraban los otros tres chicos. Totalmente alucinados y con unas miradas llenas de sorpresa y deseo a partes iguales. Seguramente aquello superaba todas sus expectativas.

No contaba con que Raúl estaba tanto o más (si cabía) excitado que yo y enseguida inundó mi boca con un cálido y espeso líquido que no tardó en chorrear por mis labios. Sorprendida aparté mi boca de su pene, intentando limpiarme con la mano. Andrés acudió inmediatamente con un paquete de cleenex y una botella de agua que tenía encima de la mesa. Mientras me limpiaba la boca y bebía algo de agua, noté como Juan agarraba mi culo con más fuerza e instantes después noté una sensación cálida en mi vagina. Por los ahogados gemidos del chico, estaba claro que había alcanzado el éxtasis. Yo seguía embriagada de placer, Juan se había derretido pero yo aún no había terminado. Por suerte, seguía teniendo tres atractivos chicos llenos de energía.

Andrés me hizo tumbar boca arriba en el sofá. Excitada, abrí mis piernas, mostrando mi suave y enrojecida vagina. Nuestras miradas estaban llenas de deseo. El chico se tumbó encima mío y empezó a penetrarme, primero con suavidad pero enseguida incrementó la intensidad de sus embestidas al ver mi expresión de placer.

Con un gesto, indiqué a Antonio que se acercara. El chico entendió enseguida a lo que deseaba y se bajó los pantalones. Se notaban las horas que invertían aquellos chicos en el gimnasio, no sólo tenían unos cuerpos bien definidos sino que sus órganos sexuales iban en consonancia con sus musculosos cuerpos. Nunca había tenido sexo con unos chicos tan atractivos. Sinceramente, en aquél momento, me sentí afortunada. Llena de pasión, me metí en la boca el pene de Antonio.

Los chicos estaban tan excitados que alcanzaron el orgasmo enseguida. Volvía a tener la boca llena de semen, otra vez no había caído en pedir que se pusiera condón antes de chupársela. Suerte de los cleenex y la botella de agua. Por mi parte, yo aún seguía encendida y ansiosa, ninguno de los dos chicos habían conseguido llevarme al orgasmo. Por suerte, quedaba Marcos.

Se tumbó encima mío y empezó a penetrarme con suavidad. Acerqué mis labios a su oreja y mientras abrazaba su cuerpo le susurré que lo hiciera con más energía. Abrazada a su fuerte cuerpo notaba como Marcos incrementaba la intensidad con sus caderas llevándome más y más al borde del éxtasis. Finalmente, ambos nos fundimos intensamente. Apreté mis labios contra los del chico para ahogar nuestros gemidos. Tan fuerte fue mi beso, que cuando nuestros labios se separaron, le había dejado una pequeña marca morada en ellos.

Agotada, miré el reloj…¡MIERDA! Pasaban 10 minutos de la hora. Los otros alumnos se estarían preguntando porque no llegaba a clase.

– Chicos, tenéis que iros, pero YA!- Dije mientras me volvía a poner bien la falda y la camisa.- ¡Y borraros esa sonrisa bobalicona de vuestras caras! Como entréis a clase con esa cara, todo el mundo sospechará algo.

Los chicos no tardaron casi nada en volver a abrochar-se los pantalones. Miré unos instantes al pasillo para asegurarme que no había nadie alrededor y con un gesto les apresuré para que se fueran a clase. Mi idea era dar unos minutos de tiempo y llegar más tarde para no entrar los seis a la vez. Mientras esperaba, me recogí los cabellos en una cola pero…¡MIERDA!

Noté en mi pelo una sustancia pringosa. De alguna forma el semen de uno de los chicos había llegado allí. Estuve unos instantes temblando de nervios, sin saber qué hacer. Finalmente recogí mi cartera y salí volando del despacho directa al baño más próximo. Pero justo crucé la puerta, volví a entrar como una exhalación.

“Los preservativos”, miré la papelera y allí estaban. No podía dejarlos allí o el personal de limpieza se daría cuenta y como lo contaran al Director, estaría acabada. Sin manías, cogí los preservativos y sus envoltorios y los guardé en mi cartera. Antes de salir de nuevo, volví a la mesa. Allí estaba ese dichoso huevo, causante de lo que acababa de suceder. Lo cogí, notándolo pringoso por mis fluidos y lo metí en mi cartera. Ahora sí, salí pitando del despacho.

Justo al girar el pasillo para dirigirme a los baños, me crucé con la Jefa de Estudios. Una cincuentona de la que estaba convencida que no le caía bien. Aguanté la respiración para disimular mi nerviosismo y rezando para que no se fijara en la mancha de mi pelo, intenté pasar desapercibida.

– Llegas tarde. La clase ya debería haber empezado.- Fue lo único que dijo cuando la sobrepasé.

Sin responder nada, entré como una flecha al baño de chicas. Puse la cartera en el mármol de la pica, abrí el grifo y me miré en el espejo. Mi pelo era un amasijo revuelto, nada que ver con el pelo perfectamente rizado que llevaba al empezar las clases. Antes de meter la cabeza en el agua, me quité las pinzas de los pezones y las dejé sobre la cartera. Mientras me limpiaba el pelo, me asaltaban todo tipo de remordimientos. Aquello había estado mal, muy mal. Como los chicos se fueran de la lengua o como la Jefa de Estudios sospechara algo, mi carrera como profesora se habría acabado. Aproveché también para lavarme bien la cara. El contacto del agua fría me hizo ver las cosas con claridad. Aquello no podía volver a suceder. Tenía que cortar de raíz esa maldita relación con los chicos o la cosa acabaría muy mal para mí.

Mientras hacía esas reflexiones, la puerta de uno de los baños se abrió y salió Jessica, una de mis alumnas. Asustada, di un codazo que tiró mi cartera por el suelo.

-¿Ocurre algo profe? La veo muy nerviosa- Dijo la chica.

– No… no pasa nada… gracias.- Respondí nerviosa- ¿No deberías estar en clase?

– Me sentó mal el desayuno- respondió la chica- ¿No debería estar usted dando la clase?

En aquél momento no me di cuenta del tono altivo en que había pronunciado las ultimas palabras. Mi mente únicamente trataba de dar una respuesta coherente, pero antes que se me acudiera una respuesta, Jessica ya abandonaba el baño.

Me aseguré que mi falda y mi camisa estaban bien colocadas y me recogí el pelo en una cola con la esperanza que el calor de verano lo secara rápido. Cuando todo parecía estar en su lugar, tuve un sobresalto. Alguien me había tocado la espalda, bruscamente me giré y allí volvía a estar Jessica “no se había ido a clase esa niña, que demonios quiere ahora” pensé molesta.

– Disculpe profe, pero, cuando tiró su cartera se le cayó esto.- Dijo entregándome un pequeño objeto. Le di las gracias sin pararme a examinarlo. Cuando fui a guardarlo en la cartera noté un escalofrío por todo el cuerpo. Jessica acababa de recoger una de aquellas malditas pinzas que minutos antes llevaba en mis pezones.

Hecha un amasijo de nervios, me fui corriendo hacia el aula. Cuando entré, pasaban ya 20 minutos. Tocaba clase de Matemáticas. Sin saludar siquiera, les mandé hacer los primeros ejercicios del libro. Durante toda la clase, mis ojos no se apartaron de Jessica “¿se habrá percatado de qué era el objeto que había recogido del suelo?” no cesaba de preguntarme. Si la chica se había dado cuenta, no daba muestras de ello. Durante todo el rato estuvo concentrada en los ejercicios y al momento de corregirlos no me dirigió ninguna mirada especial. “Seguramente ni se habrá fijado, pensará que es una pinza para el pelo” pensé. Y sí, seguía sin bragas.

Horas después, y con los nervios a flor de piel, terminó el primer día de clases preparatorias. Llena de sentimientos contradictorios, cogí el autobús para irme a casa. Como profesora, estaba segura de haber hecho un buen trabajo con las primeras clases. Los alumnos se habían aplicado en resolver los ejercicios y habían mostrado interés por mis explicaciones. Tal vez aquello no se me daba tan mal.

Al llegar a casa lo tenía claro, tenía que cortar de raíz aquella relación con los cinco chicos. Al menos mientras fueran alumnos míos. Después de la selectividad, cuando ya no fueran alumnos, ya vería hacia dónde quería llegar yo con ellos. Sí, lo había gozado, y mucho. Pero el riesgo asumido era demasiado alto. No quería jugármela a las pocas semanas que terminara el curso.

Me di una buena ducha y con la cabeza despejada cogí el móvil y escribí un mensaje a los chicos. Les dije que aquello había sido un error, que daba por terminado el juego y que como se les acudiese irse de la lengua tomaría medidas drásticas. Ilusa de mí, aún creía que tenía alguna capacidad de decisión al respecto.

La mañana siguiente me levanté temprano y después de un rato de ejercicio matutino me metí en la ducha y me vestí. Dejé de lado los provocativos atuendos de las últimas semanas y volví a vestir de manera formal. Yo era profesora y ya empezaba a ser hora que mis alumnos me miraran con respeto y no como si fuera un ícono sexual. Nunca debería haber entrado en ese juego.

Dos semanas después

Aquellos quince días habían sido un infierno. Los cinco chicos se habían tomado fatal mi cambio de actitud y no cesaban de entorpecer mis clases. Constantemente hacían preguntas impertinentes, ruidos, hablaban entre sí, molestaban a sus otros compañeros… Ya no sabía qué hacer para controlar la clase. Lo peor de todo era que con esa actitud hacían bajar el ritmo de los demás alumnos. Por muchas horas extra en la biblioteca resolviendo dudas, por mucho que me preparara las clases, veía como el rendimiento de los estudiantes se resentía por la impertinencia de aquellos cinco.

Incluso el Director me había llamado la atención diciéndome que de lejos, mi clase se había vuelto la más conflictiva, que después de casi tres meses, él me creía más capacitada para llevar una clase. Me excusé aludiendo a los nervios de los chicos y a sus jóvenes hormonas, pero en su rostro veía la decepción. Lo había decepcionado, mis esfuerzos no daban resultado. A esas alturas ya no me hacía ilusiones, esas dos semanas habían echado al traste mi reputación y con ella la posibilidad de tener un puesto fijo de profesora en la escuela. Ahora mismo solo aspiraba a terminar las clases de la forma más digna posible y que con suerte, la escuela diera buenas referencias de mí cuando fuera a tirar currículums.

Pero lo peor de todo fue que cuando aquél día por la noche hable con mi madre. Ella vivía en un pueblo, lejos de la ciudad. Normalmente subía a verla una vez al mes y manteníamos contacto por teléfono. Esa conversación para mí fue muy difícil. Las semanas previas había llegado a decirle que estaba muy contenta con mis alumnos, que tenía al Director en mi mano y que quizá me terminarían ofreciendo un puesto fijo finalizado el curso. Ahora todas esas expectativas se habían ido al traste.

Mi madre nunca había considerado en serio que yo pudiera ganarme la vida como profesora. “La carrera de filosofía no tiene salidas profesionales” me había dicho cuando le había hablado de mis intenciones para la universidad. Cuando le hablé de mi vocación como profesora me había dicho que “no te hagas ilusiones, las cosas ya no son como antes. Hoy en día es muy difícil que te contraten en una escuela. Con suerte, te pasarás años y años haciendo cortas sustituciones en diferentes centros sin conseguir estabilidad. Nadie ofrecerá un puesto fijo a una chica joven, no sabrás imponerte a los alumnos, te tomarán el pelo”. Por un momento, creí que podría ver cumplido mi sueño, que le podría decir que ella se había equivocado, que sí que tenía talento para ello. Que había logrado un puesto fijo en una buena escuela, y que ella me miraría orgullosa cuando se lo contara. No me vi capaz de decirle la verdad, que había fracasado, que era incapaz de controlar una clase, ni siquiera podía controlar a cinco alumnos.

Al colgar el teléfono, me sentía frustrada, fracasada y agotada. Sentía como todo el esfuerzo de esos meses había esfumado en dos semanas. Todas las horas dedicadas, la ilusión invertida, todo había sido en vano. Como profesora había demostrado ser un fracaso. Mandé un mensaje a los chicos, únicamente quería terminar las semanas que quedaban de clase en paz. Que como mínimo no fastidiaran la selectividad a sus compañeros de clase. Al cabo de una hora, tenía al grupo en mi piso. Les intenté explicar la situación, lo graves que podrían ser las consecuencias si alguien nos hubiera descubierto. Que seguramente algunos profesores y compañeros de clase ya sospechaban algo. Les dije que únicamente quería que mantuviéramos las apariencias las dos semanas que quedaban, que luego podrían podrían venir algún día a mi piso a cenar y hacer lo que quisieran conmigo. Yo hablaba y hablaba, nerviosa, ellos me miraban fijamente. Al cabo de un rato que quedé callada y se hizo un silencio tenso que rompió Marcos.

– Es una pena que cambiaras tu actitud hacia nosotros de forma tan brusca. En estas semanas ni siquiera nos has mirado a la cara.

Asentí, sin saber qué decir.

– Disculpate por ello- Añadió.

Me disculpé. Les dije que lo sentía.

– Si quieres que nos portemos bien, debes portate bien tu también.- Dijo Raúl.- Arrodíllate.

Sin saber muy bien porque, me arrodillé ante ellos.

– Es una pena, el Director te tenía en muy alta consideración. El otro día lo escuchamos hablar con la Jefa de Estudios, parece ser que estas últimas semanas se siente decepcionado contigo- Dijo Juan.- Mueve un poco el culo.

Un poco avergonzada, de rodillas ante los cinco chicos, moví mis caderas. Los cinco asintieron, divertidos.

– Parece ser que hay una profesora que este año se jubila- Dijo Antonio ante mi atónita mirada.- Tal vez podamos ayudarte a conseguir el puesto. Abre la boca.

Sorprendida, abrí la boca. No me gustaba el cariz que estaba tomando aquello. ¿Qué pretendían hacerme? Yo estaba de rodillas ante ellos, meneando mis caderas y con la boca abierta. Notaba como resbalaba mi saliva por la comisura de mis labios. Pero mi mente sólo pensaba en una cosa “¿habría una vacante de profesora titular? ¿realmente podría optar a ocupar su plaza?”

– No le caes muy bien a la Jefa de Estudios, ni siquiera te tuvo en cuenta para cubrir esa plaza. Ella es partidaria de buscar a alguien con años de experiencia. Alguien que pudiera controlar a los alumnos.- Dijo Andrés.- Pero parece ser que el Director aún te tiene cierto aprecio. Dijo que el Claustro debería considerarte como una opción, debido a que ya tienes experiencia en el centro. Si te portas bien, nosotros nos portamos bien. ¿No te gustaría un puesto fijo en la escuela? ¿Por que para eso has invertido tanto esfuerzo y horas extras, verdad? ¿Siempre aspiraste a la posibilidad que te contrataran de titular, verdad? Si estoy en lo cierto, haz un ladrido, como un perrito.

Mis ojos se abrieron sorprendida, ¿así que aún no estaba todo perdido? El Director aún me tenía en cierta estima. Ilusionada, imité el ladrido de un perro. Los chicos me miraron divertidos mientras me acariciaban la cabeza, como si fuera su mascota.Con un gesto me indicaron que me levantara.

– Bien, así que estamos de acuerdo, nosotros nos portamos bien, y tu te portas bien.- Dijo Marcos

– ¿Qué queréis? Por favor, haré lo que me pidáis, pero fuera de la escuela. En la escuela no, por favor.- Imploré. No quería volver a asumir el riesgo que nos descubrieran. No ahora que veía una oportunidad de lograr mis sueños.

– Ya veremos qué te pedimos a cambio. De momento te vamos a pedir un gesto de buena voluntad. Vuelve a llevar nuestros juguetitos en clase- Dijo Andrés con una sonrisa.

– No, eso no, por favor, la última vez fue una tortura. Si queréis me vestiré todo lo sexy que queráis, pero eso no por favor- Dije recordando el momento en que Jessica me entregó la pinza vibradora.

– Veamos… a ver… busquemos algo que nos haga contentos a todos…- Meditó Juan- Qué tal si a cambio, asistes a clase sin ropa interior de ningún tipo? Ni medias, ni bragas ni sujetador.

Los otros chicos asintieron a la propuesta. Lo pensé unos instantes, eso como mínimo lo podría disimular mejor. Salvo ellos cinco, nadie más tendría que enterarse de que iba sin ropa interior. Si eso era lo que querían a cambio de que me dejaran terminar las clases con tranquilidad…

– De acuerdo. Lo haré.- Dije ruborizada de vergüenza.

Los chicos hicieron ademán de irse, pero antes de cruzar la puerta, Raúl se giró.

– Recuerda, esto es sólo como signo de buena voluntad. Ya pensaremos qué pedirte a cambio de ayudarte.

Y, dejándome totalmente con la palabra en la boca, cerraron la puerta y se fueron. Me quedé unos instantes allí de pie, sin saber qué hacer. Mi respiración estaba acelerada. Sin darme cuenta, con una mano me agarraba un pecho y con la otra me estaba frotando la entrepierna. En algún momento, el arrodillarme ante ellos y moverme como si fuera su perrita, me había excitado. No lo terminaba de entender, pero esos segundos en que me sentí totalmente dominada por ellos, me habían excitado.

Me meté en la ducha y mientras la cálida agua me relajaba, medité sobre lo sucedido. Lo peor de todo era que si yo no hubiera gozado con el striptease. Si no hubiera disfrutado enormemente cuando me follaron en la escuela.Tal vez hubiera sido todo más fácil. Había empezado como un juego y poco a poco ellos habían ido tomando el control de la situación. Cada vez les había entregado una parte de mi voluntad. Hasta el punto de ser casi imposible negarme a nada que me pidieran. ¿En qué momento me habían dominado completamente? Seguramente desde el momento en que empecé a gozar con ello.

Quince días más tarde

Las dos últimas semanas de clase habían ido mucho mejor que las anteriores. Los cinco chicos volvieron a comportarse y la clase recuperó su rendimiento normal. Yo seguía invirtiendo muchas horas de mi tiempo libre para preparar las clases, pero no me importaba. Ver la atención que me prestaban los alumnos, ver como me hacían interesantes preguntas o como se esforzaban en los ejercicios era recompensa suficiente. Me quedaba hasta tarde en la biblioteca resolviendo las dudas de los alumnos. Hacía más horas que ningún otro profesor. Hasta el Director me felicitó por haber sabido reconducir la clase “sus alumnos son los que mejor preparados veo para la selectividad” me dijo abiertamente.

Los cinco no hicieron ningún gesto, ni ninguna proposición obscena. Nada que levantara ningún tipo de sospecha. Aunque debo admitir que no todo fue según lo previsto.

Unos días después a la charla en mi piso, el sistema de aire acondicionado de la escuela se estropeó. Aunque ahora, cada vez estoy más convencida que aquello no fue una avería fortuita, estoy segura que uno de aquellos cinco chicos saboteó el sistema.

La cuestión era que, sin aire acondicionado, esas últimas semanas de junio hacía un calor tremendo en clase. Así que, ya os podéis imaginar como lo pasé yo, que iba sin ropa interior.

El primer día, vestía una camisa blanca y una falda de tela oscura. Tuve que interrumpir unos ejercicios que escribía en la pizarra al darme cuenta que, con el sudor, mis pezones se transparentaban a través de mi camisa. Tuve que continuar la clase desde la mesa, pero al levantarme, toda la falda se había quedado pegada a mi trasero.

Decidí cambiar mi vestimenta, opté por pantalones tipo “short” y camisetas oscuras. Pero aún así, el sudor me jugaba malas pasadas. Mis pezones se pegaban a la camiseta, no eran pocas las veces que observaba la mirada de mis alumnos fija en mis pechos. Y los pantalones se me pegaban al cuerpo, marcando mis labios vaginales.

Pese a todo, no recibí ningún comentario al respecto, y pasados los primeros días, hice como si no pasara nada. “Total, en menos de dos semanas vas a dejar de verlos” pensé.

Fue el último viernes de clase, al mediodía, los cinco se quedaron en el aula después de la última clase. Tenían una propuesta que hacerme. Actué como si estuviera resolviendo dudas con ellos.

– ¿Qué queréis?- Pregunté.

– Ya sabes lo que hay esta tarde, ¿verdad?- Dijo Marcos mientras sacaba un paquete de su mochila.

Aquella tarde había planeada una sesión de yoga para que los alumnos se relajaran antes de la selectividad y ayudarlos a lidiar con el estrés de los exámenes. La asistencia era voluntaria.

– Vas a venir a la sesión de yoga, vistiendo esto- Dijo Marcos señalando el paquete envuelto.

– Y… ¿ya está?- Pregunté extrañada

– Por supuesto que no- Añadió Andrés- Volverás a usar nuestros regalitos.

Los miré suplicante.

– No te preocupes, esta vez no te vamos a martirizar tanto como al principio. Únicamente queremos que te relajes un poco más, últimamente se te ve muy estresada.- Dijo Raúl.

– Si lo haces, te contaremos un secreto- Dijo Juan. Y con ello los cinco chicos abandonaron el aula.

Ese mismo día a la tarde

Como pensé, a la sesión de yoga, asistió menos de la mitad de los alumnos de bachillerato. Decir que asistieron un tercio sería ser generosa. De mi clase, a parte de los cinco chicos, solo asistían Jessica y un par de chicas más.

Jessica era la chica que a mi me hubiera gustado ser. Alta, morena, con una silueta esbelta, sus formas femeninas bien definidas, unos generosos pechos…. Tenía un porte que indicaba un alto grado de confianza en si misma, justo lo que yo carecía. Aquél día vestía un top muy escotado y unos leggings bien apretados que no dejaban mucho lugar a la imaginación. Con diferencia, era la chica más atractiva de la escuela.

Pero aún así, yo acaparé la mayor parte de atención. El paquete que me habían dado los chicos contenía un conjunto deportivo rosa chillón. Estaba compuesto de un top, no tan escotado como el de Jessica, pero era la parte inferior lo que me ruborizaba. Eran unos pantaloncitos cortos que apenas cubrían mi trasero, dejando la parte inferior de mi culo al descubierto.

Por suerte, mis ejercicios matutinos me habían dado un vientre plano. Tenía que reconocer, que mi lindo trasero se resaltaba de una forma muy erótica con aquél pantaloncito, pocas chicas podían presumir de un culito tan bonito como el mío.

Cuando me vi con ellos estuve a punto de quitármelos y ponerme otra cosa, demasiado provocativa para mi gusto. Para jugar a voley playa tal vez, pero para ir a la escuela… Fue al ver que era la única profesora que asistía a la sesión de yoga que decidí darles el gusto a los chicos. Llevaba el huevo en mi vagina. Dejé las pinzas en casa porque se marcaban a través del top.

La sesión se hacía en el gimnasio de la escuela y era impartida por un “personal trainer” bastante atractivo que no apartaba los ojos de mí o de Jessica. Devorándonos con la mirada. Durante toda la hora tuve a mis chicos detrás mío (era obvio que se reservarían los “mejores asientos”). Los vibradores trabajaron a un ritmo suave, excitándome poco a poco pero sin llegar a enloquecerme de placer. Mi único temor fue la preocupación de si, con las extrañas posturas que nos hacía hacer el entrenador, mis fluidos vaginales traspasarían mi short.

Poco antes de finalizar la sesión ya había alcanzado un placentero orgasmo. Al terminar, antes de ir al vestuario, los cinco chicos se me acercaron. En sus labios había marcada una pícara sonrisa.

– Ayer escuchamos una conversación interesante entre el Director y la Jefa de Estudios- Dijo Antonio.

– Al parecer, el Director está encantado contigo, y no sólo él. La mayoría de profesores del claustro están encantados en cómo has llevado la clase estos meses- Añadió Raúl.- Tal vez sea porque últimamente le hemos hablado muy bien de ti. Sobre cómo te has esforzado para convertirnos en unos chicos aplicados. Aunque sinceramente, hay que reconocer que, de lejos, eres la profesora que más se preocupa por sus alumnos.

– Pero, sigues teniendo a la Jefa de Estudios en contra. Ella considera que te falta experiencia y que esto se ha notado en el último mes de clase. Considera que no estás preparada para dirigir durante todo un año a una clase de segundo de bachillerato.- Dijo Juan.

– Palabras textuales de ella “para dirigir una clase de parvulario aún, pero un segundo de bachillerato le viene grande”- Dijo Andrés.

– Al final acordaron una especie de “compromiso”- Dijo Marcos.- Si realmente la nota media de tus alumnos en la selectividad es sustancialmente mayor que la de las otras clases, el claustro aprobará darte la plaza vacante. De lo contrario buscarán una profesora con más experiencia.

Al escuchar aquello, no cabía de felicidad, mi sueño parecía a punto de cumplirse. Tuve que reprimir la tentación de abrazar a los chicos. Estaba casi convencida de tener asegurado el puesto, por mucho que tuviera esa “vieja chocha” en contra. En los últimos días, todos mis alumnos resolvían de forma satisfactoria todos los ejercicios de cualquier asignatura. Entonces habló Antonio.

– No hace falta decir, que una mala selectividad por parte nuestra, daría al traste con tu puesto.

– Esta bien, ¿que queréis?- Dije asegurándome que no había nadie alrededor. Estaba tan ilusionada que aceptaría cualquier cosa que me propusieran.

– Una noche entera contigo, sin normas.- Dijo Rúl.

Aquello me dejó totalmente sorprendida, aunque no se muy bien por qué, era obvio lo que querían de mí los chicos.

– De acuerdo, pero…- Empecé a decir, pero Juan me interrumpió.

– Sin reglas es sin reglas ni peros. Una sola noche, a nuestra total merced. A cambio del trabajo de tus sueños. ¿Qué dices?

– No hace falta decir, que si por la razón que sea, no consigues el trabajo. El acuerdo queda roto. Únicamente a cambio que consigas el puesto.- Añadió Antonio.

Medité unos instantes. Notaba mi corazón palpitando a mil por hora. ¿Una sola noche de sexo a cambio del trabajo de mi vida? Llegados a este punto, por supuesto que acepté. Total, los chicos ya habían tenido sexo conmigo, no iba a implicar nada nuevo ese acuerdo. Ni tan siquiera me plantee qué podía implicar aquello de “sin normas”. Tal vez estaréis pensando que mi actitud no distaba de la de una prostituta. Al fin y al cabo, ofrecía sexo a cambio de un puesto de trabajo. Tal vez tengáis razón. Pero en aquél momento, aún no me lo parecía. “Hizo profesión de puta” escribí, casi como una premonición, en la pizarra el primer día de clases preparatorias.

Minutos después

Entré distraída en el vestuario para cambiarme. Ese día aún me depararía otra sorpresa. Allí estaba Jessica con otras dos chicas, trasteando mi bolsa de ropa.

– ¡Eh! ¿Qué estáis haciendo?- Grité.

– Eso nos gustaría saber a nosotras, profe.- Dijo Jessica arrastrando especialmente la palabra “profe”.

Sin darme cuenta, las otras dos chicas se habían situado a mis espaldas y de repente me sujetaron fuertemente los brazos.

– ¿pero qué hacéis? ¡Soltadme!- Jessica se iba acercando cada vez más a mí.

– ¿Dónde lo escondes?- Me preguntó con una sonrisa.

– No sé de qué me hablas- Le grité. “¿Cómo podía ser que nadie acudiera a mis gritos, no quedaba ya nadie allí?”

– Lo sabes perfectamente.- Dijo Jessica- Ellas no me creían cuando se lo conté así que las reté a comprobarlo personalmente. Dime, ¿dónde guardas tu vibrador? O creías que no había reconocido el objeto que te recogí del suelo?

Yo estaba estupefacta “así que lo sabía desde el principio”, no sabía que responder. Ni siquiera intentaba pedir auxilio. Jessica se acercó todavía más, su nariz casi rozaba la mía. De repente empezó a palparme mis pechos. Grité todavía más. Jessica me miraba con cierta frustración. Al parecer al palpar mis pechos no encontró lo que buscaba.

– No me dirás que…- Y con un gesto brusco me quitó los shorts y el tanga. Solté un grito de sorpresa.

– Vaya vaya, así que nuestra querida profesora cuida su aspecto íntimo.- Dijo al contemplar mi pubis depilado. Detrás mío escuchaba las risitas de las otras dos chicas. Jessica fue más allá.

Contuve un gemido al notar como introducía sus dedos dentro de mi vagina. Con todas mis fuerzas intenté liberarme del agarre de las dos chicas, pero me tenían firmemente sujeta. Cesé en mis esfuerzos al notar como Jessica retiraba cierto objeto de mi interior.

– Mirad nuestra conejita en celo lo que ocultaba.- Dijo Jessica sosteniendo triunfalmente el humedecido huevo ante las otras chicas.- ¿Qué os decía? Nuestra querida profe es una pervertida, verdad? Mirad qué mojada que está. No eres más que una putona y una buscona.

Ni siquiera intenté dar una respuesta a sus comentarios. Impotente observé como Jessica me levantaba el top, descubriendo mis pechos.

– ¿Hoy no llevas tus pincitas?- Dijo burlona.- ¿Qué pretendías conseguir vistiendo como una stripper en clase? ¿Te follaste al Director a cambio que te diera el trabajo?

– Creo que eres la menos adecuada para hablar sobre vestimenta.- Le repliqué. Que precisamente ella, que cada día vestía de la forma más provocadora posible me echara en cara mi forma de vestir, era de lo más hipócrita.

– ¿De dónde venías ese día que llegabas tarde a clase? ¿De follarte al Director? ¿Te van a dar el puesto de la que se jubila a cambio de que se la chupes? ¿Por eso te limpiabas tanto la cara ese día?- Yo callé, muerta de vergüenza. Parte de razón no le faltaba. “¿Es que todo el mundo menos yo se había enterado que se jubilaba una profesora?”

En un acto reflejo, al notar que las chicas relajaban su presión sobre mí para terminar de quitarme el top, con un gesto brusco aproveché para escapar. Salí del vestuario como una exhalación para dirigirme “¿a dónde?”. Desnuda como estaba no podía ir a ningún sitio. Mi mente únicamente estaba concentrada en escapar de esas tres maníacas.

Corrí sin rumbo creyendo que con mi entrenamiento matutino, podría dejarlas atrás. Pero me acorralaron en el gimnasio mientras intentaba escapar por la salida de emergencia.

– ¿Pero dónde vas?- Dijo Jessica tirándome del pelo- ¿No te han dicho que así desnuda no puedes salir a la calle?

Las otras dos chicas volvieron a sujetarme.

– Ya que tanto te gusta este sitio, casi mejor te dejamos aquí.- Dijo Jessica mientras cogía unas cintas de goma para hacer estiramientos.

– No… No por favor… no podéis hacerme eso.- Supliqué al ver las intenciones de las chicas.

Mis ruegos y súplicas fueron inútiles. De nada sirvieron mis lloros. Por el motivo que fuera, aquellas chicas estaban muy resentidas conmigo. Nunca llegué a sospechar que les molestaría tanto el hecho que los demás chicos se fijaran más en mí que en ellas. Por mucho que forcejeé e intenté luchar, no pude evitar que Jessica me atara con las gomas a las espalderas del gimnasio.

– Aquí te quedas, nos vemos el lunes.- Dijo Jessica burlona mientras se iba.

– ¡Esperad! No podéis dejarme así! Por favor!- Pero mis palabras fueron en vano.

– Si sigues gritando, con un poco de suerte, tal vez venga alguien a ayudarte. Aunque estás tan apetecible que dudo que se limite a soltarte sin más. Tus tetas no son nada del otro mundo, pero hasta yo debo reconocer que siento envidia de tu culito. Al menos así evitarás pasar el fin de semana aquí.- Dijo Jessica antes de salir.

– Grita grita, seguro que le alegras el día a quien venga.- Dijo una de las chicas antes de que salieran por la puerta y cerraran las luces.

Y allí me quedé yo, completamente a oscuras, desnuda y atada. Desconozco el tiempo que estuve forcejeando con aquellas malditas gomas hasta que finalmente pude liberarme. Cuando me desaté, respiré aliviada pero todo mi cuerpo temblaba de miedo. El personal de limpieza aún estaría trabajando, pero por suerte, pude llegar al vestuario sin ser vista. Allí me esperaba otra sorpresa.

Las chicas se habían llevado mi ropa de calle, únicamente disponía del conjunto deportivo para cubrirme. Pero para mi decepción, ni eso tenía. Aquellas malnacidas habían roto el top, haciendo dos agujeros en el lugar de los pechos y habían rasgado mis shorts convirtiéndolos en una especie de tanga.

Muerta de vergüenza, no tuve más remedio que vestirme con eso. Afortunadamente, encontré una toalla en una de las taquillas. Me la envolví en las caderas a modo de falda y con mi bolsa de deporte agarrada sobre mi pecho, salí del instituto.

Agarrando fuertemente la toalla y la bolsa, no cesé de correr hasta llegar a casa. Notaba las curiosas miradas de los transeúntes con los que me cruzaba. Una chica cubriendo sus partes bajas con una toalla y con una bolsa de deporte firmemente agarrada. Aunque no mostrara nada, era obvio que mi atuendo era de lo más extravagante.

Llegar a mi piso fue como acceder al cielo. Por fin, a salvo. Una buena ducha calmó mis nervios. Mi primer pensamiento fue en ir a denunciar aquello. Pero, ¿qué iba a decir? Era obvio que si denunciaba, las chicas predicarían a los cuatro vientos que me habían sorprendido llevando juguetes sexuales en la escuela. No me podía permitir aquello, no cuando tenía mi sueño a tocar. Por otro lado, pensé fríamente, si yo no hacía nada, las chicas tampoco iban a irse de la lengua. Ellas tenían bastante a perder. Al empezar las clases, había estudiado los expedientes de cada alumno. Aquellas tres chicas se esforzaban al máximo porque necesitaban una beca para poder pagarse la universidad. Si yo contaba lo sucedido, el instituto les revocaría la beca que tenía pre-aprobada. No, si yo no daba el primer paso, ellas no dirían nada. El silencio nos beneficiaba a todas.

Aún así, pasé el fin de semana totalmente inquieta.

Lunes siguiente. Primer día de selectividad

Aquél día acudí muy puntual a la escuela. Los autobuses que debían llevarnos a la universidad donde se hacían las pruebas de selectividad acababan de llegar. Yo estaba temblando de los nervios, pero no por lo que había prometido a esos cinco chicos ni por lo sucedido el viernes en el vestuario. Estaba nerviosa por todos mis alumnos, sin excepción. Aquellos exámenes eran la prueba más importante de su vida hasta el momento. Y para esa prueba los había preparado yo, una profesora sin ningún tipo de experiencia previa. Cuando el autobús arrancó, de nuevo me asaltaron las dudas, ¿habría hecho bien mi trabajo? ¿estaban realmente preparados? ¿me había esforzado lo suficiente? ¿verían su esfuerzo recompensado?

Había invertido lo mejor de mí en formarlos para la selectividad. Había dedicado horas extra, fines de semana enteros, preparándolos para esos exámenes. Muchas horas en la biblioteca resolviendo dudas hasta bien entrada la noche. Y aún así aún dudaba sobre si podría haber hecho más por ellos. Sabía lo duro que podía ser para alguien en esa edad que un simple examen echara por los suelostus expectativas de futuro.

Cuando tenía su edad, había visto la cara de frustración de alguno de mis amigos al quedarse a las puertas de la carrera de sus sueños. Los había visto llorar impotentes porque se habían quedado unas décimas por debajo de la nota requerida. No quería que ninguno de mis alumnos se viera en esa situación.

Durante esos tres meses, había estado a su lado, haciendo todo lo posible por ellos, resolviendo sus dudas, ayudándolos en todo, incluso en asignaturas que no eran mi especialidad. Pero en cuanto bajaran del autobús y entraran en las aulas para hacer los exámenes, estarían solos. Ya no podría ayudarles, ni resolver ninguna duda sobre algún enunciado. Sólo podrían contar con el esfuerzo de su estudio y el conocimiento que les hubiera transmitido yo.

Sin casi darme cuenta, el autobús había llegado a la universidad. Con una extraña sensación en el cuerpo, bajé con mis alumnos y los acompañé hacia las aulas donde tenían que examinarse.

Sólo cuando vi entrar al último de ellos, me acordé de mi apuesta con aquellos cinco chicos. Pero no le dí mayor importancia, al fin y al cabo no sería muy distinto de lo que ya habíamos hecho. Vendrían una noche a mi piso y tendríamos sexo y harían conmigo lo que quisieran hasta la madrugada. No sabía lo equivocada que estaba.

CONTINUARA

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