Mientras me servía un whisky, me puse a pensar en qué sentía sabiendo que mi amiga y mi criada se habían convertido en amantes y concluí que no me sentía responsable de ello. Si María estaba disfrutando del amor lésbico en brazos de Simona era su culpa y no la mía. Nadie mejor que ella podía saber del poder que tenía una custodio y aun así había probado su leche.
Otra cosa era el acostarme con ella porque todavía retumbaba en mi mente sus palabras cuando me había informado de que si una mujer que se hubiese acostado con una custodio se estregaba al macho de esta, quedaba sometida para siempre a la pareja.
Ese destino era demasiado duro y no lo quería para ella. Estaba meditando sobre ello cuando de pronto caí en que eso era muy parecido a lo que había hecho Cristina, mi secretaria:
¡Se había acostado conmigo después de tomarse las dos botellas que me había dado Simona!
«¡Mierda! ¿Y ahora qué hago?», me pregunté francamente preocupado, «no se ha acostado con ella, pero se ha bebido casi un litro de su leche».
Si como me temía lo que realmente provocaba la adicción era el néctar que manaba de sus pechos, el hecho de no conocer siquiera a Simona era indiferente, lo importante era que me la había tirado después de que se hubiese atiborrado con ese afrodisiaco blanco y dulzón.
«… quedará sometida a la pareja», repetí sin saber exactamente a que se refería, pero asumiendo que tendría un carácter sexual.
Si tomaba literalmente esa sentencia, se suponía que Cristina nada podría hacer por evitar sentirse atraída tanto por mí como por mi criada y eso me parecía perverso porque de ser así su libre albedrío sería cosa del pasado.
«Tengo que preguntar a Simona cómo funciona y cuáles son los límites antes de tomar una decisión sobre las dos», medité mientras apuraba mi bebida, sabiendo que lo que me dijera afectaría tanto a Cristina como a María.
Como si me hubiese leído el pensamiento, justo en ese preciso instante hizo su aparición por la puerta la rumana y sin anestesia de ningún tipo, me soltó:
― ¿Por qué no te has tirado a esa zorra? Hasta que no lo hagas, no estaremos a salvo.
―No estoy seguro de quererlo hacer, pero no quiero que le hagas nada malo― respondí temiendo que Simona actuara como las custodios de las leyendas.
―Tú mismo. Pero debes saber que, si mi gente se entera, nada podremos hacer por ella… ― me replicó: ―… muerto el perro… se acabó la rabia.
Dando por sentado que no bromeaba, me quedé pálido. Ninguna de las dos opciones a las que me enfrentaba me satisfacía, pero aceptando que era menos mala el acostarme con María que el ser culpable de su muerte, pedí a la morena que me explicara en profundidad hasta qué grado dependería de nosotros si me acostaba con ella.
―Totalmente― contestó ésta desde la puerta: ―Si me acuesto contigo, seré adicta tanto a la leche de ella como a tus caricias. Dependeré física y mentalmente de vosotros. Por eso la custodio insiste en que te acuestes conmigo ya que una vez lo hayas hecho mi lealtad será inquebrantable.
― ¿Y eso te molestaría?
― ¿Acaso importa? ― contestó dejando claro que lo transcendental era lo que yo pensara.
―A mí no pero no pienso obligarte a hacer nada que tú no quieras― insistí.
Tomándose su tiempo, la rubia respondió:
― ¿Te imaginas lo que es para mí poder estudiar de cerca una Îngerul păzitor? Es el sueño de cualquier estudioso de historia medieval: ¡vivir en persona algo que se creía que era solo una leyenda!
El brillo de sus ojos y el tamaño de sus pezones era muestra incontestable de la excitación que sentía en ese momento. Supe que al igual que en el pasado su amor por la ciencia la había alejado de mí, en ese momento la impelía a lanzarse entre mis brazos.
―Todo sea por la ciencia― comenté bastante defraudado con María.
La rubia advirtió mi cabreo, pero lejos de intentar disculpar las razones que la impulsaban a entregarse a mí, las ratificó diciendo:
―Además de la curiosidad científica, si me quedo a vuestro lado, tendré placer a raudales.
Me indignó la ausencia de moral de la que seguía considerando una amiga y queriendo que supiese desde el principio que podía comportarme como un verdadero capullo, le pedí que se acercara. Al escuchar esa orden me miró con evidente alegría y olvidando que estaba totalmente desnuda, recorrió los dos metros que nos separaban moviéndose lentamente.
El erotismo que demostró tener esa empollona y la falta de escrúpulos para entregarse a mí espantaron los últimos resquicios de culpabilidad y acercando mis manos a sus pequeños pechos, los castigué con sendos pellizcos mientras pensaba en cómo comportarme.
En vez de quejarse, María soltó un gemido de placer al sentir el correctivo y pegándose a mí, puso sus rosadas areolas a la altura de mi boca.
«Me está pidiendo a gritos que se las muerda», pensé para mi sorpresa al ver que con los labios medio abiertos se me quedaba mirando.
La rumana decidió que era mejor dejarnos a solas y sin decir nada, desapareció rumbo a la cocina mientras la rubia permanecía esperando la acción de mi boca sobre sus tetas. Todavía sin haber asimilado el cambio producido en esa ratita de biblioteca, complací sus deseos atrapando uno de sus pezones entre mis labios.
―Dios, ¡cómo me gusta! ― rugió nada al notar que me ponía a succionar de su botón ya erecto.
La desmesurada reacción de la rubia me sorprendió y es que no solo se puso a berrear de placer, sino que deseando quizás acelerar su orgasmo, llevó una de sus manos a la entrepierna y comenzó a masturbarse.
― ¿Desde cuando eres tan puta? ― pregunté descojonado al contemplar la velocidad que imprimía a sus yemas.
María, sin aminorar el ritmo de sus caricias y ya con la respiración entrecortada, contestó:
―Siempre lo he sido, pero no me atrevía a reconocerlo.
Reconozco que me hizo gracia su descaro y riendo lamenté el tiempo que habíamos perdido diciendo:
―Si lo llego a saber antes, no te me escapas.
La felicidad con la que se restregó a mí al escuchar mi comentario incrementó de sobremanera las sospechas que tenía de que algo había cambiado en el interior de mi amiga al mamar de Simona y deseando contrastar ese extremo, le comenté que ya que estaba en pelotas me gustaría disfrutar de su desnudez.
Excediéndose a mis deseos, comenzó a tararear una canción mientras, bailando, exhibía su cuerpo ante mí:
―Hay que reconocer que estás buena― sentencié admirando la sensualidad de sus movimientos.
La muchacha se ruborizó al oír mi piropo, pero, lejos de cortarse, dándose la vuelta, me dejó admirar la perfección de su trasero.
― ¡Menudo culo! ― exclamé en voz alta al contemplar las dos duras con la que estaba compuesta esa parte de su anatomía.
María al oír mi exabrupto sonrió y mientras sus pezones se iban empequeñeciendo al contacto de mi mirada, me soltó:
―Nadie lo ha usado todavía.
No me pasó desapercibido que en ese “todavía” se escondía una oferta y deseando comprobar que eran ciertas sus palabras, le pedí que se acercara. Nuevamente me sorprendió porque ronroneando se acercó a mí y sin que yo se lo tuviera que pedir, girándose, usó sus manos para separar sus nalgas al tiempo que me pedía que fuera con cuidado.
―No te preocupes, lo haré― respondí observando por primera vez su rosada entrada trasera.
Al contemplarlo, supe de inmediato nadie había hoyado ese cerrado esfínter y queriendo ver hasta donde llegaría mi amiga, recorriendo sus bordes, me puse a comprobar su flexibilidad con mis dedos. María no puso impedimento alguno cuando delicadamente inserté una de mis yemas en su ojete. Es más, abriendo aún más sus cachetes con sus manos, reveló en cierta forma que le estaba gustando la experiencia.
Satisfecho y más cachondo de lo que me gustaría reconocer, me recreé metiendo y sacando mi dedo de su culo hasta que, tras escuchar un sollozo de la rubia, le exigí que exhibiera su sexo ante mí.
― ¿No te parece que tengo un culo bonito? ― preguntó con picardía.
Muerto de risa, regalé un azote a mi amiga, la cual orgullosa de haber superado la prueba con su trasero, se volteó y separando sus rodillas, expuso su vulva a mi escrutinio.
―Me lo depilé esta mañana― comentó al ver la expresión de mi cara.
―Parece el coño de una quinceañera― repliqué mientras con genuino interés me ponía estudiar su sexo.
Al escuchar la comparación, sonrió y sin dejar de mirarme, usó sus dedos para mostrármelo al detalle. Fue entonces cuando me percaté que unas gotas de humedad brotaban de su interior demostrando que ese escrutinio la estaba excitando.
― ¡Estás caliente! ¿Verdad? ― pregunté al reparar en que en ese momento se estaba mordiendo el labio.
―Sí ―reconoció lo evidente al ser incapaz de retener un gemido.
Por su actitud asumí que, aunque resultara raro, María estaba disfrutando, actuando como si fuera unta sumisa en poder de su amo y deseando confirmar que le gustaba sentirse bajo mi dominio, le ordené que se masturbara. No tuve que repetírselo, sin dudar sobre lo que tenía que hacer abrió sus piernas y se comenzó a acariciar el clítoris. Olvidándome de nuestra amistad, me concentré en observar la resolución que mostraba al obedecerme y al escuchar sus primeros sollozos de placer, me empecé a calentar.
María al comprobar con sus ojos la erección de mi entrepierna, suspiró y llevando una mano a su exiguo pecho, lo pellizcó mientras aceleraba su masturbación. Poco a poco la excitación fue dominándola y dejándose llevar, me informó que estaba a punto de llegar al orgasmo.
Recordando el modo en que se me había ofrecido, esperé que estuviera a punto de correrse y entonces le ordené que parase.
― ¿Por qué me haces esto? ― se quejó.
La expresión de resignación de su cara me gustó y sin mediar palabra, acercándome a ella, le obligué a ponerse en posición de perro.
― ¿Qué me vas a hacer? ― sollozó llena de deseo.
―Ya te enterarás― contesté― ahora sigue tocándote.
La muchacha obedeciendo, volvió a masturbarse mientras yo me ponía a examinar las distintas partes de su cuerpo:
―Si al final te acepto como esclava, voy a tener que ponerte tetas― dije mientras acariciaba sus diminutos senos.
Mi propósito era humillarla, pero ella, al sentir el contacto de mi palma en su piel, suspiró excitada. Al comprobar que mi menosprecio avivaba su deseo, decidí forzar el morbo de la joven cogiendo entre mis manos los granos que tenía por pechos mientras le decía:
―Menos mal que tengo a Simona para disfrutar de un par de buenas tetas porque si tengo que contar con las tuyas, estaría jodido.
María al escuchar mi burla, reaccionó diciendo:
―Quizás si me preñas, me crezcan.
Que afirmara con tanto descaro que no le importaría quedarse embarazada por mí, me calentó y sin cortarme, la regalé con un largo y húmedo lametón sobre una de sus pequeñas vergüenzas. La rubia, al sentir mi lengua sobre su areola, incrementó la tortura de su sexo mientras buscaba el contacto con mi verga.
― ¿Te apetece que te use? O ¿es que estás en celo? – pregunté muerto de risa.
―Las dos cosas― respondió con la voz entrecortada.
La urgencia que escondían sus palabras no me permitió objetar nada cuando con un suave empujón me obligó a sentarme en una silla.
―Necesito que me tomes de una puta vez― susurró mientras se sentaba a horcajadas sobre mí y cogiendo mi verga entre sus manos la llevaba hasta los pliegues que daban entrada a su gruta.
― ¿Estás segura? Cómo sabes no hay marcha atrás― comenté sin fuerzas para rechazarla.
―Sí― replicó al tiempo que, dejándose caer suavemente, usaba mi pene como el ariete con el cual empalarse.
La lentitud con la que se clavó mi estoque me permitió disfrutar del modo en que su vulva se abría a mi paso. De algún modo, eso hizo que se me contagiara su calentura y no pudiendo aguantar más sin tocarla, llevé mis manos hasta sus pezones. Recreándome en ellos, me dediqué a pellizcarlos mientras su dueña no paraba de gemir cada vez más alto.
― ¡Fóllate a tu futura sierva! ― chilló al sentir que había conseguido introducir todo mi pene dentro de su vagina.
Si ya de por sí el modo en que se refirió a ella demostraba su urgencia, al sentirse invadida ni siquiera esperó a relajarse y tomando apoyo en mis hombros, comenzó un lento vaivén con su cuerpo.
― ¡Cómo necesitaba ser tuya! ― murmuró entre gemidos mientras hacía enormes esfuerzos por contener sus ganas de acuchillar su pequeño cuerpo con mi verga.
Os parecerá una exageración, pero en pocos segundos la velocidad con la que se izaba sobre mí para acto seguido dejarse caer era tan grande que temí que en algún momento me hiciera daño.
―Tranquila― dije en su oído mientras le mordisqueaba la oreja.
Ese cariñoso gesto fue el empujón que María necesitaba para correrse y mientras oía sus gritos de placer, sentí un cálido fluido recorriendo mis piernas.
―Me encanta― sollozó mientras se arqueaba sobre mí con los ojos en blanco, mezcla de placer y de pasión.
Para entonces ya no me bastaba con ser el testigo mudo de su lujuria y cogiendo entre mis manos su cadera, comencé a levantarla y a bajarla para de esa forma acelerar el ritmo con el que se empalaba.
―Muévete puta― exigí a la pequeña pero ardiente mujer.
María, dando un grito, buscó obedecerme y aceleró su galope, sin importarle que con ello el placer que la dominaba se fuera profundizando.
―Me estas matando― chilló llena de dicha mientras se volvía a empalar.
Deseando que su primera vez conmigo fuese inolvidable para ella, quise disfrutar de sus dos rosadas areolas y eligiendo una, me la acerqué a la boca. María aulló desesperada cuando sintió como mis dientes mordían sus pezones y totalmente entregada, me clavó las uñas en mi espalda, buscando aliviarse la calentura.
El dolor que sentí por ese arañazo y el volumen de sus gritos incrementaron mi libido y olvidando toda precaución y todo reparo, la coloqué de espaldas a mi sobre la mesa y la penetré de un solo golpe.
― ¡Qué bestia eres! ― protestó por la violencia de mi asalto.
Sin hacer caso a sus quejas, comencé a martillar su sexo e imprimiendo a mi verga un ritmo atroz, forcé su interior una y otra vez con tal fiereza que mis huevos rebotaban como en un frontón contra su cuerpo.
―No puedo más― escuché que sollozaba.
Incitado por sus lloriqueos, aceleré aún más mi compás mientras de su boca se le caía la baba incapaz de soportar tanto placer.
― ¡Me corro! ― aulló descompuesta y uniendo un orgasmo con el siguiente, se vio sumida en un mutismo del que solo salía para pedirme que no parara.
Todavía hoy no comprendo porque fui capaz de prolongar durante tanto tiempo mi ataque sin correrme, pero lo cierto es que, imbuido en la sensación de dominio, seguí machacando su pequeño cuerpo hasta que, desde la puerta, Simona me pidió que derramara mi simiente en su interior diciendo:
―Preña a nuestra puta.
Esa inesperada orden por parte de la rumana hizo que pegando un gemido explotara dentro de la vagina de María y que ésta al sentir mi simiente llenando su conducto, se uniera a mí en un postrer orgasmo antes de caer desmayada sobre la mesa.
Sonriendo, mi criada me señaló a la rubia diciendo:
―Fíjate en su cara. Se nota que se siente plena ahora que es nuestra para siempre.
¡Era cierto! Al fijarme en María, la expresión de felicidad que leí en su rostro ratificó en mí la certeza que María había dejado de ser mi amiga para convertirse en nuestra sierva…

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