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	<title>DANTES &#8211; PORNOGRAFO AFICIONADO</title>
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	<description>---TU WEB DE RELATOS ERÓTICOS--- (SOLO MAYORES DE +18 AÑOS)</description>
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	<title>DANTES &#8211; PORNOGRAFO AFICIONADO</title>
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		<title>&#8220;CRISTINA: Invadida por el deseo&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Jan 2021 07:32:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[LIBROS]]></category>
		<category><![CDATA[DANTES]]></category>
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					<description><![CDATA[Resumen: Cristina, una bella y joven recién casada, es invadida por extrañas sensaciones. Esto la conducirá a ser víctima del sinvergüenza de su vecino, don Tito, un maduro huraño y sin escrúpulos. Una historia de infidelidad morbosa, deseos incontrolables y secretos inconfesables. Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace: https://relatosdantes.com Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO:  CRISTINA CAPÍTULO 1 Me llamo Cristina, tengo veinticinco años, y estoy casada desde hace uno con un hombre maravilloso. Conocí a Pablo en la universidad; él estudiaba arquitectura y yo derecho. Lo nuestro fue algo así [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Cristina, una bella y joven recién casada, es invadida por extrañas sensaciones. Esto la conducirá a ser víctima del sinvergüenza de su vecino, don Tito, un maduro huraño y sin escrúpulos. Una historia de infidelidad morbosa, deseos incontrolables y secretos inconfesables.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><strong><span style="font-size: 14pt;">CRISTINA</span></strong><br />
<strong><span style="font-size: 14pt;">CAPÍTULO 1</span></strong></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Me llamo Cristina, tengo veinticinco años, y estoy casada desde hace uno con un hombre maravilloso. Conocí a Pablo en la universidad; él estudiaba arquitectura y yo derecho. Lo nuestro fue algo así como amor a primera vista, Pablo era muy atractivo, y tenía a muchas alumnas babeando por él. Yo también causaba sensación entre mis compañeros, y más de alguna flor o poema apareció sobre mi pupitre en aquella época.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Uno de esos pretendientes cometió el error de presentarme a mi futuro esposo; todavía es amigo nuestro, y no es raro que reciba una que otra broma al respecto cuando nos juntamos con nuestros antiguos compañeros, aunque se defiende atribuyendo a mi belleza sus “errores tácticos”. Los demás terminan dándole la razón; incluso Pablo se suma a ellos cuando elogian mi rostro juvenil, “adornado con un par de rubíes azules”, agrega galantemente. Y siempre que se echan al cuerpo un par de copas demás, comentan mi increíble delantera, mi cintura, mis redondas pompis y mis largas y bien formadas piernas. Esa admiración es una de las razones por las que me gusta tanto el ejercicio; no puedo negar que cuido esmeradamente mi apariencia física. Pablo me dice que soy su Barbie.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aunque ambos procedemos de familias de buen nivel económico, cuando nos comprometimos —Pablo recién titulado y yo a punto de recibirme—, decidimos empezar desde abajo, sin ninguna ayuda de nuestros padres. Así, después de casarnos, nos fuimos a vivir en un barrio común y corriente, donde habían casas bonitas y otras bastante feas. Esa misma heterogeneidad se daba en la calidad humana de la gente que las habitaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Por ese motivo, evitamos entablar vínculos de amistad con nuestros vecinos. Incluso a Pablo le caía bastante mal nuestro vecino de enfrente, don Tito. Decía que me miraba demasiado y que ni siquiera lo disimulaba como los demás; más de un encontrón habían tenido por esa causa. Yo pensaba que el tal don Tito, con sus cincuenta y tantos años a cuestas, su barriga cervecera y su cara de malas pulgas, nunca había tenido la oportunidad de admirar tan de cerca a una mujer tan atractiva como yo. Cuando le decía eso a mi marido, se relajaba y me devolvía una sonrisa. Por otra parte, la esposa del viejo, doña Raquel, era bastante amorosa, y me entretenía conversando con ella cuando venía a pedirme algo de vez en cuando; así que le rogaba a Pablo que no fuera tan antipático con su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al margen de esa molestia externa, que me parecía insignificante, nuestra intimidad era bastante relajada. Nunca había estado en la cama con otro hombre que no fuera Pablo, y él, aunque tenía más experiencia, me trataba con mucho respeto. Quién sabe, quizás no quería hacerme sentir incómoda. Sin embargo, de una u otra manera, yo intuía que no me satisfacía completamente en la cama, o tal vez que yo no lo complacía del todo como hombre, y eso me inhibía como mujer. Pero no le daba mayor importancia, pensando que se trataba de azares propios del matrimonio, y que el nuestro era razonablemente normal.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Por eso mismo, si me hubieran dicho lo que iba a pasar, no lo habría creído.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Todo empezó hace unos seis meses. Pablo trabajaba en una empresa constructora y le pagaban bien, mientras yo preparaba mi memoria para recibirme de abogada. Teníamos fe en que pronto me titularía y empezaría a aportar para adquirir la casa que soñábamos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una tarde de verano hacía tanto calor que me puse unos jeans ajustados y una blusa bastante ligera para salir a comprar unos refrescos. En la calle advertí que varias miradas masculinas se dirigían descaradamente a mi trasero o a mis pechos. Lo más sorprendente fue que me di cuenta de que eso me provocaba extrañas sensaciones; cuando veía a algún viejo verde o a algún chiquillo mirando mi cuerpo, instintivamente caminaba de forma sensual, para provocar más miradas. Cuando empezaron los piropos ―“Adiós, preciosa”, “¿Quiere que la lleve, mi reina?”―, me sentí halagada… y también excitada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De vuelta en mi casa, no pude aguantar. Me encerré en el baño, me toqué, metí los dedos entre mis piernas, me acaricié los pechos… Tenía los pezones duros, me sonrojé de sólo pensar que se me notaban en la calle. Estuve masturbándome cerca de una hora, experimentando orgasmo tras orgasmo… Fue un día que nunca olvidaré: los placeres que yo misma provocaba en mi cuerpo, y el recuerdo de las miradas candentes de tantos hombres desconocidos, me dejaron relajadamente satisfecha, como si hubiera descubierto un insospechado acceso a niveles de experiencia erótica mucho más intensos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A la mañana siguiente, después que Pablo se fue a trabajar, me quedé sola con esas extrañas sensaciones que se sucedían como oleadas de deseo, ansiosas de repetir lo sucedido el día anterior. No tardé mucho en ponerme los mismos jeans, una blusa aun más ajustada, y salir a caminar… Sólo a caminar, a provocar, a absorber estremecida las miradas que se encendían y las voces que se levantaban a mi paso. Los elogios eran a veces impertinentes, a veces incluso groseros, pero me escoltaban por las calles como un nimbo embriagador, generándome misteriosos impulsos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al otro día volví a salir… Lo repetí al siguiente… y al siguiente. Empecé a hacer más ejercicio para verme mejor. Compré maquillajes más provocativos, e incluso me hice tiempo para practicar formas más sensuales de caminar. Estaba encantada con mi nuevo hobby. Las miradas y sobre todo los dichos callejeros me llenaban de satisfacción erótica, me hacían sentir mujer, y en un barrio de esas características era frecuente encontrar algún sujeto que me mirara descaradamente y me dijera alguna grosería. “¡Tremendo culo, mi reina! “¡Con esa delantera, cosita, le pongo el pelao que quiera al arco!” Incluso la diferencia de estatus social me provocaba ideas locas y suspiros llenos de excitación. Era como una bella princesa entre plebeyos ávidos de mi cuerpo… sucios y malolientes plebeyos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una mañana estaba muy inquieta, con la temperatura por las nubes, y decidí que esa salida debía ser especial. Me puse una falda a medio muslo, tan ceñida que destacaba insolentemente mis nalgas; una delgada blusa dejaba mi cintura al aire libre, marcando gloriosamente mis pechos y mis pezones; unas sandalias de taco alto completaban mi increíble atuendo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salí de casa dispuesta a llamar la atención de cualquier hombre que se me cruzara por delante. Recorrí innumerables calles y escuché muchos comentarios asquerosos. Cuando cruzaba el Parque Central, vi de lejos a un viejo indigente sentado en un banco; supe que me iba a decir algo fuerte, e incluso sentí cierta emoción mientras me acercaba con mi contoneo mejor ensayado. Pasé junto a él&#8230; y no se me borra de la memoria lo que me dijo, con una voz carrasposa y hasta podría decir malévola: “Quiero lamer tu coño, puta”. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, y me sentí empapada en un instante; fue como un orgasmo instantáneo. Me detuve un segundo, y luego seguí caminando como pude, asustada, emocionada, sobrecogida. Nunca me habían llamado así; de pronto todo era tan claro: me gustaba sentirme sucia, provocativa, rastrera…. ¡toda una puta! Sólo quería volver a casa, para masturbarme largamente. Me di cuenta de que estaba lejos, había caminado mucho, y tomé un taxi para llegar cuanto antes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apenas estuve en casa hice los preparativos para darme un voluptuoso baño de tina. Pensaba quedarme ahí por un par de horas, tocándome, excitándome, autosatisfaciéndome. “Quiero lamer tu coño, puta”; esas palabras sonaban una y otra vez en mi cabeza, produciéndome incontrolables estremecimientos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La tina estaba casi llena cuando oí el timbre de la puerta de calle. “Mierda, ¿quién puede ser?”, pensé fastidiada. Mientras dudaba entre atender o no, el timbre sonó por segunda vez. Cerré la llave de la tina y fui a ver quién tocaba; seguramente era un típico vendedor inoportuno; lo despacharía en dos segundos con una rotunda negativa, y después me dedicaría a disfrutar mi sesión privada de erotismo. Incluso pensé desconectar el timbre, para que nadie me molestara en el resto de la mañana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Abrí la puerta, y ahí estaba don Tito. Apenas me vio aparecer, sus ojos se clavaron en mi escote, y eso me excitó, no lo puedo negar. Primero me pidió disculpas por la molestia, y luego, recorriéndome el cuerpo con la mirada, me pidió un poco de azúcar. No me extrañó, nuestros vecinos siempre nos estaban pidiendo algo, pero hasta entonces sólo lo había hecho doña Raquel, así que le pregunté por ella. Me contestó en tono de broma que ella estaba enferma, y que por eso era él quien tenía el agrado de encontrarse conmigo. Observé disimuladamente cómo me devoraba con los ojos… y confieso que me gustó. Le dije que pasara y que me acompañara mientras llenaba el tazón que traía para llevarse el azúcar. Caminé hacia la cocina sabiendo que él me seguía deslumbrado por el sensual bamboleo que yo le imprimía a mi trasero. En el trayecto me di cuenta además de que el agua de la tina me había salpicado la blusa, de modo que estaba pegada a mis pechos, y mis pezones casi al desnudo, para deleite del afortunado vejete. Me preocupó por un momento la impresión que podía darle; quizás pensaría que yo era una provocadora. Esto último me excitó, y descarté toda posibilidad de que lo comentara con mi marido, ya que ambos sólo se dirigían la palabra para pelear.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Un extraño impulso me incitaba a jugar con don Tito; quería verlo deseándome, me estremecía al pensar que estaba sola en la casa con un viejo verde ansioso de probar mi cuerpo. Instintivamente mi cola se paró, mis hombros se fueron hacia atrás y mi caminar se volvió exquisitamente sexy pero casual a la vez. Cuando llegamos a la cocina, me incliné en ángulo recto para coger el azúcar de un compartimiento situado en la parte inferior de la estantería; me demoré simulando que no la encontraba. Cuando decidí que la había encontrado, me di vuelta, y vi cómo el viejo se enderezaba, advirtiendo al mismo tiempo la tremenda erección que se le notaba bajo los pantalones. Seguramente se dio cuenta de que le miraba el bulto, pero no dijo nada, así como yo tampoco dije nada al sorprenderlo admirando mi trasero. Estaba muy nerviosa, pero no de la forma común y corriente, sino de esa forma que sólo la excitación extrema puede provocar… Le pedí que pasara el tazón que traía, y lo puso a mi alcance, sobre la cubierta del mesón. Empecé a llenarlo, pero de a poco; quería que ese momento durara lo más posible. Sus ojos llegaban a la altura de mi cuello, pues era más bajo que yo; lo tenía a treinta centímetros de mí, y miraba descaradamente mi blusita pegada a mis pechos casi desnudos. Más que excitación, lo que vi en su cara era calentura. Ese viejo me quería comer los senos, y yo lo sabía… Lo sabía, y también me excitaba… Y lo que me excitaba más era el hecho de que yo se los estaba mostrando. Era una puta calentando a un viejo verde, al mismo que mi marido detestaba por sólo unas miradas indiscretas. ¿Qué diría si lo viera comiéndose con los ojos las ubres de su hermosa mujer?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Terminé de llenar el tazón de azúcar y me volví dándole la espalda; cerré los ojos y suspiré sin que él me viera, tratando de recobrar el control. Simulé que ordenaba algo en el mueble de la cocina; estaba consciente de que él me miraba por detrás, y el hecho de no saber dónde me clavaba la vista me generaba ideas demasiado turbulentas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¿Sabes, Cristina?, tienes unas piernas preciosas ―dijo de pronto. Me quedé helada―. Espero que no te moleste que te lo diga —añadió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No ―respondí. Estaba inmóvil; supongo que le parecí un poco sumisa, porque prosiguió:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Y esa cintura… es de película. ¿Estás yendo al gimnasio?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Asentí con la cabeza; si le hubiera respondido con un “sí”, se habría escuchado más como un gemido que como una palabra.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Y esa cola… nunca he visto nada más fantástico―. Sentí que daba un paso hacia mí, y luego posó suavemente sus manos en mis caderas―. Guauu&#8230; y tu piel es suave como la seda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Gracias, don Tito ―dije nerviosa, casi tartamudeando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sus manos empezaron a presionarme, impulsándome a mover mi trasero hacia uno y otro lado. El hecho de estar así con un viejo que me hacía menearle las nalgas voluptuosamente, acrecentaba cada vez más mi deseo. Me limité a obedecer lo que me indicaban sus manos, y a tratar de disimular mi turbación lo mejor posible. Fue un error, debí detenerlo cuando todavía era tiempo; pero las mismas cosas que me decían en la calle tenían un sabor especial dichas por él, y dichas con mi consentimiento, a solas bajo mi techo, en la casa que compartía con mi marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tienes un cuerpazo, y desde hace un tiempo lo estás mostrando descaradamente&#8230; —susurró cerca de mi oído—. Seguramente te dicen muchas groserías en la calle; deberías cuidarte, podría pasarte algo…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Dios, eso no estaba bien, me dije vagamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Oprimió su bulto contra mi trasero. Pude sentir en mis nalgas su palpitante erección; el maldito me estaba punteando desvergonzadamente. Nunca había sentido entre mis piernas un bulto que no fuera el de Pablo, y ese viejo podía ser mi padre, pero no hice nada para impedírselo. Quería, pero no podía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No debería estar tan cerca, don Tito, alguien podría vernos ―dije casi en un murmullo. Era un reclamo estúpido; ¿quién iba a vernos, si estábamos solos? No me hizo caso, y eso me excitó más; sus avances eran insolentes, no consentidos, pero no le importaba un comino. No pude evitarlo: empecé a frotar mi culo contra sus pantalones… tratando de atrapar suavemente con mis nalgas ese miembro palpitante. Era un movimiento sutil, pero era obvio que el bribón lo sentía, porque empezó a puntearme con más fuerza; no mucha, pero fue notorio. Estaba haciendo realidad los sucios deseos de aquel viejo, y no tenía fuerzas para evitar que abusara de mi cuerpo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sus manos subieron poco a poco, hasta que atraparon mis pechos. Me daba cuenta de que todo aquello era morboso e insano, de que iba a perpetrar una horrible traición a mi marido. Pero mi cuerpo no me obedecía, y mi voz apenas se mantenía fiel a mi cordura.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Suélteme, don Tito ―exclamé, en un arranque que sonó entre súplica y gemido. Pero mi cuerpo seguía restregándose en el del maldito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Qué buenas tetas… ―susurró, respirándome en el cuello.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¡Se había referido vulgarmente a mis senos! Esas groserías que escuchaba en la calle, ahora me las decía al oído. Le tomé fuertemente las manos que sobajeaban mis pezones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya basta, don Tito ―supliqué. Pero mi cuerpo no sabía resistirse, y me di cuenta de que me excitaba pedir un alto y no obtenerlo, que aquel viejo no me hiciera caso, que su calentura fuera más fuerte. Me sentía deseada y abusada, pero sobre todo ardiendo de deseo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me manoseaba los pechos desenfrenadamente, murmurándome que estaban grandes y firmes. Me empezó a puntear con más fuerza; tuve que apoyarme en el mueble de la cocina para no perder el equilibrio. A fin de poner mis nalgas a la altura de su bulto, me incliné y flecté ligeramente las piernas; entonces empecé a restregar mi cola bajo su barriga, dejando que me embistiera a su gusto. Estaba fuera de mí, aunque no dejaba de pensar en lo morboso de la situación: ese viejo que todas las noches compartía la cama con una mujer de su misma edad, ahora estaba disfrutando un cuerpo joven y espléndidamente formado, y ese cuerpo era el mío, el de la esposa de su intachable vecino, que se dejaba poseer y lo disfrutaba tanto como él, porque le gustaba sentirse una perra, ¡sentirse puta!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estuvo un rato masajeándome los pechos y restregando su paquete contra mi trasero. A mí me parecía tener un orgasmo atorado en mi interior; cualquiera podría pensar que la escasa sensatez que me quedaba me impediría entregarle el placer del triunfo a aquel viejo maldito; pero no, yo sólo ansiaba que ese magma estallara en una erupción final; la idea de ser dominada hasta el límite me estremecía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Don Tito puso una mano en la parte superior de mi muslo derecho, y fue subiéndome la falda hasta que pudo acariciar mi pierna desnuda. Hizo lo mismo con mi muslo izquierdo, y de ahí en adelante sus manos se pasearon cada vez más violentamente sobre mis piernas. Me volví un momento, y vi que miraba todo lo que me estaba haciendo con el rostro desfigurado por un placer insano. De repente tomo la falda y la dio vuelta sobre mi espalda, y una mueca de deleite le crispó la cara al contemplar mi pequeña tanga atrapada entre mis nalgas desnudas. Instintivamente, paré aún más la cola, para mostrársela en todo su esplendor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Le gusta? ―pregunté, como una niña exhibiéndole una muñeca a un adulto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Eso es, párame el culo como debe ser! ―replicó, mientras me asestaba una fuerte palmada en el trasero. Ese inesperado golpe, que sentí como un ultraje, me hizo entender que ya no había vuelta atrás; me había provocado una excitación tan grande, que no podía resistirme a ella. Estaba a merced de esas viejas y asquerosas manos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras seguía admirando mis nalgas, me las separó y sobre el delgado hilo de mi ropa interior empezó a embestirme una y otra vez con el duro bulto que hinchaba sus pantalones. Yo sentía las palpitaciones de su excitado miembro, oía los roncos bufidos que soltaba a cada empuje, y respondí clavando también mi cola, a la vez que me salían ruegos de niña que sonaban como gemidos de mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Noooo… Déjeme, don Tito… No siga, por favor…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Menea el culo, Cristina! ¡Menéalo más, como le gusta a tu macho! —acezaba el viejo canalla. Había cogido con sus manos mis caderas, y las guiaba en su frenético vaivén—. ¡Sacude tu rico culo, vecina!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No podía dejar obedecerle, y empecé a mover furiosamente mi cola de lado a lado. Me volvía de vez en cuando a mirarlo: el viejo estaba en la gloria, y el morbo de la situación me tenía también a mí al borde del éxtasis. Cada vez me daba más palmadas en el trasero, yo sentía dolor y placer al mismo tiempo, y el dolor me hacía sentir más gustosamente abusada, a merced de ese vejestorio deseoso de carne joven que me había atrapado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Don Tito se apartó un momento, y empezó a hurgar bajo mi tanga buscando con sus dedos mi orificio anal y mi vagina. Yo dejé de moverme, en espera de lo que iba a seguir haciendo, cuando de pronto sentí una palmada mucho más violenta en las nalgas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué te pasa? ¡No te he dicho que pares, sigue meneando el culo, puta! ―vociferó el viejo, y me asestó en la cola una segunda palmada igualmente violenta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cómo me llamó, don Tito…? —balbuceé, mientras reanudaba descontroladamente el meneo de mi trasero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Te llamé puta! ¡No eres más que una puta calentona! ¡Y además con un cuerpazo de diosa, putona! ¡Ya verás cómo voy a clavarte, y en la cama de tu lindo marido!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El dolor, mezclado con la increíble excitación que me provocó haberlo oído llamarme puta, desencadenó un orgasmo que se desbordó en fuertes gemidos y el estremecimientos de todo mi cuerpo. Mientras me recorrían esas múltiples sensaciones, la idea de que aquel viejo hablara mal de Pablo me excitaba aun más… Así mi primer orgasmo de ese día fue doblemente largo e intenso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ahhhhhh!&#8230; Déjeme, don Tito&#8230; Uuuuyyyy&#8230; ¡Suélteme, por favor…! —gemía y suplicaba, mientras aquel descomunal orgasmo anulaba toda mi cordura. Además, el maldito seguía castigando mis nalgas con deliciosos palmazos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Exhausta y adolorida, me quedé quieta sobre el mueble de cocina. Don Tito se había dado cuenta de que acababa de tener un orgasmo, y ya no me exigía que meneara el trasero; se limitó a manosearme mientras recobraba el aliento. Yo tenía los ojos cerrados, y mi entrecortada respiración revelaba mi pasividad. El viejo se acercó y metió su lengua en mi boca, jugó un momento ahí adentro y luego lamió mis labios y mis mejillas. De repente me arrancó la falda de un solo tirón y la tiró al suelo; yo reaccioné y me alejé un metro de él.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahí estaba yo, frente a mi vecino, casi desnuda de la cintura hacia abajo, con una blusa mojada que se pegaba a mis pechos, y parada sobre unas sandalias de altísimos tacos. De seguro me veía increíble, porque la sonrisa del viejo era enfermizamente caliente. Empezó a acariciarse su bulto ante mí; el hecho de que ese viejo se estuviera masturbando mientras miraba mi cuerpo me provocó el regreso de esos cosquilleos que creía extintos después del orgasmo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Estás bien buena, Cristina, qué suerte tiene el hijo de puta de tu marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por favor, no se refiera a Pablo de esa forma ―le pedí, sin mucha convicción.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ja ja… ¿Cómo quieres que lo llame?&#8230; Ah sí, cornudo, esa es la palabra; es un hijo de puta cornudo ―se burló, mientras seguía masturbándose y me miraba a los ojos―. Acabo de manosear como se me antojó a su linda esposa, incluso le metí la lengua en la boca, y ahora la tengo a poto pelado ante mí mientras me corro una rica paja&#8230; Mírate ese culo, esas piernas… ¡Estás de lujo!&#8230; Ahora quiero que desfiles para mí, que me muestres ese cuerpazo&#8230; ¡Anda, camina como una puta! ¡Caliéntame!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Dudé. Me decía cada vez peores groserías, pero a mí me sonaban como estallidos de lujuria. Me sentía realmente una puta, una perra que quería seguir jugando, o que jugaran con ella. “Perdóname, Pablo”, dije mentalmente, “perdóname por no poder evitar entregarme como una cualquiera”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Caminé lentamente frente a él. Le exhibí mis pasos mejor ensayados, mientras le miraba el bulto en sus pantalones. Sabía que le gustaba que se lo mirara, y a mí me gustaba calentarlo; calentar a ese viejo que nunca había tenido una mujer como yo. Cuando pasaba casi rozándolo, el miserable no perdía la oportunidad de asestarme una nalgada o manosearme los pechos, a la vez que me insultaba llamándome puta, perra, culona… Yo estaba en el cielo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eso, señora Cristina, menéele el culo a este viejo caliente&#8230; Muéstreme lo arrastrada que puede ser la esposa de mi vecino&#8230; Qué maraca más rica&#8230; ¡Y va a ser mía! ¡Cómo se me antoje! ¿No es así, putona?&#8230; ¡Vamos, respóndeme!―. El viejo se cruzó en mi camino, me tomó de las caderas y me clavó su bulto en la pelvis, mirándome a los ojos con una perversa mueca de satisfacción estampada en la cara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, sí… don Tito&#8230; Mi cuerpo será suyo&#8230; y como a usted le plazca ―respondí, sumisa ante el avance de sus manos, que metió bajo mi blusa para sobajearme los pechos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Te gusta que te manoseen las tetas, putinga? —preguntaba apretándome los pezones, que estaban increíblemente duros.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, don Tito, me gusta mucho que me manoseen las tetas―. Llamar tetas a mis propios senos me excitó aún más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y te gusta que te las chupen? ¿Quieres ser mi vaca lechera? —siguió, atrapando uno de mis pezones con la boca y dándole veloces lengüetazos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Me encanta, don Tito… Quiero ser su vaca, y ver cómo se traga mi leche&#8230;</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al oír mi respuesta, el viejo empezó a succionármelos con tanta fuerza que parecía una ventosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Que lindas tetas Cristina, seguro a tu estúpido marido también le gustan― farfulló de repente en medio de su faena―¿le gustan?, ¿Cuánto le gustan?.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si, a él le gustan mucho Don Tito―respondí sin perder de vista su lengua, ofreciéndole mis senos para que los gozara alternativamente―se siente orgulloso de ser el único que las ha besado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al escuchar esto, abrió la boca hasta un grado increíble, y empezó a succionármelos como si quisiera tragárselos enteros. Yo me sentía ascender a un nuevo orgasmo, Pablo jamás había llegado a eso, me sentía muy deseada y sucia a la vez por permitirle a aquel viejo asqueroso manosearme de esa manera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al cabo de unos minutos, soltó mis tetas y puso sus manos en mi trasero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahora tu culo, yegua… Tienes un culo de ensueño, putona&#8230; y soy yo el que te lo va meter hasta el fondo, no el marica de tu marido&#8230; ¿Te gusta que te perforen el culo, perra?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me encanta, don Tito&#8230; me encanta que me abusen por el culo… y me encanta calentar a viejos como usted…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En eso sentí que metía un dedo en mi orificio anal, y solté un grito de dolor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡Ayyyyy! ¡No, eso no&#8230;! ¡Por favor, suélteme don Tito, duele mucho! —gemí como una bebita asustada. El viejo retiró su mano, pero volvió a asestarme sus violentas y adorables palmadas en las nalgas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Qué puta eres, Cristina&#8230; —me decía—. Te quejas pero te encanta, como a todas las perras… Aunque tú eres una puta preciosa… Mira esa carita de ángel&#8230; qué labios más carnosos&#8230; perfectos para chupar… ¿Te gustaría chupar un rico dulce como premio?―. Se desabrochó el cinturón, y cuando iba a hacer lo mismo con el pantalón, se detuvo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Mejor no, búscalo tú, putita&#8230; Y cuando lo encuentres, demuéstrame cuándo te gusta comértelo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Hasta ese instante no me había dado cuenta cabalmente de lo ansiosa que estaba por portarme como una verdadera puta. Ahora había llegado el momento, el momento de actuar en vez de dejarme hacer, y mi excitación iba en franco aumento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Adelante, señora Cristina, busque lo que les gusta a las perras como usted. Le aseguro que está bien duro y muy caliente… como usted se merece… ¡Anda, putona, sácalo y lámemelo bien!―. El viejo había percibido el morbo que me provocaba que me dijera puta, y lo aprovechaba diestramente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo estaba asustada. Sabía que era muy diferente dejarme usar pasivamente por un hombre que asumir un rol activo para causarle placer, y más si se trataba de ese canalla a quien mi marido detestaba. Pero un impulso más fuerte que yo me impelía a seguir adelante, y la idea de tomar ahora la iniciativa me producía una tremenda efervescencia. Palpé lentamente el bulto que palpitaba bajo sus pantalones. El viejo soltó un suspiro lascivo cuando descorrí la cremallera e introduje mi mano hasta tocar su miembro desnudo. Era largo y grueso, duro como un músculo en máxima tensión. Lo recorrí con mis dedos; el viejo me miraba con una mueca enferma, que sin saber por qué me hacía sentir más hembra que nunca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Le bajé el calzoncillo y dejé todo el paquete a la vista. Cogí con una mano sus peludos testículos y los acaricié suavemente; apreté con la otra su verga y empecé a masturbarlo lo mejor que podía. Nunca lo había hecho con Pablo, así que actuaba por instinto; tampoco había tocado otro pene fuera del suyo, y el del viejo me impresionaba enormemente. “Un macho bien dotado”, me dije, y decidí disfrutarlo sin reservas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras lo masturbaba me cogió de los hombros, me atrajo hacia él y volvió a meter su lengua en mi boca. Me beso con hambre, buscando frenéticamente mi lengua con la suya y chupándome los labios. Era asqueroso pero excitante, y dejé que el viejo me lamiera como un cachorro ansioso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La piel de su verga estaba tan tensa que la sentía casi tersa; su glande goteaba un líquido viscoso que se me escurría entre los dedos. Parecía que su miembro crecía cada vez más, a tal punto que el de Pablo me parecía cada vez más insignificante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Don Tito suavemente me oriento hacia la mesa de la cocina. Yo, sin soltar su miembro, lo seguí; ya estaba perdida, estaba hambrienta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahora me lo vas a chupar perra&#8230; le vas a chupar el pico a tu vecino― anunció Don Tito cuando me obligaba a inclinarme sobre la mesa. Me dejo apoyada en un vértice de esta, dejando mi cabeza a la altura de su miembro y mi cola en pompas por el otro lado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—No te impacientes, ya te voy a dar tu dulce —me dijo—. Pero antes tienes que ponerte en pose para recibirlo como se merece —y me asestó una fuerte palmada en la cola. ―¡Párame bien el culo, perra, bien parado, para mostrarme lo ansiosa que estás de comértelo!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Obedecí automáticamente, y paré mi cola lo más que pude. Imaginé la posición en que estaba y en la que el viejo me veía: mi espléndido cuerpo ofrecido por completo a su deseo, suplicando ser usado como el viejo quisiera. Era una imagen abyecta, servil, y sin embargo embriagadora.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué diría el imbécil de tu marido si te viera así, rogándome con el culo que haga contigo lo que se me dé la gana? ¿Qué diría si te viera con mi verga en la boca, putinga?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo estaba sumida en el delirio, y contesté sin saber lo que decía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pablo nunca me ha pedido que se la chupe, don Tito ―dije, lamiéndole el glande y absorbiendo con mi lengua unas gotas de aquel fluido destinado a lubricar―. Su verga será la primera que saboree mi boca&#8230; y su semen el primero que me trague…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No podía creer lo que acababan de pronunciar mis labios; me asombraba haberlo dicho con esa mezcla de inocencia y sensualidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No me explico como pude sentirme tan tentada, pero no pude evitarlo; mi lengua recogió el viscoso fluido acumulado en el hinchado y palpitante glande del viejo. Estaba delicioso, era elixir de macho y supe que jamás dejaría de degustarlo, tragándome todo lo que aquel carnoso recipiente estuviera dispuesto a regalarme por mis cariñosos besos y lamidas. Después de limpiar su morada cabeza repase su miembro con la lengua, recorrí de la base de su gruesa verga hasta su protuberante glande, tenía sabor a sudor de hombre; me gustaba, el sabor a calentura de viejo me gustaba. Bañe su mástil con saliva y sus enormes testículos también, que me sumergiera entre su vello para alcanzar sus testículos con mi lengua le encantaba, podía sentirlo en los apretones o palmadas en mi cola. Cuando volví sobre su brillante cabeza, buscando cazarla con mis labios, cada una de sus manos apretó la respectiva nalga que tenía atrapada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué te parece tu dulcecito, putilla, te gusta? —decía el viejo, emitiendo quejidos de placer. De vez en cuando me lo sacaba de la boca y me daba sonoros golpes con el glande por toda la cara. O me cogía la cabeza con las manos y me lo hundía una y otra vez hasta la garganta, como si me estuviera follando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡Chupa con más ganas, perra, suplícame que te culee por la boca! —bufaba el viejo, embistiéndome con su descomunal miembro. ¡Cuando te tenga bien enseñada me lo vas a hacer delante de tu estúpido marido!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Le chupé la verga como un animal hambriento. Me la metía en la boca hasta donde podía, y masturbaba con la mano lo que quedaba fuera. Mi lengua le lamía el glande sin descanso, deseosa del fluido que emitía con cada palpitación. Estaba delicioso, era elixir de macho, y me dije que quería disfrutarlo muchas veces, que nunca me cansaría de tragar esa sustancia fálica que transfiguraba mi condición de hembra.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Después de un rato, disminuí deliberadamente el ritmo, para ver cómo reaccionaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué pasa, perra? —exclamó irritado, golpeándome violentamente las nalgas con un estruendoso palmazo—. ¿Quién te dijo que pararas? ¡Sigue chupándome el pico, y hazlo mejor que antes, es tu oficio, puta de mierda!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Obedecí. Había logrado lo que esperaba: era una puta, y merecía que me trataran como tal.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al insultarme así, al mandarme como si fuera mi amo, me hacía sentir más deseable… más rastrera… más ansiosa de servidumbre sexual… Mientras chupaba no podía evitar emitir sonidos de gemidos atrapados en mi garganta. Mi calentura se notaba; y más crecía cuando disminuía el masaje en su verga, con la intención de que me volviera a gritar, a insulta y a darme palmazos como a una niña que no cumple con su tarea. Entretanto, el viejo proseguía su obsesivo monólogo contra Pablo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Pronto veré al tarado de tu marido mirando cómo se lo chupas a su odiado vecino… Cómo me culeo a su rica esposa por la chucha y por el culo… ¡Eso es, cómete tu dulce, putona!— gritó, sabiendo que yo me calentaba más con sus insultos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto aparto su delicioso miembro y se paró detrás de mí. Me arranco la tanga de un tirón. Di vuelta la cabeza y lo miré; estaba contemplando mi culo desnudo, y se lo ofrecí meneándolo descaradamente. El soltó un bufido de satisfacción y metió una mano en mi húmeda vagina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Cómo te gusta provocar, culona —masculló―. Y estás toda mojada, como perra en celo… —agregó, introduciendo la punta de su verga en mis labios vaginales.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Un morboso impulso me incitó a fingir que no quería.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No, don Tito, no me la meta, por favor, no me viole! —imploré, sabiendo que no me haría caso; me encantaba que no le importara si yo quería o no.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Estás desesperada por que te la meta, putilla… Pero no creas que lo voy a hacer así no más&#8230; Tendrás que pedírmelo, suplicarme que te penetre… Anda, pídeme que te atraviese, no te la voy a meter hasta que me lo ruegues…—dijo el desgraciado, mientras paseaba su glande por la entrada de mi vagina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estuvo un rato así, provocándome con el glande y diciéndome obscenidades. Yo ya no aguantaba las ganas de que me lo metiera. Me volví a mirarlo; su sonrisa perversa me sumía en un absoluto descontrol.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por favor, don Tito&#8230; Uuuyyy qué rico… —balbuceé—… Desquítese de Pablo follando a su mujer&#8230; Quiero sentir cómo abusa de mí&#8230; Uuuyyyyy&#8230; Quiero sentir su gruesa verga adentro&#8230; Por favor, don Tito, hágame gozar y seré suya para siempre&#8230; Desahogue su calentura en mi cuerpo&#8230; ―y lo miré a los ojos en forma suplicante, mientras me acariciaba el culo y lo meneaba como sabía que a él le gustaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo esperó hasta que terminó mi súplica; se agasajó contemplando mi excitado rostro mientras le rogaba que me clavara su verga. Me tomó de las caderas, y entonces, como si no fuera suficiente, le solté:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La suya es mucho más grande que la de Pablo, mucho más sabrosa que la de mi marido. Humíllelo metiéndomela hasta el fondo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Oí su risa malsana. Aseguró la punta de su miembro en la entrada de mi vagina, y de una sola embestida me lo clavó entero. Sentí que se abría paso hacia adentro como un taladro implacable, y lancé un grito desgarrador. Se quedo así un momento, con todo ese pedazo de carne dentro de mí. Nunca me había sentido poseída a tal extremo; el dolor y el placer se confundían en una exquisita experiencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto inició un violento mete y saca: me tenia cogida de las caderas y me atraía hacia él con la misma furia con que me estaba clavando. Pude sentir que su barriga oprimía mi cintura cuando se inclinó para agarrarme las tetas. Estaba sobre mí, follándome salvajemente. Yo tenía las piernas juntas, los codos apoyados sobre la mesa, dándole espacio para que manoseara a su gusto mis pechos. Me tenía montada como a una potranca, y volví a experimentar el tortuoso impulso de fingir desagrado y dolor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Aaayyyyyy!&#8230; ¡Me duele!&#8230; ¡Me está partiendo, don Tito!&#8230; ¡Deténgase, déjeme! ¡No puedo hacerle esto a Pablo! ¡Viejo asqueroso, deje de violarme!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡Cállate, maldita puta, apenas estoy empezando! —vociferó—. ¡Qué rico metértela entera! ¡No dijiste que serías mía si te la metía así? ¡Ahora eres mía para siempre! ¡Mañana, cuando el pelotudo de tu marido esté trabajando, yo vendré a culiarte otra vez! ¡Y me estarás esperando! ¡Me esperarás porque estarás hambrienta, hambrienta de mi pico y de mi semen!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, don Tito&#8230; ¡Aaaayyyyyy!&#8230; Lo voy a esperar&#8230; ¡dispuesta a todo!&#8230; Voy a ser su perrita&#8230; Uuuuyyyyy&#8230; La mujer de Pablo… ¡va ser su perraaaa!&#8230; ¡Aaahhhh!&#8230; ¡Aaaaahhhhh!&#8230;</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Entonces estalló mi segundo orgasmo. Fue largo e intenso, pero no me dejó satisfecha. Necesitaba más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo se detuvo. Sin embargo, no me lo sacó; se quedó quieto detrás de mí, con su enorme miembro clavado hasta mis entrañas. Yo sentía palpitar adentro aquella monstruosa culebra que parecía tener vida propia, y no tardé en empezar a moverme con un suave vaivén; ahora era yo la que me estaba comiendo su falo. Un momento después, el viejo respondió con nuevos ímpetus, invadiéndome hasta que mis nalgas se pegaban a su ingle, angustiadas por no poder seguir engullendo más allá. Sentía el áspero roce de su miembro al salir de mí y al volver a entrar, y también el de su peludo cuerpo en mis muslos y en mi cola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eso, puta calentona&#8230; Comételo con la chucha&#8230; Muéstrame que mi pico te vuelve loca… ―murmuraba el viejo mientras me manoseaba las tetas―. Ahora más rápido&#8230; Aaaahhhhh… ¡Más rápido, te dije!―. Y volvió a castigarme las nalgas con violentas palmadas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aceleré mis movimientos. Ahora él no se movía; era yo la que, bajo el yugo de sus golpes, devoraba su verga en un mete y saca descontrolado, mete y saca, mete y saca, mete y saca… como una yegua complaciendo a su jinete. Me daba cuenta de que le encantaba mirar cómo yo misma me daba placer recorriendo de entrada y salida su enorme miembro con mi vagina. Sabía que gozaba viendo cómo me dejaba golpear para que siguiera penetrándome, manteniendo su falo dentro de mí. Sentirme su puta, oírlo insultarme e insultar a mi marido, me inundaba de una histeria mórbida y gloriosa. Mi único control se reducía a dejar que abusara de mi cuerpo, con tal de que siguiera usándome como quisiera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De repente me lo sacó y se apartó de mí. Sentí un gran vacío entre las piernas, me volví para saber qué hacía, y me asusté al verlo subiéndose los pantalones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Siga, don Tito, por favor… siga abusando de mí… ―supliqué jadeante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me asestó una mirada malévola, mientras me apuntaba con su monstruoso miembro reluciente de nuestros fluidos y lo hacía girar, para hacerme sentir que ahora yo estaba completamente sometida a las órdenes de ese falo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Voy a seguir culiándote en tu cama, puta, ahí donde duermes con tu tonto maridito ―dijo, como si fuera el dueño de un harén dirigiéndose a una de sus esclavas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por favor, don Tito, no nos humille así… Haga lo que quiera conmigo, ¡pero no humille a Pablo! ―rogué, haciendo ademán de arrodillarme ante él, así como estaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡No te arrodilles, puta! —me gritó―. ¡Ya lo harás, cuando yo te lo mande!—. Me alzó hasta él, me cogió el rostro, y con dos dedos me torcíó la boca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Sólo por el placer de humillarlo me voy a culiar a su esposa en su propia cama —me dijo con voz sibilante—. Y la voy a hacer feliz mientras la penetro, porque está hambrienta de mi pico. Así que la muy perra me seguirá ansiosa a su dormitorio. Y no te demores, yegua, o la leche que tengo guardada para ti la voy a regar en tu almohada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En tres segundos su desgarbado cuerpo desapareció por el pasillo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No podía creer que aquel viejo me hubiera dejado botada en la cocina, seguro de que yo no podría aguantar el deseo de seguirlo. Quería humillar a Pablo follandome en nuestra cama matrimonial. Mi blusa estaba pegada a mi cuerpo, empapada con mi propio sudor. Recogí mi minifalda y pensé ponérmela, ir a buscar al maldito viejo y sacarlo de mi casa. Pero me dije que podría molestarse y hacerme algo peor; pese a su edad, era mucho más fuerte que yo. Pese a todo, la situación no dejaba de calentarme. Parecía una drogadicta privada de droga, dispuesta a hacer cualquier cosa para obtenerla. Al fin reconocí que necesitaba esa gran verga, y decidí ir por ella sin que importaran las consecuencias.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando entré en el dormitorio me sentí como una niña que asiste por primera vez a clases. Estaba nerviosa y asustada, pero aun así adopté una actitud sensual y provocativa. Él viejo se hallaba desnudo sobre la cama; sólo conservaba puestos, como un detalle revelador de su irremediable vulgaridad, unos horribles calcetines que al parecer no pensaba sacarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaaahhhh… —exclamó al verme aparecer—. Parece que la señora no era tan decente como pretendía. Le importa un carajo ponerle los cuernos a su lindo esposo mientras ella se pueda comer un buen pedazo de pico bien parado, revolcándose en su propia cama—. Hablaba en tono burlesco y malévolo, mientras blandía su enorme miembro apuntándome con él—. Ven acá, putona, ven a saludar a tu nuevo dueño —y se lo señaló con un dedo, mientras seguía blandiéndolo—. De ahora en adelante vas a hacer todo lo que te ordene, tu mayor deseo será complacerlo y hacerlo gozar como te lo mande cada vez. Así que acércate meneándole el culo y las tetas, porque quiere calentarse bien contigo antes de perforarte hasta hacerte aullar de placer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me acerqué como me lo había ordenado. Cuando estuve parada ante él, se incorporó y me arrancó de un tirón los botones de mi blusa, dejando a la vista mis anhelantes pechos. Lucían más soberbios que nunca, coronados por preciosos y erectos pezones; yo misma admiré su perfección, y la idea de ofrendárselos a aquel perverso viejo me inundó de rabia, pero después de morboso ardor. Los atrapó con sus manos y empezó chuparlos como un becerro hambriento. Iba de uno a otro, alternando la succión con feroces lengüetazos y chorros de saliva que esparcía por mi piel, y que pronto usó para embadurnarme la cara. De repente se le ocurrió una grotesca maniobra: me chupaba un pezón haciendo toda clase de ruidos obscenos; luego me chupaba el otro y los repetía; por último, me metía desaforada-mente la lengua en la boca, descargándome dentro sonidos que sonaban como expulsiones acústicas de su propio cuerpo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo respondía a todo en un estado de envilecido aturdimiento. Estaba completamente a su merced, casi deseando que me hiciera cosas peores todavía. Endurecía mi lengua para sentir más ásperamente la suya, que entraba hasta mi garganta tan rígida como su miembro; me tragaba ávidamente su saliva rancia y salobre, me estremecía al restregarme contra su piel peluda y húmeda, al percibir el extraño olor que despedía su cuerpo. Me parecía que estábamos pegados de frente, como desesperados por fusionarnos, por hacernos uno.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡Me cansé de chuparte las ubres! —gritó de súbito, y se apartó bruscamente. Me tomó de un brazo y me tiró sobre la cama. Caí de espaldas, dominada e indefensa. Se quedó inmóvil, mirando mi cuerpo con esa mueca enfermiza que tanto morbo me provocaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Abre bien las piernas, puta, y muéstrame toda tu chucha…—me ordenó con voz ronca—. Ahora me vas a rogar… Me vas a implorar que te culee como a una perra de la calle en esta misma cama donde duermes con tu marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo sabía ya que le encantaba verme suplicándole como una hembra desesperada. Había aprendido a fingir a la perfección, así que repetí las palabras y los gestos rituales, que ahora me salían automáticamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Por favor, don Tito… Poséame aquí&#8230; en esta cama que comparto con Pablo… ―. Abrí las piernas y flecté las rodillas, exponiendo por completo mi sexo—. Vamos, viejo, culéeme&#8230; viólese a la hembra de su vecino&#8230; Desquítese conmigo&#8230; yo respondo por mi marido…― cerré los ojos y voltee mi rostro, con eso me sumergí en las lujuriosas sensaciones que provocaran mis propias palabras, y le di a entender que el exuberante cuerpo desnudo sobre la cama: el cuerpo de la mujer del cabrón de su vecino, era suyo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Basto sentir que subía a la cama, para que yo empezara a gemir delicadamente. Metió su glande en mi vagina, y se me escapó una exclamación agónica; me pareció que me perforaba una barra de acero candente, abriéndose paso con ferocidad de tiburón ahí donde el disminuido pene de mi marido entraba fácilmente. Solté el aire retenido en una explosión de angustia ante el voluptuoso dolor que me infligía el poderoso armatoste que me acometía. Su fofa barriga aplastaba mi vientre, haciendo patente nuestra diferencia de edad, su respiración era pesada y espasmódica, el mete saca cada vez más rabioso… Estaba recibiendo una follada descomunal, y mi tercer orgasmo no tardó en llegar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Seguí respondiendo a las clavadas del viejo, que buscaba su propio clímax. Tenía los ojos cerrados y el rostro horriblemente contraído, como el de una gárgola. Miré hacia el velador, y vi la fotografía de mi boda: yo de novia, y Pablo sonriente junto a mí, como si fuera testigo de mi traición, de mi voluntario y total sometimiento a su odiado vecino. Me quedé pegada en esa imagen; sentí lágrimas que brotaban de mis ojos y corrían por mis mejillas. Lágrimas de culpa, de culpa por no poder decirle que no a aquel viejo que se saciaba conmigo. Le pedí perdón a Pablo, pero volví a incitar a ese desgraciado que me estaba convirtiendo en lo que yo secretamente deseaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Más fuerte, viejo asqueroso… Perfórame más duro, viejo maldito ―lo apremié, gimiendo y sollozando, mientras las lágrimas inundaban mi cara y mi cuello. Se dio cuenta de que ahora no fingía, y eso le provocó una risa burlona.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No sacas nada con llorar, putinga —me dijo—. Es demasiado tarde, y ya no hay vuelta atrás. Ahora no eres más que una perra sumisa a los deseos de cualquiera&#8230; de cualquiera que quiera montarte donde sea…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El muy maldito me beso, presionando mi cuerpo contra el suyo, lamiendo mi boca como un poseso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Toma puta&#8230; ¡¿Así te gusta que te la claven?!&#8230; aaaarrrrgggg&#8230; eres una niña mala que merece que le destrocen el culo a cachetazos―balbuceaba ―. ¡Eso perra!&#8230; me encanta ver como te saltan las lágrimas&#8230; grita puta, sigue gritando&#8230; llora todo lo que quieras… muéstrame como te duele que te parta con mi buena vergota… como te gusta que te la meta toda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sus insultos, sus golpes y sus miradas de desprecio me tenían en éxtasis. Arremetía contra mi cuerpo con ansias atravesadas de deseo y de odio. De súbito me escupió en el rostro, y yo lo incentivé recogiendo con un dedo los restos de esa humillación, poniéndolos en mi lengua y tragándomelos ávidamente. Era su perra, y con tal de que me siguiera follando era capaz de eso y más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto se detuvo deliberadamente, y contempló cómo yo seguía moviéndome al ritmo de sus embistes, transportada de lujuria.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Siga, don Tito, por favor&#8230; ―le rogué entre jadeos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Quién te entiende, puta loca? —me increpó incrédulo—. Hace un momento llorabas a moco tendido, y ahora me pides más castigo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Miré la foto de mi matrimonio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No lloraba por mí, don Tito… sino por Pablo…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Te da pena tu cornudo hijo de puta?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me dio pena lo que le estoy haciendo. Pero lo que más me dolió fue darme cuenta de que él nunca podrá darme lo que usted me ha dado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Ah sí?―. El viejo agarró su portentoso miembro, aún erecto―. No tiene uno como éste, ¿verdad?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, don Tito, ni de cerca…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pues ahora vas a probar lo mejor, perra…—. Me dio vuelta, me tomó de las caderas, me hizo parar la cola y me introdujo la punta de su índice en el ano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Alguna vez tu marido te lo metió por el culo? —preguntó, haciendo girar su dedo en mi orificio anal y provocándome deliciosas sensaciones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, don Tito ―respondí, imaginando anhelante lo prodigiosa que podía ser esa experiencia—. Me lo pidió dos veces, pero me negué. Quizás me estaba guardando para usted… —añadí, sabiendo que eso le iba a hacer subir a las nubes su enorme vanidad. ―Así que te guardabas para tu dueño, culona, ¡así me gusta! —profirió con infantil regocijo—. Entonces te voy a premiar. Prepárate para el trancazo final…— y empezó a acomodar su glande en mi ano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No! ¡No lo haga, don Tito, por favor, tengo miedo!— supliqué, envuelta en deseo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estaba asustada de verdad. Aunque sabía ya por experiencia que el dolor podía causar un inmenso placer, me atemorizaba la idea de intentar una experiencia desconocida, que podía ser terrible, y causarme daños inimaginables. Pero el viejo, como siempre, no me hizo ningún caso. Me aferró firmemente de las caderas, para que no pudiera escapar, y empezó a hundirme su verga en el culo. En cuestión de segundos sentí cómo su miembro rompía la resistencia de mi anillo rectal y seguía su inexorable avance hacia adentro. Me quedé inmóvil ante el empalamiento que me estaba infligiendo, sintiendo crecer en mis entrañas un oscuro dolor, cuyos alcances ignoraba. En el momento en que el viejo terminó de enterrármelo y sus peludos testículos se pegaron a mis nalgas, me atravesó una descarga de indecible sufrimiento que me hizo emitir un alarido de horror. Pero esa horrible tortura duró dos segundos, y luego empezó a ceder, mezclándose con un flujo de voluptuosidad que aumentaba progresivamente, hasta que todo se convirtió en una experiencia híbrida increíblemente intensa. El viejo se dio cuenta de lo que me estaba ocurriendo, y fue acelerando sus embestidas hasta convertirlas en tremendas estocadas. Mis gritos recogían alternativamente las sensaciones de sufrimiento y éxtasis que me recorrían entera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¡Aaayyyyy, Aaahhhh!&#8230; ¡Qué dolor más ricoooo! ¡Me estás partiendo el culo, viejo de mierda!&#8230; ¡Pero sigue, sigue!… ¡Culéame más fuerte, más fuerteeeee, viejo cabrón!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me quedé exhausta sobre la cama. Sus últimas nalgadas me ardían en el trasero, la foto de mi matrimonio me decía que había sido ultrajada hasta el grado extremo del envilecimiento. Ese maldito viejo me había poseído a su gusto, y ahora se vestía para dejarme tirada como un desperdicio, envanecido de su aplastante triunfo y de la tremenda afrenta que le había infligido a mi marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Recogió las llaves de mi casa, que estaban sobre el velador. Miró mi foto de matrimonio, la levantó para verla mejor. La mueca perversa volvió a cruzarle la cara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Nada me gustaría más que mirar la cara que pondría tu marido si te viera bañada en mi semen como una perra asquerosa ―dijo guardándose las llaves―. Pero prefiero que por ahora no se entere, que siga manteniendo esta casa, alimentándote, vistiéndote y pagando tus emperifollamientos… para que me complazcas a mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me senté en la cama y me cubrí con las sábanas. Se acercó, me tomó de la barbilla y levantó mi rostro para que lo mirara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me llevo las llaves porque en adelante voy a entrar en esta casa cuando me dé la gana ―dijo con su voz carrasposa―. Volveré después de almorzar; quiero que te des un baño y me esperes en esta misma cama&#8230; con tu ajuar de novia puesto. ¿Oíste, puta? ―Se quedó mirándome, esperando una respuesta―. ¿Oíste, puta de mierda? —volvió a preguntar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, don Tito…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me lanzo un beso y salió del dormitorio. Escuché cerrarse la puerta de la calle. Me llevé las manos a la cara y lloré; de vergüenza, de rabia, de impotencia, no lo sé; sólo sé que lloré desnuda sobre la cama. Sentía secarse el semen sobre mi piel, y mi ano me ardía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me levanté, me di una ducha y me dispuse a hacer mis maletas. Era pasado el mediodía, y el viejo había dicho que volvería después de almorzar. Tenía por lo menos dos horas para empacar e irme de ahí. Llamaría a Pablo desde la casa de mis padres para que me fuera a buscar allá, y le pediría que nos fuéramos lejos, sin explicaciones de por medio, o dándole la primera que se me ocurriera. Él lo haría por mí, me amaba y se iría conmigo sin mayores preguntas; sería un gesto romántico muy propio de él.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras empacaba encontré mi ajuar de novia; las palabras del viejo resonaban en mi memoria. Sin saber cómo, mi apuro se fue desvaneciendo; ahí estaban las blancas prendas que habían cubierto mi cuerpo en mi noche de bodas: mi portaligas, mi brassier de encaje y el diminuto colaless se deslizaron por entre mis dedos; estaban suaves, y recordé lo mucho que le gustaban a Pablo. Decía que me veía preciosa, que podía estar muy cansado, pero que al verme con esas prendas adornando mi cuerpo, no aguantaba las ganas de hacerme el amor. Cuando me di cuenta ya las tenía puestas, y estaba frente al espejo. Mi fina cintura se prolongaba en unas fabulosas caderas, mi portaligas ceñía mis nalgas y aseguraba mis medias en mis muslos. El brassier juntaba mis pechos, generando una gloriosa vista del escote. Me extrañaba no haberme detenido nunca a admirarme en mi tenida nupcial, y seguí unos momentos contemplándome en el espejo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cambié las sábanas y me introduje en la cama. Sentía mi ajuar ciñendo mi cuerpo. Me recosté de lado, dando la espalda a la entrada del dormitorio, y esperé. Sabía que Pablo no llegaría hasta las siete; estaba trabajando, y nunca sospecharía lo que su mujer estaba haciendo en su ausencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto oí sonar la cerradura de la puerta de entrada. Después unos pasos avanzaron por el pasillo y entraron en el dormitorio, hasta detenerse junto a la cama. Por último, la sábana que me cubría fue arrancada de un tirón y quedó a mis pies. Un sonoro y burlón “guauuu” resonó en la habitación. Sentí el peso de otro cuerpo en la cama, y luego una áspera mano me cogió de la cintura.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">─Ven acá, putona…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No voy a detallar lo que don Tito me hizo esa tarde. Me penetró, me insultó, me golpeó, me perforó por delante y por detrás. “Te voy a hacer un hijo macho como yo, puta”, me gritó cuando me inundaba con su semen. Después me obligó a chupárselo durante cerca de una hora, hasta que acabó en mi boca y en mi cara, haciéndome sentir más puta que nunca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así me convertí en una sumisa y obediente perra para el viejo. Me hizo hacer muchas cosas que ni en mis peores sueños había imaginado. Quizás otro día relate algunas; ahora debo arreglarme para cumplir lo que me ordenó hacer hoy: ayer le conté sobre el vejete indigente del parque y sobre lo que había despertado en mí. “Vas a premiar a ese iluminado”, fueron sus palabras.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;">
]]></content:encoded>
					
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		<title>&#8220;Una bella mujer y su tío&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Oct 2020 12:43:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Resumen: Cristina es una mujer profesional e independiente felizmente casada. Su vida familiar sufre un drástico cambio cuando llega a vivir a su casa tío Antonio, padre adoptivo de su marido, Miguel. Al principio todo resulta de las mil maravillas. Sin embargo, cuando Cris empieza a sospechar que alguien ha hurgado en sus cosas, todo empieza a descomponerse. La bella mujer no tardará en descubrir un secreto que alterará su vida en forma irreversible. Por su parte, tío Antonio, pondrá todo lo que ama en riesgo por la insana obsesión que siente por su hermosa nuera. Bájatelo pinchando en el [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="http://relatosdantes.com/"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17324" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/relatos-dantes-1024x273.jpg" alt="" width="1024" height="273" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Cristina es una mujer profesional e independiente felizmente casada. Su vida familiar sufre un drástico cambio cuando llega a vivir a su casa tío Antonio, padre adoptivo de su marido, Miguel. Al principio todo resulta de las mil maravillas. Sin embargo, cuando Cris empieza a sospechar que alguien ha hurgado en sus cosas, todo empieza a descomponerse. La bella mujer no tardará en descubrir un secreto que alterará su vida en forma irreversible. Por su parte, tío Antonio, pondrá todo lo que ama en riesgo por la insana obsesión que siente por su hermosa nuera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"> </span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignright" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/7/3/A/8/F/B/Mrimagenesxxx/4F7.jpg" width="425" height="638" />UNA BELLA MUJER Y SU TÍO</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">CAPÍTULO 1</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Cristina, a quien todos llamaban Cris, era una mujer de treinta y seis primaveras muy bien llevadas. Tenía dos hijos, de nueve y doce años, y estaba casada con Miguel, el amor de su vida. Ella era dentista y él economista; mantenían un pasar económico bastante bueno para sus respectivas profesiones y sus vidas eran de lo más normales en todos los sentidos, hasta que todo esto ocurrió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris repartía su jornada diaria entre el trabajo y sus labores de madre. Toda la mañana, hasta la hora de almuerzo, se dedicaba a atender pacientes en su consulta particular. Luego, dependiendo del día y de sus ganas, decidía si almorzaba con sus padres, con Miguel, con amigas o simplemente sola en casa. Después se dedicaba a hacer ejercicio, spinning casi siempre, además de ir a nadar los martes y jueves. Ocasionalmente se tomaba la tarde libre y salía de compras. Recién, cerca de las seis de la tarde, llegaba a casa para esperar a los niños que llegaban del colegio, los ayudaba con sus deberes y les preparaba algo rico para cenar todos juntos en familia cuando llegaba Miguel.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era libre en todos los aspectos; no tenía jefe, se debía solo a sus pacientes, además, ella misma había restringido sus horarios de atención para tener la tarde desocupada. Su marido no era un hombre celoso por lo que no tenía que estar dando explicaciones, menos pedirle dinero pues ella manejaba sus ingresos con total independencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aparte era muy atractiva, tanto por su aspecto físico como por su carácter e inteligencia; cualidades que habían hecho a Miguel seguirla por tres años en la universidad hasta que ella aceptó salir con él. Era una mujer alta y sus medidas no tenían nada que envidiarle a ninguna modelo. No era raro que los hombres se voltearan a mirarla, sobre todo cuando cruzaba la piscina enfundada en su traje de baño de colores llamativos. Poseía un abultado busto, por lo demás muy bien cuidado después del paso de dos bebés. Se enorgullecía de mantenerlos con una forma y textura que envidiaría cualquier quinceañera. Y qué hablar de sus posaderas, voluminosas y firmes a un nivel que solo su respeto y amor por el ejercicio podían lograr.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Nunca le gustó hablar de su intimidad, ni siquiera con sus mejores amigas, por lo que nadie sabía a ciencia cierta como era su vida marital en esos aspectos tan secretos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Miguel, su marido, había perdido trágicamente a sus padres en un accidente automovilístico a la temprana edad de catorce años. Al quedar huérfano, se fue a vivir con la hermana de su padre y su marido, quienes, al no tener descendencia propia, lo criaron como a un verdadero hijo hasta que salió de la universidad. Su tía de sangre se convirtió en una madre sustituta excepcional y su tío en un amigo insuperable.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La vida de Cristina bruscamente cambió cuando la tía de Miguel falleció. Su marido, preocupado porque tío Antonio se quedara solo, le pidió encarecidamente admitir a su padrastro como parte de la familia. Cris no tuvo el corazón para negarse y aceptó recibirlo en la casa para que viviera con ellos. La idea no le molestó, pensó que sería bueno tener otro adulto responsable en casa, los niños tendrían a su abuelo cerca y Miguel un compañero con el cual compartir las transmisiones de los partidos de futbol y las películas de acción.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así fue como tío Antonio fue instalado en el dormitorio de visitas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El hombre pasaba los sesenta años y los aparentaba, pues tenía una barriga algo descuidada y una calvicie propia de su edad. Sin embargo, era un abuelo muy activo, los niños lo pasaban muy bien con él, los sacaba a pasear y les compraba todo cuanto quisieran; se notaba que los quería mucho. También Miguel disfrutaba de tenerlo en casa, se enfrascaban en largas charlas de múltiples temas y no era raro que compartieran una copita de vino en la noche, antes de acostarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Todo anduvo a las mil maravillas los primeros meses. Cristina ya se había acostumbrado a la presencia de tío Antonio cuando empezó a notar algo extraño. Su dormitorio, cuando llegaba en la tarde, parecía diferente a como ella lo dejaba en las mañanas, como si alguien hubiera hurgueteado en sus cosas; y lo más raro, en el cajón de su ropa interior. Ella era muy cuidadosa con sus prendas íntimas y recordaba muy bien el orden en que la dejaba. Las dudas la desconcertaron a tal punto que decidió hacer una prueba: dejó un diminuto hilo estratégicamente acomodado en el borde del cajón en cuestión, de tal forma que fuera imposible abrirlo sin que la pequeña fibra se callera. Si alguien llegaba a abrirlo ni se percataría de la trampa, pero ella sabría a ciencia cierta si sus sospechas eran fundadas o no.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignleft" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/2/2/C/6/E/1/Mrimagenesxxx/5D4.jpg" width="423" height="635" />Al día siguiente, luego de llegar del gimnasio, se fue directo a comprobar el cajón y el estado del hilito, si estaba en su posición o no. Efectivamente, alguien había caído en la trampa y Cris, inteligente como era, supo de inmediato que el único culpable posible tenía que ser tío Antonio. Pero, ¿cómo se lo decía a Miguel? No quería un escándalo y le afligía sobre manera el daño que podría provocar en su marido una acusación tan grave. Después de pensarlo mucho optó por mantener todo en secreto, por lo menos hasta conseguir pruebas más contundentes o una explicación que le devolviera la confianza en su suegro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina, pesé a las esperanzas de aclarar todo sin lastimar la mancomunidad de su hogar, ya no veía con los mismos ojos a tío Antonio. Es más, comenzó a distanciarse, mostrándose fría con él. También, sin ser plenamente consciente de ello, empezó a vigilar sus movimientos. Así se dio cuenta de muchos detalles en los cuales no había reparado antes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Por ejemplo, siempre cuando ella hacia ejercicio en casa, tío Antonio estaba en el living, ojeando el diario o leyendo un libro. Cristina se dio cuenta que él la observaba como disfrutando de su cuerpo envuelto en su ajustada tenida deportiva; casi podía sentir su mirada en su trabajado trasero y en sus voluminosos pechos. Claro, era la oportunidad perfecta, no estaban los niños ni Miguel, podía mirar a sus anchas. También notó que cuando ella llevaba falda, él se sentaba en frente, como buscando la oportunidad de ver su ropa interior, de “cuartearla” como se dice vulgarmente. Las sospechas de Cris llegaron a tal grado que cuando entraba al baño, a ducharse, no podía evitar pensar que tío Antonio estaba detrás de la puerta, espiándola por la cerradura.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así paso el tiempo. Las cosas siguieron así y Cris, de tanto cuestionarse si todo eso sucedía en realidad o era producto de su imaginación, termino poco menos que acostumbrándose a la situación. A cada momento veía o se imaginaba a tío Antonio tratando de ver un poco más allá o comiéndosela con la mirada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su tío suegro ya llevaba casi un año viviendo con ellos cuando todo empezó a agravarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Un viernes en la noche, Cristina y Miguel tenían invitados a cenar, así que durante el día Cris decidió dedicarse a preparar la cena y bocadillos para hacer la velada de lo más amena para sus amigos. Siempre que había este tipo de actividades su marido la ayudaba, pero esa noche a Miguel le fue imposible llegar temprano, por lo que tío Antonio tomó su lugar. Ella le indicó todo lo que debía hacer para asistirla y él, como un obediente sirviente, acató todas sus instrucciones. De pronto Cris se sintió culpable pues se dio cuenta que el pobre hombre nunca se había mostrado sin respeto ni confianzudo con ella, al contrario, siempre, como en esos momentos, se portaba amable, simpático y servicial.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando estaban en mitad de los preparativos, Cristina comenzó a lavar los utensilios que habían ocupado y sin darse cuenta se salpicó un buen chorro de agua en el pecho. Apenas traía una delgada blusa sobre un brassier bastante liviano, así que cuando la tela traslucida se pegó a sus senos, dejó en completa evidencia las costuras de su ligera ropa interior y la forma de sus encantadores pezones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era una visión espectacular. Cristina tenía el pelo tomado en una cola, vestía unos jeans ajustados que destacaba su escultural trasero y, para colmo, se anudó la blusa mojada bajo sus pechos para que la humedad no escurriera más abajo, dejando su cintura desnuda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando Cris se dio cuenta del espectáculo que estaba dando ya no había nada que hacer. Pensó que no tenía mucho sentido taparse o irse a cambiar puesto que tío Antonio ya la había visto; incluso llegó a decirse que no había nada de malo en darle un pequeño premio por su ayuda en la cocina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su suegro, como había terminado con lo que le había encomendado, se dedicó a preparar un aperitivo, que era su especialidad. Apenas lo tuvo listo, le ofreció a probar una copa. Estaba exquisito. Entusiasmada se lo hizo saber y le pidió la receta. Él se la dio con mucho gusto y comenzaron a hablar muy animadamente sobre tragos y otros temas que tío Antonio conocía muy bien</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En ese momento Cris recordó que él era en realidad una persona muy agradable, lo que ella había bloqueado por todo lo que pasó con su ropa interior y sus miradas indiscretas. La culpa la invadió con fuerza, así que decidió que desde ese momento no le daría más vueltas al tema y se comportaría como en un principio con el tío de su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Luego de aquella animosa charla, colocaron la mesa y Cris se fue a su habitación a ducharse y arreglarse para la cena; sin pensar siquiera que eso era precisamente lo que esperaba su suegro.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio en pocas semanas cumpliría un año viviendo con Cristina. En ese tiempo había podido ver la ropa íntima de sus cajones, olido su ropa sucia, admirado sus elegantes y finos movimientos al hacer ejercicio y había podido ver su entrepierna bajo su falda en algunas ocasiones. Eso era lo que más le excitaba, estar sentado al lado de su sobrino mientras disfrutaba de alguna descuidada y erótica posición del cuerpo de su hermosa nuera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Incluso, en un memorable golpe de suerte, la había visto desnuda por unos extraordinarios segundos. Repetir ese increíble momento es lo que lo llevo a maquinar el plan que pretendía poner en práctica en esos precisos instantes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Lo tenía todo pensado: estarían solo los dos, pues los niños estaban en casa de los amigos que venían a cenar y Miguel en el trabajo. Ya tenía listo el orificio que con sumo cuidado había hecho entre el closet de la habitación de Cris y su baño. Era la única forma que había encontrado, pues la ventana no dejaba ver nada, la cerradura le daba un ángulo muy restringido de visión y subirse al entretecho era muy bullicioso y arriesgado. No, la mejor manera era esa, un orificio fácil de ocultar dentro del closet, calculado de tal manera, que salía justo detrás de un espejo que él hábilmente preparó para que fuera transparente desde su lado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina, ya en el baño, colocó el seguro de la puerta, cosa que antes de la llegada de tío Antonio no hacía. Comenzó por sacarse la blusa, luego los jeans y se quedó en ropa interior.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio sentía que aquella diosa era la mujer más bella que había visto en su larga vida. Lo volvía loco, estaba haciendo cosas que nunca se imaginó, pero no lo podía controlar, el deseo que despertaba Cris en él nunca antes lo había sentido. Era como si estuviera embrujado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando su nuera se desnudó por completo, casi eyaculó. Estaba en éxtasis total, pero se controló y siguió con su plan, inmortalizó esos momentos con la cámara fotográfica digital que le había regalado Miguel. Luego Cristina entró en la ducha. La sensación de esperar a que descorriera la cortina mientras sentía el agua correr, imaginando como sus manos recorrían su cuerpo para asearse, lo tenían al borde de un ataque de nervios. Cuando por fin salió, nuevamente la visión de su sublime anatomía lo dejo en las nubes. Le sacó varias fotos más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignright" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/7/9/2/B/1/C/Mrimagenesxxx/28D.jpg" width="425" height="638" />Tío Antonio, pese a la emoción que lo embargaba, se mantenía casi congelado para evitar cualquier ruido que lo delatara. En un momento quiso modificar el zoom de la cámara; se maldijo al no encontrar la función en la oscuridad y levantó el aparato para usar la luz del orificio para encontrar el botón adecuado. Su sorpresa fue mayúscula cuando, al volver a mirar dentro del baño, se percató que Cris ya tenía su bata puesta y se disponía a salir. El viejo voyeur se dio cuenta que debía salir lo más rápido posible del closet y del dormitorio. Pero sus nervios lo traicionaron, el apuro por salir lo llevó a tropezarse con unos zapatos y enredarse con la ropa que colgaba; cayó al suelo dándose un fuerte golpe.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina, al sentir el estruendo, salió rápidamente del baño y encontró a su suegro tirado en el piso, con medio cuerpo en el closet y medio cuerpo en su habitación. Profirió un gritó de la impresión. Tío Antonio se puso de pie como pudo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué está haciendo aquí, tío? ―preguntó Cris, enojada. Él se quedó callado sin saber que responder.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡¿Qué diablos está haciendo aquí, tío Antonio?! ―repitió aún más enojada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio sabía que podía inventar cualquier cosa que lo sacara del apuro, las dudas quedarían pero al fin podría desentenderse. Sin embargo, ya estaba aburrido de ocultar su afición, de mantener en secreto la verdad que había sido el motor de su vida durante el último tiempo. Tomó aire, como buscando el valor y la seguridad que no sentía, y se desahogó:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Te estaba espiando, viendo cómo te bañabas… Viéndote desnuda y fotografiándote.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina quedó helada. Realmente no sabía que decir. Aparte se sintió muy incómoda apenas cubierta con la bata ahí en frente de él. Le pidió que saliera de su habitación y que la esperara en el living, apenas se vistiera tendrían una seria conversación. Cuando se quedó sola en su dormitorio se sintió muy confundida, ¿cómo podía estar pasando esto?, ¿cómo su tío, o suegro, le estaba haciendo eso?, y por sobre todo a Miguel. Trató de ordenar sus ideas, ¿cómo enfrentaría a tío Antonio? Esto ya se había escapado de sus manos. Y más aún, tenía la certeza de que él no iba a parar hasta lograr algo más que verla desnuda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ya vestida, no encontraba el valor para salir de su habitación, pero apenas tenía una hora antes de que llegara Miguel, los niños y los invitados. Sabía que debía hablar con tío Antonio antes de que ellos llegaran. Se sentó en la cama y pensó por qué él estaría haciendo algo así. Siempre había sabido que era una mujer atractiva, desde adolescente tuvo que vivir con el acoso de los hombres, con varios de sus novios tuvo que terminar porque lo primero que querían era hacerle el amor, también varios profesores la acosaron, afortunadamente siempre tuvo buenas notas y por ello no pudieron aprovecharse de eso para llevarla a la cama. Miguel había sido distinto, casi un mes antes de casarse habían intimado por primera vez; y fue cuando Cris perdió su virginidad. Él la trató con mucho cuidado, fue todo un caballero y lo seguía siendo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Luego, ya en su consulta, varios pacientes la habían invitado a salir. Se acordó de aquel muchacho de unos quince años, gordito y pecoso, que sentado en el sillón dental y acomodado para su revisión, había colocado su mano a un costado. Ella, al acercarse a examinarlo, sin querer había puesto su pierna junta a esa mano intrusa, la había notado de inmediato, pero no quiso hacer nada, pensó que era solo casual, además que le dio vergüenza que su asistente se diera cuenta de la situación. Siguió como si no pasara nada, pero el chico no pensó lo mismo y comenzó a mover su mano, ella seguía pensando en que hacer y no encontró nada mejor que dar por terminada la revisión. Había sido la primera vez que dejaba un tratamiento así de inconcluso, pero la situación la estaba complicando mucho.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Luego de eso se dio cuenta que otro paciente hacía lo mismo, colocaba su mano de tal forma que pudiera tocarla. Este era un señor de unos cincuenta y tantos años, el señor Reyes, más bajo que tío Antonio, pero más gordo. Recordó que apenas había sentido el toqueteo se levantó para ir a buscar algo que realmente no necesitaba, y al volver a sentarse se alejó para no ser alcanzada por esa mano intrusa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El muchacho gordito había vuelto unos meses atrás, se llamaba Freddy; pero ahora las cosas eran diferentes: ella ya conocía el jueguito y además su asistente se había ido, ya que se casaba. Cris pensó que al estar sola podría controlar la situación sin problemas. Se sentó un poco alejada para que no pudiera alcanzarla; no obstante, cuando estaba en mitad de su trabajo, sintió el muchacho la estaba tocando. Algo pasó, pues no se movió, siguió trabajando y cuando término el joven paciente retiró su mano. No había pasado realmente nada malo, pensó ella, solo había puesto la mano en su pierna y nada más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estas situaciones nunca las habían conversado con Miguel, ni las muchas veces que en la calle le tiraban piropos, o cuando un tipo en un centro comercial la siguió durante todo el recorrido que hizo en una tienda por departamentos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero ahora tenía que salir y hablar con tío Antonio, esto no podía seguir pasando. De pronto se acordó de la cámara, ¿cuentas fotos le habría sacado en el baño?, ¿la habría fotografiado antes?, ¿cuántas fotos tendría de ella? Tomó aire y salió. En el living se encontró con tío Antonio sentado, casi se diría que relajado, a diferencia de ella que era un atado de nervios. Se sentó en el sofá, lo más alejada que pudo, y dijo lo que tenía que decir.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tío, esto que está pasando es muy grave, no puedo seguir en esta situación… Hoy le contaré a Miguel lo que ha sucedido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Él la miró muy sereno.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Yo creo que estas exagerando, Cris ―dijo de pronto―. Los dos somos adultos y entendemos lo que pasa. Pero, ¿de verdad piensas que le haría bien a Miguel saberlo? Te pido que no te compliques, yo solo quiero aprovechar cuando te tienes que desnudar y admirar tu belleza, ¿qué tan grave puede ser? ―terminó preguntando como si hablara de una tontera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero, tío Antonio, ¿no te das cuenta que lo que hiciste es propio de un degenerado? ―lo increpó Cristina perdiendo la compostura―. Lo siento, pero debo contarle a Miguel.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si esa es tu decisión… ―declaró al levantarse. Se aprontó a retirarse pero antes se volvió hacia ella y le dijo―: Yo por mi parte no diré nada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris sopesó esas palabras y entendió un significado oculto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y qué podría usted decir de mí? ―lo increpó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Nada. Pero si tú le cuentas toda la verdad, tarde o temprano Miguel terminara viendo las fotos y puede que piense que algo debes de haber hecho tú también.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A Cris, las palabras de su suegro le cayeron como una granizada. Se paró y empezó a caminar nerviosa por la habitación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero yo no hice nada ―dijo luego de un momento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Yo solo digo ―le soltó tío Antonio antes de salir al jardín. A ella, estas últimas palabras, le sonaron tan vánales como amenazantes. Le sorprendió la capacidad del viejo para sembrar incertidumbre en situaciones tan complejas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Fuera de la casa, respirando con intensidad el aire fresco del atardecer, tío Antonio meditaba sobre lo sucedido. Las fichas estaban tiradas; había apostado todo a la verdad, ya no había mentiras entre él y su nuera, ella al fin estaba en conocimiento de su insana admiración. Ahora solo quedaba esperar y ver si Cristina se atrevía a soltarle esa bomba a su marido o no. Pensó que había tenido un par de aciertos al quitarle importancia al asunto, mostrándose tranquilo durante la tensa charla y al hacerle ver a Cris, sin que pareciera una amenaza, los riesgos inherentes de contarle todo a Miguel.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Realmente las fotos no tenían nada que comprometiera a Cris. En la gran mayoría aparecían ella en ropa deportiva en algunas poses algo sugerente, pero que eran fácilmente explicables dado los ejercicios que practicaba. Algunas mostraban la ropa interior que se veía bajo su falda, claramente sacadas sin su conocimiento. También estaban las que acababa de tomar, donde salía totalmente desnuda y se veía claramente su rostro. No obstante, tenía la prueba del orificio en el closet, que si no había sido descubierto ya, lo seria apenas Cristina o Miguel dedujeran como había podido tomarlas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero tío Antonio tenía en su poder algunas realmente comprometedoras. Eran aquellas que por mera casualidad había sacado. Una mañana de sábado debió ir a dejar a los niños a una actividad deportiva al colegio. Le dijo a Cristina y a Miguel que él los esperaría y los llevaría a almorzar para que ellos pudieran tomarse el día libre. Sin embargo, al dejar a los niños, se dio cuenta que había olvidado la billetera en otra chaqueta, por lo que volvió a la casa a buscarla. Entró sin hacer ningún ruido y, cuando estaba por irse, escuchó que alguien estaba en la cocina. Casi por instinto tomó su cámara, se dirigió raudo y sigiloso hacia el living y se escondió entre el sofá y una frondosa planta que Cris mantenía en un macetero junto al ventanal. Apenas se posicionó en su escondrijo, la vio aparecer desde la cocina. Cristina estaba totalmente desnuda, solo con zapatillas de levantarse y un vaso de jugo en la mano. Presuroso, fue capaz de tomar cerca de diez fotos del grandioso espectáculo; desde que venía casi de frente, con sus tetas balanceándose en forma majestuosa, hasta que iba de espaldas hacia su dormitorio, con su esplendoroso culo rebotando sobre sus pasos. Tío Antonio había supuesto de inmediato que ella y Miguel debían estar en una tórrida sesión de sexo, por lo que salió al jardín a ver si podía captar algo más desde la ventana; lamentablemente para él todo estaba cerrado y no pudo ver nada más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El voyeur recién descubierto meditaba sobre la reacción de su sobrino si Cristina lo delataba y se veía obligado a mostrar aquellas fotos, cuando vio llegar el vehículo de los invitados a la cena.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris aún estaba sentada en el living, reflexionando sobre las fotos que su suegro podía tener de ella. No sabía que pensar; de pronto se le ocurrió la posibilidad de que tuviera fotos trucadas, ¿sería capaz de algo así? El timbre la sacó de su ensimismamiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La cena fue de lo más normal y para variar tío Antonio fue el centro de atención. Sus historias y manera de narrarlas los entretuvo a todos, menos a Cris, que se martirizaba tratando de decidir qué hacer. Cuando sus amigos se retiraban, Sandra, su amiga, le dijo lo afortunada que era de contar con su suegro, resaltando sus dotes de narrador y otras virtudes. Para sus adentros ella pensó que no pensaría lo mismo si estuviera en su pellejo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al irse a acostar y comentar con Miguel la velada no tuvo el valor para contarle lo sucedido. Tenía una mezcla de miedos, no quería lastimar a su marido con algo tan grave, seguramente se sentiría vilmente traicionado. ¿Y si él no le creía?, si llegaba a ver aquellas fotos, ¿dudaría de ella?, ¿volvería algún día su matrimonio a la normalidad?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignleft" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/1/6/6/6/8/7/Mrimagenesxxx/DC8.jpg" width="425" height="638" />A la mañana siguiente se levantó y fue directo en busca de tío Antonio, él ya se había levantado y estaba tomando desayuno en la cocina, solo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tío, lo he pensado y tomé una decisión ―dijo luego de cerrar la puerta para asegurarse que nadie los fuera a escuchar―. No le contaré a Miguel lo que paso, no quiero lastimarlo. Él está muy feliz con usted aquí y si se llegara a enterar de lo sucedido no tendría más alternativa que pedirle que se fuera. Pero le advierto que no toleraré ni un incidente más, ¿me entendió? ―terminó con un tono que no admitía ninguna discusión.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Claro, Cris, lo que tú digas ―se apresuró a responderle tío Antonio. Se notaba aliviado y Cristina también sintió cierto sosiego al darse cuenta que a él también le preocupaban mucho las consecuencias de sus acciones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero debo pedirle algo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Dime.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Quiero ver las fotos que usted tiene de mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio la miró sorprendido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, no hay problema ―respondió al fin―. Solo que debemos esperar hasta el lunes, cuando estemos solos, para verlas en el computador del estudio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris se espantó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Pero, tío! ¿Cómo puede guardarlas en el PC que ocupan todos?&#8230; Hasta los niños hacen sus tareas en él.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tranquila, no te preocupes, no están ahí. Las tengo en un disco duro externo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella se calmó, hizo un gesto de asentimiento y salió de la cocina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio se sintió aliviado, había salido bien librado de esa. Sin embargo, le preocupó que Cris quisiera ver las fotos. Qué pasaría si se daba cuenta que no tenían mucho de comprometedoras. Si bien tenía varias donde aparecía tal como Dios la echó al mundo, también era cierto que en ninguna foto se podía deducir sin lugar a dudas que ella había tenido alguna participación, posando o permitiendo de alguna manera que se las sacaran. De todas formas nunca había sido su idea chantajearla, lo insinuó porque era lo único que se le había venido a la cabeza. Pero le preocupaba que cambiara de opinión si se daba cuenta de su pequeño ardid. Solo disponía de dos días para pensar en algo. Decidió que no debía correr riesgos; dos cabezas pensaban mejor que una, como él mismo solía decir, así que terminó de desayunar y fue a ver a su amigo Gustavo, al cual respetaba mucho pues era un viejo zorro muy astuto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al rato, tío Antonio estaba sentado en un bar con su amigo. En poco tiempo lo puso al tanto de todo lo que estaba sucediendo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Extraordinario, Antonio, recuerdo a Cristina. El año pasado, cuando la vi en el funeral de tu difunta esposa, casi me da un infarto. No quise decirte nada en esos tiempos puesto que no era tema para un velorio, pero después de todo lo que está pasando supongo que no te molestara que te diga que es un mujerón, una de las mejores hembras que he visto en mi vida ―le dijo Gustavo cuando terminó de contarle―. En tu lugar, estaría en los mismos pasos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me tiene enfermo, hueón. Cada vez que la veo se ve más hermosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿No estarás medio enamorado?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio se espantó ante la pregunta de su amigo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No seas estúpido!, si es la mujer de Miguel… Pero me tiene muy caliente, como nunca en realidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y qué piensas hacer ahora?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No lo sé. Para eso venía a verte, ¿tú qué dices? ― le consultó tío Antonio, contento de que Gustavo propiciara tratar acerca de su dilema.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eso depende. Yo en tu lugar me jugaría el pellejo por encamarme con ella ―dijo Gustavo, en un tono que irradiaba envidia―. Pero tu caso es distinto: Miguel es como tu hijo, lo quieres como tal. ¿Estarías dispuesto a violar… su confianza? ―terminó preguntando con una pausa estratégica.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio no respondió de inmediato. La palabra “violar” en la pregunta lo distrajo y lo hiso meditar. Su amigo era zorro, ya lo conocía, y entendió los dos cuestionamientos planteados por él. Al fin se dio cuenta que no podía mentirse a sí mismo, era el momento de la verdad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No quiero morirme sin hacerle el amor a esa mujer ―dijo de pronto en forma contundente―. Pero a la fuerza no, no podría, no soy de esa clase de hijo de puta. Además, quizá no estabas tan equivocado, algo de sentimiento hay; no es amor, pero la quiero, ¿me entiendes? Te sonara a locura, pero tiene que ser con su consentimiento. No sé cómo; tampoco pretendo que se enamoré de mí ni mucho menos, pero alguna forma debe de haber.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por lo que me contaste, yo creo que podrías conseguirlo sin mucho esfuerzo ―opinó Gustavo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué dices? ―rio tío Antonio, entre divertido y esperanzado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eso. Yo sé cómo puedes gozar de Cristina ―le aseguró su amigo bastante serio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio lo miró expectante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Guau, esa mirada me dice que no es ningún juego para ti. De verdad te la quieres follar ―dijo Gustavo, con una avispada sonrisa―. Bueno, estoy dispuesto a darte la fórmula de la felicidad si me subes al carro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿De qué hablas?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pues fácil: si te digo mi idea y te la llevas a la cama, luego me la entregas en bandeja para que yo también pueda tirármela ―le lanzó sin más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Por un instante, tío Antonio pensó que estaba bromeando y se vio tentado a reírse. Sin embargo, el semblante de Gustavo, pesé a la extraña media sonrisa que mantenía, reflejaba un creciente interés. Comprendió que su amigo le planteaba aquel acuerdo de forma muy seria. Se mantuvo sin decir nada por unos momentos. Estaba sorprendido por la propuesta y extrañado de sí mismo por considerarla. ¿De verdad estaría dispuesto a compartir a Cristina, la mujer de su hijo, a cambio del mapa del tesoro que lo llevaría a cumplir sus mórbidos deseos? Reconoció que la posibilidad de negarse, y renunciar a sus sueños, era tan o más dolorosa que imaginarse obligado a entregar a su hermosa nuera a su vil amigo. Analizó rápidamente que tan viable era que la astucia de Gustavo pudiera granjearle paso libre al cuerpo de Cris. Concluyó que era tan factible como la probabilidad de que él, luego de poseerla, cumpliera con su parte del trato.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pues te aseguro que si consigues que se meta a la cama conmigo, estaré tan agradecido que no podré negarte nada, amigo mío ―mintió al fin.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Jaja. ¡Trato hecho! ―Gustavo le tendió la mano y se la estrechó efusivamente. A tío Antonio le dio la impresión que acababa de hacer un trato con el diablo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Bueno, ¿y cuál es el plan?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Antonio, tu nuera es una mojigata. Me acabas de contar que ella nunca ha estado con otro hombre que no fuera Miguel. El muy suertudo la desvirgó cuando se casó con ella, o poco antes ―dijo Gustavo como si estuviera más claro que el agua―. Debes hacerla conocer nuevas sensaciones, obligarla a ver por la ventana del placer todas las exquisitas experiencias de las que se ha privado casi toda su vida.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero, ¿Cómo?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Con metodología y paciencia, hueón. Te acaba de perdonar que la estuvieras espiando. Se acaba de volver tu cómplice, ¿qué no lo ves?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio asintió lentamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tú piensas que quiere ver las fotos para asegurarse que no la comprometen y así poder contarle todo a Miguel sin correr ningún riesgo ―continuó Gustavo―. Yo pienso que si fuera así, te hubiera exigido verlas antes de decirte que guardaría el secreto. Puede ser que sea simple curiosidad, o que las quiera ver para descartar quien sabe qué cosa; pero ya se comprometió contigo, no te delatará. Aprovecha la oportunidad, alimenta su ego de mujer hermosa diciéndole lo bella que sale en las fotografías, convéncela que tú no eres un pervertido, sino una víctima de sus encantos. Muéstrate dócil, hazla sentirse segura dentro de la burbuja del secreto que compartirán, y te conducirá al paraíso…</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio decidió caminar a casa. Estaba entusiasmado por la conversación que había tenido con Gustavo. Este le había hecho ver todo desde una perspectiva completamente insospechada para él; y lo más increíble era que mientras más lo pensaba, más se convencía de que todo podría resultar en hacer realidad su anhelado sueño, intimar con su hermosa nuera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Luego de mucha charla, donde Gustavo trataba de darle un significado conveniente a las decisiones de Cristina y lo vulnerable que la volvía el estilo de vida recatado y recto que mantenía hasta el momento, los dos amigos habían estructurado un plan que, en primera instancia, simplemente constaba de hacer creer a Cris que tío Antonio solo tenía la necesidad de mirarla sin tapujos, y que solo eran los sueños de un viejo viudo el verla desnuda o con prendas que la hicieran ver más hermosa y atractiva. Si todo salía bien, y conseguía que ella mantuviera todo en secreto, vendría la etapa de hacer salir el lado oculto que toda mujer tenía dentro de sí, fomentar el exhibicionismo y el morbo que le provocaría estar mostrándose ante alguien que no era su marido y, más encima, hacerlo casi en sus narices. Finalmente, después de un trabajo constante, donde tío Antonio ganaría su confianza, y una vez que estuviera tan metida en el juego que le fuera imposible dar marcha atrás, sería el momento de convencerla y lograr que diera ese pequeño paso de probar lo prohibido. No sería nada fácil y mucho menos rápido; como había dicho Gustavo, sería un trabajo basado en estricta metodología y paciencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio pensó que para eso tenía todo el tiempo del mundo, así que esbozó una gran sonrisa y enfiló hacia la casa, el hogar de su querido sobrino y su deseada Cristina.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Llegó el lunes, Cris ya estaba por llegar de su consulta. Tío Antonio había meditado sobre su discurso, y no iba a ser el de un arrepentido, sino el de un viejo viudo solo y desesperado, que la admiraba desde que la había visto llegar del brazo de Miguel, lo que por supuesto no era mentira, ya que entre los cientos de fotos que tenía habían muchas de esa época, de cuando aún estaba de novia con él. Se disculparía por las molestias que le estaba provocando, pero recalcaría que no podía controlarlo. Todo tenía algo de verdad, pero tenía que dramatizarlo para conmover a Cris. Se comprometería a no mostrar sus fotos a nadie, pero le confesaría que le resultaba imposible no seguir espiándola, eso era casi como dejar de vivir. Casi se rio la primera vez que lo dijo, lo encontró tan cursi, pero podía resultar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina llegó más hermosa que nunca. La estaba esperando sentado frente al computador, cuando ella entró y ni siquiera se dignó a saludarlo, solo le pidió que le mostrara todo lo que tenía de ella. Él, sin mostrar su nerviosismo, insertó el dispositivo en el puerto USB del ordenador, luego eligió la carpeta &#8220;Mi Diosa&#8221;. La había nombrado así solo hacía unos minutos, solo para hacerla ver lo mucho que la idolatraba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Empezaré por el principio ―dijo con tono pesaroso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se inició el desfile de cientos de fotos. Cris no tardó en sorprenderse, algunas tenían más edad que sus hijos, y ella aparecía en todas las poses y perspectivas imaginables.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cuánto tiempo lleva tomando esas fotos, tío? ―le preguntó asombrada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Siempre has sido la razón de mi afición a la fotografía ―confesó él. No había tenido necesidad de inventar eso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella no daba crédito a la cantidad de fotos que tenía en su poder. Llevaban más de media hora viendo esas imágenes, cuando ella lo interrumpió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Muéstreme las fotos en donde salgo desnuda ―le pidió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio empezó por mostrarle unas que había tomado hace algunos años, cuando todavía estaba su esposa viva. Él había preparado el baño y programado la cámara para fotografiarla durante una visita a su casa. En estas fotos se veía algo de su trasero, pero no muy bien, pues lo que había usado para esconder la cámara cubría la mitad del lente. Luego siguió con otras similares, hasta llegar a las que le había tomado desnuda en la cocina y terminó con las capturas que hiso en el baño hacía unos días, cuando lo sorprendió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina se sentó, su cabeza daba vueltas, ¿cómo no se había dado cuenta antes de lo que pasaba? Si hubiese sido así nunca habría permitido que tío Antonio llegara a vivir a su casa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ay, Cris, lo siento, de verdad lo lamento mucho. Sé que esto es un gran peso para ti ―dijo tío Antonio vehementemente. Se había sentado frente a ella―. Pero no puedo controlar mi deseo de mirarte y admirarte.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Lo siento, tío, lo mejor es que se vaya y olvidemos todo esto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Él se puso de rodillas. Su rostro irradiaba desesperación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No me pidas eso, por favor. Estar lejos de ustedes, de ti… Mi vida perdería todo sentido ―imploró con angustia―. Tú me das las ganas de vivir, de respirar. La admiración que siento hacia ti es todo lo que me queda. ―Cristina se mantuvo impávida, observando los ruegos del pobre viejo. Este silencio lo convenció de que aún tenía oportunidad―. Por favor, Cris. Mi único pecado es venerarte, jamás haría nada para lastimarte. Nunca nadie sabrá de estas fotos. Te juró que esto será un completo secreto entre los dos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris no quería conmoverse, pero el pobre viejo casi lloraba ante la posibilidad de que lo echara de la casa; al final las palabras de tío Antonio despertaron su compasión.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Escúcheme, tío ―dijo Cris―. Quizá es exagerado que usted se vaya de la casa, pero no puedo permitirle seguir con todo esto ―sentencio, refiriéndose con la mano al ordenador que aún mantenía una foto de ella desnuda en la pantalla.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Antonio comprendió que había ganado un valioso punto, ya no estaba en cuestión su permanencia en la casa. Supo que las defensas de su nuera estaban bajas, la había conmovido y tenía que aprovechar el momento, luego podría ser demasiado tarde.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero, Cristina. ¿Qué tiene de malo que yo rinda culto a tu cuerpo inmortalizando tu belleza?, un culto secretísimo por lo demás ―preguntó tío Antonio manteniendo la angustia en la mirada. Sabía que en esos momentos dependía de la lástima que pudiera despertar en Cris, pero también intuía que la fascinación que él sentía por su atractivo físico no le era indiferente; creyó notarlo en la extraña pose con que su nuera se acomodó luego de oír hablar de su hermosura―. Es solo la afición de un pobre viejo, que deleita sus últimos años de vida admirando a la mujer más bella que conoció en su banal existencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignright" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/D/F/4/4/3/6/Mrimagenesxxx/16C.jpg" width="424" height="636" />Ella no sabía que responder. Los cuestionamientos de tío Antonio no dejaban de ser válidos, ¿a quién le harían mal? A Miguel, siempre que no lo supiera, no le afectaría en lo más mínimo; al contrario, si su padrastro decaía de ánimo, se entristecería mucho. Por otro lado, ella no lo había notado en años, ¿cómo lo tomaría ahora que sabía en qué pasos andaba su suegro?, no le hacía mucha gracia ser el objeto de admiración de un voyeur. Sin embargo, las suplicas de aquel pobre hombre le habían llegado y, por qué no decirlo, la candorosa admiración que juraba profesarle y la forma en que lo expresaba alteraron su egolatría de una manera muy extraña.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tío, déjeme pensarlo un poco ―dijo al fin―. No quiero darle una respuesta ahora, dejemos el tema hasta aquí. Yo le comunicaré mi decisión, lo que sí, por favor le pido que suspenda sus… “observaciones” hasta que hablemos nuevamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Él sabía que ya había logrado mucho. Que ella cambiara su postura tan rígida era un gran logro. Se paró con la decadencia de un hombre martirizado hasta lo más profundo; luego, como sacando fuerzas de flaqueza, aspiró hondo y le dijo:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Estas fotos representan lo más importante para mí. No tengo copias y las guardo en un lugar que nadie podría encontrar. ―Su voz adoptó un aire marcial, llena de convicción y fanatismo―. Nunca dejaría que cayeran en otras manos. Estas fotos son solo para mí y nadie más podrá verlas, jamás. Solo te pido que no me prives de ellas, son mi gran tesoro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina se sintió muy conmovida pero no le dijo nada, solo lo vio salir de la sala.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¿Realmente podrían vivir con ese pacto?, se preguntó. Si había otra solución no veía cual pudiera ser sin provocar problemas o explicaciones que afectaran a Miguel. De todas formas, se sentía extrañamente tranquila, dueña de la situación, estaba en sus manos decidir. La sinceridad y arrojo que había tenido tío Antonio la habían sorprendido. La imagen de su suegro distaba mucho del monstruo depravado que había adoptado cuando ella se acababa de enterar de todo aquello. De alguna manera, ahora veía a tío Antonio como una víctima más de las virtudes de su belleza, y eso le complació.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al día siguiente en la mañana le comunicó a tío Antonio que aceptaba el arreglo entre ellos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero aún no sé si está bien que usted me siga espiando, tío ―le dijo incomoda e indecisa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Toda foto que tomé de ahora en adelante te la mostraré sin excepción ―se apresuró a alegar tío Antonio―. Es más, si a ti no te gustan las borraré ahí mismo delante de ti.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina lo pensó. Su bello rostro era un amasijo de dudas. Aún todo le resultaba incomodo, pero no encontró excusa plausible.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así que aceptó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Desde ese día, cada nueva foto que tío Antonio sacaba la guardaba en una carpeta llamada “revisión” y le avisaba a Cris que había nuevas fotos para aprobar. Para eso le dijo donde guardaba el disco duro externo y le dio las claves para que pudiera acceder a darles el visto bueno, así luego él podría pasarlas a la colección permanente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al principio las revisaba ella sola. Sin embargo, no tardaron mucho en empezar a verlas juntos. Esta nueva situación era todo un placer para él. Ella, por su parte, de a poco se comenzó a relajar. Antes todo le parecía sospechoso, pero al ver las fotos nuevas se dio cuenta que no eran nada especial; sí, eran tomas que realzaban su figura, pero nada que no pudiera estar en un spot publicitario, en ningún caso una imagen que se catalogaría de pornográfica, ni mucho menos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paso el tiempo, meses. Cristina volvió a estar tranquila pues todo volvió a estar como antes, excepto claro, por esa nueva relación que tenía con tío Antonio. Se reunían un par de veces a la semana, cuando estaban solos, y revisaban las nuevas fotos que él había tomado. Ella le pedía que le contara como hacía para tomarlas sin que se diera cuenta, pues siempre estaba alerta, pero muy pocas veces lo había sorprendido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se estaban haciendo muy buenos amigos; incluso Cris no podía negar que había empezado a disfrutar de aquel juego secreto. Le gustaba ver el gozo con que tío Antonio le mostraba su arte, le encantaba cuando le decía que ella era su musa para luego llenarla de halagos. Todo esto estaba empezando a hacerla sentir cosas nuevas, raras para ella; estaba disfrutando de ver las fotos con él y, además, ahora, cuando andaba en la calle y alguien la piropeaba, se sentía bien; tan bien que esas noches buscaba a Miguel para tener una buena sesión de sexo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Un buen día su paciente, el señor Reyes, volvió a su consulta. Ella seguía sin asistente y no se esforzaba en buscar una dado que ya se había acostumbrado a trabajar sola. Él puso su mano nuevamente en posición para alcanzar a tocar su pierna. Esta vez ella no se alejó, al contrario, se acercó lo más posible. Cuando sintió su mano cerca de su pierna, un gran escalofrío la estremeció; Cristina supo que significaba, se había excitado, y con el tacto de un hombre que no era su marido, y que no tenía ningún atractivo. Luego de terminar su trabajo, y de que el señor Reyes gozará tocando parte de su pierna ―imprudencia que ella misma también había disfrutado― despidió a su paciente y se sentó a pensar en lo sucedido, ¿Qué le había pasado?, todo eso no era normal.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Esa misma tarde, al llegar a casa, se encontró con que tío Antonio había preparado su plato preferido y disfrutó de un delicioso almuerzo con él. Las charlas entre ambos se habían vuelto muy entretenidas y lo pasaba bien; de hecho, ahora se sentía acompañada durante todos esos momentos en que antes se encontraba sola en casa. Ya en la sobremesa, él le ofreció una taza de café, la que ella aceptó gustosa. Él se paró y se la sirvió. Fue en ese momento, con ella distraída en una revista y disfrutando de la aromática bebida, cuando él la sorprendió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Te gustaría posar desnuda para mí? ―le preguntó con la mayor naturalidad del mundo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina escuchó muy bien la pregunta, pero hizo el gesto como si no hubiera escuchado o entendido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me gustaría tomarte unas fotos. ¿Te gustaría posar desnuda para mí? ―repitió sin inmutarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Esta vez ella levantó la vista y lo miró fijamente. En su cabeza revoloteaban un sinfín de negativas. Sin embargo, dijo:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Y, ¿dónde las tomaría, tío? ―Su voz era un claro disfraz de naturalidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pues aquí en la casa, ¿dónde más? ―se apresuró a responder tío Antonio. No pudo disimular el explosivo entusiasmo, lo que a Cris le resultó tierno y extrañamente cautivador―. Podríamos tomarlas ahora mismo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella apartó la mirada, ¿de verdad lo estaba considerando?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio interpretó su aptitud como un sí y se paró.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Voy por mi cámara ―anunció.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella lo tomó del brazo a la pasada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No sé si es buena idea, tío. Me da un poco de pudor y… miedo ―dijo Cris en un tono muy raro en ella, faltó de toda seguridad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo estaba extasiado por lo cerca que estaba de convencer a su bella nuera, sabía que sus próximas palabras podían significar el paso al paraíso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Querida Cris, sabes que puedes confiar en mí. Lo único que haremos será sacar unas fotos, iguales a todas las demás, solo que esta ves posaras para mí ―le dijo tranquilizadoramente―, más hermosa que nunca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella volvió a sentir ese cosquilleo que le indicaba que estaba excitada. Su mente trabajaba a mil por hora. Sabía que no estaba bien, pero ¿acaso ese juego secreto lo estaba?; en el fondo ella sabía que no y lo había jugado por meses. Ahora todas las preguntas tomaban curso a una sola, ¿quería hacerlo?&#8230; ¡Sí!, acabo respondiéndose en su cabeza, ella deseaba posar desnuda, y lo haría.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Está bien ―acabó aceptando con una calma exterior completamente opuesta al nerviosismo que sentía en su interior. Soltó a tío Antonio―. Lo haremos en mi habitación, que es el lugar que considero más seguro de la casa ―le dijo antes que saliera por su cámara. El entusiasmo de tío Antonio enardecía sus propios deseos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Como sincronizados se encontraron en la puerta de su dormitorio. Los dos entraron. Ella se sentía muy rara, se estaba excitando pensando en la idea de posar desnuda para él.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio se puso a correr las cortinas y todo quedó oscuro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Esta luz es ideal para tu belleza ―acotó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella se sentó en el borde de la cama con la cara de una colegiala que sabe que va a hacer una travesura con ineludibles deseos de cometerla, aunque sus movimientos delataran inseguridad y temor. Tío Antonio tomo su cámara, se fue a parar a un rincón de la habitación y adoptó una pose de fotógrafo, con la máquina a escasos centímetros de su rostro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ok, Cris, empecemos ―le dijo a su nuera con una sonrisa indescifrable.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina dudó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Deme un minuto, tío. Necesitó arreglarme un poco.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Claro, no hay problema. ―Ella se paró nerviosa y se encerró en el baño.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio no cabía en sí de gozo, no podía creer lo que estaba a punto de pasar. Al principio había sido una pesadilla, siempre con miedo a que se arrepintiera y cortara el acuerdo de las fotos secretas. Luego, cuando empezó a compartir de forma más amigable y vio el interés de Cris en su colección, empezó a ilusionarse pensando que su amigo Gustavo podía estar en lo cierto con todo eso del despertar sexual de una mujer reprimida. Ahora, a pocos minutos de ver el cuerpazo desnudo de aquella diosa, que no era nada menos que su recatada nuera ―expuesto por su propia voluntad―, no podía más que sentirse extasiado como nunca en su miserable existencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando Cristina salió del baño, él sintió que el corazón se le iba a salir. Estaba preciosa, se había cambiado la blusa por una polera deportiva ajustada y sus pechos estaban que explotaban de las prendas que los sujetaban. Tío Antonio solo comenzó a tomar fotos sin decir nada. Ella se sacó hábilmente la camiseta blanca, dejando a la vista un fino sostén con un maravilloso escote, luego se deshizo de su pantalón. Se quedó solo con su ropa interior; su brassier era color rojo al igual que su calzón, hacían un juego exquisito de colores sobre su piel canela en la penumbra de la habitación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Te verías increíble con unos tacones altos, Cris ―dijo tío Antonio. Para su sorpresa, Cristina lo entendió como una petición, se acercó al closet, se puso unos tacos muy altos y empezó a desfilar como una modelo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando su nuera se dio vuelta el viejo se quedó de piedra, el calzón de Cristina era tipo tanga y se escondía entre las nalgas de aquel portentoso trasero como un accesorio que tenía el único fin de realzar su sensualidad. Bendijo su comentario de los tacos, pues el exuberante calzado realzaba el contoneo del cuerpo de su hermosa musa en forma inaudita.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="alignleft" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/E/3/5/B/2/C/Mrimagenesxxx/614.jpg" width="424" height="636" />La sensación de extremo libertinaje que sentía Cristina al mostrarse casi desnuda frente a su suegro, despertaba ardientes llamas de excitación en su exquisito cuerpo. Sabía que eso no estaba bien, pero sentía tanta confianza en tío Antonio que no podía dejar de adoptar provocativas poses y ver como el pobre hombre, hambriento de inmortalizar su belleza, sacaba fotos de todos los ángulos; parecía que le faltaban dedos para apretar el clic de la máquina. Era una cámara moderna, digital, pero tenía una función que hacía que con cada foto sonara el clásico sonido del paso del rollo de un aparato antiguo. A Cristina le sorprendió que ese sonido tan común pudiera generarle sensaciones tan excitantes. A veces, seguramente por la contraluz o la ausencia de esta, un sorpresivo flash iluminaba la habitación, poniendo en evidencia la insana sesión de arte que se llevaba a cabo en su dormitorio. Ella sabía que estaba en la frontera de lo permitido, pero se tranquilizaba pensando que todo eso era un secreto, nunca nadie sabría de ese sabroso juego que mantenía con tío Antonio. Recordó el comentario de su amiga Sandra, acerca de lo afortunada que era de tener a ese simpático señor en su casa, ―si supiera ―pensó. Por culpa de ese dichoso señor estaba viviendo lo más excitante que había vivido en su vida y lo estaba disfrutando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sácate el sostén ―le pidió de pronto tío Antonio. El pobre hombre no daba más de la desesperación. Tener a flor de piel a aquella mujer que lo había vuelto loco tanto tiempo, exponiéndose a él por propia voluntad, lo hicieron sentirse dueño del mundo por un momento. Olvidó todo recato, todo consejo de paciencia de su amigo Gustavo, y le pidió que se desnudara, apenas ocultando su ansiedad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina siguió modelando. Hasta ese momento no había echo mucho más de lo que hacía en la piscina, donde se paseaba en su traje de baño de dos piezas que, aunque le cubría bastante más, no dejaba de ser una prenda similar a lo que traía en ese momento. Ahora tío Antonio le pedía que realmente destapara uno de los rincones más íntimos de su cuerpo, una parte de su anatomía que ella solo había revelado a Miguel, a ningún otro hombre. No sabía cómo reaccionar. No quería molestarse, eran momentos placenteros que quería alargar un poco más. Asimismo, la congoja con que se lo había pedido su suegro le resultaba sobrecogedora. Sería posible que sus formas, su atractivo, su esencia sensual pudieran despertar aquellas inexplicables reacciones en otros machos. Se sabía bella, estaba al corriente de las atenciones indeseadas que atraía su físico, pero nunca imaginó que pudiera llegar a tanto. Tío Antonio era prueba viviente de su poder, se había enfrentado a todo lo socialmente correcto para llegar a esas instancias con ella. Cristina pensó que quizá era justo que ella aportara con un granito de arena al sabroso juego del que eran cómplices.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Muy despacio, guío los tirantes de su brasier sobre sus hombros, dejándolos deslizarse por sus brazos. Luego dio unos pasos más, para que tío Antonio se diera cuenta que era la propia firmeza de sus senos la que mantenía la prenda en su posición.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Sublime! ―le escuchó exclamar. Y decidió que su suegro merecía ver sus pezones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina se sacó el sostén y lo tiró a la cama. Siempre se había sentido orgullosa de sus pechos que, abultados, firmes y redondos, causaban envidia en el camarín del gimnasio o de la piscina. Sintió un cosquilleo ardoroso en la punta de sus pezones. Instintivamente llevó sus dedos a acariciarlos para aplacar la sensación, al tacto los encontró erectos y duros, jamás los había tenido así, no tan así. Levantó la vista de ellos justo cuando tío Antonio daba un paso hacia ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No se acerqué ―dijo automáticamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Solo un primer plano de esas bellezas…, por favor ―le pidió el entusiasta fotógrafo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A ella la tranquilizó la innata obediencia de su suegro. Se sintió tranquila, se convenció de que todo estaba bajo control.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Está bien, regáleles la mejor foto, tío ―le dijo tomando sus tremendas ubres entre sus manos, acomodándolas para inmortalizarlas de la forma más sublime posible.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio se sentía en el cielo; apenas creía que estaba a un metro de las desnudas tetas de su hermosa nuera, retratándolas en toda su majestuosidad. Entre foto y foto se daba un segundo para apartar la cámara de su línea de visión y se deleitaba viendo esas simétricas y tiernas formas de carne, que mantenían como única interrupción de su inmaculada piel a aquellos dos cañoncitos de base aureolada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris se imaginó cómo saldrían aquellas fotografías de sus senos. De pronto se dio cuenta que al revisarlas necesitaría verse retratada en otras zonas de su cuerpo y que se arrepentiría de no haber aprovechado la oportunidad que se le daba en ese momento. Así que, sin que se lo pidieran, procedió a bajarse delicadamente los tangas rojos para quedar completamente desnuda frente a su suegro, orgullosa de sus formas de mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tío Antonio se congeló. Dejó de tomar fotos y se quedó pegado viendo como Cris terminaba de despojarse de su calzón. Sintió unos deseos salvajes de pedírselos para olfatearlos profundamente, sabedor de que esa tela estaría impregnada de un fresco aroma a intimidad de mujer, y no cualquier mujer, sino de ella, su nuera querida.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Luego de un momento, en que los dos se quedaron pasmados, él reaccionó y volvió a tomar fotos agitadamente. Ella también siguió el juego, contenta que tío Antonio no hubiera reaccionado mal. Por un momento pensó, al ver la cara de estupefacción que tenía, que si no caía muerto de un ataque podía tratar de hacer algo indebido. Pero se había mantenido a la altura, así que decidió premiarlo con la mejor foto, aquella que coronaria su colección.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cristina se sentó primorosamente en la cama, con sus piernas juntas. Luego, después de respirar profundamente, se hizo de valor, se recostó de espaldas y abrió descaradamente sus piernas. Le mostró a tío Antonio en todo su esplendor su cuidada y delicada intimidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Dios mío de mi alma! ―escuchó exclamar a su suegro―. Tienes el cuerpo más hermoso que he visto en mi vida. Cristina… ¡Eres una Diosa!&#8230; ¡Una Afrodita!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Las palabras de tío Antonio calaron no solo en sus oídos, sino también en su piel. Temió que él viera humedad en su entrepierna, pero, pese a la vergüenza que sintió, fue incapaz de privar a la lente de su toma más valiosa. A Cristina le pareció que el sonido de la cámara y la explosión de los flashes adoptaban forma física y se abalanzaban entre sus piernas, haciéndole el amor como un ente sobrenatural deseoso de poseerla. Esta sensación le provocó escalofríos que resultaron en tímidos movimientos de caderas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La exuberante escena había superado todas las expectativas de tío Antonio. No podía creer la sublime belleza de su nuera. Cristina estaba modelándole como una diva erótica, sensual y candorosa. Sacó fotos a escasos centímetros del húmedo coño que le ofrecía. Si no tuviera la certeza de que Cris era madre de dos hijos, habría asegurado que ese encantador fruto era inmaculado, pues era intensamente tierno y sus labios vaginales eran delicados y tersos. El tenue cambio en el brillo de aquellas delicadas zonas rosadas evidenció el casi imperceptible pero rítmico movimiento de aquel maravilloso cuerpo. ―No es posible, ¿está caliente? ―pensó el asombrado voyeur.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sin previo aviso la máquina dejo de sonar y tío Antonio lanzó un improperio angustiado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Maldición… esta mugre se llenó. ―Tenía programada la cámara en máxima calidad, lo que bajaba el número de fotos que podía almacenar en la memoria.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cris, libre del hechizo de aquellos sonidos, se incorporó y se quedó sentada en la cama. Sintió un repentino rubor y llevó los brazos a cubrir sus senos. No le dijo nada a tío Antonio cuando se sentó a un metro de ella, sobre el mismo colchón.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Haz estado genial ―la alabó su suegro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella no alcanzó a responder. Sonó el teléfono.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era Miguel que avisaba que llegaría con amigos a cenar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span></p>
<p><span style="font-size: 14pt;"> <img decoding="async" class="aligncenter" src="https://img-7.poringa.net/poringa/img/E/0/F/9/7/1/Mrimagenesxxx/04D.jpg" width="562" height="374" /></span></p>
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		<title>&#8220;Paulina. Inocencia perversa&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 16 Oct 2020 12:17:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Resumen: Hola, mi nombre es Paulina, pero todos me llaman Pauly. Soy una estudiante de 18 años que cursa quinto de humanidades, último año de secundaria en mi país. De mi aspecto solo puedo decirles que siempre he estado muy bien dotada de delantera, quizás para armonizar con mi hermosa cola, que forma unas espléndidas curvas gracias a mi cinturita que es la envidia de todas mis amigas, y la fuente del deseo de mis compañeros y profesores. Les quiero contar mi historia. Deseo que conozcan de primera fuente las experiencias que me abrieron los ojos al mundo del sexo [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="http://relatosdantes.com/"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17324" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/relatos-dantes-1024x273.jpg" alt="" width="1024" height="273" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Hola, mi nombre es Paulina, pero todos me llaman Pauly. Soy una estudiante de 18 años que cursa quinto de humanidades, último año de secundaria en mi país. De mi aspecto solo puedo decirles que siempre he estado muy bien dotada de delantera, quizás para armonizar con mi hermosa cola, que forma unas espléndidas curvas gracias a mi cinturita que es la envidia de todas mis amigas, y la fuente del deseo de mis compañeros y profesores. Les quiero contar mi historia. Deseo que conozcan de primera fuente las experiencias que me abrieron los ojos al mundo del sexo y del exquisito goce carnal. No es un relato cualquiera, mis experiencias están fuera de lo común en muchos aspectos. No sé que es más extraño, lo morboso de mis vivencias, o el extraordinario placer que me generaron.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong><img decoding="async" class="size-full wp-image-17362 alignleft" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/Sin-título-4.png" alt="" width="510" height="662" />PAULINA<br />
CAPÍTULO 1</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Hola, mi nombre es Paulina, pero todos me llaman Pauly. Soy una estudiante de 18 años que cursa quinto de humanidades, último año de secundaria en mi país. De mi aspecto solo puedo decirles que siempre he estado muy bien dotada de delantera, quizás para armonizar con mi hermosa cola, que forma unas espléndidas curvas gracias a mi cinturita que es la envidia de todas mis amigas, y la fuente del deseo de mis compañeros y profesores. Hago mucho ejercicio, por lo que poseo unas piernas, además de largas, muy bien formadas. Mido un metro setenta y ocho, tengo una carita muy coqueta con ojitos risueños que, acompañada de mi respingona nariz y mis sensuales labios, hacen un juego precioso con mi pelo largo y semi ondulado. Supongo que, con todo lo que les he contado, creen que soy algo vanidosa. Ja, pues tienen razón, y les confieso algo que no le deben contar a nadie: me tiño el pelo color negro azabache…, aunque mi madre me dice que no es necesario, considero que se ve increíble contra mi piel de porcelana y mis ojos esmeralda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me describo solo físicamente, pues lo que llevo dentro ―quien soy en realidad― ha sufrido cambios drásticos el último tiempo. Son precisamente estos cambios los que me han llevado a contarles mi historia. ¡Pero que discursillo!, me sonó profundo, nostálgico en realidad. Pero basta de divagar, les sigo contando como partió todo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En la escuela, mis amigas y yo, somos las más populares entre los tres quintos que hay. Al cole debo ir con estas falditas escocesas y una blusita blanca, casi siempre ajustada pues me gusta mostrar mi figura, además, como les conté, mi delantera es bastante generosa, así que no hay talla que aguanté. Antes no me daba cuenta, o, en realidad, trataba de ignorarlo, pero la verdad es que, desde siempre, al pasar por el patio, sentía sobre mí la atención de todos, expuesta a las miradas de mis compañeros y profesores.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Si debo ser sincera, esto la mayoría de las veces me molestaba, pero a veces, cuando me percataba que un hombre feo o viejo me observaba, algo pasaba en mi interior. No sabía que era, y creo que aún hoy no estoy plenamente convencida de que es, puesto que todavía me pasa y, creo, ha sido la raíz de todas las vivencias que quiero compartir con ustedes. Cuando trataba de entender el deseo en los ojos de aquellos hombres, e imaginaba la impotencia de no poder alcanzarme, entendía que lo único que me mantenía a salvo de la violencia carnal que pretendían liberar sobre mí era el espacio público, el temor a la ley y al repudio social.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Todas esas ideas, que con el tiempo se han convertido en certezas, generaban una fuerte ventolera que avivaba las brasas que consumían mi inocencia. ¡Uy!, me puse algo cursi otra vez, sorry. No pretendía aburrirlos, pero la verdad es que algo me pasaba con los tipos que no tenían oportunidad con una chica como yo. Quizás por eso aún era virgen en ese tiempo. Rechazaba los avances de mi novio Pedro, el chico más lindo de la ciudad, simplemente porque no me provocaba, era demasiado respetuoso. Quizás, si se hubiese puesto más pesado, si me hubiera mirado con más hambre, puede ser que otra historia les estaría contando. Ahora que lo pienso, el simple hecho de haber aceptado ser su novia le resto infinitas posibilidades de remecer mis hormonas. La vida está llena de contradicciones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Bueno, vamos al grano. Tomo aire, junto valor y me confieso con ustedes:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se acercaba el verano y era la época donde estaba obligada a usar prendas delgadas y cortas para sentirme más fresca. Por esa razón siempre usaba calzoncitos de estos que les llaman colaless, que dejaban libres a mis firmes nalgas para saborear esas delicadas brisas que a veces circulaban bajo mi faldita. Sin embargo, mis preocupaciones no eran culpa del calor, sino de la falta de interés que sentía en mi interior en lo relativo a los chicos. Escuchaba hablar a mis compañeras de sus encuentros amorosos, ponía atención a los relatos que describían, de cómo sus novios les hacían todo tipo de cosas, y me sentía el bicho raro entre ellas al no compartir las emociones y las ansias propias de una chica de mi edad. Incluso una noche, en una de esas famosas fiestas o reuniones en pijama, todas se terminaron masturbando por los relatos ofrecidos por algunas de ellas. Yo, para no ser menos, simulé un orgasmo, pero con mis dedos podía sentir que mi entre pierna no estaba ni un poquito húmeda. Esta preocupación crecía cuando veía a un hombre de edad, o desagradable a la vista, mirándome con cara de degenerado, pues sentía unas sensaciones extrañas en mi chochita (muy ricas por cierto).</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una tarde, de vuelta de la escuela me subí al autobús que siempre tomo de regreso a casa. Con sorpresa me percaté que el conductor era un hombre de unos cincuenta años que yo nunca había visto. A diferencia de los demás, este me miró sin ningún disimulo de una manera que me hizo sentir muy inquieta. Se notaba como me desnudaba con la mirada, y sin ninguna vergüenza admiraba directamente mis senos. Al pagarle el pasaje, no pude evitar notar como entre sus piernas se le formaba un bulto y pensé: ―Este viejo cochino de verdad se calentó conmigo―. Sin poder evitarlo, empezó a sentir esas extrañas sensaciones en mi chochita, también sentí como mis pezones empezaban a ponerse muy duros y a notarse en mi apretada blusita. En ese momento, el conductor empezó a poner en marcha el autobús sin darse cuenta de que le habían puesto luz roja, ya que, el muy sinvergüenza, no quitaba los ojos de mi busto. Cuando se percató de esto, piso el freno bruscamente, lo que me hizo perder el equilibrio e irme hacia adelante dejando mis pechos a medio centímetro de su rostro. El muy aprovechador, simulando que él también fue sacudido por la mala maniobra, pasó a rozar con su cara el frente de mi blusa, restregando por unos momentos su rostro con mis pechugas. Eso me provocó un escalofrió tremendo por todo el cuerpo. Me puse muy nerviosa por la sensación tan intensa. Me volteé de inmediato y empecé a caminar hasta el final del autobús, huyendo de lo que aquel viejo me hacía sentir. Supe que el muy bandido me seguía con la mirada, ese tipo de individuos nunca desaprovechaba ni la más mínima migaja del placer de mi presencia. Y sabiéndolo, muy a mi pesar, les debo confesar que le regalé un lindo meneo de colita; no sé por qué, pero lo hice.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras caminaba por el pasillo, tratando de disimular mi inquietud, me di cuenta de que no había ningún puesto desocupado. Poco me importaba en realidad ir de pie, pero en un arranque de vergüenza, temiendo que alguien se diera cuenta de lo que había pasado, sentía que necesitaba esconderme en un asiento. Ya estaba resignada a tener que irme parada todo el camino a casa, cuando me percate de un hombre de unos cincuenta años que iba sentado al lado del pasillo, en el último par de butacas del autobús. Tenía una cara tosca y un físico regordete pero fuerte. Por su cansada apariencia me di cuenta de que era un obrero de la construcción después de un arduo día de trabajo. Se dio cuenta que lo estaba mirando, por lo que aparté la mirada y me detuve a pasar el viaje ahí a medio pasillo, manteniéndome lejos del chofer y evitando al obrero fisgón.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me equilibraba como podía frente al andar del autobús. No podía quitar de mi mente lo sucedido con ese descarado conductor. Mientras cavilaba en las extrañas sensaciones que volvían a importunarme, me di cuenta de que el oportunista obrero me observaba de una manera enfermiza desde el final del pasillo. No tenía que preocuparse de que alguien lo notara ya que a su lado iba un escolar durmiendo y al frente solo tenía la puerta trasera del autobús. A medida que el viaje continuaba, más gente se fue subiendo al autobús, empujándome hasta que quede situada justo al lado del viejo mirón. Ahí de pie frente a él, mi muslo desnudo rozaba su peludo brazo. Un par de señoras que quedaron al lado mío se pusieron a conversar. La más próxima me dio la espalda y se apoyó en el asiento que el obrero tenía en frente. Al saber con absoluta certeza que aquel hombre, sentado justo enfrente de mí, no dejaba de mirar mi cuerpo, empecé a sentir esos extraños cosquilleos en mi chochita y a notar como mis pezones volvían a notarse por mi blusa. La vergüenza volvió a atacarme. ¿Cómo podía sentir esas cosas? Me sentí afortunada de estar medio escondida entre la gente. De pronto noté como algo áspero rozo mi muslo. Al mirar hacia abajo pude ver como el obrero, con sus dedos, acariciaba de una manera muy delicada la parte interior de mi pierna. Cuando vi que el viejo alzaba la cabeza, reaccioné de inmediato y miré de nuevo al frente. El muy viejo verde, supongo que entusiasmado por mi reacción tan pasiva, empezó a tocarme con más confianza. Traté de correrme, pero no me dejo, me tomó del muslo con fuerza y lo volvió a donde estaba. Sorprendida miré hacia abajo y me encontré con su mirada amenazante y dura. En ese momento me di cuenta de que todos a mi alrededor estaban de espaldas hacia mí, formando una barrera que ocultaba la fechoría de la que estaba siendo víctima. El obrero volvió a apretar mi muslo con aún más fuerza, provocándome dolor y la reacción innata de mirarlo. Sus ojos, rodeados de arrugas, irradiaban malicia y la determinación de su semblante me dejo congelada, como una inocente conejita encandilada. Movió la cabeza de forma negativa advirtiéndome de esta forma que no pidiera ayuda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Quedé completamente petrificada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Entiéndanme, estaba asustada, no solo por las acciones de ese viejo cochino, sino por lo que estaba sintiendo. Me di cuenta de que todo mi cuerpo se calentaba, dominado por aquellas cosquillas mezcladas con el miedo y la vergüenza. No me culpen, no pude hacer nada, simplemente perdí mi vista lo más lejos que pude y dejé que ese hombre me tocara, que acariciara mis suaves piernas con sus asquerosas manos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El muy descarado, dándose cuenta de mi sumisión, recorría mis contornados y desnudos muslos a destajo, tocándome y dándome apretones ahí donde le daba la gana. Se notaba que le encantaba mi piel, la manoseaba con desenfreno. Yo, pese a la vergüenza y al miedo, no pude evitar que mi entre pierna, mi cosita, me traicionara, humedeciendo mi ropa interior. Me consolaba pensando en que ese maldito solo me tocaría las piernas. Pero esa fútil esperanza duró muy poco, ya que ese viejo me abrasó bajo mi faldita y empezó a subir lentamente por detrás de mis muslos hasta que, con su enorme mano, capturó mi redondo y firme trasero, acariciando y apretando mis cachetitos vírgenes a cualquier experiencia. Ese asqueroso hombre estaba toqueteándome a gusto, a mí, a una jovencita con el cuerpo de una muy bien formada mujer. Esta idea, que no dejaba de pasar por mi cabeza, me calentaba de una manera que, más que desconocida, era indeseable para mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras yo trataba de guardar las apariencias, tratando de que no se me notara el temor y el placer que sentía a partes iguales, ese animal metió un dedo debajo de la parte superior del colaless que traía. Luego lo fue bajando poco a poco y yo sentí como la fina tela encerrada entre mis nalgas, al salir, acariciaba todo lo que componía mi rajita. Para evitar que mi delicada prenda interior callera hasta mis tobillos abrí un poco mis piernas, consiguiendo que mi calzoncito quedara enrollado en la parte superior de mis muslos. Así ya nada lo molestaba para usurpar mis vírgenes orificios. Su mano no perdió oportunidad y, con desenfreno apenas contenido, siguió apretando y estrujando mi hermosa cola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ese asqueroso viejo estaba gozando con mi hermoso culo, estaba abusando de mí, me tenía asustada y a su merced. Pero, no puedo negarlo, me calentaba como loca. Sin darme cuenta paré mi trasero para darle una forma aún más perfecta. Gozaba insultando en mi pensamiento a ese hijo de puta que recorría como quería toda mi rajita, inclusive presionando mi apretado orificio posterior con sus inquietos y desesperados dedos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando sentí que la mano de ese miserable se acercaba lentamente a mi chochita, me di cuenta de que estaba más humeda que nunca, y yo más excitada de lo que recordaba haber estado en mi vida. Esa combinación de miedo y placer hacía que perdiera el control. Cuando uno de los dedos del obrero se deslizó entre los labios de mi conchita, sentí como este disfrutaba con los fluidos que emanaban de mi cuerpo. De reojo me percate que ese hombre miraba hacia arriba, buscando mi atención. Lo miré y me encontré con su tosca y degenerada sonrisa, seguramente causada por la sorpresa de encontrar mi conchita excitada. Al observarlo más allá, me di cuenta del descomunal bulto que se le había formado en los pantalones, prueba inequívoca de su enorme y excitado miembro. ¡Uy!, que vergüenza me da admitirlo, pero debo ser sincera, a estas alturas no saco nada con negarlo: el solo hecho de pensar que ese hombre quería meterme esa enorme cosa, sin compasión y sin importarle el dolor que me provocaría, hizo que me estremeciera. Ahora que se los cuento ni yo puedo creerlo, pero ¡descaradamente!, me permití un meneo apenas perceptible que acompañó el áspero roce de los dedos de aquel degenerado en mi húmeda chochita.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Antes de llegar a mi parada, la mitad de la gente en el autobús se bajó de una sola vez. Adiviné que una reunión o un espectáculo, ¿qué sé yo?, había sido el causante de que tanta gente hubiera tomado el bus a esa hora. Sin embargo, el viejo que me sometía aún me amenazaba con su mirada y sus apretones, por lo que no me atreví a salir de donde estaba. El escolar que estaba a su lado de repente despertó mirando para todos lados y, al darse cuenta de que se había pasado de su bajada, pidió permiso y aún medio adormilado se bajó por la puerta de atrás. El obrero, para cederle el paso, solo sacó las piernas hacia el pasillo del autobús, y, apenas salió el escolar de su lado, me empujó para que yo pasara al asiento recién desocupado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ya no había nadie de pie en el autobús, y yo estaba sentada en el último asiento atrapada por ese asqueroso viejo. Este, aprovechándose de que nadie podía verlo, empezó a subir su mano por mi muslo levantándome la falda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, por favor ―le rogué, casi en un susurro. Pero el muy depravado sonreía mientras, descaradamente, admiraba el obsceno manoseo que perpetraba sobre mis piernas desnudas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Arrinconada, al borde de las lágrimas, víctima de los inmundos deseos de aquel viejo verde, me vi envuelta en un torbellino de sensaciones. El contacto de sus atrevidas manos sobre mi piel provocaba descargas de adrenalina en todo mi cuerpo. Apreté mis extremidades contra sus intentos de introducir sus insanas maniobras entre ellas. En respuesta, bruscamente levantó una de mis piernas e introdujo la suya debajo, trabando mis movimientos, dejándome con las piernas abiertas y la faldita casi en la cintura. El muy degenerado se reía de mi cara de espanto y de mis tímidos ruegos mientras guiaba sus sucios dedos a mi traicionera conchita. El muy descarado se arrimó aún más y empezó a lamer mi oreja.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Uyy! Tan mojadita que esta mi zorrita ―me susurró, tan cerca que sentía el cosquilleo de su aliento sobre mi oído―. No seas tontita, déjate disfrutar. ―Se llevó a la boca uno de sus dedos empapado en mi chochito y lo saboreó a escasos centímetros de mi rostro―. Estas deliciosa, pequeña.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Volvió a sus infames toqueteos y dejo en libertad a su lengua para jugar entre mi cuello y el lóbulo de mi oreja.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, señor, por favor, déjeme bajar del bus. ―Aún no llegábamos a mi parada, pero sabía que debía escapar. Debía huir de aquel viejo y de mí misma.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Los besos de mi novio no provocaban ni la undécima parte de las sensaciones que me inundaban en ese momento. Pero mis ruegos no servían de nada, parecían estimular a aquel enfermo. Y, para qué negarlo, el jueguito de rogar y no ser escuchada desgarraba mi resistencia. La impotencia que sentía liberó una lágrima que no tardó en ser recogida por la lengua de mi atacante, que recorrió mi mejilla hasta llegar a lamer mis labios, estampándome un húmedo beso que apenas resistí. De pronto el dedo que recorría mi entrepierna se atrevió a hurgar un poco más allá. Me sobresalté, nunca había tenido nada dentro de mí. La traicionera e infame intromisión hizo que tensara mi cuerpo, apartándome lo más que pude a la ventana del bus.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Quién lo diría?, la zorrita es virgen ―se sorprendió el mal nacido―. ¿Te gustaría llegar a casa desvirgada hoy? ¿Qué dices, cariñito, te rompó la telita? ― me amenazó con malicia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me asusté demasiado. Eso no podía pasarme. ¿Qué le podría decir a mi novio?, él sabía que era virgen. ¿Cómo decirle que un maldito viejo verde me quito la prueba de virginidad con sus regordetes dedos en un sucio autobús?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No!, señor, se lo ruego, ¡no me haga eso! ―exclamé en voz baja, cuidando que mi desesperación no llamará la atención de los demás pasajeros y molestara a mi agresor―. ¿Qué le diré a mi novio, a mis padres?, se lo ruego, ¡déjeme ir!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero qué dices, cosita mía, la verdad es que no soy tan cruel. ―Su dedo continuaba hundido en mi conchita hasta la falange―. Haremos un trato. Me portaré bien contigo si tú te portas bien conmigo en lo que queda de viaje.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero ¿cómo?, debo bajarme ya, mi parada paso hace rato ―mentí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Olvídalo, zorrita ―respondió irritado―. Anda, dame un beso como los que le das a tu imbécil noviecito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me quede inmóvil, mirándolo contrariada por el miedo y los placeres que ese cochino despertaba en mi intimidad. Me sobresalté al sentir aquel dedo intruso perforar un milímetro más dentro de mí. Comprendí que no tenía alternativa. Cuando el miserable se acercó a lamer mis labios, lo recibí complaciente, abriendo mi boca para engullir su gorda lengua, permitiéndole al mismo tiempo juguetear con la mía. Su aliento a tabaco me recordó a mi padre; el solo pensar que aquel tipo podía ser mi padre, pese a que me da pena admitirlo, me calentó aún más. Imaginé que la boca que violaba la mía era la de papá y devolví el jugueteo de lengua con cariño y pasión. ¡Dios!, qué difícil confesarlo, pero mi mano no tardó en buscar apoyo en su cuerpo. Entre los botones de su camisa pude sentir el grueso pelo en pecho de aquel maldito viejo. Pero, en mi cabeza, seguía siendo mi padre y me imaginaba diciéndole: ―Ayyy qué… rico pa….pi, qué rico tu… cariño…papiiii.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El jugueteo de los dedos en mi conchita se volvió delicioso, y realmente lo eche de menos cuando lo dejo para hurgar bajo mi blusita. Liberó mi busto del molesto brasier y capturó con su tosca mano mis juveniles senos. Se alejó, dejando un acusador hilo de baba entre nuestros labios. Me observó, ahí, con las piernas abiertas, recibiendo su desesperado manoseo en mis pobres ubres.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Que tetazas que tienes, pendeja! ―dijo al momento que se incorporaba en su asiento para soltar su cinturón y desabrocharse el pantalón. En un momento dejo libre un enorme y rígido pene coronado por un glande hinchado y brilloso. Nunca había visto uno en vivo y en directo. A estas alturas, ya les puedo confirmar que era grande para el promedio; pero, en ese momento, lo único que me paso por la cabeza era lo parecido que podría ser al de mi padre.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me tienes muy caliente, putita ―me dijo, con voz entrecortada y esa maldita sonrisa en el rostro. Tomó mi mano y la puso sobre su miembro―. Apriétalo, para que te des cuenta de lo duro que esta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al darse cuenta de que yo estaba congelada, metió su mano por mi entre pierna y presionó con fuerza. Reaccioné arqueando mi cuerpo, dándole espacio para que metiera su otro brazo tras de mí y empezara a acariciar mi espalda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡¿Qué pasa, princesa, no teníamos un acuerdo?! ―murmuró con rabia en mi oído―. ¿Acaso no te excita este viejo candoroso?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No quería que el muy maldito se diera cuenta de la ansiedad que me dominaba. Mis nervios no tenían su origen en sus amenazas, el miedo habia remitido bastante y mi excitada curiosidad iba en aumento. Ya ni siquiera me importaba mi telita amenazada, pero era la oportunidad de esconder mis ganas bajo el inocente manto de la víctima asustada y sumisa. Apreté el miembro del maldito. Era duro y pude sentir las palpitaciones de sangre que bullían bajo la piel oscura y suave. Me intrigaba el poder de mi cuerpo. ¿Acaso yo había hecho eso?, ¿esa cosa estaba a reventar por mí? La tibieza de aquel pedazo de carne me extasió, confundida a mas no poder no dejaba de mirarlo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaah, yo sé que te gusta, putita. Aaaaah, se te nota en la cara lo caliente que estás ―susurraba el maldito, mientras agarraba una de mis tetas por debajo de la blusa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al oír esto me di cuenta como excitaba a ese viejo con mi sumisión. Él sabía que estaba abusando de una hermosa joven; de esas que lo despreciaban en la calle; de esas que podrían ser su hija o su sobrina; de esas que nunca soñó tener, y que en ese momento tenía a su merced. Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar en esas cosas y excitarme aún más. ―¿Esto es lo que le hace mi madre a mi padre?, ¿es lo que ellos se hacen? ―me preguntaba, llevada por aquellas fuertes sensaciones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me quieres correr una paja, ¿no es cierto? Pues adelante, putita ―dijo, sobreexcitado, a la vez que aumentaba la intensidad del manoseo sobre mi cuerpo, estirando de vez en cuando mis inocentes pezoncitos como si fueran las perillitas de un televisor viejo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apreté con todas mis fuerzas su rígida verga, tratando de devolver el dolor que él producía en mis senos, que eran inocentes víctimas de sus violentos apretones. Sin previo aviso, liberó mis pechos para guiar la manita que atenazaba su miembro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Muévelo…, arriba y abajo…, eso, apriétalo, demuéstrame que te gusta ―jadeaba en mi oído, mientras yo recordaba como mis compañeras contaban las pajas que les hacían a sus novios. Me esforcé en grabar cada detalle para construir mi propia historia, una donde seguramente la verga sería de mi novio, aunque yo sabría la turbia verdad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Veía como, al bajar mi apretón, se tensaba aquel falo, mostrando aquella cabeza en su máxima expresión. Cuando subía, su prepucio cubría su glande, aposando en su punta los viscosos líquidos que emanaban de él. Podía sentir lo mojado de mi entrepierna y como se me hacía agua la boca al ver aquellos excitantes jugos. Mis carnosos labios se removían inquietos, como si advirtieran el hambre que había despertado en mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estuve unos infartantes minutos haciéndole la tremenda paja a ese individuo. De pronto, sentí como él dejaba de acariciarme la espalda para empujar mi cuerpo sobre sus piernas. Accedí, excitada por mi propia sumisión, victima de ese viejo sin vergüenza y de mis propios demonios. Con una de sus manos agarró mi pelo, teniendo así total control sobre los movimientos de mi cabeza. Con la otra mano condujó su miembro y pusó su húmedo capullo en mis labios. El olor a verga excitada llegó por primera vez a mí, era un fuerte y atrayente olor a deseo, a macho. No me importó de quién fuera ese capullo, me sentí con la responsabilidad de consolarlo. La idea de que podría ser el de mi padre, solicitando mi ayuda, terminó de quitarme la razón, convirtiéndome en una autómata programada solo con instintos animales.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Engullí la poza encharcada que mantenía su prepucio sobre la punta de su tranca. Su sabor amargo y hediondo me resultó exquisito. Abrí aún más mi boca y empecé a chupar. Mis labios rodearon su hinchada cabeza y mi lengua capturó el agrio sabor de los fluidos que no dejaban de salir, escupidos, destinados a alimentarme. Reuní todos los líquidos mezclados con mi saliva y los llevé a mi garganta, tragándolos sin reparo. Me alejé unos segundos, los justos para relamer mis labios como una gata que degusta su alimento favorito. Volví a la carga introduciendo aquella barra de carne hasta mi garganta. El viejo, extasiado, guiaba los movimientos de mi cabeza a placer. Comprendí que le estaba corriendo una paja con la boca, una paja más húmeda, más tibia, más morbosa. En ese momento no lo sabía, pero orgullosamente les aseguro que el hambre que me impulsó a realizarle aquella felación consiguió anular por completo mi inexperiencia, puesto que el disfrute y pasión que puse, estoy segura, tenían a mi agresor extremadamente satisfecho.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me di cuenta de que me gustaba ser abusada. O fue lo que pensé en ese instante, cuando no entendía bien que llevaba a mi cuerpo a sentir esas sensaciones tan especiales.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ya no pude seguir recelando frente a lo que estaba sintiendo. Con una de mis manos acaricié la base de su miembro, me liberé de su guía y empecé a chupar a gusto ese mal oliente y rígido caramelo que me veía obligaba a tragar. Al darse cuenta de mi cambio de ánimo, soltó mi pelo para solo apoyar su mano derecha en mi cabeza. Mientras, subió mi faldita hasta mi cintura, dejando al descubierto mi desnudo trasero. Podía imaginar cómo se veía mi culo, ya que mi posición me obligaba a pararlo, debía ser un espectáculo precioso para ese miserable bastardo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sentí sus violentas caricias en mis nalgas. Eran dolorosas; sin embargo, sentí ganas de pedirle que me diera de palmadas como si fuera una niña traviesa. No lo hice solo porque pensé que el ruido de esos manotazos podría llamar la atención de los demás pasajeros.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto uno de sus dedos se escabulló en mi rajita y presionó mi orificio trasero, a lo que respondí hundiendo hasta mi garganta todo el pedazo de carne que tenía metido en la boca. Su dedo rompió violentamente la resistencia que mi virginal ano había ofrecido y, poco a poco, empezó a meter y sacar el dedo de mi culito. Yo no pude aguantar y seguí sus embestidas con un meneo de caderas incontrolable.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La sensación de placer en mi interior crecía a una velocidad atemorizante. Sabía que aquel bastardo estaba abusando de mí y que era un viejo asqueroso que hasta podía ser mi padre. Yo era una adolescente muy deseable, el sueño de cualquier degenerado como ese y, además, debo admitir, pese a que me avergüenza mucho, una gran puta que disfrutaba lo que le hacían. Mi cuerpo se llenaba de placer y no podía controlar el deseo de seguir comiendo salvajemente de su caliente miembro y obligar con mis caderas a que su dedo entrara en lo más profundo de mi culo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Algo que nunca había sentido me dominaba, la intensidad de aquellas sensaciones me hacía divagar entre mis secretas fantasías, como un flashback de mis sueños más morbosos. ―¡Qué rico!…, papi― pensaba, mientras me volvía cada vez más loca. Me dejé llevar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A poco andar, cuando más deseaba que eso durara para siempre, sentí palpitaciones en la carne que comía; que, acompañadas de sendas vibraciones, llenaron mi boca de un fluido caliente y viscoso. No pude aguantar y, casi por reflejo, empecé a correrle de nuevo una paja con mi mano, mientras chupaba su capullo, exprimiendo y tragando hasta la última gota de su deliciosa leche. Cuando el primer orgasmo de hombre que había provocado llegó a su fin, sentí una mezcla de orgullo, decepción y…, cariño. Sí, ¡cariño! Lo crean o no, en ese momento, con las ansias propias de una mujer excitada, me sentía medio enamorada del viejo ese. Así que me quede ahí acariciando con mi mano y mi lengua la verga que, despojada de toda su leche, decaía, languideciendo sobre los pantalones desabrochados.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto, el obrero, rápidamente guardó su miembro. Lo miré y me encontré con su teléfono móvil apuntándome. No reaccioné cuando me sacó varias fotos, donde quedaba de manifiesto lo que acababa de hacer. Me vi toda desordenada y con las ropas descorridas en un sucio asiento de bus. De mi boca escurría una gota de su semen, que por instinto me apresuré a rescatar con mi lengua. Él lo vio y quizá lo grabó, ¿quién sabe? Bueno, ahora lo sé, pero lo supe mucho después, un relato para otro día.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando pareció satisfecho de admirarme, guardó su teléfono y se abalanzó sobre mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Cada vez que miré esas fotos me voy a calentar contigo. Si te hubiera atrapado sola, te lo habría metido hasta por los oídos. Sin duda eres la puta más guapa que me la ha chupado ―susurró despreciativamente a mi oído.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El muy cochino bajo del autobús en la siguiente parada y yo me di cuenta de que faltaban unas pocas para la mía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No podía creer lo que me pasó. Había tenido mi primera experiencia sexual realmente placentera. ―¿Un orgasmo?―pensé en ese momento. Después de todo lo que pase después de eso, sé que no lo fue, pero estuvo muy cerca de serlo. Y fue a merced de un viejo degenerado en un autobús. El muy asqueroso había echado todos sus mocos en mi boca. ¿En que estaba pensando?, me los comí todos. Aún llevaba su sabor impregnado en mi garganta. Pero lo más preocupante: ¡¡¡Lo disfruté!!! Dios mío, disfruté imaginando que era mi padre, aunque sin esa ayuda ―bastante enfermiza por lo demás― lo más probable es que lo hubiera disfrutado igual. El viejo tenía razón, era una zorrilla, me pareciese o no supe que me gustaba el sexo. Pero mi novio, ¿qué tenía mi novio?, o mejor dicho, ¿qué no tenía?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span></p>
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		<title>&#8220;Paola&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Dec 2018 09:36:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Resumen: Paola vive una vida de ensueño. Esta casada con Juan Pablo, un clasista y exitoso abogado, futuro socio del bufete más prestigioso del país. Ella sabe que su marido es celoso y durante una conversación casual le pregunta que haría si ella le fuera infiel; él responde que le devolvería la infidelidad 10 veces en venganza. Cuando Paola descubre que Juan Pablo es el infiel decide vengarse de la misma manera que él lo haría. Pero no lo hará con cualquiera, los afortunados serán aquellos tipos de hombre que su marido detesta. Cuidado, ¡Paola esta en pie de guerra! [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="http://relatosdantes.com/"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17324" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/relatos-dantes-1024x273.jpg" alt="" width="1024" height="273" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"> Paola vive una vida de ensueño. Esta casada con Juan Pablo, un clasista y exitoso abogado, futuro socio del bufete más prestigioso del país. Ella sabe que su marido es celoso y durante una conversación casual le pregunta que haría si ella le fuera infiel; él responde que le devolvería la infidelidad 10 veces en venganza. Cuando Paola descubre que Juan Pablo es el infiel decide vengarse de la misma manera que él lo haría. Pero no lo hará con cualquiera, los afortunados serán aquellos tipos de hombre que su marido detesta. Cuidado, ¡Paola esta en pie de guerra! </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">PAOLA</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">CAPÍTULO 1</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17483 alignleft" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/11/Paola-I-Rev2-min-791x1024.jpg" alt="" width="424" height="549" />Paola estaba casi lista; su vestido nuevo realzaba su figura como si fuera una segunda piel. Lo único que la demoraba era que no terminaba de admirarse frente al espejo de su dormitorio. Y no era para menos, pues esa noche debía ser la mujer más bella de la fiesta. Se celebraría el aniversario del bufete de abogados en el que trabajaba Juan Carlos, su marido, y él le había insistido en que ese evento sería muy importante para su carrera, porque influiría decisivamente en la posibilidad de convertirse en socio de la firma. Había agregado que no reparara en gastos para ser el centro de todas las miradas, y ella se lo había tomado muy en serio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero se había complicado más de la cuenta para lograrlo. De su cuerpo no necesitaba preocuparse, pues concurría asiduamente al gimnasio de su tío. En cuanto al bronceado de su piel, le bastaron unas cuantas sesiones de solarium para adquirir un exquisito tono acaramelado. La complicación se produjo en la elección del vestido que usaría en esa fiesta. Como a toda mujer, le costó decidirse, aunque no por la misma razón que les cuesta a la mayoría de las mujeres —“Todo me queda mal”—, sino porque a ella ¡todo le quedaba muy bien! Su casi metro ochenta de estatura se erguía como una escultura de curvas perfectas, sus piernas eran largas y torneadas; su trasero, firme y espléndidamente formado; su cintura, muy fina y flexible; y sus pechos generosos, redondos y tersos parecían modelados por un eximio artista. Así, no era su cuerpo la causa de su indecisión, sino la dificultad de elegir acertadamente, entre todos los vestidos que le quedaban bien, el que pudiera convertirla en la invitada más deslumbrante del evento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No sabía si usar un vestido corto o largo, ajustado u holgado, de colores fuertes o tenues, brillante u opaco, osado o recatado. Pasó tres días buscando en las mejores tiendas de la ciudad; todo la convencía, pero no lo suficiente. Ya casi se había dado por vencida cuando decidió ir al barrio San Esteban.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">San Esteban era un barrio de negocios dedicados a vender ropa de importación y productos afines. Debido a sus bajos precios, sus tiendas eran frecuentadas por gente común y corriente, e incluso por las clases bajas de la ciudad. Juan Carlos, clasista y engreído como era, le había prohibido ir a ese sector. Pero Paola había conocido el barrio en sus tiempos de estudiante, y viendo que en las tiendas visitadas hasta entonces no encontraba lo que quería, decidió probar suerte ahí. En todo caso, Juan Carlos no tendría cómo saberlo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegó a eso de las tres de la tarde. Recorrió varias galerías y visitó decenas de locales, pero ya eran casi las seis y no había tenido mejor suerte que antes. El único cambio que había percibido era que muchos hombres la miraban, y algunos descaradamente. Incluso había oído toda clase de piropos al pasar. Pensó que aquel barrio no solía recibir mujeres tan espectaculares como ella. En los lugares que frecuentaba habitualmente no la miraban menos, pero los que lo hacían eran más disimulados. Sin embargo, la situación no la incomodaba; siguió buscando su vestido ideal, dejando que la miraran cuanto quisieran; total, ella era sólo de su marido. “Recojan las migajas, que sólo Juan Carlos se alimenta de esta carne”, pensó orgullosa, y no pudo evitar sonreír al advertir que esa clase de comentarios eran típicos de su adorable pero siempre altanero marido. Recordó que precisamente esa forma de ser de Juan Carlos había provocado ciertos roces entre ellos al comienzo de su relación. El trato despectivo que descargaba sobre las personas humildes o de mal ver, a ella solía molestarle, y generaba discusiones y distanciamientos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estaba a punto de irse, decepcionada, cuando vio una tienda nueva en un entrepiso donde solían haber sólo sexshops. En la vitrina había dos vestidos que llamaron su atención, y decidió acercarse. Subió la escalera, y advirtió que para llegar a la tienda debía pasar ante otros negocios dedicados al sexo. Eso la incomodó bastante, pues junto a la baranda que bordeaba el entrepiso había dos tipos que ya habían clavado sus miradas en ella. “No seas tonta”, pensó, pues sabía que no había nada que temer: era un barrio popular, pero no peligroso. Lo que le molestaba era pasar ante tiendas dedicadas a vender juguetes eróticos, ropa interior altamente provocativa y videos pornográficos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Siguió adelante, ignorando el silbido que dejó escapar uno de los hombres que la miraban. Llegó a la tienda, y vio que no sólo vendía vestidos de fiesta, sino también ropa interior de encajes y uno que otro juguete sexual. Junto a los dos vestidos que le interesaban había en vitrina sendos falos de goma que desviaron su atención por un momento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se preguntó si era correcto que una mujer decente entrara en una tienda como esa. Se moriría de vergüenza si algún conocido la viera visitando un antro así. Sin embargo, los vestidos eran realmente llamativos, muy diferentes a los que había visto antes. Uno le pareció muy sexy; era corto y de tela elasticada, rojo y anudado a la espalda. El otro era un vestido largo de color morado, abierto por un tajo que llegaba hasta muy arriba; su tela ligera caía elegantemente por las torneadas formas del maniquí. Miró disimuladamente a su alrededor; los únicos que la miraban eran los tipos que le habían silbado, simples desconocidos que no volverían a verla en su vida. “¡Al diablo!”, pensó, y entró.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era un local algo oscuro, propicio para el negocio que parecía ser su fuerte. Había un cliente revisando unas películas XXX, tan absorto en su asunto que no se percató de la tremenda mujer que pasaba a unos metros de él. Al fondo, sentado tras un mesón, un viejo de barba hojeaba un ejemplar de Playboy. El sonido de los tacos de Paola hizo que se despabilara. Se levantó de inmediato; no medía más de un metro setenta, por lo que debió levantar su mirada hasta los ojos de su visitante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola notó que los ojos del viejo la recorrían en una fracción de segundo, y experimentó una molesta sensación, que por extraño que parezca no le resultó del todo desagradable. Al recordarla después no sabría explicarla, pero fuera lo que fuera no la hizo dar vuelta atrás. Y en adelante se sintió como una tonta cada vez que le venía el impulso de salir corriendo de ahí. Se le ocurrió que la protección que le brindaba su buena vida la había vuelto temerosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿En qué puedo atenderla, señorita? ―preguntó amablemente el viejo, que parecía ser el propietario.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me gustaría ver los vestidos que hay en vitrina… el rojo y el morado ―dijo Paola, señalando los maniquíes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Los tengo en bodega; llegaron hace poco, y todavía no los he ubicado en las estanterías―. El viejo miraba alternativamente sus ojos y sus pechos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahora Paola se sintió insegura, expuesta directamente a una inspección que le pareció invasiva. Sin embargo, el tono amable del viejo, incongruente con sus lascivas miradas, de alguna forma la tranquilizó. Se dijo que ese hombre era como cualquier otro, y que ella provocaba esas reacciones en el sexo opuesto. De pronto hasta lo compadeció, al pensar que nunca podría satisfacer su deseo de gozar a una mujer como ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero voy a traer algunos de la bodega —agregó el viejo—. Vienen en tallas europeas estándar, y creo que la de los maniquíes le vendría a la perfección.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se dio vuelta y desapareció por una puerta que había tras el mostrador.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se quedó pensando en lo que había dicho el hombre: “La talla de los maniquíes le vendría a la perfección”. Esos maniquíes eran especiales para lucir ropa interior y trajes eróticos. No eran planos como los de las tiendas habituales, sino voluptuosos y torneados. Sonrió al darse cuenta que estaba tomando la curiosa comparación como un cumplido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo volvió con una gran caja de cartón, de la que extrajo dos vestidos empacados en fundas plásticas, uno rojo y otro morado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―El probador está ahí ―dijo, indicando una cortina situada hacia el fondo del local. Paola se dio cuenta de que su voz revelaba cierta dosis de ansiedad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No estaba en los planes de Paola probarse ropa en un antro como ese, pero le gustaban mucho los dos vestidos. Tras pensarlo un momento, los tomó y se dirigió al probador. Encendió la luz, corrió la cortina, y se encontró con un espacio limpio y bien iluminado. Se sorprendió al ver a un costado un espejo de cuerpo entero en perfectas condiciones; no se había imaginado un probador así en un sexshop.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Lo único que la seguía molestando era el tipo de gente que visitaba esas tiendas. Estaba a punto de desnudarse muy cerca de un tipo que estaba eligiendo una película porno. La curiosa situación le pareció cómica, pero le provocó ambiguas sensaciones. Era algo atrevido, algo que nunca había hecho, y de pronto derivó hacia una inesperada excitación, al imaginarse como la protagonista de una película erótica. ¿Qué pensaría Juan Carlos?, se preguntó. Seguramente no le gustaría nada. Pero ya estaba ahí; no echaría pie atrás, y su marido nunca lo sabría.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cerró la cortina, colgó su cartera en un gancho y examinó el vestido rojo. Le pareció de una talla inferior a la suya, pero recordó que era elasticado; estiró la tela, y comprobó que daba bastante. Lo dejó en una banqueta y se quitó el vestido que traía puesto. Se quedó con su tanga y un brassier ligero que usaba en los días de calor. Se miró al espejo, recordó la comparación del viejo con los maniquíes, sonrió, imitó sus poses y se dio cuenta de que el hombre no estaba en absoluto equivocado. Tomó el vestido rojo y se lo puso con esfuerzo, ya que en realidad era pequeño. Le quedó a reventar en el trasero, y sus pechos parecían querer escaparse del brassier. El espejo le devolvía una imagen extraordinariamente provocativa, sus piernas largas y bronceadas tenían total libertad, puesto que el vestido apenas le cubría un par de centímetros por debajo de las nalgas. Le dio la espalda al espejo y se inclinó con el trasero en pompas; el vestido se le levantó, dejando ver la mitad de su cola desnuda, y el rosado de su tanga aflorando justo a tiempo para cubrir su intimidad. “Parezco puta”, pensó. Se divirtió posando un minuto más, y decidió probarse el vestido morado. No pudo ponérselo; era demasiado pequeño, y al no ser elasticado temió que se descosiera. Se volvió a vestir y salió del probador.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo seguía tras el mesón. Paola lo notó diferente. Tenía los ojos un poco vidriosos, y se veía agitado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cómo le fue? —preguntó al verla aparecer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me quedan chicos —contestó ella, tendiéndole los vestidos—. ¿Tiene otra talla más grande?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo buscó en la caja, sacó dos vestidos más y guardó los otros. Paola los recibió y volvió al probador. Sabía que el vendedor la seguía con la mirada, sabía que si se daba vuelta lo encontraría con los ojos pegados a su cola. Caminó felina y elegantemente, no supo qué la indujo a hacerlo, pero le gustó. “Soy la heroína”, pensó, “y las heroínas debemos proporcionar algún agrado a los necesitados de este mundo.”</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aunque el vestido rojo le quedaba mejor, seguía siendo demasiado provocativo. Pero el morado la fascinó: le quedaba perfecto. Ahora que lo tenía puesto, entendió por qué se vendía en ese tipo de tiendas. El tajo del costado, que originalmente llegaba hasta medio muslo, se cerraba sobre un velcro que podía abrirse hasta la cadera. Le encantó la idea de mostrarle esa singular propiedad a Juan Carlos cuando volvieran de la fiesta. No necesitaría sacárselo para mostrarle el esplendor de sus piernas y su trasero apenas cubierto por una diminuta tanga. Ensayó ante el espejo la abertura del vestido. Lo abría hasta la cadera, sacando su hermosa pierna por entre las telas, se daba vuelta, arqueaba la espalda y descubría su extraordinaria cola en pompas. “¡Fabuloso!”, pensaba mientras repetía la rutina. Estaba decidido: se llevaría el morado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salió satisfecha del probador. El viejo la miró con más descaro mientras recibía los vestidos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me llevaré el morado ―dijo Paola, y le alargó su tarjeta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿No le interesa nada más? ―preguntó el hombre, en tono insinuante―. Tenemos lencería muy íntima y exclusiva ―y señaló unos colgadores con tangas y brassieres de encaje.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió que el viejo se tomaba demasiada confianza. Cómo podía ocurrírsele ofrecer ese tipo de prendas a una dama.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, gracias ―dijo con voz un poco cortante, sólo para darle a entender su molestia. Mal que mal, la desubicada en una tienda como esa era ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero tenemos grandes ofertas…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Lo siento; tengo poco tiempo ―lo interrumpió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Entonces déjeme darle una tarjeta; si la trae la próxima vez le haremos un buen descuento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola no alcanzó a negarse, porque el viejo empezó a registrar los cajones del mostrador. Pareció frustrado al no encontrar lo que buscaba, le hizo un gesto a Paola para que lo esperase y traspuso la puerta que daba a la bodega. Paola lo vio avanzar por un pasillo que se bifurcaba un par de metros más allá, y seguir hacia el lado derecho. Entonces se le ocurrió que podía conducir a una habitación colindante con el probador que acababa de ocupar, y una oscura sospecha se instaló en su mente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Escuchó que el viejo abría cajones y revolvía cosas. Al fin no pudo con el presentimiento que la atormentaba, y volvió rápidamente al probador. Se asomó adentro sin descorrer la cortina, y su temor se vio confirmado. Vio al viejo rebuscando en unos cajones justo detrás del espejo, que ahora funcionaba para ella como una ventana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al salir del probador ella había apagado la luz. Y el viejo, en su morboso entusiasmo, había encendido la del cuarto que estaba detrás, generando así el efecto contrario. Ahora era ella la que lo espiaba a él. La diferencia radicaba en que Paola no veía nada bueno al otro lado del vidrio, sino sólo a un viejo sinvergüenza que la había admirado furtivamente mientras se probaba los vestidos. “Menos mal que no me saqué el brassier”, pensó con rabia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Volvió furiosa al mostrador, pero se dijo que no sacaría nada con hacer un escándalo. Ahora comprendía por qué el viejo parecía tan agitado. Después del espectáculo que había presenciado debía agradecer que no le hubiera dado un infarto. También entendió por qué le había entregado tallas más pequeñas, y se indignó más al recordar lo estrecho que le quedaba el primer vestido rojo—. “¡Hasta me incliné para mostrarle la cola!” ―maldijo para sus adentros.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al fin el viejo volvió, con una expresión triunfal y una tarjeta en la mano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Sabía que estaban por ahí! ―exclamó mientras le entregaba la tarjeta―. Vuelva con ella y le haré un cincuenta por ciento de descuento en su próxima compra.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola reprimió todo lo que hubiera querido decirle a aquel viejo verde. Esperó que registrara la compra y le envolviera el vestido. Le pidió que le diera una bolsa sin el logo de la tienda, que era obscenamente erótico, y abandonó el local rápidamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando llegó a su auto tiró la bolsa al asiento trasero, subió y golpeó con rabia el volante. “¡Maldito viejo caliente!”, exclamó para sí misma. “Le di el espectáculo de su vida, cómo se debe haber agarrado el paquete”. De pronto recordó su ocurrencia de sentirse heroína, y la invadió una tentación de risa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se sentía casi violada; ese viejo había disfrutado de su cuerpo sin su consentimiento. Pero había sido ella la que se había ido a meter en la boca del lobo. Había ido al barrio San Esteban desobedeciendo a Juan Carlos, y por si fuera poco, había entrado en un sexshop para comprar un vestido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Poco a poco se fue dando cuenta de que lo que había pasado no era tan terrible, y que al final le había hecho un pequeño regalo a ese pobre viejo aprovechador. Al pensar que había sido víctima de un degenerado (y seguramente la mejor presa de su vida), se sintió en extremo deseada, y la recorrió un ligero escalofrió al recordar cómo se veía con el vestido rojo. Sacó de la bolsa la tarjeta que le había dado el viejo; figuraban el nombre de la tienda, la dirección y el teléfono. Sonrió, y la guardó en el bolsillo secreto de su cartera.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">***</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Paola seguía admirándose ante al espejo de su dormitorio. Lucia un bronceado increíble, el peluquero había hecho maravillas con su hermoso cabello, sabía que sus delicadas sandalias de taco alto hacían un juego perfecto con ese vestido morado adquirido hacía una semana en tan curiosas circunstancias, y se sentía la mujer más enamorada del mundo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Recordó lo que le había ocurrido en el barrio San Esteban. Extrañamente, aunque al principio la sensación de exponerse le había incomodado mucho, ahora le parecía placentera. Se había convencido de que ella no tenía responsabilidad alguna en lo sucedido. No tenía la culpa de haber caído en la trampa de un viejo sin escrúpulos. Además, era obvio que nunca se habría mostrado semidesnuda ante otro hombre que no fuera su esposo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Estás lista? ―preguntó Juan Carlos, entrando en la habitación. Cuando vio a su mujer la miró asombrado―. ¡Guauu…! Te ves preciosa, hoy seré la envidia de la fiesta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Siempre eres la envidia de la fiesta, cariño, por lo menos para los hombres; para las mujeres soy yo ―dijo Paola, coqueta. Sabía que su marido era muy atractivo. Él también lo sabía, y eso duplicaba su arrogancia. Más de una vez había hecho comentarios que a Paola la hacían pensar que estaba seguro de poder llevarse a la cama a cualquier mujer, incluso a las de sus amigos. Eso a ella no le hacía ninguna gracia, pues, al igual que él, era bastante celosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué harás si tus compañeros de trabajo me miran demasiado? ―preguntó, en tono juguetón. En realidad, quería saber qué le parecería a Juan Carlos ver a su mujer sobreexpuesta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Que miren todo lo que quieran ―y se acercó a ella―. Yo más tarde haré mucho más que mirar ―le susurro al oído, y la besó pícaramente en el cuello. Luego entró en el baño para hacerse el nudo de la corbata.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su respuesta no dejó conforme a Paola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Hablando en serio, ¿no te molesta que me miren? —le preguntó desde el dormitorio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eres tan bella que eres mi mujer —respondió Juan Carlos, con su habitual suficiencia—. Lo único que pueden hacer los demás es mirarte. Y mientras más te miran, peor para ellos —se asomó desde el baño y la miró―. Porque eres sólo mía, y siempre lo serás. De nadie más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No deberías ser tan confiado, cariño ―replicó Paola, con una maliciosa sonrisa― Nunca confíes en nadie.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Oh my love, nunca confío en nadie. Por eso hasta tengo planeada una implacable venganza en caso de ser víctima de tan inexplicable… deserción ―dijo Juan Carlos, asestándole una sonrisa igualmente maliciosa, y volvió a meterse en el baño.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Inexplicable…?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué mujer puede necesitar otro hombre teniéndome a mí como esposo y amante?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tanto engreimiento volvió a molestar a Paola. Pero la curiosidad pudo más que la rabia que empezaba a sentir.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y cómo te vengarías? Si lo has planeado, lo debes tener bastante claro, ¿no?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Juan Carlos salió del baño terminando de anudarse la corbata.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me desquitaría diez veces, con diez mujeres distintas. Pero no con cualquiera; buscaría a tu mejor amiga; después a la enemiga más acérrima de tu escuela; luego a la antigua jefa que odiabas; también al amor platónico de tu juventud, y me encamaría con su mujer—. Hablaba en tono indiferente, como queriendo provocarla, mientras se ponía su reloj y buscaba la chaqueta del esmoquin―. Continuaría con un par de amigas mías que sé que detestas; alguna prima lejana que apenas conozcas; buscaría alguna modelo famosa para que pudiera aparecer en todos esos programas de farándula…. Y bueno, las dos restantes serían una sorpresa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola lo miraba sin decir palabra. Juan Carlos le devolvió una sonrisa ambigua, se le acercó y susurró en su oído:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Pero no todo terminaría ahí. Me fotografiaría con cada una, y una noche, durante la cena, te entregaría todas esas fotos acompañadas de cartas que te demostrarían el amor que sienten por mí, y lo convencidas que están del amor que yo siento por ellas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Juan Carlos sabía cómo hacer daño, se dijo Paola. Sus celos no pudieron más: le dio un fuerte empujón que lo hizo caer sobre la cama y se encerró en el baño. Oyó la risa de Juan Carlos, oyó que le golpeaba la puerta y le decía que no fuera tonta, que era sólo una broma.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Pues no me ha hecho ninguna gracia! ―le gritó ella. A veces no soportaba las estúpidas ocurrencias de su marido. Además, resultaba difícil creer que hubiera inventado algo tan rebuscado en el momento. De seguro lo había pensado antes, y meticulosamente. ¿Con que era una broma? Pues ahora le tocaba bromear a ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Te aconsejo que te vayas, o llegarás tarde a tu fiesta —le dijo en voz alta a través de la puerta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Vamos, mi amor, no lo hagas por mí; hazlo por todos esos hombres aburridos a los que les espantarás el tedio apenas te vean.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Siguieron así, entre súplicas masculinas y arañazos femeninos. Hasta que las ingeniosas ocurrencias de Juan Carlos hicieron que Paola saliera y le diera un par de besos de paz.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Uf, guárdate para más tarde, querida, que las reconciliaciones en la cama son las mejores ―dijo Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Terminaron de alistarse para la gran noche que se avecinaba.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">***</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Don Julio estaba regando su jardín. Era un poco tarde para eso, pero había tomado la costumbre desde hacía algún tiempo, pues a esa hora, ya oscuro, era más probable ver a la preciosidad que tenía por vecina. Así que mientras manguereaba sus escasas plantas y flores no dejaba de vigilar las iluminadas ventanas de la casa de al lado. Era un hombre algo obeso y ya mayor, estaba jubilado y vivía solo desde su divorcio. Siempre había tenido roces con su vecino, precisamente por el descaro con que miraba a su joven esposa. Era tal el nivel de intolerancia del marido, que nunca había cruzado palabra con su despampanante mujer. Sólo por otros vecinos sabía que se llamaba Paola; hasta el nombre lo excitaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Esa noche estaba especialmente caliente, y ansiaba fervientemente ver algo que le inspirara una buena paja antes de dormir. De improviso vio salir a la joven pareja, y supo que tendría material de sobra para su solitaria sesión erótica. Si al natural su vecina era una belleza, enfundada en aquel ajustado vestido se había convertido en una diosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La pareja caminó por su propio jardín hacia el auto, hasta cruzar frente a don Julio. Como era su costumbre, el viejo admiró a la escultural mujer que pasaba a unos metros de él, sin importarle que estuviera acompañada. Sin embargo, esta vez no pudo reprimir un resoplido al verla tan espléndida a la luz de los faroles, y eso colmó la paciencia de Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Tenga más respeto, hombre! ―le soltó al pasar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tranquilo, vecino, tómelo como un cumplido ―dijo tranquilamente el viejo, sin dejar de regar sus plantas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Don Julio era mañoso, pero bastante inteligente; nunca perdía la calma, y cuando hablaba lo hacía con sagacidad. Sabía que los arranques de rabia de su vecino ante su inalterable pasividad no hacían más que demostrar su dominio de la situación. Admirar descaradamente a Paola en las narices de su marido era una complicada estrategia en la mente del viejo. Quería que su vecina se sintiera desprotegida, que percibiera la debilidad en la ira de su marido, en contraste con la seguridad de un hombre de experiencia. Esperaba que su evidente superioridad hiciera mella en el instinto de hembra de la adorable joven. Las mujeres, por naturaleza, se sentían atraídas por el macho más fuerte, el macho alfa. Ese era el objetivo del viejo: que Paola “sintiera cosas” al ser admirada por un hombre más macho que su marido. En el fondo, sabía que no pasaba de ser una fantasía, pero disfrutaba imaginándose esas complicadas maquinaciones. Lo que no sabía era que su resoplido y la corta discusión con el marido habían estado muy cerca de cumplir su objetivo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola tuvo una sensación similar a la que experimentaba cada vez que recordaba lo sucedido en San Esteban. Se sintió admirada y en cierto modo indefensa ante los deseos masculinos. No en especial ante los de su viejo vecino, sino ante los de cualquier hombre. Le había pasado días atrás con el propietario de un sexshop, que la había espiado ocultamente mientras ella se cambiaba de ropa en el probador. A ella no le cabía ninguna responsabilidad en eso, pero el hecho era que la había contemplado semidesnuda. Aquel senil degenerado se había excitado mirándola incluso cuando ensayaba poses ante el espejo. Y eso la volvía indefensa, pero a la vez más sensual y atrevida. Pensar que había expuesto su cuerpo para satisfacer los morbosos impulsos de un individuo incapaz de tener nunca una mujer como ella, le hacía sentir un placer extrañamente culpable. Y lo más raro era que recurría a ese recuerdo para hacer más placenteros los encuentros amorosos con su marido. Sin embargo, se mantenía tranquila; no se sentía responsable ni culpable por lo que le pasaba, y jamás le seria infiel a Juan Carlos. Pero no renunciaba a las nuevas sensaciones que había descubierto. Y no le desagradaba sentirse deseada por su viejo vecino.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegaron a la fiesta a eso de las once de la noche. Dejaron el auto en el estacionamiento interior de la finca y caminaron por los hermosos jardines que conducían a la mansión. A medio camino se cruzaron con un tipo muy moreno ―casi mulato―, vestido con ropa d trabajo sucia y que empujaba una carretilla. Tendría unos cuarenta años, y su rostro era huesudo y demacrado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Buenas noches, señor ―musitó al pasar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Omar ―dijo Juan Carlos, alzando una mano para que el hombre se detuviera―, estacioné el auto al costado derecho de la entrada, preocúpate de que ningún idiota me deje encerrado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Había empleado el tono desdeñoso con que se dirigía siempre a la gente que consideraba socialmente inferior.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por favor ―dijo Paola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Juan Carlos la miró extrañado, y le dio la espalda al jardinero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No te preocupes, mi amor, le pagan para eso ―dijo, sin importarle que el hombre lo escuchara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Después de tanto tiempo, Paola había entendido que no servía de nada llamarle la atención por esos arranques de altanería. Además, esa era su noche, y no quería echársela a perder.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La mansión estaba toda iluminada. Ante la fachada había un grupo de personas ocupadas en recibir a los invitados. Ya en ese momento, Paola advirtió que su figura era como un centro magnético al que concurrían todos los ojos masculinos. Todos los hombres la miraban por igual, garzones, hombres de esmoquin y uno que otro chofer que había logrado colarse en el cóctel. Lo hacían de forma respetuosa y disimulada; los invitados, por su nivel de educación; los demás, por el temor de perder su trabajo. Pero ella lo notaba, y le parecía que sus sentidos y todo su cuerpo ansiaban esa admiración, la exposición a los deseos del sexo opuesto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Juan Carlos saludó con extrema cortesía a una mujer madura que lucía un fastuoso vestido de corte renacentista, que hacía perfecto juego con las magníficas joyas que traía al cuello y las muñecas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Señora Ester, le presento a mi esposa, Paola Mecci.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Mucho gusto, señora ―saludó Paola, extendiendo una mano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ester De la Piane, el gusto es mío ―respondió la mujer, mirándola de pies a cabeza―. Sean bienvenidos, y disfruten la velada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Entraron en el salón principal. Era muy espacioso, y tan alto que dejaba ver el segundo nivel, al que conducían dos fastuosas escaleras situadas a cada lado de la gran sala. Parecía sacado de un cuento de hadas, pensaba Paola mientras caminaban entre grupos de personas que disfrutaban de la conversación y de la música en vivo ejecutada por una orquesta instalada entre ambas escaleras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Un tanto estirada tu jefecita, ¿no? —le comentó a su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La gente con tanto dinero tiene derecho a serlo —replicó Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola conocía los sueños de su marido. Llevaba dos años trabajando en el bufete jurídico del clan De la Piane. Una familia poderosa, cuyos negocios se extendían mucho más allá de una oficina legal. Sus miembros controlaban la flota naviera más grande del país, y eran importantes accionistas de los conglomerados más influyentes de Latinoamérica. Se explicaba así el ansia de su esposo por ser socio del bufete, pues ese ingreso le abriría innumerables oportunidades.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se hicieron parte de la fiesta. Paola temía que su marido se irritara por las lascivas miradas de algunos hombres que parecían empezar a ceder a la influencia del alcohol. Pero Juan Carlos se dedicó a hacer vida social y a sonreírle a medio mundo. Se sintió orgullosa de su desplante y de la forma en que se desenvolvía entre tanto pez gordo. La presentó a un sinnúmero de hombres importantes que le besaban la mano, elogiaban su belleza y le pegaban un vistazo a su escote.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahí viene ese pobre perdedor de Osvaldo ―le dijo de pronto Juan Carlos en voz baja, mientras un hombre bajito pero de aire estirado se acercaba a ellos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sabía a quién se refería: un compañero de oficina del mismo nivel jerárquico de Juan Carlos, y con análogas ambiciones. Más de una noche había escuchado las invectivas de su marido contra su archirrival y el enconado detalle de las sucias tretas con que trataba de ganarse la admiración de sus compañeros y el favor de sus superiores. Ella se lo había imaginado como un tipo de gran presencia, seguro de sí mismo, e incluso atractivo y varonil, ya que los únicos hombres de los que su marido recelaba eran los parecidos a él. Pero nada más lejos de esa suposición que el tipo que se les aproximaba: casi enano, con unos lentes de gran aumento sobre su rostro ratonil, y una incipiente calvicie que en vano trataba de disimular peinando ridículamente su escaso cabello.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Juan Carlos, no pensé que me agradaría tanto verte ―saludó Osvaldo, con una controlada pausa en su afirmación, acompañada por una casi imperceptible ojeada al escote de Paola, que le quedaba casi al nivel de los ojos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola creyó que su marido se alteraría, pero pareció no haber notado nada. De alguna manera, la actitud descarada y a la vez controlada del recién llegado le pareció en extremo presuntuosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Lástima que no pueda decir lo mismo ―atinó a responder Juan Carlos, en un lamentable intento de parecer gracioso. Osvaldo le devolvió una carcajada que demostraba claramente su indiferencia ante el verdadero significado de la supuesta broma.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Debo inferir que esta hermosa señorita viene contigo? —preguntó, dirigiendo a Paola una sinuosa sonrisa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La señora Mecci es mi esposa ―replicó secamente Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Vaya, qué sorpresa. Un placer conocerla, señora ―saludó Osvaldo, inclinándose afectadamente―. ¿Te das cuenta, querido Juan Carlos, de las compensaciones que nos ofrece la vida? Siempre en busca del equilibrio―. Los vivaces ojos de Osvaldo se fijaron ahora con descaro en el escote de Paola, y sin agregar palabra se retiró para saludar a otras personas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Qué curioso lo que dijo, ¿sabes a que se refería? ―preguntó Paola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Es su forma de decir que lo harán socio del bufete en vez de a mí ―repuso Juan Carlos, notoriamente incómodo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola entendió, pero le pareció ver más allá que su marido en las palabras de Osvaldo. Además de sugerirle a Juan Carlos que él lo superaría en su carrera profesional, se le había insinuado a ella de tal forma que su marido ni siquiera se había percatado. Los ojos que había detrás de esos gruesos lentes se habían clavado intensamente en la hendidura de sus senos, escudándose en el sentido profesional con que Juan Carlos entendería sus palabras. Paola empezó a sospechar por qué Osvaldo provocaba el rencor de su marido, y sintió un escalofrío al recordar aquellos impertinentes ojillos recorriéndola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La noche continuó de presentación en presentación. Paola conoció a compañeros y clientes de Juan Carlos, siempre con una sonrisa inmune a las miradas indiscretas de algunos de ellos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras conversaban con los Cerda, un matrimonio de ancianos dueños de una gran constructora y posibles clientes del bufete, Juan Carlos se excusó y la dejó sola, pretextando que debía ausentarse un momento para consultarle algo a uno de los ejecutivos superiores de la firma. Entonces Paola notó que el señor Cerda la miraba con cierta insistencia. Siguió haciendo el papel de esposa amable y simpática, pero cada vez las miradas del viejo se hacían más evidentes. Su mujer, ignorante del efecto que esa despampanante invitada producía en su marido, le hablaba a Paola de sus numerosos nietos, cuál de ellos más inteligente y amoroso. El señor Cerda agregó que su nieta mayor era toda una belleza, con un físico que parecía calcado del de Paola. Cuando dijo eso, la señora Cerda pareció darse cuenta de lo que le ocurría a su esposo, y no tardó en excusarse y llevárselo lejos de tan peligrosa tentación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Y Paola se encontró sola, rodeada de desconocidos. Se acercó a la barra y pidió un jugo de frambuesa. Miró a su alrededor, tratando de divisar a Juan Carlos, pero donde fijara los ojos se encontraba con una mirada lasciva o una sonrisa insinuante de algún hombre de esmoquin, aparte de las miradas asesinas de las esposas, que se recomían de envidia por su físico y por la escasa atención que sus maridos les dedicaban.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“¿Cómo se te ocurrió dejarme sola en esta guarida de lobos?”, lo increpó mentalmente. Hasta el barman trató de iniciar un coqueteo que Paola cortó de inmediato. Se sintió tan incómoda ahí, expuesta a esa voracidad, que huyó al privado de damas. Tuvo que esperar un momento, rodeada de mujeres que esperaban su turno, pero al menos se procuró un alivio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando estuvo a solas en el baño, se sorprendió mirándose al espejo. En verdad no podía culpar a nadie por poner atención a la pronunciada hendidura que se formaba entre sus senos. Los tirantes del vestido se tensaban como sosteniendo dos gigantescas perlas; de perfil era notorio que a los tirantes les era imposible tocar la piel de su pecho, debido al volumen de su carga. Entonces empezó a cuestionar su decisión de haber elegido ese vestido. El escote era precioso, pero excesivamente audaz; demasiada piel a la vista, y sus delicados pezones apenas a un par de centímetros del borde de la tela. Sin embargo, se sintió excitada por su propia figura, algo que nunca le había ocurrido. Al verse tan hermosa y provocativa, al sentirse tan admirada y deseada, se dio la libertad de mirarse con otros ojos, y se encontró increíblemente sensual―. “No puedo esperar para estar a solas con Juan Carlos”, se confesó. Estaba ansiosa de descargar ese tumulto de impulsos que invadía su cuerpo. Sacó su celular de la pequeña cartera que llevaba consigo y marcó su número, pero los tonos de llamado le colmaron la paciencia. ¿Por qué no contestaba?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salió del baño decidida a encontrar a Juan Carlos y convencerlo de que se fueran a casa. Ansiaba mostrarle las virtudes de su vestido nuevo. Buscó rápidamente en la gran sala y en otras habitaciones dispuestas para el entretenimiento de los invitados. Se asomaba fugazmente a cada una, esperando ver la estatura de su marido destacándose entre las demás. Pero su búsqueda fue infructuosa; no lo encontró en ninguna parte. Pensó que quizás estaría en alguna reunión privada típica de los hombres que no soportan que sus mujeres los escuchen divertirse a sus anchas. Pero su marido no era de esos, aunque posiblemente estaba ahí porque le convenía. Convencida de que pronto Juan Carlos la echaría de menos y la buscaría o la llamaría al celular, salió a los jardines con la intención de escapar de las lujuriosas miradas que la perseguían en todas partes. O simplemente a tranquilizarse, se dijo, pues se sentía tan acosada que empezó a pensar que todo ese asedio era en gran medida imaginación suya.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A esa hora, los jardines de la mansión se encontraban casi desiertos. Se vio rodeada de prados verdes, adornados exquisitamente con árboles delicadamente podados y muros de ligustrinas que trataban de imitar un laberinto natural. Senderos embaldosados con finas cerámicas permitían aventurarse en ambas direcciones para circundar la fastuosa residencia. Farolillos estratégicamente dispuestos hacían visibles ornamentales gráficas dibujadas en el suelo, e iluminaban esplendorosas flores desde los mejores ángulos posibles.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se preguntó por qué no había reparado en esa magnificencia al llegar. Ahora no había casi nadie, sólo uno que otro chofer leyendo un periódico apoyado en alguna limosina. La música de la fiesta se escuchaba como un murmullo, mezclado con los sonidos naturales de la noche. El cielo estrellado la incitaba a recorrer los caminos del jardín; sin embargo, fueron las miradas de reojo que le lanzaban los choferes las que la convencieron de aceptar la invitación de aquella preciosa noche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Como lo había imaginado, más allá de la primera curva, tras un alto seto, quedó completamente oculta a las miradas de cualquier extraño. Un cristalino rumor de agua la indujo a seguir el sendero de farolillos, deseosa de encontrar una fuente que estuviera a la altura de tan mágico edén. No tuvo que avanzar mucho más, pues al siguiente recodo surgió ante sus ojos una hermosa caída de agua, compuesta en parte por una estructura de mármol y en parte por un conjunto de rocas ornamentales. Justo al borde de la mansión la fuente adoptaba la forma perfectamente geométrica de los muros, y luego la de una caprichosa creación de la naturaleza repartida en finos riachuelos, que finalmente convergían hacia una alberca llena de flores flotantes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola imaginó lo fabuloso que sería compartir con Juan Carlos ese espléndido espectáculo, y dar rienda suelta a los deseos que la invadían. Ahí, dentro de la alberca, cambiando su vestido por unas pocas flores que cubrieran lo justo, entregada a los besos de su marido sobre las rocas. Sus pensamientos la impulsaron a cruzarse de brazos por debajo de sus pechos, rodeándolos y apretándolos, notando que sus pezones resaltaban bajo la tela del vestido, como si le rogaran que los dejara zambullirse en aquella superficie esmeralda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si su merced sigue este camino puede llegar a una laguna ―la interrumpió una voz rasposa a su espalda—. La señora de la casa cría patos y algunos cisnes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se sobresaltó, y al verse sorprendida en aquellos excitantes pensamientos se volvió avergonzada. Se encontró frente a un hombre delgado y extremadamente moreno, al que reconoció como el jardinero Omar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si quiere, Omar puede mostrársela —siguió el hombre, con voz monótona—. Está apenas un poco más lejos de la casa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se quedó muda; aún se rodeaba los pechos con sus brazos, acentuando su escote y enmarcando sus erectos pezones como si se tratara de las flores de un cuadro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La noche está un poco fresca —agregó Omar—. Quizás la señora prefiera abrigarse antes de seguir su paseo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se dijo que acaso se burlaba de ella. Ese hombre había descubierto las pequeñas coronas de sus senos luchando con la tela de su vestido, ¿y lo atribuía al frío de la noche? Pero aquel sujeto no parecía como los demás. Su actitud era indiferente, y su mirada no se apartaba del paisaje, sin ningún desvío hacia su escote o sus piernas. De pronto Paola se dio cuenta de la posición que mantenía, rodeándose el torso con los brazos, y pensó que era natural que aquel hombre supusiera que tenía frío. Así como había pasado de la sorpresa a la vergüenza, para luego irritarse al suponerse burlada, terminó relajándose en una sonrisa ante la equivocada suposición del jardinero. “¿Frío? Todo lo contrario; estoy increíblemente acalorada”, le habría gustado confesarle.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―En verdad no tengo frío; la noche está bastante cálida ―respondió al fin―. Pero no creo que a estas horas se pueda ver algún cisne. Las aves se guardan temprano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se preocupó de sonar amable, para evitar que su sonrisa se interpretara erróneamente. A ese pobre trabajador ya lo había tratado despectivamente Juan Carlos al llegar, y no quería volver a hacerlo sentir mal.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Le ruego a la señora que disculpe a Omar. Omar no pretendía interrumpirla ― repuso el jardinero, dirigiendo la vista al suelo, como avergonzado. Llevaba una vieja camisa de franela debajo de la sucia jardinera de trabajo, que se veía muy ancha y muy corta para un hombre tan delgado, al punto que daba la impresión de ser más alto de lo que era.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Debido a su nerviosismo, Paola no había reparado en el curioso modo en que se expresaba el hombre.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Por qué habla como si Omar fuera otra persona? —le preguntó, algo confundida—. Usted es Omar, ¿o me equivoco?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Omar le pide disculpas si le molesta cómo habla. Omar sabe que es raro, por eso prefiere estar solo―. El jardinero rehuía la mirada de Paola, como si no se atreviera a mirarla a los ojos mientras confesaba lo que consideraba un defecto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No me molesta; sólo me extrañó un momento. Pero ahora que me lo ha aclarado me parece normal; usted tiene pleno derecho a hablar como quiera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La precariedad de aquel hombre despertó la compasión de Paola; recordó el trato que Juan Carlos le había dado, y se sintió culpable, aunque no le cabía ninguna complicidad en la actitud prepotente de su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Incómoda ante el silencio del jardinero, tomó la iniciativa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Creo que aceptaré su invitación a visitar esa laguna; quizás tengamos suerte y encontremos algún cisne sonámbulo ―bromeó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El hombre desplegó una cándida sonrisa, dejando en evidencia la falta de algunas piezas dentales. Paola se convenció de que aquel decrépito personaje sufría algún tipo de incapacidad mental, lo que aumentó su compasión. Pensó además que todos los tipos de esmoquin que estaban en la mansión la habían devorado con los ojos, mientras que Omar se había portado como un caballero. Decidió que ante la ausencia de su marido podía compartir unos momentos con aquel ingenuo jardinero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se dejó guiar hasta un frondoso cerezo cubierto de flores rosáceas, a partir del cual el sendero se bifurcaba en dos direcciones. Omar le señaló el que se alejaba de la mansión. Gracias a los farolillos que iluminaban el entorno, pudo ver a unos veinte metros múltiples brillos intermitentes; no supo distinguir si eran luces artificiales, o los reflejos de las estrellas en la rizada superficie de la laguna. Avanzó maravillada hasta la orilla, flanqueada por innumerables piedras de muchos colores. El jardinero se mantenía detrás de ella; por un momento imaginó que el pobre hombre aprovechaba su fascinación para admirarla a sus anchas. Pero rechazó tal idea, diciéndose que continuaba influenciada por la experiencia de la fiesta. “Omar se ha portado con sumo respeto. Incluso debería premiarlo de alguna manera”, pensó, y se inclinó como si lo hiciera inocentemente, dejando su cola en pompas para el presunto deleite de su modesto guía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Siguió admirando el maravilloso paisaje nocturno, e ingeniándoselas para adoptar una que otra pose sensual como gesto caritativo hacia aquel desafortunado trabajador. De pronto volvieron los recuerdos del barrio San Esteban, específicamente la idea de sentirse una heroína erótica, y eso la motivó para seguir con su buena obra, y comprobar si era aprovechada por la “inocente víctima” a la que trataba de aliviar de una vida entera sin ninguna experiencia extraordinaria que pudiera recordar en sus noches de soledad. Así se las arregló para sorprender un par de veces a Omar mirándole las piernas y la cola, lo que no le molestó en absoluto. Mal que mal, aquel humilde mulato era un hombre, y ella le estaba haciendo un regalo; ¿a quién no le gusta que sus regalos sean apreciados y aprovechados por las personas que los reciben? Incluso se las ingenió para acuclillarse frente a unas rosas junto al jardinero, de modo que éste tuviera un primer plano de su desproporcionado escote. Y pudo detectar de reojo cómo Omar inclinaba la cabeza para admirar su generoso busto casi desnudo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto le volvieron las ansias de encontrar a Juan Carlos y llevárselo a casa. Se divirtió pensando en lo que había hecho con aquel pobre hombre, pero le remordió un poco la conciencia al admitir que esa experiencia la había excitado. Realmente se había excitado; no podía mentirse a sí misma. Y no sólo con Omar; todo se remontaba a lo ocurrido con el viejo del sexshop en que había comprado su vestido. Había continuado mientras era admirada en la fiesta, mientras mojaba su diminuta ropa interior con sólo mirarse al espejo después de escapar al baño. Y se había prolongado ahora, hacía un momento, con el espectáculo de lujo que le había brindado a aquel curioso jardinero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¿Acaso eso la convertía en una mujer infiel? Era algo exclusivamente suyo, herméticamente íntimo; nadie lo sabría nunca. Entonces, ¿debía sentir culpa? Pero el hecho era que, debiera o no, la estaba empezando a sentir. Se dio cuenta de que con esas conjeturas no llegaría a ninguna conclusión. Lo que debía hacer era encontrar a su marido y largarse, y amarlo y desahogarse de una vez por todas de lo que estaba sintiendo. “Convierte todo lo que te parezca malo en algo fabuloso”, se dijo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya es tarde, Omar, debo volver a la fiesta —le advirtió al jardinero. Sacó el celular de su cartera y marcó el número de Juan Carlos, pero la llamada volvió a quedar sin respuesta—. ¿Dónde se habrá metido? —preguntó en voz alta, como hablándole a su acompañante—. Lo busqué por todos lados antes de salir.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Puede estar en las salas privadas —sugirió el jardinero—. Si la señora lo desea, Omar la puede llevar a buscarlo ahí—. A Paola le hicieron gracia las ansias del pobre hombre por ayudarla. Seguramente quería permanecer un poco más de tiempo con ella, o quizás agradecerle el espléndido espectáculo que le había brindado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sería imprudente irrumpir en esas salas buscando a mi marido —replicó—. Suponiendo que estuviera en alguna, creo que lo avergonzaría ante sus amigos si interrumpiera su reunión―. Y se encaminó por el sendero que llevaba de vuelta a la residencia, seguida por Omar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Las ventanas de las salas que le mencionó Omar dan a ese costado de la casa —insistió el jardinero, señalándolo—. Y la señora puede asomarse por ellas para ver si está don Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sopesó la idea. Podía volver a buscar a su marido en la fiesta: si lo encontraba, tanto mejor, pero si no, seguiría estando sola, y sin saber qué hacer con todos esos lobos acechándola. Por otra parte, si lograba ver por las ventanas en qué sala estaba Juan Carlos, podría esperar a que saliera, o por lo menos sabría en qué salón hallarlo, sin andar abriendo puertas a ciegas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y si nos sorprenden espiando? ―le preguntó a Omar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Las ventanas dan al parque de setos, nunca va nadie por ahí a esta hora —respondió el hombre—. Y tienen vidrios esmerilados muy gruesos, que no dejan ver de adentro para afuera. La señora puede estar tranquila, no correrá ningún riesgo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Habían llegado justo a un punto en que el sendero permitía acercarse a ese costado de la casa. Paola seguía dudando, cuando de pronto sintió que la áspera mano de Omar se posaba en su espalda desnuda, invitándola a seguir. “Otro detalle de este vestido”, pensó, “la espalda completamente desprotegida”. Durante un segundo se sintió ultrajada al ser tocada por un hombre como ése, pero se calmó al ver la candorosa sonrisa que le dedicaba aquel mulato; se dio cuenta de que sólo quería ayudarla. Entonces, para no hacerlo sentir mal, se dejó guiar en la oscuridad por entre los arbustos, pues ya no había farolillos que alumbraran el camino.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Omar la guío presionando suavemente la espalda de Paola con su callosa mano. Ella le permitió hacerlo, pues apenas podía ver dónde pisaba. Fueron recorriendo ventanas a oscuras, hasta llegar a una que se encontraba iluminada. Como el jardinero había dicho, a unos tres metros de la casa corría un largo seto que formaba una valla visual para cualquier espectador que se hallara en los alrededores.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola aproximó su rostro a la ventana para mirar. Pero el vidrio tallado no permitía ver lo que estaba pasando dentro de la sala.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tenía razón, Omar, los vidrios son un problema —dijo Paola en voz baja—. Parece que no podré saber si Juan Carlos está aquí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si la señora mira por las uniones de los vidrios podrá ver bastante ―dijo Omar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola decidió examinar más detenidamente la ventana. Se ubicaba a poco más de un metro del suelo, y estaba empotrada a unos treinta centímetros de la superficie del muro exterior, por lo que necesitó inclinarse un poco para inspeccionar de cerca los vidrios y comprobar lo que decía el jardinero. Adoptó así inconscientemente una pose muy sensual, con su espalda curvada y su cola en pompas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Efectivamente, en la unión de los cristales que formaban las distintas figuras geométricas del ventanal, había finas terminaciones lisas que permitían ver el interior como si fueran pequeñas ranuras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola miró por una de esas terminaciones, y quedó petrificada por lo que vio. Sobre un fino taburete de terciopelo se encontraba sentada la señora Ester De la Piane, recostada contra el muro de la habitación y con las piernas indecorosamente abiertas. Un hombre de esmoquin tenía metida la cabeza bajo su abultado vestido renacentista.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se retiró bruscamente de la ventana, asustada ante la posibilidad de ser sorprendida espiando una escena tan escandalosa. Necesitaba irse de ahí de inmediato.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Debo volver a la fiesta ―le dijo a Omar, con voz alterada. Temía que aquel hombre pudiera ver lo que ella había visto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El jardinero pareció extrañado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿El marido de la señora no está en esta sala? —preguntó—. Pero parece que no hay otra ocupada; es la única donde hay luz.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se quedó inmóvil. ¿Sería posible? Aquel hombre… bajo las faldas de la señora Ester… ¡Cielos! Todos los invitados a la fiesta usaban esmoquin, incluido su marido… ¿Cómo poder distinguirlo? Con la cabeza oculta bajo ese vestido, haciendo quién sabe qué cosas entre las piernas de aquella prepotente mujer… Miró fijamente la ventana, y se abrazó otra vez inconscientemente, mientras la recorría un largo escalofrío.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La señora debería tener un poco de paciencia —oyó que susurraba Omar detrás de ella—. Don Juan Carlos puede estar en un rincón, y quizás de pronto se levante y pase frente a la ventana…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió que el jardinero volvía a posar su rugosa mano sobre su espalda, presionándola para que mirara otra vez por la ventana iluminada. Ella no se apartó, pero las dudas la atormentaban; tenía miedo de mirar, y miedo de irse sin saber. “¡No!, no puedo irme, no podría vivir con esta incertidumbre”, se dijo al fin. Volvió a inclinarse sobre el ventanal; esta vez el jardinero no retiró su mano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La señora De la Piane seguía entregada al placer que aquel desconocido le producía. El rítmico vaivén de su vestido evidenciaba el entusiasta ajetreo de la cabeza perdida entre sus piernas. Era una mujer mayor —rondaría los cincuenta años—, pero la opulencia económica le había permitido conservar en cierta medida los atractivos físicos de su juventud. Tenía los ojos cerrados y los finos labios abiertos, como si estuviera desconectada de toda realidad ajena a su propio deleite.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió una oleada de rabia contra esa mujer, principalmente porque el hombre que tenía a su merced podía ser su marido, pero también por la envidia que empezaba a provocarle. Qué daría por estar en una situación análoga; en su casa, y con Juan Carlos comiendo de su entrepierna.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Divagaba en esos pensamientos cuando advirtió que la callosa mano que Omar mantenía en su espalda empezaba a acariciarla, describiendo lentos y torpes desplazamientos sobre su piel desnuda. Absorta en el espectáculo que presenciaba, no se había dado cuenta de la osadía del jardinero. Al verse manoseada por aquel sujeto, y además en la sugerente pose que se había visto obligada a adoptar para espiar por la ventana, cogió la mano intrusa y la apartó de la forma más cortés que pudo, aunque sin perder detalle de lo que pasaba al otro lado del vidrio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Vio cómo Ester De la Piane liberaba sus voluminosos pechos y empezaba a acariciárselos con salvaje lujuria. De pronto se llevó varios dedos a la boca, los humedeció y luego se pellizcó cruelmente los erectos pezones, como si tratara de compensar con una dosis de dolor las oleadas de placer que le provocaba el hambriento amante que tenía entre sus piernas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Omar volvió a apoyar su mano en la espalda de Paola, pero esta vez ella la apartó sin darle tiempo para empezar sus caricias.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Don Juan Carlos viene muy seguido por acá… —le susurró de repente el jardinero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se volvió a mirarlo, intrigada. El tipo tenía la mirada vidriosa, y esbozaba una sonrisa entre bobalicona y morbosa. A Paola le dio la impresión de que ahora podía compararlo con los lobos que había dejado atrás en la fiesta. ― ¿Qué sabe este palurdo? ¿Qué pretende?―, se preguntó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Omar siempre lo ve venir a visitar a la señora Ester… ―siguió el jardinero, volviendo a poner la mano sobre la espalda de Paola, y empezando de inmediato a acariciarla. Ella se la apartó de nuevo, ahora rudamente, y el hombre se calló.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué es lo que sabes, Omar? ―le preguntó Paola, con voz trémula. El hombre no dijo nada, pero su mano volvió a posarse en su espalda.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La joven comprendió que no le entregaría la información gratis. Exigiría algo a cambio. ¿Cómo había podido equivocarse así con aquel retardado?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Las caricias recomenzaron; la callosa mano volvió a recorrer su espalda, como si fuera un precioso trofeo de caza. A Paola le entraron ganas de salir corriendo y olvidarse de todo, como si sólo hubiera sido una pesadilla. Pero no podía; debía saber, debía conocer la verdad, por el bien de su matrimonio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―El señor Juan Carlos viene por lo menos una vez a la semana… ―continuó Omar. Sus curtidos dedos recorrían ahora la columna de Paola, seguían la forma de sus omóplatos, bajaban por su sinuosa cintura, incursionaban bajo la tela de su vestido. Ella miraba cómo el hombre seguía el recorrido de su mano con una concentración morbosa que nunca habría imaginado en un sujeto así. Ahora los ojos del jardinero se clavaban fijamente en la redondez de su cola obligadamente parada, emitiendo destellos inequívocamente pervertidos. Dentro de su angustia, Paola decidió que no necesitaba mirarlo para oírlo; resignada, volvió a espiar por la ranura del ventanal―. “Sólo es una mano… sólo una mano”, se repetía, tratando de consolarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Casi siempre viene solo… A Omar le extraña… porque a las reuniones de trabajo de… de la señora Ester… vienen muchas personas… ―escuchó murmurar al oportunista jardinero. Su agitada respiración revelaba que le costaba enhebrar las ideas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De improviso Paola vio que Ester De la Piane tomaba una fusta que estaba junto a la pared y asestaba violentos golpes a las nalgas que asomaban de su vestido. Esa morbosa escena de sadismo, y la torturante posibilidad de que el hombre castigado fuera su marido, hicieron que Paola dejara de oír al mulato que la manoseaba. Hasta que de súbito el jardinero aventuró un par de dedos por su curvilíneo trasero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apenas sintió ese contacto, Paola le apartó rudamente el brazo y le dirigió una severa mirada, para darle a entender que había límites que no le permitiría traspasar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Omar pareció desistir de sus intentos, y Paola volvió a mirar por la ventana. Estaba segura de que la verdad estaba dentro de esa sala. Ya no le interesaba lo que le pudiera contar el oportunista sujeto. Si lo dejaba seguir tocándola era sólo para ganar tiempo, hasta ver con sus propios ojos el rostro de ese hombre sometido a una abyecta servidumbre sexual por Ester De la Piane.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La dueña de la mansión seguía golpeándole las nalgas con la fusta, mientras su rostro contraído evidenciaba el perverso placer que experimentaba. Paola casi no podía contener la excitación que la había rondado toda la noche. Y lo que estaba contemplando a través de la ventana empezaba a provocar estragos en su autocontrol.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estaba decidida a negarle cualquier otro avance al jardinero, pero no podía ignorar lo que aquel insano estaba sintiendo, manoseando a una mujer inalcanzable para él. Y sabía que se moría de ganas de propasarse aún más… Al fin no pudo con toda esa carga. Las caricias de Omar, por muy torpes que fueran, cumplieron su cometido. Paola sintió crecer una tibia humedad en su entrepierna. Se mordió los labios para evitar los estremecimientos que su cuerpo solicitaba desesperadamente. Y ni se daba cuenta de que su preciosa cola se erguía cada vez más, como si respondiera a los acosos que la apremiaban más arriba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Además, la escena altamente lujuriosa que estaba espiando le provocaba sensaciones opuestas que se potenciaban entre sí: la excitación de presenciar ocultamente el placer ajeno; la ira contra aquella vieja ricachona que humillaba de esa manera a su amante; el miedo de que ese amante fuera su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Estaba perdida en esas contradictorias sensaciones cuando el misterio llegó a su fin.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ester De la Piane alzó su vestido, dejando ver de espaldas al hombre que hurgaba entre sus piernas, y cogió una correa cuyo extremo pendía de su cintura. Estaba unida a un collar que el hombre llevaba al cuello; tiró de ella, y el individuo se vio retirado de su golosa tarea, como un perro apartado del plato que está devorando. Entonces la mujer le cogió la cabeza con las dos manos y le paseó minuciosamente todo el rostro por su vagina, empapándoselo con su secreción, mientras Juan Carlos lamía y se tragaba el abundante líquido que manaba de ese orificio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió que estaba viviendo una pesadilla peor que todas las que hubiera podido imaginar. Ahí dentro estaba el hombre con el cual se había casado, el amor de su vida, sometido como un animal al insano dominio de otra mujer. Logró controlar un grito de desesperación, las lágrimas inundaron sus ojos y corrieron por su rostro. Quería gritar “¿Por qué?” “¿Por qué, maldito mentiroso, te has metido con esa vieja, teniéndome a mí?” “¡Desgraciado, mil veces desgraciado!” Pero en el fondo sabía por qué. La ambición de su marido no tenia limites, y esa bruja del demonio había sabido aprovecharla.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La aplastaban la ira, la pena, la culpa. ¿Acaso ella misma no había alentado a Juan Carlos en sus ansias de escalar hacia la cumbre del poder, pensando que si él la alcanzaba ella compartiría su triunfo? ¿Y si no era así, si Juan Carlos quería ascender sólo él, para entonces desembarazarse de ella? Pero ¿cómo iba a ascender, si se sometía como un vil esclavo a las perversiones sexuales de su dueña?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Petrificada de angustia, vio que Ester De la Piane tomaba la mano izquierda de Juan Carlos y contemplaba el anillo de matrimonio que llevaba en su dedo anular, que se introducía ese dedo en su vagina y hacía que la recorriera por completo, sin dejar de mirar a su amante a los ojos. Al fin lo sacó, retiró del dedo el empapado anillo y se lo ofreció a su esclavo para que lo chupara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola experimentó un vértigo de horror al ver la demencial escena. La depravada mujer volvió a tirar de la correa y le ordenó a su mascota que siguiera alimentándose de su secreción vaginal. “¡Quizás cuánto tiempo lo ha tenido lamiéndole y chupándole la zorra!”, se dijo, a punto de vomitar. “¡Y yo paseándome extasiada por sus jardines!”</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aun en medio de su espanto, pensó que parte del goce de esa bruja radicaba en saber que al hombre que tenía a su merced lo esperaba una bella y joven esposa, en la misma mansión donde ella lo humillaba azotándolo y obligándolo a lamerle la concha. El repulsivo ritual del anillo no le dejaba dudas al respecto. A esa gran puta la calentaba mancillar su matrimonio, y el pelele de Juan Carlos no sólo se lo permitía, sino que incluso era cómplice activo de aquel ultraje.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No supo si se debió a la ira o a su terrible congoja, pero Paola decidió que no iba a seguir ahí sin hacer algo, sin desquitarse de alguna manera de aquella traición. Sin molestarse en mirar a Omar, sin apartar los empapados ojos de la iluminada ranura, capturó la callosa mano que había apartado de su espalda y la posó en su espléndido trasero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aprovecha, Omar, aprovecha —le ordenó, mordiendo las palabras y las lágrimas—. Véngame de Juan Carlos, tú sabes lo que está haciendo ese infame detrás de la ventana con la dueña de esta casa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El jardinero respondió de inmediato, atrapando ansiosamente el exquisito culo que se le ofrecía, deslumbrado por el increíble regalo que le había caído del cielo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola nunca pensó que esa noche iba a marcar su vida para siempre. Se resistía a aquel insufrible martirio tratando de convencerse de que estaba soñando; que el vil espectáculo que se desarrollaba ahí dentro no podía ser más que un error pervertido de su turbia imaginación; una pesadilla que le destrozaba el corazón. Cerró los ojos con fuerza esperando despertar, pero el descarado magreo del que era víctima destrozó sus esperanzas: era la vida real. Juan Carlos se humillaba como un puto cualquiera y ella entregaba su cuerpo a los indignos deseos de un canalla. No se explicaba cómo había subestimado tanto al jardinero; era obvio que desde un principio sabía dónde estaba Juan Carlos. Seguro que sus intenciones tenían por objetivo dañar al tipo altanero que siempre lo ninguneaba; pero cuando ella le había mostrado más de la cuenta…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Abrió los ojos cuando sintió el entusiasta mordisqueo en sus nalgas; los dientes se apretaban con calculada fuerza sobre la fina tela, atrapando sus carnes para luego zarandearlas como un cachorro de chacal jugando con su presa. Una de las ásperas manos de Omar se introdujo por el corte del vestido recorriendo su piel desde la pantorrilla a su tonificado muslo, abrazando sus piernas, atrapándolas y aferrándose a ellas como si su vida dependiera de ello.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió ganas de gritar, de insultarlo y mandarlo a la mierda. Pero no, debía aguantar, buscó las fuerzas que sentía la abandonaban en la insana escena que protagonizaba su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Juan Carlos había vuelto a ponerse en cuatro patas como un perro mientras la bruja De la Piane lo agarraba de la cabeza y le daba bruscos empellones de cadera contra el rostro, restregándole la concha de alto linaje por toda la cara. El semblante de la dueña de aquella fastuosa mansión irradiaba desprecio sobre el siervo que atormentaba y Paola podía leer el movimiento de sus labios: ¡Chupa!, ¡Chupa miserable!.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La ira y la envidia penetraron como un rayo que ilumina la noche en las entrañas de Paola. Indefensa frente a las lujuriosas sensaciones que la inundaban no podía negar las ganas de sentir el hambre de un macho en su entrepierna. ¿Por qué su hombre estaba allí adentro, comiéndole la zorra a esa vieja y no estaba con su mujer, con la entrepierna que sí era de él? Pero sus deseos tenían solución y la rabia no hacía más que destrozar los impedimentos morales y legales de su matrimonio. El deseo de venganza sedujo sus ansias como la serpiente del edén hipnotizó a sus presas. Mientras admiraba el dominio de la señora sobre su marido, lentamente, angustiada pero decidida, desprendió el velcro que limitaba el corte de su vestido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El sonido propio del contacto de nylon mientras se desprendía congelaron los desesperados sobajeos de Omar. Este, incrédulo aún de su suerte, observó como a escasos centímetros la espectacular hembra que tenía a su merced, la esposa de aquel maldito abogado, deslizaba suavemente su vestido para dejar frente a él las posaderas más hermosas que jamás había visto. Ni en la televisión; ni en directo, en alguno de los antros asquerosos donde se podía permitir ir de vez en cuando, había admirado un culazo tan perfecto; adornado con un pequeño tanga con encajes que encintaba en forma soberbia aquel corazón formado por esas nalgas lisas y perfectas. Tiritando de deseo, alzó sus mugrientas manos para posarlas a un par de palmas sobre las rodillas de Paola y las deslizó con suavidad a la vez que encontraba un torpe beso contra la curvatura de una de las prodigiosas nalgas, justo ahí donde se encontraban, de tal forma que mientras saboreaba el dulce sabor de una de ellas, podía sentir el aterciopelado roce de la otra en su mejilla. Sus manoseos no tardaron en volverse más violentos y sus besuqueos se transformaron en lamidas babosas y descontroladas, dando espacio a hambrientos mordisqueos sobre la piel de las portentosas ancas de la joven esposa traicionada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Las manos del jardinero se encontraron con los tirantes de la pequeñísima prenda interior de Paola. Y el aroma de la humedad de la fina tela atrapada entre las carnes de la joven hembra asaltó los sentidos del hombre, tentándolo a desnudar por completo aquella deliciosa intimidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola reaccionó casi por instinto, pese a los extraños deseos que afloraban en su cuerpo. Aún en su inconsciente era una mujer honrada, una mujer casada que no podía entregarse indiscriminadamente a cualquier hombre. Por si fuera poco, su atacante distaba mucho del tipo de hombre con que ella intimaría, a años luz de su estrato social y de un aspecto tosco y poco agraciado. Así que apenas se dio cuenta del intento de Omar de arrancarle su tanga sus manos atajaron las de él antes que pudieran cumplir su cometido. Asustada se dio vuelta quedando de espaldas al muro. Sin embargo, él siguió su movimiento como un depredador que no suelta su presa, manteniendo sus tenazas bajo el vestido pero esta vez abrasado de frente a la preciosidad que pretendía devorar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No!―exclamó Paola cuando vio las intenciones en los ojos del jardinero. Estaba oscuro, pero el brillo en las negras pupilas de la bestia no dejaban lugar a dudas: la deseaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No Omar… no Omar―repitió el jardinero antes de lamer rápida pero delicadamente la barbilla de Paola―. Omar nunca ha estado tan caliente. La Señora está muy rica, sabrosa―esta vez deslizó su ansiosa lengua sobre los labios de Paola―. Y la Señora huele a celo. Omar olfateó entre sus piernas. Omar sabe. Omar quiere―. El jardinero se arrimó contra el cuerpo de la petrificada joven, clavando sus caderas, restregándole el erecto paquete de sus pantalones contra los muslos. Mantenía el vicioso agarre sobre el culo de su presa y usaba la fuerza de sus brazos para apretar contra sus embistes el hermoso cuerpo de la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Atrapada junto a la ventana, asustada como pocas veces en su vida y con una descarnada lucha interior entre sus deseos de llorar y entregarse al placer, Paola se dejó hacer. Mientras sentía los impuros sobajeos sobre su cuerpo no pudo evitar dar un pequeño salto cuando la punta del paquete que arrimaban contra sus muslos chocó contra su entrepierna, apenas protegida por su húmeda ropa interior. Pensó en lo cerca que se encontraban el palpitante capullo que ansiaba abrir sus carnes y su traicionera vulva que inquieta parecía clamar que llenaran su vacío; apenas separados por la tela de un sucio pantalón de trabajo y el fino tejido de su tanga. La idea descompensó su resistencia, pero la pena y la rabia mantuvieron sus labios sellados ante la anhelante lengua que buscaba traspasarlos y entrar en su boca. Sin embargo, la lucha de la aguerrida invasora fue más fuerte y tuvieron que ser sus impenetrables dientes los que impidieran el asalto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No Omar, esto no está bien― apartó su rostro sintiéndose asfixiada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y la Señora cree que lo que sucede ahí dentro está bien?―reclamó Omar mientras seguía punteando sádicamente el cuerpo que apresaba.― La Señora siente rabia. Omar siente rabia.― Y la lengua volvió a buscar la abertura de sus carnosos labios.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Esta vez la lengua volvió a ser delicada; era un mar de saliva extraña, pero hurgaba con cautela buscando la invitación de su boca. Paola buscó el significado de las palabras del jardinero y no pudo evitar encontrarles sentido: en efecto tenia rabia, mucha rabia, y si él la sentía o no, o el por qué la sentía ¿qué más daba?&#8230; De pronto sus deseos de placer encontraron la excusa perfecta alineándose con sus deseos de venganza. Abrió sus delineados labios y recibió dentro de su boca la babosa lengua de Omar, entrelazándola con la suya propia enredándolas en un beso lleno de ansias infames.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El delgado mulato era más bajo que ella, por lo que Paola debía inclinarse un poco para recibir sus ávidos besos. Hacía años que no besaba a otro hombre que no fuera Juan Carlos, nunca a uno de su edad o su aspecto, menos un desconocido. No le desagradó del todo. Había cerrado sus ojos para no mirarlo; pero pesé a lo delgado de los labios o al roce de su rostro sin afeitar, no pudo evitar una punzada de lujuria al recordar a qué tipo de hombre estaba dejando que la besara. Su aliento no era particularmente agradable; vino barato, seguramente un cigarro después de la cena, pero no lo culpaba, lo que estaba sucediendo era impensable para cualquiera de los dos hasta hace un momento, no había preparación para nada, solo desgracia, lujuria y aprovechamiento. Paola podía sentir como el maldito oportunista buscaba recorrer hasta el último rincón de su boca, golpeando su lengua con la suya, salivando como perro esperando que ella tragara sus fluidos y él los de ella. Y ambos lo hacían, producían y tragaban saliva en un contacto íntimo, húmedo y obsceno.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Omar quiere… comer… ―interrumpió el jardinero, apenas apartándose, aún rosando los carnosos labios de Paola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Comer?―susurró ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">― Comer de… de los hoyos de la Señora.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Hoyos?―se apartó, intrigada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Omar trató de voltearla tomándola de las caderas. Paola se resistió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No Omar, ya hemos llegado demasiado lejos. Soy una mujer casada. No puedo… no debo ser tu mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Usted no es la mujer de Omar. Usted, Señora, es la mujer de don Juan Carlos―la increpó Omar, y señalo la ventana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola miró la ventana. Era cierto, su hombre estaba ahí dentro. ¿Qué estaría haciendo ahora?. Si se inclinaba saldría de la duda, pero eso significaba dejar su cola parada y su intimidad a merced del jardinero. La incertidumbre hizo mella en ella. Rabia, pena, desilusión y decepción provocaban una amargura tremenda en su corazón y no pudo evitar que las lágrimas volvieran a inundar sus ojos. Y aquel desgraciado pareció excitarse más aun. Pero debía hacerlo, cada cuestionamiento que había tratado de imponer esa noche había sido en vano, nada podía apartarla del camino de la verdad, ella necesitaba saber, no estaba dispuesta a quedarse con ninguna duda… costará lo que costará. Se inclinó sobre el vano de la ventana; se percató que Omar no permitió que se le cerrara el vestido, así que entregando sus íntimas carnes a su suerte adoptó la postura que le permitiría espiar dentro de esa maldita habitación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La Señora De la Piane se encontraba sobre el taburete; su cuerpo mantenía un rítmico movimiento mientras su rostro, inundado de placer, gesticulaba gemidos y palabras incomprensibles. Su vestido de fiesta cubría casi por completo al hombre bajo ella, apenas se distinguían los pies de Juan Carlos y sus puños que, agarrados con fuerza a las patas del antiguo mueble, mantenían el equilibrio mientras saltaban sobre él. No había duda, el más íntimo acto entre un hombre y una mujer estaba siendo perpetrado allí dentro; algo que suponía reservado solo para ella, estaba siendo entregado a esa bruja y ella lo usaba como un juguete, ni siquiera mirándolo a la cara, sino que cubriéndolo como si el no fuera digno más que para servir obediente a los deseos de su dueña. ―¡Que humillante!― pensó Paola; no podía creer que su marido, el amor de su vida, pudiera caer tan bajo, usado como un puto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras veía asqueada como la Señora de la mansión disfrutaba de su marido, Paola sintió como Omar, cauto, como tanteando su resistencia, empezó a tiras de sus tangas deslizándolos por sus caderas. Supuso lo que venía, aquel pobre tipo la penetraría, introduciría su apestoso falo dentro de su cuerpo, no le importaría el dolor o la resistencia de su vulva, empujaría hasta tener toda su carne dentro de la suya. Luego la sacaría y la volvería a meter hasta hacerla sentir el choque de sus peludas bolas contra su piel. Imaginó como se enredarían los mugrientos vellos púbicos del jardinero con el escaso vello que ella mantenía como guardianes de su intimidad. ¡Dios!, a Juan Carlos le gustaba que se los dejara así. Pero ¿qué importaba ya?, él estaba ahí dentro siéndole infiel de la peor de las formas, ahora ella le devolvería la mano, se vengaría. ―Hasta lo disfrutaré―pensó, recordó el bulto que sintió cuando Omar la apretujo contra el muro; seguramente era grande, más grande que el de su marido. Seguro le dolería de entrada, ojala le doliera mucho, necesitaba algo de dolor físico. Reprimió sus impulsos de detenerlo, sus últimas dudas y sus temores, y permitió que la tela se deslizara entre sus nalgas, dejando indefenso el secreto de su cuerpo. Se forzó a seguir mirando como la bruja De la Piane usaba a su marido y se preparó para que la usaran a ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su respiración se agitó, nerviosa ante la inminente penetración de aquel inmundo y traicionero individuo. Se concentró en lo que pasaba más allá de la rendija de la ventana. Esa maldita mujer seguir comiéndose a su hombre, revolviendo sus caderas o saltando sobre él. De pronto levantó lo justo su vestido para mirar el rostro de Juan Carlos. La vio sonreír entre maliciosa y lujuriosa, empalándose con fuerza sobre el cuerpo de su esclavo. Tomó la correa que le tenía al cuello y la agarró como una experimentada jinete mientras galopaba cada vez con más intensidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya viene―pensó Paola, cuando sintió las nalgadas con las que Omar agarró sus nalgas para apartarlas, dejando su vagina en carne viva. Pero el empellón no llegó, sino que la misma lengua que se revolviera inquieta hacia unos minutos dentro de su boca, esta vez empapaba en baba su tierna y jugosa intimidad. El jardinero había embutido su rostro, lengüeteando con pasión descontrolada, besando su vulva como si besara los labios del amor de su vida. Paola nunca había sentido nada así; Juan Carlos lo hacía a veces, pero esa hambre, ese deseo… Podía sentir como Omar se tragaba hasta la última gota de sus secreciones, sin asco, sin otro objetivo que “comer” de ella.―¡Comer!―recordó que le había dicho, pues ahora entendía que era comer, y no le desagrado. Se mordió el labio, evitando gemir e hiso lo que pudo para mantener el control de sus caderas que ansiaban bailar con el sorpresivo invasor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Impresionada como estaba, no pudo evitar preguntarse por los “hoyos”. No tardo en entenderlo. Era un vocablo vulgar sin lugar a dudas, pero directo al fin y al cabo, el hombre era directo, lo que decía lo hacía, sin juegos a la hora de manifestar sus deseos. Paola sintió como las caricias de labios y lengua del mulato se recreaban dentro de su vagina, chupando y tironeando su vulva de forma exquisita, para luego recorrer la sensible piel que separaba su intimidad de su ano, relamiendo el pirineo hasta llegar a su segundo “hoyo”, donde la intrépida lengua luchaba por introducirse. Y eso sí que no se lo habían hecho nunca. El sexo oral que le practicaba Juan Carlos era exclusivo para su vagina, además de recatado y breve. Ninguno de su cortísima lista de amantes antes de su matrimonio se había aventurado a esa zona tan íntima. Y ahora, aquel oportunista que se aprovechaba de su desgracia, “comía de sus hoyos” sin reparo alguno. Paola pudo sentir la fuerza de la erecta lengua de Omar introduciéndose apenas un centímetro ahí donde nunca nadie había entrado; no pudo resistir el impulso y paro la cola: quería esa lengua un poquito más adentro, solo un poquito más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aún sentía rabia, aún sentía pena, pero no podía negar que sentía rico ahí donde el torpe jardinero la besaba, ahí en su vulva y en su ano, sin respeto, sin asco; sino que con pasión, con hambre, con desesperación. Sentía como se bebía todos los jugos que sus partes íntimas dejaban escapar, y lo hacía con sumo placer. Paola se sorprendió pensando que tal vez aquel hombre se lo merecía, merecía tomarla y disfrutar de su cuerpo como él quisiera. De todas formas el dueño de ese cuerpo no lo apreciaba como debía; el muy idiota prefería dejarse humillar por una vieja clasista y depravada. Juan Carlos tenía la culpa, él la había puesto ahí, a merced del pobre negro chupador, dueño de una larga verga.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto algo cambio en la escena que Paola contemplaba. La Señora De la Piane empezó con estertores de placer que sumado a las violentas embestidas que propinaba con sus caderas eran señal inequívoca de un intenso orgasmo. La dueña de la mansión disfrutó de largos momentos de placer que llenaron de lujuria y desprecio a la mujer de su esclavo. Paola contempló con lascivo odio como desmontaban a su marido y le quitaban la correa para meterla en un cajón. Luego, orgullosa, la Señora De la Piane había salido de la habitación, sin apenas despedirse del hombre que aún estaba de espaldas en aquel taburete, con el pene erecto fuera de sus pantalones, sin haber acabado, sometido exclusivamente al placer de su dueña.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así se acabó el espectáculo. Juan Carlos no tardó en arreglarse y salir de la habitación. Apagó la luz al salir y, sin imaginárselo siquiera, dejó más en penumbras a su semidesnuda esposa con el jardinero de la mansión.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Omar notó que la ventana ya no brillaba y dando un último lengüetazo, que recorrió toda la vulva hasta el final de la raja del portentoso culo de Paola, se levantó, la tomó de las caderas y planto el hinchado paquete de sus pantalones sobre la intimidad de la hermosa joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Llego la hora… de que Omar culeé… a la Señora de don Juan Carlos―susurró con evidente excitación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola se estremeció. Dentro de la habitación ya no había nadie y el temor empezó a imponerse a la lujuria y al deseo de venganza. Ahora Juan Carlos estaría buscándola, preguntando por ella. ¿Cuánto tardaría en salir y averiguar con algún chofer que ella se había aventurado en los jardines? ¿Qué diría si la encontraba ahí?, inclinada para cederle su cuerpo a los embistes del miserable jardinero.― ¡Sácamela Omar! ¡Muéstrale a mi marido lo que es una verga!―gritaría para que Juan Carlos y todos los que lo siguieran la escucharan―. ¡Mira mi amor! ¡Esta sí que es una pichula de hombre!―se burlaría―. Ya me la estuve comiendo un rato, ¡pero es tan rica que no me aguanto!―y se agacharía, y se la metería en la boca, y la chuparía con la misma pasión que Omar le chupó a ella. Con suerte el mulato no aguantaría más y le echaría toda la leche en la boca. Así Paola podría lamer y engullir hasta la última gota de semen; ahí, frente a su marido y sus amigos― ¡Este si es un hombre!―gritaría con la cara llena de mocos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero no, no era suficiente. Ese castigo no era nada comparado a lo que realmente merecía Juan Carlos. Diez veces había dicho, y se había dado el lujo de enumerar a las mujeres con que se desquitaría de ella. Y no solo se acostaría con ellas, sino que las convencería que estaba enamorado, humillándola de forma implacable. ¡No!, si solo le era infiel con Omar y permitía que la sorprendiera no sería nada; terminaría su matrimonio obviamente, pero al darse cuenta de donde estaban, justo fuera de la habitación donde él había servido a los viles placeres de la Señora De la Piane, entendería que solo se había entregado por despecho al retardado que tenían de jardinero en la mansión. Hasta la bruja se enteraría y se regodearía en ello la próxima vez que le dieran ganas de humillar a Juan Carlos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¡Definitivamente no era suficiente!: debían ser diez hombres. Con respecto al detalle del amor, los hombres y en particular su marido no sienten como sienten las mujeres, pero ya se le ocurriría algo para compensar el dolor; sentía bastante desprecio como para inspirar su creatividad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se liberó del agarre de Omar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡No Omar! Hoy no―dijo mientras se subía los tangas que habían quedado enredados en sus muslos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero el jardinero no se mostró satisfecho.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Omar lo hará. Ya no puede volver atrás. Omar culeará… por las buenas o por las malas―dijo con inusitada seguridad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola lo miró, pensando a toda velocidad. ¿Omar la forzaría?, peor para sus planes, Juan Carlos no se debía enterar de nada esa noche. Decidió con la rapidez que solo la desesperación puede conceder. Echo marcha atrás, con elegancia volvió a bajar sus tangas, esta vez los llevó hasta abajo, dejándolos en el suelo, dio un paso al costado con cuidado de que no se engancharan en sus tacos, luego se inclinó sensualmente y los levantó terminando con la pequeña prenda colgando de uno de sus dedos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tienes razón, Omar. Te lo has ganado. Ten esto, quiero que lo guardes como recuerdo. Será tu trofeo―susurró Paola de la forma más sexy que pudo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El Jardinero sonrió, recibió el tanga y se lo guardo en el bolsillo. Luego tomó de las caderas a Paola y trató de darla vuelta de nuevo contra la ventana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ande Señora… Omar quiere culear como perro―insistió el mulato al ver la resistencia de su presa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola puso una mano en su pecho obligándolo a dar un paso atrás. Le sonrió coquetamente. Los faroles del jardín más allá de los setos atenuaban la penumbra y ella podía distinguir claramente el deseo depravado en el rostro de Omar, y necesitaba que él distinguiera la lujuria en el semblante de ella. Sin despegar la mano del cuerpo del mulato, se acuclilló lentamente frente a él, arrastrando su mano por la vulgar camisa de trabajo hasta llegar a su cinturón.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Voy a servirte de perra Omar. Solo que antes quiero que pruebes mi otro “hoyito”―dijo provocadora, mientras se daba un par de golpecitos con el dedo índice en sus hermosos labios.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El jardinero no esperó a que Paola desabrochara su cinturón. Desesperado, con rápidos movimientos, él mismo soltó sus pantalones que, por lo delgado de su dueño o porque eran dos tallas más grandes de lo que deberían, cayeron hasta sus tobillos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Paola sintió una chispa de curiosidad, si así se podía llamar, por ver lo que Omar traía guardado bajo los anticuados calzoncillos. Pero no tenía tiempo, debía actuar rápido y con seguridad. Se levantó violentamente y empujó al jardinero que cayó de bruces sobre el pasto. Al instante salió corriendo; después de un par de pasos se dio cuenta que no podría con los tacos, se sacó las sandalias y siguió a toda velocidad descalza.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No miró atrás pero de algún modo sabía que Omar no la seguía. Recordó como el jardinero había comido de sus “hoyos” y sintió lastima por él. Pero ¿quién sabe?, se dijo, quizá podría llegar a ser de los diez.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En pocos momentos reconoció el gran seto que marcaba el costado de la mansión. Doblando esa esquina ya estaría a la vista de todos los que estuvieran afuera, en frente de la mansión, la mayoría choferes esperando a sus patrones. Se detuvo, se aseguró de que el jardinero no la seguía, se puso las sandalias, arregló su vestido y su peinado como pudo y dobló el recodo digna como una dama. Había llorado y sabía que su maquillaje se había corrido. No quería que Juan Carlos siquiera sospechara, así que debía irse antes de que él la encontrara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se acercó al chofer más cercano y le inventó una emergencia, una pelea con su marido que no había terminado bien. Todos la miraban; si hubieran sabido lo que le acababan de hacer habrían hecho fila para llevarla a pasear por los jardines. El tipo hizo una breve llamada a su jefe, implorándole que le diera una hora para atender a una señorita en problemas. Apenas colgó, ante las envidiosas miradas de sus colegas, le abrió la puerta trasera de un lujoso auto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A poco andar sonó su móvil. Era Juan Carlos que recién la llamaba. ¿Qué habría estado haciendo después de dejar aquella habitación? No quería saberlo, nada peor de lo que ella ya sabía. Inventó una jaqueca, una muy fuerte que no le permitiría tener sexo esa noche y que la había obligado a pedir un taxi para volver a casa ya que no lo había podido encontrar. Él le dijo que le compensaría el mal rato. Paola estuvo a punto de arrojar el móvil por la ventana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El afortunado chofer se fue mirando todo el camino el espejo retrovisor. Paola le mostró más de la cuenta mientras su corazón roto sufría y su cabeza planeaba la venganza que cambiaría su vida. Estaba decidido: serian diez, solo quedaba elegirlos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span></p>
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		<title>&#8220;Tatiana&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 02 Dec 2018 09:30:42 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Resumen: Tatiana siempre fue la más hermosa del curso, sin embargo su extraordinaria belleza la aísla y la convierte en una mujer insegura de sus capacidades y de sí misma. Una vez casada, en una ciudad lejos de su pueblo, hace amistad con Marta, una vecina con vasta experiencia en los quehaceres del hogar. Tatiana nunca pensaría que Marta y su marido, Benito, se aprovecharían de ella para hacer realidad sus más turbias fantasías. Historia relatada desde las perspectivas de Tatiana, de Marta y de Benito. Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace: https://relatosdantes.com Para que podías [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="http://relatosdantes.com/"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17324" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/relatos-dantes-1024x273.jpg" alt="" width="1024" height="273" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"> Tatiana siempre fue la más hermosa del curso, sin embargo su extraordinaria belleza la aísla y la convierte en una mujer insegura de sus capacidades y de sí misma. Una vez casada, en una ciudad lejos de su pueblo, hace amistad con Marta, una vecina con vasta experiencia en los quehaceres del hogar. Tatiana nunca pensaría que Marta y su marido, Benito, se aprovecharían de ella para hacer realidad sus más turbias fantasías. Historia relatada desde las perspectivas de Tatiana, de Marta y de Benito. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO:</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">TATIANA</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">CAPÍTULO 1</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17478 alignleft" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/11/Tatiana-I-min-791x1024.jpg" alt="" width="424" height="549" />TATI</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">El vapor inundaba la sala de baño y los espejos llevaban largo rato empañados cuando Tatiana decidió que el nivel de agua de la tina era el adecuado y la temperatura suficientemente alta. Se metió lentamente, se sumergió hasta el cuello y se relajó durante unos minutos, disfrutando el escozor que le provocaba ese baño de espuma caliente. Sintió el ambiente frio cuando saco sus tonificadas piernas para poder alcanzarlas con la esponja de baño. Se inclinó ligeramente sobre un costado para acicalar sus glúteos, parando la cola y abriendo sus nalgas para permitir que el agua y sus delicados movimientos asearan lo más íntimo de su ser. Por último, se preparó para masajear sus hinchados y adoloridos pechos. Estaban enormes y muy sensibles; la piel, tensada a más no poder, paraba sus rosados pezones, convirtiéndolos en suculentos biberones para su pequeño Benjamín.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era su primer bebé, y había cumplido ya los siete meses. Al principio le encantaba tomar pecho, y el doctor había felicitado a Tatiana por eso, diciéndole que era bueno para la salud del niño. Sin embargo, había introducido variaciones en su alimentación: además de la lactancia, le había prescrito también batidos y jugos. La consecuencia había sido que la leche de la madre no tenía la misma demanda de antes y se acumulaba en sus pechos, hinchándolos casi a reventar. Tatiana no sabía si era normal o no, pero le dolían y la avergonzaban, pues si antes eran bastante generosos, ahora se habían convertido en un par de enormes melones coronados por dos pezones endurecidos y siempre erectos, ansiosos de liberar el sagrado fluido alimenticio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pedro, su cariñoso marido, le había comprado un extractor de leche para tratar de ayudarla, pero ella no había podido hacerlo funcionar, y temía confesárselo y pedirle ayuda, pues no quería parecerle incapaz de entender cómo se manejaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Desde muy joven, Tatiana supo que era bella. Su familia y sus amigos no cesaban de decírselo. Era alta, rubia, y cuando niña su belleza le había granjeado el cariño de todos. Pero al llegar a la adolescencia, se dio cuenta de que ser hermosa podía provocar consecuencias bastante adversas. Sus amigas empezaron a alejarse de ella, pues cada chico que les gustaba terminaba enamorándose de Tatiana. Y su madre, temerosa de que quedara encinta y arruinara su juventud, le había inculcado desde muy temprana edad que los hombres estaban reservados para después del matrimonio. Eso la impulsó a distanciarse también de sus amigos, ya que todos terminaban pretendiendo de ella algo más que amistad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Encontrándose sola, se dedicó a hacer ejercicio para matar el tiempo. Le encantaba salir en bicicleta y recorrer los caminos campestres de su pueblo. Se preocupó asimismo de su cuerpo: aprendió a mantener una dieta balanceada y a cuidar su piel con automasajes, cremas y ungüentos que conseguía con su madre. Parecía tener un talento natural para eso, y no tardó en convertirse en un portento de mujer. Sin embargo, dicha habilidad contrastaba con su rendimiento en el colegio, donde era una alumna bastante mediocre. A eso se sumaba su escasa vida social, y fue así inevitable que le aplicaran el estereotípico calificativo de “rubia tonta”. Siendo tan sensible e ingenua, esa opinión que sus compañeros y profesores tenían de ella le generó una reacción traumática: le dolía que la gente la considerara estúpida, y se resistía a hacer preguntas y a pedir ayuda, pues pensaba que si lo hacía dejaría más en evidencia su incompetencia en algunas cosas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Por lo mismo, había resuelto no decirle a Pedro que no había podido hacer funcionar el extractor de leche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sentada en la tina, apretó delicadamente uno de sus pechos, y logró liberar algunas gotas que aliviaron un poco su constante molestia. Se consoló al pensar que luego del baño le daría de mamar a Benjamín, con lo que ganaría otro momento de alivio. Y después acudiría a la señora Marta, su vecina, para contarle su problema y ver si se le ocurría alguna solución. No le importaría pedirle ayuda, pues había demostrado ser desde el principio una buena amiga, y una estupenda dueña de casa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana había conocido a Pedro un día que iba a visitar a una tía en la ciudad. Casi la había atropellado mientras ella hacía el recorrido en bicicleta, se había enamorado a primera vista, y no la había dejado tranquila hasta lograr que ella correspondiera a sus sentimientos. No tardó en pedirle matrimonio apenas la ingenua rubia le contó la norma que su madre le había inculcado en cuanto a la relación con los hombres. No le importó que sólo hubiera terminado la secundaria, y que a sus veintidós años no tuviera ningún título profesional, y tampoco las capacidades para conseguirlo. Tatiana se sentía orgullosa de sí misma, había rechazado a incontables pretendientes, y al fin su belleza le había asegurado un hombre bueno y con un gran futuro por delante. Se casó la primavera de ese año, y se fue a vivir con su marido a un lindo condominio en las afueras de la ciudad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Aunque la joven pareja era muy feliz en su nueva vida, a Tatiana no le calzó bien el papel de dueña de casa. Nunca había aprendido a cocinar, y había estado exenta de los trabajos domésticos en la casa de sus padres, pues su madre y una criada se encargaban de todo. Su propia inseguridad la tenía convencida de que cada plato que preparaba no le parecía sabroso a su marido, y le dolía ver cómo Pedro volvía a planchar las camisas que ella ya había planchado. Al principio, él no reclamaba nada, y ella cumplía en la cama con placer: veía en el deseo de su marido el resultado de años de cuidados de su cuerpo. Sin embargo, su incompetencia en los quehaceres del hogar le quitaba el sueño. “¿Cómo puedo ser tan torpe?”, se preguntaba cada vez que se le quemaba la comida, o manchaba alguna prenda de vestir.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Un día, mientras hacía su mejor esfuerzo para preparar la cena, llegó una vecina a avisarle que salía humo por la ventana de uno de los cuartos. Recordó al instante que había dejado la plancha enchufada, y, acompañada por la preocupada señora, fue corriendo a apagar el amago de incendio. Apenas se habían chamuscado un par de prendas y la cubierta de la tabla de planchar, pero Tatiana no aguantó más y se largó a llorar, presa de la angustia que le provocaba su torpeza. La señora Marta, que era quien le había advertido del humo, la consoló y escuchó el desahogo de la recién casada. Pese a haberla conocido ese mismo día, se quedó, la ayudó a cocinar, y le prometió enseñarle varios secretos sobre el manejo de la casa. Más tarde, Pedro la felicitó por la cena, y le restó importancia al incidente de la plancha. Bien alimentado, Tatiana sintió que esa noche su marido le había hecho el amor con más pasión que nunca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La señora Marta vivía a sólo un par de casas dentro del condominio. Había criado dos hijos que ya estaban en la universidad, y, según ella, aguantado a un marido gruñón en todos esos años. Pronto se convirtió en la única amiga de Tatiana, y en una especie de mentora de su aprendizaje como dueña de casa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A escasos tres meses después de casarse Tatiana había quedado en cinta. Se había sentido aliviada de tener una ayuda como la Sra. Marta para apoyarla en su embarazo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">MARTA</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Marta tenía cuarenta y cinco años. Vivía con su marido, Benito, y sus dos hijos ya mayores, Esteban y Joaquín. Ni siquiera de joven había sido muy agraciada; era bajita, y sus pechos nunca habían superado el tamaño de los de una adolescente en la pubertad. Lo único de lo que podía pavonearse era su trasero, firme y muy bien formado. Cuando usaba pantalones ajustados llamaba la atención de los hombres.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Siempre había sentido envidia de las mujeres más bellas, que cuando estaba en el colegio hacían grupo aparte, dejándola a ella y a muchas otras condenadas a sufrir la indiferencia masculina. Los chicos la trataban con simpatía, pero siempre la usaban como paño de lágrimas cuando las muchachas populares no les prestaban ninguna atención.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Así había transcurrido su juventud. Ningún cuento de hadas, y ni hablar de aventuras románticas. Alguna vez pensó que, si era permisiva con sus compañeros, algunos se enamorarían de ella. Pero con esa actitud sólo se ganó la fama de “la chica del culo fácil”. En la universidad, para no reprobar un ramo, dejó que el profesor le practicara sexo anal. No era su primera vez ―el trasero era lo mejor que tenía―, pero de todas formas le dolió; le dolió mucho, y también le gustó. Aún así, no pudo concluir su carrera, y terminó casándose con aquel profesor, un hombre diez años mayor que ella y sin ningún atractivo, salvo un buen pedazo de verga que la hacía gozar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Si bien su matrimonio con el profesor Benito tenía sus altos y bajos, se llevaban relativamente bien. No obstante, Marta entendió desde el principio que su poco agraciado marido era un pervertido incurable, y que no desecharía oportunidad alguna de encamarse con una chica medianamente atractiva.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una vez que trató de sorprenderlo y lo siguió a uno de sus encuentros eróticos, encontró la fórmula para seguir viviendo con él. Cuando vio a la chica que lo acompañaba, seguramente una estudiante que necesitaba mejorar sus notas para pasar de curso, sintió una excitación morbosa que le impidió intervenir en ese chantaje que se estaba perpetrando en un sórdido motel. La chica era hermosa, y le recordó a sus compañeras de estudios que se creían superiores a ella porque tenían un príncipe azul encandilado por su belleza. La sola idea de que su obeso marido estaba aprovechándose de una lindura como ésa le provocó un insano placer. En ese mismo momento la gran verga de su hombre estaba taladrando a su gusto el cuerpo juvenil de la pobre chica, mientras el novio de ella, ignorante de lo que sucedía, podía estarle escribiendo una carta de amor o soñando con tenerla más tarde en sus brazos. Esa noche le contó a Benito que lo había seguido, y después de hacerle confesar que había enculado a su alumna, por primera vez en varios años volvió a permitir que la tomara por el culo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Después de eso, múltiples fantasías llenaron las noches de aquel maduro matrimonio. Benito le contaba con lujo de detalles las emocionadas reacciones de las jovencitas cuando veían su pedazo de herramienta, sabiendo que debían entregar el culo para aprobar el curso. Marta estaba siempre dispuesta a ver con él películas porno, en las que descubrió su fijación por los senos grandes. Sabía que no era lesbiana, pues gozaba con su marido, pero no podía negar que la excitaba ver un par de tetas bien desarrolladas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una mañana, como todos los días, Marta se levantó temprano para preparar el desayuno de sus hijos y su marido. Los muchachos tragaron sin mascar y salieron apurados. Entonces Benito decidió abordar el tema que lo obsesionaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cómo está la Tati? —preguntó ansioso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Con las tremendas pechugas. Apenas se las puede.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cuándo la vas a invitar a las reuniones?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Seguro que el Pato te pregunta todos los días por ella ―se burló Marta mientras recogía la mesa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Patricio, hermano de Benito, era un solterón y un vividor empedernido. Había seguido una carrera universitaria pero no la había terminado, y de ahí en adelante había andado de tumbo en tumbo, alternando trabajos inestables con períodos de cesantía. Al verlo en problemas, Benito había conseguido que lo contrataran como guardia en el condominio. Iba a cumplir tres años en el cargo, hacía bien su trabajo, era servicial con las señoras y respetuoso con las muchachas y mujeres solteras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Todos preguntan —replicó Benito, siguiendo a su mujer a la cocina—. Hace más de un año que lo vienes prometiendo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué culpa tengo yo de que la hayan preñado tan rápido? ―se defendió Marta―. Pero ya está bien recuperada. Hasta quedó mejor que antes. Cuando se trata de cuidarse para verse linda no le gana nadie.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Con eso que dices me dejas más ansioso todavía ―la increpó su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta dejó los platos en el fregadero y se volvió hacia él.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Yo estoy tanto o más ansiosa que ustedes de que la Tati empiece a ir a las reuniones. Pero si la apuro no conseguiremos nada. Podrías hacerte amigo de Pedro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito negó con la cabeza.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Es un tipo simpático, pero está metido en sus asuntos. No he sacado nada con él. Bueno, me voy ―y se despidió con una palmada en el trasero de su mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apenas terminó sus labores diarias, Marta se dirigió a la casa de Tatiana. Hacía un año y medio que la ayudaba en todo lo que podía. La chica era tonta; no lograba aprender a cocinar ni a ejecutar bien las tareas domésticas, aunque en ese tiempo algo había mejorado. Pero Marta no dejaba que prescindiera de ella; siempre tenía una receta nueva o alguna fórmula de limpieza o decoración que enseñarle. A esas alturas Tatiana se había ganado su simpatía; era tan ingenua e inocente que a veces le remordían la conciencia sus intenciones de hacerla participar en las reuniones. Pero el impulso morboso era más fuerte. Sin embargo, pensaba llevarla por las buenas, y estaba convencida que podría convencerla fácilmente. Y por lo demás, al final dependía de ella si seguía yendo o no a compartir con el grupo</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tocó el timbre, y Tatiana le abrió oculta a medias tras la puerta, haciéndole señas de que entrara rápido. Marta lo hizo, y vio que la joven llevaba unas calzas ajustadas, tenía el pelo húmedo y se cubría apenas los pechos con una pequeña toalla de bebé.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cómo está, señora Marta? ―la saludó Tatiana después de cerrar la puerta y darle el beso de costumbre―. Disculpe, pero acabo de amamantar a Benjamín y no alcancé a ponerme nada encima.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Descuida, Tati, yo sé lo que pasa con las guaguas, no te dejan tiempo para nada―. Marta trataba de disimular como podía las ganas de mirarle el escote que afloraba de la toallita—. Vístete tranquila, yo te veo al niño mientras tanto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marte tenía pocas oportunidades de ver los pechos de su vecina en todo su esplendor, y no desaprovecharía esa ocasión. Ambas se dirigieron al dormitorio, y Tatiana, con absoluta inocencia, se desprendió de la toalla y la dejó sobre la cama. Marta quedó prendada de los inmensos senos que habían quedado expuestos ante sus ojos. Agradeció que el pequeño Benjamín estuviera durmiendo, ya saciado de las exuberantes ubres de su madre. Así podría admirar sin distracciones a la joven mientras se vestía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ante su sorpresa y placer, Tatiana la invitó antes a sentarse en la cama.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Señora Marta, necesito preguntarle algo ―le dijo en tono serio. Por un momento, Marta temió que la rubia se hubiera dado cuenta de las ansias con que ella contemplaba esas increíbles tetas, pero las siguientes palabras de Tatiana la tranquilizaron—. Lo que pasa es que en el último tiempo Benjamín ha estado tomando menos leche, y… ay, ¿cómo decirlo?&#8230; por eso se me están hinchando los pechos―. Tatiana se los tomó para invitar a su vecina a contemplarlos, como si no hubiera advertido las intensas miradas de reojo que Marta les dirigía. Estaban tan llenos de leche que parecían a punto de estallar. La piel blanca, increíblemente tersa, hacía resaltar los pezones erectos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta tragó saliva, pero se recompuso al instante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Están enormes ―reconoció.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―El problema es que me duelen mucho, señora Marta— siguió Tatiana, angustiada—. Pedro me compró un extractor de leche, y lo tengo por ahí, pero no sé cómo se usa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era la oportunidad que Marta estaba esperando. En un par de segundos fraguó un plan para satisfacer el deseo morboso que la acosaba hacía tanto tiempo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Esos artefactos no funcionan, mi linda―dijo, dándoselas de entendida en el tema ―. Y si tu marido te lo compró es porque no puede ayudarte―. La interrogante mirada de Tatiana la alentó a continuar―. Los pechos te duelen porque están llenos de leche, ¿no es cierto? Pues bien, para aliviar el dolor tienes que extraerla. Así de simple. El aparatito que te trajo Pedro no sirve, sobre todo con pechos tan productivos como los tuyos. La solución es que amamantes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero no puedo obligar a mi bebé a tomar más de lo que quiere ―replicó Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por supuesto. Lo que necesitas es encontrar a alguien que pueda extraer lo que no consume tu niño.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana abrió los ojos sorprendida.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero… ¿quién me prestaría otro bebé para que hiciera eso? ―preguntó dudosa. “Es definitivamente bruta”, pensó Marta, pero contestó:</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No se trata de eso, mi amor. Para la cantidad de leche que se necesita sacar de tus senos, hay que recurrir a un adulto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero… no entiendo, señora Marta… ¿Me está tomando el pelo?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿De dónde sacas eso, niña? Con los problemas de salud no se juega ―replicó Marta, adoptando un tono dignamente profesional―. Pero tampoco es nada del otro mundo ―. Y sobre la marcha improvisó una mentira que le pareció perfecta para embaucar a su ingenua interlocutora―. Hace unos tres años ayudamos en este condominio a la vecina de la casa 47, que tenía el mismo problema. Por supuesto, fue un asunto muy delicado; ni siquiera su marido se enteró de que había recibido esa ayuda. Si te lo cuento a ti es porque estás en un caso muy parecido, y porque además te tengo mucho cariño y confianza. Pero ni se te vaya a ocurrir mencionarle nada a esa vecina, porque acordamos que sería un absoluto secreto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Le prometo que no le diré una sola palabra. ¿Y quiénes la ayudaron?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta sabía que se venía esa pregunta y en su cabeza aún no decidía como la iba a responder. Había dos situaciones que le mataban de morbo: primero, ansiaba tocar los pechos de Tatiana, eran enormes, bellos y sus pezones se apreciaban duros y sabrosos; segundo, le provocaba estertores de placer imaginar a Benito usar el cuerpo de la inocente joven. Pensó rápidamente en los pros y en los contra. Si le decía que había sido solo ella, su amiga y mentora, su vecina podría sentirse en confianza para dejarla tocar, saborear y extraer su elixir lácteo. Pero no sabía que tan liberal podría ser Tati; podría indignarse ante la idea de que otra mujer practicara con ella un ejercicio tan íntimo. Por otro lado, mencionar a Benito despertaría de inmediato la idea de infidelidad en la cabecita de la rubia. Pero si terminaba aceptando, nadie decía que solo su descarado marido terminara aprovechando el escultural cuerpo de la joven madre. ¡Dos por una!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Benito hizo el tratamiento ―contestó, en un tono casi clínico.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡¿Don Benito…?! ―se asombró Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Así fue, Tati. Y también puede ayudarte a ti.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana se quedó un momento en silencio, rumiando esa desconcertante información.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y si se lo pido a Pedro…? —preguntó al fin, sumida en la confusión.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No creo que resulte, Tati. Si él te compró el extractor, fue porque no podía ayudarte de otra forma. Verás: hay hombres a los que les da un poco de repulsión la leche materna. Si insistes, seguramente aceptará, pero eso podría provocarles a ambos serios trastornos en el futuro, quiero decir en sus relaciones íntimas, ¿me entiendes?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana asintió con la cabeza. Se miró las manos, que jugaban nerviosas en sus rodillas. Transcurrieron unos segundos que resultaron interminables para la embaucadora. ―Y a usted… —dijo de pronto la joven, sin mirarla—, ¿no le molestaría que don Benito… me ayudara?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“Está hecho”, se dijo Marta.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">BENITO</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Benito estaba envejeciendo; tenía cincuenta y cinco años, y el tiempo le estaba pasando la cuenta. Diez años atrás follaba casi todos los días, con su mujer, con alguna alumna que necesitaba mejorar sus notas, o, en el peor de los casos, con una callejera barata. Lo pasaba bien, y le gustaba pensar que la afortunada de turno también lo disfrutaba. Por algo tenía esa descomunal herramienta colgándole entre las piernas. Pero la muy cabrona parecía haber envejecido junto con él. En fin, bastante trabajo le había dado a lo largo de su vida. En todo caso, ya lo había asumido: no era el mismo de antes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Todo había empezado a decaer cuando lo habían nombrado decano de la facultad. Le habían aumentado el sueldo, tenía horarios más ordenados, pero había perdido sus clases, y por lo tanto el trato directo con las alumnas. Ya no podía chantajearlas con el viejo truco de mejorarles las notas para tener sexo con ellas. Se habían acabado las sesiones clandestinas en moteles de mala muerte, y de ahí en adelante había tenido que conformarse con las películas porno que veía con Marta en la intimidad de su dormitorio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito valoraba dos acontecimientos extraordinarios en la relación con su mujer. La primera era el día en que Marta había acudido a su oficina porque necesitaba alcanzar una nota en el último examen del curso; sabía que le había ido mal, y quería saber si ella podía hacer algo para subirla algunos puntos. No era la primera vez que él se aprovechaba de una situación así, y Marta no era la chica más linda que le había hecho la misma solicitud. Era mona, bajita, y casi no tenía pechos, aunque su juventud le aseguraba un cuerpecito rescatable. Pero todo eso se olvidaba al apreciar el potencial de su tremendo culo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ese día él decidió jugársela, y le pidió directamente el culo, a cambio de hacerla pasar de curso. Ella aceptó, y lejos de espantarse al ver la monstruosidad que la penetraría, se emocionó y disfrutó al máximo la terrible experiencia. Que esa pendeja hubiera cumplido como lo hizo, y que lo hubiera seguido buscando, pese a haber ya aprobado el curso, había marcado el primer gran hito en su relación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El segundo tuvo lugar estando ya casados, el día en que Marta le enrostró haberse llevado a una alumna a un motel. Las razones estaban más que claras; ella misma había caído así. Sin embargo, en lugar de putearlo y echarlo de la casa, le pidió que le contara lo que le había hecho a la pobre chica. El fue honesto: le dijo que la jovencita estaba asustada, sobre todo al ver su verga. “¿La enculaste?”, lo había acosado Marta. Él había visto en sus ojos lo que ansiaba escuchar, así que mintió: le dijo que le había reventado el culo. La verdad era que la chica había lloriqueado tanto al ver el tamaño de su miembro, que al final él había aceptado una buena mamada, con champañazo incluido. “¿Lloró?”, preguntó Marta, y esa vez él no mintió. “Lloró como condenada”, le dijo. Entonces su adorada Marta, después de varios años de coitos mediocres, le había vuelto a entregar el culo, y habían gozado como adolescentes recién casados. De ahí en adelante, habían disfrutado durante un tiempo del sexo, aderezado con los morbosos relatos en los que él le contaba las insanas vejaciones a las que sometía a sus alumnas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cavilaba sobre eso mientras miraba por la ventana de su oficina y veía en el parque a las jóvenes universitarias, deseosas de obtener su título. Ahora estaban fuera de su alcance. Pero no todo era tan sombrío, pues él y su imaginativa esposa, junto con varios vecinos de tendencias similares, habían encontrado la forma de llenar el vacío de morbosidad que había quedado en sus vidas. Una vez por semana se reunían en cualquiera de las casas y practicaban diversos “juegos”, según la inspiración del momento. Su hermano Patricio no había tardado en incorporarse a esas sesiones. Benito creía que no sería bien recibido, pues era soltero y no aportaba una contraparte femenina. Pero su buena verga, casi tan contundente como la suya, había convencido a las vecinas, y la puta ocasional que llevaba había terminado por convencer a los vecinos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sonrió al recordar cómo su hermano trataba de “jugar” como un crío con Marta. Esa experiencia de búsqueda y rechazo era para el insano marido el punto más sabroso de muchos encuentros.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto se puso a pensar en Tatiana. Lo traían loco de ansiedad las promesas de su mujer, que aseguraba que convencería a la rubia de asistir a las reuniones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero tiene que ser de a poco —le insistía Marta siempre que tocaban el tema. Benito no se resignaba a esperar; las pocas veces que la había visto, había sufrido una erección instantánea. Es que era tan hermosa. Alta, con esa cabellera rubia rizada, esas piernas perfectas, ese culazo de calendario y esas tetas de diosa. No le cabía en la cabeza que esa mujer pudiera estar más bella que antes, pero Marta le aseguraba que sus pechos habían crecido hasta convertirse en dos prodigios de la naturaleza. Además, era tan joven que podría ser su hija, y saber que era tonta e ingenua inflamaba su deseo de embaucarla y disfrutar su descomunal cuerpazo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Volvió a su escritorio, y decidió calmar su ansiedad revisando la propuesta de un nuevo programa de estudios. Antes que abriera la carpeta sonó su celular.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ven a la casa de inmediato! ―lo urgió la voz de su mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero si acabo de llegar. ¿Qué pasa?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Es Tatiana. La oportunidad que esperabas. ¡Ven ahora mismo!―. Y colgó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito se quedó de una pieza, sin saber qué hacer. Un momento después sintió una fulminante erección que lo sacó de su ensimismamiento. Trató de ordenar rápidamente sus ideas. ¿Tatiana? ¿Oportunidad de qué? Pensó llamar de vuelta a Marta, pero desistió; sabía que no le respondería el teléfono, le gustaba jugar así. En todo caso, debía salir de ahí, tenía que ir a su casa. Se levantó, agarró su maletín, echó algunas carpetas dentro, cerró su notebook y lo guardó en su estuche. Cuando iba hacia la puerta reparó en la erección que se le notaba en los pantalones; no podía salir en esas condiciones. Dejó sus cosas sobre el escritorio, se dirigió al baño, y cuando dejó al descubierto su verga, vio que había adquirido un tamaño y una rigidez que no tenía desde hacía años. “Ahora no puedes ponerte así, idiota”, le espetó. “Será mejor que te encojas ya, o no sabremos qué está pasando con Tatiana”. Al ver que no le respondía, empezó a golpearla, mientras le decía: “¿Ves lo que me obligas a hacer?” Al cabo de unos interminables minutos, la bestia entró en razón y se resignó a esperar en estado de reposo. Benito voló fuera de su oficina. A la pasada le dijo a su secretaria que tenía una emergencia familiar y que no sabía si volvería.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Demoró veinte minutos en el trayecto (generalmente le tomaba media hora). Entró corriendo en la casa, vio que Marta no estaba, y la llamó al celular.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Acabo de llegar ―dijo lo más calmado que pudo, y colgó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su mujer llegó cinco minutos después.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No vas a creer lo que conseguí ―le soltó, sentándose junto a su marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Dilo de una vez, me tienes en ascuas…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Convencí a Tatiana de que te amamantara ―le soltó triunfante Marta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito no lo podía creer. Marta le explicó el problema que tenía la muchacha con la aglomeración de leche en sus pechos, y cómo la había convencido de que él podía ayudarla.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Le dije que ya lo habías hecho con otra vecina, pero que todo tenía que quedar en el más absoluto secreto, sin que ni siquiera Pedro se enterara. La tontita cree que es un sacrificio para ti, y que en este momento te lo estoy pidiendo como un gran favor para ella, porque soy su mejor amiga.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La excitación morbosa le había provocado a Benito una nueva erección. Benito quería besar a su mujer. Se piñizcaba para asegurarse de no estar soñando. El morbo de la situación lo tenían al borde de la locura.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero debes tomártelo con calma —siguió Marta—. No permitas que se te note lo caliente que te pone esto. La Tati es ingenua pero muy recatada. Empieza por cambiarte de ropa, ponte los pantalones más holgados que tengas, y bájate eso que tienes ahí ―le golpeó el bulto que se le había formado en la entrepierna.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">― No saco nada con bajarlo si va a crecer de nuevo apenas la vea.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Yo lo solucionaré. Busca los pantalones que te dije. Voy enseguida a la pieza.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito obedeció. Fue al dormitorio y eligió el pantalón más amplio que tenía. Su mujer apareció con un rollo de cinta adhesiva en la mano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Qué vas a hacer con eso?―preguntó su atribulado marido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta le ciñó la cintura con una vuelta de cinta, le apresó luego con ella la rígida verga y se la fijó al costado izquierdo, entre la ingle y la barriga.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―De todos modos se me notará ―dijo Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ponte esta camisa. Es igualmente ancha, y te queda larga. Si te la dejas afuera, flotando sobre tu panza, te tapará como una cortina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito pensó que su mujer lo tenía todo planeado. Se puso la camisa y comprobó que tenía razón: vestido así se veía aún más obeso, pero no se le notaba la tremenda erección que sufría.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya está— aprobó Marta—. Ahora vamos, le dije que estaríamos ahí lo antes posible, no vaya a ser que se nos arrepienta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salieron a la calle y caminaron rápidamente a la casa de Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando la joven les abrió la puerta, Benito quedó pasmado. “¡Es cierto, está más buena que antes!”, se dijo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana se había puesto unos pantalones de buzo y una blusa maternal que le quedaba muy suelta. Todo muy bonito pero muy recatado. Aun así, se veía soberbia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Una vez que estuvieron adentro, la joven, visiblemente nerviosa, les ofreció algo de beber. Ambos rechazaron el ofrecimiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Bien, Tati — dijo Marta—, aquí tienes a mi marido, que hará todo lo posible por ayudarte.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No sé cómo agradecérselo, don Benito —dijo Tatiana, cada vez más nerviosa—. Pero le prometo que mantendré en completo secreto todo lo que haga por mí.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No tienes nada que agradecer, Tati —respondió el astuto decano—. Para eso tomé un curso paramédico, para asistir a las madres que lo necesiten—. Lo del curso lo había inventado al vuelo; estaba decidido a aprovechar al máximo la oportunidad que se le presentaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La señora Marta no me contó que había hecho un curso— dijo Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Bueno, después de ayudar a otra vecina que tenía el mismo problema me interesé en estos temas de primeros auxilios destinados a las madres jóvenes, y participé en un taller especializado que duró seis meses.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Olvidé contártelo, querida— intervino Marta, respaldando a su marido—. Como ves, Benito es un experto, no puedes estar en mejores manos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Entonces usted manda, don Benito ―dijo la ingenua paciente―. Dígame qué tengo que hacer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Para empezar, debes cambiarte de ropa, corazón. La posición ideal en la primera parte del tratamiento es estar en puntas de pie a fin de mantener la tensión de la espalda, pues eso facilita la extracción de la leche. Por lo tanto, te recomiendo ponerte los zapatos con los tacos más altos que tengas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al viejo zorro le gustaba lo alta que era Tatiana. Y pensó que con unos tacos que le aumentaran la estatura ni siquiera tendría que inclinarse para cumplir su insano cometido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tengo unas chalas adecuadas ―dijo la joven, y se volvió para ir a su dormitorio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Espera, Tati ―la detuvo Benito―. Busca también unos pantalones lo más ajustados posible, para activar tu circulación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana se detuvo, indecisa ante esas instrucciones, y miró a su vecina, como pidiéndole consejo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Las calzas que usabas en la mañana estarán bien ―dijo Marta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La muchacha se fue a su habitación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito tomó la cara de su mujer y le dio un beso cargado de agradecimiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Viejo, yo también quiero probar ―le advirtió Marta.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">TATI</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">La habitación estaba en penumbra, Benjamín dormía. Tatiana abrió el armario y sacó las chalas blancas con taco alto que había usado una sola vez, en el matrimonio de un amigo de Pedro. Sobre la cama estaban las calzas ajustadas que se había quitado hacía poco.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando la señora Marta había ido a buscar a su marido, Tatiana había sentido gratitud, y también un poco de cargo de conciencia por su amiga. Se ponía en su situación: si Pedro tuviera que auxiliar a otra mujer, y esa ayuda requiriera un íntimo contacto físico, estaba segura de que se sentiría celosa, o por lo menos incómoda. Pero su amiga, por ayudarla, le había pedido a su esposo que se sacrificara por ella. Estaría en deuda con la señora Marta aun más de lo que ya estaba. Sin embargo, no debía abusar de su generosidad. Había pensado que las calzas ajustadas que llevaba podían alterar de alguna forma a don Benito y a la vez incomodar a su amiga mientras era testigo del tratamiento; así que se las había cambiado por un pantalón sumamente holgado que había usado durante el embarazo, y una colorida blusa maternal que, si bien no podía ocultar sus descomunales pechos, por lo menos caía sin ninguna gracia, ocultando su abdomen y su cintura.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¿Cómo iba a saber ella que esas prendas no eran adecuadas para el procedimiento? Por suerte, don Benito tenía experiencia, y el hecho de que hubiera hecho un curso para tratar ese tipo de problema la hacía sentirse más tranquila, y doblemente afortunada. Se repitió varias veces que debía preguntarle a don Benito por sus honorarios. No quería que pensaran que era una aprovechadora, y que esperaba que la trataran gratis sólo por ser amiga de la señora Marta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se puso las calzas ajustadas. Le quedaban bien, pero sintió que no le apretaban lo suficiente. Pensó que por lo menos debía tener un poco de iniciativa y cooperar en su propio beneficio. Don Benito le había dicho que necesitaba una prenda lo más ajustada posible, así que buscó en el fondo de un cajón y extrajo unas calzas blancas. Las había comprado antes de quedar embarazada; por lo tanto, debían de quedarle bastante más ceñidas que las otras. Eran cortas, le llegaban apenas más abajo de la rodilla, pero supuso que no sería un problema. Bueno, don Benito decidiría. Se la puso sin problemas, pues, aunque le quedaba bastante apretada, era de tela bien elástica. Se colocó las chalas y pasó al baño para ver cómo le quedaban.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Era una costumbre espontánea de Tatiana mirarse al espejo después de ponerse cualquier prenda de ropa. Las calzas blancas se pegaban como una segunda piel a sus piernas y a su bien formado trasero, y los tacos altos se lo levantaban y lo hacían resaltar en toda su magnificencia, además de arquear su espalda en una espléndida curva. Sin duda don Benito sabía lo que había que hacer. Tan ajustadas le quedaban las calzas que se marcaba la forma de su tanga, aunque por suerte también era blanca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al levantar la blusa pudo apreciar el contorno de su cintura. Se sintió orgullosa del trabajo que había hecho con su cuerpo: ahí donde las calzas terminaban de ceñir sus caderas, apenas se generaba un pequeño cambio de relieve; no tenía nada que le sobrara, la máquina de spinning había sido un excelente reemplazo de la bicicleta. Por otra parte, los masajes y los cuidados que había tenido con su piel habían hecho maravillas: su abdomen parecía el de una quinceañera; sin ningún vestigio de su embarazo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Mientras se admiraba, sintió que volvía el molesto dolor en sus pechos. Se alegró de tener por fin el remedio. Estaba aún algo nerviosa; ningún hombre fuera de Pedro y su doctor de cabecera la había visto desnuda. “No seas tonta”, se dijo. “Don Benito y la señora Marta sacrificándose para ayudarte, y tú toda vergonzosa por niñerías”. No debía hacer esperar más a sus vecinos. Abandonó su dormitorio, cerró la puerta con cuidado para no despertar a Benjamín, se armó de valor y avanzó por el pasillo para volver a la sala.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La casa de Tatiana era una de las más grandes del condominio. Tenía un living separado del comedor, y las habitaciones eran bastante espaciosas. A Pedro le gustaban los espacios poco arrebatados por lo que habían optado por muebles esbeltos para su decoración. La sala, aparte de un elegante aparador y una exquisita biblioteca, contaba solo con un sofá tapizado en cuero blanco tipo Chéster, ubicado en el centro de la estancia, y un par de sillas romanas del mismo color. Sobre los muros, a juego con el blanco de los muebles, destacaba un gran espejo finamente enmarcado y una marina de colores en sincronía con el tono de madera del piso y del mobiliario. Cuando la joven regresó, Marta estaba sentada en una silla y Benito se paseaba de un extremo a otro de la estancia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Estas calzas son las que me quedan más apretadas, pero me parecen un poco cortas; no sé si están bien —le dijo a Benito, sin darse cuenta de la cara de asombro con que la contemplaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Inteligente decisión, Tati ―aprobó el decano, apenas recobró el habla. El viejo zorro, por lo que le había contado su mujer, había comprendido los conflictos internos de la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A Tatiana le encantaba que elogiaran sus ideas e iniciativas, y pensó que su vecino era todo un caballero.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Bien, querida, sácate la blusa para poder evaluar tu problema.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La joven, notoriamente inhibida, hizo amago de obedecer; puso sus manos en la solapa de la blusa, pero no se decidía a quitársela.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Vamos, corazón —intervino suavemente Marta, para animarla a seguir.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ay, señora Marta, pensará que soy una tonta, pero me da mucha vergüenza mostrarlos… Pedro y mi doctor son los únicos que los han visto ―explicó, toda abochornada―. Por favor, disculpe, don Benito, deme sólo un momento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por supuesto, Tati —la tranquilizó el decano—. Lo que te sucede es completamente normal, tómate todo el tiempo que quieras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta se acercó a ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No te preocupes, yo te ayudaré― le dijo, empezando a despegar los broches de la blusa—. ¿Está bien así? —le preguntó cuando los hubo soltado todos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana asintió con la cabeza. Suspiró mientras Marta le deslizaba la blusa por detrás de los hombros y por los brazos, dejando al descubierto sus maravillosos pechos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La cara de Benito lucía descompuesta. Parecía haberle sobrevenido una parálisis facial.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero Tatiana no se daba cuenta de nada, concentrada en su propia vergüenza. Al verse expuesta, se cubrió instintivamente con los brazos. Pero reaccionó al instante, entendiendo lo ridículo de su actitud si debían examinarla. Terminó de pie, abrazada a sí misma, acunando sus hinchados y adoloridos pechos. Sus pezones brillaban erectos, resaltando contra la nívea blancura de su piel.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito se le acercó con el rostro desencajado por la excitación. Su mujer lo tomó de un brazo y le clavó las uñas para que se controlara.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Tan grave es? ―preguntó Tatiana, preocupada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo respiró hondo y se acarició la barbilla, simulando una intensa reflexión profesional. Estuvo unos instantes así, sin despegar la vista de las dos exuberancias que se ofrecían a su vista.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Veamos―dijo el supuesto experto y luego la condujo hasta el gran aparador que había en el comedor, la puso de espaldas al mueble y la hizo apoyar en el borde sus manos y sus espléndidas nalgas, para que pudiera mantener el equilibrio. Tatiana quedó así, sin saberlo, en una posición escultural y tremendamente provocativa, pensando que era necesaria para asegurar un eficaz tratamiento. Benito le apartó hacia atrás la dorada cabellera y la tomó de los hombros para obligarla a arquear la espalda, consiguiendo una postura final que dejaba sus monumentales ubres expuestas en todo su esplendor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana se contempló en un espejo situado en la pared opuesta de la estancia. Su pose era inequívocamente erótica, y el contraste entre su preciosa desnudez y la grotesca y decadente obesidad de don Benito le provocó una contracción nerviosa. Se obligó a apartar esas estúpidas ideas de su mente. La señora Marta estaba a escasa distancia, con la cara tensa de ansiedad. Seguramente se encontraba preocupada por su salud, por saber qué tan grave era el problema que la aquejaba. Y ella pensando tontamente en lo sensual que se veía y en lo poco agraciado que era el caritativo esposo de su amiga.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">BENITO</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">El pobre Benito estaba a punto de sucumbir a su propia excitación; temía sufrir un infarto en cualquier momento. Pero ni eso lo haría dar marcha atrás. Había soñado incontables veces con ponerle las manos encima a esa hermosísima hembra, pero ni en sus más delirantes fantasías había imaginado una situación tan morbosa como la que estaba viviendo. La ingenua y deliciosa rubia estaba dispuesta a amamantarlo para aliviar sus hinchadas tetas, y lo mejor era que cumpliría ese deseo, pues él acabaría con sus molestias. Obviamente, no era la única forma, y tampoco la más recomendable. Debía haber aprendido a usar el extractor, o haber consultado a su médico; seguramente había una solución clínica para su problema. En última instancia, debía haberse confiado a su marido. Pero gracias a Marta, la portentosa rubia había recurrido a él para que le extrajera el exceso de leche que casi le reventaba las ubres.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La tenía contra el aparador, apenas vestida con las ajustadísimas calzas, que parecían confundirse con la tersa piel de sus piernas, y con esas nalgas de ensueño descansando sobre el borde del mueble. Ansiaba ver más de cerca los glúteos de Tatiana, pero por el momento estaba absorto en el hechizo de su descomunal busto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Nunca había esperado tener a su disposición tan fabuloso par de tetas. Eran tan grandes que parecían disputarse el espacio disponible en el esbelto cuerpo de la rubia. Cada una parecía un globo inflado hasta los límites de su resistencia. Los pezones reinaban incólumes sobre los estanques de leche que coronaban.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahora debes relajarte al máximo, Tati —le dijo, siempre en tono clínico—. Necesito palpar la zona afectada para determinar el grado en que están exigidos tus pechos—. Era su forma de pedir permiso para empezar a manosear a su ingenua vecina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana asintió con la cabeza y soltó una risita nerviosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En un instante que nunca olvidaría, Benito posó sus toscas manos sobre uno de los senos de la joven. Sintió que la rubia se estremecía con un saltito al advertir el manoseo. Aunque las dos palmas de Benito estaban extendidas sobre la cálida piel, no cubrían ni la mitad de la superficie de aquel tesoro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El falso paramédico comenzó con ligeros apretones. Apenas recordaba la tersa suavidad que implicaba la juventud. La firmeza de esa esfera lo impresionó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana empezó a poner caras de dolor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Me duele, don Benito…―dijo con voz de niña.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al oír su lastimera queja, Benito sintió que el animal amarrado a su cintura se encabritaba cada vez más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aguanta un poco, querida, ya pasará ―prometió.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El maduro bribón se cambió al otro pecho y repitió los apretones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Han alcanzado el punto crítico —le dijo a su incauta víctima—. Pero no te alarmes, todavía estamos a tiempo de evitar daños permanentes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su intención era asustar a la joven y eliminar toda posibilidad de que pensara suspender el tratamiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Debo hacerte un masaje para soltar el tejido. Tienes que ser valiente, Tati, todavía te va a doler un poquito ―le avisó el muy canalla, y atacó ambas tetas con un sobajeo más descarado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La sensación de tener aquellos prodigios a su merced, y los reprimidos gestos de dolor de Tatiana, que la hacían morderse el labio inferior, lo tenían al borde del éxtasis. Cuando la joven cerró los ojos para aguantar estoicamente, Benito se permitió mirar a su mujer, y vio que su semblante evidenciaba un incrédulo asombro; le brillaban los ojos, y sus piernas, fuertemente cruzadas, se movían en un vaivén que seguramente intentaba satisfacer la morbosa excitación que crecía entre ellas. La insana pareja compartió una lujuriosa sonrisa cuando Tatiana no pudo contener un gemido de dolor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Déjalo salir, querida, es normal― la alentó el depravado decano.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana abrió los ojos ante ese consejo, y Benito, para deleitar sus propios oídos, apretó un poco más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay! ―dejó escapar la muchacha―. ¡Ay!&#8230; ¡Ayyy!&#8230; ¡Ayyyyyy!― se quejaba cada vez más fuerte con cada apretón.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A Benito le parecía vivir una ensoñación erótica. Las caras de angustia y los grititos de dolor de la preciosa rubia alcanzaban una intensidad en proporción directa a sus desvergonzados masajeos sobre esas increíbles ubres. Se le pasó por la cabeza que estaba tocando un mágico instrumento musical y que interpretaba “Oda a la inocencia”, en un concierto exclusivo para su embobada mujer. Las separaba, las unía, las hacía chocar, las apretaba, las levantaba, las dejaba caer…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay!&#8230; ¡Uyyy!&#8230; ¡Ahhh!… ¡Uy, Uy, Uyyyyyy! ¿Cuán… to falta… don Be… nito?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aguanta, Tati… Ya casi estamos…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo sinvergüenza se permitió otros diez minutos de sobajeo a las desnudas tetas de Tatiana. La pobre chica aguantaba heroicamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Los tejidos ya están bien dispuestos —dictaminó Benito—. Ahora los pezones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cogió una teta con ambas manos y lentamente dirigió los apretones hacia el vértice de esa sublime esfera. Atrapó el rosado y erecto pezón entre sus gruesos dedos y lo retorció suavemente desde la aureola hasta la punta, consiguiendo que expulsara las primeras gotas de leche. Entonces atrapó con un rápido lengüetazo el sagrado elixir que se escurría por la tersa piel del seno apresado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La joven se estremeció, y no pudo reprimir un suspiro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Es muy nutritiva tu leche, Tati —le dijo el decano, ardiendo de lujuria por las reacciones que provocaba en ese maravilloso cuerpo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Gracias, don Benito… ―atinó a responder la inocente muchacha.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sin embargo, el astuto viejo tuvo cuidado de no extraer demasiada leche de los endurecidos pezones. No quería que Tatiana pensara que podía eliminar por su cuenta la causa de sus males. Le dio un tratamiento particular a cada uno, y luego, agarrando uno con cada mano, los estiró hasta volver a percibir reacciones de dolor en el rostro de su víctima. Dejó que volvieran a su posición original, los retomó entre sus dedos índice y pulgar, los hizo girar hacia ambos lados como una perilla de radio, y volvió a estirarlos hacia arriba. Le fascinaba ver cómo las voluminosas tetas eran arrastradas por las maniobras que ejecutaba con los pezones, y cómo Tatiana, condescendiente e indefensa, no se perdía detalle del falso tratamiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahora debo preparar tu piel, querida —le dijo. Y ante la cara de desconcierto de la joven argumentó lo primero que se le vino a la cabeza—. Al extraer la leche disminuiremos en cierta medida el volumen de tus pechos; por lo tanto, debo preparar la piel para que adopte la nueva forma sin dejar cicatrices o estrías―. Al ver la cara de pánico de Tatiana supo que había acertado: la tontita adoraba su belleza―. No te asustes —la tranquilizó—, la saliva es un extraordinario agente estirador de la piel, así que voy a aplicarla en toda la piel de tus pechos, para que quede tan tersa como antes. ¿De acuerdo?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Si, por favor, don Benito… Gracias, don Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo no cabía en sí de gozo cuando empezó a lamer y bañar con su saliva la teta izquierda de la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―El roce de los labios mejora la absorción ―se detuvo a explicar en medio de la faena. Además, quería volver a escuchar los gemidos de Tati―. Y recuerda que debes relajarte. Si te duele, no lo reprimas, déjalo salir―. Creyó ver un destello de morbosidad en los ojos de la joven, pero descartó la idea de inmediato; no podía ser tan maravilloso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay…! ¡Ayyy… Ayyyy!… ¡Uyyy!&#8230; Don Benito… ay… le faltó un poquito por aquí… —le indicaba la rubia de vez en cuando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo se sentía en el cielo. Chupo desfachatadamente la totalidad de la teta izquierda de la madre primeriza. Trato especial le dio al duro pezón, limitándose a lamerlo; ya llegaría su turno de chupetearlo a conciencia. El sabor de la piel de Tatiana era afrodisíaco, el suave gusto a duraznos estimularon de tal manera las papilas gustativas del pobre viejo que lo tenían babeando como perro. Cuando separo con sus manos las portentosas ubres, para lamer el sensual espacio que las separaba, Tatiana fue víctima de un fuerte estremecimiento; como si lo hubiera venido aguantado de hace rato.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ay&#8230;Su bigote, Don Benito. Me hace cosquillas― se apresuró a explicar la joven. Estaba ruborizada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Te molesta mucho?.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, Don Benito. Siga… por favor― contesto de inmediato la joven. El viejo creyó ver que Tatiana había mirado fugazmente a la Sra. Marta. Como si temiera haber cometido alguna indiscreción. Se olvidó de ello apenas empezó su faena lingual sobre la teta faltante y escucho como se reiniciaban los gemidos de dolor. No le pareció extraño que la pobre chica se quejase, aun cuando solo estuviera lamiendo suavemente su pezón. Seguramente el dolor por la hinchazón de sus pechos se volvía más fuerte y constante.―No te preocupes mi vaquita&#8230; ¡que ya te ordeño!―pensaba el muy patán.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ah… Aaaaaah…Ayyyyyyyyy― parecía que a la chica empezaban a flaquearle las fuerzas. Los grititos se habían vuelto gemidos algo más débiles pero extrañamente más intensos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito, decidido a aprovechar al máximo la pasividad de esa exquisita mujer, le puso las manos en la cintura y le acarició en forma casi imperceptible el borde de las ajustadas calzas. Entonces no pudo resistir la tentación, y mientras seguía lamiendo las sabrosas tetas, le puso una mano como al descuido en las nalgas. Tatiana estaba semisentada en el borde del aparador, de modo que sus glúteos sobresalían como una eclosión de magnificencia. Benito sintió la firme consistencia de esas ancas, y le pareció que su deleite crecía hasta desbordarse. Pero le duró sólo unos segundos, pues Tatiana, con un rápido y delicado movimiento, le retiró la mano y la puso otra vez en su cintura. El viejo se desquitó dándole una brusca y larga chupada en uno de los pezones, que arrancó un angustiado quejido a su víctima.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya estás preparada —le dijo―. ¿Cómo te sientes, querida?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Las portentosas tetas de Tatiana brillaban lubricadas con la saliva del decano—. Y su ruborizado rostro completaba un cuadro increíblemente lascivo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Mejor, don Benito, gracias ―respondió la joven. Al viejo le dio la impresión de que evitaba mirar a Marta, seguramente por vergüenza.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Te has portado muy bien, Tati. ¿Ves que dejar salir el dolor ayuda?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí… Ha sido un poco… extraño. Pero me siento más relajada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta se acercó y le tomó las manos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Has sido muy valiente, linda. Te debe de doler bastante, pero ya pasará. Ahora, antes de la extracción, me gustaría contarte un detalle sobre la experiencia que tuvimos con la vecina de la casa 47. Ocurrió que ella reprimía algo más que el dolor ―y Marta le hizo un gesto de complicidad, como insinuando que Tatiana entendía de qué hablaba―. Pero tú no debes avergonzarte por eso; es completamente normal. Tienes que aceptarlo y dejarlo salir. ¿No es así, Benito? ―y se volvió hacia su marido, como pidiendo su respaldo clínico.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo captó en medio segundo lo que pretendía su mujer, y lo asimiló de inmediato. Las señales de placer morboso que él había creído percibir en el rostro de la rubia, y que había rechazado pensando que su propia lujuria lo hacía ver cosas que no existían, no se le habían escapado a su espabilada mujer, y ahora le había hecho un pase maestro para que él terminara rematando al arco.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Es verdad, Tati —corroboró—. La vecina se reprimió mucho, y al principio el tratamiento no fue tan efectivo como esperábamos. Claro que en ese entonces yo aún no había hecho el curso, e ignoraba muchas cosas. Ahí aprendí que la sensibilidad y la distensión de los pechos de una paciente que sufre este problema están íntimamente vinculadas a su relajación, e incluso a su satisfacción erótica—. Y siguió improvisando embustes de esa índole, para insinuar claramente a dónde quería llegar. Cuando vio que la joven se ruborizaba aún más y clavaba sus ojos avergonzados en el suelo, supo que Marta había dado en el clavo, y se aprestó a rematar la faena—. Por lo tanto, no te avergüences, Tati. Disfruta y desahógate. La mejor forma de relajar las glándulas mamarias es convertir el dolor en placer—. Le alzó suavemente el rostro para encontrar su mirada—. Gime, grita, déjalo salir. Esto no tiene por qué ser una tortura, ¿no te parece?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero… ¿qué diría Pedro…? —preguntó la ingenua muchacha, con voz apenas audible.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Él querría lo mejor para ti —intervino Marta, con una sonrisa bonachona—. Además… estamos solos, y comprometidos a guardar el secreto. No hay nada que temer, querida.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero me da pena por usted, señora Marta…―siguió angustiada la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No te aflijas por eso. Estamos aquí para ayudarte, y lo más importante es que te mejores.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Gracias, señora Marta… Es usted una santa ―dijo Tatiana, con una tímida sonrisa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito no recordaba haberse sentido nunca más enamorado de su mujer.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">MARTA</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Los gemidos de la rubia cuando Benito había empezado a lamerle las tetas habían hecho sospechar a Marta. Y cuando vio el salto de Tatiana y la nerviosa rehuida de su mirada, su sospecha se confirmó. ¡Estaba excitada! ¿Quién lo habría dicho? A la muy recatada princesa le estaba gustando lo que le hacía el veterano decano. Marta conocía las habilidades de su marido, pero aun así la sorprendió constatar que la magistral chupada de tetas había calentado a la beldad que tenían por vecina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La morbosa excitación de Marta ponía a prueba a cada momento su autocontrol. Reconocía que Benito había dado en el clavo al inventar que había seguido ese curso paramédico, pues había logrado que la ingenua Tati se pusiera confiadamente a su disposición. Y después la tontita se había puesto esas calzas de infarto y unas chalas de taco alto que la hacían lucir como una estrella Playboy. Y ni hablar de cuando se había dejado sacar la blusa y había quedado desnuda de la cintura para arriba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pero por muy avispado que fuera su marido, Marta había tenido que intervenir para hacerle ver lo evidente: la muchacha estaba sexualmente reprimida, y había que inducirla a liberarse. Benito había captado de inmediato su insinuación, y dado un paso que prometía mayores avances en esa prodigiosa experiencia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta consideraba a Pedro muy guapo, y envidiaba a Tatiana por haberse casado con un príncipe azul de ese calibre. Precisamente eso incentivaba el hambriento morbo que la quemaba. Estaba presenciando cómo la hermosa e ingenua esposa de Pedro se dejaba manosear y chupar por Benito, un hombre treinta años mayor que ella, y que podría ser su padre. Sin duda las circunstancias eran un condimento bastante sabroso: la ingenuidad de la rubia era carne fresca para el ingenio de Benito y para su propio oportunismo. Pero la raíz de su mórbida emoción estaba en la flagrante violación de la intimidad del joven matrimonio. Tatiana le recordaba a todas las chicas lindas que la habían mirado por encima del hombro; amadas por medio mundo sin necesidad de buscarlo, convencidas de ser mejores que el resto de los mortales. Y ahí estaba Tati: una belleza sin parangón, que le había permitido casarse con un hombre ideal. Ahí estaba la esposa fiel: engatusada, dejándose calentar por su viejo Benito. Ahí estaba: mirando cómo, a escasos centímetros de sus ojos, sus erectos pezones se perdían en ese entrecano bigote y sus fabulosas tetas eran bañadas de saliva por la ávida lengua de un maduro pervertido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahora la muy tonta se preparaba para que Benito se alimentara de ella, y seguramente había decidido no reprimir ninguna sensación que pudiera invadirla. ¿A quién trataba todavía de engañar? Marta sabía que Tatiana estaba caliente. Se le notaba en la agitación del pecho, en el intenso rubor de sus mejillas, en el brillo de sus ojos. Estaba a punto de iniciarse la fase culminante del evento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tranquila, preciosa ―dijo Benito, acariciando un brazo de la joven―. Ya verás que pronto voy a hacer desaparecer tus dolores.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se arrimó al torso desnudo de Tatiana y capturó el pezón derecho entre sus labios.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay! ―gimió la muchacha, dando un saltito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Marta se apresuró a tranquilizarla. Se le acercó por un costado y la rodeó con un brazo por detrás, acariciando cariñosamente su espalda. Estaba ansiosa de ver de primera mano cómo su marido se embetunaba los bigotes de leche. Tatiana, ignorante de esas malsanas intenciones, le dirigió una sonrisa de agradecimiento.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A Marta le encantaban los pechos de Tatiana. Sintió envidia de Benito cuando aprisionó entre sus manos una teta de la joven mientras ejecutaba la maniobra de succión.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ah! ―profirió de súbito la rubia, y Marta no supo distinguir si esta vez era un grito de dolor o de placer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Deja que salga, cariño, no lo reprimas…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana mantenía los ojos cerrados.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay!&#8230; ¡Uy!!&#8230; ¡Aaaahhh―. Los grititos se confundían con los gemidos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito empezó a ordeñar y chupar la tremenda ubre, cada vez con mayor fuerza. Marta oía el ruidoso trasiego de la succión, y veía cómo algunas gotas del preciado elixir se escurrían por la mandíbula de su marido o por el voluminoso seno de la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaaaayyyyy&#8230; Aaaaahhhhhhh… Mmmmmm&#8230; Don Benito… no se la trague, por favor… Mmmm&#8230; Aaaahhhh… No se moleste…―. La muchacha había abierto los ojos y miraba absorta cómo el hambriento fauno mamaba su leche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Tranquila, hijita ―se interrumpió un momento el viejo para mirar a la excitada muchacha —. Esta tibia y rica.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Gracias, don Benito…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El viejo volvió a su menester.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaaaaahhhhh… Uuuuuuhhh… Aaaahhh… Aaahhh…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">A Marta se le hacía agua la boca. Aguardaba estoicamente su oportunidad. La impresionaba lo caliente que estaba su marido. Sintió una ligera picazón en su ano; seguramente la bestia que había amarrado con cinta adhesiva estaba encabritada de hambre; presentía que, una vez en casa, Benito la soltaría entre sus nalgas. Era casi seguro que ese día le reventarían el culo. La idea le gustó, y decidió ponerle más candela al asunto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―La leche materna es nutritiva —susurró al oído de Tatiana—. A mi marido le hará bien, e incluso la necesita. Dile que no te importa, que se la trague toda no más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaahhhh… Don Benito… Uuuuhhh… Nútrase&#8230; con confianza… Aaaahhh… Mmmm&#8230; Tómesela toda…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Gracias, querida―le susurró Marta. Un pequeño favor entre amiga.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana le apretó la mano.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">TATI</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">El alivio del dolor fue inmediato. Tatiana contemplaba cómo don Benito extraía y tragaba el exceso de leche que le provocaba tantas molestias. Por momentos su vecino se distanciaba y le hacía ver cómo la habilidad de sus manos lograba que las gotas afloraran por su pezón. La rubia se alegraba de que no demorara en capturarlas con su lengua y siguiera mamando. Qué bueno que pudiera devolver el gran favor que le hacían nutriendo a don Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahora estaba mucho más tranquila. ¿Cómo había sido tan tonta? Tan preocupada estaba de las cosquillas que le provocaban la lengua y el bigote de su vecino, que contenía cada suspiro. Hasta había temido que la señora Marta se diera cuenta de que el tratamiento que le aplicaba su marido le estaba provocando excitantes sensaciones. ¿Por qué tantas inhibiciones y reticencias? Si todo era normal, todo formaba parte de la técnica médica. ¡Qué valiosa experiencia tenían sus vecinos! Se sentía tonta por haberse dejado influir por sus temores como una niña, pero se consoló pensando que ella no tenía por qué conocer en detalle aquel procedimiento clínico.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Agradecía más que nunca la amistad de su solidaria vecina; la estaba apoyando con su cariño y permitiendo que su marido le aplicara aquel íntimo tratamiento. Pensaba en el secreto que ambas compartirían como en un juego de amigas, que la uniría mucho más con su leal colaboradora.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Se sentía aliviada en las expertas manos de don Benito. Y ya no se sentía culpable por disfrutar del magreo al que exponía sus hinchados pechos. Debía disfrutarlo. Lo exigía su salud.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaaahhh… Mmmmmm… Uuuuuuyyyyyy… Aliméntese bien, don Benito… Aaaahhhh… ―Qué contenta se sentía al devolverle el favor a su amiga. Después le preguntaría por qué su marido necesitaba leche materna. Ahora no le importaba; era estimulante pedirle a ese hombre ya entrado en años, casi un extraño, que sorbiera con ganas su íntimo elixir―. Tómesela toda, toda… Aaaahhh… Mmmm… Toda mi lechita…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sentía las ásperas manos apretarle la teta para aliviar su hinchazón. Viendo el esmero y la dedicación que ponía aquel hombre en su empeño por sanarla, volvía el desconcierto a su simple conciencia. ¿Acaso era una mala mujer, una mala amiga al aprovechar tanto ímpetu para exacerbar sus instintos sexuales? ―Deja de pensar en eso―, se decía. ―No reprimas lo que sientes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Siga… don Benito… Aaaahhh…. Ayyyy―. Y continuó dando luz verde a todas sus sensaciones.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto sintió que la mano de su sanador dejaba el arduo trabajo de estrujar su teta y se posaba más abajo de su cadera. “Pobre don Benito”, pensó, “ya debe estar cansado”. La mano no tardó en ubicarse en el voluminoso monte que se hinchaba sobre el borde del mueble en el que estaba apoyada. Sintió los dedos que exploraban sus portentosas nalgas, y eso le provocó excitadas sensaciones. Imaginar que don Benito quisiera tocarla como mujer le generó un flujo de deliciosos estremecimientos que no sabía cómo calificar. Pero al mismo tiempo la acusaba su conciencia: ¡su amiga estaba ahí mismo, por Dios! Seguramente don Benito, cansado como estaba, ni siquiera había advertido por dónde andaba su mano, y ella, desubicada, imaginándose tonterías. No estaba bien que siguiera disfrutando de la inocencia de su benefactor; en un lento y cariñoso movimiento, casi al compás del suave vaivén que había adoptado su cuerpo, retiró la mano de don Benito y volvió a posarla en su cintura. Entonces el viejo reanudó su concienzuda tarea de chuparle la teta para extraerle el resto de la leche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaaahhhh… Uuuuuhhhh… Ayyyy…—. Los gemidos de la joven inundaban la estancia. Sus piernas habían empezado a agitarse, frotándose en un roce constante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En cierto momento Tatiana miró a la señora Marta. Su amiga la tenía tomada de una mano, y parecía impactada por el insólito ritual del que era testigo. Cuántas ganas tenía la joven de decirle que ya no era doloroso, por lo menos en el seno que chupaba don Benito, sino que se sentía muy rico, tremendamente placentero. ¡Pero no podía! No podía confesarle a su mentora que los manoseos y succiones de su marido la tenían tan caliente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La rubia liberó su mano de los cariños de la señora Marta y acarició el desconcertante rostro de la madura. Era su forma de agradecerle su ayuda en todos esos meses. De pronto sintió una punzada de dolor en el pecho izquierdo, que aún no había sido tratado por don Benito y que seguía hinchado como siempre; vio que la señora Marta le dirigía una mirada interrogante, y no pudo evitar que un desesperado gesto de súplica inundara su rostro.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En lo que Tatiana sintió como una heroica actitud, la señora Marta se zambulló en la doliente teta de la joven. La mano de la rubia, que hacía un momento acariciaba la mejilla de su amiga, ahora le revolvía el pelo de la cabeza, presionando y apoyando la mamada que estoicamente le perpetraba su amiga y mentora.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Aaahhhhhh!… ¡AAAAHHHH!… ¡AAAAHHHH! ―gritaba Tatiana, en una explosión de lujuria.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito se detuvo un momento a admirar el sobajeo descontrolado y las babosas chupadas que su mujer consumaba sobre la otra gran tetaza de Tatiana. La leche saltaba al rostro de Marta como burbujeante champaña, y ella bebía cuanto podía. Para acercarse lo suficiente, la señora Marta había tenido que meter una de sus piernas entre las de su joven amiga, dejando casado el muslo de la rubia, frotándolo con su entrepierna como una perra en leva. Eso, y el evidente consentimiento de la joven, que parecía obligar a su mujer a mamarle la protuberante ubre, configuraban una escena altamente lasciva.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Eso es, Marta, sácale toda la leche ―la animó Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La arenga del viejo enardeció a Tatiana, que olvidó todo recato y lo agarró de la nuca para invitarlo a continuar chupándole la teta derecha.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahí los tenia, uno en cada ubre, succionando ávidamente. Tatiana amamantaba a sus maduros vecinos, disfrutando al tope ese momento. Debía rendir honor al sacrificio que hacían por ella; debía seguir sus indicaciones y dejar salir todo lo que sentía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡AAAhhhhh!… Don Benito… Chupe… Chupe… ¡Mmmm!… Señora Marta… ¿Está… ricaaaa?… Trague… Trague… ―balbuceaba, gemía y gritaba la joven madre, en el más exultante momento de su sanación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Deliciosa, querida ―respondía Marta.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Aaaahhh… Gra…cias … Uuuuuhhh… Mmmmm… Gracias…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Riquísima, preciosa. ¡Nutre como ninguna!― confirmaba Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí… síiii… Nútrase… don Benito… Mmmm&#8230; Aliméntese de miiiiii…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana nunca había imaginado que el deleite sexual podía llegar a esos niveles. Pedro nunca la había hecho sentir así, pero se decía que ahora que lo había probado, podría compartirlo con su marido. No tenía por qué saber cómo lo había aprendido, no tenía que conocer los detalles; sólo debía disfrutar del resultado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Sospechaba que luego se avergonzaría, pero en ese momento deseaba con locura un hombre que la gozara. Qué tonta había sido al apartar las manos de don Benito; seguramente su experimentado vecino usaba aquel contacto íntimo para sacarle toda la tensión, para expulsar de su cuerpo todo el dolor. Decidió que no era tarde, y, esperando que su viejo vecino no estuviera sentido con ella, cogió la regordeta mano que aún se posaba inquieta en su cintura y la puso sobre sus voluminosas nalgas. La reacción fue inmediata: la mano recorrió con salvajes apretones los glúteos de Tatiana, al unísono con el intenso masajeo con que la otra asaltaba una de las grandiosas tetas de la joven.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―AAAhhhh… Don Benito… Uuuuuuhhhhh… Siga, don Benito… y disculpe… es que… soy… tan tonta… a veces… AAAAhhhhh…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Goza, goza, querida… Es por tu bien… ―Benito se saltó de pronto a la otra teta, y empezó a competir con la lengua de su mujer por el segundo pezón, que todavía despedía generosos chorros de leche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">La contienda entre la madura pareja se extendió a sus manos. Los territorios ya no tenían dueño; dedos, palmas y bocas disputaban indiscriminadamente en ambas colinas; un lujurioso juego en un maravilloso campo de batalla.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tatiana era entusiasta testigo de lo que pasaba en sus pechos. A veces se permitía intervenir, y el cariñoso masaje en las nucas de sus vecinos se transformaba en un impulso que los dirigía hacia donde sentía más necesidad de acción.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ahí… Mmmmm… Ahí… señora Marta… Un poco más allá… Así… Siga… Don Benitooooo… Mmmm… Cómame por aquí… Eso es… AAAhhhhh ―aullaba la joven, completamente descontrolada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El éxtasis de la rubia iba en aumento. Viéndose sorbida por don Benito, de súbito la asaltó la impensable idea de tocarle la verga. “¿La tendrá dura?”, se preguntó. La sola curiosidad por el tamaño de un pene extraño, ese atisbo de deseo por el miembro del marido de su amiga, le provocó una tremenda sensación de culpa. ¿Cómo podía ser tan corrupta, tan desleal? Pobre señora Marta… Pobre don Benito… Pobre Pedro…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Miró a sus inocentes amigos. Se fundían en un apasionado beso, descansando un momento del tratamiento. Eso era amor; aquellas personas se amaban entre ellas, y eran caritativas con las demás. Sus lenguas se entrelazaban mientras sus bocas sonreían, regalándose un momento de cariño entre tanto esfuerzo por ayudar al prójimo. Tatiana los observó, y pese a que trató de rechazar los insanos deseos que la dominaban, terminó por sucumbir a ellos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Tomó una de sus portentosas tetas y la ofreció a las lenguas de sus enamorados vecinos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sigan jugando aquí… —los invitó, y les cogió las cabezas para acelerar el desenfrenado lengüeteo que ambos emprendieron sobre la grandiosa ubre. Fue demasiado para Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Ay!… ¡Ay!… ¡Ya vieneeee! ¡Vieeeeneeeee!―. Y cayó en el éxtasis final. Sintió que su entrepierna se inundaba y que a la vez era atacada por violentas manos que intentaban llevar al máximo el increíble orgasmo que la acometía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡AAAHHH!&#8230; ¡AAAAHHHH!… ¡AAAAAHHHHH! —gimió y gritó sin control ―. ¡AAAAAHHHH!… ¡Qué rico, don Benitooooooooooo!… ¡Señora Martaaaaaaaa.!&#8230;—. Los ojos se le nublaron, y creyó que iba a desmayarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando amainó el largo orgasmo, Tatiana vio que las cabezas de sus vecinos yacían sobre sus pechos, resplandecientes de saliva y leche. Apenas podía creer lo que acababa de sentir. Si eso era un orgasmo, entonces nunca antes había tenido uno. Ese descubrimiento, y el deseo de querer experimentarlo en su relación marital, dejó en segundo plano el pasmoso resultado del procedimiento. Sus pechos no le dolían nada, y su volumen había disminuido notoriamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Había sido una experiencia indescriptible, y al mismo tiempo contradictoria. Del más alto deleite había pasado a la mayor vergüenza al recordar su trato con don Benito y la señora Marta. Se apartó de ellos, recogió su blusa y se la puso rápidamente. Al moverse notó que su entrepierna estaba empapada por una sustancia viscosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Señora Marta, don Benito, no sé qué decirles… lamento mucho lo sucedido… no comprendo qué me pasó―. Y siguió balbuciendo disculpas atropelladamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Lo hiciste muy bien, linda. Todo salió a pedir de boca ―la tranquilizó Benito.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Estuviste de maravilla, chiquilla —agregó Marta—. ¿Ves, Benito? Te dije que Tatiana era muy lista y de buen criterio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No diga eso, señora Marta, por favor ―se avergonzó Tatiana.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Cómo te sientes ahora? ―preguntó el decano ―¿Te duelen tus senos?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ya no, nada. Es maravilloso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y estás relajada, o sigues tensa?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Bueno, en realidad me relajé bastante…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Es fantástico que te sientas así después de tu primera sesión ―se alegró Benito―. Te felicito; si hubieras esperado unos días más, habrías terminado en el hospital.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Primera sesión…?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Así es, Tati. No creerás que el problema ha quedado resuelto como por arte de magia. Estas dolencias son muy persistentes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Pero don Benito, me da mucha pena seguir molestándolo… Además, dígame cuanto le debo, por favor…―. Tatiana tomó su cartera, que estaba en un extremo del aparador, y sacó su chequera.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Olvídate de eso, muchacha —le dijo Benito—. Eres amiga de mi mujer, y espero que en adelante también me consideres amigo tuyo. Así que me sentiré ofendido si insistes en pagarme, o si no me dejas seguir atendiéndote. Los amigos estamos para ayudarnos. Si alguna vez nosotros necesitamos ayuda, estoy seguro de que podremos contar contigo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por supuesto, don Benito, no necesita ni decirlo —aseguró Tatiana—. Y aunque no necesiten mi ayuda, contarán siempre con mi eterna gratitud.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Eso nos bastará, Tati. Bueno, ahora debemos irnos. Tenemos a nuestro perro Bobby herido, no es nada grave, pero Marta quiere hacerle una nueva curación.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Benito se despidió de Tatiana dándole un beso paternal en la mejilla, y Marta se alzo lo que pudo para besarla en la frente. La muchacha los abrazó efusivamente, reiterándoles sus agradecimientos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Del brazo de su mujer, el decano caminó hacia la puerta dificultosamente; parecía que apenas podía mantenerse derecho. Tatiana pensó que quizás la dolencia que sufría, para la cual era buena la leche materna, le estaba pasando la cuenta. No se atrevió a preguntar, y se sintió culpable por haberle dado tanto trabajo en momentos en que debía estar descansando. Se prometió no negarle su leche mientras su cuerpo la siguiera produciendo</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Hasta mañana, avísenme si necesitan ayuda, me encantan los animales ―remató Tatiana cuando la pareja se encaminaba a su casa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span></p>
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		<title>&#8220;Verónica&#8221; LIBRO PARA DESCARGAR (POR DANTES)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[GOLFO]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 29 Nov 2018 09:06:32 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Resumen: Daniel es un hombre afortunado, tiene una esposa preciosa y muy sensual. Con Verónica disfrutan de un feliz matrimonio, una relación que viven desde la universidad. De jóvenes y recién casados aprovechaban la vida a concho, un estilo de vida que se truncó una vez que se convirtieron en padres. Una noche dejaron a su pequeño al cuidado de su abuela y salieron a recordar viejos tiempos. Daniel nunca creyó que esa noche cambiaría su vida. Una historia de confesiones candentes y de turbias infidelidades. Una esposa descontrolada, un marido perdido entre la desesperación y la lujuria. Bájatelo pinchando [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="http://relatosdantes.com/"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17324" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/10/relatos-dantes-1024x273.jpg" alt="" width="1024" height="273" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Resumen:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"> Daniel es un hombre afortunado, tiene una esposa preciosa y muy sensual. Con Verónica disfrutan de un feliz matrimonio, una relación que viven desde la universidad. De jóvenes y recién casados aprovechaban la vida a concho, un estilo de vida que se truncó una vez que se convirtieron en padres. Una noche dejaron a su pequeño al cuidado de su abuela y salieron a recordar viejos tiempos. Daniel nunca creyó que esa noche cambiaría su vida. Una historia de confesiones candentes y de turbias infidelidades. Una esposa descontrolada, un marido perdido entre la desesperación y la lujuria. </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><strong>Bájatelo pinchando en el banner o en el siguiente enlace:</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><a href="https://relatosdantes.com">https://relatosdantes.com</a></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: georgia, palatino, serif; font-size: 14pt;"><em><strong>Para que podías echarle un vistazo, os anexo el primer CAPÍTULO: </strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"> </span></p>
<p><span style="font-size: 14pt;">VERÓNICA</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">CAPÍTULO 1</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;"><img decoding="async" class="size-large wp-image-17480 alignleft" src="http://www.pornografoaficionado.com/wp-content/uploads/2018/11/Verónica-I-min-791x1024.jpg" alt="" width="424" height="549" />Pocas situaciones en la vida pueden quitarte el control de las cosas y de ti mismo al grado en que este incomprensible suceso me lo quitó a mí. Me quitó el poder de decisión, me quitó mi sensatez&#8230; A veces pienso que aún no puedo recuperarla, y a veces que quizá ese día la recuperé de verdad. No sé. Hay momentos en que me siento mucho mejor de como me sentía antes de ese día, y a ratos siento el peso de la culpa sobre mis hombros. Cambió mi vida&#8230; nuestras vidas; desató en mí cierta lujuria que antes habría sido incapaz de sentir, o admitir. Debo confesarme, exponer esta experiencia, y esperar que ustedes nos juzguen, me juzguen a mí y a mi mujer, aunque ella no piense haber hecho nada malo; más bien piensa haber renacido con todo esto&#8230; ¡Maldita sea! ¿Se dan cuenta? Es en estos momentos cuando me siento bien&#8230; bien por ella y bien por la excitación que me produce su nueva forma de ser, su nueva personalidad, su nueva forma de sentir, de vestir, su nueva forma de caminar, su nueva&#8230; vida. Es otra mujer. Dios, quizá siempre estuvo ahí, pero no la había visto; no me había dado el espacio o no había tenido el coraje de verla… Estaba ahí, escondida, e incluso a veces liberada; estaba ahí&#8230; ¡esperando salir!</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">Mi mujer se llama Verónica, y es una mujer hermosa. Mi nombre es Daniel, y me casé con ella hace cuatro años. Fue una boda de cuento de hadas, estábamos ansiosos y muy felices, habíamos esperado a que yo me titulara y consiguiera un buen trabajo. Éramos novios desde la secundaria, y ese día veíamos el comienzo de un matrimonio de ensueño; estábamos muy enamorados&#8230; bueno, aún lo estamos. El primer año de casados nos dedicamos a disfrutar de la vida; íbamos a restaurantes caros, viajábamos cuando el trabajo nos lo permitía, compartíamos mucho con amigos y pasábamos noches apasionadas a la luz de las velas. Todo eso cambió cuando nació nuestro hijo Tomás, pero no para mal sino para orientar nuestra felicidad en otra dirección. Ahora tiene dos años, y lo adoramos; Verónica dejó de trabajar para cuidarlo, pues yo obtuve un ascenso en mi trabajo, y eso equilibró nuestros ingresos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Siempre he admirado la belleza de mi mujer. A menudo me daba cuenta de la envidia que provocaba en otros hombres cuando me veían tomado de la mano con ella. Es alta, esbelta; tiene una piel canela muy suave. Su rostro hechicero y su cuerpo escultural le permitirían sobresalir como modelo en el más exigente desfile de modas. Además, sus pechos conservaron el par de tallas que ganaron después del embarazo; por lo que créanme cuando les digo que hoy por hoy tiene una delantera impresionante; unos senos firmes y redondos como melones, y unos delicados pezones que reinan sobre su inmaculada y tersa piel&#8230; Uf, sólo les digo, en forma objetiva, que es sencillamente hermosa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahora que lo pienso, todo lo que ahora me pasa, lo que ha motivado que escriba esta historia, no ocurrió en forma paulatina. La verdad es que el nacimiento de mi nueva mujer fue cosa de un día, y ni siquiera de un día, sino de una noche. La mujer atrapada dentro de mi esposa se escapó de súbito esa noche, y aprovechó su mejor recurso: la sorpresa, para hacer lo que quiso conmigo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Hace cerca de un mes y medio cumplimos nuestro cuarto aniversario de matrimonio. Decidimos salir a celebrar, como lo hacíamos por cualquier cosa en nuestro primer año de casados. Ella compró con antelación un vestido muy livianito y escotado. Era una prenda de tela fina, de un color rojo semiapagado, que resaltaba espectacularmente las formas de su cuerpo. Le llegaba hasta poco más arriba de medio muslo; unos finos tirantes surcaban sus hombros y luego de cruzarse en su espalda desnuda acababan sujetos a una cuarta por sobre sus caderas. Esos tirantes me mataron desde que los vi; si algo admiro en una mujer son los pechos firmes, y la forma como se tensaban esos tirantes para sujetar los senos de Verónica&#8230; Uf&#8230; me dejaron realmente pasmado. Al mirarla de lado uno creía poder introducir su mano entre los tirantes y el pecho de mi mujer, sin tocar los tirantes ni su piel.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Pasé todo ese día en la oficina ansioso por verla esa noche, arreglada para nuestra cita, imaginándola con ese vestido y unos lindos zapatos de taco alto; además, sabía que a ella le gustaba ponerse medias brillantes para lucir sus preciosas piernas; y también Verónica sabía que a mí me volvían loco sus portaligas. ¿Qué más decir? Mi imaginación no hacía más que congelar el tiempo; esa mañana y esa tarde se volvieron una eternidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando llegué a casa mi paciencia se vio recompensada. Nunca había visto a mi esposa tan bella y deseable. Mis instintos despertaron de inmediato al verla con aquel vestido, los zapatos y las medias brillantes con que la había imaginado. Mientras bajaba la escalera levantó intencionalmente su falda para mostrarme el portaligas de encaje que ceñía la parte alta de sus muslos; era negro con costuras rojas; nunca se lo había visto, seguramente era una sorpresa planeada para mí, y wow, claro que sí, fue una grandiosa sorpresa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Habíamos planeado todo para esa noche. Dejaríamos a nuestro hijo con la madre de Verónica y nos iríamos a algún bar de los que frecuentábamos en nuestros años de universidad. No eran muy elegantes, pero ella tenía ganas de rememorar viejos tiempos, y yo, como se veía esa noche, no era capaz de decirle que no en nada. Disfrutaríamos una cena romántica, pasaríamos a recoger a Tomás, y volveríamos a casa para despedazarnos en la cama.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegamos a la casa de mi suegra como a las ocho y treinta, y me bajé a saludarla. Me llevo bien con ella, y siempre que nos vemos conversamos un poco de cómo están las cosas. Pero esa noche yo no quería perder tiempo, así que decidí limitarme a hacer acto de presencia, para evitar que Verónica se quedara pegada hablando con su madre. Mientras intercambiábamos los saludos de costumbre y contemplábamos cómo Tomás se reía en los brazos de su abuela, vi de reojo que Ramón, mi suegro postizo, no le quitaba el ojo de encima a mi mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ramón es el padrastro de Verónica, y se casó con Gladys, mi suegra, dos años después que ella enviudó. Entonces mi esposa tenía dieciocho años, y tuvo que soportarlo viviendo bajo su mismo techo. Me contó varias veces que no se llevaba bien con él; me decía que era un depravado, y que a menudo lo había sorprendido espiándola detrás de la puerta cuando ella se vestía. Con el tiempo lo pude constatar; aquel viejo verde, ya casi en los sesenta, no perdía oportunidad de mirarle las piernas a mi mujer, por lo que yo, al igual que Verónica, apenas le dirigía la palabra. Más aún: hace poco Verónica me contó que, años antes de casarnos, había salido de fiesta con unas amigas y había vuelto a casa bastante pasada de copas. Se tiró sobre la cama vestida como venía, y se quedó dormida a los segundos de haber tocado la almohada. Me dijo que esa noche soñó con el rostro de su padrastro, y que en el sueño sentía manos recorriéndole los pechos y deslizándose por su trasero y entrepiernas. Ella pensaba que las manos eran mías, y se dedicó a disfrutar de los manoseos que sentía. Por eso a la mañana siguiente no le extrañó demasiado despertar bastante transpirada y con su escasa ropa muy revuelta, ya que sus sueños habían sido altamente eróticos. Pero le llamó la atención el ardor que sentía en los pezones, como si se los hubieran estado estirando toda la noche, y las molestias en sus nalgas, como si hubieran sido víctimas de fuertes apretones. Me confesó que se imaginó muchas cosas, cosas que no me detalló pero que me imaginé; pero prefirió olvidarse de todo para asegurar la estabilidad de su familia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Bueno, volviendo a la noche de nuestra cita, mientras Verónica le daba la espalda, el degenerado de su padrastro miraba descaradamente su trasero y sus piernas. Parecía no importarle que yo estuviera ahí. Por mi parte, más allá de ver a un viejo verde, yo percibía algo así como una mala esencia en ese tipo, y sin embargo, de alguna forma lo comprendía. Ese infeliz había vivido cerca de diez años en la misma casa con la escultural mujer que es mi esposa, sin poder ponerle una sola vez la mano encima. De pronto me acordé de la película “Lolita”, esa de Jeremy Iron, y se me pasó por la mente la no tan descabellada idea de que Ramón se había casado con Gladys sólo para estar cerca de Verónica.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando por fin salimos, Verónica me preguntó si me había dado cuenta de cómo la miraba su padrastro; parecía molesta, pero algo en su tono de voz me extrañó. Pensé que quizá sólo había sido una impresión mía, y le dije que esa noche estaba demasiado atractiva, así que se fuera preparando, pues iba a encandilar a muchos con su cuerpo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿De verdad piensas que soy hermosa?―me preguntó con una sonrisa, apoyada coquetamente en el auto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No voy a responderte; voy a dejar que sola te des cuenta de lo que provocas con ese vestidito― le dije, y con gran esfuerzo aparté mi vista de ella y subimos al vehículo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Nos dirigimos al centro de la ciudad. La noche, iluminada por numerosos letreros, empezaba a dar rienda suelta a una multitud dispuesta a disfrutarla intensamente. Recordé cómo Verónica y yo bailábamos hasta la madrugada, a veces visitando hasta tres locales durante la noche. Luego nos íbamos a algún motel o lugar apartado y nos hacíamos el amor hasta quedar exhaustos de placer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegamos por la avenida Los Almendros. Las veredas, como siempre atestadas de gente, se dejaban pisotear por parejas y grupos que se perdían en los distintos pasajes de donde la música llamaba con estruendo. Avanzamos un par de cuadras y divisamos “El cuervo”, local que había sido nuestra base de operaciones hacía algunos años. Miré a mi esposa, y vi que una complacida sonrisa afloraba a sus labios; seguramente había recordado lo mismo que yo al ver el clásico letrero con un ave negra sosteniendo un jarro de cerveza entre las garras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">En el cruce con la calle Los Naranjos nos detuvo un semáforo en rojo. Miré a los transeúntes que pasaban ante nosotros, y vi a una chica parada en la esquina, junto a un buzón de correos. Sin duda esperaba a alguien, pues fumaba un cigarrillo mientras miraba hacia la parada de buses de la esquina opuesta. Era muy atractiva; vestía una minifalda y un peto bastante ajustados, y exhibía la esbeltez de su cuerpo de forma tan provocadora, que tenía a un grupo de tipos mirándola embobados.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Verónica se dio cuenta de que yo también la miraba. Pude notarlo en sus ojos cuando hicieron tal presión sobre mí que tuve que volver el rostro hacia ella.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Te gusta esa tipa?― me preguntó.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo no respondí; estaba desconcertado, ella nunca había sido celosa. Iba a preguntarle a qué se refería cuando puso su dedo índice en mis labios y me sonrió; acto seguido, cogió del asiento un volante que habíamos recibido unas calles atrás y abrió la puerta. Bajó del auto y empezó a caminar hacia la chica. Su contoneo era increíble, parecía una pantera en busca de su presa. Llegó junto a la muchacha; yo estaba intrigado, me preguntaba qué pretendía. Levantó el volante que llevaba en la mano, lo dobló justo a la altura de sus pechos, se inclinó un momento, levantando su cola como jamás la había visto hacerlo en público, y depositó el volante en el buzón. En ese momento me di cuenta de lo que había hecho: los ojos de los hombres que miraban a la muchacha de minifalda se voltearon hacia mi esposa, como si hubieran desechado un premio de consuelo por el premio mayor.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Verónica volvió al auto tal como había ido hacia el buzón. No se había dignado mirar a aquellos hombres, pero en la sonrisa que me dirigía mientras se acercaba se notaba la seguridad de atraer sobre sí la atención de cualquier macho que se topara con sus curvas. Entró en el vehículo, y yo sólo salí de mi embobamiento cuando me percaté de los bocinazos que me dirigían los conductores que estaban detrás. “¡Muévete, idiota, tienes luz verde hace rato!”, me gritó uno.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Avancé lentamente. Un poco más allá nos topamos con un auto que abandonaba su estacionamiento. Me pegué justo detrás para que nadie se me adelantara, y después de un par de maniobras ocupé su lugar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apagué el motor, miré a Verónica y empecé a reírme. Ella hizo lo mismo, y un momento después nos retorcíamos a carcajadas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No puedo creer lo que acabas de hacer…― le dije, con la voz entrecortada por la risa—. Esa pobre chica no pudo hacer nada…</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—Con esos hombres no, pero ¿qué pasó contigo?― preguntó, tratando de ponerse seria y dirigiéndome una maliciosa mirada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Creo que les diste ese espectáculo a propósito― dije, simulando celos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Ellos fueron parte del espectáculo que te di a ti. ―Y cambió de tema por completo, mientras señalaba la callejuela atestada de gente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¿Qué te parece si caminamos por el paseo Quermez?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El asunto me estaba empezando a gustar. Me gustó lo que acababa de hacer, y saber por qué lo había hecho aumentó mi interés, pero pensé que sería bastante más grato conversarlo en la cama.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Podríamos ir a un lugar más elegante— repliqué.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Por favor, quiero que recordemos nuestros tiempos de estudiantes― y puso una cara de niña mimada a la que no pude negarme. En verdad, esa noche no podía negarles nada a ninguna de sus caras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El paseo Quermez es bastante conocido. En sí no es más que un callejón con variados locales de esparcimiento: restaurantes, pubs, bares, y un par de discotecas. Muchos estudiantes van a pasar ahí sus ratos de ocio, generalmente los fines de semana. Es bastante económico y atractivo, por lo que no es raro ver gente de distintos estratos sociales recorriéndolo de uno a otro extremo, mientras los mozos la asedian con variadas ofertas para tratar de llenar sus locales. Lo único malo son algunos insistentes que no te dejan tranquilo hasta que una de dos: o entras en su local o les dices de mala manera que desaparezcan. Por suerte son los menos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegamos a la entrada del paseo, que sólo podía recorrerse a pie. La acera era de adoquines de piedra, y al medio, impidiendo el tránsito de vehículos, se alzaban altos árboles que debían de ser más viejos que yo: robles, naranjos y hasta pinos formaban una fila que se extendía hasta el fin del callejón. Las fachadas resplandecían de luces; era evidente que los dueños habían invertido bastante dinero en la remodelación de sus locales. Algunos restaurantes se habían trasformado en bares o pubs bailables, pero en general conservaban sus nombres y estilos arquitectónicos.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llevaba a Verónica de la cintura mientras caminábamos. Por momentos nos mirábamos y sonreíamos; no sé si se acordaba de lo mismo que yo, pero de seguro se acordaba de algo; su mirada y su sonrisa delataban su complicidad conmigo. Decidimos dar una vuelta por todo el paseo antes de decidirnos por algún local. Volví a concentrar mi atención en lo atractiva que se veía esa noche, en cómo la miraban los hombres que pasaban a su lado. Reparé en que las miradas eran distintas, dependiendo de los tipos que se las dirigían. Algunos le miraban descaradamente el escote, otros se daban vuelta para contemplar el contoneo de su trasero, los menos se limitaban a mirarla a los ojos para luego recorrer fugazmente su cuerpo. Me hice el tonto, pero a ella parecía gustarle, pues no tardó en caminar como lo había hecho hacia el buzón. A mí la situación, más que enorgullecerme, me estaba haciendo subir la temperatura; la mujer a la cual todos esos idiotas miraban con cara de carnero en celo ya había sido mía muchas veces&#8230; y seguiría siéndolo. Ese pensamiento me resultó cómico, y volví a sonreír.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">¿Para qué lo voy a negar a estas alturas? Me excitaba&#8230; Me excitaba ver a mi mujer enfundada en ese liviano vestido y caminando como una gata en medio de una multitud de tipos que la miraban como degenerados; hasta creí ver un par de chicas que le dirigían miradas análogas. Me la imaginaba en la cama mientras yo le recriminaba haberse expuesto como una libidinosa (en mi vida había pensado llamarla puta), y casi podía escuchar su voz diciéndome que lo había hecho para mí, que había calentado a esa tropa de imbéciles para que yo me diera cuenta de cómo la deseaban, “Y ahora estoy aquí, para que me des lo que necesito”, me decía con sus húmedos labios rozando los míos. Pero eso estaba sólo en mi cabeza; me desanimé pensando que ella nunca actuaría así, no me seguiría el juego. Cuando le recordara a los tipos mirándola, no sabría de qué le estaba hablando, y al rato me diría: “Ah&#8230; los del buzón; sólo fue para darte una pequeña lección”, y ahí quedaría todo. Me volví a alegrar cuando se me ocurrió que le contaría lo que había imaginado y le pediría que jugáramos, que hiciéramos teatro. Claro que planeado no sería lo mismo que espontáneo, pero “Qué diablos”, me dije, “peor es nada”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Unos diez metros antes de llegar al restaurant “Druida”, sorprendí en la calle a uno de sus meseros mirando también descaradamente a mi mujer. Su cara delataba la sorpresa de tener a ese tremendo monumento en aquel lugar. Al principio me pareció gracioso, pero la desfachatez con que la miraba mientras nos aproximábamos me empezó a molestar. Era un tipo rechoncho y bajito, aparentaba unos cuarenta años, se notaba sudado, y seguramente su escaso cabello engominado no lo ayudaba a conseguir clientela para su local. Me dio la impresión de que Verónica se había percatado de las morbosas miradas que le dirigía, y sin embargo, seguía caminando en forma provocadora. Pensé en lo extraño que era aquello; parecía gustarle que la miraran así.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto el tipo se adelantó y nos salió al paso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Señor, señorita, permítannos atenderlos en nuestro acogedor local. Tenemos muy buena comida, y a precios ridículos― dijo obsequiosamente, sin despegar los ojos del escote de mi mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me negué con un cortés “No, gracias”, pero él insistía. Se interponía en nuestro camino, casi lamiendo a Verónica con la mirada, como incapaz de renunciar a servirla. Después de unos minutos de palabras amables, con las que traté de deshacerme amigablemente de él, me sacó de quicio. Tomé a Verónica de una mano para llevármela de ahí, pero sentí que se resistía a seguirme.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Quizás podríamos comer aquí— propuso, frente a los desorbitados ojos del molesto mesero, y noté que sus ojos emitían destellos de coquetería―. Además, creo que está remodelado. ¿Entramos?</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Qué puedo decir, esa noche ella hacía lo que quería conmigo. Dejé que me guiara al interior del local, mientras el odioso mesero se deslizaba a su lado, disfrutando de la gloriosa vista que ella le brindaba. Pasamos frente al bar, y el tipo nos condujo a una mesa adosada a la muralla al final de la barra, al borde de una pista de baile. Nos sentamos, y el mesero nos trajo los menús. Mientras los leíamos se paró al lado de mi esposa, con los ojos clavados en su escote. Había en el local hombres que la habían visto al pasar a sentarnos, pero eran más recatados; ese tipo la miraba sin ningún disimulo, con todos sus sucios deseos pintados en el rostro. No sé si era porque el idiota ese me caía mal, o por mi impresión de que Verónica desplegaba ante él una sensualidad absolutamente inexplicable, pero el hecho es que estaba empezando a enfurecerme verla exponerse así a los ojos de aquel depravado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Al rato nos sirvieron lo que habíamos pedido, y el mesero se largó afuera a conseguir más clientela. Nuestra conversación estuvo bastante entretenida, nos deleitábamos recordando viejos tiempos, pese a que por momentos notaba a Verónica un tanto ausente, como absorta en pensamientos o en sensaciones que yo no lograba atisbar. Le dije que no había perdido nada de su poder sobre los hombres; ella reía complacida, y creo que esa noche lo sentía más que nunca.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Terminamos de comer, y nos quedamos haciendo sobremesa. De pronto le dije que iría al baño y que después volveríamos a casa. El privado estaba al otro lado de la pista de baile, que se encontraba llena de gente, así que la rodeé para eludir a la muchedumbre. Mientras me lavaba las manos sólo pensaba en llevar a Verónica a casa para descargar toda la calentura que me había provocado verla exhibirse en la calle. Y debo confesar (muy a mi pesar) que sabía que la mirada degenerada que le había descargado el asqueroso mesero también estaría en mi cabeza cuando nos revolcáramos en la cama. Pero como iba a saber yo que tardaría mucho más de lo que esperaba para poder disfrutarla. Dios, ¡y es más!, como sabría que no sería el único en disfrutarla esa noche.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salí del baño y, por entre la gente que bailaba, vi al mesero sentado de espaldas a la barra, mirando nuevamente a Verónica. Si hubieran visto esa cara, parecía un villano de película disfrutando con las fantasías que nacían de su mente sucia, y era obvio que esas fantasías tenían como protagonistas las piernas de mi mujer. Verónica no lo miraba, y sin embargo dejaba que su vestido se le subiera más arriba de la mitad del muslo en sus piernas cruzadas, hasta el comienzo de su portaligas; parecía que se lo estuviera mostrando a aquel tipo. Mi curiosidad y mi calentura pudieron más, y me quedé oculto entre la gente para ver qué pasaba. El mesero seguía sentado observándola, y pensé que ella sabía que la estaba desnudando con la vista, pero lo dejaba hacer. Sus movimientos, como no sabía que yo la estaba espiando, eran deliberadamente sensuales: echaba atrás los hombros para destacar su impresionante busto, y deslizaba una mano sobre sus piernas, para regocijo de aquel miserable. Incluso pude ver que durante un par de segundos clavó la mirada en el bulto que se le había formado bajo el pantalón. No aguanté más, esta vez la rabia ganó, y me abrí paso en la pista hasta llegar a la mesa.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Apenas me senté le pedí groseramente la cuenta a ese desgraciado. Al verme molesto apartó la vista de mi mujer y se fue a la caja. Verónica me miró; yo la conozco muy bien, y créanme lo que les digo: estaba excitada, a mí no me lo podía ocultar. Y aunque sea difícil de creer, a mí también me excitó. Cuando llegó el imbécil del mesero con la cuenta, yo ni siquiera la revisé, sólo puse mi tarjeta de crédito sobre la bandeja, y lo vi volver a la caja. No crucé una palabra con Verónica; ahora ella sabía que yo estaba molesto, así como yo sabía que ella estaba excitada; pero parecía tomarlo como un juego.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Dos minutos después apareció el mesero y me dijo que mi tarjeta estaba bloqueada, que no aprobaba el monto.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No puede ser. Trate de nuevo, y esta vez concéntrese, ¿okay?― dije en forma despectiva.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Traté varias veces, y el aparato no responde― respondió, ahora en un tono nada servicial, muy distinto al que le correspondía a cualquier mesero, como si estuviera cobrándole a un deudor moroso. Empecé a ver rojo, y ya lo iba a poner en su lugar cuando recordé que no traía la chequera; casi no la uso, siempre me manejo con la tarjeta de crédito y con la del cajero automático. Y la maldita suerte de ese día, o el maldito destino —qué sé yo— había dispuesto que ni siquiera anduviera con dinero efectivo. Me desconcerté unos segundos, supongo que a todos nos ha pasado alguna vez, nos ahogamos en un vaso de agua. Te descoloca que las cosas no salgan como las has planeado y te encasillas sin que brote la solución, por muy obvia que sea. Así me pasó a mí, hasta que de pronto brotó por sí sola.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Entonces iré a un cajero automático y pagaré en efectivo— dije levantándome―. Vamos, Verónica— y extendí la mano hacia mi mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El tipo me cerró el paso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No lo dejaré salir; nada me garantiza que volverá— dijo en un tono casi insultante.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Le ofrecí dejar mis documentos en garantía, pero el hijo de puta se negó. Discutimos un rato, y empezó a amenazarme con llamar a la policía. “Te voy a meter preso”, decía el desgraciado, como si estuviera tratando con un delincuente. Estábamos a punto de trenzarnos a golpes cuando Verónica se interpuso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">—¿Por qué no vas tú solo y yo me quedo, en garantía de que volverás a pagar?— propuso. Se volvió a sentar y se dirigió al mesero—. No pensará que mi marido me va a abandonar por una cuenta, ¿no?― le dijo, mientras cruzaba sus piernas. Dios, de nuevo tuve la impresión de que ella jugaba con ese baboso. El tipo se quedó mudo, y yo supe que no pondría inconvenientes. Me di cuenta además de que era la solución más rápida para salir de aquel estúpido embrollo en que me había metido.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Estás segura?― pregunté.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Claro que sí. Y regresa cuanto antes.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Miré al mesero, que hizo un gesto de aceptación y volvió a sentarse de espaldas a la barra, para seguir mirando a mi mujer. Yo no me sacaba de la cabeza que a ella le gustaba insinuársele, aunque sólo fuera para provocarme a mí, y eso me tenía encorajinado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me dirigí a la salida, y al pasar ante el cajero —un viejo de lentes que parecía estar en los huesos—, advertí que me asestaba una mirada cargada de sospechas; quizás era el dueño o el administrador, o por lo menos me dio la impresión de que pensaba que me iría sin pagar.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Salí lo más rápido que pude del paseo Quermez. Sabía que a dos cuadras había un cajero automático, pero cuando llegué, maldije mi mala suerte: un papel escrito a mano y pegado sobre la pantalla del aparato indicaba que estaba descompuesto. Lo peor era que no sabía dónde podría encontrar otro cajero cerca de ahí. Pregunté a unos tipos que pasaban, y me dijeron que siguiera tres cuadras por la misma calle, hasta una sucursal del Banco Sudamericano. Me demoré cinco minutos en recorrer los trescientos metros, y me encontré con un montón de gente haciendo cola por el sucio dinero. No tenía otra opción que sumarme a la fila, sentía que no avanzaba nunca, y los catorce minutos que me demoré en obtener los billetes me parecieron una eternidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Volé de vuelta al restaurante. Antes de entrar miré mi reloj; había transcurrido más de media hora. Pero ya estaba ahí; pagaría la cuenta y sacaría a Verónica de ese antro al que estaba seguro de no volver jamás. La busqué en la mesa donde la había dejado, y casi me sobreviene un ataque: no estaba ahí. ¿Y el maldito mesero? Recorrí con la vista todo el local, y tampoco estaba. Miré para todos lados, sin saber qué hacer. Al fin me dirigí a la caja, seguramente el viejo que la atendía podría darme algún indicio al respecto. Pero sólo había un garzón parado a un costado, como si hiciera guardia. Estaba a punto de interpelarlo cuando detrás de la barra se abrió una puerta, y vi que el viejo salía de lo que parecía una oficina. Al verme me hizo un gesto para que esperara, y volvió a entrar. Salió después de unos tres minutos, se instaló en la caja y me presentó la bandeja con la cuenta. Saqué el dinero, le pagué, y después revisé minuciosamente el local, decidido a encontrar a Verónica. Incluso me asomé al baño de mujeres. Pero no se encontraba en ninguna parte. Mi alarma crecía cada vez más, y estaba a punto de volver a la caja para exigirle al viejo que me dijera qué había pasado con ella, cuando la vi aparecer por la misma puerta que había detrás de la barra.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">No dije nada, la tomé de la mano y salimos a la calle. Sentí alivio por haberla sacado de ahí, pero al mismo tiempo me invadían toda clase de dudas y sospechas. ¿Qué hacía ella en esa oficina? No lo sabía, y no se me ocurría nada; estaba furioso, y me puse peor cuando advertí que respiraba agitadamente, que tenía la cara encendida y que acababa de retocarse el maquillaje. ¡Dios!, me parecía estar dentro de una pesadilla.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegamos al auto, lo puse en marcha y salí del sector. Manejé un rato con la vista fija en el pavimento que tenía delante. Ella no decía una palabra, y ni siquiera me miraba. Al fin no aguanté más y detuve el vehículo en una calle solitaria.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">─¿Qué diablos hacías en esa oficina?— le pregunté, sin disimular mi rabia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Verónica me miró y bajó la vista; parecía confusa, e incluso indefensa. Yo estaba a punto de estallar, cuando de pronto vi que se operaba en ella un extraño cambio. Había caído en una especie de trance, y empezó a hablar con voz monótona aunque nítida, mientras mantenía los ojos abiertos pero la mirada perdida, como si estuviera viendo mentalmente lo que describía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“Apenas te fuiste, el mesero me dijo que necesitaban la mesa y que podía esperar en el despacho del dueño. Acepté… Lo seguí detrás de la barra y entramos en la oficina de la que me viste salir. Había un escritorio, un par de sillas y un sillón pegado a la muralla. Me senté en el sillón, pensé que el hombre volvería a trabajar, pero se quedó apoyado en el escritorio. Me miraba igual que antes, pero ahora no había nadie más, y me puse nerviosa… Me recorría el escote, las piernas… y empezó a decir que lo que habíamos hecho estaba muy mal, que si hubiera querido nos habría metido presos a los dos. Sabía que era estúpido, pero el tono en que lo decía era atemorizante… Yo no decía nada, sólo escuchaba mientras decía que debía agradecer que te hubiera dejado ir a buscar el dinero sin llamar a la policía”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo no sabía qué decir. Sentía que mis temores estaban a punto de confirmarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“De pronto cambio de tema”, siguió Verónica. “Me dijo lo bien que me veía con este vestido, que era una mujer estupenda y que le había parecido muy sensual desde la primera vez, cuando me había visto fuera del local. Me dijo que era un placer verme caminar, que ese placer sería aun mayor si lo hiciera ahí, en la oficina, y me tendió una mano para ayudarme a levantarme. Yo me sentía confundida, me halagaban sus palabras, pero dudaba de sus intenciones, los nervios no me permitían reaccionar. Al fin me paré y di unos pasos por la habitación”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo la miraba sin poder creer lo que oía; ella sólo miraba sus manos, que ahora se deslizaban acariciadoramente por sus piernas. Estaba furioso; mi mujer le había modelado a aquel tipejo, a ese hijo de puta con el que casi me había trenzado a golpes. Pero más furioso me sentía aún porque su relato estaba empezando a excitarme. Clavé la vista en el parabrisas y seguí escuchando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">&#8220;Estaba un poco asustada”, continuó mi esposa. “Caminé de la mejor forma que pude, de la forma que más le podría gustar, sólo quería que se quedara ahí mirándome, apoyado en el escritorio. Me sentía admirada, deseada por aquel hombre, me gustaba mostrarme, y sin saber cómo decidí jugar. Empecé a caminar sensualmente, mientras su mirada me quemaba― para mi asombro, Verónica hablaba sin el menor asomo de vergüenza—, a contonearme cada vez más cerca de él, hasta casi rozarlo en cada vuelta, me gustaba verlo devorarme el escote con los ojos, me sentía más deseada que nunca. De pronto estiró una mano y me dejó un tirante del vestido colgando de mi brazo… No hice nada, seguí caminando, y cuando volví a pasar junto a él sacó de mi hombro el otro tirante, y el vestido quedó enrollado en mis caderas. Traté de subirlo, pero él fue más rápido, sujetó mis manos y me dijo al oído: “Por favor, siga caminando”. Solté el vestido, que se deslizó hasta el suelo, dejándome sólo en ropa interior. La ropa que me había puesto para ti”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Cuando dijo eso me dirigió una mirada neutra, como si no estuviera hablándome a mí, sino a una réplica que ocupara mi lugar en su cabeza. Yo sentía unos celos espantosos, y al mismo tiempo una tremenda erección.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“Tú eras el único que me había visto con este juego de ropa interior, y ahora lo estaba haciendo aquel tipo&#8230; Pero seguí caminando. No quiero mentirte Daniel, seguí caminando, más orgullosa y sensual que antes. Ese idiota no había visto un cuerpo como el mío en toda su vida, y su mirada irrespetuosa me quemaba la piel. Sentirme tan deseada y expuesta me descontrolaba por completo. Y seguí, sin que me importara mostrarle mi trasero casi desnudo a ese degenerado”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo no hallaba palabras, o más bien callaba, porque si abría la boca seria sólo para insultarla. Además, no quería que se diera cuenta del bulto que me había crecido bajo el pantalón. No me atrevía a mirarla, pero creo que mi silencio la estimuló a seguir hablando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“Luego de mirarme sin decir palabra, el mesero recogió el vestido, se acercó a la puerta y la abrió. Me asusté y me escondí en un rincón, para que no me viera nadie de afuera. Pensé que se iría, pero sólo se asomó y dijo algunas palabras que no entendí. Volvió a entrar, y tras él entró el tipo que estaba en la caja, ese viejo de lentes al que le pagaste. Cerraron la puerta, y al viejo se le iluminó la cara al verme casi desnuda. “Sigue caminando”, dijo el mesero… Y yo obedecí. Las miradas degeneradas se habían duplicado, y me sentí sucia; ahora no era sólo un asqueroso el que gozaba mirándome, sino dos, y uno podía ser mi padre&#8230; La sonrisa del viejo era una mueca ansiosa y repugnante. “¿No le dije, don Pancho, que andaba caliente?”, le comentó el mesero”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Y tú dejaste que ese par de hijos de puta se calentaran contigo!― estallé al fin, pero advertí que estaba excitada. Al mismo tiempo, para huir de mis ojos acusadores bajó la cabeza, y entonces vio la erección que abultaba mis pantalones. Me avergoncé; si yo estaba caliente, ¿cómo podía reprocharle a ella que le pasara lo mismo? Miré rígidamente hacia la calle, y de pronto sentí que apoyaba una mano en mi pierna y luego subía para acariciarme delicadamente la verga por sobre el pantalón. Mientras lo hacía apoyó la cabeza en mi hombro y siguió contando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“El viejo se interpuso en mi camino, me dijo que tú me habías dejado para que pagara la cuenta&#8230; y los dos se rieron&#8230; Luego puso sus manos en mi cintura; di un paso atrás pero me siguió; traté de dar otro pero me topé con el escritorio, y el desgraciado me tomó de las caderas. Le pedí por favor que se alejara, pero no me hizo caso, sus manos bajaron hasta mi trasero, y empezó a manosearlo a su gusto. Me preguntó tu nombre&#8230; yo le dije que te llamabas Daniel. “Daniel cuánto”, insistió, apretando mis nalgas. “Daniel Montenegro”, le respondí, y volví a pedirle que por favor me soltara&#8230; “Qué culo tan firme tiene, señora Montenegro”, me dijo acercándose más”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Verónica se pegaba a mí, sus labios me recorrían la oreja, su respiración era jadeante, y el masaje en mi paquete se hacía cada vez más fuerte. Yo seguía debatiéndome entre mi calentura y la rabia que me inundaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Ese viejo de mierda te manoseó?― dije, y mi voz me sonó como un quejido atormentado.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sí, Daniel, me manoseó. No le importó que le dijera que no; me apretaba las nalgas, me lamía el escote de mi brassier… Y yo no lo empujé&#8230; Sólo le pedía que se alejara, pero no hice nada para sacármelo de encima&#8230; Me sentía sucia, Daniel&#8230; ¡Me sentía indefensa, una sucia puta indefensa!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ella no decía nunca ese tipo de palabras. Me asombró que se refiriera a sí misma como puta. Y también me gustó; parecía otra mujer: grosera, caliente; pero a la vez tímida y recatada, al tratar de defenderse asegurando que había dicho que no. Los tonos abochornados de su relato, mezclados con su excitación, revelaban la vergüenza que sentía ante lo que le había pasado. Yo sólo seguía escuchando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“El mesero me dijo que tú eras un maldito tramposo, y que se iba a desquitar con la puta de su esposa. Me agarró del pelo y metió su asquerosa lengua en mi boca; sus manos se perdieron bajo mi colaless&#8230; “Está mojada la putita, don Pancho”, dijo, mientras metía un par de dedos en mi entrepierna&#8230; El viejo me sacó las tetas afuera para chupármelas como un bebé&#8230; Les pedí que pararan, Daniel, pero no me hicieron caso”. Su respiración se volvió más agitada, y liberó mi verga para empezar a masturbarme lentamente. “Me llevaron al sillón… Les pedía que me dejaran, pero no dejaban de manosearme y de insultarme&#8230; Me llamaban puta, y se daban cuenta de que no me resistía lo suficiente&#8230; Me tiraron de espaldas al sillón, el mesero me sacó el calzoncito de un tirón, y dijo que me dejaría las medias y el portaligas, porque así parecía más puta&#8230; El viejo me bajó el brassier hasta la cintura y siguió jugando con mis tetas&#8230; El gordo me abrió las piernas con su propio cuerpo, me obligó a abrirlas lo más posible&#8230; Me insultaba y metía sus asquerosos dedos en mi vagina, decía que era una zorra inmunda&#8230; Dijo que me iba a meter la mano entera, yo no podía ver, pero sentía sus violentos embistes…” La excitación de Verónica crecía, apretaba más fuerte mi verga, y me masturbaba más rápidamente. “Gemí, Daniel, me calentaron sus manoseos y los empecé a gozar&#8230; Dejé de luchar con mis piernas y las abrí para él&#8230; para ese negro de mierda que abusaba de mí&#8230; El viejo me mostró su verga, era fláccida pero enorme&#8230; “Chúpale la pichula a don Pancho, maraca”, me dijo, y me la metió en la boca&#8230; El sudor del viejo era delicioso, Daniel&#8230; Sentía como se le endurecía de a poco, y la chupé con ansias, como una verdadera perra”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo no sabía qué hacer; era demasiado para mí. La rabia quería transformarse en violencia, pero estaba demasiado caliente. Su historia y la forma como la contaba hacían que su masaje en mi verga me tuviera al límite de mi aguante; no recordaba haber estado más caliente en toda mi vida.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“La tomé con las dos manos y se la chupé desesperada&#8230;”, siguió Verónica. “Estaba cada vez más dura, y el viejo me amasaba las tetas mientras me follaba la boca&#8230; “Chúpamela, perra, mámasela a tu viejito”, me insultaba mientras gemía&#8230; Estaba rica, Daniel, no quería que me la quitara&#8230; Estaba hambrienta de su verga&#8230; ¡Quiero chupar, Daniel, quiero mostrarte cómo se la chupé a ese viejo morboso!” Dejó de hablar y se dejó caer sobre mi tranca, que estaba a mil, y me la comenzó a chupar como nunca lo había hecho. Su boca húmeda y tibia me devoraba, su lengua parecía un remolino de deseo recorriendo toda mi verga y mis bolas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Cómo te gusta chupar, puta&#8230; Se la chupaste al viejo y te gustó, puta de mierda! ― le dije fuera de mí, aunque con cierto temor; nunca la había llamado puta. Pero me di cuenta de que le agradaba, pues chupó con más ganas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“Sí, me gustó&#8230; La sentía dura, y soltaba a veces chorritos de semen… Me lo tragué todo, y se la chupé con más hambre… De pronto me la sacó de la boca, se hizo a un lado, y entonces el mesero me agarró las piernas y se las puso en los hombros&#8230; Yo me resistía… pero fue inútil, me penetró. Apoyé una mano en su barriga para tratar de empujarlo&#8230; pero no sirvió de nada&#8230; Yo seguía gimiendo de placer por haberle chupado la verga al viejo, y eso parecía calentarlo más, porque me embestía con rabia&#8230; Me retorcía de dolor y calentura&#8230; Mi mano dejó de empujarlo para acariciar su peluda panza que chocaba con mis piernas a cada estocada&#8230; Ese negro me violó Daniel, me partió con su tranca… y gozó culiándome… ¡Gozó culiando a tu mujer!”</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Y tú gozaste también, maldita puta!― le dije, mientras le subía el vestido hasta la cintura; su ropa interior se le veía increíble—. ¡Sigue chupando, perra!―. Le descargué fuertes manotazos en las nalgas mientras la insultaba como la puta que era―. Así que te gustan todos los picos, ¿verdad? ¡Cualquiera puede gozarte como se le antoje, porque no eres más que una zorra&#8230; ¡una puta mamona!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“El viejo también quería metérmelo, Daniel”, siguió entre gemidos. “Le ordenó al mesero que se quitara y se sentara en el sofá, me tomó del pelo, me puso en cuatro patas y me obligó a chuparle la pichula al negro… “Qué rico la chupa, don Pancho, es una puta de lujo”, dijo de pronto el desgraciado, mientras yo la saboreaba. Era menos jugosa que la otra, pero se hinchaba mucho en la cabeza cada vez que el tipo me la hundía en la boca”. ¿Dónde había quedado la mujer que se avergonzaba de decir “pene”?, pensé en medio de mi vorágine mental. “El mesero me apretaba las tetas y el viejo recorría mis piernas y mi culo… Yo lo paré para él, para que supiera que quería verga&#8230; y dejé de mamar al mesero para decirle: “Métamela entera, don Pancho, hasta el fondo”. Los dos se rieron y volvieron a insultarme… Me decían que era una puta calentona… y que por eso me iban a joder como a una perra sucia”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Le paraste el culo al viejo?— le grité—. ¡Anda, puta, muéstrame como le paraste este culazo!—. Ella se arrodilló en su asiento y empezó a menear el culo mientras me chupaba. A esa hora no andaba nadie en la calle, por lo que era muy improbable que alguien viera ese culo en pompas meneándose, pero ella no lo sabía; simplemente lo exhibía, como si hubiera muchos ojos mirándoselo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“El viejo me la metió&#8230; Le sentía tan grande y dura, Daniel&#8230; Me hizo pedazos mi cuquita&#8230; Apenas podía mamársela al mesero por los gemidos de dolor que me arrancaba y la calentura que me quemaba… El viejo me pegaba palmazos en el culo y el mesero seguía insultándome, lo trastornaba la cara de placer que yo ponía mientras le comía la pichula&#8230; Y ese viejo de mierda me culiaba sin misericordia&#8230; ¡pero era delicioso!”</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Me la imaginaba recibiendo las embestidas de aquel viejo mientras le chupaba el pico al maldito mesero, y la imagen que veía en mi cabeza me calentaba increíblemente. Ese par de desgraciados nunca habían tocado ni tocarían siquiera a una mujer tan hermosa como la mía, y esa mujer se les había entregado sin restricciones. Ella decía que había opuesto cierta resistencia, pero si era cierto, sólo había servido para incitarlos a tratarla con mayor bestialidad.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Anda, perra, chupa&#8230; chupa!&#8230; ¡Chupaaaaaaaa!― seguí diciéndole, mientras volvía a golpearle el culo—. ¡Te vas a tragar todo mi semen, así como te tragaste el de esos degenerados!—. Nunca me había permitido terminarle en la boca, y ahora no dijo nada; parecía experimentar un orgasmo a cada momento, estar poseída por un delirio de ninfomanía.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto, no sé cómo, me di cuenta de que se acercaba un vago, seguramente a pedir alguna moneda. Mi primer pensamiento fue poner el auto en marcha y largarme a toda máquina de ahí, pero el morbo pudo más.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El tipo iba a cruzar por delante del auto, pero cuando se percató del culo de Verónica, parado y meneándose sobre el asiento del lado derecho, se detuvo de golpe, como tratando de convencerse de que no estaba viendo visiones, y se acercó a mirar lo que pasaba dentro del vehículo. Encandilado por el culo de mi mujer, avanzó hasta casi pegarse a la ventanilla, para ver cómo me la chupaba.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Hay un vago mirándote el culo allá afuera, putita―le dije a Verónica. Ella sólo siguió mamándome—. Menéale bien el culazo que tienes para que se caliente contigo―. Y le asesté una fuerte nalgada que pareció reavivar su calentura. Con mis dos manos comencé a abrirle las nalgas para que el vago le viera el hilo del corales encerrado entre ellas―. ¡Anda, meneáselo, muéstrale lo puta que eres!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El indigente aplastó la cara contra el vidrio y ahí se quedó, con los ojos desorbitados. Era un apelmazamiento de harapos e inmundicia, y se notaba que estaba borracho.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Puta de mierda, te gusta calentar hasta a los perros de la calle— le dije fuera de mí—. Muévele el culo y tiéntalo para que rompa el vidrio y entre a culiarte esa linda cola—. Y ella lo meneaba más para regocijo de aquel infeliz, mientras yo la seguía insultando.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El vago se sacó la verga y empezó a masturbarse. Alucinado por el espectáculo, empezó a lamer el vidrio como si fuera el culo de mi mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Se sacó la verga, puta, se sacó su mugrienta verga para correrse una paja mirándote el culo y la concha de perra que tienes― le dije, mientras le mostraba al vago cómo le golpeaba y le abría sus nalgas.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Déjalo entrar― dijo de pronto, sobando ferozmente mi tranca palpitante―. Deja que entre y me lo meta… No importa que sea un sucio vago&#8230; Déjame chupársela… Aaayyyy… y tragarme toda su leche… Aaahhh… Deja que me chupe las tetas… ¡que me perfore el culo…!</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Si esa puta lo quería se lo iba a dar, pensé desquiciadamente. Desde el comando eléctrico de mi puerta bajé el vidrio de la ventanilla, y las manos del vago entraron como bólidos a atrapar el culo de mi mujer. Verónica se estremeció al sentirlas, miró hacia atrás, y al ver a aquel inmundo manoseando sus nalgas trató de apartarse.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―No, Daniel&#8230; por favor&#8230; no dejes que me lastime― me dijo con voz suplicante, mientras yo retenía su cabeza contra mis piernas para que conservara su culo en pompas. Ella había creído que lo del vago era mentira, o por lo menos que yo no lo dejaría tocarla. Pero yo ya no era yo, ni Verónica era ella misma, porque pudo haberse liberado, hacer mucha más fuerza de la que hizo para zafarse de esas manos repugnantes; pero su cuerpo ardiente contradecía sus peticiones lastimeras.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Qué culazo, puta, y qué piernas― dijo el vago con voz carrasposa. Sus manos mugrientas recorrían las piernas y el culo de mi esposa, contrastando con la tersura de su piel. De pronto metió la cabeza por la ventanilla para chuparle la vulva; podía verle la lengua entrando y saliendo a su gusto por entre las nalgas de mi mujer.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Los ruegos de Verónica se fueron convirtiendo en balbuceos excitados. Su cuerpo empezó a seguir los movimientos de los dedos que invadían su ano y los de la lengua que recorría su vagina. Y volvió a mamármela desenfrenadamente.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Yo había llegado al clímax, y no aguanté más. Me descargué con una increíble violencia; me acometían fuertes convulsiones por cada chorro de semen que vaciaba en la garganta de mi esposa. Nunca había tenido un orgasmo tan furioso. Sus gemidos se ahogaban, pero en ningún momento trató de apartarse; devoró hasta la última gota, y siguió gimiendo como loca ante las penetraciones de su culo y su vagina, perpetradas por aquel indigente. Ella experimentaba también un tremendo orgasmo, su cara resplandecía de placer, mi semen le goteaba por las comisuras de los labios. Estaba a punto de caer inconsciente por el voltaje de su propio éxtasis.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">El vago, viéndola completamente a su merced, se retiró de la ventanilla y trató de abrir la puerta, seguramente para entrar al auto o sacar a Verónica fuera de él. Pero ya mi orgasmo me había hecho recuperar la cordura: encendí el motor, puse primera y aceleré a fondo. Casi le arranqué la mano al miserable.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¡Maldita perra, te voy a encontrar y te voy a encular!― oí que gritaba antes de virar en la siguiente esquina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Conduje hacia la casa de mi suegra. Verónica se incorporó en su asiento, y mientras trataba de recuperar el control de sí misma, los dos guardamos silencio. Las calles vacías nos inducían a seguir así, sin decir nada.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">De pronto Verónica empezó a hablar, como si estuviera otra vez vuelta hacia sus imágenes mentales.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">“El mesero terminó en mi cara, y el viejo dentro de mí… Entonces me soltaron, y yo me fui a limpiar y a vestir al baño de la oficina… Cuando volví, el mesero estaba sentado en el sofá, y me indicó con un gesto que me sentara junto a él. Intentó darme un beso, y yo aparté la cara; entonces me empujó y me subió el vestido; yo quedé inclinada dándole la espalda, con el trasero descubierto. Traté de enderezarme pero me lo impidió; le pedí que no siguiera, y me dijo: “Las putas siempre quieren más”. Volvió a manosearme las nalgas, tan bruscamente que me arrancó un gemido de dolor; el viejo me dijo que aguantara, que mientras tú no volvieras la prenda que había dejado seguía siendo de ellos dos… Y al sentirme tan incapaz de evitar que hicieran lo que quisieran conmigo, pensé que tenían razón… El mesero dijo que quería probar mi culo; le rogué que no, que si quería se lo chupaba pero que no me lo metiera por ahí. El dijo que ya me lo había metido en la boca, y que ahora quería saber cómo se sentía metérmelo por el chico… Me resistí, pero el viejo me inmovilizó, y mi resistencia fue tan inútil como antes. El mesero lubricó un dedo en mi conchita y empezó a introducírmelo en el culo. Yo gemía de dolor, pero ellos decían que me iba a gustar, y de repente, sin saber cómo, empecé a gemir de placer. Ese dedo en mi culo se sentía cada vez más rico, y empecé a moverme rítmicamente; paré la cola para que me entrara mejor y apreté el ano para sentirlo más duro. Ellos me llamaban puta de mierda, culona, devoradora de picos&#8230; También se burlaron de ti… “Hay que ver esta putinga señora Montenegro, cómo le gusta que se lo metan por el culo”, se decían entre ellos. Los fuertes palmazos en mis nalgas me gustaban, dolían pero me hacían sentir más vejada, más abusada&#8230;. De pronto el viejo le dijo al otro que iba a ver cómo iban las cosas afuera, se dirigió a la puerta, la abrió y se devolvió. “Llegó el cornudo”, le dijo al mesero, “hay que devolverle su puta en buen estado”. El mesero me soltó, y con la verga todavía parada me dijo que fuera otra vez al baño a limpiarme. Así lo hice, y antes que yo saliera a buscarte me dijo: “Vuelve pronto para que te enculemos otra vez”.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Ahí terminó el relato de Verónica; no había más que decir. Lo vivido esa noche había cambiado mi vida, y ella sabía que yo no tenía derecho a reprocharle nada, pues me había excitado hasta el paroxismo con todo lo que le habían hecho. Y sin embargo, parecía avergonzada. Pensé que tal vez la historia del restaurante era falsa, que su intención sólo había sido provocarme, como yo con el teatro que había pensado proponerle. No lo sabía, las conjeturas iban y venían por mi mente mientras conducía. La rabia se había ido, pero la calentura no, y eso aumentaba mi confusión. Lo ocurrido me había hecho conocer una zona de mí y de mi mujer completamente insospechada, que mi conciencia moral rechazaba casi con espanto. Miraba a Verónica y la rabia volvía, y de la rabia emergía la excitación. Era como un automatismo circular, increíblemente morboso.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Llegamos a la casa de mi suegra bastante pasada la medianoche. Estaba en el primer piso consolando a Tomás, y le preguntamos qué había pasado. Nos contó que el niño había tenido una pesadilla y que lo había traído a tomar un vaso de leche porque no se calmaba. Lloraba sin parar, parecía asustado, y ni siquiera se tranquilizó en los brazos de su madre. Fuimos a la cocina, y Gladys le sirvió un vaso de leche tibia.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―¿Y las cosas de Tomás, mamá?― preguntó Verónica.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Sobre la cómoda, en mi dormitorio.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">―Voy a buscarlas―dijo, y salió de la cocina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Gladys me preguntó cómo lo habíamos pasado. Le respondí que bien, que la comida había estado buena y que había mucha gente. La conversación no llego más allá, pues Tomás seguía afligido, y nos dedicamos a consolarlo. No estaba demasiado preocupado por mi hijo, ya que esos arranques de miedo no eran raros en él. Gladys le contó un cuento gracioso para arrancarle alguna sonrisa, pero le costó bastante lograrlo.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Inmerso en mis pensamientos y atento al relato de Gladys, no noté cuánto rato hacía que Verónica había subido a buscar las cosas de Tomás. Cuando vio a su nieto más calmado, mi suegra volvió a preguntarme detalles de esa noche. Yo le respondía vaguedades, hasta que de pronto me extrañó que Verónica demorara tanto, y se lo comenté a Gladys. Ella no le dio importancia, me dijo que quizá había pasado al baño, o que estaría buscando algún juguete extraviado de Tomás; me recordó que nuestro hijo notaba la falta hasta del juguete más pequeño. Eso me tranquilizó un poco, y pensé que era estúpido preocuparme de ella después de lo que había pasado, y que ahora estábamos seguros en la casa de mi suegra. Entonces fulguró en mi cabeza una palabra: “¡Ramón!”, y al mismo tiempo grité “¡Mierda!” No sé qué cara habré puesto, pero Gladys se asustó, y me preguntó qué pasaba. No le contesté; en mi mente se agolpaban demasiadas sospechas para pensar una respuesta. Según mis cálculos habíamos llegado como a las 12:40, y ahora el reloj de la cocina marcaba la 1:15; no podía creer que el tiempo hubiese pasado tan rápido. Hacía más de media hora que mi esposa estaba arriba, y quizás en la misma habitación donde dormía el desgraciado de su padrastro. Me levanté para ir a buscarla, cuando ella irrumpió en la cocina.</span><br />
<span style="font-size: 14pt;">Su rostro no dejaba lugar a dudas: Tenía algo que contarme.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: 14pt;">FIN CAPÍTULO 1.</span></p>
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