Capítulo 4

Esther se despertó temprano. Esa mañana mientras se vestía, decidió que debía causar una buena impresión a su maestra y por eso se puso un conjunto color negro casi transparente, tras lo cual eligió unas medias con liguero del mismo color. Al mirarse al espejo, sonrió porque con él puesto  se sentía hermosa y cachonda. De una talla menor a la que sus pechos realmente necesitaban, le marcaban el canalillo de una forma muy sugerente e imaginándoselo, soñó que su futuro amo al verla con ese conjunto, le exigía que le hiciera una cubana entre sus tetas. La sola idea la puso verraca y llevando una mano a su entrepierna, advirtió que la humedad que sentía en su sexo, había traspasado la tela de su tanga. Dudando si cambiárselo o no, al final decidió no hacerlo y así que Susana supiera de ante mano, como ella y su pareja le ponían.

Al llegar a la casa, la rubia le recibió en la puerta envuelta en una bata de tul bajo la cual iba completamente desnuda. Como empezaba a ser habitual, su saludo consistió en un nuevo beso en los labios, tras lo cual, la invitó a pasar diciendo:

― ¿Te apetece un café?

Ni siquiera lo había aceptado cuando vio que Susana se daba la vuelta rumbo a la cocina. Con sus ojos fijos en el maravilloso culo de la iba a ser su profesora, la siguió por el pasillo un poco alterada.

« ¡Qué buena está!», pensó sin percatarse de que antes de conocerla, nunca hubiese opinado así de otra mujer.

Al llegar a la cocina, la rubia le pidió que se sentara en la mesa porque tenían que hablar. Por su tono debía ser serio y temiendo que le dijera que no iba a ser su alumna, se sentó de inmediato. Afortunadamente, con ella en su asiento, Susana le preguntó:

― ¿Estas segura de que quieres ser la sumisa de mi amo?

En cuanto levantó su mirada y observó por primera vez los rosados pezones que lucía su futura maestra, si tenía alguna duda desapareció como por arte de magia, por lo que sin pensárselo dos veces, le contestó:

― Si estoy segura….―  y tratando de mostrarle un respeto que todavía no le había exigido, lo recalcó diciendo―… mi señora.

Susana sonrió al escucharlo y poniendo en sus manos, un café le dijo:

― Bébetelo de un trago.

Sin saber si estaba o no caliente, Esther obedeció. Al ver que lo había hecho, su maestra le dio un suave pellizco en una de sus areolas como premio, mientras le decía:

― Ves en esto consiste la sumisión. Gracias a la confianza que me tienes, como sumisa has cedido tu control a mí y te he recompensado con un premio.

― Me gusta lo que he sentido, mi señora―  contestó la canaria al sentir que su sexo se había licuado solo con esa breve caricia.

Viendo que estaba lista, la llevó hasta el salón y obligándola a permanecer, le ordenó que se fuera desnudando. Por las prisas o quizás producto de su inexperiencia, Esther se quitó la camisa con rapidez. Como castigo recibió en su trasero el golpe de una regla. Asustada al no comprender su falló, miró a su amiga convertida en dominante.

― Ponte la blusa y empieza de nuevo. Una sumisa debe de ser sensual en todo lo que haga para satisfacer a su amo.

― Sí, señora―  contestó iniciando nuevamente su striptease desde el principio pero esta vez, fue botón a botón desabrochando su ropa mientras miraba a los ojos a su maestra.

Supo que lo había hecho bien cuando no recibió un nuevo reglazo y contenta cuando solo le quedaba por quitarse la braga y el sujetador, preguntó satisfecha:

― Ama, ¿Le ha gustado?

Como respuesta recibió dos azotes en el trasero que le escocieron y sin atreverse a preguntar cuál había sido esta vez su error, se la quedó mirando:

― Amo solo tienes uno, yo soy tu maestra y ¡No te he permitido hablar!―  tras lo cual le exigió que terminara de desnudarse.

Aleccionada a base de golpes, se despojó de lo que le quedaba de ropa y en silencio, esperó nuevas órdenes. Fue entonces cuando acercándose a ella, Susana le susurró con dulzura:

― Ahora te voy a inspeccionar como hará tu amo. Quédate quieta sin moverte.

Sin darle tiempo a prepararse, la rubia le abrió la boca como se le hace a un caballo y le revisó su dentadura, tras lo cual imitando mi voz ronca, le dijo:

― No está mal para ser una perra africana.

Al no esperarse esa broma, la morena soltó una carcajada por lo que recibió otra dura reprimenda. Sabiendo que había caído en la trampa, no le dio el gusto de quejarse sino que permaneció muda como una estatua aunque su culo le escocía.

Viendo que había aprendido a controlarse, Susana sopesó el tamaño de los pechos de su aprendiz permitiéndose el lujo de darle un pellizco como premio. Tras lo cual le dio la vuelta y separando con las manos los morenos cachetes que formaban el culo de su amiga, descubrió que contenían un tesoro oculto.

― A nuestro amo le va a encantar―  le dijo acariciando sus bordes con una de sus yemas.

Esther mordiéndose los labios evitó que de su garganta surgiera un gemido de placer al sentir que la rubia toqueteaba su virginal ojete pero no pudo hacer nada con su sexo que siguiendo los dictados de la naturaleza, se llenó de flujo. Por eso cuando le tocó el turno de inspección a su vulva, Susana se la encontró totalmente empapada.

― Veo que estás cachonda, ¿No es cierto? ¡Puta!

― Es cierto, ¡Lo estoy! ¡Señora!

Tomándose su tiempo, mi sumisa examinó los labios de la morena con lentitud, deteniéndose en el hinchado botón que descubrió entre sus pliegues. La reacción de su aprendiz no se hizo de rogar y pegando un suspiro confirmó su calentura.

― Eres una jodida lesbiana―  le dijo Susana para humillarla y viendo que no contestaba, le pellizcó cruelmente su clítoris mientras le decía: ¿Sí? O ¿No? ¡Puta!

― Soy lo que me pida mi amo o mi maestra―  contestó con su respiración entrecortada incapaz de reprimir otro gemido.

La respuesta de su amiga le dio pie para dar el siguiente paso y obligándola a arrodillarse en el suelo, le dijo:

― Te voy a enseñar una de las posturas básicas que debe saber una sumisa―  tras lo cual, la puso a cuatro patas con su cabeza pegada al suelo y las nalgas hacia arriba.

Retirándose un metro entre ella y su pupila, se la quedó mirando. Aunque estaba bien, le faltaba separar un poco los muslos para que pudiera pasar la inspección de su amo. Usando la fusta, le perfeccionó la postura y ya satisfecha le dijo:

― Para los amantes de la dominación, esta posición se llama “Beso de la esclava”. ¿Sabes para qué sirve?

― No, señora.

Soltando una carcajada, Susana introdujo dos dedos en el interior del sexo de su aprendiz como respuesta. La sorpresa de sentir su sexo hoyado, no fue óbice para que la morena moviendo sus caderas gozara de esa intrusión. Disfrutando del dominio que ejercía, decidió aprovecharlo y abriendo un cajón, sacó un arnés, diciendo:

― Te voy a follar, ¿Algún problema?

― ¡Ninguno!… Maestra.

Mi sumisa sonrió entre dientes al darse cuenta de la calentura de su amiga y sabiendo que para ella iba a ser su primera vez, jugueteó con la cabeza del consolador entre los pliegues del sexo de la morena antes de siquiera hacer un intento de metérselo.

― Uhmm…―  gimió Esther al notarlo.

Ese suspiro le confirmó lo que ya sabía y con una suave presión de sus caderas, le introdujo el glande en su interior. La humedad que ya anegaba ese coño, le permitió irle embutiendo poco a poco el aparato hasta que notó que chocaba contra la pared de su vagina y entonces, Susana con un dulce azote le avisó que iba a empezar a cabalgarla.

La canaria quería decirle que necesitaba que la follara ya pero al no estarle permitido hablar, tuvo que usar su cuerpo para informarla. Por eso meneándose para adelante y para atrás, usó el consolador del arnés como si fuera la polla de su ama. No tuvo ninguna duda que le gustaba sentirlo en su interior e incrementando el ritmo, se lanzó en busca del placer.

― ¡Eres una puta calentorra!―  gritó la rubia al ver que su aprendiz necesitaba sexo y dándole otra nalgada, empezó a machacar el chocho de la morena.

No llevaba ni un minuto, follándose a Esther cuando ésta pegando un grito, se empezó a retorcer presa de la lujuria. La certeza de que estaba a punto de correrse, la hizo convertir su cabalgata en un galope desbocado y aferrándose a los pechos de su montura, la llevó hasta al orgasmo.

― ¡Me corro! ¡Maestra!―  aulló con todos sus músculos al borde del colapso.

El enorme trabuco que tenía incrustado impidió a la canaria percatarse de que se estaba corriendo a manos de otra mujer y berreando le soltó:

― ¡Me encanta su polla!

Susana al oírla, se calentó y queriendo alargar el clímax de su amiga, siguió penetrándola con ferocidad. Cada vez más entregada, su aprendiz sentía que estaba  en el paraíso mientras las barreras de su educación iban cayendo una a una por el placer que estaba asolando su cuerpo. Y descompuesta, se dejó caer en el suelo llena de felicidad y llorando, le pidió a su maestra que la tomara analmente.

Siendo una petición atrayente, Susana le contestó mientras extraía el aparato:

― No, putita. ¡Tu culo es de mi amo! ¡Él será quien te lo estrene!

Aunque ya tenía decidido el siguiente paso, se tomó su tiempo para quitarse el arnés y cuando ya lo había dejado a un lado, obligó a la canaria a ponerse a gatas. La morena obedeció sin saber que venía a continuación pero no tardó en descubrirlo porque Susana sentándose a horcajadas en su espalda, le cogió del pelo y le ordenó:

― Llévame a la cama.

Sirviendo de corcel, Esther empezó a gatear hacía la habitación mientras su mente daba vueltas al advertir lo bruta que le ponía que su amiga la tratara de ese modo y con el coño en ebullición, no le importó que la rubia la llevara así. Lentamente y paso a paso, fue recorriendo los escasos metros que le separaban sin poder dejar de pensar en lo mucho que le apetecía probar el sexo que estaba humedeciendo su espalda.

« Mi maestra está también excitada», se dijo deseando que su siguiente enseñanza fuera comérselo. No tuvo que esperar mucho tiempo porque nada más entrar a mi cuarto, la rubia descabalgó y sentándose en el colchón, la llamó diciendo:

― Bésame los pies.

Si alguien le hubiese dicho una semana antes que al escuchar esa orden, se le haría agua la boca, lo hubiese negado. Pero en cuanto oyó la orden, se acercó gateando y con delicadeza, cogió el pie derecho de Susana por el talón y lo acercó lentamente hasta su cara. Nada más acariciarlo se dio cuenta de que era muy suave y retirando su zapato de tacón, llego hasta ella un agradable aroma.

« No es posible», pensó al advertir que se le acababa de humedecer el sexo al olerlo y sacando la lengua, dio su primera lamida a los dedos de su amiga. Su maestra sonrió al notar que su entrega y necesitada de caricias, cerró sus ojos mientras Esther se introducía su dedo gordo en la boca. Si en un principio la canaria se mostró cortada, al escuchar el gemido que salió de la garganta de la rubia, se convenció y pasando de un dedo a otro los embadurnó con su saliva.

Instintivamente, Susana separó sus rodillas al sentir que la lengua de su aprendiz iba subiendo por sus tobillos. Al mirar hacia arriba, Esther se quedó pálida al observar el depilado coño de su maestra y lejos de hacerla sentir mal, incrementó su calentura e inundando la habitación con el olor de su celo y se quedó quieta esperando la siguiente orden.

― ¡No te he dicho que pares!―  chilló la rubia ya necesitada.

La canaria como una zombi controlada por sus hormonas, se vio impelida a acercar su cara hasta ese  atrayente sexo. Cuando ya estaba a escasos centímetros de él, el aroma penetrante que desprendía venció todos sus reparos e introdujo por primera vez la lengua en el monte de una mujer. La rubia dio un brinco al notar la acción de sus caricias.

Su inexperiencia le dio miedo y por eso estuvo a punto de dejarlo pero los gemidos callados de su maestra le dieron la seguridad que le faltaba y abriendo con dos dedos sus labios, dejó al descubierto su botón. Como si fuera algo aprendido, con toda la parsimonia del mundo,  lo lamió  durante un minuto y cuando de la garganta de su amiga salieron los primeros gemidos de placer, se sintió excitada y mordió ese más que erecto clítoris.

Las carantoñas de su boca se fueron profundizando cuando con completo deleite saboreó el flujo que brotaba de ese manantial y ya poseída por la lujuria, su lengua recogió su néctar cuando pegando un grito, Susana se dejó caer sobre el colchón presa de la agitación de su orgasmo.

Para la morena, fue extrañamente dulce ser la culpable de ese placer. Y mientras espatarrada sobre las sábanas, la rubia se corría ante sus ojos pidiendo que no parara, se sintió feliz de ser su pupila. Y demasiado caliente para contenerse, se dio la vuelta y depositando su coño en la boca de su amiga, le exigió que se atiborrara de ella.

― ¡Qué maravilla!―  aulló al sentir la lengua de su maestra penetrando en su interior y siendo imposible de retener su calentura, se dejó hacer.

Fue entonces cuando, al sentir que Susana le acariciaba el ojete, totalmente empapada, pegó un nuevo grito y temblando, supo que ese asalto era superior a sus fuerzas y se vació en su boca. La rubia prolongó su orgasmo hasta que ya agotada, la acostó a su lado y sin darse cuenta, se quedaron dormidas.

Al llegar a casa, las descubro desnudas.

Nada más cruzar la puerta, descubrí que sin mi consentimiento habían compartido algo más que el adiestramiento, pero en vez de enfadarme, me gustó porque sería así más fácil convertir a esa monada en parte de mi harén. Mirándolas desnudas, comprendí que la sesión de sexo, que sin lugar a dudas habían disfrutado, les había sentado bien.

« Son dos pedazos de mujeres», tuve que reconocer al observarlas. Mientras la canaria con sus pechos firmes y piernas contorneadas, era un prototipo de mujer mediterránea, mi sumisa parecía alemana. Con su melena rubia y  un cuerpo de pecado, su piel dorada hacía resaltar sus ojos azules.

Quizás Esther me oyó llegar o a lo mejor no estaba dormida, lo cierto es que incorporándose sobre las sábanas, me miró aterrada. Mirándola a la cara, descubrí que temía mis celos, no en vano había descubierto que se había acostado con mi novia.

― Tranquila― dije ― tengo que hablar contigo pero antes, ¿Quieres una copa?

Me contestó  que estaba sedienta. Por lo que le pedí que me acompañara y llevándola hasta el salón, le pedí que se sentara en un sillón mientras se la ponía. Mirándola de reojo, vi que el sudor había hecho la aparición en su frente y haciéndola sufrir, tarde más de lo necesario cuando le serví el cacique con Coca― Cola que me había pedido mientras su mente no podía parar de darle vueltas a que le depararía su futuro inmediato.

Al terminar, se lo di y ella  lo cogió con las dos manos, dándole un buen sorbo. Mi actitud serena la estaba poniendo cardiaca, no se esperaba este recibimiento. Fue entonces, cuando poniéndome detrás del sillón, apoyé las dos manos sobre sus hombros. Esther sintió un escalofrío, al notar como mis palmas se posaban sobre ella. Esperé a que se relajara, antes de empezar a hablar, todos los detalles eran importantes.

Si  esa mujer quería ser mi sumisa, debía asegurarme de que bebiera de mi mano. Cuando aceptó mi contacto sobre su piel, empecé a acariciarle sus hombros, eran unas caricias suaves casi un masaje, nada parecido a lo que se esperaba y sin saber a qué atenerse, se sintió indefensa.

Mis carantoñas no cesaron cuando, con voz seria, comencé a hablarle al oído:

― Susana me ha dicho que quieres que te hagamos un hueco en nuestra vida y por lo que he visto ya lo has conseguido―  intentó disculparse al oírlo pero la corté por lo sano apretando un poco más de lo necesario su cuello. ― No sé si sabes realmente lo que eso significa.

― Lo sé amo. Deseo ser suya―   contestó con voz temblorosa.

Su respuesta me profundizar mis caricias y bajando despacio por su escote, le dije:

― Susana sería mi favorita y tú la menos querida de mis mujeres, te lo digo por qué no quiero que haya malos entendidos― en ese momento, mis dedos jugaban con el borde de sus aureolas. Los pezones de la muchacha estaban duros al tacto cuando me apoderé de ellos pellizcándolos tiernamente. La excitación se había extendido ya por su cuerpo cuando me escuchó decir: ― De aceptar, sería tu dueño y me debería respeto y obediencia.

― Lo sé y lo deseo… Amo.

Al escuchar sus palabras, la levanté del sillón y abrazándola, dejé que  mis labios rozaran los suyos. Esther me respondió con pasión besándome mientras me despojaba de la camisa. Sus manos no dejaron de recorrer mi pecho, cuando su boca mordió mi cuello ni cuando sus caderas buscaron la cercanía de mi sexo.

Estaba como en celo, el adiestramiento de Susana, la atracción que sentía por ella y mis arrumacos se le habían acumulado en su cabeza, y necesitaba desfogar ese deseo. Sin más preámbulos, se arrodilló abriéndome el pantalón, dejando libre de su prisión a mi pene.

― ¿Puedo? Amo.

― Puedes, putita.

Sonrió al ver su tamaño, le hizo sentirse una mujer deseada. No se había dado cuenta de lo que añoraba a un hombre que le protegiera hasta que se lo había oído decir a su amiga. Yo podía ser ese hombre y no iba a desperdiciar la oportunidad.

Su lengua empezó a jugar con mi glande, saboreando por entero, a la vez que su mano acariciaba toda mi extensión. Era una gozada verla de rodillas haciéndome una felación, notar como su boca engullía mi sexo, mientras sus dedos acariciaban mi cuerpo.

Pero ahora quería más, por lo que obligándola a levantarse, la tumbé encima de la mesa y empecé a jugar con su clítoris.

― ¿Te gusta?, verdad putita― dije mientras proseguía con mis maniobras.

― ¡Sí!― con la voz entrecortada por la excitación ― ¡Amo!

Estaba en mis manos, con un par de sesiones más esta mujer sería un cachorrito en mi regazo. Sabiendo que con la ayuda de Susana la convertiría en esclava de mis deseos, decidí calmar la fiebre que sentía. Separando sus labios con mis dedos, puse la cabeza de mi glande en la entrada de su cueva, a la vez que torturaba sus pezones con mi boca.

― Por favor― gritó pidiendo que la penetrara.

Muy despacio, de forma que la piel de mi sexo fuera percibiendo cada pliegue, cada rugosidad de su vulva, fui introduciéndome en su cueva, en un movimiento continuo que no paró hasta que no la llenó por completo. Esther entonces empezó a mover sus caderas, como una serpiente reptando se retorcía sobre la tabla, buscando incrementar su placer. Gimió al percibir como mi pene se deslizaba dentro de ella incrementando sus embistes y gritó desesperada al disfrutar cuando mis huevos golpearon su cuerpo como si de un frontón se tratara.

― ¿Sabes que es la hipoxia?―  pregunté al reparar en que estaba a punto de correrse.

― No, amo―  contestó

Sin dejar de penetrarla le expliqué que era una práctica por la cual uno de los amantes le corta la respiración al otro y la falta de aire incrementa el placer que siente.

― ¡Confío en usted!

Incrementando el ritmo con el que la estaba follando, llevé mis manos hasta su cuello y empecé a estrangularla. Aunque me había dado permiso cuando sintió que no podía respirar, se revolvió tratando se zafarse de mi abrazo. La diferencia de fuerza se lo impidió y aterrorizada, ya creía que la iba a asesinar cuando desde su interior, una enorme descarga eléctrica subió por su cuerpo, explotando en su cabeza.

― ¡Dios!―  gritó estremecida por la amplitud de su orgasmo.

Con una intensidad nunca sentida,  su cueva manó haciendo que su flujo envolviera mi pene. Al sentirlo, descargué dentro de ella toda mi excitación, mientras Esther se desplomaba sobre la mesa. Exhausta pero feliz de lo que había experimentado.

― Veo amo que la ha aceptado―  desde la puerta me dijo Susana.

Por el color de sus mejillas y el brillo de sus ojos, debía de llevar largo rato mirando. Aunque estaba contento con ella, comprendí que esperaba un castigo porque de algún modo me había fallado al no poderse contener y por eso, le dije:

― ¿Quién te dio permiso para usar mi mercancía?

― Nadie― contestó y sin necesidad de que le dijera nada más,  se arrodilló en la alfombra, dejando su trasero en pompa, de forma que facilitara el correctivo. Su amiga canaria intentó protestar pero al ver mi mirada, decidió callarse no fuera a recibir el mismo tratamiento. Saqué entonces de un cajón una fusta y cruelmente le azoté el trasero. Recibió la reprimenda sin quejarse, de su boca solo surgieron disculpas y promesas de que nunca me iba a desobedecer otra vez. Las nalgas temblaban, anticipando cada golpe, pero se mantuvo firmemente sin llorar hasta que decidí que era suficiente.

Esther estuvo todo el rato callada, en su cara se le podía adivinar dos sentimientos contradictorios, por una parte estaba espantada por la violencia con la que había fustigado a la mujer, pero por otra no podía dejar de reconocer que algo en su interior la había alterado, ver a la muchacha que la había consolado en posición de sumisa, y sus nalgas coloradas por el tratamiento, había humedecido su entrepierna.

Acercándome y acariciando ese trasero que tantas alegrías me había dado, no pude dejar de sentir pena y cesando en la reprimenda, le di un beso en la esa adolorida nalga.

― Dame tu copa―  pedí a la morena.

La canaria me la dio enseguida y derramándola sobre el trasero de la rubia, le ordené que bebiera. Obedientemente, Esther empezó a sorber del líquido que goteaba del culo de mi sumisa. SI en un principio se sintió reacia a hacerlo, al oír los gemidos de placer que empezó a dar Susana al notar la lengua calmando sus adolorido cachetes, se convenció y su lametazos se fueron haciendo cada vez más profundos hasta que ya claramente excitada, con sus manos, le separó las dos nalgas para que le resultara más recuperar con su boca lo que se había deslizado por ese canalillo.

Al ver que ambas estaban excitadas y listas, pregunté a mi sumisa:

― ¿Te apetece volverte a correr?

― Sí, amo― contestó con la voz entrecortada por el calor que sentía.

Recolocándolas en el suelo, puse su sexo en disposición de ser devorado por la morena. No hizo falta que se lo ordenara de viva voz, en cuanto intuyó mis intenciones, se lanzó como una fiera sobre él y separando con los dedos los labios inferiores de su amiga, se apoderó del su clítoris. Susana estaba recibiendo el premio a su fidelidad después de su merecido castigo.

Fue entonces cuando al agacharse la canaria descubrí un tesoro. Ajena a ser observada, Esther no se percató de que me estaba enseñando su esfínter virgen y deseando ser yo quien lo estrenara, busqué algo que me sirviera de lubricante.

Al hallar  sobre la mesa del comedor una botellita con aceite de oliva, decidí que me servía y sin preguntar, cogí esas nalgas y separándolas, dejé caer un buen chorro por su raja. Ella al sentir el contacto de mis manos pero sobre todo la frescura del aceite, levantó su trasero sabiendo que era inevitable. Con mis lo extendí, concentrándome en su agujero virgen. Como quería desgarrarlo, lo fui relajándolo con un masaje. Masaje al que Esther respondió como una loca mis caricias pidiéndome que me diera prisa.

― Cállate puta, ¡Nadie te ha dado permiso de hablar!

Al no hacerle caso y seguir untando su culo con el lubricante, sus dientes se apoderaron del botón de placer de Susana y sometiéndole a una dulce tortura, penetro con dos dedos el sexo de su amiga.  Con mi sumisa a punto de explotar, decidí que era hora de romperle por primera vez su esfínter, por lo que poniendo mi pene en la entrada trasera de la mujer, de una sola embestida introduje mi extensión dentro de ella.

Esther gritó de dolor, pero no intentó zafarse de mi agresión. Y tras breves momentos en los que dejé que se acostumbrara a mi grosor dentro de ella, comencé con mis embestidas. Completamente llena, se había olvidado que tenía que seguir consolando a Susana, por lo que ésta tirándole del pelo, volvió a acomodar la boca de la mujer en su sexo.

Sintiéndose nuestro objeto de placer, no pudo dejar de lamer y mordisquear el clítoris de mi amante, mientras yo estrenaba su culo. Babeando notó que Susana se iba a correr en su boca, por lo que aumentó el ritmo de sus caricias y como si estuviera sedienta, re recibió ansiosa el río ardiente de la mujer y como posesa buscó no desperdiciar ni una gota de ese líquido.

Mientras tanto su propio cuerpo más relajado dejaba de sentir dolor y paulatinamente comenzó a disfrutar de  mis incursiones. Ya satisfecha, mi sumisa se levantó para ayudarme con la muchacha y sentándose en el suelo, separó sus labios, introduciéndole dos dedos en su vulva.

Esther nunca había sido sodomizada y follada a la vez y una vez repuesta de sentir sus dos agujeros asaltados, nos pidió no paráramos. Sus caderas se movían sin control, buscando el placer doble que le provocaban los dedos de su amiga sobre su clítoris y mi pene rompiéndole su virgen culo.

Marcándole el ritmo a base de azotes, conseguí que se coordinara conmigo y como era una buena aprendiz, rápidamente logró seguir el compás de mis manos sobre su trasero. Incrementando la cadencia, nuestro galope se convirtió en una carrera sin freno. Susana sin dejar de follar  con sus dedos a su aprendiz, empezó a jugar con mis testículos cada vez que estos se acercaban a su lengua.

Esther, apoyó su cabeza contra la mesa, cuando desde su interior como si fuera una llamarada su cuerpo se empezó a convulsionar de placer y mientras derramaba un torrente de flujo por sus muslos, cayó agotada. Al sentirme que ya era el dueño absoluto de esas dos, exploté dentro de la morena mientras besaba a la rubia.

Satisfecho por ser propietario de esas dos bellezas, en cuanto me hube recuperado un poco les pregunté:

― Me voy a dar un baño, ¿quién quiere acompañarme?

¡Las dos quisieron!

― ― ― ― ―  FIN ― ― ― ― ―

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *