
I El cielo de los Campos Elíseos amaneció repleto de oscuros nubarrones y parecía que en cualquier momento caería una lluvia torrencial. Si bien el clima no favorecía las actividades al aire libre, aquello no era excusa para detener a ningún ángel de la legión. Fuera el Serafín Durandal guiando a sus estudiantes hacia el bosque para entrenar esgrima, o el enorme Rigel esperando a sus alumnos en Paraisópolis antes de partir a las lejanas islas, hasta los ángeles del coro que recolectaban frutas en los extensos jardines que rodeaban el Templo sagrado del Trono, ni un ángel tenía descanso, […]



















