Aquél día me levanté temprano y de buen humor. Hacía un mes y medio que había recuperado mi rutina de hacer un poco de ejercicio antes de desayunar. Tenía ganas de cuidar mi cuerpo. Desayuné y me metí en la ducha. Tenía tiempo y quería emplearlo bien. Hacía semanas que, en lugar de recoger mi pelo en un moño o en una cola, me hacía pequeñas trenzas o modernos peinados que veía por internet. Ese día me dio por los rizos. Me espumé bien el pelo y con el secador me lo ricé ligeramente. Me contemplé unos instantes, desnuda, ante el espejo. Me gustaba lo que veía.

Soy bajita pero tengo un cuerpo bonito, o al menos eso pienso yo. Tengo el pelo rubio, unos pechos no muy grandes pero firmes, y un redondeado y bonito culo.

Empecé a vestirme. Me puse un sujetador “push up” negro y un tanga a juego. Me vestí con una blusa negra semitransparente y una minifalda de cuero negro. Decidí no ponerme medias y me calcé con unos zapatos también negros.

Antes de salir de casa me miré al espejo de mi recibidor. Parecía lista para salir de fiesta, pero en lugar de ello, iba al instituto, a dar clases a mis alumnos. Mi sujetador resaltaba generosamente mis pechos a través de la fina blusa. Me di la vuelta y contemplé como la falda marcaba mi trasero. Quizá demasiado provocativa, pensé. Pero diantres, tengo 27 años, si a esa edad no me visto seductora, ya me diréis cuando podré hacerlo. Además, en todas esas semanas nadie se ha quejado de ello.

El motivo del cambio en mi vestimenta fue una apuesta que hice con mis cinco alumnos más problemáticos de mi clase. Llevaban tiempo suspendiendo asignaturas y habíamos acordado que si prestaban más atención a clase y se esforzaban, yo me vestiría de forma seductora para ellos.

Bueno, eso y… también acordé con ellos que si sacaban un excelente en todas las asignaturas en los exámenes finales, haría un striptease ante ellos. Ya habían demostrado en los parciales que eran capaces de sacar notas muy altas. Y realmente el último mes y medio se habían aplicado mucho en las asignaturas. Cada vez veía más probable ese striptease.

Pero tiempo al tiempo. El primero en notar mi cambio de vestimenta fue el Director del instituto. “Un poco extremada, ¿no?” me dijo cuando me vio por primera vez vistiendo una camiseta escotada y unos apretados pantalones negros sin bolsillos que, con el tanga que llevaba debajo, no dejaban mucho espacio a la imaginación. Pero no me dijo nada más. Seguramente a él no le desagradaba mi cambio de look.

El motivo por el que estaba interesada en que aquellos cinco chicos sacaran buenas notas era el hecho que mi trabajo como profesora era solo una sustitución de 3 meses. Si conseguía demostrar que conmigo los alumnos sacaban un mejor rendimiento que con la profesora titular, probablemente me ganaría un puesto fijo como profesora. Sí, toda mi vida he soñado con ser profesora, y ahora por fin parecía que mis sueños se iban a cumplir.

También hay otro motivo, aunque este no lo admitiré ante nadie. En mis 27 años he pasado varias rupturas amorosas, llevo varios meses sin pareja estable. El hecho que unos chicos de 18 años me encuentren más atractiva que sus propias compañeras de clase no sólo me hace subir mi autoestima y la confianza en mi misma sino que, por que negarlo, también me excita un poco.

Sí. Lo reconozco, me excita cuando estoy en clase y sorprendo algún alumno con la mirada fija en mi escote. O esos susurros cuando me levanto para escribir algo en la pizarra. O cuando un alumno pícaro me tira mis apuntes de la mesa, obligándome a agacharme, y a juzgar por la expresión del alumno, revelando a través de la falda mucho más de lo que me gustaría.

O cuando me encuentro subiendo las escaleras con varios chicos andando detrás mío, siguiéndome unos cuantos escalones por debajo. Estoy segura que contemplaban más de lo que yo hubiera deseado mostrar. Pero soy joven y gracias a aquello me sentía atractiva de nuevo.

La mayor fricción la tuve con mis compañeras de trabajo femeninas. Los otros profesores no hacían sino colmarme de atenciones. Se morían por llevarme en coche a casa a fin de evitarme el trayecto en autobús. Las invitaciones a comer o cenar después de clase eran constantes. Pero en cambio la relación con las otras profesoras, todas mayores de cincuenta años, era distinta. En mis primeros días en la escuela me daban consejos, resolvían mis dudas, pero ahora estaban muy distantes. En más de una ocasión las había escuchado susurrar la palabra “puta” o “guarra” cuando entraba en la sala de profesores. Pero qué me importaba a mí lo que pensaran unos viejestorios. Tenía al Director en mi mano, no solo notaba como me comía con la mirada sino que además mis alumnos tenían un rendimiento mejor del que podían presentar el resto de profesores.

Mientras los resultados académicos de mis alumnos siguieran así, nadie cuestionaría mi vestimenta.

Una de mis primeras ideas como profesora había sido crear un grupo de estudio para los cinco alumnos que más suspendían. Después de clases nos quedábamos en la biblioteca para resolver dudas sobre cualquier asignatura. Sí, una vez me quité la ropa ante ellos, pero únicamente fue una camisa y una falda, además debajo llevaba un bikini, así que no cuenta como algo obsceno. Sí, también dejé que me dieran unas palmadas en el trasero. Y sí, disfruté con ello, pero centrémonos en lo que os estoy contando.

Ahora los asistentes al grupo de estudio se habían multiplicado, no sólo eran de mi clase, sino que también acudían alumnos de otras clases para repasar asignaturas. Sí, la inmensa mayoría eran varones. Pero realmente el grupo de estudio daba resultados, no había nadie que gracias a mi esfuerzo no mejorara su rendimiento escolar.

También notaba cierta tirria con algunas alumnas. Me miraban con desprecio y murmuraban cuando se cruzaban conmigo en el pasillo. Seguramente se sentían molestas que sus compañeros de clase me miraran más a mí que a ellas, por muchos escotes, tops y minifaldas que llevaran.

Pero como he dicho, había cinco alumnos en los que pensaba constantemente. Se llamaban Juan, Marcos, Raúl, Antonio y Andrés. Y a ellos les había prometido un striptease en caso de sacar un excelente en los exámenes finales. Pero yo pensaba en todo.

La política del centro, acertada en mi criterio, es que los profesores elaboran los exámenes pero en cambio su corrección la realiza personalmente el Director. Ello evita que una buena o mala relación entre profesor y alumno pueda influir en la nota de éste.

Ello me dejaba sin margen para hacer trampa. No podía influir de ninguna forma en la nota que sacaran. Tampoco podía poner unos exámenes extremadamente difíciles o el resto de alumnos bajaría la nota y entonces mi reputación como profesora se iría cuesta abajo. Pero conocía en qué puntos fallaban más esos cinco chicos. Y allí era donde tenía puestas mis esperanzas. Mis exámenes incidirían en estos aspectos. Estaba convencida que no iban a suspender porque realmente estaban extremadamente motivados para ganarse un excelente. Pero que no llegarían a tan alta nota.

Así, aquél día de finales de mayo, con blusa semitransparente y minifalda de cuero, entré en la clase y empecé a repartir los exámenes. Noté como sonreían los cinco chicos al ver las preguntas. Mi mirada no se apartaría de ellos, como les pillara copiando o sacando una chuleta, se acabaría el juego.

Una semana después

El Director me volvió a felicitar personalmente. Todos mis alumnos habían mejorado su nota respecto los parciales, y eso que mis exámenes no eran precisamente fáciles. Disimulando mi ansiedad, le pregunté por las notas de los cinco chicos, esperando no mostrar un excesivo interés. El Director me volvió a dar la enhorabuena por mi idea sobre el grupo de estudio. Ninguno de aquellos chicos tenía una nota inferior a 9/10.

Tragué saliva. Con sentimientos encontrados, me despedí del director y bajé las escaleras. Al parecer ellos ya conocían sus notas. Me esperaban los cinco al rellano de la escalera con una sonrisa de oreja a oreja.

-¿Cuándo entonces?- Preguntó Marcos directamente.

Me puse nerviosa y no me salían las palabras de la boca. Ahora mismo me arrepentía de haber hecho aquella maldita apuesta.

-No te vas a echar atrás ¿verdad?- Dijo Raúl

-Nosotros hemos cumplido, ahora te toca a ti- Insistió Juan

Realmente, nada me obligaba a cumplir con ello. Vale, había dado mi palabra, pero ¿qué significaba aquello? Podría desdecirme y no me iba a pasar nada, ningún rayo me fulminaría al instante. No me sentía vinculada por aquél pacto hecho hacía cosa de un mes en la biblioteca. Si me negaba, ¿qué iban a decir, qué iban a hacer? Irían proclamando por el instituto que no me había desnudado ante ellos? Ridículo.

-De acuerdo, el viernes a las nueve de la noche. Ya conocéis donde vivo.

¿Que por qué dije aquello? A fecha de hoy también me lo pregunto. No me sentía para nada vinculada con aquella maldita apuesta. Entonces ¿qué era? Venga, lo admito. Aquellos chicos eran guapos, bastante guapos la verdad. Y yo venía de una difícil ruptura con mi expareja hacía cinco meses. Y sí, en esos cinco meses no había tenido contacto íntimo con ningún hombre. Así que, LO ADMITO, la posibilidad de tener esos cinco atractivos chicos pendientes de mi cuerpo durante un rato me excitaba. No os lo negaré, más de una vez había fantaseado con ello. Así que SI, acepté. La Laura pervertida se había impuesto sobre la Laura racional.

Pero eso tampoco implicaba que fuera una ingenua. Los detuve antes que se fueran.

-Recordad el trato. Nada de teléfonos móviles, ni fotos ni vídeos. Únicamente haré un striptease, nada más. No tocaréis mi cuerpo, ni habrá nada de sexo. No os hagáis ilusiones al respecto. No haréis nada que yo no apruebe. Incumplid cualquiera de estas cosas y os encontraréis una denuncia a la policía. Sois mayores de edad, seguramente acabaríais en la cárcel. No creo que os interese. Y una última cosa: Nada de alcohol. No quiero un botellón en mi casa.

Los chicos aceptaron y se fueron, dejándome pensativa en el vacío vestíbulo del colegio. Demasiado rápido habían aceptado. O no contaban con que aceptaría o allí había gato encerrado. Mi advertencia iba en serio, como intentaran sobrepasarse no tendría manías en ir a la policía. Tampoco parecían capaces de tomar una chica a la fuerza. Una cosa era que fueran un poco gamberros y otra muy distinta que fueran una panda de violadores. Además, tenían a la mitad de chicas de la clase detrás suyo. No se por qué será que las chicas siempre sentimos atracción por los chicos malos.

Quien me iba a decir que en lugar de invitar a cenar a uno de los atractivos profesores del instituto, el viernes cenaría con los chicos más problemáticos de segundo de bachillerato. Quizá un poco loca sí que estaba. Pero todo el mundo tiene derecho a divertirse y a hacer una travesura en la vida no? Me pasé la universidad rodeada de apuntes y libros mientras mis amigos lo pasaban en grande. Así que, aquello sería la travesura de la universitaria que aún llevaba dentro. Aquella experiencia de la universidad que nunca contarás a nadie. Vale, ya no estaba en la universidad, pero qué mas daba.

Viernes por la noche

Estaba muy nerviosa, se acercaba la hora en qué llegarían los chicos y la verdad, no sabía muy bien como tomarme todo aquello. Mi interior era un amasijo de nervios y contradicciones. Para intentar relajarme, encendí la tele, daban una peli de superhéroes, una chica con atuendo de ninja se enfrentaba a una villana con pinta de cyborg. Pero enseguida perdí el interés y me dirigí a la cocina.

Para que no fuera llegar ellos y desnudarme, preparé algo para cenar, no quería que fuera una situación brusca. Tampoco sabía que intenciones tendrían ellos, no me engañaba, por mucho ejercicio que hiciera, estaría totalmente indefensa si aquellos cinco musculosos chicos querían tomarme por la fuerza.

Hice algo elaborado para cenar, ensalada con queso burgos y de segundo empanadillas de pollo. No conocía a nadie que no le gustaran mis empanadillas de pollo. De postre no me había dado tiempo a preparar nada, bueno creo que era obvio que yo sería el postre de la velada.

Nerviosa y con el tiempo echándose encima mío, me duché para quitarme el olor a cocina de mi cuerpo y antes de vestirme, dediqué unos minutos a mi cuerpo. Me depilé las piernas y las axilas y después de dudar unos instantes, me depilé también el pubis. Si iban a contemplarme, que al menos vieran que cuidaba al máximo mi aspecto. De hecho nunca me ha gustado el vello púbico, pero después de tantos meses sin intimar con un hombre una va descuidando su belleza íntima.

En cuanto a la ropa, dudé unos minutos qué prendas elegir. Finalmente escogí unas braguitas de encaje semitransparentes, descarté un sujetador “push up” (por qué engañarme a mí y a ellos si me iban a ver tal como vine al mundo) y elegí uno sin tirantes de fino encaje sin relleno. Era uno de mis favoritos aunque no ayudaba a resaltar mi pecho. Me puse unas finas medias y me decanté por un vestido que hacía años que no me ponía. Era un vestido de seda negra, que se sujetaba por detrás con una cremallera y me llegaba hasta las rodillas, no tenía un buen escote, pero en fin, ¿para qué necesitaba esa noche un escote? En cuanto al calzado elegí unos finos zapatos con tacones de aguja que siempre me molestaban al andar, pero precisamente hoy no iba a caminar mucho. Me alisé el pelo con la plancha y me contemplé unos segundos en el espejo de mi habitación. Sí, me veía atractiva. Una “tía buena” como dirían la mayoría de hombres. Hacía tiempo que no me sentía así.

Me sorprendí al descubrirme pensando en la cara que pondrían los chicos cuando, lentamente, me bajara la cremallera del vestido. Luego me asaltaron las dudas ¿y si no les gustaba lo que verían? ¿y si tenían una visión idealizada de mi cuerpo y al verme desnuda se decepcionaban? ¿Y si todo aquello era un error? ¿No sería mejor llamarles y anularlo todo? El timbre de mi puerta interrumpió mis pensamientos ¿Ya era la hora?

Abrí y allí estaban los cinco chicos, puntuales. Me fijé que ellos también se habían arreglado para venir, vestían camisa y pantalones tejanos. Marcos llevaba varias bolsas con bebidas azucaradas.

-No te preocupes, nada de alcohol, pero algo teníamos que traer no?- Dijo.

Comprobé que no llevaran ningún teléfono móvil ni ningún tipo de cámara. Aquello era innegociable para mí. Pero, sorprendentemente no llevaban ninguno. Sólo algo para comer, bebidas azucaradas y un par de paquetes envueltos en papel de regalo cuyo contenido no me revelaron.

-Qué buen olor, ¿has estado cocinando?- Preguntó Andrés.

-Sí, os he preparado algo para cenar, pensé que vendríais con hambre.- Respondí.

-Hambre hambre… sí que tenemos.- Dijo Antonio mientras me devoraba con la mirada.

Les hice pasar dentro. Mi piso no tenía mucho que enseñar. Un pequeño recibidor que daba a un comedor con un balcón. Una puerta daba al baño y otra a la cocina. Un pequeño pasillo comunicaba el comedor con dos habitaciones. Una chica soltera tampoco necesitaba mucho más para vivir. El comedor tenía un pequeño sofá y una mesa con seis sillas. Tenía un televisor que casi nunca usaba y una moqueta dónde hacía mis ejercicios diarios si no me apetecía salir a correr.

-Sentaos, voy a servir la cena.- Dije nerviosa.

-No te preocupes, te ayudamos.- Dijo Juan.

Los chicos se comportaron como unos auténticos caballeros. Me ayudaron a parar la mesa y servir la comida.

Yo estaba muy nerviosa, así que durante la cena mayormente hablaron ellos, aunque poco a poco me fui sumando a su conversa. No dejaron de alabar mis empanadillas que, como me suponía, les gustaron. Insistieron en que no hacía falta que les hubiera cocinado nada, que ellos habían traído pizzas precocinadas. Detalle que me sorprendió. Pensé que ellos llegarían con la intención directa de verme desnuda sin preámbulos.

Durante la cena también hablamos del instituto y los chicos empezaron a hacer bromas en relación a los distintos profesores y sus compañeros de clase. Me sorprendí cuando al cabo de un rato me sumé a sus risas, compartiendo muchas de sus opiniones acerca de algunos profesores y alumnos. Aquellos chicos eran simpáticos de verdad.

Terminada la comida, insistieron en limpiar ellos los platos. Cuando estuvo todo recogido se hizo un silencio tenso. Casi me había olvidado del motivo principal por el que estaban aquí.

-Mira, lo hemos pasado realmente bien. Nos caes genial y creo que hablo en nombre de todos si digo que eres la mejor profesora que hemos tenido nunca. Eres la primera que se ha preocupado en serio por nuestro rendimiento escolar- Empezó a decir Antonio.

-Lo que viene a decir, y creo que estamos todos de acuerdo, es que lo hemos pasado genial. Al principio veníamos con una intención concreta, pero no te vamos a exigir nada. No te vamos a forzar a desnudarte. Considera saldada nuestra apuesta con esa deliciosa cena.- Añadió Raúl.

Aquello me dejó atónita y realmente sorprendida. Por unos segundos no supe qué responder.

-¿Pero, queréis o no queréis verme desnuda?- Respondió la Laura pervertida. Ahora me picaba realmente la curiosidad, lo habían dicho por compromiso o ¿porque, vista así de cerca, no les parecía tan atractiva?. La cara bobalicona que se les quedó, fue toda la respuesta que necesité. Ahora era yo la que empezaba a tener ganas de ver sus rostros mientras me quitaba la ropa.

Por toda respuesta, Marcos cogió el mando de la tele y conectó con un canal de música.

-Sin música no es un buen striptease.- Dijo el chico.

Me levanté de la mesa y moví mi cuerpo al ritmo de la música. No me hacía ilusiones, no era la primera chica desnuda que veían, y seguramente habían tenido encuentros sexuales con chicas mucho más bonitas. Pero el hecho que estuvieran allí, en lugar de salir de fiesta con sus amigas, me dio la autoconfianza necesaria para lo que iba a hacer.

Bajé las persianas, y me desprendí de los zapatos, bajando mi altura un palmo. Quizá no había sido buena idea lo de los tacones, ahora me veían como la chica bajita que era. Pero su mirada estaba fija en los movimientos de mis caderas. Siendo consciente de mi principal atractivo, me di la vuelta y dándoles la espalda, moviendo suavemente mis caderas. Por el reflejo del cristal de la puerta que daba al balcón, veía sus miradas clavadas en mi culo. Poco a poco empecé a bajar la cremallera del vestido, y luego fui bajando la prenda, primero por los hombros, por mis caderas, por mis piernas, hasta que el vestido cayó a suelo. Vi como las miradas de los chicos seguían fijas en mi trasero.

-¿Se os ha perdido algo allí?- Dije con una sonrisa mientras me daba la vuelta.

Lo siguiente fue quitarme las medias, poco a poco. Los chicos ahora tenían la mirada en mi sujetador, así que no iba a decepcionarles. Me lo desabroché y antes que cayera al suelo me sujeté los pechos con las manos. Quería ver su reacción al privarles de la visión de mis pezones endurecidos. No se hicieron esperar.

-Levanta un poco las manos- Dijo Antonio.

Poco a poco levanté las manos al ritmo de la música y di una vuelta de 360 grados. Quería que me contemplaran bien antes de quitarme mi última prenda. Aunque a decir verdad, el fino encaje de las bragas tampoco dejaba mucho lugar a la imaginación.

Decidí quitármelas de espaldas a ellos. Quería que la visión de mi pubis fuera la última revelación. Así que poco a poco, me desprendí de mi última prenda ante su atónita mirada.

Finalmente, con los brazos en alto, siguiendo el ritmo de la música, me di poco a poco, la vuelta. Me excitó en sobremanera contemplar sus rostros de asombro al fijar la mirada en mi depilado pubis. Allí se escondía otra sorpresa. Justo en medio del pubis, tenía tres pecas que formaban un atractivo triángulo. Todas mis ex-parejas se habían derretido de deseo al verlas por primera vez, y aquellos cinco alumnos no eran una excepción.

Muy bien, y ahora que estaba desnuda ¿qué? La verdad en ningún momento me había planteado cual sería el siguiente paso, y al parecer ellos tampoco. ¿Me volvía a vestir y hacía como si no hubiera pasado nada? ¿Me los llevaba a la cama uno a uno? Vestirme no tenía mucho sentido y tampoco quería llevar las cosas demasiado lejos. La Laura profesora me dio la solución.

-Creo que nos merecemos un brindis por vuestro excelente- dije mientras me dirigía a la nevera y sacaba una botella de champán.

Aunque había prohibido el alcohol, mi cuerpo me pedía un trago. Saqué varias copas de champán y, aún nerviosa, se las serví a los chicos. Brindamos y bebimos a su salud y para su futuro laboral.

Desnuda, me volví a sentar junto a ellos.

-Y bueno, ¿qué os ha parecido el espectáculo?- Pregunté picarona.

Los chicos balbucearon como pudieron, diciendo que había estado genial, que era muy guapa. Marcos me preguntó si no tenía novio y les dije que no, que prefería estar sola a mal acompañada. A partir de allí, la conversación derivó sobre los amoríos de los chicos. Parecíamos un grupo de amigos de toda la vida charlando agradablemente. Salvo claro, por el hecho que yo estaba totalmente desnuda y ellos no. Quizá me dejé llevar por una excesiva curiosidad, o quizá el champán tuvo algo que ver en mis siguientes palabras.

-Sed sinceros, ¿qué más os ha gustado de mí?

-Cómo cocinas.- Respondió Raúl rápidamente.

Los otros cuatro estallaron en una sonora carcajada a la que no tardé en sumarme yo.

-En serio chicos, ya somos todos mayorcitos. Estoy seguríssima que hace unos minutos tenías la mente puesta en mi comida- Insistí bromeando.

-Tienes un culo perfecto. En serio, creo que ninguna chica del instituto tiene mejor culito.- Se sinceró Raúl.

Los otros cuatro chicos asintieron.

-Tienes unas buenas tetas. No muy grandes pero las tienes bien puestas.- Añadió Marcos con total naturalidad.

-Tus pecas, tienes unas bonitas pecas distribuidas por todo el cuerpo. Alguien te las ha contado nunca?- Preguntó Andrés.

-Lo que quiere decir es que tienes unas pequitas muy sexis allí abajo- Interrumpió Juan

Aquí fui yo la que no pudo evitar una carcajada, causando que Andrés se sonrojara.

-Que seas bajita también es atractivo, seguro que en la cama eres muy manejable.- Añadió Antonio.

A partir de allí la conversación se desmadró y los chicos no paraban de preguntar si era una chica activa o pasiva en la cama, qué posturas eran mis favoritas. Respondí con evasivas pero, no os voy a engañar, esa conversación me estaba excitando. Notaba como mis fluidos empezaban a impregnar la silla en la que estaba sentada. Me sentía cómoda y excitada sentada desnuda entre esos cinco atractivos chicos, hablando sobre temas sexuales.

Y, seguramente os lo estaréis preguntando, y no. En ningún momento ninguno de los chicos intentó sobrepasarse conmigo. En ningún momento intentaron tocar mi cuerpo ni me sugirieron meterme en la cama con ellos. Y, en cierto punto, me parecía decepcionante. Lo que en un principio me daba miedo, ahora no me desagradaba. No me hubiera importado que los cinco se hubieran abalanzado sobre mí y me usaran a placer.

Hubo un momento en que los chicos callaron, lanzándose miradas y sonrisas cómplices.

-¿Pasa algo?- Pregunté intrigada. En ese momento Raúl extrajo un paquete envuelto en papel de regalo de su bolsa y lo puso encima de la mesa.

-Eso es para ti.- Dijo, quedándome totalmente sorprendida.- No te cortes, ábrelo.

Entre sorprendida e intrigada, desenvolví el papel de regalo, revelando una caja de cartón alargada. Movida por la curiosidad la abrí, no pudiendo ocultar un gesto de sorpresa que hizo reír a los chicos cuando descubrí su contenido.

-¿En serio?- Pregunté asombrada, sacando un grueso consolador de la caja.- ¿Qué pretendéis con eso?

-Como quedamos en que no podíamos tocar tu cuerpo, tuvimos que buscar una alternativa.- Dijo Juan.

-Así, si lo deseas, puedes darte placer a ti misma, nosotros lo gozaremos y no incumplimos tus condiciones- Añadió Antonio.

-Nunca tuve opción de no daros el striptease, ¿verdad?- Pregunté al ver que venían preparados.

-No, pero queríamos comprobar hasta que punto lo hacías forzada o si lo hacías por placer. Gracias por confirmarnos que tenías tantas ganas de desnudarte como nosotros de verte desnuda.- Dijo Marcos.

Había caído de lleno en su trampa, pensando que habían perdido el interés por verme desnuda, hice el striptease voluntariamente. Confirmando ante ellos que realmente disfrutaba con ese juego. Me quedé unos segundos contemplando el grueso consolador, sin decir nada. Pese a que me había dado placer a mi misma y me había masturbado en ocasiones, era la primera vez que tenía delante mío uno de esos. Mi cuerpo me pedía a gritos que lo introdujera entre mis muslos, pero no estaba muy convencida.

-¿Necesitas que te expliquemos como funciona?- Dijo Andrés, el resto de chicos rieron por lo bajo.

¿Sabéis qué? en el fondo me moría de ganas de masturbarme ante aquellos chicos. Honestamente, el striptease y la posterior charla con ellos, completamente desnuda, me había excitado en sobremanera. Una parte de mí seguía sin estar segura de todo aquello y no me atrevía a pedirles que me tomaran uno a uno como mi cuerpo deseaba. Pero mi vagina me suplicaba atención.

Cogí el consolador y cuando me lo iba a introducir Juan me detuvo.

-Aquí en la mesa mejor no. ¿Por que no lo haces en un sitio dónde podamos contemplarte mejor?- Dijo mientras mantenía su mirada fija en la moqueta de mi comedor.

Torcí una sonrisa, entre frustrada y excitada. ¿De verdad iba a darles ese gusto? En parte era humillante, nunca me he considerado una persona fetichista ni mucho menos exhibicionista. Las veces que me he masturbado siempre han sido en la intimidad, nunca he tocado mi cuerpo delante de mi pareja. Pero ahora, la idea de hacer un espectáculo voyerista en mi propia casa, me parecía una idea de lo más estimulante. Apuré mi copa de champán y me levanté de la mesa, dejando mi silla impregnada con mis fluidos.

Me aseguré primero que las persianas de las ventanas estuvieran correctamente cerradas. Con el consolador en la mano, me recosté en la moqueta, pensando cual sería la posición más cómoda. Me tumbé boca arriba, con mi cabeza hacia los chicos.

-Mejor al revés, así lo vemos con mucho más detalle- Dijo Raúl.

Aquél comentario me excitó aún más. El hecho que los chicos desearan verme en esta postura era de lo más estimulante, así que me di la vuelta, mostrando mi húmeda y enrojecida vagina a los chicos con todo detalle. Por suerte había sido tajante en cuanto a móviles y cámaras, cualquier fotografía en ese estado me arruinaría la vida.

Me fijé que el consolador no iba a pilas, así que tendría que moverlo con mis propias manos. Para mayor deleite de los chicos, lo humedecí con mi saliva, lamiéndolo con la lengua. Era bastante grueso y no estaba muy convencida que me entrara fácilmente. Lo acerqué a mis labios vaginales y poco a poco lo fui introduciendo dentro mío. Para mi sorpresa, estaba tan húmeda que el consolador entró sin dificultad alguna, provocándome un gemido de placer cuando lo noté completamente dentro.

Estuve unos instantes así, sin moverme, asimilando el tacto del grueso consolador dentro de mi húmeda vagina. Notando como crecía mi excitación. Luego, con una mano, empecé a moverlo, retirándolo y metiéndolo parcialmente. Los chicos habían escogido bien, pese al tamaño del objeto, no solo no me causaba molestia alguna sino que notar como se movía dentro de mí me generaba espasmos de placer. A los pocos segundos, dejé de preocuparme por los chicos y por lo humillante que era mi postura. Cerré los ojos, arqueé la cabeza hacia atrás y empecé a acompañar el consolador con el movimiento de mis caderas.

Pasados unos minutos, sin disimular mis gemidos de placer, entreabrí los ojos y miré a los chicos. Ver como no apartaban su mirada de mí y que se habían desabrochado los pantalones y se estaban masturbando me excitó aún más. Mi moqueta iba a necesitar una buena limpieza después de aquello, pero como comprenderéis, en ese momento era el menor de mis pensamientos.

Dejándome llevar por el placer, con los ojos entrecerrados, iba moviendo el consolador dentro de mi vagina, buscando el máximo placer. No entendía como un trozo de goma y plástico podía encenderme tanto. Quizá también influía el hecho de tener a cinco atractivos chicos pendientes de como jugaba con mi cuerpo. Con la mano que tenía libre, empecé a jugar con mis pechos, masajéandolos, pellizcando mis pezones, luego bajando mi mano hasta mi clítoris. Por los gemidos de placer y exclamación de los chicos supe que estaban gozando con ello, aunque tenía mis dudas que gozaran tanto como yo.

Finalmente me fundí en un intenso orgasmo, soltando un largo gemido que no pude reprimir de ninguna manera. Seguramente ahora todos los vecinos estaban al tanto de lo bien que me lo pasaba.

Agotada, me quedé unos segundos tumbada en la moqueta, con el consolador dentro de mí. No os miento si os digo que seguramente fue el orgasmo más intenso que había tenido hasta el momento. Estaba completamente exhausta de placer. Vi como los chicos también habían terminado y se abrochaban los pantalones.

Instantes después, me quité el consolador y me incorporé. Como sospechaba, había un buen charco en la moqueta. Pero la ventaja de tener una vida social bastante sosa era que no debía preocuparme en exceso por ello. Esos chicos eran la primera visita que tenía en el piso desde hacía meses.

Marcos me sirvió un buen vaso de agua. Mientras notaba como el agua bajaba por mi garganta y saciaba mi sed no pude evitar sonreír al oír bromear a los chicos sobre lo “mucho que me había deshidratado”. Miré el reloj, eran casi la una de la noche. El tiempo me había pasado volando.

-¿Creo que ya es suficiente por hoy no? ¿Contentos con la recompensa por vuestras notas?- Dije. Inmediatamente, los cinco chicos asintieron, pero aún había más.

Marcos había sacado otro paquete envuelto. Sinceramente, mis expectativas estaban lejos de esperar que aquello fuera un reloj de muñeca, un perfume o una caja de bombones. La sonrisa en la cara de los chicos lo decía todo.

Intrigada, lo abrí. Esta vez sí que estaba desconcertada. Dentro de una cajita había una especie de huevo y dos pinzas con una especie de bolitas pegadas. Miré a los chicos intrigada. Como os he dicho, nunca antes había usado juguetes sexuales. Marcos sonriendo me lo aclaró.

-Ese en forma de huevo es para introducirlo en la vagina. Las dos pinzas son para tus pezones, en principio deberían apretarte pero sin dolerte. Tanto el huevo como las pinzas tienen vibradores. Vibradores que podemos controlar con esto.- Dijo mientras sacaba un pequeño mando de su bolsillo.

-¿Y qué pretendéis que haga con eso? ¿No habéis tenido suficiente por hoy?- Dije.

-No no, hoy creo que todos estamos demasiado satisfechos. En todos los sentidos.- Replicó Juan con una sonrisa.

-Se acercan las clases preparatorias para la selectividad. La idea es que estos te los pongas entre semana, mientras nos das clase.- Respondió Andrés- Nosotros tendremos al mando y jugaremos a placer con él.

-Así prestaremos más atención a la clase y estaremos más preparados para la selectividad.- Dijo Antonio.

-¿Prestaréis atención a la clase… o a mí?- Dije con una media sonrisa. No terminaba de convencerme aquél juego.

-A ti por supuesto, y evidentemente a la clase también- Dijo Raúl.

-¿Y si me niego?- Pregunté.

-La gracia es que tu también disfrutarás con el juego. Si no los llevas, nos quedaremos con las ganas.- Dijo Andrés.

-Marchaos ya que se hace tarde.- Dije.

-Buenas noches profe, ha sido una velada apasionante.- Dijo Juan al despedirse. Los chicos asintieron y uno a uno se marcharon.

-Eso no te lo lleves- Dije al ver que Antonio hacía gesto de llevarse el huevo y las pinzas.- Aunque eso no implica que vaya a entrar en vuestro juego.

Los chicos finalmente se fueron, dejando el huevo y las pinzas sobre la mesa. Agotada y nerviosa cerré la puerta, apoyándome unos segundos en ella. Me acababa de dar cuenta que seguía desnuda y como si nada había abierto la puerta para que los chicos se fueran, cualquier vecino que hubiera pasado por el rellano me habría visto tal como vine al mundo.

Volví al comedor, abrí mi mueble bar y saqué un vaso y una botella de brandy. Sí, después de aquello necesitaba un buen trago.

Mi mente era un amasijo de preguntas confusas. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Por qué había gozado tanto al jugar con un consolador delante de cinco de mis alumnos? ¿Debía seguir con ese juego que tanto me excitaba, o debía cortarlo de raíz?

Si seguía con ello, tenía todos los números de terminar mal, tarde o temprano alguno de los chicos podía irse de la lengua. Ya suficientes rumores generaba vistiéndome de la forma más provocativa posible para dar clases. Si alguno de ellos cinco contaba algo sobre lo sucedido hoy, estaba segura que cualquier alumno o profesor no dudaría en creérselo. Aquello podía terminar con mi corta carrera como profesora. Por otro lado, no podía negar que pocas veces había gozado tanto sexualmente, y eso que ni siquiera me habían tocado. ¿De qué manera me harían gozar si les dejara poner sus manos sobre mi cuerpo? Aquel pensamiento no solo me ruborizó sino que volvió a encenderme.

Recogí el consolador del suelo. Sin pasar por la ducha, me fui a la cama, me tumbé en ella y me lo volví a meter en la vagina. Cerré los ojos y me imaginé que los chicos eran realmente malos, que entre los cinco me sujetaban, me arrancaban la ropa y me llevaban a la cama y uno detrás de otro me penetraban sin cesar. Tuve que morder la almohada para disimular mis gemidos de placer.

Lunes por la mañana

Ese lunes me desperté con una sensación extraña en el cuerpo. Las clases regulares habían terminado y sólo quedaba un mes de clases para preparar la selectividad. El sábado y el domingo los había invertido enteros en organizar las clases preparatorias. Quería que mis alumnos sacaran el mejor resultado posible en los exámenes de selectividad. No quería que nadie viera sus sueños frustrados por una nota unas décimas inferior a la nota de corte para acceder a la carrera o universidad objeto de su vocación.

Mientras desayunaba, me fijé en que la mancha en la moqueta no se había ido del todo. Aquello cambió el curso de mis pensamientos. En el tocador de la entrada había ese huevo vibrador y las pinzas para los pezones provistas de vibradores.

Me duché, y empecé a vestirme. Ese día opté por una camisa blanca, minifalda oscura y unos zapatos de tacones. Por si os interesa, debajo llevaba un tanga blanco de fina seda y un sujetador oscuro sin relleno (no tenía sentido aparentar nada ante quién ya te ha visto desnuda). Me ricé un poco el pelo (siempre me han gustado los tirabuzones). Recogí mi cartera y mis apuntes y me dispuse a salir.

Antes de pasar por la puerta, mi mirada se desvió involuntariamente hacia “el regalo” de los chicos. Estuve unos segundos pensando. Al final, dejé la cartera en el suelo, me desabroché la camisa y cogí una de esas malditas pinzas. “Como me duela lo más mínimo ya se pueden olvidar de ese maldito juego” pensé mientras me introducía una pinza dentro del sujetador.

Al notar el pellizco sobre mi pezón, estuve tentada de quitármela, pero luego me di cuenta que, tal como habían dicho los chicos, la pinza me apretaba, lo justo el pezón para notar que estaba allí, pero sin llegar a hacerme daño. Ya, llegados a este punto, que más daba una que dos, así que me puse también la otra pinza.

Al volver a abrocharme la camisa, dejé sin abotonar los cuatro primeros botones, asegurándome que no se asomaba ninguna de las pinzas. Me sentía realmente atractiva con la minifalda negra y esa camisa blanca con el sugerente escote, si me tenía que agachar, no dejaría mucho a la imaginación de quien tuviera delante.

Y sí, finalmente, me bajé el tanga lo justo para poder meterme el dichoso huevo en la vagina. Me sorprendí al notar la facilidad con la que entraba. Me había empezado a humedecer yo sola con solo pensar lo que podían hacer los chicos con ese mando. Me volví a colocar bien el tanga, y esta vez sí, recogí mi cartera y fui a coger el autobús hacia el colegio. Aquel día prometía ser excitante de verdad.

¿Por qué me metí esos vibradores? a fecha de hoy aún no sé dar una respuesta. La verdad es que la perspectiva de entrar en el juego de los chicos me excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Por otro lado, esos malditos vibradores me causaron más de un problema en la escuela. Quizá os lo cuente otro día.

CONTINUARA

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