Sinopsis.

Segundo libro de la serie: LOS SOBREHUMANOS.

Uxío y la salvaxe con la que comparte la vida son llamados a ver a Xenoveva, el hada que vive en la laguna y de la que el licántropo es adalid.. Al presentarse ante ella, esa semidiosa les informa que una de sus hermanas, un hada que vive en la Toscana, necesita su ayuda y que les ha mandado a una bruja como mensajera.
Pensando la pareja que se encontrarían con una mujer gorda y entrada en años, acceden a entrevistarse con ella. Al conocerla, resultó ser una bellísima joven a traves de la cual Diana les informa que en la región de Italia donde vive se han producido unas desapariciones, cuyos responsables sospecha que son vampiros.
Aceptando la misión, los tres se dirigen a Florencia sin sospechar que la policía que lleva el caso es una morena con un pequeño problema. No es humana, pero tampoco una mujer loba Sandra Moretti puede ser una enemiga y ¡bebe sangre!…

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Para que podías echarle un vistazo, os anexo los primeros capítulos:

1

Para un hombre o una mujer del siglo XXI, las leyendas y mitos de nuestros ancestros carecen de veracidad y son considerados supersticiones en las que únicamente creen los más ingenuos de nuestra sociedad. Hoy en día, nadie en su sano juicio se levanta en una reunión y reconoce creer en ellas, y si lo hace rápidamente cae sobre él todo tipo de condenas y menosprecios. La religión y lo sobrenatural están mal vistos. Que un científico se atreva a sugerir la existencia de vida extraterrestre inteligente provoca al menos escarnio, pero si se le ocurre afirmar que en la tierra viven seres mitológicos como el megalodón rápidamente es catalogado de friki. En contraposición, desde niños amamos las historias de duendes, en nuestros cines se proyectan multitud de películas de superhéroes que atraen a una legión de espectadores, la literatura está plagada de libros cuyos protagonistas tienen percepciones extrasensoriales sin que causen mofa y cuyos autores no son tildados de locos. Por ello, me atreví a contar mi vida plasmando en papel cómo siendo un típico hombre de la actualidad descubrí que en mi interior existía un “salvaxe”.

Sé que la gran mayoría leerá estas páginas pensando en que son producto de una fértil imaginación y solo unos pocos creerán mi historia. Me da lo mismo. La incredulidad de nuestros días es algo con lo que cuento y, aun así, no me coarta para narraros cómo un antiguo policía terminó siendo el alfa de una manada de hombres lobos.

 Hoy puedo afirmar sin pudor que soy miembro de una especie que ha permanecido coexistiendo con la humana desde los albores de los tiempos y que mi ADN comparte con el vuestro muchos genes, pero hay una gran diferencia, yo y mis iguales somos capaces de mutar y convertirnos en esa pesadilla que os ha torturado desde que existe memoria. Es más, los salvaxes no estamos solos, también caminan por la tierra otros seres tan extraños, poderosos y temidos como nosotros…

Tras mi coronación como jefe absoluto de la manada, no me deshice del antiguo monarca, sino que lo integré en la dirección de los míos para no perder su valiosa experiencia y su atinado juicio. Por otra parte, no me quedaba otra ya que el salvaxe que destroné era mi suegro, el padre de Lúa, la compañera que el destino y las hadas habían designado para mí y que se sentaba a mi lado en el trono. Para los que no lo sepan, mi relación con esa loba no fue fácil, ya que en un principio me creyó un engendro, un maldito renegado que había desatado una espiral de violencia y muerte en nuestra Galicia natal y cuyos efectos todavía sufrimos. Por ello, me combatió e intentó matarme, aunque en su interior sentía una atracción vital hacia mí. Afortunadamente, conseguí convencerla de mi inocencia y aliándose conmigo, conseguimos derrotar a la verdadera causante de tanto mal, una loba descarriada llamada Tereixa que asesinó a la mujer que amaba y a la cual, su viejo me impidió ajusticiar aludiendo al escaso número de “salvaxes” que existen hoy en día.

            ―Sus genes nos son necesarios y su condena debe ser engendrar nuevos lobatos― fue uno de los primeros consejos que me dio.

            Lúa lo apoyó y como ella fue la que finalmente la venció en duelo, no me quedó otra que aceptar que esa malnacida se convirtiera en nuestra sierva, en un juguete con el cual disfrutar sexualmente sin que pudiese hacer nada por oponerse.  Cuando se le dio la oportunidad de convertirse en nuestra esclava o morir, optó por la primera y desde entonces, fue un vientre en el que mi pareja y yo calmamos una lujuria carente de sentimientos. Ya no la odio por haber matado a Branca, pero el recuerdo de mi amada meiga sigue presente y me ha impedido perdonar. Por ello cuando un licántropo de la Provenza la pidió para engendrar con ella, no dudé en traspasársela como si de una cosa se tratara y es que, para mí, esa malnacida valía menos que el aire que consumía y vi en ello, una liberación.

―Seré un amo duro pero justo― comentó el tal Pierre cuando se la di, creyendo quizás que su destino me importaba.

―Como si la horneas y después te la comes― respondí dejando claro mi completo desinterés.

Lúa tampoco vio nada malo en ello, ya que tras los primeros días en los que disfrutaba torturándola esa mujer se volvió en un lastre más que en un aliciente. Curiosamente, la única que mostró su pesar fue ella al sentir que bajaba un escalón al dejar de ser la mascota del alfa de la manada. Ya sin su presencia, la relación con mi loba mejoró, pero jamás ha sido algo plácido ni sosegado porque lo nuestro tiene mucho de lucha y de conquista. No somos lo que se dice una pareja ideal, estamos siempre discutiendo y buscando demostrar quién manda. Y cuando digo siempre es siempre, tanto fuera de la cama como dentro de ella. Cuando no es esa endemoniada rubia la que me ataca en busca de caricias en la oficina, soy yo quien la sorprende e intenta poseerla en mitad del pasillo. Somos distintos, muchas veces nos odiamos, otras nos amamos, pero lo que nunca podemos evitar es sentir deseo. Por mucho que intentemos contenerlo, estar en una habitación a solas nos provoca la urgente necesidad de mordernos, de olisquear nuestros sexos y lanzarnos en picado uno contra otro en persecución de nuestros límites.

Son minutos y horas gloriosos donde el hombre y la mujer desaparecen y haciendo un paréntesis, nos dejamos llevar por el instinto y somos felices. Es difícil de describir que siento. Sumergido entre sus brazos, es como si el universo se empequeñeciera y se tiñera de ella. Me siento chapoteando en el azul de sus ojos, nadando en el mar de sus pupilas mientras ella hunde sus manos en mi negro pelaje. Da lo mismo si lo hacemos bajo la forma humana o la lobuna, siempre es algo salvajemente sublime y cuando terminamos, nos lamemos nuestras heridas pensando en cuanto tiempo tardaremos en volver a experimentar ese gozoso clímax mientras nos quejamos por ser unas marionetas cuyo destino está escrito aun antes de nacer.

Nuestras peleas se han vuelto legendarias entre los nuestros y por eso cuando notan las primeras señales de que se avecina una, los salvaxes a nuestro alrededor emprenden una rápida huida y solo vuelven cuando con el paso de las horas sienten que la calma ha vuelto y que hemos limado nuestras diferencias restregando nuestros lomos. Nadie excepto Bríxida, mi hermanastra, se ha atrevido jamás a intentar aplacarnos en mitad de la tormenta y si no resultó malherida fue porque Pello y Yago, los hermanos de Lúa, se interpusieron.

―Estáis locos, sois unos dementes― recuerdo que nos espetó al ver las heridas que habían sufrido los salvaxes que le había jurado amor eterno al defenderla: ―Se os nubla la mente cuando discutís y lo peor es que siempre termináis copulando como si nada hubiese ocurrido.

Y tenía razón en todo. Siempre que tenemos una pelea, vuelan platos, mesas, sillas. Nos mordemos, nos pateamos e intentamos hacernos daño para al final dejar salir nuestras hormonas y lanzarnos a satisfacer nuestra lujuria.

No todo es malo, juntos formamos un tándem insuperable. Los dos unidos hemos hecho olvidar a los antiguos reyes de la manada y todos nuestros súbditos se muestran unánimes al valorar positivamente nuestro reinado. No existe disidencia, a nadie se le pasa por la cabeza urdir un plan para destronarnos porque saben que hace siglos no existe una pareja de alfas que haya despertado tanta admiración entre los salvaxes. Nos aman y nos temen a partes iguales. Aunque confían en nuestro juicio, son renuentes a solicitar nuestra intervención por la dureza de nuestras decisiones. Nadie ha olvidado que tras recibir el pedido de que interviniéramos en la disputa de dos clanes, no nos había temblado el pulso al decidir echar a ambos de las tierras que habían controlado durante siglos.

―Los salvaxes nacemos para servir, no para gobernar― fue la única explicación que dimos.

Conscientes de que era así y que nuestra decisión fue justa y ajustada a la tradición, esa inaudita sentencia provocó que prefirieran resolver las diferencias entre ellos antes de pedir que intervengamos. Curiosamente, nuestra dureza trajo un periodo de tranquilidad entre las familias, ya que todas sin distinción intentaron comportarse de acuerdo a las normas que habían sido marcadas hace milenios para no arriesgarse a que como sus alfas les diésemos un revolcón.

Otro hito que marcó nuestro reinado, fue que usáramos nuestra influencia para que, saliendo de mi excedencia, Lúa y yo fuéramos asignados a un organismo autónomo de la Interpol encargado de investigar tanto los asesinatos en serie como también de otros delitos de gran repercusión, pero sin una explicación lógica. Gracias a ello, pudimos establecer nuestra base en el pazo, pazo del que solo salíamos cuando nos encargaban una misión. Esa independencia nos permitía atender las cuestiones de los salvaxes sin estar bajo la permanente supervisión de nuestros mandos.

Por eso, cuando una mañana la dama del bosque nos pidió que fuésemos a verla, no tuvimos problemas en acudir a la laguna. Para aquellos que no sepáis quién es ella, solo deciros que Xenoveva es el hada a la que estoy íntimamente unido. Aunque actualmente soy su valedor, el adalid que nació para defenderla, sé que en el futuro cuando mi presencia no sea requerida en este plano astral, mi destino será sumergirme en sus cristalinas aguas y convertirme en su esposo. Sabiéndolo, Lúa se mostró reticente a acudir conmigo a verla, ya que como mi pareja le resultaba doloroso contemplar la atracción que sentíamos uno por el otro.

―Me ha rogado que vayas tú también― tuve que insistir ante su negativa: ― Debe ser importante.

 Protestando, la rubia aceptó acudir y transformándonos en lobos aparecimos por el claro donde estaba el lago en que el hada vivía. Desde que dejamos el bosque mi corazón comenzó a palpitar nervioso al saber que la vería, incrementando el cabreo de mi acompañante.

―Al menos podrías tener la delicadez de no mostrarte tan ansioso― murmuró furiosa mientras cruzábamos el prado.

No tuve ninguna duda de que a la vuelta protagonizaríamos una de nuestras épicas discusiones, pero aun así la seguí hasta la orilla. Al llegar, permanecí en silencio sin llamarla, no fuera a ser que mi tono revelara la emoción que me embargaba, cabreando más a Lúa. La loba tampoco la llamó, pero eso no fue óbice para que a los pocos segundos la dama hiciera su aparición. Tal y como acostumbraba, Xenoveva emergió de su interior acompañada de las “mouras”, las dos traviesas ninfas que la ayudaban y cuya naturaleza les hacía tontear con todos los hombres con los que se topaban.

―Encima viene con sus zorras― masculló al verlo.

No pude recriminárselo al contemplar la forma en que esas ninfas se acariciaban entre ellas con el único propósito de molestarla al verme excitado. Lo que tampoco colaboró en tranquilizarla fue el suspiro que pegué al ver al hada acercándose a mí totalmente desnuda. Sé que fue algo involuntario, algo que no pude evitar, pero en mi descargo he de mencionar que a cualquier mortal le hubiese pasado lo mismo al admirar la belleza de esa pelirroja y la rotundidad de sus curvas.

―Mis queridos lobos, gracias por venir a verme― nos dijo fijando sus ojos en mí.

Su mirada fue la gota que derramó el vaso para que mis hormonas se pusiesen a funcionar y tratando de simular un sosiego que no tenía, agaché la cabeza en señal de respeto, pero también para dejar de seguir admirando los pechos que tanto me atraían. Sé que mi pareja se percató de mi estado y que a la vuelta no dudaría en recriminármelo, pero obviándolo momentáneamente también ella se postró ante el hada.

―Señora, ¿qué desea de nosotros? ― entrando al trapo, Lúa preguntó.

―Diana, una de mis hermanas que vive en la Toscana, tiene problemas y me ha pedido vuestra ayuda.

Al escuchar el nombre, comprendí que se refería al hada que adoraban los seguidores de la Stregheria, una religión politeísta que hundía sus raíces en la época etrusca y que había sido duramente combatida por el clero católico. Por ello, no me extrañó que nos avisara de la llegada al pazo de una Strega, cuya traducción sería bruja pero que difieren de nuestras “meigas” en el uso que hacen de la nigromancia. Que practicaran la magia negra, había hecho que jamás los “salvaxes” hubieran optado por aliarse con ellas y por ello, me extrañó la petición de Xenoveva. La loba fue mucho más explosiva y convirtiéndose en humana, se declaró en contra de ayudar a una de esas hechiceras.

―No permitiré que mancille nuestra casa con su presencia. Esas malditas son famosas entre nosotros por usar sus facultades para subyugarnos― protestó airadamente.

―Aunque comprendo vuestros reparos, deberéis acogerla y escuchar lo que viene a deciros― la pelirroja insistió.

La nueva negativa de Lúa le hizo actuar y mostrando por primera vez ante mí la virulencia de sus poderes observé que mi pareja empalidecía y que le costaba respirar mientras Xenoveva le avisaba:

―Como alfas de la manada sois los primeros que debéis arriesgar vuestra vida en aras de la creación. Si mi hermana necesita vuestra ayuda, se la daréis o deberéis renunciar al trono, para que vuestro sustituto lo haga.

Mirando de reojo a la rubia, comprendí que debía intervenir al ver el tono amoratado de su rostro y mutando yo también en hombre, juré en nombre de los dos que recibiríamos a esa enviada.

―No esperaba menos de mi amado esposo― sonriendo declaró el hada para acto seguido castigar la osadía de mi pareja alertándola que de seguir en sus trece buscaría otra hembra para mí.

El brillo airado de los ojos de Lúa fue muestra inequívoca de su indignación por lo que no me extrañó que, tomando aire, le contestara:

―No será necesario, cumpliré la palabra que le ha dado el salvaxe que nació para mí y con el que comparto vida y alcoba.

A Xenoveva no le pasó inadvertido el desplante de sus palabras al restregarle en la cara que ella era quien por las noches disfrutaba de mis caricias, caricias que el hada nunca tendría hasta mi muerte por mucho que las deseara. Me consta que estuvo a punto de replicar violentamente al mismo, pero afortunadamente la pelirroja se lo pensó mejor y regalándome un beso en los labios, desapareció en la laguna.

―Uxío, luego hablamos. Es hora que vayamos a cumplir el capricho de tu puta― rezongó cabreada la rubia al contemplar la cara de lelo que se me había quedado con el beso….

2

De vuelta al pazo, Lúa no me habló y respetando su mutismo, no quise incrementar su cabreo recriminándole los celos que sentía por la dama del bosque y menos hacerle ver que su enfado venía motivado por el amor por mí que albergaba en su corazón. Pensando en ello, comprendí que, a pesar de sus múltiples defectos y su carácter endemoniado, yo también la amaba y que interiormente me complacía que dejándose llevar por su naturaleza, esa rubia luchara por mi cariño ante un oponente tan formidable como Xenoveva. Por eso, al llegar a casa y convertirnos nuevamente en hombre y mujer, la cogí de la cintura y sin esperar a sus protestas, la besé.

            ―Eres un cabrón libertino― aulló tratando de zafarse de mí.

            ―Y tú, la loba que me trae loco― contesté y sin dejar que se alejara, tomé en mis manos uno de sus pechos y lo lamí sabiendo que la mala leche incrementaba su lujuria.

Tal y como había anticipado, Lúa gimió de deseo al sentir mi lengua recorriendo su areola y poniendo la otra en mi boca, rugió que en ese momento le apetecía ser tomada, pero que luego tendríamos que hablar. No me hice de rogar y volteándola de espaldas, hundí mi tallo en ella. La salvaxe chilló encantada al sentir que la empalaba y me exigió que siguiera follándomela.

            ―Todavía no te has dado cuenta de que no follamos, sino que nos amamos, mi adorada― musité en su oído usando sus pechos como agarre.

            Reaccionando tanto a mis palabras como a mis embestidas, me gritó que no fuera cursi y que continuara usándola como hembra.

            ―No solo eres mi hembra, sino también la mujer que deseo como madre de mis futuros hijos― respondí mientras castigaba su frialdad con un sonoro azote.

            Como siempre que la premiaba con una nalgada, lejos de molestarla, la excitó y con más intensidad me rogó que la tomara.

―Espero que uno de estos días te quedes preñada y con mis lobatos en tu vientre, comprendas que estamos hechos el uno para el otro― molesto repliqué mientras la volvía a azotar con dureza.

Esa nueva serie de “caricias” la terminaron de desarbolar y mientras se sumía en el placer, me expresó sus dudas de que fuera lo suficiente macho para embarazarla.

―Soy eso y mucho más― respondí hundiendo mis dientes en su yugular

El dolor de su cuello intensificó su gozo y ya convertida en una hembra en celo, me imploró que derramara mi simiente en ella mientras se corría. El ímpetu de su orgasmo la hizo trastabillar y si no llego a cogerla, hubiese caído al suelo.

― ¿Sabes por qué me apetece preñarte? ― pregunté y sin darle opción de contestar añadí: ―Para saber que se siente al tirarme a una gorda con grandes tetas y no a una ¡escuálida tabla de planchar!

Mi bufido no la humilló sino exacerbó su calentura e imprimiendo un mayor ritmo a sus caderas, sonrió mientras replicaba que llegado ese día no permitiría que me acercara a ella:

―Embarazada, ¡no te necesitaré! ¡Mi lobo!

―Entonces, ¡me buscaré a otra con la que aliviar mis carencias! ― grité respondiéndola.

― ¡Mataré a cualquier perra que ose abrirse de piernas ante mi macho! —contestó mientras su cuerpo colapsaba ante el embate de un nuevo clímax.

Esta vez, su placer llamó al mío y en brutales descargas, exploté sembrando su interior con mi esencia. Al notarlo, se giró y buscando mis labios, comentó lo maravilloso que era hacer el amor estando enfadada.

―A mí también me gusta, pero ahora me apetece el hacértelo con cariño y en la cama, a ver si siendo novedad al fin consigo que engendres a mis lobatos― respondí tomándola en volandas.

―Pervertido― riendo a carcajada limpia, se dejó llevar hasta nuestro lecho.

Por desgracia acababa de tumbarme a su lado, cuando de pronto escuchamos que alguien tocaba en nuestra puerta. Cabreado por la interrupción, pregunté qué pasaba y desde el pasillo, escuché a mi hermana Bríxida decir que alguien deseaba vernos. Por su tono comprendí que no le gustaba nuestra visita y sabiendo de antemano quién era, únicamente contesté que nos dieran unos minutos para prepararnos.

 ―Dile que media hora― rezongó desde las sábanas la rubia mientras se apoderaba de mi pene con sus manos: ―Si ha hecho el viaje desde Italia, no le importará esperar treinta minutos.

No pude contrariarla al sentir que el traidor se ponía erecto con sus mimos y reanudando lo que estábamos haciendo, amé con dulzura a la loba que el destino me había dado. Por ello, la “strega” tuvo que aguardar pacientemente no solo a ese segundo round, sino que al terminar rematáramos la faena con un tercero mientras nos duchábamos.

Ya saciada nuestra mutua lujuria, nos vestimos y fuimos a encontrarnos con la bruja que había llegado exprofeso desde la Toscana para vernos. Nuestras ideas preconcebidas sobre ella quedaron echas trizas al entrar al salón donde aguardaba. Y es que, entre polvo y polvo, habíamos comentado que nuestra visita debía ser la clásica foca con bigote que vestida de negro tan bien había reflejado Pasolini en sus películas. Pero, para nuestra sorpresa, lo que nos topamos fue a un ser angelical de ojos verdes. Una impresionante morena ataviada con una túnica blanca, que se le transparentaba totalmente dejándonos admirar la belleza de sus atributos.

―Esta zorra está buena― sorprendida murmuró Lúa tan prendada como yo de la belleza de la recién llegada.

Conociendo sus celos, me abstuve de confirmar que opinaba igual que ella y acercándome a nuestra visita, le di la bienvenida sin saber que la joven aprovecharía para pegarse y darme sendos besos en las mejillas. No me había repuesto de la sorpresa que me provocó la dureza de sus pechos cuando separándose de mí, repitió el gesto con mi pareja. Pero en su caso tras darle los besos, comentó que Lúa hacía honor a su fama.

― ¿Qué fama? ― quiso saber totalmente colorada al notar que la joven morena se la estaba comiendo con los ojos.

―En toda Europa se dice que la pareja del nuevo alfa es preciosa, pero nunca lo creí y ahora que la conozco, debo reconocer que se han quedado cortos. ¡Usted es una diosa! ― contestó la “strega” sin recato alguno.

No pude evitar el reírme al percatarme del tamaño que habían adquirido los pezones de mi pareja con ese halago y mientras mi “salvaxe” intentaba tranquilizarse, pregunté por el contenido de su encomienda. La joven hechicera un tanto molesta por haber acortado su presentación, nos pidió si podíamos llevarla a la habitación donde mi difunta “meiga” hacia sus sortilegios.

―Debo ponerme en contacto con Diana y que ella sea la que os lo diga, mi señor― contestó al preguntar la razón de esa petición.

Branca y su cariño me hicieron dudar al sentir que si permitía a esa nigromante efectuar su magia allí profanaría su recuerdo. La italiana que no era tonta comprendió mis reparos y antes de que se los hiciera presentes, insistió:

―No soy maléfica y jamás he usado esas artes. Debería usted saberlo ya que soy la enviada de un hada. ¡Mi dama necesita su ayuda!

Interviniendo a su favor, Lúa me recordó que Xenoveva nos había pedido escucharlas y qué eso era lo que debíamos hacer.

―Está bien. Acompáñenos por favor― cedí y dejándolas a ambas detrás, salí en dirección hacia la antigua capilla del pazo, a la cual no había vuelto a entrar desde que Tereixa, la asesinó.

Destrozado, recorrí los pasillos sintiendo que me seguían y ya en la puerta, tuve que hacer un esfuerzo al traspasarla mientras recordaba con dolor el amor que habíamos compartido, amor que creí eterno hasta que Tereixa me lo arrebató.

―Seré respetuosa con el recuerdo de mi antecesora, mi señor― fue el único comentario que realizó antes de ponerse a dibujar con sal la estrella de cinco puntas que tantas veces le había visto a mi amada realizar.

Tal era mi sufrimiento que no advertí el significado de lo que había dicho, hasta que susurrando en mi oído Lúa lo comentó:

―O me equivoco o acaba de decir que viene a sustituir a Branca.

Por su tono, asumí que no vería nada malo en que esa italiana pasara a formar parte de nuestra familia y que al igual que su padre y Ruth, su esposa, se habían unido a su madre formando un inseparable trio, le apetecía que la recién llegada fuera esa tercera pata que nos faltaba.

―No pienso volver a amar a una humana― respondí mientras contra mi voluntad recorría embelesado el trasero de la joven.

La hermosura de esas ancas tan apetitosamente formadas me hizo dudar hasta a mí de esa afirmación y por eso, me indigné aún más cuando la rubia murmurando muerta de risa añadió:

―Por la forma en que la miras, solo tengo que darle tiempo al tiempo, para que mi depravado lobo husmee entre sus piernas.

No pude ni contestar porque justo en ese instante la desconocida terminó el pentagrama y ante mi consternación, dejó caer su túnica mostrándose en plenitud. Su desnudez incrementó la atracción que ambos sentíamos por ella y preso de la excitación, busqué su sexo con la mirada. Al observar el exquisito y cuidado bosquecillo que lucía sobre su vulva no pude más que transpirar soñando con darle un lametazo. A Lúa le ocurrió igual y mordiéndose los labios, musitó llena de deseo:

―No me puedes negar que te gustaría hacerle un hueco en nuestra cama.

―Ni siquiera sabemos su nombre― protesté temiendo que ambos fuéramos objeto de un embrujo que nos hubiese lanzado esa hechicera.

Ajena o más bien obviando lo que sentíamos, la morena se puso a invocar a su dama mientras esparcía unas hierbas por el suelo. En su olor, reconocí albahaca y orégano ingredientes básicos de la cocina de su país, pero también romero, lavanda y savia tan presentes en la nuestra. Extrañado porque tuviesen un uso mágico, vi que se empezaba el cuarto a poblar de una espesa niebla, de la que salió una ninfa tan bella como la dama del bosque.

―Señora, os he llamado en cumplimiento de sus deseos. Aquí tiene al alfa y a la hembra que quería conocer― postrándose ante ella, declaró.

―Bien hecho, mi Aradia― haciendo una carantoña en la negra melena de la joven, la premió para acto seguido dirigirse a nosotros: ―Como Xenoveva os anticipó, necesito vuestra ayuda… en mis dominios, el mal se ha hecho fuerte y debemos combatirlo para que no siga extendiéndose por Europa.

Mientras me ponía a meditar que el nombre de la muchacha era el mismo del de una bruja idolatrada por los seguidores de la Stregheria, Lúa preguntó a la visión si no le bastaba con la ayuda de Stephano, el salvaxe que era su adalid.

―Desgraciadamente, ya es muy viejo y no tardará en acudir a mí como esposo. Nuestros enemigos son demasiado poderosos y él nunca podría afrontarlos solo, por eso necesito que el alfa y su hembra acudan en su auxilio y juntos acabéis con la amenaza que se cierne sobre todos.

― ¿Qué tipo de amenaza habla? ¿Quién o quienes pueden representar tal peligro? – ya interesado comenté.

El hada midiendo sus palabras, nos explicó que habían desaparecido sin dejar rastro media docena de paisanos de la zona y que dada la malignidad que sentía en su interior, temía que terminarían siendo asesinados por seres que hasta entonces habían estado confinados en los parajes más remotos de Rumanía. Hasta el último vello de mi cuerpo se erizó al conocer su origen, pero no queriendo dar pábulo a mis sospechas, pedí que me aclarara exactamente el tipo de entes con los que nos enfrentaríamos. Tomando la palabra, la tal Aradia, fue la que lo aclaró:

―Lo que mi señora Diana tampoco quiere reconocer es que se teme que una horda de vampiros haya escapado de su encierro y sea la que esté asolando nuestras tierras.

Casi me caigo de culo al escucharle decir que esos engendros realmente existían e histérico, miré al hada mientras le preguntaba si estaba segura de que ellos eran los responsables.

―Llevan siete siglos encerrados en esa sierra y por eso no puedo confirmar tal cosa, pero los signos que he visto y la maldad que he sentido me hablan de ello― respondió.

―El alfa y yo iremos a indagar y de ser así, le prometo que usaremos todos los recursos de nuestros clanes para devolverlos a su prisión y que no vuelvan a salir.

―Gracias, sé el esfuerzo que estoy pidiéndoles y como Xenoveva me comentó su triste situación, espero que reciban como pago mi presente― replicó disolviéndose entre la bruma.

― ¿Qué presente? ― pregunté sin obtener respuesta al haberse ido el hada.

Levantándose del suelo, la morena fue la que contestó:

―Yo soy el pago. Sabiendo mi dama el peligro que correrían, creyó oportuno entregarme a sus benefactores como compañera. Desde el momento que me acepten, juro servirles fielmente y dedicar mi vida a ustedes.

Impresionada de que hubiera hecho ese viaje sabiendo que no tendría retorno, Lúa se anticipó a mí y se negó de plano a aceptar la como parte de la familia hasta que no nos conociera y por eso ante los ojos de la joven se transformó en loba. Imitándola comencé también yo a mutar, haciéndolo lentamente para que fuera plenamente consciente del significado de su entrega. Aradia no se esperaba tal cosa y por eso miró aterrorizada cómo las orejas se iban trasladando por nuestro rostro, cómo las mandíbulas nos crecían y como nuestras pieles se poblaban de pelo. Ya lobos nos acercamos a ella gruñendo y ante nuestra sorpresa, la morena se echó a reír y abrazándonos con ternura, nos soltó que éramos bellísimos.

― ¿No nos tienes miedo? ― pregunté recuperando mi voz humana.

―Mi señor, si antes de conocer su lado lobuno, me parecían atractivos… ahora que los he visto me lo parecen aún más. Desde niña he soñado que un día cabalgaría sobre uno de su especie, pero nunca sospeché que sería sobre el lomo de un rey o de una reina.

Confieso que se me desencajó la mandíbula al oírla. Por eso no pude decir nada cuando Lúa le pidió que se subiera sobre ella. Al hacerlo, mi adorada salió corriendo por el prado camino al bosque de mi heredad. Sin saber realmente el por qué, fui tras de ellas alcanzándolas ya dentro de la espesura.  

― ¿Dónde vas? ― pregunté a mi hembra.

―Debemos presentarla a nuestros lobos, para que la protejan cuando no estemos― contestó enfilando la montaña donde vivía la manada.

La felicidad de la chiquilla agarrándose al cuello de Lúa me hizo recordar a Branca cabalgando sobre mí en ese mismo paraje y tratando de conciliar ese recuerdo con la evidente atracción que sentía por esa humana, aminoré mi paso. Ello motivó que llegara a la guarida cuando ya se la había presentado a la líder y por eso fui testigo de una imagen que nunca conseguiré olvidar. Desnuda y llena de barro, la joven estaba jugando con los cachorros mientras el resto de la manada la observaban.

«No puede ser. Está rodeada de fieras y le da igual. ¡Es como si toda su vida hubiera convivido con ellos!», exclamé en mi interior preocupado.

Seguía admirado esa escena cuando Lúa llegó a mí y restregando su lomo contra el mío, susurró:

― ¿Todavía crees que nunca podrás amar a esta monada?

Mostrando mis reservas, contesté:

― ¿No ves que hay algo raro en su comportamiento? Parece saber cuál es la jerarquía de la manada y cómo debe comportarse dentro de ella.

Haciéndonos ver que entre sus poderes estaba el conocer la lengua de los lobos, la joven levantó la mirada y me dijo:

―Mi señor, todavía no he tenido tiempo de contarles mi vida. Soy huérfana desde niña y el único amor que he sentido es el de una loba a la que acudía pidiendo protección cuando en el orfanato tenía problemas. Para mí, ella fue mi madre y por eso no pude decirle que no, cuando mi hada propuso que me uniera a los reyes de los salvaxes. Para mí, ser de ustedes, más que un sueño es una necesidad vital.

Con esas emotivas palabras disolvió mis reparos y aunque todavía dudo si fue real, creí escuchar en mi interior a mi amada Branca dando su aprobación para que la joven fuera su sustituta.

―Volvamos al pazo, hay mucho que organizar antes de marcharnos a Italia.

La joven con una sonrisa de oreja a oreja me rogó que le concediera un último favor.

― ¿Qué deseas? ― pregunté.

―Me gustaría volver sobre usted, mi señor.

Desternillado de risa, acepté. Temiendo quizás la joven que cambiase de opinión, la morena se aferró a mi cuello y me lancé de vuelta sin saber que ese camino se convertiría en una tortura al sentir la tersura de su piel sobre mi pelaje.

«¡Qué bien huele!», con su aroma recorriendo mis papilas aceleré no muy seguro de ser capaz de soportarlo y que presa del deseo, hiciera una parada para poseerla en mitad del prado.

― ¡Corre mi lobo! ¡Enséñame los dominios que deberé proteger con mi magia! ― chilló llena de alegría mientras recorríamos los prados que tanto amo.

El roce de su vulva contra mi columna intensificó más si cabe la lujuria que me corroía y por eso al llegar al pazo, preferí desaparecer antes de hacer una tontería. Lúa olió en mí las hormonas de macho en ebullición y muerta de risa, aconsejó que me diese una ducha mientras ella le enseñaba la casa y le presentaba al resto de sus habitantes. Ni decir tiene que le hice caso y yendo al baño, abrí el agua fría en un intento de calmar mi calentura.

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