
Nunca me habría fijado en él sino hubiera sido por su rostro de melancolía, aquel anciano de un poco más de sesenta años, tenía grabada en sus ojos no solo las huellas del tiempo, sino la desesperanza de quien ve los días pasar, sin pena ni gloria. Solía verlo en la alameda, recostado a la sombra de un almendro, con su sombrero blanco de mimbre y el trajecito de corte antiguo que pese a ser de traza simple le daba un aire distinguido. Poco podría decir de su apariencia física, quizá resaltar sus mejillas sonrosadas y sus ojos azules, que […]

