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	<title>LOUISE RIVERSIDE &#8211; PORNOGRAFO AFICIONADO</title>
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	<description>---TU WEB DE RELATOS ERÓTICOS--- (SOLO MAYORES DE +18 AÑOS)</description>
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	<title>LOUISE RIVERSIDE &#8211; PORNOGRAFO AFICIONADO</title>
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		<title>&#8220;JUGANDO A SER DIOSES: Experimento fuera de control&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR LOUISE RIVERSIDE Y GOLFO)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 06 Jun 2026 07:29:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
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		<category><![CDATA[LOUISE RIVERSIDE]]></category>
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					<description><![CDATA[Sinopsis: Un magnate de bolsa, cansado y asustado por los continuos ingresos de su única heredera en clínicas de desintoxicación, ve en las novedosas teorías de Jack Mcdowall, un neuropsiquiatra con un oscuro pasado como agente de la CIA, la única forma de que su hija deje las drogas. No le importa que el resto de la comunidad científica las tache de peligrosas y decide correr el riesgo. Para ello no solo lo contrata, sino que pone a su disposición el saber y la intuición de una joven química, pensando que esas dos eminencias serán capaces de tener éxito donde [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image"><a href="https://www.amazon.es/dp/B07G3HDBHN"><img decoding="async" width="1024" height="364" src="http://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/jugando-a-ser-dioses2-1024x364.jpg" alt="" class="wp-image-18413" srcset="https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/jugando-a-ser-dioses2-1024x364.jpg 1024w, https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/jugando-a-ser-dioses2-300x107.jpg 300w, https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/jugando-a-ser-dioses2-768x273.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>


<p><span style="font-size: 18pt;">Sinopsis:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 18pt; font-family: georgia, palatino, serif;">Un magnate de bolsa, cansado y asustado por los continuos ingresos de su única heredera en clínicas de desintoxicación, ve en las novedosas teorías de Jack Mcdowall, un neuropsiquiatra con un oscuro pasado como agente de la CIA, la única forma de que su hija deje las drogas. No le importa que el resto de la comunidad científica las tache de peligrosas y decide correr el riesgo. Para ello no solo lo contrata, sino que pone a su disposición el saber y la intuición de una joven química, pensando que esas dos eminencias serán capaces de tener éxito donde los demás han fracasado.<br>Desde el principio existen claras desavenencias entre ellos pero no amenazan el resultado porque lo quieran o nó, sus mentes se complementan&#8230;. hasta que el experimento se sale de control.<br>En este libro, Louise Riverside y Fernando Neira se unen para crear una atmósfera sensual donde los protagonistas tienen que lidiar con sus miedos sin saber que el destino y la ciencia les tiene reservada una sorpresa..</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 18pt;"><em>MÁS DE 200 PÁGINAS DE ALTO CONTENIDO ERÓTICO</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 18pt;"><em><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="https://www.amazon.es/dp/B07G3HDBHN"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 18pt;"><em>https://www.amazon.es/dp/B07G3HDBHN</em></span></a></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 18pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo LOS DOS PRIMEROS CAPÍTULOS:</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 18pt;">Capítulo 1</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Jack McDowall se había quedado sin trabajo. Hasta que publicó su último ensayo en Journal of Psychology, todo el mundo reconocía su valía como neuro psiquiatra, pero las controvertidas propuestas que se había atrevido a enunciar en esa revista lo habían convertido en un paria, un peligroso iluminado.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Y si supieran que dichas teorías las desarrollé en gran parte gracias a mi labor en la CIA, querrían lapidarme», se dijo pensando en la mala prensa que tenían todos aquellos que habían servido en Afganistán.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Todavía recordaba la defensa que había hecho del tema cuando el decano de la prestigiosa universidad en la que colaboraba le había comunicado que debía tomarse una excedencia.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―John, no he dicho nada que la gente no supiera― comentó al verse acorralado por la polémica: ―Solo sistematicé una serie de técnicas que se vienen utilizando desde hace años y les di una aplicación práctica en un problema que acucia a toda la sociedad.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No me jodas, Jack. Siempre te ha gustado provocar y hasta el título de tu artículo “Violencia coercitiva y uso de sustancias en la desintoxicación de drogadictos” es una muestra de ello.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Defendiéndose, el neuro psiquiatra respondió que su ensayo que estaba dirigido a un público informado y no a la plebe.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Exactamente por eso, ¿no te das cuenta de que lo que sostienes es el uso de drogas sustitutivas y el lavado de cerebro como medio para desenganchar a los enfermos? ¿Qué pasaría si tus técnicas las usara un desaprensivo que se cree un mesías?&#8230; ¡No tendría problemas en convertir a sus acólitos en zombis incapaces de pensar!</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Acaso Seaborg o McMillan son responsables de las bombas atómicas por haber descubierto el plutonio? Los científicos tenemos que estar por encima de eso― protestó acaloradamente: ―Por supuesto que los métodos que propongo pueden ser usados en otros fines, pero no por ello dejan de ser menos válidos. Piensa en los millones de personas que dependen de las drogas en nuestra sociedad, ¡les estoy dando una salida a sus miserables vidas!</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¡Te equivocas! Lo que realmente has hecho es sistematizar y perfeccionar una herramienta con la que se puede controlar a las masas y eso crearía una sociedad cautiva, sometida y sin libertad. ¡Una dictadura perfecta!</span><br><span style="font-size: 14pt;">Que le acusaran veladamente de nazi le indignó porque no en vano había dedicado dos años de su vida a combatir los estragos que los talibanes habían provocado en la mente de los americanos que habían caído en su poder.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No acepto una simplificación como esa. Si un presidente quiere un lavado de cerebro en masa solo tiene que coger el teléfono y llamar al dueño de Facebook.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Esa es tu opinión, pero no la del consejo. Por eso hemos decidido que debes tomar un año sabático mientras todo se calma― sentenció su jefe dando por terminada la conversación.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Sigo sin poder aceptar que los miembros de la élite cultural de este país sean tan estrechos de mente», murmuró preocupado porque llevaba una semana buscando otra universidad que le diera cobijo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Y todas con la que había contactado le habían dado largas cuando no le habían rechazado directamente. Por ello esa mañana, estaba en casa intentando hacer algo para romper la monotonía en que se había instalado desde que le habían notificado su cese, cuando escuchó el sonido agudo del timbre.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«¿Quién será?», se preguntó extrañado de que alguien, rompiendo su aislamiento, estuviera llamando a su puerta.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Al abrirla, se encontró con un chofer que tras cerciorarse de quien era, señalando la limusina que conducía, le pidió educadamente que le acompañara porque su jefe quería verle.</span><br><span style="font-size: 14pt;">La sorpresa no le dejó reaccionar y antes de poder recapacitar, se vio dentro del lujoso vehículo con rumbo desconocido.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Ni siquiera le he preguntado quién le manda», murmuró para sí mientras decidía si pedirle que parara o dejar que le llevara hasta su superior. La ausencia de otras ocupaciones le hizo comprender que nada tenía que perder y por eso relajándose, disfrutó de la comodidad de su asiento mientras a través de la ventana observaba la ajetreada vida de los neoyorquinos, sabiendo que muchos de ellos necesitaban una pastilla o una dosis de cocaína para levantarse todas las mañanas.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Si me dejaran terminar mis estudios, ¡podría salvarlos!», se lamentó sintiéndose una víctima de la hipocresía reinante entre la clase pensante de ese país.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Seguía torturándose con lo que consideraba una injusticia equivalente a la que había que había sufrido Copérnico por hablar de heliocentrismo cuando de pronto el conductor paró frente a un impresionante edificio de la Quinta Avenida.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«¡Menuda choza tiene por oficina el que vengo a ver!», sentenció mientras junto al uniformado recorría el hall de entrada.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Si el lujo de esa construcción le había dejado apantallado, más lo hizo el que el sujeto que fuera a ver tuviera un ascensor privado cuyo único destino era su despacho.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Esto huele a servicio secreto», dijo para sí pensando que quizás algún jerarca de una oscura agencia de seguridad había sabido de sus teorías, y escamado tras su experiencia en la Agencia, pensó: «Si es así, ¡me voy! ¡No voy a trabajar más para el gobierno!».</span><br><span style="font-size: 14pt;">Los veinte segundos que ese elevador tardó en llegar a la planta superior le parecieron eternos y por eso se animó cuando por fin sus puertas se abrieron. La alegría le duró poco al reconocer al tipo que se acercaba renqueando hacía él.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«¡No puede ser!», murmuró en silencio confundido porque el hecho de que quien casi lo había secuestrado fuera uno de los más famosos magnates de Wall Street, «¿Qué cojones querrá de mí Larry Gabar?».</span><br><span style="font-size: 14pt;">Su cara y su nombre eran habituales en los periódicos financieros de todo el mundo, pero también en los sensacionalistas por los continuos escándalos que su hija Diana provocaba cada dos por tres. No sabiendo a qué atenerse y tras saludarlo con un apretón de mano, lo siguió hasta su despacho.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«En persona, parece más viejo», sentenció fijándose en las profundas arrugas que surcaban la cara del ricachón.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Acababa de sentarse cuando ese hombre acostumbrado a enfrentarse con tiburones de la peor especie, con el dolor reflejado en su rostro, le soltó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Muchas gracias por venir, necesito su ayuda.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Que un sujeto como aquel se rebajara a hablar con un profesor de universidad ya era suficientemente extraño, pero que encima casi llorando le pidiera auxilio le dejó pasmado. Desconociendo en qué podía socorrerlo, Jack espero a que continuase.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Mis contactos me han explicado que usted está desarrollando una novedosa terapia para desenganchar a drogodependientes.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Así es, pero todavía está en pañales.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Levantando su ceja, Larry Gabar le taladró con la mirada:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No es eso lo que me han dicho. Según mis fuentes, solo está a expensas de que alguien financie la puesta en práctica de sus teorías y ¡ese voy a ser yo!&#8230; Siempre que acepte mis condiciones.</span><br><span style="font-size: 14pt;">A pesar de que para él era vital que alguien sufragara los enormes gastos de sus estudios, supo de inmediato que el interés de ese hombre no era mero altruismo, sino que era debido por algo que estaba a punto de conocer. Por eso, controlando el tono de su voz, para no revelar su alegría, Jack le preguntó cuáles eran esos requisitos que tenía que cumplir.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Como me imagino que sabe, tengo una hija drogadicta. Quiero que la desenganche de esa mierda y que no vuelva a recaer.</span><br><span style="font-size: 14pt;">El neurólogo comprendió lo peligroso que podría resultar tratar a la hija de uno de los hombres más poderosos de todo Estados Unidos, pero también que, de tener éxito, al hacerlo se le abrirían las puertas que de otra forma permanecerían cerradas.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No tengo problema en tratarla una vez se haya confirmado la validez de mis métodos― contestó aceptando implícitamente el hacerse cargo de su vástago.</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¡Mi hija no puede esperar! ¡Cualquier día la encontrarán tirada en un rincón víctima de una sobredosis! ¡Debe usted empezar de inmediato!</span><br><span style="font-size: 14pt;">Esa era la contestación que más temía. No en vano sus planteamientos seguían siendo eso, planteamientos que jamás habían sido puestos en práctica. Tratando de no perder esa financiación, pero también que el millonario aquel comprendiera lo novedoso de los métodos que proponía, le preguntó si sabía en qué consistía la terapia.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Para su sorpresa y sacando un dosier, se lo dio diciendo:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Me he informado y si acepto que un antiguo interrogador de la CIA le lave el cerebro a mi pequeña, es porque lo he intentado todo. Me trae al pairo como lo consiga, solo quiero a Diana lejos de las jeringuillas.</span><br><span style="font-size: 14pt;">No supo que decir. Se suponía que nadie sabía que, además de ayudar a las víctimas de los Talibanes, la compañía lo había utilizado para sonsacar los planes a esos fanáticos. Jack mismo intentaba olvidarlo porque le avergonzaba el haber usado sus conocimientos como torturador.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Que ese hombre estuviera al tanto de ese papel, lo dejó acojonado al comprender que había tenido que usar todo su poder para conseguir esa información. Tras reponerse de la sorpresa, supo que de nada serviría fingir ni minorar el riesgo que ser la cobaya con la que experimentarían por primera vez sus arriesgadas teorías, replicó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Es consciente que la llevaré al borde del colapso físico y psíquico para poder manipular su mente y del peligro que se corre.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Con una mueca amarga en su boca, Larry Gabar contestó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Lo sé y antes de verla un día más tirada como piltrafa, prefiero correr el riesgo de que muera.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Impresionado por el valor del viejo, insistió:</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Sabe que para ello propongo usar unas drogas que todavía no están plenamente desarrolladas?</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Eso cree, pero no es cierto. Tras leer su artículo, puse a mi gente a indagar y descubrí que existen.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No es posible, ¡yo lo sabría! ― el neurólogo contestó casi gritando porque, de ser cierto, podría poner en práctica sin más dilación sus teorías.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Apretando un botón, el ricachón pidió a su secretario que hiciese pasar a su otro invitado.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Jack, le presentó a J.J., la investigadora que ha creado unos compuestos que se adecuan a sus requerimientos.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Le costó creerse que esa joven rubia fuera experta en química orgánica. Por su juventud parecía más una colegiala que una científica y tampoco ayudaba que el jersey de cuello que llevaba fuera el que usaría una militante de ultraizquierda.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Encantado de conocerla ― aun así, se presentó como si fuera una colega.</span><br><span style="font-size: 14pt;">La recién llegada masculló a duras penas un hola, tras lo cual se hundió en un sillón como si esa conversación no fuera con ella. Gabar sin duda debía conocer las limitadas habilidades sociales de la muchacha porque olvidándose de la autora, empezó a explicar sus descubrimientos leyendo un documento que tenía en sus manos.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Llevaba menos de un minuto, relatando las propiedades de las diversas sustancias cuando impresionado por lo que estaba oyendo, Jack le arrebató los papeles y se los puso a estudiar en silencio.</span><br><span style="font-size: 14pt;">El ricachón obvió la mala educación del neurólogo y sabiendo que lo había deslumbrado, esperó sonriendo que terminara.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«No me lo puedo creer, ¡ha modificado la metadona añadiendo unas moléculas que nunca había visto!», exclamó mentalmente mientras repasaba una y otra vez las supuestas propiedades de ese compuesto.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Lo novedoso de ese desarrollo lo tenía alucinado porque saliéndose de la línea que se estudiaba en todo el mundo, esa niña había planteado una nueva vía que se ajustaba plenamente a sus requerimientos.</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Quién es usted? ― le espetó al no entender que jamás hubiese oído hablar de ella, de ser cierto todo aquello, esa pazguata era el químico más brillante que jamás conocería.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Jota .</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Tendrá apellido? ― molesto Jack preguntó.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Jota ― sin levantar su mirada replicó ésta con un marcado acento español.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Interviniendo, el ricachón explicó al neurólogo que, en el acuerdo que había llegado con ella, estaba mantener su identidad oculta porque quería seguir viviendo anónimamente una vez acabara su colaboración.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Jack estaba a punto de protestar cuando de improviso escuchó a la cría alzar la voz:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Como comprenderá, de saberse, los cárteles de la droga llamarían a mi puerta porque mis compuestos se podrían fabricar a una ínfima parte de los que ellos distribuyen. Solo he accedido a desarrollar lo que usted necesitaba porque me interesa que tenga éxito y consiga sacar de las drogas a la gente.</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Me está diciendo que los ha hecho exprofeso para mi investigación? ¡Eso es imposible! De ser verdad, ¡solo ha tenido un mes para conseguirlo!</span><br><span style="font-size: 14pt;">Levantado su mirada por unos momentos, contestó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Tardé quince días. La verdad es que me resultó fácil porque, con su artículo, usted mismo me fue guiando.</span><br><span style="font-size: 14pt;">El cerebro que debía poseer esa criatura para llevarlo a cabo hizo crecer en una desconfianza creciente porque nunca había escuchado algo igual. Por ello y dirigiéndose al magnate, preguntó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Usted se creé esta mascarada. Me parece una estafa. Es técnicamente imposible.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Riendo a carcajadas, Gabar le respondió:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Jota lleva trabajando para mí desde los dieciséis años y si ella dice que sus compuestos cumplen las condiciones que usted planteaba, le puedo asegurar que es así. Confío en ella y usted deberá hacerlo porque, si acepta mi oferta, trabajarán juntos.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Que esa veinteañera fuera un genio que llevaba en su nómina desde niña le intimidó, pero también le hizo comprender que, junto a ella, su proyecto avanzaría a pasos agigantados y venciendo sus reticencias, se puso a negociar con el magnate las condiciones en las que se llevaría a cabo ese experimento.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Contra todo pronóstico, Larry Gabar no discutió apenas los términos y en lo único que se impuso fue en que quería que la desintoxicación de su hija tuviera lugar en una de sus instalaciones.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Al explicarle que estaba alejada más de cincuenta kilómetros del pueblo más cercano y que Diana no la conocía, Jack aceptó porque era necesario aislar al sujeto de todo lo que le resultara familiar, así como de cualquier estímulo que le hiciera recaer.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Lo que no le gustó tanto fue que, al cerrar el acuerdo, la tal Jota preguntara al magnate si era seguro que se quedarán ellas dos solas ¡con un torturador!&#8230;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Capítulo 2</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Larry Gabar tenía previsto que aceptara el encargo y por eso, cuando Jack estampó su firma en el contrato que le uniría al magnate, apenas le dejó tiempo para ir a casa a preparar su maleta. Para su sorpresa, la finca donde pasarían los siguientes tres meses ya estaba completamente equipada para la labor.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Diana llegará en tres días. Para entonces espero que todo esté listo para comenzar su desintoxicación― informó al neurólogo: ―Por lo que, si encuentra algo a faltar, dígamelo y se lo haré llegar.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Una pregunta, ¿su hija está de acuerdo con internarse?</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Acaso importa? ― replicó el padre.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Lo digo por mero formalismo legal porque desde el punto de vista del tratamiento, da igual.</span><br><span style="font-size: 14pt;">El sesentón respiró aliviado al escuchar que no hacía en principio falta el consentimiento de la paciente, pero sacando un papel, se lo entregó a Jack diciendo:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Diana fue incapacitada por un juez y como su tutor soy yo el que lo autoriza.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Jack ni siquiera leyó el documento porque sabía que en caso de un percance de nada serviría tenerlo al tenerse que enfrentar con los mejores abogados del país. Aun así, se lo guardó. Tras despedirse del ricachón, se percató que Jota le seguía y girándose hacia ella, le preguntó si le iba a acompañar al avión.</span><br><span style="font-size: 14pt;">La rubia contestó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Considero necesario estar desde el principio porque además de crear las sustancias que usted vaya necesitando, mi otra función será informar a nuestro jefe de los avances que vayamos teniendo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">A Jack le gustó que reconociera sin tapujos que era una infiltrada del magnate porque así sabría a qué atenerse. Quizás por ello, en plan gentil, le cedió el paso mientras salían del despacho, sin saber que al hacerlo la muchacha malentendería ese gesto y cabreada le exigiría que fuera esa la última vez que se comportara como un cerdo machista.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Mira niña, antes me acusaste de torturador y me quedé callado. Pero el colmo es que ahora me insultes tildándome de sexismo sin conocerme. Intenté ser educado, pero ya que lo prefieres así: ¡mueve tu puto culo que tenemos prisa!</span><br><span style="font-size: 14pt;">Nadie la había tratado jamás con tanta falta de consideración y como no estaba acostumbrada a ese trato, anotó esa afrenta para hacerle saber lo que pensaba en un futuro, pero no dijo nada.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Si cree que me puede tratar así, va jodido», sentenció sin dirigirle la palabra.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Jack deploró el haberse dejado llevar por su carácter, pero tampoco hizo ningún intento por disculparse.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Menudo infierno va a ser tener que vivir con esta imbécil. Sería darle la razón, pero lo que me pide el cuerpo es ponerla en mis rodillas y darle una tunda para que aprenda a tener más respeto», pensó fuera de sí…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Una hora después el avión personal de Gabar estaba despegando del aeropuerto de LaGuardia con el neurólogo y la joven química en su interior. La falta de sintonía entre los dos quedó de manifiesto al sentarse cada uno en una punta para así no tener que hablar siquiera entre ellos. Es más, por si le quedaba alguna duda, Jota sacó de su bolso dos libros y se los puso a leer, dándole a entender que no deseaba entablar ningún tipo de comunicación.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Jack reconoció por sus tapas que eran libros de psicoanálisis y eso le dejó perplejo porque lo especializado de su temario hacía que solo alguien versado en la materia pudiera entenderlo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Tratando de devolver veladamente sus insultos, desde su asiento ofreció a la rubia su ayuda diciendo:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Si necesitas que te aclare algún concepto, solo tienes que pedirlo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Levantando su mirada y por un momento, la cría le pareció humana, pero fue un espejismo porque al momento, luciendo una sonrisa de superioridad, esa bruja contestó:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No creo que me haga falta, solo estoy repasando conceptos que tengo un poco oxidados. Piense que ya hace cuatro años que me doctoré en psiquiatría y desde entonces apenas he tocado estos temas.</span><br><span style="font-size: 14pt;">No sabiendo que le jodía más, si que ese cerebrito fuese doctora en su misma rama o que lo hubiese dejado caer sin darle importancia, Jack replicó molesto que, ya que sabía del tema, quería escuchar su opinión sobre el método que él proponía para desenganchar de las drogas a los pacientes.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Sin separar los ojos del libro, Jota respondió:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Es un enfoque que en un principio me escandalizó, pero tras meditarlo, comprendí que podía ser acertado el planteamiento. Hasta ahora todos los psiquiatras han tratado a los drogodependientes por medio de la persuasión, pero usted propone algo más. Mientras ellos se conformaban con se alejen de las drogas, usted desea que piensen y se sientan libres de ellas, aunque para ello tenga que usar la coerción para moldear los flujos de información de sus cerebros.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Al oír sus palabras, esa criatura lo había descolocado porque había sintetizado en apenas treinta segundos su teoría. Por ello, menos molesto, le preguntó qué pasos creía que iba a seguir para conseguirlo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Nuevamente, me toma por novata― respondió Jota: ―cualquier estudiante de primero puede responder a esa pregunta: Lo primero que va a hacerle es una revisión física completa mientras sigue confusa por hallarse en un ambiente hostil. Me imagino que además de los análisis normales, le hará unos escáneres para comprobar el daño que las drogas han hecho en su cerebro.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Así es― confirmó el neurólogo: ― por mi experiencia si sabemos que el estado de sus lóbulos y cómo funcionan, nos resultará más sencillo detectar las debilidades que vamos a usar para manipular su mente.</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Qué espera encontrar en Diana?</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Deterioros en su capacidad cognitiva, memoria dañada, falta de autocontrol… nada que no haya visto antes― contestó.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Confirmando a su interlocutor que conocía a su futura paciente, Jota insistió:</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Diana no es la típica drogata. Además de ser una mujer bellísima, de tonta no tiene un pelo. Se ha llevado a la cama a todos y cada uno de los terapeutas que su viejo ha puesto en su camino.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―No dice nada en su historial― cabreado señaló Jack mientras revisaba su expediente ― ¿Cómo nadie me ha avisado de algo así? ¡Es importantísimo!</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Me imagino porque esos papeles han sido escritos por los mismos que sedujo y nadie es tan honesto de dejar al descubierto sus pecados.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Sabrás lo importante que es el sexo en el sistema de recompensas cerebrales. El placer puede ser la herramienta con la que hacerla cambiar. Las dosis de dopamina que se producen en cada orgasmo las podemos aprovechar para desmoronar su adicción a otras sustancias.</span><br><span style="font-size: 14pt;">― ¿Está hablando de hacerla adicta al sexo? ¿Eso sería cambiar una adicción por otras?</span><br><span style="font-size: 14pt;">―En un principio puede ser, pero cuando ya esté recuperada de las sintéticas será más fácil tratarla y no existen casi contraindicaciones. ¡A todos nos viene bien echar un polvo!</span><br><span style="font-size: 14pt;">Jota estuvo a punto de protestar porque siempre había tenido dudas sobre los efectos beneficiosos del sexo más allá de los meramente físicos. Además, ella nunca se había visto atraída por otra persona, con independencia de su sexo, pero considerando que su vida personal no tenía nada que ver en el tratamiento, se lo quedó guardado.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«No me interesa que este capullo sepa que soy virgen y menos que nunca he sentido un impulso sexual. Como el manipulador que es, lo usaría en mi contra», decidió en el interior de su mente.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Asumiendo que era una anomalía, no por ello podía negar que la lujuria era común a la mayoría de los humanos. Y dando la razón en principio al neurólogo, aceptó desarrollar un compuesto que incrementara el deseo físico y la profundidad de los orgasmos.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Por lo que deduzco, quiere una especie de “Viagra femenino” con los efectos que supuestamente produce el “Éxtasis”, mayor sensibilidad táctil, disminución de ansiedad e incremento del deseo.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Sí y no me vale con un coctel de serotonina. Necesito que pienses en algo que incremente exponencialmente el placer. Tienes cuatro días para diseñarlo y producirlo, quiero usarlo en nuestra paciente en mitad de su síndrome de abstinencia para que psicológicamente su impacto sea mayor.</span><br><span style="font-size: 14pt;">―Lo que me manda es complicado por falta de tiempo, pero intentaré que al menos ese día tenga algo con lo que trabajar, aunque luego perfeccione la fórmula― respondió la rubia mientras sacaba su portátil y se ponía a trabajar.</span><br><span style="font-size: 14pt;">Mirandola de reojo, Jack observó cómo se concentraba en la misión mientras se preguntaba cuántos químicos que conocía hubiesen aceptado ese imposible.</span><br><span style="font-size: 14pt;">«Ninguno», sentenció, «todos me hubiesen mandado a la mierda y llamándome loco, ni siquiera lo hubiesen intentado» …</span></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>&#8220;ENAMORADA DE UN FANTASMA&#8221; Libro para descargar (POR GOLFO Y LOUISE RIVERSIDE)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Administrador]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 24 May 2026 12:52:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
		<category><![CDATA[GOLFO]]></category>
		<category><![CDATA[LOUISE RIVERSIDE]]></category>
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					<description><![CDATA[Sinopsis: En mitad de una crisis creativa y sentimental, Heloise Ryan acude a una entrevista con su editor para volver a pedir otro retraso para entregar una novela. La londinense se ve incapaz de reconocer que no tiene un tema del cual escribir y sabiendo que no va a permitir una nueva prorroga, se ve obligada a inventarse que está meditando que su próximo libro sea una historia de amor con un fantasma. Siendo una escritora de novela negra, supuso que el agente pondría el grito en el cielo. Pero para su sorpresa, no solo lo acepta sino que para [&#8230;]]]></description>
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<p><strong>Sinopsis:</strong></p>



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<p>En mitad de una crisis creativa y sentimental, Heloise Ryan acude a una entrevista con su editor para volver a pedir otro retraso para entregar una novela. La londinense se ve incapaz de reconocer que no tiene un tema del cual escribir y sabiendo que no va a permitir una nueva prorroga, se ve obligada a inventarse que está meditando que su próximo libro sea una historia de amor con un fantasma. Siendo una escritora de novela negra, supuso que el agente pondría el grito en el cielo. Pero para su sorpresa, no solo lo acepta sino que para ayudarla le concierta una estancia de un mes en un castillo supuestamente embrujado de un amigo suyo situado en Irlanda.<br>A regañadientes no le queda mas que aceptar, sin saber que ese viaje iba a trastocar por completo tanto su vida como sus creencias al conocer al dueño y descubrir que Declan O´Brien es un adonis, un dios hecho carne, capaz de incendiar sus hormonas. La atracción que sienten uno por el otro choca frontalmente con el odio que tiene el noble por todo lo que huela a inglés. Tampoco ayuda que según la leyenda, el espectro que recorre sus almenas haya sido victima de una mujer con su mismo color de pelo y que desde el siglo XVI, ninguna pelirroja haya traspasado sus muros.<br>Tras ese rechazo inicial, nuestra protagonista se traslada a vivir a esa fortaleza.<br>Una vez allí y a pesar de que su anfitrión niega la existencia del fantasma de su antepasado, Heloise comienza a sentir su presencia&#8230;.</p>



<p>TOTALMENTE INÉDITA, NO PODRÁS LEERLA SI NO TE LA BAJAS.</p>



<p></p>



<p><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></p>



<figure class="wp-block-embed is-type-rich is-provider-amazon wp-block-embed-amazon"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Enamorada de un fantasma" type="text/html" width="640" height="550" frameborder="0" allowfullscreen style="max-width:100%" src="https://leer.amazon.es/kp/card?preview=inline&#038;linkCode=kpd&#038;ref_=k4w_oembed_fg7E0uOrIWeew3&#038;asin=B0BYJV49ZW&#038;tag=kpembed-20"></iframe>
</div></figure>



<p><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo LOS DOS PRIMEROS CAPÍTULOS:</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><a>1</a></h1>



<p>Solo alguien que se haya sentado frente a un ordenador a escribir sabe la desesperación que se siente cuando la inspiración desaparece y cree que jamás podrá recuperarla. Así me encontraba en mi piso londinense. Para los que no me conozcan, mi nombre es Heloise Ryan. Soy una escritora que se sentía vacía a pesar del éxito que habían tenido sus últimos dos libros y que estos seguían entre las listas de los más vendidos. Con treinta y un años, acababa de quedarme sin pareja. Mi novio de los últimos cuatro había decidido dar un paso más en la relación pidiéndome matrimonio. Aunque lo quería, le dije que no porque no me veía casada. Esa mentira y el dolor que vi en su cara todavía me martirizan. Por supuesto que deseaba crear una familia, pero al verme presionada comprendí que no estaba enamorada de Walter y que lo consideraba poco más de un compañero con derecho a cama.</p>



<p>Nos habíamos hecho amigos en la universidad y con el tiempo al irse ennoviando el resto, para no quedarnos solos y casi sin darnos cuenta nos habíamos convertido en pareja. Al compenetrarnos sexualmente, nos había parecido hasta lógico el irnos a vivir juntos y así hacernos compañía. Por ello hasta que lo vi arrodillado ante mí con un anillo en su mano, nunca me planteé cuáles eran en realidad mis sentimientos. Admitiendo que era un buen hombre que no se merecía que le hiciera más daño, decidí que debíamos separar nuestros caminos para que pudiera rehacer su vida y corté con él. Aun así, las primeras semanas fueron duras y le echaba de menos, sobre todo a la hora de irme a acostar al haberme acostumbrado a recibir sus caricias.</p>



<p>«No debo», varias veces me tuve que decir cuando ya estaba llamándolo.</p>



<p>A raíz de esa ruptura o coincidiendo con ella, mi soledad se incrementó cuando las musas desaparecieron de mi vida y me tuve que enfrentar a un papel en blanco. Comprometida por contrato a escribir una nueva novela, mi editor estaba ya acuciándome a presentar al menos un boceto, una sinopsis de la historia.</p>



<p>«Nunca me resultó tan difícil buscar un tema», pensé mientras me dirigía hacia la editorial a dar una nueva excusa con la que alargar otros tres meses el periodo que me habían dado para escribir el libro.</p>



<p>Como la oficina de Peter O’Dogherty estaba en el centro, creí prudente no enfrentar el endiablado tráfico londinense y dejando el coche en casa, cogí el metro. Para pasar el tiempo en uno de sus atestados vagones, me puse a leer el “Sun”. Ese periódico sensacionalista, tan denostado por la intelectualidad, para mí era un remanso de paz y por eso al descubrir un artículo sobre los castillos encantados de Escocia, obvié leerlo y busqué otro con el que dejar de pensar en la cita.</p>



<p>«Es alucinante que haya gente que todavía crea en ellos», medité mientras me ponía a leer el último escándalo de un miembro de la familia real.</p>



<p>La sordidez del tema y los detalles que el periodista daba sobre el supuesto affaire entre un sobrino del rey Carlos y una modelo tampoco me atrajo y desanimada empecé a observar a la gente que deambulaba por el suburbano. Mirando a un encorbatado del brazo de una chavala de origen hindú, sonreí al saber que poco a poco la sociedad inglesa se iba haciendo multicultural.</p>



<p>«Ya nadie se espanta al ver una pareja inter étnica y por tanto no interesa», concluí tras meditar durante unos instantes sobre la conveniencia de escribir acerca de las dificultades que tendrían al formalizar su relación: «Ni siquiera mi abuela se escandalizaría si un día le llego con un novio de otra raza».</p>



<p>Buscando inspiración entre los hombres y mujeres que diariamente cogían ese medio de transporte para acudir a sus trabajos, fijé la atención en un grupo de madres que llevaban a sus hijos al colegio e involuntariamente las envidié.</p>



<p>«Cómo me gustaría ser como ellas», medité molesta al saberme sola cuando si hubiese aceptado la propuesta de Walter en ese momento estaría planeando mi boda.</p>



<p>Con ello en mente, bajé en la estación de Green Park y enfilé hacia la calle Dover donde me encontraría con el ejecutivo que me había anticipado una buena suma en concepto de royalties.</p>



<p>«Tengo que llegar con la verdad y decirle que sigo sin tener una historia», reconocí preocupada.</p>



<p>Por eso al entrar en su despacho, había decidido ser sincera y reconocer mi crisis creativa antes siquiera que la cuestionara.&nbsp; El destino quiso que mientras me sentaba y hacía acopio de valor, Peter estuviera hablando con un colega sobre la tendencia del mercado:</p>



<p>―Aunque nos cueste asumirlo, los gustos han cambiado. Cada vez se compran menos novelas negras.</p>



<p>Siendo mis libros básicamente thrillers policiacos donde se mezclaban asesinatos con política, palidecí y seguí escuchando:</p>



<p>―Ahora mismo, la gente busca en la lectura huir de la triste realidad de hoy en día y por eso están en boga la literatura romántica y la fantasía sobrenatural. Una novela que aúne esos dos géneros sería un auténtico best seller― sentenció antes de colgar.</p>



<p>Ya centrado en mí y mirándome a los ojos, comentó que sus jefes estaban muy cabreados por no haber recibido todavía al menos un resumen de lo que estaba escribiendo y que le estaban exigiendo recuperar el anticipo.</p>



<p>Al verme contra la pared, no pude seguir con lo que había planeado y carraspeando, contesté:</p>



<p>―Peter, la verdad es que hasta oírte hablar me daba vergüenza confesar que el tema del que estoy escribiendo no tiene nada que ver con lo que te tengo acostumbrado.</p>



<p>Dejando las gafas sobre la mesa, el sesentón me observó y preguntó en qué consistía el cambio.</p>



<p>―Estoy cansada de escribir sobre crímenes. Quiero dar un giro a mi obra para hacerla más del gusto del público.</p>



<p>― ¿Y sobre qué vas a escribir? ― quiso saber ya interesado.</p>



<p>Sin otra salida que escandalizarle para que el mismo rechazara el tema y eso me diera la oportunidad de esperar a que volviera la inspiración, recordé el artículo que ni siquiera me había dignado a leer:</p>



<p>―Te parecerá ridículo, pero he pensado en que mi próxima novela vaya sobre un castillo en el que vive un fantasma.</p>



<p>Para mi sorpresa, el ejecutivo sonrió y pidió que siguiera extendiéndome porque el tema le interesaba.</p>



<p>―Mi idea es enfrentar al alma en pena con la realidad de nuestros días donde ni siquiera los más ilusos creen en lo sobrenatural― contesté y horrorizada al ver que se seguía mostrando interesado, creí oportuno añadir: ― Mi protagonista será una reputada catedrática de Oxford al que un noble le pide ayuda para demostrar que su castillo no está embrujado y que un fantasma atormentado por un antiguo amor nunca ha deambulado por sus almenas.</p>



<p>La mirada incrédula con la que recibió la propuesta me tranquilizó y cuando ya pensaba que iba a rechazarla por patética, el editor comentó:</p>



<p>―No sabía que conocías a Declan O´Brien y menos que él te tenía tanta confianza de contarte su problema.</p>



<p>―No conozco a ese sujeto― balbuceando, repliqué.</p>



<p>―Vamos Heloise. El argumento del libro que propones parece al menos inspirado en la leyenda que pesa sobre su heredad.</p>



<p>―Te puedo jurar que nadie me ha contado nada al respecto y ahora que lo pienso creo que es ridículo y que debo centrarme en otra cosa.</p>



<p>―Para nada, los lectores están ávidos de temas con tintes mágicos y me parece estupenda la idea de escribir sobre un fantasma en nuestros días. Es más, ahora mismo voy a llamar a Declan y pedirle que te acoja en su casa― concluyó pensando quizás en los réditos que conseguiría ante sus superiores por haber convencido a una escritora “seria” de abordar ese tipo de temática.</p>



<p>Completamente desolada y sin tiempo de reacción, tuve que escuchar como Peter le sacaba a su amigo el compromiso de recibirme en su castillo de Irlanda mientras terminaba la novela&#8230;</p>



<p>Una semana después y contra mi voluntad, llegué al pueblo de Birr en el condado de Offaly. Esa mañana había tomado un vuelo a Dublín y desde ahí me había dirigido en autobús hasta esa pequeña localidad. Tras las cinco horas que había invertido entre los dos trayectos de viaje, estaba cansada y de pésimo humor. Por eso cuando el tercer taxista también se negó a acercarme a la fortaleza de los O´Brien a no ser que le pagara un desorbitado precio, decidí llamar al propietario. El tal Declan escuchó indignado que de plano se negaban a llevarme o exigían una tarifa fuera de lugar y despotricando sobre la incultura de sus paisanos, quedó en irme a buscar.</p>



<p>―Señorita Ryan, como voy a tardar al menos media hora en organizarlo, espéreme en el pub de Nolan´s que hay frente a la estación de autobuses.</p>



<p>No teniendo otra cosa que hacer, acepté la sugerencia y arrastrando la maleta, entré al establecimiento donde había quedado en vernos a tomar algo. Mientras comía, me puse a releer la historia de la fortaleza donde me iba a hospedar. Como ya sabía que fue construida a mediados del siglo XIII, me centré en la leyenda del fantasma. Según contaba esa historia, la familia del hombre que me iba a recoger descendía de Murtough O&#8217;Brien, uno de los últimos reyes de Irlanda y el espectro era otro de sus antepasados al que se le conocía como Gerald O´Brien, el dos veces muerto. Divertida leí que ese sobrenombre se debía a que, tras levantarse contra el poder inglés, el rey Jacobo I prohibió que nadie volviese a dirigirse a él para que fuera un muerto en vida. Su fallecimiento real y origen de su peregrinar fue a consecuencia de un duelo en el que se enfrentó al hombre que se había desposado con Helen, su antigua prometida.</p>



<p>«Pobre tipo», pensé: «repudiado por la sociedad y encima el que iba a ser su suegro hace valer el mandato real para cancelar el compromiso y casar a la joven con un mejor partido».</p>



<p>Seguía enfrascada en la lectura del enfrentamiento cuando noté que alguien se sentaba a su mesa. Al levantar la mirada, me encontré con la sonrisa de mi inesperado acompañante:</p>



<p>―Nunca me imaginé que la famosa escritora fuera una monada.</p>



<p>Sorprendida por el piropo, no pude más que preguntar al hombre que tenía enfrente si era el señor O´Brien.</p>



<p>― ¡Más quisiera! Soy Kevin, el esclavo al que mi jefe mandó a recogerla.</p>



<p>La simpatía del rubio aquel era contagiosa y de mejor humor, llamé al camarero para que trajese la cuenta. Mientras me la traía, noté su mirada indiscreta observándome.</p>



<p>― ¡Joder! Sé un poco menos descarado. ¡Tan guapa no soy! ― ruborizada, exclamé al sentir que se me estaba comiendo con los ojos.</p>



<p>Lejos de cortarse con el exabrupto, el recién llegado se echó a reír:</p>



<p>―Para ser hija de la Gran Bretaña estás muy rica, pero no es eso. Tienes espuma del café en la mejilla.</p>



<p>La picardía no exenta de galanteo secretamente me alegró y decidida a devolvérsela con creces, tras pagar, me levanté de su asiento y señalando la trolley, respondí:</p>



<p>―Esclavo, coge el equipaje y llévame ante tu señor.</p>



<p>Durante un par de segundos, Kevin no supo ni que decir hasta que, soltando una carcajada, comentó:</p>



<p>―Definitivamente, eres una hija del Imperio. Lo que me voy a reír cuando mi jefe se dé cuenta de que la arpía que ha metido en casa va a trastocar su estricta forma de ver la vida.</p>



<p>Desternillada por sus reiterados insultos, quise que me aclarara a que se refería:</p>



<p>―Aunque es mi amigo, Declan puede llegar a ser insufrible en lo que respecta al orden. No aguanta que nada ni nadie altere su rutina y por lo que presiento, eres exactamente lo contrario.</p>



<p>Haciendo caso a sus palabras, ese noble debía de ser un tipo totalmente cuadriculado y de ser así, preví que no tardaríamos en chocar. Al ir como invitada, decidí intentar comportarme y evitar los roces con él.</p>



<p>«Cuanto menos lo vea, mejor», me dije: «He venido a escribir y eso haré».</p>



<p>Con ello en mente, esperé a que Kevin metiera mis cosas en el todoterreno para preguntarle por el fantasma. Su cordialidad desapareció con la pregunta y con el ceño fruncido, me alertó que eso era mejor no tocarlo con mi anfitrión.</p>



<p>―Por mucho que mi jefe niegue la existencia de su antepasado por los pasillos, todos los que vivimos en Kildarhouse lo hemos sentido alguna vez.</p>



<p>Confundida por esa reacción tan fuera de lugar, me abstuve de comentar al rubio que, tras terminar la novela, mi editor se había comprometido con su jefe en que redactaría un artículo donde reconociera que a pesar de los rumores la leyenda era falsa y que ningún espíritu vivía en su heredad.</p>



<p>―Cuándo dices que todos lo habéis sentido, ¿significa acaso que tú también? ― insistí reteniendo las ganas de soltar una carcajada.</p>



<p>Con los vellos erizados, contestó:</p>



<p>―No te rías. Si finalmente consigues quedarte en el castillo, tú también notarás su presencia. Puertas que se abren, crujidos por la noche&#8230;</p>



<p>Que pusiera en duda que iba alojarme allí, me alertó de que algo ocurría e intrigada, se lo pregunté a boca jarro:</p>



<p>―En cuanto Declan te vea, va a intentarse echar para atrás. Desde que Helen Darby traicionó a Gerald, los O´Brien huyen de toda pelirroja que se les cruza en el camino.</p>



<p>Aunque me parecía imposible que un hombre de la actualidad se viera afectado por algo que había ocurrido cuatro siglos antes, preferí callar y pensar qué decir si finalmente se confirmaban sus sospechas.</p>



<p>«Nadie en su sano juicio se deja llevar por unos recelos tan absurdos».</p>



<p>De camino, la campiña irlandesa que estábamos cruzando me hizo olvidar momentáneamente la razón que me había llevado hasta la zona e impresionada por la riqueza de esas tierras, comencé a disfrutar del camino.</p>



<p>―Ya hemos entrado en la finca― comentó orgulloso mi benefactor al darse cuenta de la fascinación con que observaba a través de la ventana.</p>



<p>&nbsp;&nbsp; Para una urbanita como yo, criada en asfalto, esos campos eran algo novedoso y por ello, apenas estaba haciéndome una idea cuando de pronto apareció ante mí el castillo.</p>



<p>― ¡Qué maravilla! ― exclamé al sentir que retrocedía a otras épocas.</p>



<p>Totalmente obnubilada y casi sin respiración, contemplé la altura de sus muros de granito, sus dos torres fortificadas, pero lo que me dejó sin habla fue comprobar que todo lo que veía me resultaba familiar.</p>



<p>«¡No puede ser!» musité incapaz de reconocer lo que mi corazón afirmaba y es que en mi interior sentía como propias cada piedra, cada almena de esa construcción, como si en mi niñez hubiera corrido por ellas.</p>



<p>Impresionada por ese “deja vu”, por esa sensación de haberlo vivido antes, asumí que la imaginación me estaba jugando una jugarreta y más nerviosa de lo que me hubiera gustado, esperé a que apagara el todoterreno antes de bajar a saludar a la anciana que había salido a recibirnos.</p>



<p>―Es doña Nora, el ama de llaves― me anticipó Kevin.</p>



<p>Mi propio nerviosismo se incrementó cuando, al extenderle la mano, la mujer retrocedió asustada y corrió al interior del castillo.</p>



<p>― ¿Qué ha pasado? ― tuve que preguntar a su interlocutor.</p>



<p>El joven riendo contestó:</p>



<p>―Ya te dije que las pelirrojas no son bienvenidas en Kildarhouse.</p>



<p>―Pero eso es una memez― todavía sorprendida por la reacción de la señora contesté.</p>



<p>Sin tenerlas todas conmigo al ver a Kevin cargando su maleta, entré tras él. Acababa de traspasar el portón de la entrada cuando me vi frente al sueño de toda mujer, ¡un adonis de casi dos metros! La virilidad que trasmitía me apabulló y con la mandíbula desencajada, apenas pude balbucear un saludo cuando percibí su rechazo.</p>



<p>―Soy Heloise Ryan, su invitada.</p>



<p>De inmediato reparé en la lucha interna del hombretón e increíblemente quise facilitarle el trance diciendo que si tanto le perturbaba el color de mi pelo podía quedarme en un hotel. Como despertando de una pesadilla, Declan forzó una sonrisa:</p>



<p>―No hace falta. Un O´Brien mantiene su palabra. Considere Kildarhouse su casa.</p>



<p>Lo incómodo de la escena no impidió que me viera entre sus brazos y abochornada por la atracción que sentía, escuché que llamaba a una criada.</p>



<p>― Por favor, Mary. La señorita Ryan se quedará en la habitación rosa. Ayúdele a acomodar sus cosas ahí.</p>



<p>― ¿En la habitación rosa? ― por alguna razón, preguntó la morena.</p>



<p>―Sí― replicó y girándose hacia mí, se despidió: ―Nos vemos en la cena.</p>



<p>Sin esperar respuesta, el dueño del castillo se marchó dejándome totalmente confusa. No queriendo perder a la muchacha, la estaba siguiendo por las escaleras cuando de pronto me encontré frente a un retrato de una joven con mi misma melena.</p>



<p>«Si tanto la odian, no entiendo que la tengan expuesta en este lugar», reconociéndola como la prometida del supuesto fantasma, pensé y sin pararme a contemplarla seguí subiendo rumbo al que sería mi cuarto.</p>



<p>Al entrar en el dormitorio que me habían asignado, estaba en penumbras por lo que Mary tuvo que abrir las contraventanas para que entrara la luz.</p>



<p>―Perdone señorita, pero no esperábamos que fuera aquí donde durmiera― comentó.</p>



<p>Con la claridad entrando a través de los cristales, la sensación de haber estado ahí volvió con fuerza:</p>



<p>«Estoy alucinando», me dije al reconocer el dormitorio como el de mis sueños de niña. Con un escalofrío recorriéndome de arriba abajo, miré la cama con dosel, el tocador, las cómodas&#8230;: «Estos muebles son como los que pintaba cuando me creía una princesa».</p>



<p>A punto de salir huyendo de ahí, comprendí que era absurdo y entablando conversación con la criada mientras desempaquetábamos la ropa, quise saber por qué consideraba tan raro el que me quedara ahí.</p>



<p>―Señorita, era el cuarto de la madre del señor. Nadie ha dormido aquí desde que nos dejó.</p>



<p>Al escucharlo asumí que, avergonzado tras su reacción inicial, Declan me había dado la mejor habitación de la casa. Anotándolo en el cerebro, supe que debía darle las gracias en cuanto lo viera. Como habíamos quedado en vernos durante la cena, pregunté a qué hora la servían.</p>



<p>―A las seis en punto. Le ruego sea puntual. Que alguien le haga esperar enfada de sobre manera al señor.</p>



<p>Como todavía eran las tres y media, dejé caer si había algún problema en que recorriera el castillo, ya que tenía muchas ganas de conocerlo.&nbsp;</p>



<p>―Mejor la acompaño y le presento al resto del servicio― contestó la joven previendo quizás que en mi deambular entrara en las áreas privadas de su jefe.</p>



<p>Aunque hubiese preferido ir por libre, esperé a que terminara de acomodar mi equipaje en un armario investigando por el cuarto. La decoración destilaba clase. Sin estar recargado, era evidente que había sido decorado por una mujer y parecía sacado de una revista de diseño.</p>



<p>«La madre debió tener un gusto exquisito», sentencié mientras abría la puerta que daba al baño.</p>



<p>Si la habitación me había dejado gratamente sorprendida, el baño me entusiasmó.</p>



<p>«Es precioso», concluí viendo que, a pesar de ser evidente que debía haber sido renovado últimamente, quien lo hubiese hecho había respetado su esencia dotándolo de todas las comodidades de hoy en día.</p>



<p>«Parece el de un hotel de lujo», pensé y observando el enorme jacuzzi de mármol blanco, supe que pasaría horas metida en él.</p>



<p>Seguía imaginándome disfrutando de esa belleza cuando reparé que frente al espejo había un florero lleno de rosas blancas. Agradeciendo el detalle de mi anfitrión, volví al cuarto y le comenté a Mary si esas flores eran del jardín.</p>



<p>― ¿A qué flores se refiere? ― respondió.</p>



<p>Al señalar el ramo que lucía el jarrón, me miró asustada y se abstuvo de contestar. Reconozco que me pareció raro, pero asumiendo que era mejor no insistir, preferí pensar que Declan había ordenado a otra de las empleadas que las colocara.</p>



<p>«Debe tener un miedo cerval a su jefe», medité: «y siendo ella la encargada, teme que la reprenda al habérsele olvidado.</p>



<p>Con ello en mente, escuché que me proponía comenzar la visita al castillo.</p>



<p>―Te sigo― contesté.</p>



<p>No tardé en comprobar que la muchacha estaba acostumbrada a servir de cicerón porque en vez de empezar por la planta en la que estábamos, prefirió comenzar mostrándomelo desde el exterior.</p>



<p>&nbsp;―Kildarhouse, a pesar de las sucesivas reformas, conserva la estructura medieval. Por ejemplo, su fachada actual de estilo neogótico data de finales del siglo XIX.</p>



<p>Conociendo de antemano todos esos detalles, hice un esfuerzo por seguir sus explicaciones sin interrumpirla e hice bien, porque habiendo nacido en esa localidad conocía detalles de los que no había oído hablar como podía ser que la fortaleza había soportado dos asedios. Uno en tiempo del tal Gerald y otro posterior en el 1.640 bajo las tropas de Oliver Cromwell.</p>



<p>―Los O´Brien siempre han sido unos patriotas y cada vez que pudieron, se alzaron en armas contra los enemigos de Irlanda― comentó sin percatarse de mi origen británico para a continuación explicar que a raíz de ese ataque la familia de mi anfitrión había tardado casi un siglo en reponerse.</p>



<p>―El foso y los jardines de alrededor fueron rediseñados gracias a la dote aportada por Elizabeth Carroll al casarse con James O´Brien en 1.845.</p>



<p>Siendo unos datos que me parecían irrelevantes ante la belleza del lugar, le pregunté de qué tamaño era la finca.</p>



<p>―Lo que es propiamente el área del castillo cuenta con cincuenta hectáreas, pero los O´Brien son los mayores terratenientes de la zona y exactamente no lo sé― contestó haciéndome ver que Declan era un hombre riquísimo.</p>



<p>Tras comentar que el gobierno irlandés había tenido a bien declarar protegido tanto el parque como la fortaleza y por tanto no se podía disgregar, pasamos al interior. Una vez ahí, directamente se dirigió a la biblioteca, donde confieso que me quedé muda al ver la cantidad de incunables que lucía en sus estantes, pero sobre todo al ver sobre una mesa un ejemplar de mi último libro. Incapaz de contenerme, lo abrí y descubrí en la dedicatoria que era un regalo de mi editor:</p>



<p>“Además de guapa, Heloise es una de las mejores escritoras de la actualidad”.</p>



<p>Curiosamente, sentí esos piropos como una puñalada de Peter al valorar antes mi físico que la calidad de mi obra y dejándolo donde lo había encontrado, seguí a Mary al primero de los salones.</p>



<p>«Menudo cretino, usó mi supuesto atractivo para convencerle de que me aceptara en su casa», sentencié llena de ira y dejando a la morena con la palabra en la boca, volví a la biblioteca a comprobar una cosa.</p>



<p>«Es en blanco y negro», confirmé que mi anfitrión no sabía el color de mi melena mirando la foto de la contraportada.</p>



<p>Estaba todavía con él en la mano cuando un ruido a mi espalda me alertó de que no estaba sola y girándome, descubrí a Declan mirándome desde la puerta.</p>



<p>―Aunque no es el tipo de literatura que suelo leer, reconozco que es ameno.</p>



<p>El menosprecio que encerraban sus palabras, me terminó de enfadar y sacando las uñas, le pregunté cuáles eran sus preferencias a la hora de elegir un autor.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ―Normalmente no leo nada que venga de su país. Bastantes daños han hecho en mi patria para que encima con mi dinero financie lo poco que les queda de su imperio.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ya sin cortarme, le eché en cara que si me consideraba una enemiga por qué entonces había aceptado que me quedara en su casa.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ―Su nacionalidad es británica pero su sangre es irlandesa― contestó sin alzar la voz.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Siendo verdad, me escandalizó que un hombre educado estuviera sometido a tantos prejuicios y con ganas de saltarle al cuello, respondí que me sentía una leal súbdita de su majestad, el rey Carlos III. El disgusto con el que recibió fue completo, pero aun así jamás me esperé que tomándome del brazo me obligara a sentar y comenzara a detallar todas y cada una de las afrentas que los ingleses habían perpetrado a Irlanda, empezando por la famosa hambruna que la despobló e intensificó el sentimiento nacionalista de los que se quedaron.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ―Fue culpa de una plaga― defendí a mi país.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ―El origen puede, pero la acción de su gobierno intensificó sus consecuencias― poniendo sobre la mesa la nefasta actuación del mismo prohibiendo por ley toda ayuda, refutó mi postura: ―Fue un genocidio para mayor gloria de Guillermo y de su iglesia.</p>



<p>―Eso ocurrió hace dos siglos, ahora nuestros países son amigos.</p>



<p>―Se equivoca, somos hermanos. A los amigos se les elige, los hermanos nos vienen impuestos.</p>



<p>―Pues desde ahora, ¡considéreme de su familia! Porque si vine aquí, no fue por voluntad propia, sino por imposición de mi editor.</p>



<p>&nbsp;Al escuchar mi exabrupto, la expresión de su rostro cambió y soltando una carcajada, me informó que la cena debía estar lista.</p>



<p>―No me gustaría que mi hermanita se queje ante Peter de que en Kildarhouse ha pasado hambre.</p>



<p>«Menudo imbécil», pensé mientras trataba de evitar el sofoco que su nueva actitud provocaba en mí y es que, al tomarme del brazo para llevarme al comedor, me quedé aterrorizada al notar lo a gusto que me sentía a su lado.</p>



<p>Tratando de ser encantadora tras el rifirrafe, le di las gracias por el arreglo foral.</p>



<p>―Déselas a Dora, yo no soy tan detallista― contestó.</p>



<p>Que no quisiera apropiarse del mérito de otros, me agradó y luciendo la mejor de mis sonrisas, le insinué que dado que íbamos a vivir bajo el mismo techo durante un mes que me parecía fuera de lugar hablarnos de manera formal y si él quería podíamos tutearnos.</p>



<p>―Me parece bien, Heloise.</p>



<p>Contra todo pronóstico, a partir de entonces, Declan resultó ser un encanto y dejando a un lado nuestras diferencias políticas, me percaté que nuestra forma de pensar no difería demasiado. Por eso, ya estábamos en el postre cuando, armándome de valor, le pregunté por el fantasma.</p>



<p>―Llevo viviendo aquí desde que nací y puedo decirte que en esos treinta y cinco años jamás lo he visto u oído.</p>



<p>― ¿Y sentido?</p>



<p>Viendo por donde iba, se echó a reír y me explicó que en una edificación tan antigua eran normales las corrientes de aire o que las estructuras sonasen.</p>



<p>―La gente del pueblo cuando escucha un crujido piensa que es Gerald caminando cuando en realidad ese sonido es provocado por la contracción de los materiales. Te puedo asegurar que los fantasmas no existen o al menos el de mi antepasado.</p>



<p>Al ser de la misma opinión sonreí y haciéndole ver que mi interés era solo buscar información para el libro, le pregunté qué había de cierto en la leyenda. De inmediato se puso a la defensiva:</p>



<p>―No es ninguna leyenda. Gerald O´Brien existió.</p>



<p>― ¿Y Helen?</p>



<p>―También, prueba de ello es el retrato que tenemos en la escalera.</p>



<p>No estando muy segura del terreno que pisaba, apunté si el resquemor que producían las pelirrojas en su familia provenía desde entonces.</p>



<p>―No te voy a negar que así es y que desde esa época no ha habido nadie con ese color de cabello entre los míos. Pero tampoco somos los únicos, ¿sabías que por ejemplo en Estados Unidos las compañías aseguradoras no os querían como clientes?</p>



<p>―Pues&#8230; ¿te digo la verdad? A mí, me gusta― contesté luciendo mi melena.</p>



<p>Por un momento, creí intuir en su mirada que yo no le era indiferente, pero entonces diciendo que, debía estar cansada tras el viaje, se despidió de mí.</p>



<p>«¡Qué tío más raro!», concluí mientras lo veía marchar y sin otra cosa que hacer, decidí ir a mi habitación para intentar escribir.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><a>2</a></h1>



<p>Al saber cómo llegar y no tener a nadie observando, me paré frente al cuadro de la mujer cuyo recuerdo retenía en teoría el alma de su prometido. Aun conociendo que en aquellos días los pintores idealizaban a sus modelos y que sus obras no siempre reflejaban la realidad, tuve que reconocer que Helen Darby debía haber sido guapísima. El preciosismo de las pinceladas me intrigó y buscando el nombre del autor, me quedé anonadada al leer que el cuadro había sido realizado por Cornelius Johnson, uno de los más grandes pintores de la época. Sabiendo el elevado precio que tendría si alguna vez salía al mercado y que era digno de un museo, me quedé ensimismada tratando de describirlo mentalmente para luego trasmitir mis impresiones al ordenador.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «No solo compartimos color de pelo, también tenemos el mismo tono de piel», divertida señalé al ver su palidez.</p>



<p>Imaginándome llevando el vestido, no pude más que sonreír al saber que dado el tamaño de mis pechos tendría problemas con ese tipo de escote al ser amplio y cuadrado.</p>



<p>«Con cualquier despiste, se me vería hasta el alma».</p>



<p>Riendo concluí que, con un movimiento en falso, mis pechugas quedarían completamente expuestas. Por lo que decidí que jamás me pondría algo semejante y de buen humor, reinicié el camino hacia el dormitorio. Al llegar a la habitación, cambié de ubicación el jarrón con las flores y lo puse en la mesa del tocador para poderlo ver mientras escribía.</p>



<p>«Me encantan las rosas», fundamenté el cambio mientras sacaba el ordenador y lo encendía.</p>



<p>Antes de ponerme a teclear, me volvió a entrar miedo y pensando en mi crisis creativa, decidí enfocar mis esfuerzos en narrar la escena en la que Helen modeló para el cuadro para luego usar lo que hubiese escrito como parte del libro. Curiosamente, como por arte de magia, las palabras fluyeron convirtiéndose en frases y las frases en párrafos hasta que sorprendida advertí que no solo había rellenado veinte páginas, sino que al contrario de lo que se decía de ella la había dotado de un carácter dulce haciéndola aparecer como una mujer enamorada de su Gerald.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «A este paso, acabo el libro en dos semanas», pensé satisfecha.</p>



<p>Al tratar de seguir escribiendo, advertí que estaba agotada y sin cerrar el ordenador, me fui a descansar. Casi de inmediato me quedé dormida y no me enteré de nada hasta el día siguiente cuando Mary tocó en mi puerta para preguntar si deseaba desayunar en la habitación o por el contrario prefería que me lo sirvieran en el comedor. Mirando el reloj de mi muñeca, vi que eran las diez y horrorizada por la hora, preferí que me lo subieran mientras me daba un baño.</p>



<p>«He dormido más de ocho horas de un tirón», extrañada conmigo misma murmuré y levantándome, abrí el grifo de la bañera.</p>



<p>Al mirarme en el espejo, comprobé que la humedad del ambiente había echado por tierra el alisado de mi pelo y dándolo por perdido comprendí que mientras permaneciera como invitada en el castillo lo sensato era dejar que los rizos volvieran a apoderarse de mi melena. Por eso, al meterme en el jacuzzi, lo primero que hice fue sumergir la cabeza en el agua para que recuperar la forma natural de mi cabello.</p>



<p>«Si algún día llego a ser rica, quiero uno de estos en mi baño», me dije cerrando los ojos.</p>



<p>Tras meses en los que mi imaginación parecía estar hibernada, me puse a divagar sobre la leyenda del castillo y sus protagonistas. Sin un retrato a que asirme, visualicé al antepasado de Declan usando a éste como modelo mientras luchaba contra los realistas.</p>



<p>«Debió ser un hombre valiente», me dije forzando a mi mente a imaginar a ese adonis cargando a caballo contra un enemigo muy superior.</p>



<p>Al hacerlo, caí en la trampa que involuntariamente me urdí y centrando la atención en la brutal virilidad de mi anfitrión, decidí quitarle la camisa y que sable en mano, se lanzara sobre las tropas del rey. Idealizando a Gerald, no escatimé nada y lo doté de unos pectorales de ensueño y de un dorso lleno de músculos, músculos que me vi mimándolo tras la batalla mientras lo bañaba. Al darme cuenta, decidí continuar y volviendo al presente, me imaginé a Declan entrando al baño y metiéndose conmigo en el jacuzzi. Para entonces ya no eran mis manos las que enjabonaban mis pechos sino las del noble irlandés y eran sus dedos los que jugaban con mis pezones.</p>



<p>―Por dios, ¡qué bruta ando! ― murmuré mientras les regalaba un pellizco.</p>



<p>Sola y caliente, las caricias de ese moreno se intensificaron al imaginar que dos de sus yemas se deslizaban hacia mi sexo.&nbsp; Dominada por un ardor desconocido, busqué el botón entre mis pliegues y comencé a frotarlo frenéticamente pensando que era él quien me acariciaba.</p>



<p>―Sigue, ama a tu pelirroja― sintiéndome la protagonista de la leyenda, musité ya descontrolada al sentir el incendio que amenazaba con incinerar mi interior.</p>



<p>Olvidando que todo era producto de mi mente, dejé que mi calentura prosiguiera y torturando una de mis areolas, mi imaginario amante susurró en mi oído que siempre me había amado y que siempre me amaría por muchos siglos que pasaran. Al volver a Gerald me sentí más libre y hundiendo un dedo en mi interior, me imaginé siendo acariciada por el fantasma. Pero al contrario de lo que ocurría en las películas de miedo, acogí esos mimos con fascinación y separando las piernas le pedí que me tomara.</p>



<p>Tal era mi excitación, que hurgando con mis yemas sentí que era la virilidad del espectro la que campeaba en mí y gimiendo como una loba en celo, le pedí que me follara mientras movía las caderas al ritmo de sus caricias.</p>



<p>―Mi dulce Helen― me pareció escuchar al sumar otra yema dentro de mi vulva.</p>



<p>Desatada, arqueé la espalda intentando intensificar ese placer auto infligido sin dejar de pajearme.&nbsp; Con mis hormonas en ebullición, creí morir de gozo al sentir como reales cada una de sus cuchilladas y mientras tallaba los labios de mi vagina, me vi siendo amada indistintamente por el caballero difunto y por su descendiente. Al mezclar a ambos, la pasión que me corroía se desbordó y cayendo en brazos de un orgasmo liberador, todo mi ser colapsó en la bañera. Sabiendo que lo estaba imaginando, mi amante sonrió y mientras mi cuerpo era sacudido por los últimos latigazos de placer, desapareció del baño.</p>



<p>«Joder, ¡necesito un hombre!», curiosamente satisfecha con la experiencia de onanismo, abrí los ojos y saliendo de la bañera, me empecé a secar asumiendo que en cuanto estuviera lista debía de plasmar la escena que había soñado en mi ordenador.</p>



<p>Y así lo hice. Al salir del baño, mientras daba cuenta del desayuno que Mary había dejado en la habitación, añadí otras diez páginas a la novela. Me daba igual que fueran escenas inconexas al saber que de alguna forma terminarían teniendo sentido en la historia. Lo que no preví fue que al describir el placer que había sentido, me volviera a excitar y que tuviera que rechazar la tentación de nuevamente dar rienda suelta la calentura masturbándome por segunda vez.</p>



<p>Conociéndome, supe que si seguía en el cuarto terminaría haciéndolo. Por eso, decidí dar una vuelta por la finca para localizar escenarios reales que dieran veracidad a mi libro. Antes de irme, saqué la cámara de fotos del armario y con ella al cuello, salí del castillo. Sin rumbo fijo, recorrí los jardines mientras intentaba averiguar el lugar exacto donde el ejército inglés se había apostado durante los dos asedios. Al no ser ninguna experta en tácticas militares, dudé si ubicar el campamento en el descampado frente a la fortaleza o en un pequeño montículo ubicado a la izquierda al hallar lógicos ambos. Estaba tomando fotos de los dos supuestos emplazamientos cuando observé a un jardinero recortando un seto. Suponiendo que al ser de la zona debía saber dónde se habían apostado los realistas, se lo pregunté:</p>



<p>―En ninguno. Fue en la laguna donde levantaron sus tiendas para tener acceso al agua y de paso así cortaban el suministro a los sitiados― contestó el paisano.</p>



<p>Dando por buena esa explicación, le pedí que me orientara hacia ese lugar.</p>



<p>―Siga ese camino y lo hallará― contestó reanudando la poda.</p>



<p>Esa mañana de verano hacía calor y en el cielo no había ninguna nube, por lo que me anudé a la cintura el jersey que había tenido la precaución de coger. Acababa de hacerlo cuando vi que la senda que me habían señalado se metía en el bosque. Por un momento, no supe si continuar o volver y preguntar al buen hombre si me podía encontrar con algún animal salvaje que fuera peligroso.</p>



<p>&nbsp;«Cariño, mira que eres boba. No hay lobos en Irlanda», rápidamente comprendí y riéndome de mí misma, me sumergí en la floresta.</p>



<p>A pesar de hacer un sol de justicia, era tan densa la vegetación que el ambiente se hizo sombrío. De nuevo me vi asaltada por los miedos. Admitiendo que era absurdo, mi fantasía se disparó y decidí que, en la novela, la protagonista femenina conociera a su don Juan bajo la sombra de esos árboles mientras huía de unos bandidos.</p>



<p>Estaba dando vueltas a esa idea y pensando en cómo plasmarla cuando de pronto llegué a un alto. Desde allí, contemplé el pequeño lago donde en teoría el ejército de Cromwell había instalado su campamento. La belleza idílica que contemplaban mis ojos me hicieron darme prisa y aligerando mis pasos, estaba a punto de llegar a su orilla cuando un ruido me hizo saber que no estaba sola. Asustada al saber que si alguien me atacaba allí nadie escucharía mis gritos, me escondí y busqué a mi alrededor el origen de ese sonido.</p>



<p>Al amparo de un arbusto, descubrí a un hombre nadando ajeno a mi presencia. Durante unos segundos, pensé en marcharme, pero cuando ya había decidido hacerlo, al incorporarse, comprobé que estaba desnudo. &nbsp;Y aprovechando que no podía verme al estar de espaldas, me quedé observando la musculatura con la que le había dotado la naturaleza. Pero al recrear la mirada en su espectacular trasero, fue cuando me vi tentada a fotografiarlo. Cayendo, cogí la cámara y usé el zoom para acercarlo.</p>



<p>«¡Qué bueno está!», pensé entusiasmada mientras recorría los hombros, los enormes dorsales y los maravillosos glúteos del desconocido mientras apretaba sin para el botón que lo inmortalizaría en la memoria.</p>



<p>Anticipando que al volver al castillo no dudaría en rememorar en la pantalla de mi ordenador ese momento, los rescoldos del placer que había disfrutado durante el baño se avivaron y me noté mojada.</p>



<p>«Quien le diera un mordisquito», me dije dándome un banquete visual a través del objetivo justo cuando se daba la vuelta y comprobaba que de frente el sujeto estaba todavía mejor.</p>



<p>Disfrutando con la vista de esa lección de anatomía, fotografié su pecho y su musculada tableta con la obsesión de un voyeur.</p>



<p>«¡Por dios! ¡Menudo semental!», exclamé para mí al contemplar en la mirilla el tamaño de sus atributos.</p>



<p>Convertida en una hembra en pleno celo, saqué un par de fotos de su abultada entrepierna mientras la mía se encharcaba como pocas veces al saber que jamás había contemplado y menos disfrutado de una herramienta como aquella. Decidida a saltar sobre su cuello, si el destino me daba la oportunidad de conocerlo, dejé el enorme pene del hombretón y subiendo por su cuerpo, busqué su rostro.</p>



<p>«¡Es Declan!» sollocé al ver sus ojos negros y temiendo que me descubriera, me dejé caer tras el arbusto: «¡Qué vergüenza!».</p>



<p>Asustada hasta el tuétano, no me atreví a mover ni las pestañas mientras a mis oídos llegaban el sonido de sus pasos alejándose. Sabiendo que se había ido, durante cinco minutos permanecí oculta no fuera a volver y me pillara. Mientras esperaba, pensé en la excusa que le daría. Excusa que afortunadamente no tuve que utilizar porque no volvió y más tranquila decidí retornar sobre mis pasos.</p>



<p>«Qué cerca he estado de mandarlo todo a la mierda», concluí imaginando la reacción de mi editor si su amigo le hubiese llamado quejándose de mi comportamiento.</p>



<p>Avergonzada y mientras retornaba hacia Kildarhouse, decidí que en cuanto llegara a mi dormitorio borraría las pruebas de mi pecado.</p>



<p>«Nadie tiene que saber que me he comportado como una obsesa sexual», me dije.</p>



<p>&nbsp;Por azares del destino, estaba a punto de llegar al castillo cuando vi a su dueño a galope a través de los prados y por ilógico que parezca, envidié a su montura. Es más, en mi cerebro, lo imaginé usando mi melena como riendas mientras tomaba posesión de mi cuerpo. Entonces y solo entonces, comprendí que jamás me desprendería de las fotos que le había tomado y que en cuanto pudiera, las usaría para maximizar el realismo del protagonista de mi novela.</p>



<p>«Al fin y al cabo, vine a Irlanda en busca de inspiración», sentencié excusándome de antemano al saber que también les daría un uso menos literario.</p>



<p>Esquivando todo sentimiento de culpabilidad, aceleré mis pasos con ganas de ponerme frente al ordenador y describir todas y cada una de las sensaciones vividas mientras lo espiaba.</p>



<p>Al traspasar el portón de entrada, me topé de frente con Dora, el ama de llaves. La cual se acercó a mí y pidiendo perdón por su comportamiento del día anterior, se ofreció a ayudarme en lo que necesitara. No tuve que estresar mis neuronas para saber que su oferta se debía a las ganas de perderme de vista y que para ella cuanto menos tiempo estuviera deambulando por la fortaleza, mejor.&nbsp;</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ― ¿No sabrá de algún libro donde pueda documentarme sobre la historia de esta casa? ― pregunté.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La anciana murmuró que la siguiera y llevándome a la biblioteca, señaló un mueble acristalado que había en una esquina:</p>



<p>―Aquí encontrará todo lo que pueda necesitar― tras lo cual, se marchó sin siquiera despedirse.</p>



<p>Confieso que no me importó al ver la cantidad de libros y documentos que tenía que revisar.</p>



<p>―Gracias por todo― me despedí dudando que me hubiera oído. Tras lo cual, poniéndome en acción, comencé a examinar uno a uno cada ejemplar en busca de información.</p>



<p>De inmediato comprendí que me hallaba frente a un verdadero tesoro y que aun dedicándole ocho horas diarias durante un mes podría absorber todos los datos que contenían esas páginas. Por ello, no tuve otra que empezar a discriminar por fechas y tras localizar los que se referían a los años que me interesaban, dejé el resto tal y como los había encontrado.</p>



<p>Con ellos bajo el brazo, subí por las escaleras y fijándome brevemente en el lienzo de Helen Darby, reparé en que mis rizos de ese día se parecían y mucho a los de esa joven.</p>



<p>―Si Gerald se parecía a Declan, no entiendo que lo hayas dejado― dirigiéndome al retrato, comenté.</p>



<p>Por un breve instante, me pareció intuir su dolor. Desternillada de risa al sentirme ridícula hablando con un cuadro, proseguí el camino hacia la habitación. Como había planeado, lo primero que hice fue descargar las imágenes de la cámara en la nube para a continuación borrarlas de la memoria. Confieso que estuve tentada de darme un homenaje abriéndolas, pero conteniendo las ganas me puse a escribir la escena de la laguna. Para incrustarla dentro de la historia, tuve que cambiar a los protagonistas haciendo que Helen fuera la mujer tras los arbustos y Gerald, el hombre que se bañaba. Lo que no varié ni un ápice fue la excitación que me dominó al contemplar a ese dios hecho carne y recalcando sobre todo las sensaciones que experimenté rellené un par de folios antes de darme cuenta del tamaño que habían adquirido mis pezones al recordarlo.</p>



<p>«A este paso, terminaré escribiendo una novela erótica», concluí al releer las páginas que había escrito y asumiendo que Peter no diría nada si con ello aumentaba las ventas, guardé los cambios.</p>



<p>Al ser la una y treinta y cinco, comprendí que llegaba tarde a comer y que mi anfitrión debía estar esperándome. No queriendo llegar tarde, me arreglé un poco el pelo y bajé. Cumpliéndose mis negras predicciones, Declan estaba molesto y señalando el reloj, me recriminó la tardanza.</p>



<p>―Gerald, lo siento. No volverá a ocurrir― respondí sin darme cuenta de cómo le había llamado.</p>



<p>Al hacerme ver el error, me eché a reír y le expliqué que estaba tan centrada en la historia de su antepasado que no me había dado cuenta.</p>



<p>―Menos mal, pensaba que te habías contagiado y creías en fantasmas.</p>



<p>―Para nada, sigo teniendo los pies en la tierra― sonreí mientras lo miraba cautivada.</p>



<p>Ajeno a que lo había visto desnudo, ese portento se revolvió incómodo en la silla al percibir quizás la forma en que con los ojos lo estaba devorando y cambiando el hilo de la conversación comentó que era una pena que no hubiera disfrutado de la buena mañana que había hecho.</p>



<p>―Debías de haber aprovechado el buen tiempo para salir a dar una vuelta.</p>



<p>Incapaz de reconocerle que había dado ese paseo, me defendí diciendo que Peter me había dado solo un mes para terminar de escribir el libro y que por tanto no tenía tiempo que perder.</p>



<p>―Lo comprendo― contestó: ―Como dicen los curas, la obligación antes de la devoción.</p>



<p>―Además, no conozco a nadie― dejé caer insinuando que vería con agrado que me invitara la próxima vez.</p>



<p>Cayendo de bruces en mi artimaña, ese saco de músculos comentó que esa noche había quedado en el pub con unos amigos y que, si me veía con ánimos, podía ir con ellos.</p>



<p>―Dime a qué hora y estaré lista― respondí con demasiada elocuencia.</p>



<p>Declan creyó que la rapidez en contestar se debía a mis ganas de agradar y tomando mi mano, me alertó que había quedado con una pareja que era la dueña de un palacio vecino. Ese gesto carente de segundas intenciones desbordó mi imaginación y soñando que tras la cita me llevara directamente a su cama, respondí:</p>



<p>― ¿Tienen también fantasmas?</p>



<p>La carcajada que soltó me sonó a música celestial y contra mi voluntad, mis bragas se humedecieron al ver que ese estirado se encontraba a gusto en mi compañía.</p>



<p>―Creo que no y de tener alguno, no sería tan interesante para captar tu atención. Para eso ya tienes a mi torturado antepasado.</p>



<p>―Por cierto, ¿existe algún retrato de Gerald? ― pregunté: ―Lo digo para ponerle cara al protagonista de la historia que estoy escribiendo.</p>



<p>―Lo tienes enfrente― señalándose, contestó.</p>



<p>Dando por sentado que me estaba tomando el pelo, insistí si al igual que Helen tenía un cuadro, si había alguno de su antepasado.</p>



<p>―En serio, soy igualito a él― respondió.</p>



<p>Al comprobar que no lo creía, me cogió del brazo y me llevó a su despacho. Una vez ahí, desternillado, se colocó junto a un enorme lienzo que si no llega a ser por la antigüedad del mismo y la vestimenta hubiese jurado que el retratado era él.</p>



<p>&nbsp;―Es imposible― me dije completamente atónita por el parecido.</p>



<p>―Yo soy más guapo― declaró muerto de risa al ver mi cara.</p>



<p>―De eso nada, solo eres más joven― contesté fijándome en las canas que el pintor había pincelado sobre sus sienes.</p>



<p>Alternando la vista entre uno y otro, observé un montón de diferencias que en el primer vistazo no había advertido y numerándoselas, concluí diciendo:</p>



<p>―Me quedo con el difunto.</p>



<p>Lejos de molestarle mi elección, le hizo gracia y señalando el cuadro de su prometida, contestó:</p>



<p>―Y yo, con Helen.</p>



<p>Defendiendo sin ningún pudor el valor de mis curvas, contrataqué:</p>



<p>―Eso es porque esa descocada va enseñando los pechos.</p>



<p>Y sin esperármelo ni yo, me abrí un botón de la camisa y marcando escote, añadí:</p>



<p>―Repítelo si te atreves.</p>



<p>El gesto lo cogió desprevenido y aunque me consta que intentó evitar mirar el profundo canal que de forma tan descarada le mostraba, no pudo. Es más, siguiendo los dictados de sus instintos, recibí las caricias de su mirada recorriendo mis senos.</p>



<p>― ¿Se puede saber a qué juegas? ― reaccionando cabreado preguntó al advertir mi sonrisa.</p>



<p>Reconozco que disfruté al ver que había conseguido alterar a ese hombre y quizás eso me azuzó a seguir picándolo:</p>



<p>―Demostrarte que las pelirrojas de hoy en día no tenemos nada que envidiar a las de antaño.</p>



<p>Sintió mis palabras como un reto y tomándome de la cintura, me acercó a él:</p>



<p>―Lo mismo se aplica a los O´Brien. Si Gerald fue capaz de enamorar a Helen, yo podría hacer lo mismo contigo.</p>



<p>Su cercanía desmoronó mis defensas y alcé la cara esperando un beso que nunca llegó. Humillada al ver que se abstenía de aprovechar que le había dado entrada con los labios entreabiertos, le pegué un empujón:</p>



<p>―Jamás me entregaría a un cretino cómo tú.</p>



<p>― ¿Estás segura? ― contestó muerto de risa.</p>



<p>&nbsp;Sintiendo su escarnio como una cuchillada trapera, repliqué:</p>



<p>―Tenemos un mes para comprobar cuál de los dos tiene razón. Desde ahora te digo que perderás y que serás tú el que implore mis besos.</p>



<p>― ¿Puedo considerar esto como una apuesta en firme? ¡Señorita Ryan!</p>



<p>―Puede y debe, señor O’Brien. Le aseguro que estará babeando por mí antes de vencer el plazo.</p>



<p>Al extender su mano en señal de trato, fui tan ingenua de tomársela y abusando de mi candidez, me atrajo hacia él para robarme un beso. Reaccionando a tiempo, bajé la cara evitando que culminara su traición para acto seguido contratacar llevando mis manos entre sus piernas.</p>



<p>― No tengo ni idea a qué tipo de mujeres estás acostumbrado, pero nunca me he considerado una damisela indefensa― respondí mientras apretaba su virilidad con los dedos.</p>



<p>Juro que jamás me esperé que le provocaría una erección y menos que al contemplar mi cara, ese capullo se carcajeara:</p>



<p>―Ahora que sabes lo que te perderías, no tengo ninguna duda de mi victoria y que acudirás desnuda a mi cama en busca de caricias.</p>



<p>Para mi desgracia, yo tampoco al sentir la dureza de mis pezones. Más indignada conmigo que con él, elevé la apuesta diciendo:</p>



<p>―Kildarhouse cayó dos veces en manos inglesas y conmigo será la tercera.</p>



<p>Desternillado, respondió a mi embate:</p>



<p>―Ningún O´Brien se casaría con una vasalla de ese decadente imperio.</p>



<p>Comprendí que había interpretado mis palabras como una oferta de matrimonio y picada, repliqué:</p>



<p>―Tú serás el primero. Ni siquiera Gerald levantándose de la tumba lo impedirá.</p>



<p>Todavía resonaba mi melodramática respuesta cuando de improviso el viento abrió una ventana, lo cual aproveché para gritar:</p>



<p>―Hasta el fantasma lo sabe.</p>



<p>Demostrando que no era inmune a la leyenda, Declan palideció y dejando la discusión, me rogó que pasáramos al comedor&#8230;</p>
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		<title>&#8220;Cambridge no cree en semidioses: Un ex seminarista en la catedral de las Ciencias&#8221; Libro para descargar (POR LOUISE RIVERSIDE Y GOLFO)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Administrador]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 May 2026 08:37:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
		<category><![CDATA[GOLFO]]></category>
		<category><![CDATA[LOUISE RIVERSIDE]]></category>
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					<description><![CDATA[SINOPSIS Louise Riverside y Fernando Neira unen nuevamente sus talentos para contarnos una historia de seres fantásticos y dioses ambientada en la Inglaterra de nuestros días y donde Manuel Parejo, un ex seminarista, llega a la universidad de Cambridge a cursar estudios de posgrado sin saber que vería zarandeadas sus creencias.Una vez entre los muros de esa prestigiosa institución, la presencia de Naya, una compañera de residencia, le hará conocer por primera vez el amor y el deseo físico al hacerse su novia. Cuando todavía no se había repuesto de que una mujer lo mire como hombre, una de sus [&#8230;]]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-large"><a href="https://www.amazon.es/dp/B08X9GX6TS"><img decoding="async" src="https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2021/02/cambridge-no-cree-en-semidioses-3-1024x293.png" alt="" class="wp-image-24819"/></a></figure>



<p><strong>SINOPSIS</strong></p>



<p>Louise Riverside y Fernando Neira unen nuevamente sus talentos para contarnos una historia de seres fantásticos y dioses ambientada en la Inglaterra de nuestros días y donde Manuel Parejo, un ex seminarista, llega a la universidad de Cambridge a cursar estudios de posgrado sin saber que vería zarandeadas sus creencias.<br>Una vez entre los muros de esa prestigiosa institución, la presencia de Naya, una compañera de residencia, le hará conocer por primera vez el amor y el deseo físico al hacerse su novia. Cuando todavía no se había repuesto de que una mujer lo mire como hombre, una de sus profesoras se muestra interesada por él.<br>Novicio en esas lides después de una vida monacal, nuestro protagonista descubre que su súbito atractivo se debe a Bhagavati, la diosa en la que cree su amada, y tratando de conciliar su religión con lo que le está pasando, busca en compañía de esas dos bellezas una explicación.<br>Todo se complica cuando entra en su vida Akina, una monada oriental…</p>



<p><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace</strong>: &nbsp; </p>



<p><iframe title="Cambridge no cree en semidioses: Un ex seminarista en la catedral de las Ciencias" type="text/html" width="640" height="550" frameborder="0" allowfullscreen style="max-width:100%" src="https://leer.amazon.es/kp/card?preview=inline&#038;linkCode=kpd&#038;ref_=k4w_oembed_WoVSCu67BSkEw3&#038;asin=B08X9GX6TS&#038;tag=kpembed-20"></iframe></p>



<p><br><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo los TRES primeros capítulos</strong>:&nbsp;</p>



<h1 class="wp-block-heading" id="1"><a>1</a></h1>



<p>Una mañana fría de otoño y con mi maleta a cuestas, planté mis pies en el patio principal del Trinity College. La magnificencia de ese lugar hacía más patente mi provincianismo y consciente de mis carencias, observé la estatua de Enrique VIII que presidía su gran puerta. No pude más que sonreír al ver la afrenta que unos estudiantes del siglo XIX habían hecho al sustituir su cetro por la pata de una silla, afrenta que el rector de entonces había dejado estar por sus evidentes simpatías republicanas y cuyos sucesores tampoco habían repuesto al considerarlo parte de la historia de la universidad.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «La ciencia por encima de la política», medité mientras buscaba en el mapa donde estaba la secretaría para registrar mi llegada y que me asignaran una residencia donde vivir mientras durara mi estancia en esa ciudad. Entre mis virtudes no estaba ni está el ubicarme y hastiado de mi falta de orientación, pedí ayuda a un grupo de estudiantes que aprovechando una resolana tomaban el sol entre esos muros.</p>



<p>―Admisiones está en el área oeste― contestó escuetamente uno de ellos.</p>



<p>La fortuna quiso que me la señalara con su dedo porque de no ser así su información me hubiese resultado completamente inservible y dando las gracias, me dirigí con mi equipaje a ese lugar.</p>



<p>«¿Qué coño hago aquí?», me dije apabullado por sus paredes de piedra negra mientras deseaba nunca haber salido del pueblo perdido en mitad de Palencia donde había nacido y donde todavía vivían mis padres.</p>



<p>Era y me sabía pueblerino. Por eso todavía no comprendía el haber aceptado la oferta de esa universidad para estudiar el master en ciencias aplicadas que impartía, cuando apenas había salido de mi provincia un par de veces.</p>



<p>«Fue mi viejo el que me empujó a aceptar», pensé parcialmente agradecido pero aterrorizado.</p>



<p>Y es que a pesar de no haber terminado primaria y ser un próspero agricultor que hubiese deseado que me ocupara de sus tierras, al llegar a la adolescencia me envió al seminario menor donde su hermano cura era profesor para que me educara.</p>



<p>―Los agustinos tienen el mejor colegio de la provincia y el saber es la mejor herencia que te puedo dar― recuerdo que decidió contra la voluntad de mi madre, aunque en su interior temía que me convirtiera en sacerdote.</p>



<p>De mi estancia allí guardo, además de mis mejores amigos, un grato recuerdo y reconozco que fui feliz a pesar de la escasa calefacción y de las maratonianas jornadas en las que no solo me obligaron a estudiar las asignaturas de secundaria y de bachillerato, sino también teología, latín y griego por si al final tenía vocación de servicio y seguía mis estudios en el seminario episcopal.</p>



<p>El sacerdocio me tentó, pero mi verdadero amor eran las ciencias. A mitad del último curso mi tío, que para entonces era el director, en una dura conversación me informó que no contaban conmigo porque sabían que nunca me realizaría como persona tras la sotana negra de un fraile agustino.</p>



<p>―Tu mundo está ahí fuera. Tienes un cerebro privilegiado, pero Dios no te ha llamado a su servicio. Es menor que vayas a la universidad. La iglesia necesita seglares doctos y con fe que sepan compaginar la ciencia con sus enseñanzas― fue el resumen de esa charla en la que hablando en plata me echó de la orden en la que me había educado.</p>



<p>Confieso que caí en una especie de depresión al no saber qué iba a ser de mi vida. Había planeado estudiar una carrera bajo el paraguas de San Agustín y tuvo que ser nuevamente mi viejo el que me impulsara a seguir, al decirme lo que ya sabía:</p>



<p>―Hijo, mi hermano tiene razón y no solo por tu predilección por la física. O crees que no me he dado cuenta de cómo miras a las mozas. El celibato no está hecho para ti. Termina tus estudios, búscate una novia, cásate y sé feliz.</p>



<p>Los siguientes cuatro años los pasé levantando la mirada de los libros solamente para hacer ejercicio. Actuando de anacoreta, mi rutina fue ir a clase, explotarme en el gimnasio y la mesa del colegio mayor donde estudiaba hasta altas horas de la noche. Tanta dedicación rindió sus frutos. Con veintidós años y número uno en las carreras de física y química, me convertí en profesor asociado de la universidad palentina.</p>



<p>Reconozco que estaba cómodo en ese puesto. Mi vida era sencilla y mis gastos mínimos. Aunque estaba mal pagado, conseguí ahorrar y tras tres años de docente, comprendí que debía dar un salto y hacer un master o un doctorado. Asumiendo que mi curriculum era estupendo, escribí a las universidades más prestigiosas de Europa, aunque en mi interior temiera que al final acabaría como doctor de alguna institución española. Para mi sorpresa, el Trinity College se mostró interesado y me ofreció una beca parcial para estudiar ahí. Beca a la que sumando mis ahorros me permitía vivir modestamente mientras durara.</p>



<p>― ¿Your name? ― escuché que me decían, sacándome de la ensoñación.</p>



<p>―Manuel Parejo― contesté mientras extendía a la secretaria una carpeta con mi inscripción.</p>



<p>La funcionaria revisó los documentos y tras echar un vistazo a mi solicitud en el ordenador, me informó que el departamento de admisiones me había buscado alojamiento en el Angel Court. Confieso que me alegró oírlo al saber que esa residencia estaba ubicada a espaldas del edificio donde me encontraba, pero más aún cuando me recalcó que habían tomado en cuenta mi petición de compartir la habitación con otra persona.</p>



<p>«Me ahorro una pasta», suspiré dadas las exorbitantes tarifas semanales que una individual supondría para mi maltrecha economía y firmando la retahíla de papeles que me puso enfrente, salí campante hacía mi nueva morada. Los quinientos metros de caminata no menguaron en absoluto mi ilusión y por ello al llegar frente a esa hospedería no me importó que sus muros fueran de ladrillo ni lo deteriorado de su aspecto.</p>



<p>«Espero que mi compañero de cuarto sea discreto y que no monte juergas todas las noches», me dije recordando la fama de bebedores empedernidos de los ingleses.</p>



<p>Al entrar en el que sería mi hogar durante los siguientes años, me alegró comprobar que su interior sin ser lujoso era suficiente y ya con la llave en mi mano, me dirigí hacía mi habitación. Abriendo su puerta, descubrí que no había nadie en su interior y como sobre una de las camas había un portátil, me apropié de la que estaba libre. Estaba todavía desempacando la ropa cuando un ruido me hizo girar y me encontré cara a cara con una especie de neandertal de dos metros.</p>



<p>― ¿Manuel? – al ver que asentía, se presentó como Hans Bülter con un marcado acento alemán.</p>



<p>&nbsp;El animal aquel resultó ser un tipo encantador que me ayudó a colocar las exiguas pertenencias que había traído en las baldas de mi armario y no contentó con ello, me animó a acompañarlo al “lunch” para así presentarme al resto de los estudiantes allí alojados. Aunque no me apetecía nada, comprendí que no debía ser huraño y accediendo a su invitación, le seguí hasta el restaurante de la residencia. Ahí comprobé que no desentonaría entre esos “nerds” cuando, tras las pertinentes presentaciones, la conversación rápidamente se centró en la última publicación de Nature donde incluían entre los diez investigadores más importantes de nuestros días al polémico científico chino He Jiankui.</p>



<p>―Es una vergüenza― alzando su voz mi compañero señaló: ―Ese capullo se cree Dios. Me parece que, en vez de ser alabado, debía ser enjuiciado por atreverse a modificar los genes de unos bebés con el único objeto de su gloria personal.</p>



<p>Esa posición era la mía debido en gran parte a mis creencias religiosas, pero asumiendo que al ser nuevo era mejor mantener un perfil plano, me quedé callado observando. La gran mayoría de los contertulios opinaba diferente y creía que la ciencia debía de progresar sin que las cuestiones morales fueran un parapeto. Ese pensamiento tan en boga en nuestro siglo me causaba resquemor al saber que sin ese freno y llevándolo hasta el extremo, la ciencia genética podía crear los perversos instrumentos que dividieran a la humanidad entre hombres y superhombres.</p>



<p>Estaba a punto de intervenir cuando Naya Prabhu, una monada de origen hindú señaló ese peligro y puso de ejemplo el sistema de castas tan presente todavía en su país.</p>



<p>―Si siendo genéticamente iguales existen esas barreras sociales, imaginaos lo que ocurriría si los ricos pudiesen encargar bajo carta su descendencia. Olvidaros de que solo pidieran hijos libres de enfermedades hereditarias, exigirían que fueran más inteligentes, más guapos y fuertes que los demás.</p>



<p>La certeza de ese planteamiento y la intensidad con la que lo expuso hizo dudar a muchos, pero ese no era mi caso dado que concordaba con ella y mientras el resto de los ahí reunidos se lanzaba a discutirlo, yo me dediqué a observarla totalmente embobado:</p>



<p>«Es preciosa», me dije recorriendo con la mirada su pequeño pero atractivo cuerpo. Y no era para menos, dotada por la naturaleza de unos atributos visibles a pesar del recatado Sari que llevaba puesto, lo más impresionante de ella eran los ojos negros que dotaban a sus rasgos de una profundidad que jamás había visto.</p>



<p>Ajena al minucioso examen al que la estaba sometiendo, la joven defendió sus ideas con brillantez y mientras yo caía metafóricamente a sus pies, al cabo de unos minutos inclinó el sentir mayoritario hacia sus posiciones.</p>



<p>― ¿Tú qué opinas? ― mirándome preguntó al ser el único que no había hablado.</p>



<p>Acomodando mis ideas, contesté:</p>



<p>―No seré yo el que demonice las investigaciones tendentes a descubrir y emplear los genes con el objeto de prevenir enfermedades. Pero coincido contigo en que habría que legislar para impedir que en nombre de la ciencia se acepte como ético el eugenismo. Considero un peligro que se utilice el genoma como medio para crear o mejorar las razas porque eso conllevaría una dictadura como nunca se ha visto en la historia de la humanidad. Nunca estuve de acuerdo con la sofocracía, el gobierno de los sabios que pregonaba Platón y menos lo estaría con el poder que adquirirían esos superhombres genéticamente modificados sobre el resto de los humanos.</p>



<p>―Perdona Manuel, ¿cuál es tu especialidad? Creía que habías dicho que eras físico― dijo alucinada al escuchar que incluía a ese filósofo griego en mi exposición.</p>



<p>Habituado a que la gente se extrañase con mis conocimientos más allá de las ciencias, repliqué muerto de risa:</p>



<p>―Soy físico y químico, pero me considero ante todo enciclopédico y no limito mi saber a ninguna materia… todas me interesan.</p>



<p>El respeto que intuí en su mirada me hizo ruborizar y volviendo a mi mutismo inicial permanecí al margen de la discusión hasta que el camarero con la comida la dio por terminada y los hambrientos se lanzaron sobre sus viandas como si realmente estuviesen buenas, cuando en la realidad parecían elaboradas por un cocinero militar.</p>



<p>«Es comida cutre de rancho», aludiendo a la que antiguamente servían en la mili, pensé haciendo verdaderos esfuerzos por tragar el mejunje que tenía en mi plato.</p>



<p>Supe que no era el único que pensaba que estaba asqueroso cuando la hindú me insinuó que le gustaría otro día ir conmigo a comer a otro sitio y así seguir con la conversación. Colorado hasta decir basta, accedí a acompañarla el viernes después de clase a un restaurante mientras mi mente no asimilaba que una mujer como aquella deseara conocerme mejor.</p>



<p>Su propuesta no pasó desapercibida a Hans y aprovechando que la morena se levantaba por agua, me susurró al oído que parecía que había impresionado a Sor Naya.</p>



<p>― ¿Es monja? ― pregunté alucinado por el pequeño porcentaje de sus compatriotas que eran cristianos.</p>



<p>―No― desternillado respondió el teutón: ―La llamamos así porque nadie ha conseguido acercarse a ella más allá de lo académico. Consiente de su belleza, alza una muralla infranqueable ante el ataque de cualquier incauto que intente algo romántico con ella.</p>



<p>Engullendo otro trozo de ese potingue, me quedé pensando en mí y en mi reluctancia a todo lo sentimental:</p>



<p>«En lo físico no le llego a los zapatos, pero en lo raro seguro que la gano», murmuré entre dientes sin reconocer a mi nuevo amigo que con veinticinco años jamás había estado con una mujer&#8230;</p>



<h1 class="wp-block-heading" id="2"><a>2</a></h1>



<p>Esa misma tarde, todos los recién ingresados en esa universidad teníamos un acto con el rector, o como le llaman ahí con el Master, que actualmente desempeñaba Sally Davies una eminencia en medicina. Sabiendo que estaban también invitados el resto de los alumnos, pregunté a Hans si me acompañaba:</p>



<p>―Ese coñazo solo lo soportan los nuevos por obligación y los interesados en quedarse como profesores en un futuro, por interés. Como todavía no hemos empezado las clases, si quieres te espero en el pub― declinando el ofrecimiento, el enorme rubio contestó.</p>



<p>Solo y con un cuaderno bajo el brazo, me encaminé hacia el salón de actos. Para mi sorpresa éramos apenas una treintena los ingenuos que nos habíamos reunido ahí para escuchar las palabras de bienvenida de esa mujer. Mi timidez me hizo sentarme en quinta fila sin nadie a mi alrededor y desde ahí reparé en que al igual que yo, la gente se había distribuido por los asientos sin formar grupos.</p>



<p>«Se nota que son nuevos», me dije al no ver a nadie charlando.</p>



<p>Acababa de abrir mi cuaderno cuando vi que Naya entraba y que, tras dar un vistazo a la concurrencia, se dirigía hacia mí. No me había repuesto de ello cuando me preguntó si podía sentarse a mi lado.</p>



<p>―Por supuesto― respondí levantándome.</p>



<p>A la recién llegada le hizo gracia mi reacción y posando su mano brevemente en la mía, rogó que tomara asiento luciendo una sonrisa que hizo palpitar aceleradamente mi corazón. Con el recuerdo de sus dedos ardiendo en mi palma, me senté y miré hacia el estrado temiendo que si la miraba esa monada advirtiera la atracción que sentía por ella.</p>



<p>―Cuéntame, ¿qué posgrado vas a cursar? ― perturbando el poco entendimiento que me quedaba, quiso saber.</p>



<p>―Un master en Ciencias aplicadas, pero exactamente hasta que no conozca a mi tutor no sé en qué― reconocí.</p>



<p>― ¿Quién va a ser el profesor que te dirija? ― insistió interesada.</p>



<p>―Harry Bell― respondí mientras evitaba mirarla a los ojos al saber que corría el riesgo de hundirme en ellos.</p>



<p>Mi respuesta le hizo gracia y mientras el grueso de los profesores entraba en el salón, acercó su cara a mi oreja y me susurró que entonces no veríamos a menudo ya que ese catedrático la había nombrado su ayudante. No supe discernir si eso era una buena noticia o por el contrario funesta al oler el aroma que desprendía y que reconocí como jabón de niños. Asumiendo que venía recién duchada, no pude más que visualizarla desnuda bajo el agua y por vez primera en muchos meses, esa imagen me excitó.</p>



<p>―Siempre es bueno conocer a alguien― contesté temblando como un flan.</p>



<p>Mi nerviosismo no le pasó inadvertido y no queriendo incomodar, se quedó callada el resto del acto. Eso me permitió atender a la rectora y reconozco que me interesó su charla porque haciendo un homenaje a su antecesor Sir Gregory Winter, tras los típicos saludos, centró su discurso en la evolución del estudio de los anticuerpos en la medicina. Siempre me había gustado la forma en que nuestro cuerpo reaccionaba a los patógenos externos, por ello entusiasmado atendí y disfruté del novedoso planteamiento que el antiguo rector había plasmado en sus escritos.</p>



<p>Al terminar la muchacha me preguntó que me había parecido esa conferencia.</p>



<p>―Solo alguien muy inteligente es capaz de resumir en media hora la obra de toda una vida― respondí realmente impresionado por el análisis realizado por la señora Davies.</p>



<p>―A mí también me maravilla esa mujer― confesó para a continuación decirme si me apetecía un café.</p>



<p>Dudé si aceptar ya que había quedado con Hans, pero al enterarme que íbamos al pub donde sin lugar a equivocarme ese alemán llevaría unas cuantas pintas de cerveza me quedé sin excusas y accedí.</p>



<p>Al llegar al local el destino quiso que mi compañero estuviera enfrascado en una partida de dardos y desconociendo cuál era su mesa, nos sentamos en la única vacía donde ella se pidió una coca cola y yo un café.</p>



<p>― ¿Qué hace un español tan lejos del sol? ― me preguntó a modo de entrada.</p>



<p>―Morirme de frio― haciendo aspavientos de que estaba helado, repliqué.</p>



<p>―Te comprendo. Aunque llevo cinco años aquí, todavía no me he acostumbrado a su cielo encapotado ni a su permanente llovizna― dijo quejándose también ella del clima inglés.</p>



<p>Esa confidencia me permitió imitarla:</p>



<p>― ¿Qué hace una hindú tan lejos de casa?</p>



<p>―Huir de mis padres― riendo contestó: ― En la India, me sentía encorsetada por mi etnia y no me quedó más remedio que venir a Gran Bretaña.</p>



<p>Algo me dijo que esa mujer debía de pertenecer a una de las castas privilegiadas y metiéndome en donde no me llamaban pregunté si era chartria o vaishia. Mi pregunta la cogió desprevenida y en vez de contestar, me dijo cómo era posible que las conociera.</p>



<p>―Ya sabes, soy una enciclopedia andante― recordando la conversación en la que nos habíamos conocido, respondí.</p>



<p>―Pues te equivocas completamente― riendo encantadoramente comentó: ―Soy Nair.</p>



<p>― ¡Una adoradora de serpientes! ― exclamé sin poder contener mi lengua haciendo referencia a que ese minúsculo grupo adoraba como guardiana de su clan al reptil que los católicos identifican con el pecado original.</p>



<p>&nbsp;Mi exabrupto no la molestó y riendo me reconoció que era así, pero que no me preocupara dado que estaba prohibido el tener cualquier tipo de animal en la residencia y que en su familia llevaban generaciones sin practicar el Sambandam.</p>



<p>―Ahí me has pillado, no sé qué es― confesé atolondrado al ver su pícara mirada.</p>



<p>―Mi estimado amigo reconoce su ignorancia― resaltó y sin dejar de sonreír, me explicó que era un tipo de matrimonio informal por el cual las mujeres de su etnia tenían permitido tener varios maridos: ―Los ingleses lo prohibieron, pero aun así en el campo se sigue haciendo.</p>



<p>Esa información cuadraba con lo que sabía de ellos y dado que eran de las pocas sociedades donde se regían por matriarcados y donde la mujer era la que daba el linaje, solo se me ocurrió decir que llegado el momento no me importaría que mis hijos se apellidaran como ella. Me arrepentí nada más decirlo. Pero Naya en vez de tomárselo en plan tremendo, con sus mejillas coloradas, me respondió que todavía era pronto para una oferta como esa y que, de ir en serio, antes de nada, debía de recibir la aceptación de su gurú.</p>



<p>Juro que no sabía dónde meterme al darme cuenta de que en mi desconocimiento había propuesto matrimonio a esa preciosidad el mismo día en que nos había conocido y lo que era más importante, que no había rechazado de plano la idea.</p>



<p>―Dime cuándo y dónde me vas a presentar a tu maestro espiritual― lanzando un órdago a la grande musité no muy seguro de su respuesta&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>―Para aceptar ser tu premika, debo conocerte antes― con rubor dibujado en su cara, respondió mientras tomaba mi mano.</p>



<p>Alucinando por ese gesto, reservado únicamente a los más cercanos de la familia o a los novios en su educación, supe que no le desagradaba la idea y al contrario de lo que hubiese hecho con una occidental, me abstuve de besarla y únicamente entrelacé mis dedos en los suyos.</p>



<p>― ¿Sabes que en mi pueblo todo el mundo supondría que estamos prometidos si nos ven así? ― insistió sin soltarme.</p>



<p>― ¿Te importa?</p>



<p>―No. Al contrario, me gusta― con una coquetería innata, susurró y mientras miraba mi reacción, prosiguió: ―Es la primera vez que a un hombre lo siento tan cercano.</p>



<p>Nuevamente me dieron ganas de unir mis labios a los suyos y solo el conocer lo impúdica que resultaba esa costumbre para los hindúes, evitó que la besara. En su lugar, retiré la mano y llevándola a su mejilla, la acaricié sin prever que ese honesto mimo provocara su turbación y me dijera que no eran decente que dos novios se mostraran tan cariñosos en público.</p>



<p>Me quedé petrificado al comprender que ya se consideraba mi novia, pero aún mucho más al observar bajo su sari que dos pequeños montículos la delataban y que lejos de molestarla, con ese mimo se había excitado. Por eso regalándole una última caricia, le pedí permiso para volverla hacer cuando estuviésemos solos.</p>



<p>―No tengo que darte lo que ya es tuyo― musitó con una mezcla de alegría y de vergüenza mientras me tomaba nuevamente de la mano.</p>



<p>En ese momento, Hans llegó quejándose de lo tramposos que eran los ingleses y preguntando si quería algo de beber. Dando su lugar a Naya, la dije si tenía prohibido el alcohol. Al contestar que no, pedí un whisky.</p>



<p>― ¿No vas a pedir otro para tu adorada fiance? ― usando la denominación francesa que los británicos habían adoptado como propia, comentó.</p>



<p>El gigantón se dio la vuelta al oírla y viendo que tenía sus dedos entre los míos, soltó una carcajada diciendo:</p>



<p>―No me puedo creer que, en unas pocas horas, Manuel haya conseguido los que los demás llevábamos intentando desde que llegaste a la pérfida Albión.</p>



<p>―Tuvo que llegar un caballero y no un patán― desternillada de risa, alzó orgullosamente nuestras manos dejando de manifiesto que no le importaba que su círculo cercano supiera lo nuestro.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hans en vez de quejarse por el insulto, se rio y me rogó que nunca le pidiera que le presentara a su hermana dado mi éxito con las féminas.</p>



<p>―Puedes hacerlo, Manuel sabe de lo que es capaz una Nair celosa si siente que ha sido traicionada.</p>



<p>&nbsp;No tuvo que decir nada más, con eso bastaba. Sabía por los libros de historia lo belicoso que había sido su pueblo durante la conquista de la India por los británicos y que estos solo habían conseguido apaciguarlos al incorporar a todos los hombres de su etnia al ejército inglés. Pero por si no me había quedado claro, Naya acercó sus labios a mi oído y me dijo:</p>



<p>―No me gustaría que en un futuro no pudieses darme descendencia.</p>



<p>Con mis huevos encogidos tras esa nada sutil amenaza, contesté que no se preocupara al ser yo hombre de una sola mujer. Su cara se iluminó al escucharlo y cerrando mi boca con un dedo, me informó que mientras nos íbamos conociendo tenía prohibido intimar con otra.</p>



<p>El que usara el verbo intimar y no coquetear reveló que se refería sexualmente y sin reconocer que era virgen, le prometí no hacerlo asumiendo que, si en veinticinco años nunca había estado en la cama con una mujer, era imposible que bajo la estricta supervisión que suponía iba a efectuar sobre mí lo hiciera.</p>



<p>Posando su cabeza en mi hombro, susurró:</p>



<p>―Estoy deseando que nos quedemos solos y así volver a sentir tus yemas recorriendo mi mejilla.</p>



<p>Lamenté haber pedido las copas, por lo mucho que me apetecía hacerlo…</p>



<h1 class="wp-block-heading" id="3"><a>3</a></h1>



<p>Ya en la residencia, la acompañé hasta su puerta y viendo que no había nadie por los pasillos, tímidamente la abracé. Naya no solo se dejó rodear entre mis brazos sino poniendo su cara en mi pecho, se pegó a mí con fuerza mientras me decía que no pensara nada malo de ella, pero que necesitaba sentir mi contacto. Confieso que no supe cómo actuar cuando de repente noté que, sin levantar su cara, comenzaba sutilmente a restregar su cuerpo contra el mío.</p>



<p>―Soy inmensamente feliz de haber sido la primera en advertir la mirada honesta que se escondía tras tus gafas― murmuró mencionando mi miopía.</p>



<p>La actitud de la hindú me sorprendió y más cuando descaradamente buscó mi excitación frotando mi entrepierna con su sexo. Quizás por eso, bajé mi mano por su espalda:</p>



<p>―Un hombre no puede tocar a una mujer hasta que su gurú se lo permita― me rogó mientras ella intentaba incrementar mi incipiente erección con lentos pero constantes movimientos de su cadera.</p>



<p>Anonadado porque esa ley no le afectara a ella, únicamente murmuré que, si seguía rozando así mi virilidad, terminaría corriéndome.</p>



<p>&nbsp;―Eso quiero y anhelo― replicó con su respiración entrecortada prueba irrebatible de que también ella se estaba viendo afectada por esas imprevistas, pero deseadas, maniobras.</p>



<p>―Estás loca― susurré mientras le acariciaba la mejilla al saber que era lo único que no me estaba vedado.</p>



<p>Al sentir mis yemas recorriendo su cara, sollozó y con más fuerza, restregó su pubis contra mi dureza mientras me imploraba que no fuera flor de un día y que al día siguiente ella siguiera siendo mi premika.</p>



<p>―Eres todo lo que un hombre puede desear― con sinceridad contesté al percatarme de los sentimientos que esa monada hacía aflorar en mí sin importarme que ese nombre solo se pudiera usar con los ya comprometidos.</p>



<p>Mis palabras la azuzaron más si cabe. Mirando a su alrededor, descubrió una silla y me obligó a sentarme en ella.</p>



<p>― ¿Qué vas a hacer? ― pregunté al ver que se subía a horcajadas sobre mí.</p>



<p>―Satisfacer a mi amado novio y que esta noche solo sueñe conmigo― declaró mientras hacía resbalar mi pene entre sus piernas.</p>



<p>Esa posición hizo que, a pesar del sari, sus pechos rebotaran contra mi cara y deseando hundirla entre ellos, comprendí que si lo hacía ella lo vería como una perversión y por ello preferí cerrar los ojos.</p>



<p>―Diosa escucha a tu hija y permite que este hombre sea digno de ti― escuché que rezaba mientras seguía masturbándonos a ambos sin que yo pudiese hacer nada por favorecerlo.</p>



<p>De improviso, Naya se corrió dando un largo y prolongado gemido.</p>



<p>―Gracias, Devi por apiadarte de tu sierva― rugió mientras su placer se filtraba a través de la tela mojando mis pantalones. &nbsp;Tras lo cual y sin importarle mi erección, riendo se bajó de la silla y desde la puerta de su habitación, dijo que me vería al día siguiente al tiempo que me lanzaba un beso con la mano.</p>



<p>Con un cabreo de narices y un calentón de las mismas proporciones llegué al cuarto que compartía con el teutón. Este al verme entrar, me atosigó a preguntas respecto a mi secreto porque en su vida había visto algo igual.</p>



<p>―No te entiendo – respondí.</p>



<p>Creyendo que mi respuesta era una forma de salir por la tangente, Hans rectificó y directamente me preguntó si la había hipnotizado. Al comprender que podía ir en serio, me escandalicé y con ganas de partirle la cara a pesar de su tamaño, repliqué que si me creía tan inmoral de hacer algo así.</p>



<p>―Perdona, pero es que jamás había visto un cambio así en una persona. Conociendo la mala leche con la que reaccionaba cuando alguien tonteaba con ella, hicimos apuestas al terminar de comer sobre si antes del fin de semana te iba a dar una cachetada o por el contrario se iba a mostrar magnánima y solo te montaría un escándalo.</p>



<p>― ¿Tú por cuál apostaste?</p>



<p>―Por el bofetón― descojonado respondió.</p>



<p>― ¿Nadie creyó en mí?</p>



<p>Sonriendo, contestó a mi pregunta:</p>



<p>―Si tu madre hubiese conocido a Naya antes que tú, tampoco ella hubiese apostado por ti.</p>



<p>― ¿Tan borde era con sus pretendientes? ― insistí sin reconocer en la mujer que describía a la dulzura hecha carne que para mí representaba Naya.</p>



<p>―La obsidiana siendo el material más filoso del mundo natural, es una aprendiz al lado tu novia en lo que respecta a dar cortes.</p>



<p>―Exageras― mascullé totalmente incrédulo.</p>



<p>―No lo hago. Si quieres mañana te presento a Pierre, un francés al que le lanzó un cubo de agua por encima por decirle lo guapa que estaba una mañana. O a John, uno de sus compañeros al que ridiculizó en mitad de la clase tras cometer el pecado de regalarle una rosa roja el día de San Valentín. Lo creas o no tu preciosa novia sacaba las uñas y arañaba en cuanto sentía que invadían su espacio… No comprendí que te invitara a comer cuando por menos ella hubiera saltado al cuello del que se lo propusiera, pero menos aún su cara de alegría en el pub cuando os vi haciendo manitas.</p>



<p>Admitiendo que nada ganaba al mentir, supe que esas anécdotas eran ciertas y eso me hacía más difícil el comprender tanto su comportamiento como el mío propio.&nbsp; Si ella había evitado cualquier acercamiento antes de conocerme, mi caso era todavía más extraño. No solo no había coqueteado con ninguna, sino que había hecho todo lo posible para que no lo hicieran conmigo hasta llegar ella.</p>



<p>«He permanecido encerrado en mi caparazón», me dije mientras rememoraba las caricias que habíamos compartido y que chocaban frontalmente con lo aprendido en el seminario.</p>



<p>&nbsp;Temblando de miedo al sentir que estaba traicionando mis creencias, hallé consuelo en una reflexión de su santo fundador:</p>



<p>“Ama y haz lo que quieras. Si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si la raíz es el amor profundo, de tal raíz no se pueden conseguir sino cosas buenas”.</p>



<p>Con esas frases en la mente, me fui a la cama y cerrando los ojos intenté dormir. Por extraño que parezca después de tantas emociones, no tardé en conciliar el sueño, pero fue una vana ilusión ya que en seguida mi cerebro me jugó una mala pasada y me vi soñando con una serpiente que se acercaba a mí.</p>



<p>Curiosamente no sentí miedo mientras observaba cómo se iba enroscando en mi cuerpo. Su tacto suave me recordó a Naya y quizás por ello, sentí su mortal abrazo como algo deseable sin importarme que al presionar mi pecho me estuviese asfixiando.</p>



<p>― ¡Diosa! ― murmuré entre sueños rememorando el grito de la hindú al correrse.</p>



<p>El aire comenzó a fluir en mis pulmones al invocarla mientras sus anillos dejaban de comprimirme y como si estuviera dotada de manos, la deidad me comenzó a acariciar. Contra mi voluntad, el roce de su piel despertó mi miembro dormido.</p>



<p>―Mi heraldo― escuché que siseando me decía acercando su cabeza a mi cara.</p>



<p>La voz del reptil era la de Naya y sin comprender lo que ocurría, fui testigo de su transformación. Las verdes pupilas de la serpiente se fueron oscureciendo y alargándose adoptaron una forma humana que no recocí. Fue al menguar su mandíbula mientras sus pómulos crecían cuando las semejanzas me hicieron saber que me hallaba ante ella.</p>



<p>―Ámame – me exigió.</p>



<p>Sin importarme que su cuerpo siguiera siendo el de un reptil, comencé a recorrer sus anillos con mis dedos para descubrir que ahí donde la tocaba, las escamas desaparecían convirtiéndose en piel.</p>



<p>―Tómame― insistió mientras ante mi asombro le empezaron a crecer unos diminutos brazos, brazos con los sin esperar a alcanzar su tamaño, me acariciaron el pecho.</p>



<p>La dulzura de ese ser, mitad serpiente mitad mujer, al tocarme me terminó de excitar y cuando de su cuerpo brotaron dos duros y oscuros pechos, llevé mi boca a ellos.</p>



<p>―Adórame― silbó la diosa al ver que mamaba de ella.</p>



<p>Como su más ferviente lacayo, sentí que mi deber era amarla y con más ahínco lacté de esos senos que en mi mente eran los de mi premika.</p>



<p>―Soy <a>Bhagavati</a>, no mi sacerdotisa― revelando quien era, murmuró mientras su lengua bífida jugaba en mi oreja.</p>



<p>Aunque nunca había oído su nombre, comprendí que me hallaba frente a la deidad que los Nair veneraban y sintiéndola como algo mío, busqué en ella los besos que Naya me había vetado. Al contrario que la hindú, la diosa no rehuyó mis labios y mientras la besaba, noté cómo se abría un orificio en uno de sus anillos y cómo ese mitológico ser introducía mi pene en él.</p>



<p>El sueño se convirtió en pesadilla al desaparecer la parte humana y verme amando únicamente a la serpiente.</p>



<p>―Por favor― grité aterrorizado con ese acto contra natura.</p>



<p>Las risas del ofidio resonaron en mi cerebro mientras esparcía mi simiente en su interior…</p>
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		<title>&#8220;La guardaespaldas y el millonario&#8221; (POR LOUISE RIVERSIDE Y GOLFO) LIBRO PARA DESCARGAR</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Apr 2026 08:12:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
		<category><![CDATA[GOLFO]]></category>
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					<description><![CDATA[Sinopsis: Cuando el General Jackson contactó con Sara Moon para que se reincorporara al servicio activo, no sabía como esa misión iba a cambiar la vida de esa ex marine. Acostumbrada a la vida militar,no le gustó el tener que proteger la vida de un playboy pero sabiendo que era el único modo de volver a sentirse una soldado, aceptó como mal menor el convertirse en guardaespaldas de un sujeto que pensaba con y para su bragueta. Tal y como había previsto al conocer a su protegido, saltaron chispas porque no en vano David Carter III representaba todo lo que [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image"><a href="https://www.amazon.es/dp/B072YZ2FYC"><img decoding="async" width="1024" height="300" src="http://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/LA-GUARDAESPALDAS-2-1024x300.jpg" alt="" class="wp-image-18422" srcset="https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/LA-GUARDAESPALDAS-2-1024x300.jpg 1024w, https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/LA-GUARDAESPALDAS-2-300x88.jpg 300w, https://pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2019/02/LA-GUARDAESPALDAS-2-768x225.jpg 768w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></a></figure>


<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 18pt;"><strong><span style="font-family: georgia, palatino, serif;">Sinopsis:</span></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Cuando el General Jackson contactó con Sara Moon para que se reincorporara al servicio activo, no sabía como esa misión iba a cambiar la vida de esa ex marine. Acostumbrada a la vida militar,no le gustó el tener que proteger la vida de un playboy pero sabiendo que era el único modo de volver a sentirse una soldado, aceptó como mal menor el convertirse en guardaespaldas de un sujeto que pensaba con y para su bragueta.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Tal y como había previsto al conocer a su protegido, saltaron chispas porque no en vano David Carter III representaba todo lo que ella odiaba.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La opinión del millonario sobre ella tampoco era mejor porque el disfraz de muñequita oriental no le engañaba y la veía como un espía del gobierno&#8230;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Louise Riverside y Golfo se unen para daros a conocer este libro que sin duda os subirá la temperatura.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial black,sans-serif; font-size: 24pt;">Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</span></p>
<p><span style="font-size: 18pt;"><a href="https://www.amazon.es/dp/B072YZ2FYC">https://www.amazon.es/dp/B072YZ2FYC</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong><span style="font-family: georgia, palatino, serif;">PARA QUE PODÁIS HACEROS UNA IDEA OS INCLUYO LOS DOS PRIMEROS CAPÍTULOS:</span></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><strong>CAPÍTULO</strong> 1.―</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Al despertar esa mañana, la Comandante retirada de los marines, Sara Moon abrió las cortinas de su habitación y descubrió que pese a las funestas predicciones del hombre del tiempo, esa mañana lucía un sol espléndido en Nueva York. Cómo quería aprovecharlo y no tenía nada qué hacer hasta el día siguiente, decidió ejercitar su cuerpo por el Central Park.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Desde que la habían invitado a abandonar voluntariamente su carrera militar, se había impuesto un régimen de ejercicio que haría palidecer a cualquier deportista de élite. Todas las mañanas corría diez kilómetros, nadaba otros dos y terminaba con una dura sesión en el gimnasio porque no quería perder la forma física que obtuvo por su paso en esa fuerza de la armada americana. No en vano durante esos años, su nombre siempre había estado asociado a las mejores marcas en la mayoría de las disciplinas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Por eso, abriendo la ducha dejó caer el coqueto camisón de encaje que le había regalado un antiguo novio y mientras el agua se caldeaba, se quedó mirando en un espejo. Con satisfacción comprobó que pese a sus treinta años sus pechos conservaban la dureza de los quince sin que hubiese hecho mella en ellos la edad. Contenta se giró para comprobar que sus nalgas seguían siendo el objeto de deseo del género masculino y por eso no pudo más que sonreír al espejo cuando la imagen que este le devolvía era el de un trasero estupendo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Tengo que reconocer que para ser una vieja, estoy buenísima”, pensó recordando que tras el fracaso de su última acción de combate sus superiores la habían acusado que había perdido los reflejos y el instinto que la habían hecho famosa en esos círculos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¡Hijos de perra! La incursión estaba mal planteada desde el principio y fue gracias a mí que pudimos salir de ese infierno con pocas bajas», refunfuñó cabreada al rememorar el consejo de guerra del que había sido objeto y del que su porvenir en el ejército había quedado maltrecho aunque hubiera salido exonerada de todos los cargos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Bajo la regadera, se puso a pensar en los buenos momentos. Involuntariamente a su mente acudió el recuerdo del Capitán Stuart y deseó que se estuviera pudriendo en algún lugar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Ese cabrón me dijo que me amaba y tres meses después se casó con otra», masculló para sí mientras se enjabonaba.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Aun despechada, dejó que su imaginación volara y fueron las manos de ese morenazo las que amasaran sus senos mientras distribuía el gel por su piel. Sin darse cuenta la calentura fue incrementándose en su interior y solo se percató de su estado cuando al pasar sus dedos por uno de sus pezones lo encontró duro y sensible.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Asustada por lo excitada que estaba sin motivo, se aclaró y salió de la ducha. Ya de vuelta en su habitación y mientras elegía el top y las mallas que se iba a poner, se fue tranquilizando y por eso al salir a la calle, volvía a ser la mujer segura de la que estaba tan orgullosa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su diminuto apartamento estaba a cinco manzanas del parque Central y mientras corría hacía allí, las miradas y los cuchicheos que despertó a su paso, solo confirmaron su autoestima.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¡Qué les follen a esos gerifaltes! ¡Hay vida tras la Navy!», murmuró sin llegárselo a creer al entrar por la puerta que daba a Columbus Circle, más conocida por Merchants’ Gate.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Acababa de empezar a estirar cuando se fijó que un gigante de raza negra no le perdía ojo mientras disimulaba calentando a cincuenta metros escasos de ella. Nada más verlo comprendió que cincuentón tenía entrenamiento militar por el modo en que se movía.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Aunque se ponga un smoking, no puede disimular que es un soldado», sentenció mientras intentaba centrarse en el ejercicio.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Esa idea le preocupó, temiendo que su pésimo balance afectivo se debiera a parecer una gladiadora en vez de una mujer Era consciente de tener un cuerpo atlético producto de entrenamiento pero siempre había pensado que no había perdido su femineidad sino todo lo contrario y que estaba dotada de un par de pechos de ensueño, de esos que nada más contemplarlos cualquier hombre desea hundir la cara en su canalillo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> «Menos mal», suspiró aliviada al mirar hacía su alrededor y comprobar que al menos media docena de corredores la miraban embelesados.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su lado coqueto la hizo exhibirse ante sus admiradores y aprovechando que estaba haciendo una serie de sentadillas, les lució la perfección de su trasero. Los tipos en cuestión se quedaron apabullados al contemplar los duros glúteos de la exmilitar, convencidos que pocas veces tendrían la oportunidad de admirar algo tan espectacular.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Babosos, me ven como una presa y sin saber que podría matarlos usando solo mi mano izquierda», ventiló justo cuando se daba cuenta que el enorme afroamericano miraba divertido la escena.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Tratando de olvidarlo pero sobretodo de liberarse de su examen, salió corriendo por una de las veredas. Inicialmente imprimió a su paso un trote lento, sabiendo que a cada zancada sus pechos rebotaban suavemente bajo su top, dando a su carrera una sensualidad sin límites.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Joder, las veces que pillé a un recluta mirándome las tetas», mientras incrementaba su velocidad, rememoró que gran parte de los problemas que había tenido en su unidad se debían a su belleza. Belleza de la que ni siquiera sus mandos habían sido inmunes. Aunque tenía muchas virtudes, era incapaz de reconocer que podían tener razón.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sabía que era políticamente incorrecto siquiera el mencionarlo pero también que no era menos cierto que en su presencia sus subalternos se esmeraban en impresionarla por la atracción física que sentían hacia ella. Solo hubo un superior que tuvo el suficiente valor para abordar el tema y su reacción fue mandarle al hospital con una nariz rota.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Se lo merecía el cretino», no dudó en sentenciar cabreada justo cuando se dio cuenta que el militar que la había estado observando seguía su estela.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ese descubrimiento no le preocupó al creer que ese sujeto era un admirador con ganas de entablar contacto por lo que incrementó la cadencia de su marcha, convencida que no aguantaría el ritmo. Durante media hora, su acosador se mantuvo a escasos cincuenta metros de ella pero quizás por agotamiento o quizás porque se había ya aburrido de perseguirla, al dejar el camino principal y adentrarse en una senda secundaria le perdió de vista.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Otro inútil», murmuró más tranquila al verse corriendo sola.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Mandando al negrazo al baúl de los recuerdos, durante hora y media, dejó salir su frustración bajo el amparo de los árboles hasta que ya sudada decidió que era suficiente y que se merecía un buen desayuno. Cumpliendo con su rutina diaria se acercó a un restaurante italiano que había en la calle 68. Una vez allí, pidió al camarero un café y un par de huevos con los que reponer fuerzas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ni siquiera había podido siquiera probar lo que había pedido cuando de improviso vio entrar por la puerta al enorme militar que la había seguido por el parque. Su sorpresa se incrementó al comprobar que venía vestido de uniforme y que por sus galones no era el soldado raso que había supuesto sino un almirante.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¡Qué coño hace aquí!», exclamó mentalmente al darse cuenta que se dirigía hacia ella, luciendo una sonrisa. Su mal humor alcanzó cuotas insospechadas cuando sin pedir su permiso, ese sujeto se sentó en su mesa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Estoy esperando a mi marido― mintió molesta al ver invadido su espacio vital.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Nunca ha estado casada y su última relación conocida fue hace más de tres años― respondió el sujeto mientras acomodaba su trasero frente a ella.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La ex Comandante Moon comprendió que esa visita no tenía nada de casual y sin permitir que ese hombre pudiera darse cuenta de su nerviosismo, decidió tomar el toro por los cuernos y directamente le soltó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ya que ha decidido joderme la mañana, al menos podría tener la educación de presentarse.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su exabrupto no tuvo el efecto deseado y en vez de cabrear a su interlocutor, muerto de risa, este contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Soy el Almirante Jackson. Me habían avisado que no me dejara engañar por su fachada de niña buena porque en realidad era una impertinente pero he descubierto que se quedaban cortos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Aunque esa respuesta la dejó desconcertada, rápidamente se recuperó y mostrando que quien se lo dijera se había quedado corto, dando a su voz un tono lleno de desprecio, comentó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ahora me va a decir que soy su dulce princesa y que está dispuesto a bajarme la luna.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El ataque desesperado de esa mujer le hizo gracia y soltando una sonora carcajada que enmudeció al resto de los presentes, respondió:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Por nada del mundo me pondría en peligro echándole los tejos porque a pesar de sacarle más de cincuenta kilos, me consta que en un enfrentamiento directo me haría papilla.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Entonces a qué ha venido?― preguntó más intranquila de lo que le gustaría reconocer.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El gigantesco almirante sacó de su maletín unos papeles y poniéndoselos en la mesa, contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― A sacarla del retiro…― y dándole unos papeles prosiguió diciendo: ―lea a qué se va a comprometer y si acepta la misión, volverá al servicio activo con el grado de capitán.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Volver a la Navy era lo que más deseaba en el mundo, pero aun así leyó el documento con recelo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No parece una broma», pensó ilusionada.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Cómo no era tonta, supo que tras esa oferta tenía que haber trampa. Aunque en un principio dudó si aceptar ese ofrecimiento, la franqueza que ese militar demostró cuando le interrogó sobre los motivos que le hacían a ella candidata a ese puesto, Jackson ahuyentó sus reticencias. Ya que sin andarse con lindezas ni otras florituras, ese alto funcionario le espetó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Necesitamos un arma letal, bajo el disfraz de una belleza indecente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Me está llamando indecente?― protestó la mujer.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Para nada, usted ha demostrado siempre una lealtad inquebrantable a su país. Lo que es indecente son los pensamientos que provoca entre los que la ven― refutó tranquilamente e insistiendo en la idea, prosiguió sin cortarse: ―Señorita Moon, trabajará infiltrada en un ambiente lleno de mujeres bellísimas. Queremos que nadie se pueda imaginar que tras ese cuerpo se esconde una agente del gobierno.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Que no tuviera reparos en hablar así de ella, le satisfizo al comprender que no se andaba por las ramas y que pese a ser hombre, no se veía afectado por ella. Por ello, antes de dar su brazo a torcer y enrolarse en esa locura, únicamente preguntó quién era el objetivo pensando que le estaban encomendando eliminar al alguien molesto para el gobierno.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Se equivoca― le corrigió el que ya se consideraba su superior al leerle los pensamientos― su misión no consiste en matar a nadie sino en proteger a dos sujetos cuyas vidas son vitales para los intereses de nuestro país.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Aunque no se veía como guardaespaldas, esa novedad en su carrera le interesó y como eran dos, supuso que era un matrimonio las personas cuyo bienestar debía de salvaguardar. Por ello no esperó a que su interlocutor terminara para interrogarle por su identidad.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Nuevamente se equivoca, uno es un potentado pero el otro es su hija, una preciosa niña de siete años.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Si ya estaba alucinada por el tipo de misión que le estaba ofreciendo, su zozobra se incrementó cuando, en un papel que el almirante le pasó, leyó el nombre del magnate que necesitaba protección:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― David Carter III.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Estuvo a punto de negarse al conocer que una de las personas a la que debía de cuidar era ese consumado Don Juan cuyas fotos llenaban los tabloides de medio mundo, pero entonces el avispado jefazo se anticipó a ella diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Antes que conteste, quiero que sepa que ese hombre no ha dudado en poner en peligro la vida de su hija y la de él, colaborando con el presidente para revelar una conspiración que quiere apropiarse de los secretos militares de nuestro país.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sara no esperaba que ese playboy se sacrificara por nada que no estuviera relacionado con su bragueta por lo que asumiendo que si un ser tan detestable como él era capaz de dar ese paso, decidió que ella dejaría al lado sus prejuicios y aceptaría el puesto. Por lo que haciendo caso omiso a la opinión que tenía de los de su especie, cerró el trato con el militar diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Quiero que antes de ser infiltrada, mi ascenso sea firme y cualquier mancha sea borrada de mi expediente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Así será― respondió dando por cerrada esa reunión.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Una semana había pasado desde que el almirante le había abordado en un restaurante para proponerle que entrara en una unidad secreta bajo su mando y que dependía jerárquicamente del secretario de defensa sin ningún otro intermediario. Semana que le resultó un infierno porque una vez había accedido a proteger a David Carter y antes siquiera de conocer a su protegido se había tenido que someter a un entrenamiento que dejaba en ridículo al régimen que tuvo que soportar para convertirse en marine.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Aunque el propio Jackson le había anticipado que debía de aprender a comportarse como un miembro de la alta sociedad para que su presencia al lado de ese tipo pasara desapercibida, nada de su pasada formación le había preparado para soportar las exigencias de Emmanuel Valtierre, su maestro en esas lides.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Todavía recordaba su llegada al estudio de ese modisto. Como la mayoría de los días, ese día al levantarse se puso un chándal y unas zapatillas. Ese fue su primer error porque el estilista al comprobar que su alumna había aparecido vestida así, puso el grito en el cielo, diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Me prometieron que me mandaban un diamante en bruto y me encuentro una mezcolanza de rollito de primavera con salsa teriyaki― si ya fue bastante bochornoso que aludiera sus orígenes orientales al criticarla, más lo fue escucharle decir: ― Por favor, desnúdese. Su indumentaria ofende mi vista.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Aguantando las ganas de saltar sobre su cuello, la flamante capitán olvidó sus recién estrenados galones y sin gracia alguna se despojó de su indumentaria deportiva. El amanerado cuarentón teatralmente se tiró de sus escasos pelos al observar la lencería de su supuesta pupila y en plan histérico, le espetó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Nunca he visto algo tan basto, sus bragas parecen estar hechas de esparto. Señorita, ¿acaso compra su ropa interior en el mercado de segunda mano?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Indignada con el que se suponía que le iba a enseñar buenos modales, la militar se tuvo que morder la lengua para no mandarle a la mierda y con un tono sumiso que hasta ella le sorprendió, le prometió que al día siguiente vendría equipada con otro clase de lencería.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Emmanuel al oírla, abrió un cajón y sacando un conjunto de su interior, se lo dio diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― A partir de hoy, olvídese de lo que tiene en su armario. Soy un profesional y no puedo soportar que alguien que está bajo mi mando, lleve prendas que no se las pondría ni a mi perro.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Durante unos segundos, Sara no supo que decir. Para ella, ni una puta se pondría algo tan provocativo como el sujetador y el tanga que tenía en sus manos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿A qué espera?― la azuzó chillando histéricamente el modisto.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Con sus mejillas coloradas por la ira, la treintañera se despojó rápidamente del top deportivo que llevaba y eso en vez de complacer al histriónico sujeto, lo encolerizó y acercándose a su lado, le gritó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Parece un camionero. Una dama se desnuda siempre como si tuviera enfrente a un hombre que desea seducir, sin importar si está sola o frente a una multitud. Vuélvaselo a poner y ahora por favor, piense que soy alguien al que quiere llevarse a la cama.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Antes de acostarme con usted, me tiro a su perro― ya fuera de sí, le contestó: ―pero si quiere que me comporte como una stripper, sé hacerlo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sin sentirse ofendido, el sujeto la contestó volviendo a hacer referencia a su raza:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― En eso me parecemos, yo me haría el harakiri antes de permitir que una paleta como usted, me pusiera la mano encima.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Mi apellido es chino, no japonés― refutó la mujer tratando de poner en cuestión la cultura de su mentor.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Todos los amarillos sois iguales, quitando a Miyake, no conozco a nadie de ojos rasgados que tenga el mínimo gusto.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> No queriendo que el racismo militante de ese capullo entorpeciera su misión, Sara se abstuvo de contestar y ante el escrutinio del homosexual, dejó caer los tirantes del sujetador mientras comenzaba a menear su trasero. Impávido a sus encantos, Emmanuel siguió con atención el modo en que se desabrochada por delante los corchetes de esa prenda. Pero una vez, la militar se había quedado desnuda de cintura para arriba, se atrevió a decir:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Mejor… ahora al menos, sé que es capaz de calentar a un agricultor.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Tras lo cual, le ordenó que se terminara de desvestir y que se pusiera el conjunto que él le había dado. Convencida que la razón de ese comportamiento era ponerla a prueba, casi bailando dejó caer sus bragas y tratando de dotar a sus movimientos de toda la sensualidad que pudo se engalanó con esa escandalosa ropa interior.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Va mejorando― indicó sin demasiado entusiasmo el estilista y cogiéndola del brazo, la llevó frente a un espejo – pero tiene mucho que aprender.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Tras lo cual y sin mediar una advertencia por su parte, Emmanuel metió sus manos dentro de su sujetador y le colocó los pechos mientras le decía:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ya que tiene una delantera aceptable es importante que aprenda a sacarle provecho. Para empezar, debe usar las copas para maximizar el canalillo entre sus miserias porque eso es lo primero que mira un hombre.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Estaba a punto de protestar por ese manoseo cuando de pronto, ese cerdo le regaló sendos pellizcos sobre sus areolas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Qué coño hace! ¡Me ha hecho daño!</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sin perder la compostura, contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Enseñarle un truco. Las modelos para estar más atractiva se aprietan los pezones o bien se echan un gel con efecto frio.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Podía haber usado la crema en vez de pellizcarme las tetas― replicó encolerizada.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Lo sé pero hubiera sido menos divertido― muerto de risa, el antipático sujeto contestó mientras descargaba un azote sobre una de sus nalgas: ―Ahora vamos con tu postura.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Soñando con descerrajarle un tiro entre los ojos, Sara no dijo nada al ver que ese tipejo se agachaba a sus pies y con ningún tipo de tacto, la obligaba a adelantar unos centímetros su pie derecho.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Porque es marica, si no pensaría que este malnacido está aprovechando para meterme mano», pensó al sentir como con las manos le rectificaba la postura separándoles las piernas, poniéndole la espalda recta e incluso forzando sus hombros hacia atrás para que sacara pecho.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Aunque eres un poco sosa, podré convertirte en una puta guapa― la espetó tras examinarla nuevamente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ese insulto en vez de contrariarla, la alegró porque escondía un piropo. Si alguien tan perfeccionista como ese modisto creía que tenía suficiente materia prima para trabajar, de manera implícita estaba alabando su belleza. Aun así no se pudo contener y demostrando su proverbial mala leché, contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Si quiero vender mi cuerpo, no creo que usted sea mi cliente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Esa andanada no surtió los efectos deseados porque alejándose un par de metros, Emmanuel contraatacó diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Evidentemente, lo último que haría sería gastar mi dinero contigo… sobre todo después de haber visto la selva que luces en la entrepierna. Para esta tarde, quiero verlo recortado casi por completo. Una pelambrera así puede estar bien vista en un cuartel pero no en mis círculos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Váyase a tomar por culo! ¡Gilipollas!</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Lo haré, bonita, en cuanto consiga hacer que parezcas presentable.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sara, con gran disgusto por su parte, comprendió que el estilista había conseguido en media hora sacarle de las casillas:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No es posible que me haya dejado alterar así por este mamón», pensó mientras intentaba tranquilizarse. No entendía como habiendo soportado el durísimo adiestramiento de la base Pendleton sin perder el control, en apenas treinta minutos, había caído tan bajo de insultar a su instructor. « Si esto llega a ocurrirme allí, hubiese terminado con una mancha en mi expediente».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Por ello, muerta de vergüenza, pidió perdón. Emmanuel Valtierre se tomó la disculpa con sorna y haciendo como si nada hubiese ocurrido, preguntó a la militar si sabía andar con tacones. Aleccionada por la pasada experiencia Sara respondió que creía que sí, al no estar segura que su manera de moverse gustara al tipo aquel.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ahora lo comprobaremos― contestó poniendo es sus manos unos impresionantes zapatos de aguja con más de diez centímetros de tacón.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Si la primera fase había sido insoportable, esta segunda le resultó más complicada porque a la vergüenza de caminar sobre esos zancos casi desnuda, se incrementó al verse obligada a mostrar sutileza en cada paso.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Olvídese de su pasado, tiene que parecer delicada para diferenciarse de la plebe. Una dama es más peligrosa cuanto más indefensa parece.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Esas ideas chocaban frontalmente con su adiestramiento y por ello le resultó en extremo complicado, aparentar lo que no era. Desde la adolescencia Sara había tenido que luchar para reprimir su faceta femenina para que le tomaran en cuenta y ahora el modisto le exigía que meneara su pandero como una furcia.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Coloca un pie delante del otro y camina dando pasos largos&#8230;imagina que estás caminando sobre una cuerda― le gritaba Emmanuel desde una silla― mantén un pie delante del otro para hacer que tus caderas se balanceen.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Le parece fácil al cretino», murmuró para sí al sentir que perdía el equilibrio.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Muéstrate coqueta. Cuando la gente piense que eres una fulana inalcanzable, se lanzarán a tus pies. Mantén el cuerpo relajado y los hombros hacia atrás, ¡no es tan difícil!</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Para entonces, Sara había asumido que debía obedecer a su maestro y casi sin darse cuenta se empezó a percatar que se sentía más segura haciéndolo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Coño, funciona. Ya no parezco un pato mareado», se dijo incrementando el ritmo de las zancadas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Emmanuel debió de pensar lo mismo porque interrumpiendo esa etapa de la instrucción, hizo que la capitana le acompañara a una habitación anexa. Ante su sorpresa, la hizo pasar a una enorme estancia que parecía una tienda de prêt―à―porter por la barbaridad de vestidos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Estás viendo mis joyas, las prendas que llevo atesorando durante años y que solo presto a mis más íntimas amigas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> No se había repuesto todavía de la impresión de ver toda esa ropa cuando el modisto comenzó a revisar las perchas para acto seguido lanzarle en los brazos todo tipo de vestidos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Y esto?― preguntó.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― William quiere que parezcas una modelo y viendo la ropa que has traído, la única forma que lo consigas es eligiendo personalmente tu vestuario.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> A Sara le resultó inverosímil que ese tarado se refiera al almirante Jackson usando su nombre de pila pero se abstuvo de hacer ningún comentario y con creciente incredulidad fue sosteniendo el ajuar que tendría que lucir durante su misión…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">CAPÍTULO 2.―</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Esa mañana los rayos de sol matutino colándose por la ventana de su apartamento despertaron a Sara antes de tiempo. Era demasiado pronto para comenzarse a preparar por lo que intentó volver a conciliar el sueño. La importancia de la entrevista que tendría ese día no la dejaba dormir y por eso se dedicó a pensar en el tipo de instrucción que había tenido que soportar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Quieren que convertirme en una muñeca de porcelana», protestó para sí al recordar las enseñanzas de Valtierre.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Seguía indignada por la humillación que sufrió al negarle ese hombre cualquier tipo de atractivo. Hasta conocerle se sabía atractiva pero los menosprecios que había recibidos habían hecho tambalear su autoestima.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Ese desgraciado se equivoca, puedo seducir a cualquier hombre y ¡no solo a aldeanos!», murmuró mientras buscaba otra postura.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su irritación era mayúscula, le molestaba sobretodo la dureza con la que había valorado su femineidad.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Una marimacho se esconde los pechos», sentenció al tiempo que a modo de auto confirmación llevaba sus manos hasta ellos, «yo estoy orgullosa de los míos».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Queriendo reafirmar sus pensamientos, introdujo sus dedos bajo el top del pijama y se los empezó a acariciar mientras se decía:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Todos mis amantes babeaban al verme desnuda».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sin buscar voluntariamente que su mente empezara a divagar, se puso a rememorar una de tantas noches que había pasado con Anthony, otro capullo egoísta pero magnífico amante.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Él sí sabía valorar mis tetas», refunfuñó al recordar la capacidad amatoria de ese italoamericano y en las horas que se podía pasar mamando de ellas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su relación había sido corta pero intensa y aunque habían terminado mal, todavía echaba de menos el ansia con el que ese hombre mordisqueaba sus pezones. Los mismos pezones que en ese momento se estaba pellizcando sin darse cuenta.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Me volvía loca la forma en la que usaba su lengua», rememoró.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Al sentir que entre sus piernas comenzaba a sentir calor, por un momento su mente luchó contra la creciente excitación de la que ya era plenamente consciente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Estoy cachonda», sentenció al comprobar que su respiración se agitaba y que no podía dejar de acariciarse los pechos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su cerebro le mandaba órdenes contradictorias. La parte racional le impelía a levantarse mientras que el resto le suplicaba ceder y entregarse al placer. Sabiendo que al terminar se sentiría mal, comprendió que su cuerpo había optado por lo segundo al darse cuenta que involuntariamente había juntado sus piernas y decidiendo por ella, sus muslos habían empezado a rozarse uno contra otro.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Tengo que relajarme, estoy muy tensa», se justificó mientras dejaba que una de sus manos calmara el escozor que sentía en esa zona.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El mimar con sus dedos sus labios por encima de las bragas, lejos de ahuyentar su calentura, la incrementaron y a consecuencia de ello, surgió el primer gemido de su garganta. Lo que en un principio había sido un pequeño fuego se convirtió en un feraz incendio que amenazaba con carbonizar su cuerpo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Dios!― aulló descompuesta al saber que no había marcha atrás y que irremediablemente terminaría masturbándose.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Durante un instante pensó en darse una ducha pero comprendió que era tal su ardor que de nada serviría y que lo único que conseguiría sería usar el mango de la alcachofa para aliviar su deseo. Convencida que debía quedarse en la cama y darse prisa en correrse, se quitó la braguita que tanto le estorbaba para a continuación aumentar la presión de sus dedos sobre el erecto botón que emergía entre sus pliegues.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Anticipando el placer que iba a sentir, su espalda se arqueó mientras la mano que conservaba libre se aferraba al gurruño que ya eran sus sábanas, dando inicio a un lento baile en el que su cuerpo buscaba asimilar las sensaciones que le llegaban de sus neuronas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Tengo calor», sentenció al notar que le sobraba toda la ropa y a pesar que esa mañana hacía fresco en su habitación se quitó el pijama y ya desnuda reinició sus caricias.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Abriendo los ojos, se quedó impresionada con la dureza que mostraban sus pezones. Queriendo comprobar hasta donde estaban de excitados se dio un pequeño pellizco en el izquierdo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ummm― sollozó al experimentar entre sus piernas un hachazo de placer que la dejó todavía más insatisfecha.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Mordiéndose los labio, incrementó la presión de sus dedos sobre la areola, sintiendo que en su interior se iba acumulando la tensión y que no tardaría en explotar. Mientras esa mano estrujaba su pecho sin piedad con la otra sometió a su sexo a una dulce pero intensa tortura que solo podía tener un final.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Me corro!― gritó al ver su cuerpo sacudido por unas virulentas descargas eléctricas que naciendo en su vulva se extendían hacia arriba convirtiendo su mente en un torbellino de placer.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Saboreando cada una de esas andanadas, Sara siguió forzando la integridad de su sexo con sus yemas hasta que derrotada y satisfecha, su cuerpo le informó que no podía más.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Entonces y solo entonces, con un leve sentimiento de culpa, la oriental se metió a duchar con el convencimiento que desgraciadamente una vez había abierto la espita, le resultaría difícil de cerrar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Necesito un hombre en mi vida, esto no puede continuar así», decidió abochornada mientras abría el grifo del agua caliente…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Frente al edificio donde Jackson le presentaría al magnate, la capitana Sara Moon se sentía fuera de lugar en el elegante traje de ejecutiva que Valtierre había seleccionado para la ocasión. Demasiado estrecho para su gusto, no podía negar que el tejido era primoroso ni que le sentaba como un guante. Lo que le jodía realmente era haber accedido a que el amanerado le eligiera también un tanga que se le clavaba entre las nalgas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No entiendo qué necesidad tengo de llevar algo tan incómodo», protestó en el ascensor que le llevaba a la oficina del almirante, recordando lo tentada que estuvo esa mañana de ponerse un culotte.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> En la intimidad de ese cubículo y aprovechando que nadie podía verla, se acomodó la molesta prenda con la mano. Al hacerlo, sonrió al pensar en la bronca que el estilista le echaría si la hubiese pillado y de mejor humor, informó a la secretaria de ese mandamás que tenía una cita con su jefe.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Señorita, ¿a quién anuncio?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Para Sara fue una novedad que esa sargento, más que acostumbrada a ver desfilar por su puerta a cientos de militares al día, no identificara en ella a un miembro de la armada, porque de haberlo supuesto jamás le hubiese llamado señorita sino señora.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Ha pensado que soy una civil», se dijo mientras la informaba que era la capitana Moon.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La asistente al darse cuenta que había metido la pata y que la mujer que tenía frente a ella tenía un rango superior al suyo, se cuadró al tiempo que le pedía disculpas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Descanse sargento― murmuró satisfecha porque una vez lo había asimilado, comprendió que su disfraz funcionaba y que si una experta había sido incapaz de reconocer a una colega, el resto de los mortales tampoco lo haría.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Constató que estaba en lo cierto al entrar en el despacho de gigante porque al contrario que la primera vez, su superior no pudo dejar de recorrer su anatomía con su mirada.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Sara, está usted guapísima. ¡Me ha costado reconocerla!― comentó mientras disimuladamente le echaba una última ojeada.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Impresionada porque alguien tan adusto como William Jackson se permitiera por unos segundos que el hombre que había en su interior sustituyera al funcionario, lo saludó marcialmente mientras en su mente achacaba ese comportamiento a las extensiones que el día anterior un carísimo peluquero había colocado sobre su corta melena. El modisto había sentenciado que llevaba un peinado anticuado y pensando que su obra estaba incompleta sin esa última pincelada, la había llevado al local donde trabajaba un artista, especializado en dotar a las estrellas de cine de espectaculares cabelleras.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Gracias, mi almirante― contestó lacónicamente no queriendo parecer complacida pero sin que le hubiese molestado ese piropo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Llamándola a su mesa, Jackson olvidó esa momentánea flaqueza al ponerse a revisar con ella los detalles de la misión donde ella debía de aparentar ser una de las últimas conquistas del mujeriego para que su presencia pasara desapercibida.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Esta noche se presentará con él en una fiesta y hará creer a todos que David la ha seducido porque a partir de mañana, será vox populi que vive con él en la mansión Carter― informó el gigantón poniendo fecha de inicio a su tarea: –Como no tenemos la seguridad de quién puede estar involucrado en el complot contra él y su hija, solo David sabrá de usted y de su función.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Almirante, me imagino que el sr. Carter debe de contar con personal de seguridad. De ser así, se enterarán que no soy una de sus pilinguis. Es imposible que no se den cuenta― discrepó la capitán.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Por eso no se preocupe, es lo suficientemente bella para qué cuando empiecen a sospechar ya hayamos detenido a los culpables― comentó mencionando nuevamente sus atributos― su deber es estar siempre a su lado para que si surgen problemas, pueda resolverlos sin poner en cuestión su tapadera.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> «Para que no se mosqueen, tendrían que verme dormir en su cama», masculló interiormente, sin decirlo de viva voz no fuera a ser que Jackson le obligara a hacerlo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Otra cuestión que le incomodó fue el tema del armamento que iba a disponer porque pese a que tendría en su habitación todo un arsenal, cuando saliera con el magnate, solo podría llevar una Glock 26.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Si eso es un juguete!― protestó conociendo perfectamente que era una pistola de diez tiros y medio kilo de peso― ¡necesito mayor potencia de tiro!</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su superior se sacó su pistola reglamentaria, una Beretta M9A1 y poniéndosela en la mano, preguntó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Me puede explicar donde se escondería esta pistola en un traje de fiesta?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> No pudo y por ello, no le quedó otra opción que aceptar las órdenes sin rechistar y guardarse el orgullo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Será insuficiente si algún día la saco», murmuró justo cuando la secretaria estaba informando a su jefe que la visita que esperaban, habían llegado.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Qué pase!― replicó el gigantón.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Creyendo que su tiempo había terminado, Sara se levantó para irse cuando vio que el hombre que entraba era el sujeto al que iba a proteger.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Es Carter», dijo mentalmente mientras examinaba al recién llegado con interés. «No está mal», tuvo que reconocer al comprobar su atractivo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El recién llegado también la miró pero en su caso con auténtica lascivia, no dejando un centímetro de su piel sin auscultar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Será idiota», sentenció al sentirse violada por Carter.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Cumpliendo con la idea que tenía preconcebida de él, el recién llegado no se cortó a la hora de recrear su mirada en el pecho de la capitana. El cabreo de Sara se incrementó exponencialmente cuando escuchó que Carter decía a su jefe:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― William, cacho mamón, ¿dónde te has agenciado a esta muñequita oriental?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El almirante soltó una carcajada al escuchar como se había referido a su subalterna y señalando a la aludida, contestó mientras se secaba las lágrimas de los ojos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― David, te presento a la capitana Moon, tu futura guardaespaldas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Por primera vez en mucho tiempo, esa respuesta dejó sin palabras a David Carter, el cual durante un momento pensó que le estaba tomando el pelo porque la mujer que tenía enfrente parecía una modelo de lencería.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― No te creo. Es imposible que esta preciosidad sea lo que me has prometido.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sacando su expediente, Jackson empezó a leer:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Sara Moon, nacida el 23 de febrero de 1987. Misiones realizadas: 43. Bajas confirmadas: 25. Experta en kárate, kendo y taekwondo. Mejor disparo homologado: 2.633 metros. Idiomas…</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Para! ¡Para! Ya es suficiente― interrumpió el magnate y mirando a la militar, dijo a su amigo: ―porque tú lo dices pero jamás hubiese supuesto que esta belleza era capaz de usar algo que no fuera el secador de pelo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Herida en su orgullo y rompiendo su silencio, Sara comentó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Señor Carter, he contado en esta habitación treinta y dos objetos mortales con los que podría matarlo sin tener que acercarme a usted.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La incredulidad que mostró al oír esa advertencia tuvo su justo castigo al momento, porque de pronto vio volar un objeto a escasa distancia para inmediatamente escuchar un ruido sordo muy cerca de su propia oreja. Al girarse para ver qué había ocurrido, horrorizado, descubrió uno de los zapatos de la mujer clavado en el respaldo de su silla.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― De haber apuntado a su frente, en este momento habría un imbécil menos sobre la tierra― murmuró mientras con una sonrisa lo recogía y se lo volvía a poner.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El almirante que desconocía las intenciones de Sara gritó hecho una furia:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Capitán, ¡modere su lenguaje!</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La oriental sabía que se había pasado dos pueblos y que su superior tenía toda la razón para reprimirla por su comportamiento. Cuando estaba a punto de reconocer su error y pedir perdón, el agredido se puso a reír a carcajadas mientras decía:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― No recuerdo cuantos años hace que una monada no consigue sorprenderme y no me avergüenza reconocer que me has cogido desprevenido― tras lo cual y dirigiéndose al marino, comentó descojonado: ― William, he estado a punto de cagarme en los pantalones.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Que ese hombre se tomara ese altercado en plan de guasa, en vez de montar un escándalo, tranquilizó al militar pero aun así y clavó sus ojos en su subordinada, exigiendo una rectificación. La capitana decidió que su misión era proteger a ese individuo por lo que debía de disculparse y mostrando un arrepentimiento que no sentía, se excusó diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Señor Carter, mi intención no fue molestarle sino hacerle ver de una forma gráfica que estoy suficientemente preparada para responder ante cualquier ataque dirigido contra usted o contra su hija.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El magnate aceptó las razones esgrimidas con una sonrisa y dejando el tema aparcado, quiso saber cuándo Sara iba a empezar a hacerse cargo de su seguridad.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Hemos pensado que se traslade hoy mismo a tu casa y para hacer creíble su presencia a tu lado, que te acompañe esta noche a la recepción del St. Regis como si fuera una de tus amigas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sonriendo y mientras recogía su maletín, David Carter contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Señorita, espero que si algún día quiere mostrarme algo, no sean sus cualidades en el combate sino otras…</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ante semejante sandez, la capitana quedó con él que se verían directamente en su casa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Sara Moon traspasó las puertas de la finca donde se hallaba situada la mansión Carter a las cuatro de la tarde a bordo de una lujosa limusina. Mientras recorría el camino que daba acceso a la casa, iba haciéndose a una idea del lío en que se estaba metiendo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Es imposible garantizar la seguridad de este sitio con un bosque tan denso rodeándolo», se dijo impresionada por que alguien privado fuera el propietario de una superficie así a tan pocos kilómetros de Manhattan. La carrera de una familia de venados cruzando la carretera por delante del vehículo donde iba, confirmó sus temores por la dificultad extra que entrañaba el que hubiese animales salvajes en su cercanía: « Los sensores volumétricos no servirían de nada porque saltarían con esos bichos y se producirían falsas alarmas».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Este hecho despertó su interés y decidió que en cuanto pudiera, se pondría a estudiar el detallado informe de los sistemas de vigilancia que llevaba entre sus papeles y que no le había dado tiempo a revisar porque se lo habían hecho llegar dos horas antes.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Pero fue al llegar al claro que daba entrada a la mansión propiamente dicha cuando se quedó anonadada al descubrir que todo lo que se había imaginado se quedaba corto y que el lugar donde iba a vivir esa temporada era un palacio.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No me extraña que esté siempre rodeado de jovencitas», pensó recordando la fama de playboy que tenía su protegido.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La certeza que gran parte de su atractivo se debía a su cuenta corriente se vio magnificada cuando el chófer paró a los pies de una gran escalinata.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Este lugar ofrece un tiro limpio», masculló colocándose el pelo y tal como requería su papel, cogió su bolso dejando que su supuesto empleado recogiera las seis maletas de su equipaje.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Los veintiún escalones afianzaron su primera impresión al comprobar que de ser ella el francotirador contratado para matar a Carter, sin lugar a dudas, elegiría ese punto para cometer el atentado.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No sabríamos de donde disparan», resolvió anotando que debían evitar esa entrada.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Estaba todavía pensando en ello cuando desde el interior de la mansión vio salir a una joven con aspecto de alta ejecutiva que andaba hacía ella.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Debe ser Laura Michelle», pensó al recordar que la ayudante personal de ese sujeto iba a ser la encargada de recibirla.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Con disgusto observó que esa rubia parecía sacada de un desfile de modas y que el Cannel azul que llevaba, debía superar con creces su salario mensual.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Además de su secretaria, esta zorrita debe cumplir otras funciones», supuso al advertir que tras esa sonrisa a esa mujer se le notaba que estaba disgustada por tener que ser ella su anfitrión.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Miss Aisin Gioro, supongo― fue su saludo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Al oírla, Sara no pudo dejar de sonreír al recordar que entre el almirante y ese pedante habían elegido ese apellido porque teóricamente la enlazaba con la última dinastía china.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Kumiko, por favor― respondió la capitana dando el nombre de pila que usaría mientras viviera en ese lugar y que en realidad era como su madre la llamaba en casa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Como usted desee, Kumiko. El señor Carter me ha pedido que le sustituya y que le pida perdón por no ser él quien la reciba en su casa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Algo me comentó― respondió perdonándole la vida mientras entraba en la casa sin esperarla.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Según el modisto, se debía comportar como una arpía prepotente para que todos creyeran que era una caza fortunas que buscaba un marido millonario. Es más, Valtierre le había aconsejado que actuara como si el servicio fuera una molestia que los de su clase tenían que soportar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Para Sara fue evidente la mirada de odio que le dirigió esa veinteañera cuando ya en el hall de esa residencia, comentó en voz alta que la decoración era demasiado recargada para su gusto, tras lo cual y mientras veía el rencor en el rostro de la muchacha, le exigió que le mostrara donde estaba su habitación.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― David ha dispuesto que se aloje en la antigua habitación de su esposa― informó Laura mientras le abría paso por las rutilantes escaleras de mármol que daban acceso a la planta superior.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Que tuteara a su jefe, sorprendió a la militar quizás por deformación profesional ya que a ella jamás se le pasaría por la cabeza referirse al almirante como William, pero se abstuvo de hacer ningún comentario fue tras ella. El lujo de las estancias por las que pasaban no fue óbice para que se fuera haciendo una idea preliminar de los puntos fuertes donde podría guarecerse ante un ataque y en cuales era mejor no parapetarse.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Joder, esto es un laberinto», juzgó sin tener claro todavía si eso era bueno para sus intereses.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Al llegar al que se suponía era su cuarto, Sara se quedó sin saber qué decir al percatarse que las habitaciones que habían reservado para su uso eran en realidad un piso enorme.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¡Qué exceso! ¡Aquí podrían vivir dos familias!», meditó en su mente mientras exteriormente escudriñaba críticamente esos aposentos diciendo: ―No esta tan mal para ser diseño americano.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Que se metiera con su país cabreó a la asistente, la cual no queriendo chocar el primer día con la invitada de su jefe, se dirigió a uno de los armarios y abriendo sus puertas, enseñó a esa odiosa oriental que ocultaban la entrada al baño de la suite. Sin dignarse a entrar, le echó una rápida ojeada:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¡Parece una piscina!», exclamó para sí al ver el jacuzzi.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Acababa de terminar de mostrarle esa estancia cuando recibieron la visita del chófer y de dos criadas trayendo su equipaje. La señorita Michelle aprovechó su llegada para huir de allí y despidiéndose cordialmente desapareció rumbo a la salida.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Menuda estúpida es la última conquista de David», dictaminó al verse libre de esa petarda.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Entre tanto, el servicio había comenzado a sacar la ropa de las maletas y a distribuirla en los diferentes armarios siguiendo las indicaciones de la militar. Esta comprendió que debían estar habituadas a que las visitas del magnate trajeran gran cantidad de equipaje al verlas actuar con total naturalidad mientras distribuían el gigantesco ajuar que le había prestado el modisto.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Si supieran que nada esto es mío. Hasta los perfumes que me pondré mientras dure esta misión han sido seleccionados para la ocasión», con disgusto recordó rememorando la extensa explicación sobre el uso de fragancias que había tenido que soportar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Una vez habían acabado la mayor de ellas cayó en que a los pies de la cama quedaba un baúl y al preguntar si le ayudaba a vaciarlo, Sara contestó que no diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Ya lo hago yo, son mis cremas.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> En cuanto la dejaron sola, la capitana abrió ese maletón y revisó que además de la pistola había un rifle de asalto y dos metralletas de mano, con toda la munición que necesitaría en caso de un enfrentamiento. Tras lo cual, lo escondió tras unos vestidos de fiesta.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Acababa de cerrar el armario cuando escuchó tras de sí:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Quién eres?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Al girarse se encontró frente a frente con una niña rubia con rizos. Sara identificó a su interlocutora como Linda Carter, la hija del potentado y una de las dos personas que tenía que proteger. Sabiendo que era importante llevarse bien para facilitar su misión, se agachó a su altura y con la voz más dulce que pudo, murmuró:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Soy Kumiko, una amiga de tu papá.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La chavalita la miró con interés al enterarse que conocía a su padre y con la inconsciencia de la infancia, le soltó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Debe quererte mucho porque es la primera vez que invita a alguien a casa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Esa confidencia cogió desprevenida a la oriental porque había supuesto que esa mansión había sido testigo de un desfile continuo de modelos, no en vano era raro el mes que su viejo no salía en las revistas con una nueva adquisición. Al pensar en ello, se percató que esa noche a buen seguro habría paparazis en la recepción a la que iba a ir y fue cuando se dio cuenta que no había avisado a su madre sobre la naturaleza de su nuevo trabajo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Mierda, no sabrá que decir a sus amigas», se dijo recordando lo aficionadas que eran a esas publicaciones.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> No pudiendo hacer nada mientras esa niña estuviera ahí, decidió dejar apartado el tema y como quería revisar el resto de la casa, con una sonrisa, le preguntó a Linda si se la enseñaba. La cría se sintió importante y cogiendo su mano, contestó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Vamos a mi cuarto que es el más bonito…</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La visita con Linda no pudo ser más productiva porque a nadie le extrañó verla recorriendo los diversos pasillos de ese palacio de la mano de su diminuta propietaria. Junto a ella y durante casi una hora, la marine escudriñó las tres plantas del edificio sin despertar las suspicacias del personal e incluso se permitió el lujo de revisar la habitación personal del playboy.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Para qué quiere una cama tan grande si no le da uso», pensó al ver ese colchón de dos por dos y acordarse que según su hija, Carter no llevaba a sus conquistas a esa casa, «debe tener un picadero en el centro».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La menor se mostró tan encantada en su papel de Cicerone que no escatimó esfuerzos e incluso le enseñó, con gran disgusto de los guardas, la cámara acorazada desde la cual se vigilaba toda la casa mientras la militar iba anotando las fortalezas y debilidades que se encontraba a su paso.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Le debe haber costado millones», meditó al comprobar in situ el funcionamiento de las cámaras térmicas instaladas en el exterior de la mansión, «es la única forma de controlar la foresta que circunda la casa».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Más tranquila al saber que en teoría era difícil que un desconocido pudiera acercarse al edificio sin que el servicio de seguridad lo descubriera, pidió a la niña que le llevara de vuelta a sus aposentos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Te apetece que juguemos a la cocinitas?― inocentemente preguntó la nena una vez ahí y al ver la cara de asombro de Kumiko, su nueva amiga, insistió diciendo: ―Nunca tengo nadie con quién jugar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La petición de la chavalita enterneció a la adusta militar y sabiendo que todavía tenía mucho tiempo antes de tenerse que empezar a arreglar para la recepción, decidió que ya que entre sus responsabilidades estaba el cuidar de Linda, podía matar dos pájaros de un tiro: mientras cumplía sus deseos de jugar, estaría protegiéndola.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Me puedes preparar un pastel de fresa?― contestó la mujer mientras se sentaba en un sofá ante el alborozo de la mocosa…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;">Esa tarde al salir de la oficina, David Carter recordó que su hogar había sido invadido por una agente del gobierno cuya función en teoría era protegerle a él y a su hija de un supuesto complot.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Sigo sin creer que alguien de mi empresa esté vendiendo nuestros secretos militares al extranjero», sentenció mientras trataba de calmarse, «y menos que quieran desembarazarse de mí».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Estaba plenamente seguro que en realidad era el gobierno el que quería sonsacar información acerca de sus actividades.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No confían en mí», pensó apenado que, después de los múltiples servicios que había prestado a su país, todavía se dudara de su lealtad.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> A pesar de saber que era una encerrona, cuando le llamó el secretario de defensa no pudo negarse por la cantidad de asuntos que podrían peligrar si rechazaba ese ofrecimiento.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Encima han seleccionado una Matahari para mí― murmuró mientras encendía su ferrari – deben creer que soy tan inepto de dejarme seducir por ella.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ya de camino estaba tan furibundo que de habérsela encontrado en ese instante, la hubiera cogido de su melena y la hubiese lanzado fuera de su vida sin más contemplaciones. Afortunadamente, la media hora que tardó en llegar le sirvió para tranquilizarse y por eso al aparcar su coche, en lo único que pensaba era en el modo en que podría zafarse de su vigilancia durante la recepción.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Joder, Kim va a estar en el St. Regis pero, con esa rambo, no voy a poder ni echar un polvo», se quejó recordando el susto que le había dado esa misma mañana al usar un zapato como arma mortal.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La idea de estar bajo continua supervisión no le hacía gracia porque tendría que alterar su modo de actuar si quería tener vida privada. Estaba pensando en eso cuando al entrar en su casa escuchó unas risas que provenían del salón. Ese sonido tan normal por otros lares, le resultó raro dentro del mausoleo en el que se había convertido su hogar desde que su mujer falleció.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Es Linda, jugando», pensó al reconocer la risa de su hija.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Extrañado e incrédulo por igual, se acercó a ver la razón de tanta alegría. Al entrar en esa habitación, descubrió a la niña chillando de gusto y a la ruda oriental haciéndole cosquillas. Esa escena tan usual mientras vivía su madre pero que había desaparecido de su vida, en vez de enternecerle, le dejó paralizado al ser su guardiana la mujer que estaba jugando con la cría.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « No es posible», rumió entre dientes sin atreverse a intervenir en el juego y actuando como un auténtico voyeur, se quedó observando desde la puerta.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Su sentimiento era doble. Mientras una parte de él se alegraba que su pequeña fuera capaz de reír después de dos años, por otra le cabreaba que fuera una desconocida y no él quien consiguiera hacerla olvidar su soledad. Para terminarla de fastidiar, en un momento dado, la Comandante absorta en el juego se agachó sobre la alfombra poniendo su culo en pompa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Desde su ángulo de visión, el pegado pantalón de la mujer no solo magnificaba la belleza de sus duras nalgas sino que dejaba a la luz el coqueto tanga azul que llevaba puesto. Esa clase de prenda siempre había sido su perdición y al descubrirlo en ella, comprendió que de alguna forma el almirante Jackson se había enterado de su fetiche.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Ese cabrón conoce mis gustos», se quejó mientras babeaba admirando ese trasero.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ajena a lo que ocurría a su espalda, la capitana seguía jugando con su hija sin percatarse del extenso escrutinio al que estaba siendo sometida. Sabiendo que iba a terminar excitándose si seguía sin intervenir, alzando la voz, llamó a su hija:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Nadie me viene a dar un beso?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Linda al escuchar que su padre había llegado, se levantó del suelo y corriendo saltó sobre él. La marine decidió saludar también al recién llegado como si realmente fuera amiga suya y acercándose a donde estaba el padre con la hija, le dio un suave beso en la mejilla mientras le decía que la cría era un encanto.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Lo sé― contestó rojo de ira al verla de pie y descubrir que su camisa estaba semi abierta y que su tremendo escote dejaba ver sin disimulo un sujetador de encaje a juego con su tanga.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Haciendo verdaderos esfuerzos para no quedarse allí mirándole las tetas, cogió a su bebita y retomando camino hacia su habitación, le informó que llevaba la blusa desabrochada diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Aunque siempre es agradable que una mujer guapa me reciba casi desnuda, será mejor que te tapes un poco.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ese comentario la dejó paralizada al comprobar que al menos eran dos los botones que tenía abiertos de más y con el rubor decorando sus mejillas, se giró para que no viera como se abrochaba.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Ese cerdo me estaba comiendo con los ojos y encima se ha creído que lo he hecho a posta», rumió para sí mientras lo hacía, ya que solo se entendía el cabreo del magnate si consideraba ese hecho fortuito como algo intencionado: «acostumbrado a las putillas que pululan a su alrededor, me ha tomado por una de ellas».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> David Carter, por su parte, estaba fuera de sí al darse cuenta que aunque no quisiera reconocerlo, la dudosa distracción de esa militar había conseguido excitarle como hacía tiempo que no le pasaba y achacando su calentura a un plan urdido desde las altas esferas para seducirle, decidió que debía andarse con cuidado.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Esa zorra es un peligro. No solo es letal en el combate, lo peor es que ha sido cuidadosamente escogida para satisfacer mis gustos sexuales y si no me ando con cuidado, terminará en mi cama», sentenció dando por sentado que ese era el objetivo marcado por sus superiores.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La ira del potentado se convirtió en rabia cuando su niña le comentó:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Papá, me gusta tu amiga. Ha estado jugando toda la tarde conmigo y me ha dicho que soy muy guapa.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Tratando de mantener el tipo y que Linda no se enterara de su disgusto, preguntó a su hijita qué es lo que habían hecho. Al responder que le había enseñado la casa, David confirmó sus temores al explicarle la cría que incluso habían entrado en su habitación.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Seguro que esa perra ha distribuido micrófonos y cámaras por toda la casa», murmuró mentalmente, « pediré a mi gente que haga un barrido. No quiero que en Washington sepan hasta el color de los calzoncillos que uso».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El dilema en el que estaba era muy difícil de resolver. Aunque se sentía traicionado por el gobierno, no podía rechazar esa ayuda porque los contratos firmados con el departamento de defensa eran vitales para su compañía. Pero tampoco podía soportar que le menospreciaran con una maniobra tan burda.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « ¿Me creerán tan idiota para suponer que no me daría cuenta?», se preguntó mientras dejaba a la niña en el suelo.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Pese a su fama Carter siempre había considerado que su afición por las damas era eso, una afición, y que esos tipos juzgaran que era adicto a las faldas, le jodía profundamente.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « La única mujer que fue capaz de controlarme ha sido Diana y está muerta», sentenció recordando lo enamorado que había estado de la madre de su nena.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ese doloroso recuerdo se hizo insoportable cuando desde la alfombra escuchó que Linda preguntaba:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― Papá, ¿te vas a casar con Kumiko?</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Alucinado por tamaña insensatez, se sentó a su lado y acogiéndola entre sus brazos, no dijo nada porque no quería ni podía explicarle la verdadera razón de la presencia de esa muchacha. El problema fue que malinterpretando su silencia, la chavalita prosiguió diciendo:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― A mí no me importa… así no seré la única huérfana de la clase.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Carter intuyó que esa pregunta era una llamada de auxilio. Con su ánimo destrozado, se dio cuenta por primera vez que no era suficiente el tiempo que la dedicaba, que su hija necesitaba alguien que se ocupara de ella y que no fuera una niñera.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « He estado tan cegado por mi dolor, que no me he dado cuenta que Linda también la echa de menos y ha tenido que venir esa arpía a restregármelo en la cara».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Limpiando con su mano unas lágrimas que escurrían por sus mejillas, David Carter tomó la decisión que una vez esa emergencia hubiese pasado y su vida volviera a la normalidad, tendría que buscar, más que una pareja para él, una madre para su hija. Para ello, lo primero que tenía es que liberarse de alguna forma de esa oriental.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « En solo un par de horas, esa puta ha engatusado a mi hija», amargamente concluyó, sumando eso a la lista de los agravios que voluntariamente iba confeccionando contra esa mujer.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Estaba enfrascado en buscar una solución a sus problemas cuando se dio cuenta que Linda no estaba en la habitación y que se había marchado sin decirle adiós.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Es extraño, siempre se despide. ¿Habré hecho algo mal?», se torturó momentáneamente pero al salir tras de su pista, escuchó unas risas provenientes del cuarto donde había alojado a la militar.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Cuajado de celos, estuvo a punto de entrar y sacarla de allí, pero justo cuando ya tenía el picaporte en su mano, se lo pensó mejor y decidió no cometer ese error. Si ese engendro del demonio creía que se podía apoderar de sus tesoros sin luchar, estaba muy equivocada. Sabiendo del efecto que tenía en las mujeres resolvió que iba a hacer honor a su fama: la seduciría y cuando la tuviera comiendo de su mano, ¡la echaría de su lado! Fue al planear su venganza cuando se percató que enamorar a su guardaespaldas tenía otros efectos prácticos; por una parte Sara estaría pensando más en él que en espiarle y por otra con un poco de mano izquierda podría enterarse de los motivos por los cuales sus jefes la habían mandado allí.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Esta noche pondré las bases y en un par de días, esa putita caerá, yo también soy un especialista en el cuerpo a cuerpo», se dijo y mientras abría el grifo de la ducha decidió: «A la “Terminator” puede que le hayan enseñado muchas técnicas de exterminación pero nunca a defenderse del ataque de un hombre como yo».</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Ya debajo del chorro, la confianza en sí mismo le hizo imaginar a esa oriental llegando a su lado, a través de la espesa niebla que desbordando los límites de la ducha, llegaba a la puerta del baño. Lo primero en lo que se fijó fue en ojos. Negros, oscuros como el alma de una tigresa o el plumaje de un cuervo, le parecieron inusitadamente atractivos. Luego en su cuerpo, en sus sandalias, en sus pies, en sus piernas… todo en ella era peligrosamente fascinante.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¿Puedo pasar?― preguntó esa imaginaria mujer,</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sorprendido porque hasta en su sueño ella tomara la iniciativa, estuvo a punto de negarse.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― No quiero ser una muesca en su revólver― Carter exclamó en la soledad de su baño.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Sara sin esperar su respuesta, le empujó con una suavidad contra la que no pudo actuar. La mano de la muchacha estaba helada, gélida, creando un seductor contraste con la temperatura de la ducha.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Esto es el colmo. Yo debo ser el depredador y ella mi trofeo», pensó pálido por su reacción al imaginarse su silueta.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El magnate intentó reconducir el discurrir de su mente pero se dio por vencido al seguir el vaivén de sus pechos mientras la camisa de esa oriental se empapaba en la ducha. Tras la delgada tela, visualizó unos pezones lascivos y se revolvió inquieto intentando abrir los ojos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> El sueño de Carter se convirtió en pesadilla cuando esa idílica mujer se pegó a su cuerpo y sin importarle sus quejas, comenzó a restregarse contra él. Su propio brazo le traicionó y presionando sobre la espalda de Sara, la atrajo todavía más.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La arpía de su mente se dejó llevar mientras soltaba una carcajada. Su blanca dentadura y su sonrisa le parecieron perversas al playboy, ya que por efecto de la bruma, creyó entrever los largos colmillos de una vampiresa letal.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Se percató que estaba bajo un hechizo a y que esa bruja lo manejaba como a un pelele, al sentir las pechugas de esa belleza contra su pecho mientras con la mirada Sara le exigía que la tomara.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Esta vez es él quien la empuja contra la pared y con la lengua sus labios, fuerza su boca.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Mas risas sacuden su cerebro mientras se imagina que los dedos de esa zorra recorren su entrepierna, exacerbando su excitación. Incapaz de contenerse, la levanta y sin esperar su beneplácito, la penetra usando los azulejos de la ducha como apoyo. La bella militar clava sus uñas en la espalda de su amante al sentir la invasión.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Dolor, deseo. La boca de Carter se apodera de la de ella mientras con brutales embestidas, trata de someterla. El magnate no se puede creer lo bella que es esa inexistente mujer.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Gemidos, placer. Contra su voluntad, acelera al sentir el flujo de esa china templando sus muslos.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Excitación, rendición. Sara le abraza con sus piernas, incrementado la pasión que le domina y no contenta con ello, siente como esa tigresa se aferra con los dientes a su cuello mientras la cueva de la oriental se vuelve líquida.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Comunión, descarga. Explota dentro de ella, regándola con su simiente y con terror descubre que no está satisfecha y que quiere más, al verla arrodillarse a sus pies</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> Usando toda su fuerza la rechaza:</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> ― ¡Ya basta!― exclama abriendo los ojos y descubriendo que no está en el baño sino en su cama.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> La realidad le consuela al saber que todo había sido un sueño.</span><br><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"> « Menos mal que no ha sido verdad», suspira sonriendo, «nunca dejaría que esa zorra me domine»…</span></p>]]></content:encoded>
					
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		<title>&#8220;Niñera de un millonario&#8221; (POR LOUISE RIVERSIDE) LIBRO PARA DESCARGAR</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Administrador]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Apr 2026 11:33:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[GOLFO]]></category>
		<category><![CDATA[LOUISE RIVERSIDE]]></category>
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					<description><![CDATA[Nuevamente, Fernando Neira (Golfo) ha traducido este libro al español. Una historia llena de romanticismo, pero no por ello menos erótica. SINOPSIS: Sin novio y sin trabajo, la cuenta corriente de Mary O´Connor estaba en horas bajas. Su estancia en Nueva York corría peligro y cuando ya se estaba planteando volver con sus padres a Atlanta, su mejor amiga le informa que le ha concertado una entrevista. Al enterarse de que el puesto es para cuidar a unos niños durante el verano, está a punto de negarse a ir ya que poco tiene que ver con su profesión. Pero, Lizbeth [&#8230;]]]></description>
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<p>Nuevamente, Fernando Neira (Golfo) ha traducido este libro al español. Una historia llena de romanticismo, pero no por ello menos erótica. </p>



<p>SINOPSIS:</p>



<p>Sin novio y sin trabajo, la cuenta corriente de Mary O´Connor estaba en horas bajas. Su estancia en Nueva York corría peligro y cuando ya se estaba planteando volver con sus padres a Atlanta, su mejor amiga le informa que le ha concertado una entrevista. Al enterarse de que el puesto es para cuidar a unos niños durante el verano, está a punto de negarse a ir ya que poco tiene que ver con su profesión. Pero, Lizbeth la convence de ir al hacerle ver que está estupendamente pagado. A regañadientes, la profesora acepta y es de camino hacia la cita cuando releyendo el mensaje descubre que el padre de los críos es John Quinn, un afamado don juan que no para de salir en las revistas.<br>Nuevamente duda si acudir sintiéndose intimidada, no en vano ese hombre era todo un monumento erigido en honor a las mujeres, pero su frágil economía la hace acudir a sus oficinas. En persona, ese playboy es todavía más impresionante, Alto musculoso, guapo a rabiar y dotado de una voz profundamente varonil es el hombre con el que toda mujer ha soñado alguna vez.<br>Cuando consigue el trabajo y le informan que debe incorporarse de inmediato, Mary deja su apartamento y se muda a una mansión de los Hamptons sin ser realmente consciente del modo en que ser la niñera de los hijos de ese millonario va a trastocar su vida para siempre&#8230;</p>



<p><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></p>



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<iframe title="Niñera de un millonario" type="text/html" width="640" height="550" frameborder="0" allowfullscreen style="max-width:100%" src="https://leer.amazon.es/kp/card?preview=inline&#038;linkCode=kpd&#038;ref_=k4w_oembed_BwpY5zMedneZIH&#038;asin=B09V2XLY6V&#038;tag=kpembed-20"></iframe>
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<p><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo los dos primeros capítulos:</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><a>1</a></h1>



<p>Mi vida cambió una mañana cuando Lizbeth me llamó con una oferta de trabajo. Mi amiga, consciente de mis dificultades económicas, creyó oportuno preguntarme si me interesaba cuidar de dos chavales durante los meses de verano en los Hamptons.</p>



<p>―Mary, no fastidies. Eres profesora y pagan bastante bien― insistió cuando le comenté que no tenía experiencia como niñera.</p>



<p>Como acababa de salir de una relación de varios años, no tenía casa ni trabajo, la oferta de me cayó del cielo y sin nada que me retuviera, no lo dudé:</p>



<p>&nbsp;― ¿A quién tengo que mandar mi curriculum?</p>



<p>―No hace falta, llévatelo a la entrevista que te he concertado. Te mando los datos por WhatsApp― contestó mientras colgaba.</p>



<p>Conociendo lo ocupada que siempre estaba, no me molestó leer que solo tenía dos horas para cambiarme de ropa y acudir a la cita. Por eso, no reparé en el nombre del tipo que me iba a entrevistar hasta que en el metro repasé la dirección a la que iba.</p>



<p>«No puede ser el John Quinn de las revistas», me dije alucinada ya de camino.</p>



<p>Rechazando la idea de que ese don Juan, acostumbrado a codearse con las mujeres más bellas del firmamento, necesitara tan urgentemente de alguien que velara por sus hijos, instintivamente acomodé mi ropa mientras lamentaba el no haberme puesto algo menos casual.</p>



<p>«Si es ese estirado, nunca me contratará con estas pintas», pensé mirando mi reflejo en uno de los cristales del vagón. Sin tiempo de cambiar mi minifalda por un disfraz de institutriz, decidí continuar y no arriesgarme a llegar tarde, por lo que me bajé en la estación de la calle 57.</p>



<p>Según Google mi destino era un edificio de oficinas frente al Waldorf Astoria, uno de los míticos hoteles de Nueva York y preocupada por no ser lo que buscaban, caminé el resto del trayecto. Al llegar a la ubicación que me había dado y ver un letrero de la compañía de ese millonario, llamé de vuelta a mi conocida echándole en cara que no me hubiera avisado de quién era su cliente.</p>



<p>―Tranquila, no puede ser tan ogro como lo pitan― contestó y sin darme tiempo de protestar, me dejó con la palabra en la boca diciendo que entraba en una reunión.</p>



<p>―Te odio.</p>



<p>―Lo sé y el sentimiento es mutuo― fue su respuesta antes de colgar.</p>



<p>Solo mi delicada economía hizo que reuniera fuerzas y me encaminara a encontrarme con uno de los hombres más atractivos de la actualidad, un pibón de casi uno noventa que era famoso por la rapidez que cambiaba de novia desde que su esposa falleció tras una prolongada enfermedad.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;«No me puedo creer que me haya preparado esta encerrona», pensé mientras daba mi nombre en la recepción del edificio, diciendo que tenía una cita con el mandamás.</p>



<p>El conserje, quizás habituado a la legión de admiradoras que intentaban colarse en las oficinas con la esperanza de hablar, aunque fuera un minuto, con ese magnate me miró de arriba abajo sin creerme.</p>



<p>―Espere en la sala, alguien bajará por usted― finalmente dijo al comprobar en su ordenador que era cierto y que no era una joven en busca de su momento de gloria.</p>



<p>Acomodando mi trasero en un sillón reservado únicamente a las clases más altas, miré el reloj y respiré al ver que había llegado con un cuarto de hora de antelación.</p>



<p>«¿Qué hago aquí?», murmuré sintiéndome fuera de lugar entre tanto potentado mientras intentaba bajar el vuelo de mi falda y así no mostrar de más en un ambiente tan refinado.</p>



<p>Al poco tiempo, vi aparecer a una espléndida rubia. Impactada por su belleza, tardé en caer en que preguntaba por mí al portero y por ello, casi tartamudeé cuando me preguntó si era la niñera que les habían mandado de la agencia.</p>



<p>―Vengo a ver al señor Quinn.</p>



<p>―Acompáñeme, mi jefe está a punto de salir y solo tiene cinco minutos― contestó casi sin mirarme.</p>



<p>&nbsp;Convencida de que no me iban a coger, la seguí por el hall y ya en el ascensor, repasó conmigo los datos de mi expediente.</p>



<p>―Según dice aquí, es usted licenciada en magisterio por la universidad de Atlanta y perteneció al equipo de equitación.</p>



<p>―Así es― contesté extrañada que se centrara en ese hobby que incluí para rellenar mi perfil.</p>



<p>― ¿Me imagino que sabe nadar? No en vano los niños están de vacaciones y gran parte de su tiempo lo pasarán en el agua.</p>



<p>―Sí― respondí.</p>



<p>― ¿Y sabe navegar?</p>



<p>―Tengo el título de patrón de vela.</p>



<p>―Perfecto. Por favor, aguarde aquí― al abrirse la puerta respondió y señalando unos asientos, entró en un despacho que asumí que era el de su jefe.</p>



<p>Tras ese breve interrogatorio comprendí que lo que buscaban era alguien que compartiera actividades con los críos y por primera vez me sentí capacitada para el puesto, ya que, sin ser mi expediente de primera línea, lo compensaba con la práctica de deportes.</p>



<p>«No creo que haya muchas candidatas que sepan tomar las riendas de un caballo y menos las que conozcan lo que es una botavara», medité más segura.</p>



<p>Al cabo de unos segundos la secretaria me informó que pasara.</p>



<p>«Allá vamos», me dije dándome ánimos.</p>



<p>Confieso que me creía mentalmente preparada para la entrevista, pero mi seguridad quedó en nada cuando vi a mi interlocutor discutiendo airadamente al teléfono.</p>



<p>«¡Es un adonis! ¡Es todavía más guapo que en las fotos!», exclamé para mí al sentirme sobrepasada por la energía que manaba del ricachón.</p>



<p>Físicamente era un portento, un dios del olimpo encarnado para tentar a cualquier mortal que tuviera la dicha de toparse con él y su voz profundamente varonil, no le iba a la zaga.</p>



<p>«No me extraña que las vuelva locas», pensé al verlo de espaldas y poderme recrear en su trasero sin miedo a que me pillara haciéndolo: «Es perfecto».</p>



<p>Su atractivo se incrementó cuando al girarse me estudió con sus negros ojos y contra mi voluntad, me sentí mojada.</p>



<p>―Tengo mucho trabajo y necesito que alguien se quede con mis hijos. ¿Cuándo puede empezar? – fue lo único que preguntó.</p>



<p>―De inmediato― conseguí balbucear notando la mirada que echó a mi escote.</p>



<p>―Estupendo. Dé la dirección a Martha y mi chofer la recogerá en dos horas.</p>



<p>Tras lo cual y olvidándose de mí, llamó a su ayudante para que fuera ésta la que terminara de cerrar conmigo los detalles. Juro que no comprendí que un padre pusiera a sus retoños en un desconocido tan rápido y por eso cuando me encontraba ya a solas con la rubia, no pude más que mostrar mi extrañeza.</p>



<p>―La hemos investigado y sus referencias son impecables― contestó poniendo en mis manos un dosier sobre mí.</p>



<p>No pude más que escandalizarme al leer toda mi vida reflejada en esos papeles. Desde el origen de mis padres, la escuela a donde fui, el instituto donde cursé secundaria, los cuatro novios que había tenido, extractos de mi cuenta bancaria e incluso un informe psicológico que me hice para otro trabajo. Todos y cada uno de los momentos que había vivido estaban ahí por lo que sus preguntas eran solo para confirmar lo que ya sabía.</p>



<p>―Como comprenderá, John no ha escatimado recursos para asegurarse que es la apropiada― añadió mientras me pedía que firmara el consentimiento a posteriori de que indagaran en mi vida privada.</p>



<p>Solo la altísima cifra que me pagarían evitó que saliera corriendo de ahí y que aceptara el puesto.</p>



<p>«En tres meses ganare más que en dos años en el colegio», pensé mientras ponía mi rúbrica al contrato&#8230;</p>



<p>Tal y como me había anticipado, a los ciento veinte minutos de salir del edificio, una limusina aparcó frente al apartamento donde vivía desde que había terminado con George. Con tan poco tiempo para reunir mis pertenencias y acomodarlas en un trastero del dueño, más que preparar el equipaje, lo que hice fue llenar dos maletas con la totalidad de mi ropa.</p>



<p>«Va llegar totalmente arrugada», sentencié preocupada por el trabajo añadido de plancha que tendría al llegar a la casa del magnate.</p>



<p>La rapidez con la que se estaban desarrollando los acontecimientos no me permitió pensar en donde me metía hasta que bajar las cosas y prometer al casero que, en un par de días, un amigo iría por todo lo que había dejado bajo su cuidado.</p>



<p>―No te preocupes, sé que puedo confiar en ti― comentó el anciano impresionado por el impecable uniforme del chofer y el pedazo de coche con el que había venido a buscarme.</p>



<p>El empleado de mi nuevo jefe creyó oportuno preguntar si no quería que al día siguiente una camioneta de la empresa fuera a buscar lo que faltaba y lo guardara en uno de sus almacenes hasta que terminara mi estancia en los Hamptons. Comprendiendo que había sido autorizado para ello por la secretaria del señor Quinn, di mi conformidad y con un problema menos del que ocuparme, me subí a la limusina donde el lujo de la misma me apabulló.</p>



<p>«No se parece a la de nuestra fiesta de graduación», pensé recordando la que unas amigas y yo alquilamos para celebrar el fin de la carrera.</p>



<p>Esa sensación se incrementó cuando Albert, el conductor, me informó que como tardaríamos dos horas en llegar podía hacer uso de la nevera y de todo lo que contuviera. Al abrir el compartimento me encontré con una botella de champagne y toda clase de bebidas, así como de una serie de tentempiés expresamente elaborados esa misma mañana. Sintiéndome una proletaria no quise abusar y por ello, solo cogí una coca cola.</p>



<p>―Por lo que me han dicho es la nueva niñera de los dos diablillos― tratando de ser agradable comentó el armario de dos metros que conducía.</p>



<p>―Todavía no me lo creo, pero así es― respondí para acto seguido preguntar por los críos que debía cuidar los siguientes tres meses.</p>



<p>―Son buenos niños, pero un tanto descarriados― comentó el gigantón: ―Echan de menos a su madre, sobretodo, la mayor.</p>



<p>Admitiendo mi desconocimiento, quise que me contara todo lo que supiera de ellos y así me enteré que la niña tenía siete y el niño seis años, que su padre pasaba poco tiempo con ellos y que la joven que había venido a sustituir había sido despedida al intentar meterse en la cama del progenitor.</p>



<p>―Julie malinterpretó las señales y creyó que la educación del patrón era su forma de flirtear― dejó caer a modo de aviso para que no cometiera el mismo error.</p>



<p>―Gracias por la advertencia― suspiré.</p>



<p>Disculpando a mi antecesora, pensé: «Ese hombre es una tentación andante» mientras me juraba no caer en lo mismo y mantener las distancias.</p>



<p>Con ello en mente, recordé que no había contactado con Lizbeth para agradecerle su intervención y marcando su número, la llamé. Mi amiga ya sabía que me habían contratado y por eso nada más descolgar, me preguntó si mi nuevo jefe era tan impresionante como se decía.</p>



<p>―Si le quitas los millones, es uno más― mentí sin reconocer la excitación que me había dominado al estar en su presencia.</p>



<p>―Eso es que te gusta, ¿verdad perra? ― insistió muerta de risa.</p>



<p>―De uno a diez, tiene un doce― bajando la voz, reconocí: ― ¡Está buenísimo!</p>



<p>Desternillada con mi confesión, añadió:</p>



<p>―Espera a que los niños vuelvan al colegio para lanzarle las bragas a la cara.</p>



<p>La burrada de la pelirroja me hizo reír y avisándole de que iba en un coche de la compañía, prometí que esa noche la llamaría para darle más detalles.</p>



<p>―No te olvides, estoy deseando que me cuentes cómo viven los ricos― con su desparpajo habitual contestó&#8230;<br></p>



<h1 class="wp-block-heading"><a>2</a></h1>



<p>Con la frase de Lizbeth resonando todavía en mis oídos, salimos de Manhattan a través del túnel de Queens Midtown con destino a los Hamptons. Siendo nieta de emigrantes venidos de Europa, pasar una temporada viviendo en la zona más exclusiva de los Estados Unidos era algo difícil de encajar. No en vano esa zona es mundialmente conocida por ser el lugar de vacaciones donde los multimillonarios de Nueva York pasan sus vacaciones.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Si alguien me hubiera dicho esta mañana que dormiría en una de sus mansiones no le hubiese creído», sonreí impaciente por conocer ese paraíso.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Recordaba haber visto en las revistas un reportaje de la casa del magnate y por tanto sabía que estaba situada en el East Hampton, el área más cara, pero no podía hacerme a la idea de cómo sería vivir en un hogar de quince habitaciones frente a la playa.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; «Según se dice, la compró por treinta millones al caer enferma su esposa para que pasara allí sus últimos días. Estar montado en el dólar no le sirvió para salvarla», pensando en ello, por primera vez no le envidié: «Debe ser durísimo perder a la madre de tus hijos».</p>



<p>El disoluto modo de vida que había llevado desde entonces me hizo compadecerme de sus retoños:</p>



<p>«Pobres niños, su madre muerta y su padre saltando de cama en cama».</p>



<p>&nbsp;Pensando en ello, llegamos a la verja de entrada de su mansión y más nerviosa de lo que debía, me pregunté cómo me recibirían los chiquillos. Según Albert eran buenos chicos, pero un tanto malcriados, cosa que comprendí cuando a buen seguro habían visto pasar un montón de niñeras.</p>



<p>«No es normal que estén creciendo sin una figura materna», me dije responsabilizando de ello al que los engendró: «En vez de buscar modelos con las que saciar su hombría debería haber buscado una mujer que los amara como suyos.</p>



<p>El impresionante palacete que apareció ante mi vista cortó de cuajo mis reflexiones:</p>



<p>«¡No puede ser!», exclamé en silencio al ver que el tamaño del lugar e intimidada, me bajé de la limusina para saludar a una señora entrada en años que esperaba en la puerta.</p>



<p>―Es Hillary, la nana del señor― me anticipó Albert.</p>



<p>La dulzura del rostro de la anciana y sus dificultades al andar provocaron que asumiera una fragilidad en ella que no existía y que rápidamente desapareció cuando saludándome, estrechó con fuerza mi mano.</p>



<p>―Antes de presentarle a los críos, debemos hablar― me soltó a bocajarro mientras me llevaba a una salita del área de servicio.</p>



<p>Supe de inmediato que me iba a enfrentar a la verdadera entrevista y que, si no la pasaba con honores, el contrato que había firmado era papel mojado.</p>



<p>―Por supuesto, doña Hillary. Usted dirá.</p>



<p>Sonriendo, la señora esperó a que me sentara para preguntar si me gustaban los niños. No tuve que mentir y reconociéndole de antemano que mi experiencia laboral era con chavales de secundaria, añadí:</p>



<p>―Pero desde la adolescencia, he cuidado de mis primos pequeños y creo que estoy capacitada. Por eso sé que lo importante, es que confíen en mí y me vean como alguien cercano.</p>



<p>― ¿No pensará en sustituir a su madre? ― levantando su ceja izquierda, preguntó.</p>



<p>Recordando la salida de mi antecesora, comprendí el reparo que escondían sus palabras, contesté:</p>



<p>―Señora, sé cuál es mi lugar. Soy y seré una empleada.</p>



<p>―Eso dicen todas― insistió.</p>



<p>Echándome a reír, me levanté de la silla:</p>



<p>―No me considero una caza fortunas y aunque lo fuera, ¿me ha visto bien? ¡No soy el tipo de mujer que le gustan a su padre! Aunque bailara desnuda frente a él, no me miraría.</p>



<p>―Sí que la miraría, pero luego la echaría― contenta por la franqueza de mi respuesta, sonrió: ―Mi Johnny es ante todo un hombre y usted una mujer guapa.</p>



<p>―Mona, atractiva y simpática más bien, pero no impresionante. Necesito el dinero y por eso no me arriesgaría a perderlo por un revolcón.</p>



<p>Comprendí que había pasado la prueba cuando, tocando una campana, nos trajeron a los dos enanos. Escamados quizás por el continuo trajín de niñeras, me recibieron de uñas cuando la nana me los presentó:</p>



<p>―La señorita O´Connor será la encargada de cuidaros.</p>



<p>―Llamadme Mary, señorita O´Connor me hace sentir vieja― comenté tratando de romper el hielo.</p>



<p>Lara, una pecosa de largos rizos, me miró:</p>



<p>―Para lo que va a durar, mejor la llamaré por su apellido.</p>



<p>―Me parece estupendo, Lady Quinn― haciendo una reverencia ante ella, contesté.</p>



<p>Lo aparatoso de mi gesto hizo reír a su hermano, una réplica en bajito del millonario.</p>



<p>―Yo, soy Sir Peter y llevo el nombre de mi abuelo.</p>



<p>Al comprobar que esos pitufos estaban acostumbrados a que sus niñeras fueran tan estiradas como su padre, quise hacerles ver que yo no era así y guiñando un ojo a la anciana, pregunté:</p>



<p>― ¿Podrían Lady Quinn y Sir Peter mostrarme su castillo? No me gustaría perderme y que, dentro de una semana, alguien encontrara mis huesos en algún rincón.</p>



<p>―Boba, no es un castillo. ¡No ves que no tiene almenas! ― haciéndose el sabiondo, el chavalillo contestó.</p>



<p>―Sí que lo es y yo soy la princesa― entrando al juego, Lara lo corrigió.</p>



<p>Viendo de reojo la satisfacción de la viejita, repliqué:</p>



<p>―Princesa Lara, ¿podría mostrarme sus dominios?</p>



<p>La cría miró a la anciana:</p>



<p>― ¿Podemos?</p>



<p>Que pidiera permiso a esa mujer, me hizo ver que contrariando mi previsión estaban bien educados y que la sentían de la familia.</p>



<p>―Antes de nada, tendréis que enseñarle el calabozo donde dormirá vuestra huésped y luego llevadla al comedor, para que cene con nosotros― desternillada de risa, respondió.</p>



<p>Sabiendo que había ganado la primera escaramuza, pero también que no debía confiarme, seguí a los dos mocosos por la escalera de caracol que llevaba a la planta donde estaban los cuartos. Reconozco que me impresionó el lujo de sus pasillos, pero aun así no estaba preparada para ver la habitación donde dormían:</p>



<p>«Es más grande que mi apartamento», me dije mientras cada uno me enseñaba su cama.</p>



<p>&nbsp;Acostumbrados a ese nivel de vida, me mostraron el baño sin darle mayor importancia.</p>



<p>«Parece sacado de un spa», sentencié al ver la gigantesca bañera donde con comodidad podrían darse un homenaje dos parejas.</p>



<p>De ahí y usando otra puerta pasaron a otro cuarto. Al compartir baño, pensé que era del padre, pero sacándome del error la pecosa me explicó que era el mío. La inmensidad de mismo me dejó sin habla y mirando a través de la ventana, vi que daba acceso a una terraza desde la que se podía observar el mar.</p>



<p>―Mira. Es nuestra lancha― señalando un yate de más de veinte metros de eslora comentó el criajo.</p>



<p>«No me lo puedo creer, ¡es un Galeón 640!», reconociendo su esbelta forma, babeé al saber que contaba con cuatro camarotes y que cada uno de sus dos motores era de mil caballos. Esa bestia era el sueño de cualquier aficionado al mar, pero el precio lo hacía inaccesible a la mayoría de los bolsillos.</p>



<p>Deseando ponerme algún día frente a su timón y acelerar todos esos potros hasta los veinticinco nudos de velocidad punta, no dije nada y seguí a los pequeños hasta la habitación de enfrente. Supe que era el del padre al contemplar el cuadro de su madre frente a una cama de dimensiones colosales. Suponiendo que era allí donde el señor Quinn disfrutaba de las caricias de su amante de turno, la idea me horrorizó.</p>



<p>«Yo no podría acostarme con un viudo bajo la mirada de la difunta».</p>



<p>Tras una rápida visita a su baño que todavía era más magnifico, nos dirigimos hacia el comedor donde nos estaba aguardando la nana. La solemnidad del rezo que antecedió a la llegada de las criadas con la cena me informó de la religiosidad de esa mujer y aduje a la misma, el brillo de su mirada cuando me preguntó si era católica:</p>



<p>―Sí y fan de San Patricio― respondí y recordando lo aprendido siendo una cría de boca de mis abuelos, comencé a orar según el modo que enseñó el santo irlandés: ―Cristo conmigo, Cristo frente a mí, Cristo tras de mí&#8230;</p>



<p>Los dos niños siguieron la prez, diciendo:</p>



<p>―Cristo en mí, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda, Cristo cuando me acuesto, Cristo cuando me siento, Cristo cuando me levanto&#8230;</p>



<p>― ¿Sabías que Helen, su madre, nació en Dublín? ― preguntó Hillary al terminar.</p>



<p>―No― contesté y mientras Lucy, la criada, comenzaba a servirle, le confesé las ganas que tenía de conocer la tierra de mis ancestros.</p>



<p>―Al igual que un buen católico debe ir alguna vez a Roma, todo irlandés tiene la obligación de visitar Eire.</p>



<p>No pude más que sonreír al saber que había dado la versión educada de ese mandato tan presente entre los de nuestro origen y que tantas veces había escuchado en los pubs donde nos congregábamos: “Un buen irlandés debe algún día CAGAR en la madre patria”.</p>



<p>―Eso también― añadió la entrañable anciana leyendo mis pensamientos.</p>



<p>A la estupenda crema de langosta de primer plato, le siguió un lomo de salmón al vapor y verduras hervidas de segundo que a pesar de estar buenísimos no fueron acogidos por los críos con demasiado entusiasmo.</p>



<p>«No me extraña, no es la cena que me hubiese gustado de niña», me dije mientras ejercía todas mis dotes de persuasión para conseguir que se lo terminaran.</p>



<p>Casi al final, cuando les prometí un helado al día siguiente, me enteré de que la cocinera tenía marcado mes a mes lo que se comería en la casa siguiendo la programación que el señor Quinn autorizaba. Como la alimentación de sus retoños era también responsabilidad mía, pregunté si podía ver lo que tenían señalado para la semana. Al traérmelo Lucy, no pude más que exclamar:</p>



<p>―Esto es el menú de un restaurant, ¡no el de un hogar!</p>



<p>―Estoy totalmente de acuerdo― señaló la nana: ― pero mi Johnny es tan cuadriculado que lo he dado por imposible.</p>



<p>Como era mi primer día preferí abstenerme de hacer cambio alguno. Antes de variar esa rutina tenía que hablar con el magnate, no fuera que lo viera como una intromisión y la misma acarreara mi despido. Aun así, lo anoté en mi memoria:</p>



<p>«Comer así no es lógico. Necesitan una alimentación que esté balanceada».</p>



<p>Tras la cena, bañé a los críos. Al irlos a acostar, Peter me rogó que les leyera un cuento como hacía su padre en las pocas ocasiones en las que se quedaba en casa. Como en la habitación no había ningún libro, les pregunté dónde podía encontrar uno:</p>



<p>―En la biblioteca del castillo― respondió Lara mientras la arropaba.</p>



<p>Siguiendo su consejo, fui en busca de algo que leerles y al entrar en la habitación donde atesoraban los libros, me quedé alucinada. La cantidad y calidad de los mismos solo podía deberse a que su dueño era un lector compulsivo. Pensando en que no me cuadraba que ese hombre fuera tan culto, me puse a revisar los estantes en busca de alguno infantil y mientras lo hacía me topé con una edición de lujo que recogía la última exposición de Patricia Stelman, una fotógrafa que era famosa por sus imágenes subidas de tono. Como esa mujer siempre me había gustado, lo abrí para echarle una ojeada.</p>



<p>«No me lo puedo creer», sentencié al leer la dedicatoria que le había dedicado al hombre que me había contratado.</p>



<p>“John, gracias por tantas noches de placer. Como te prometí, nadie podrá reconocerte en mi obra”.</p>



<p>Sabiendo quién era el protagonista, fui pasando las páginas y para mi sorpresa, me encontré con un homenaje al cuerpo masculino.</p>



<p>«Por dios, ¡qué bueno está!», con los pezones en flor, musité.</p>



<p>Colorada hasta decir basta al sentirme voyeur, conseguí dejar ese ejemplar y retomar mi búsqueda de algo que leer a los chavales. Tras hallar una recopilación de las historias de Christian Andersen, volví a su cuarto con los abdominales de mi nuevo jefe grabados a fuego en mi cerebro.</p>



<p>― ¿Qué queréis que os lea?</p>



<p>― ¿Puede ser la sirenita? – preguntó Lara ilusionada.</p>



<p>Sonriendo al ser uno de mis favoritos, puse una silla entre las dos camas y comencé:</p>



<p>―En medio del mar, en las más grandes profundidades, se extendía un reino mágico, el reino del pueblo del mar. Un lugar de extraordinaria belleza rodeado por flores y plantas únicas y en el que se encontraba el castillo del rey del mar&#8230;</p>



<p>La atención con la que seguían el relato me permitió recrearme en la lectura y cambiando el tono con cada uno de los personajes, di énfasis a la historia:</p>



<p>― Te prepararé tu brebaje y podrás tener dos piernecitas. Pero a cambio… ¡deberás pagar un precio! – recité imitando la voz de una anciana para hacer más creíble a la bruja.</p>



<p>― ¿Qué precio? – con tono infantil, leí la respuesta de la princesita&#8230;</p>



<p>Lentamente fui desgranando la historia, mientras veía que los niños se iban quedando dormidos. Al terminar, Lara estaba roque y su hermano casi.</p>



<p>&nbsp;―Es más divertido cuando nos lees tú― comentó cerrando sus ojos el enano: ―Papá es muy aburrido.</p>



<p>―Duerme, mi príncipe― susurré y sin hacer ruido, me marché de la habitación.</p>



<p>Ya en la mía, miré el reloj y recordé que había quedado en hablar con Lizbeth para contarle cómo me habían recibido en la mansión Quinn. Con ganas de compartir lo vivido, me puse un camisón, tomé el teléfono y la llamé. La pelirroja debía estar esperando porque, al segundo timbrazo, contestó:</p>



<p>―Cuéntame y no te ahorres ningún detalle. Quiero saberlo todo― dijo al descolgar.</p>



<p>Tumbada sobre la cama, le expliqué mis miedos cuando supe quién era el hombre que me iba a entrevistar y lo nerviosa que había llegado a su oficina:</p>



<p>―No me extraña, ese cabrón está para comérselo, pero sigue&#8230; ¿está tan bueno?</p>



<p>―Todo lo que te imagines se queda corto. Es puro sexo, lo tiene todo. Un cuerpo que llama a acariciarlo, una voz que embruja&#8230;</p>



<p>―Déjate de monsergas y descríbelo. Llevo caliente como una perra desde que te contrató. Quiero saber cómo es su culo, sus bíceps&#8230;</p>



<p>Al oírla, se me ocurrió una maldad y prometiendo que la volvería a llamar, corrí a la biblioteca por el libro que había ojeado. Con él, bajo el brazo, volví a llamarla y mirando las fotos, fui poniendo en palabras lo que veía:</p>



<p>―Lo primero que me sorprendió fue su altura. A su lado, me sentía una muñeca de porcelana. Su uno noventa enfundado en un traje te invitaba a desnudarlo tirando de su corbata― comenté describiendo la foto en la que una mujer en pelotas tenía esa prenda entre sus manos.</p>



<p>Pasando a la siguiente en la que la modelo, o quizás la propia fotógrafa estaba quitándole la camisa, narré a mi amiga los esculpidos pectorales de ese adonis.</p>



<p>―Desde que lo ves, se nota que hace ejercicio, no te haces a la idea como se le marcan los músculos mientras habla― cambiando de escenario y volviendo a su oficina, recordé.</p>



<p>―Sigue que me estas poniendo cachonda.</p>



<p>&nbsp;Por su respiración supe que mi amiga se estaba masturbando con la descripción. Eso lejos de cortarme, me puso verraca. Sin decir nada al respecto, subí el vuelo de mi camisón y empecé a tocarme mientras continuaba.</p>



<p>―Parece el típico gladiador de las películas, sus brazos son enormes y que decir de su tableta. Jamás en mi vida he visto algo semejante, tiene músculos que nunca he visto y que creí que no existían― comenté mirando el torso desnudo de mi jefe en el libro.</p>



<p>El gemido que escuché a través del teléfono me azuzó a continuar y pasando a la siguiente imagen en la que se le veía totalmente desnudo, pero dado la vuelta le conté como era su cuello mientras con las yemas separaba los pliegues de mi sexo:</p>



<p>―Es como el de un toro. No creo que pudiese abarcarlo con las manos.</p>



<p>―No pares, zorra. Dime como es su trasero― casi sollozando, me exigió.</p>



<p>Recreándome en la foto, le expliqué la forma triangular de su espalda y los impresionantes dorsales que tenía frente a mí antes de pasar a su culo.</p>



<p>―No te haces idea. No tiene una gota de grasa. Estuve a punto de lanzarme sobre él cuando vi cómo se le marcaban los glúteos bajo el pantalón ―conseguí decir con la respiración ya agitada: ―Tiene el trasero que toda mujer sueña. Redondo, duro, prominente&#8230;</p>



<p>La calentura de Lizbeth no debía menor que la mía cuando se lo describía:</p>



<p>― ¿Pudiste fijarte si estaba bien dotado?</p>



<p>Pasando la página, me encontré con su sexo.</p>



<p>―Por el bulto de su bragueta, debe ser enorme y totalmente depilado― suspiré viendo el enorme trabuco que portaba en la foto mientras mis toqueteos se profundizaban.</p>



<p>No queriendo reconocer que lo tenía ante mi vista, haciendo cómo si me lo imaginara, seguí describiendo cada una de las venas y el grosor de su aparato.</p>



<p>― ¡Zorra! ¡Me tienes a cien! ― gritó ya sin importarle que supiera que se estaba pajeando.</p>



<p>Aguijoneada por el placer que estábamos compartiendo, torturé el botón de mi sexo mientras le narraba con todo lujo de detalle la forma y tamaño de sus testículos.</p>



<p>―Tal y como me cuentas, ¡debe ser un semental!</p>



<p>Pasando las hojas del libro, me encontré con una fotografía en la que aparecía una mujer atada a la cama mirando su erección.</p>



<p>― ¡Le va el sexo duro! ― exclamé fuera de mí al ver la escena, casi descubriéndome.</p>



<p>Envidiando a la modelo, soñé que era yo la que permanecía inmóvil y con más fuerza me masturbé mientras retrataba como si fuera yo la mujer que con la boca abierta estaba aguardando a que ese adonis acercara esa asombrosa verga a sus labios.</p>



<p>―Cuéntame cómo te gustaría que te azotara― dominada por la lujuria, me exigió.</p>



<p>―Me encantaría que me colgara de unos ganchos e indefensa, me acariciara el culo antes de soltarme un azote― susurré narrando la siguiente imagen del libro en la que la amante de mi jefe aparecía suspendida del techo. La violenta sensualidad de la escena impresa me terminó de excitar y pasando un par de páginas, narré que, tras dejarme el trasero rojo, mi jefe pellizcaría mis pechos con rudeza.</p>



<p>Para entonces, los continuos sollozos y gemidos de mi amiga rivalizaban con los míos, por eso no me espanté cuando ya sin cortarse y poniéndose como protagonista me pidió que el millonario se la follara.</p>



<p>―John te tomaría de tu melena y poniéndote a cuatro patas en el suelo, acercaría su tallo a tu sexo.</p>



<p>―Sigue, no pares. Quiero sentirme suya― rugió desde su móvil.</p>



<p>Sorprendida por lo mucho que me ponía que la pelirroja estuviese tan cachonda, susurré al micrófono que, separando los labios de su coño con el glande, el millonario la empalaría. El alarido que pegó al oírme, no solo me confirmó que se había corrido, sino que aceleró también mi placer y ya sin recato alguno, busqué mi orgasmo mientras le narraba como la domaba con sonoras pero indoloras nalgadas sobre sus ancas.</p>



<p>―Por dios, ¡me encanta! ― chilló mientras mi cuerpo sucumbía en el placer.</p>



<p>Con mi femineidad todavía babeando, escuché que Lizbeth me daba las gracias y se despedía. Entonces y solo entonces, caí en lo que habíamos hecho, en que habíamos disfrutado juntas de un sueño imposible y cerrando los ojos, traté de dormir, pero el recuerdo de lo sucedido me hizo soñar con ella y con Quinn en la misma cama&#8230;</p>
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