18

Ya de camino hacia la casa de invitados, las dudas del gigantón afloraron nuevamente y hecho un mar de nervios, entró sin llamar. Era tal el silencio que había que creyó que no había nadie. Cuando ya daba por hecho que Elizabeth no estaba, se la encontró llevando un antifaz y en picardías sobre el colchón. Por un momento pensó que estaba atada de pies y manos a los cuatro esquinas de la cama, pero tras echarla un vistazo más detenidamente comprobó que solo se había amarrado los tobillos mientras sostenía las cuerdas con las manos simulando estar totalmente inmovilizada.

        «Tiene ganas de jugar», sonrió y sabiendo que era lo que deseaba, le ató las manos.

Haciéndose la sorprendida, Beth preguntó si era él y si venía solo. Aunque estuvo a punto de contestar, prefirió no hacerlo y sentándose a su lado, la empezó a acariciar.

-Walter, dime algo- con tono asustadizo, la rubia insistió.

Asumiendo que su nerviosismo era una farsa, se abstuvo de responder y llevando las manos hasta sus pechos, se los sacó del coqueto camisón negro que llevaba puesto y acto seguido se los pellizcó. El placentero gemido que salió de su garganta le confirmó que la situación la estaba poniendo cachonda.

-No seas malo, quítame el antifaz- rogó mientras intentaba liberarse.

Obviando su ruego y queriendo maximizar su indefensión, desgarró con las manos el tanga que portaba dejando su sexo al aire.

-¡Eran nuevas!- protestó al sentirlo.

Con la calma que da el saber que tenía todo el tiempo del mundo, Walter aprovechó para explorar sin ningún tipo de delicadeza el coño de su pareja y tras comprobar que una densa humedad lo anegaba, salió de la habitación dando un portazo.

-Cabrón, ¡no me dejes así!- escuchó que la mujer gritaba desde la habitación.

Sonriendo al saber que, al sentirse sola y verdaderamente atada, su novia se iría desesperando abrió el minibar. Tras ponerse un whisky, encendió la radio y comenzó a charlar consigo mismo para hacerla creer que tenían compañía.

-¿Con quién estás?- preguntó la mujer al escuchar voces y música.

Nuevamente se abstuvo de responder y dando tiempo para que se incrementara en ella la sensación de desamparo, tranquilamente se bebió la copa.

– Libérame- Beth chilló desde la cama. Mirando su reloj, el hombretón consideró que todavía debía esperar unos minutos.

Buscando descentrar a su pareja, decidió pasar al baño y echarse una colonia que había regalado a esa mujer y que no le había gustado, pero al ver un frasco de crema, comprendió que si además se la echaba en las manos se incrementaría en ella la impresión de que no era él.

«Seguro que eso no se lo espera», pensó sonriendo mientras se untaba a placer ese potingue.

Siguiendo su improvisado plan, abrió la puerta de la habitación mientras decía:

-Mira lo puta que es mi novia… ¡es toda tuya!

-¿Con quién hablas?- insistió Beth desde las sábanas.

Quitándose los zapatos para no hacer ruido y para que no pudiese reconocer sus pasos, Walter se acercó y con extrema suavidad comenzó a recorrer las piernas de su víctima.

Hasta ese momento, Beth estaba medianamente tranquila, pero al oler un perfume de mujer realmente se creyó que su hombre estaba acompañado.

-¿Mei? ¿Eres tú?- preguntó alucinada por lo rápido que se estaban desarrollando los hechos.

Cuando no recibió respuesta, la rubia intentó infructuosamente zafarse de sus ataduras. Al no poder, cambió de táctica e imploró que la soltaran. Un atronador silencio fue lo que obtuvo mientras las caricias se reanudaban sobre su piel.

-No me está gustando este jueguecito- sollozó notándose indefensa.

Su rechazo no varió los planes de Walter y siguiendo la hoja de ruta que se había marcado, sacando la lengua empezó a recorrer los tobillos de su pareja.

-Por favor, liberadme… ¡No soy lesbiana!- la atada imploró casi llorando.

Qué hablara en plural fue la confirmación de que el engaño estaba teniendo éxito y en vez de obedecer sus deseos, siguió con su húmedo recorrido subiendo por los gemelos. 

-¡Puta! ¡Déjame en paz! – aulló descompuesta al comprobar que la agresión continuaba.

Sonriendo, su hombre no se detuvo en su camino y dejando un sendero de babas sobre sus muslos se fue acercando hasta la meta.

-Walter, ¡Dile que pare!- gimió la rubia temiendo no poder evitar la creciente excitación que se acumulaba en sus neuronas.

El evidente cambio de tono en la voz de su víctima le informó que se estaba poniendo cachonda y recreándose en sus maniobras, jugueteó con la lengua entre sus pliegues antes de asaltar su objetivo.

-¡Zorra! ¡Detente!- con un sonoro grito, Beth intentó ocultar su calentura.

Pero su orden cayó en saco roto porque su destinatario era el hombre que mejor la conocía y reconoció en su desesperación las señales que emitía cuando estaba excitada. Por ello usando un par de yemas, separó los labios de su sexo y tras descubrir el erecto pináculo que escondían, se permitió darle un largo y profundo lametazo.

-¡Dios!- placenteramente suspiró su víctima mientras dejaba de debatirse.

La claudicación de Beth le indujo a continuar y mordisqueando su clítoris buscó que se corriera. La rubia comenzó a sollozar sintiéndose sintió derrotada y excitada por igual.

-¡No puede ser!- murmuró entre dientes al advertir lo cerca que estaba del orgasmo y siguiendo los dictados de su cuerpo, acompañó esas caricias con las caderas.

 Con ganas de dejar la pantomima y follársela sin contemplaciones, Walter aceleró la velocidad en la que su lengua entraba y salía de su pareja ante su eminente placer.

-¡Zorra! ¡Cómo pares, te mato!- exclamó la ex militar al notar que se corría.

Escucharla y notar como brotaba un denso caudal de flujo de su coño fueron uno y deseando intensificar su placer, el gigantón metió uno de sus dedos mientras le seguía mordisqueando el erecto botón.

-Walter, ¡manda a la mierda a la chinita y fóllame!- dominada por el gozo sexual, vociferó Beth.

Sus palabras esta vez tuvieron consecuencia y siguiendo con el engaño, se levantó y abriendo la puerta hizo como si se despedía de Mei mientras se desnudaba.

 -Capullo, necesito sentir tu polla en mi interior- exigió desde la cama la mujer.

Sin romper su mutismo y con su miembro totalmente erecto, caminó hacia ella y justo antes de ensartarla le dijo que era una puta bisexual. Beth al sentir que sin ningún miramiento la empalaba, aulló de placer.

-¡Maldito! ¡No es esto lo que había planeado!- sin ningún rencor rugió buscando que siguiera tomándola.

Riendo y sin dejar de machacarla, su macho la besó mientras le quitaba el antifaz.

-¿Te ha gustado la sorpresa?- despelotado de risa preguntó.

Al tenerlo tan cerca, reconoció el perfume y sabiéndose engañada, se unió a él diciendo:

-Cabrón, ¡me lo había creído! Te juro que pensé que esa zorrita me estaba comiendo el chumino.

Satisfecho e indagando en lo que había sentido, mientras aceleraba el ritmo de sus penetraciones, insistió en que le contara si le había gustado.

-Me has puesto como una moto- reconoció Beth casi sin poder respirar por el placer que nuevamente se acumulaba en su entrepierna.

Liberándola de sus ataduras, la cambió de posición y poniéndola en plan perrito sobre la cama, volvió a empalarla mientras le empezaba a explicar cómo le había ido en la comida.

-¿Vas en serio?- preguntó al oír que la cliente le había propuesto convertirse en amante de ambos: -¿Quiere que hagamos un trio?

Muerto de risa al advertir la excitación que esa idea provocaba en ella, la tomó de la melena mientras le contestaba:

-Si y no. Esa guarrilla me ha pedido estrenarse con ambos y que, si todos nos sentimos cómodos con el acuerdo, convertirse en nuestra mujer.

En medio de un nuevo orgasmo, Beth preguntó que le había contestado. Cabalgando sobre ella, su macho respondió:

-Cariño, eso es algo que no podía decidir yo solo. Necesitaba antes saber tu opinión.

Derramando flujo con cada embestida, su empleada, novia y amada replicó:

-Invítala a cenar esta noche y ya veremos.

La aceptación implícita de su prometida aceleró su placer y mientras explotaba derramando su esencia en el interior de su coño, dio por sentado que en pocas horas entre los dos desvirgarían a esa pequeña pero bella mujercita…

19

Tras ese combate cuerpo a cuerpo y sabiendo que la chavala había cumplido su parte del trato, Elizabeth dejó a Walter duchándose y llamó a la heredera. Mei se comportó con picardía al preguntar directamente si su hombre había llegado suficientemente cachondo.

        -No tengo queja- contestó la militar y sin tiempo de explayarse, escuetamente le dijo que esa noche la iba a invitar a tomar una copa con ellos.

        -¿Eso significa que todo sigue adelante y que acepta que me una a vosotros?

        Riendo, la rubia replicó:

        -Sí, pero es importante que siga creyendo que es su decisión y que no le hemos manipulado, por lo que debemos seguir disimulando y que no sepa nada de lo nuestro por ahora.

        La joven no tuvo inconveniente porque no en vano Beth era la que mejor lo conocía y aceptando su sugerencia, susurró al teléfono:

        -Estoy deseando sentir tu boca en mi coñito otra vez.

        -Eres una zorra indecente, esta noche será tú la que me lo comas a mí – sonriendo respondió antes de colgar.

Volviendo a su cuarto, entró al baño donde su pareja se estaba terminando de duchar. Este ajeno a la conversación que habían mantenido las dos arpías, le preguntó cómo había pensado que debían actuar para no asustar a la chinita y llevársela al huerto.

        -Todavía no he aceptado meter a esa puta en nuestra cama- protestó fingiendo estar molesta porque lo diera por sentado y con gesto de desagrado, exigió que entre ambos la tenían que convencer.

Desternillado al saber que estaba interesada en probar y que todo era un paripé, Walter salió de la ducha y totalmente mojado, la abrazó diciendo:

-¿La dueña de mi corazón desea que esa pequeñaja se lo curre y la seduzca?

-Lo tendréis que hacer entre los dos. Te recuerdo que soy muy cabezota y como la idea es tuya, tendrás también que trabajártelo.

Por su tono, supo que no rechazaba el hacer ese trio, sino todo lo contrario, pero que antes de dar su brazo a torcer él tendría que pagar un peaje.

-¿Qué quieres que haga?- musitó en su oído: -¿Echarte otro polvo?

Aunque era algo que le apetecía, Beth prefirió que no malgastara fuerzas ya que, en menos de dos horas, iba a necesitarlas y quedándose con las ganas, contestó que como el plan era suyo debía ir a invitarla.

-Eso sí, ni se te ocurra echárselo a ella. Si me entero de que lo has hecho te juro que esta noche duermes en la bañera y doy por cancelado el trato.

-Ok, mi amor- replicó el hombretón mientras la mujer con la que quería compartir su vida se metía en la ducha.

Asumiendo que no se podía negar y que era lógico que fuese él quien concertara la cita, vio que le convenía hacerlo en persona porque así podría conversar con la diminuta pero preciosa muchacha acerca de esa noche para así definir entre los dos cómo atacarían a su pareja. Por ello, tras vestirse, salió rumbo a la mansión.

Al llegar, evadiendo las cámaras para que su gente no se enterara que iba a ver a su clienta, llegó a las dependencias personales de la heredera.

-¿Puedo pasar?- preguntó al ver a través de la puerta abierta que Mei estaba sentada sobre la cama.

        La oriental con una sonrisa contestó:

        -¿Cómo te fue con mi amiga? ¿Aceptó compartirte?

         Tardó unos segundos en reaccionar a esas preguntas ya que su mente estaba ocupada en asimilar el erotismo que manaba de esa exótica mujer en bata y en el impresionante muslamen que dejaba al descubierto.

-Creo que sí- masculló mientras intentaba retirar su mirada de la oriental: -Pero dice que no está muy convencida que sea eso lo que quieres y desea que tú en persona se lo corrobores.

 Riendo, contestó haciendo sufrir al hombretón:

-¿Y cómo lo hago? ¿Con un mordisquito en los pechos?

Sabiendo que le estaba tomando el pelo, se lo aclaró diciendo:

-Me ha pedido que te invite a tomar algo en casa y que una vez allí demuestres que también la deseas a ella seduciéndola con mi ayuda.

Levantándose de la cama, dejó caer la bata antes de responder con su coquetería innata:

-¿Crees que con verme así bastará?

Su belleza le hizo tartamudear mientras le pedía que se tapara, pero ella lejos de hacerle caso contestó alegremente que la acompañara mientras se daba un baño:

-Ven cuéntame cómo quieres que la ataque- entrando en la bañera, comentó.

Impresionado por el cuerpo de la pequeña, la siguió al baño con la mirada fija en los diminutos pero alucinantes pechos con los que los genes la habían dotado.

«¡Qué rica esta!», exclamó para sí mientras se los imaginaba en la boca.

Consciente del efecto que su desnudo estaba provocando, decidió incrementarlo enjabonándose sensualmente frente a él mientras pedía que le anticipara cómo actuar. 

-He pensado que antes de intentar seducirla, nos tomemos una copa para destensar el ambiente.

-Me parece bien porque yo también la necesitaré, recuerda que será mi primera vez- dijo sin dejar de mirarlo al tiempo que recorría con una esponja su piel mojada.

Absorto e incapaz de retirar los ojos de los rosados pezoncitos que con tanto descaro estaba exhibiendo Mei, Walter farfulló:

-Ya con un puntillo, será más receptiva a nuestro ataque.

La millonaria comprendió el planteamiento, pero queriendo hacerle sufrir un poco más, se levantó y le rogó que la terminara de bañar mientras pensaba cómo sería mejor llevarlo a cabo. Obedeciendo, el neoyorkino tomó la esponja y empezó a enjabonarla.

-¿Crees que le gustará mi culito?- dijo en plan calentorro al sentir al hombretón recorriendo sus nalgas.

Cediendo a la tentación, con sus manos acarició esas bellezas mientras le contestaba que era imposible que no le atrajera.

-¿Y mi coñito le gustará?- preguntó dándose la vuelta exhibiendo esa parte de su cuerpo a escasos centímetros de su boca.

Sin importarle que la jovencita estuviera tratando de ponerlo bruto, le replicó que para saber a ciencia cierta lo que diría tendría que probarlo.

-¿No te basta con verlo?-riendo se lo acercó aún más.

La desvergüenza de Mei al exhibirse ante él fue el empujón que necesitaba para olvidar cualquier recato y sacando la lengua, saboreó por primera vez su virginal sexo.

-Ahora que lo has probado, ¿crees que le agradará su sabor? – insistió sin retirarse.

 El hombretón no le contestó de inmediato sino tras dar un par de largos y profundos lametazos a esa preciosidad:

-Sigo sin estar seguro, ¿puedo probar un poco más adentro?

Sin esperar su permiso, la atrajo hacia él y besando con los labios los pliegues de su clienta, se apoderó de su clítoris erecto.

-Eres malo- susurró al sentir que no contento con lamerlo, se lo empezaba a mordisquear.

Para entonces, su pene lucía los efectos de la lujuria que amenazaba con dominarlo y sabiendo que debía parar sino quería cometer una tontería, no pudo dejar de comérselo al notar que, como si hubiese abierto un grifo, el sexo de Mei llenaba de flujo su boca.

 -¿Te imaginas a tu novia disfrutando de mi chumino mientras te la follas?- dejó caer acompasando las lamidas de la que era objeto con sensuales movimientos de sus caderas.

El aroma a mujer que desprendía la chavala lo puso a mil y acelerando la acción de su lengua buscó con ahínco su entrega. Entrega que anticipó al escuchar los gemidos de placer que salían de su garganta cada vez que la penetraba con ella.

-¡Lo que me estaba perdiendo!- sollozó Mei al notar que se avecinaba su orgasmo y dejó claras sus intenciones al gritar con voz descompuesta que esa noche dejaría de ser virgen gracias a ellos dos.

Un chorro de su cálida esencia golpeó contra la cara del segurata al correrse, pero eso no lo paró e insistiendo con una voracidad pocas veces sentida, dio caza a su placer.

-¡Me encanta!- aulló la heredera mientras se apoyaba en los azulejos de la ducha para no caer. 

Viendo la violencia del orgasmo que sacudía a la atractiva chinita quiso que fuera inolvidable esa comida de coño, sin dejar de chupar, le pellizcó los pezones alargando con ello su gozo.

-Sigue dueño mío, ¡sigue!- musitó con las piernas temblando ya totalmente entregada.

Al escuchar que se refería a él como su dueño, se le ocurrió una forma en la que su novia sucumbiría definitivamente, le regaló unas ultimas caricias y separándose de ella, dejó que disfrutara de los estertores de su placer antes de tomarla entre sus brazos.

-Beth se va a enfadar si me tomas sin que esté ella- al ver que la depositaba en la cama, malinterpretando sus intenciones, comentó la muñequita.

Riendo y sin contestarla, Walter abrió el armario de la heredera y rebuscando entre sus prendas, eligió un picardías rojo fuego. Tras ponerlo en sus manos y mientras le daba un beso de despedida, le dijo que la quería con él puesto en una hora.

-No es un vestido digno de la ocasión- protestó la joven: -¡Parecería una puta!

Despelotado, el hombretón replicó mientras abandonaba el cuarto:

-Al verte vestida así, Beth no tendrá dudas de lo que buscas. 

Su rápida marcha evitó que contemplase que lejos de estar molesta la joven sonreía y que, despatarrada sobre la cama, se comenzaba a masturbar…

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