Simona me recibe asumiendo en casa que es mi pareja.
Tal y cómo había predicho Simona, no tenía hambre y por eso me dediqué a deambular por la ciudad durante horas. Sin dar crédito alguno a las palabras de mi amigo, me ratifiqué en la idea inicial que la actitud de esa mujercita escondía únicamente su instinto de madre.
«Lo demás son tonterías», sentencié mientras sin darme cuenta, me dirigía de vuelta a mi hogar.
Fue cuando me vi frente al chalet cuando me percaté que había conducido hasta allí.
«¡Qué raro!», me dije y no dándole mayor importancia, aparqué el coche y entré.
Justo cuando iba a meter la llave para abrir, la rumana abrió la puerta y con una sonrisa en sus labios, me dijo:
-Le esperaba más tarde- para acto seguido, susurrarme: -Me imagino que por la hora ya ha comido. Se lo digo porque mi niña no ha mamado lo suficiente y me duelen mis pechos de tanta leche.
Hasta ese momento no me había fijado que iba en camisón y habiendo captado mi atención, dejó caer los tirantes y me mostró que decía la verdad.
-Mire que hinchadas las tengo.
No pude mas que obedecer y admirar esos dos monumentos.
«Está buenísima», maldije interiormente al advertir un par de gotas decorando sus enormes pezones.
Mi estómago rugió con renovados bríos, recordando que no había ingerido nada desde las doce. Al comprobar que mi apetito había vuelto al admirar sus tetas, temí fugazmente que Manuel tuviese razón.
Simona, viendo que me quedaba prendado en su escote, dio un paso más cogiendo esas ubres entre sus manos y con una sensualidad estudiada decirme:
-Se lo juro, no aguanto más. ¿no podría ayudarme?
Al pedirme que me pusiera a mamar, involuntariamente dí un paso acercándome pero entonces recordé que esa había sido la estratagema de Dana con mi amigo y por ello, me contuve diciendo:
-Deberías usar un sacaleches.
La cría al escucharme soltó una carcajada antes de contestar:
-No me hace falta estando cerca de mi dueño.
Tras lo cual se pellizcó esas rosadas areolas y de improviso, de ellas brotaron dos chorros de ese manjar.
«¡No es posible!» dije impresionado al observar que no paraba de manar leche de esos senos. Para entonces mi pene lucía nuevamente una brutal erección y era yo el que necesitaba descargar.
El bulto de mi pantalón era muestra clara de lo que ocurría en mi interior y siendo ella consciente que me moría por obedecerla, me dijo:
-La culpa de todo la tiene usted. Desde que le conozco, cuando está a mi lado mi cuerpo reacciona a su cercanía y mis pechitos se ponen a producir como locos. Le prometo que me duelen. ¡Ayúdeme!
Su voz sonaba tan excitada que estuve a punto de sucumbir pero entonces sacando fuerzas de quien sabe dónde, me senté en el sillón y contesté:
-Si tanto lo necesitas, llena para mí un par de vasos y te juro que me los bebo.
El disgusto que mostró rápidamente se transmutó en una fiera determinación y cogiendo dos copas grandes del mueble bar, la depositó sobre la mesa para acto seguido empezar a rellenarlas con su leche sin dejar de mirarme.
-Mi dueño es malo. Su vaquita prefiere que sea él quien la ordeñe- protestó mientras desde mi asiento veía cómo iba subiendo el nivel de líquido ante mi atento escrutinio.
«No va a poder. Son demasiado grandes», pensé muerto de risa asumiendo que se había equivocado al coger ese tamaño de copa.
Fueron unos minutos eternos los que esa criatura tardó en dejar hasta el borde esos dos cálices. Lentamente su leche fue colmando las copas mientras yo observaba acojonado. En un momento en que parecía que había dejado de brotar más leche de sus pechos, esa zorrita se levantó la falda y se puso a pajear, provocando que de sus tetas manara nuevamente sendos chorros.
-Entre mis paisanas, el deseo azuza nuestras glándulas mamarias- comentó riendo.
Habiéndolas llenado por completo y con un brillo en sus ojos se acercó a mí y me dijo:
-Yo he cumplido. Ahora le toca a usted, cumplir con su palabra- tras lo cual, depositó las dos copas en mis manos.
«Debe ser más de un litro», dictaminé al sentir su peso. «No me extraña que la niña no pueda con todo».
Asumiendo que había perdido esa extraña apuesta, llevé la primera a mis labios y le di un primer sorbo. Reconozco que me encantó su dulzura y mientras mi nueva criada no perdía ojo, rápidamente di buena cuenta de esa primera copa y decidí pasar a la siguiente.
Todavía no había cogido la segunda cuando de pronto sentí que el calor me dominaba y creyendo que era la temperatura de la casa, me desabroché un par de botones. Atenta a mi lado, esa mujercita me soltó:
-Como usted lo dejó a mi elección, he decidido ir desnuda por la casa. Y antes que pudiera decir nada, dejó caer su vestido en mitad del salón y comprobé que si los pechos de Simona era impresionantes, su trasero era quizás mejor.
-¡Dios! ¡Qué belleza!- exclamé casi gritando al ver sus formidables y duras nalgas sin ningún impedimento.
Mi verga reaccionó a esa visión adoptando un tamaño que nunca había presenciado y mientras me pedía que la liberara de su encierro y la enterrara en esa maravilla, la rumanita me soltó:
-Todavía no ha empezado con la segunda.
Como un autómata me bebí el resto y tirando el vidrio contra la chimenea, me acerqué a donde Simona estaba. Mi voluntad había desaparecido y a pesar de las advertencias de Manuel, me despojé de mi ropa.
La mujer al ver que mi erección y que esta apuntaba a su trasero, decidió estimular aun más si cabe mi excitación, advirtiéndome:
-Si me toma, seré eternamente suya.
Hoy sé que esa frase tenía un significado oculto y que lo que esa criatura me quiso decir es que yo también sería de ella. Abducido por la calentura que amenazaba con incendiar mi cuerpo, llegué hasta ella y sin mayor prolegómeno, hundí mi pene en su interior. Su vulva era tan estrecha que me costó entrar. Si eso ya era de por sí curioso al ser una madre reciente, lo realmente impactante fue encontrarme cuando ya tenía mi glande incrustado al menos cinco centímetros dentro de su coño con un obstáculo insalvable.
Simona al ver mis dificultades, tomó impulso y con un brusco movimiento de sus caderas, consiguió que todo mi miembro se adueñara de su interior.
-Duele pero es mejor de lo que decían las ancianas- rugió descompuesta como si esa fuese su primera vez.
Por mi parte, estaba aterrado. Si bien sabía que esa mujer había tenido un hijo, me parecía que acababa de desvirgarla.
«No puede ser, estoy imaginándolo todo», murmuré a pesar que había sentido como su himen se desgarraba.
Los berridos de la rumana no sirvieron para apaciguar mis temores porque cada vez que experimentaba la cuchillada de mi verga en su interior, esa mujer incitaba mi galope diciendo:
-Demuestre que es el único dueño que voy a tener, montándome como merezco.
Sus palabras y el reguero de sangre que descubrí cayendo por sus muslos, incrementaron mi pasión y actuando como si estuviera domándola, agarré su melena. Tirando de ella hacía mí, profundicé mis estocadas. Simona al sentir mi extensión chocando contra la pared de su vagina, se volvió loca y aullando poseída de un nuevo frenesí, me reclamó que acelerara.
-Te gusta, ¿verdad puta?- pregunté al tiempo que descargaba un azote sobre una de sus nalgas.
La dureza de esa caricia interrumpió sus movimientos y cuando ya creía que iba a intentar zafarse de mi asalto, la rumana se corrió diciendo:
-¡Qué gusto!- y cayendo sobre la mesa, su cuerpo colapsó mientras a su espalda yo buscaba mi propio placer.
La humedad de su coño era total y sobrepasando sus límites se desbordó fuera. De modo que a cada penetración por mi parte, su flujo salpicaba a su alrededor, empapando mis piernas. Si ya de por sí eso era brutal, imaginaros mi impresión al ver que sus pechos se habían convertido en dos fuentes, dejando un charco blanco sobre el tablero.
«¡Es increíble!», comenté en mi interior al comprobar el efecto que tenían mis incursiones.
Espoleado por sus gritos, seguí machacando su vulva sin pausa durante más de diez minutos. Estaba tan imbuido en mi papel que no me percaté que era imposible que no me hubiese corrido con tanto estímulo mientras, entre mis piernas, Simona unía un clímax con el siguiente.
-¡Necesito tu semen!- bramó agotada.
Sin dejar de follarla, comenté a esa mujer que eso intentaba pero que no podía a pesar que mi verga parecía una estaca de hierro al rojo vivo y mi cuerpo el mazo con el que la martilleaba. Fue entonces cuando pegando un berrido, me chilló:
-Muérdeme el cuello.
Su grito, mitad angustia, mitad deseo, me obligó a agachar mi cara y abriendo mi boca, soltar un duro mordisco junto a su yugular.
-Deja la señal de tus dientes en mi piel- aulló con su voz teñida de lujuria.
Obedeciendo su deseo, cerré mi mandíbula sobre los músculos de su cuello. Al hacerlo, como por arte de magia, las barreras cayeron y exploté derramando mi semilla en su interior mientras la muchacha se veía sacudida por el placer con mayor intensidad.
-¡Me has marcado! ¡Ya soy tuya!- chilló con alegría al tiempo que usaba sus caderas para ordeñar esta vez ella mis huevos.
El orgasmo que sentía iba en crescendo y no paraba. Cada vez que eyaculaba era mayor el gozo y por eso al sentir mis testículos ya vacíos, caí sobre ella totalmente agotado. Desconozco si me desmayé, lo único que puedo deciros que cuando me desperté o al menos tuve conciencia de lo que ocurría, estaba tumbado sobre el sofá con Simona a mi lado sonriendo.
-Te prometo que a mi lado, serás feliz- me soltó mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. –Desde que Dana me habló de ti siendo una niña, supe que mi destino sería protegerte.
-¿Quién eres?- todavía bajo los síntomas del placer, pregunté.
Muerta de risa, me besó hundiendo por primera vez su lengua en mi boca y contestó:
-Sé que has hablado con Manuel. Mi hermana le ordenó que te lo dijera antes.
-¿Qué eres?- insistí preso de terror.
Sus ojos brillaron al decirme:
-Ya lo sabes. Soy una Îngerul păzitor, ¡tu ángel custodio!

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *