
4 La llegada de mi padre exigiendo la comida sin hacer caso a su mujer y tratándola como si fuera solo una cocinera contratada para satisfacer su apetito provocó mi indignación y lejos de fustigarme por lo que había pasado, creció en mí el rencor y creí loable el ser yo quien la consolara carnalmente. Por ello cuando llegó ante mi puerta y se rio de mi sufrimiento, decidí castigar su desplante arrebatándole su bien más preciado. «Tu mujercita será mía», me prometí. Esa determinación se afianzó cuando obviando mis dolores, el malnacido que me había engendrado se negó a […]
