Al día siguiente, me levanté todavía cansado. Simona y María apenas me habían dejado dormir y a pesar de que al final conseguí zafarme de su acoso, tampoco pude descansar al saber que en cuanto llegara a la oficina tendría que verme las caras con Cristina.
Supe que debía sincerarme con ella y explicarle cómo había llegado a ser mía antes de hacerles saber de su existencia a las otras dos. Por ello, tratando de mantener una normalidad y tras desayunar en casa, cogí las botellas de leche que Simona había recolectado para que no pasara hambre y salí rumbo a mi oficina sin dejar de pensar en cómo comportarme.
«La pobre vendrá desfallecida», me dije pensando en lo que yo mismo experimentaba al estar unas horas sin beber de ese néctar, «no ha tomado otra dosis desde ayer».
Asumiendo que Cristina debía estar sufriendo una especie de síndrome de abstinencia, me fui tranquilizando durante el camino. No en vano estaba seguro de que mi secretaria caería rendido a mis pies en cuanto me viera. Por eso al llegar a la empresa, fui con paso firme a su encuentro. Tal y como me imaginaba, la pelirroja esperaba temblando mi llegada. Demostrando la virulencia de su deseo, cerró la puerta y se lanzó sobre mí buscando mis caricias.
Me permití el lujo de recorrer con mis manos si cintura, pero donde realmente me recreé fue en su culo. Mientras mi secretaria se deshacía entre mis brazos, magreé a conciencia su trasero y ya satisfecho, mordiendo su oreja, le pregunté cuántas veces se había corrido pensando en mí.
Curiosamente, mi burrada la agradó y mirándome con una dulzura que me dejó descolocado, contestó:
―Muchas veces. Me he pasado toda la noche soñando con tus besos, ¿y tú has pensado en mí?
Descojonado de risa, cogí su mano entre las mías:
―Claro, princesa. No todos los días uno disfruta de una diosa- para acto seguido preguntarle si quería tomarse un café con leche.
Destanteada por el cambio de tema, respondió que sí y mientras la cafetera cogía presión, me pareció lo más honesto explicarle que la leche que tomó el día anterior contenía un afrodisiaco. Desde el principio, no me creyó y esa incredulidad me permitió explayarme. Sin guardarme nada, le expliqué cómo Simona había llegado a mi vida, pero sobre todo qué tipo de ser era.
―Eres bobo si piensas que me voy a creer esa tontería. Reconozco que no sé por qué me atreví a lanzarme, pero te aseguro que no fue por la leche de tu amante, era algo que llevaba meditando desde hace meses― respondió poniendo cara de niña buena y sin rastro de celos.
―Te juro que es verdad. Te pusiste cachonda por beberla― insistí y buscando que viera que era cierto, le conté lo ocurrido con María.
No sé si no me oyó o no me creyó, pero, sonriendo, me replicó que entonces le explicara por qué en ese momento en lo único que podía pensar era en que le hiciera el amor, si lo que la había azuzado a buscar mis brazos había sido la producción láctea de ese ser.
―No he tomado ni una gota.
―Una vez la pruebas, el daño está hecho― contesté: ―Dices que llevas toda la vida enamorada de mí y te creo. Pero no me puedes negar que el último empujón te lo dio la leche y si no hagamos un experimento, tómate un buen vaso y luego dime si te crees capaz de aguantar media hora sin que te haga mía.
Juro que me sorprendió su reacción y es que nada más escuchar la pregunta, la pelirroja contestó con ganas de negociar:
―Si después de beberme toda la botella resisto dos horas, ¿te comprometes a que nos vayamos a un hotel y follemos durante el resto del día?
Soltando una carcajada respondí que sí y sin mediar más discusión, le extendí el envase con la blanca ambrosía. Cristina no se cortó y cogiéndola, se la bebió de un solo trago. Al terminar y mientras se secaba con la manga unas gotas que le caían por la mejilla, musitó:
―Pienso dejarte seco.
Solo con verla, supe que no tardaría en caer y es que, aunque ella no fuera del todo consciente, el tamaño que lucían bajo la blusa sus pezones la traicionaba. Por ello, le pregunté que si tan segura estaba que iba a mantener el tipo, porque no abría la puerta de mi despacho mientras desabrochaba un botón de mi camisa.
Su sonrisa desapareció de golpe al notar que todas y cada una de las células de su cuerpo, entraban en ebullición al ver mis maniobras.
― ¿Qué haces? ― preguntó mordiéndose los labios.
Sus mejillas totalmente coloradas y la lujuria de su mirada fueron suficientes para anticipar su rendición y curándome en salud, decidí cerrar yo mismo con llave la oficina, no fuera a ser que alguien entrara a decirme algo y nos pillara en plena faena.
―Cristina, ¿a quién quieres engañar? En estos momentos ya sabes que has perdido y que es cuestión de minutos que te lances sobre mí― dije a mi secretaria.
Con la cara desencajada y conteniendo el deseo que amenazaba con dominarla, la pelirroja se defendió:
―Te equivocas, el que va a perder eres tú. Yo estoy tranquila porque puedo resistirlo.
La fragilidad que mostraba a pesar de la rotundidad de sus palabras me divirtió y viendo que el sudor había hecho su aparición en su escote, me puse el café y comencé a desayunar. Mi actitud le pareció irritante, pero comprendiendo que la estaba retando Cristina decidió no seguir tentando al destino y por eso prefirió volver a su mesa.
No hice ningún intento por retenerla y en silencio esperé su vuelta. Mi duda no era si iba a volver sino cuanto soportaría sin hacerlo. Ni en el más optimista de los escenarios había previsto que la pelirroja volviera en dos minutos. Y muerto de risa al verla entrar, le pregunté si venía a por su ración de leche.
Por la expresión de su rostro supe que de haber podido me hubiese estrangulado por el cachondeo con el que saludaba su llegada, pero en vez de ello, me soltó:
―Pienso ordeñarte esta tarde, ahora no. He venido a que me firme estos cheques.
Apurando el café, la miré mientras se acercaba a mi mesa. Lo cierto es que disfruté al notar la inseguridad con la que recorría esos escasos metros, sobre todo al fijarme que seguía teniendo los pezones totalmente erizados. Imaginándomelos en la boca, esperé a que me pusiera delante los talones que debía firmar para sorprenderla con una caricia de mi mano sobre su pierna.
El suave gemido que salió de su garganta me dio alas y tomando confianza, fui subiendo por su muslo sin pedirle permiso. Mis dedos recorrieron su piel lentamente mientras Cristina, incapaz de oponerse, veía como la temperatura de su cuerpo iba subiendo grados. Para entonces las aureolas de la pelirroja ya eran dos escarpias bajo su blusa y queriendo contener las ganas que sentía por saltar sobre mí, la vi morderse los labios al notar que mis yemas se iban aproximando a su sexo.
―Eso no vale― suspiró sin alejarse.
Todos los intentos que hizo por mantener la cordura se fueron a la mierda cuando mis dedos empezaron a jugar hurgando sobre la tela de sus bragas y separando involuntariamente las rodillas, mi secretaría claudicó facilitando mis maniobras.
Su entrega no me pasó inadvertida y profundizando esas caricias, me puse a mimar el clítoris que tenía a mi disposición. Sin poderse creer la forma en que su jefe la estaba provocando, Cristina no pudo evitar que un primer y placentero sollozo surgiera de su garganta. Al oírlo, comprendí que tenía vía libre y metiendo un dedo bajo el tanga de la pelirroja, la empecé a masturbar sin disimulo mientras colaboraba moviendo sus caderas.
Mi despacho no tardó en llenarse del olor que manaba de su entrepierna y eso lejos de contenerme, me azuzó a seguir calentándola hasta que dando un gritó mi fiel secretaria se corrió todavía de pie. Avasallada por el placer, pero humillada por la sumisión que había mostrado a mis caprichos, fue incapaz de mirarme e intentó irse hacia su cubículo, pero no la dejé.
Sabía que debía hacerla ver que todo había cambiado entre nosotros y sin hacer caso a sus peticiones de la dejara en paz, la besé mientras le decía:
―Aunque quieras admitirlo, desde que probaste la leche de Simona, te volviste mía.
Mis palabras la desarmaron y prueba de ello fue el tremendo orgasmo que asoló su anatomía mientras las escuchaba. Por ello, con lágrimas en los ojos, comenzó a tocarme y metiendo su mano bajo mi camisa, me rogó que no la siguiera haciendo sufrir y que, por favor, la tomara.
―Dame tus bragas― con voz dura exigí.
Cristina se quedó paralizada al escucharme, pero aun así no pudo negarse a cumplir mi inusual pedido y con las mejillas rojas, se lo quitó y me lo dio.
Mirandola a los ojos, lo cogí entre mis manos y llevándomelo a la nariz, lo olí. El aroma a hembra que destilaba impregnó mis papilas y deseando hacerme con el control de su cuerpo, le pregunté si ya me creía.
―Eres tú quien me pone cachonda y no la leche de esa zorra― contestó separando sus rodillas en un intento de bajar su calentura.
Reconozco que me hizo gracia el tremendo nerviosismo de Cristina al ser consciente del alboroto de su entrepierna y tratando de provocar aún más su deseo, le pedí que se girara un poco para tener un mejor ángulo de su coño.
―Maldito― murmuró avergonzada mientras obedecía sin rechistar.
La belleza de sus muslos y el brillo de su sexo encharcado provocaron que me hirviera la sangre y con una tremenda erección bajo el pantalón, le desabroché la blusa para disfrutar de sus pechos en libertad.
Con mi pene cada vez más tieso, me permití el lujo de quitarle el sujetador y de pellizcar sus pezones mientras le expresaba mi admiración por ellos.
―Eres un capullo― respondió con la voz entrecortada mientras sin preguntar, se agachaba y me bajaba la bragueta.
Dejé que liberara mi miembro, asumiendo lo que vendría a continuación. con una sonrisa. No me equivoqué porque abriendo la boca, mi dulce secretaria fue introduciéndolo lentamente permitiéndome disfrutar de la suavidad de sus labios mientras su lengua se dedicaba a bañar con saliva ni más que erecto instrumento.
―Nunca me imaginé que tenía una maestra haciendo mamadas en la oficina― murmuré.
Curiosamente a Cristina le encantó escuchar que su jefe confesaba en voz alta que le gustaba el modo en que se la mamaba y poniendo cara de puta, me confesó que había soñado miles de veces que me corría en su boca. Sus palabras terminaron de calentarme y llevando mis dedos a su entrepierna, empecé a masturbarla mientras le incrustaba mi pene en su garganta.
Esa pelirroja me volvió a sorprender absorbiéndolo por completo en el interior de su garganta, pero cuando realmente me cautivó fue al sentir sus labios besando la base de mi pene mientras con una mano se dedicaba a masajear mis huevos.
―Vas a conseguir que me corra― susurré en su oído anticipando lo inevitable.
Cristina se volvió loca al oírme e imprimiendo un ritmo atroz a su boca, buscó mi placer con más ahínco y coincidiendo con la explosión de semen en su boca, su cuerpo colapsó. No contenta con ello, cogió con su mano mi instrumento y no cejó hasta dejarlo totalmente seco.
―Necesito que me folles― gritó llena de angustia al darse cuenta de que había perdido la oportunidad y usando su lengua se puso a reanimar mi verga.
Esperé a que se diera por vencida para decirla:
―Tráeme la otra botella.
En su desesperación, no se lo pensó y yendo al minibar, volvió con ella entre sus manos. Riéndome de ella, le pedí que me diera de beber mientras usaba un par de yemas para evitar que esa pelirroja se enfriara.
―No puedes dejarme así― se lamentaba sin esperanza alguna que la leche hiciera resurgir mi erección.
Descojonado, insistí en que me diera de beber. Cristina jamás se esperó que al ritmo en que por mi garganta se deslizaba ese blanco mejunje y como si tuviera vida propia, mi pene se fuera tornando inhiesto y duro.
―No puede ser verdad― comentó al notar que animado por un extraño vigor no hacía más que crecer.
Al alcanzar su máxima dureza, vi que Cristina estaba entusiasmada pensando que en cualquier momento la pondría a cuatro patas.
― ¿Te apetece que te folle sobre la mesa o prefieres el suelo?
Sin dar tiempo a que me arrepintiera, se quitó la falda y se apoyó en la mesa, dejando su culo en pompa.
―Eres más puta de lo que pensaba― murmuré y acercándome a donde me esperaba, jugueteé con la cabeza de mi glande entre sus lubricados labios y de un solo golpe, se lo clavé en su interior.
Fue impresionante el gemido que dio al experimentar como mi falo entraba en sus entrañas llenándolas por completo. Luego me reconoció que nunca había sentido una invasión tan masiva, pero aun así dejando a un lado su dolor, gritó de placer.
― ¡Soy tuya! ― sollozó al ser penetrada por mi estoque y sin pensar que la gente de la oficina iba a escucharla gritar, comenzó a berrear como una loca.
Temiendo el escándalo, tapé su boca mientras mi pene se estrellaba una y otra vez contra la pared de su vagina.
―Me estás matando― alcanzó a decir mientras aceleraba los movimientos de su cadera.
Supe que el deseo de esa mujer estaba llegando a límites inexplorados y que, si seguía, Cristina llegaría al orgasmo antes de tiempo.
―No te corras todavía― exigí sabiendo que era difícil que me obedeciera al ver que con cada estocada era más el aire que la faltaba y que solo cuando se lo sacaba, esa putita podía respirar.
Mis temores se hicieron realidad y ante mis ojos, Cristina se corrió. Cabreado, seguí machacando su coño con mi falo provocando que mi secretaria disfrutara como una perra de innumerables orgasmos.
―Cuantas más veces te corras, más difícil te resultara evitar convertirte en mi propiedad― musité comprendiendo que se aproximaba mi propio clímax.
―Ya soy tuya y siempre lo seré― contestó entusiasmada por el modo tan salvaje con el que la empotraba contra la mesa y sospechando quizás que la estuviera destrozando por dentro, pero temiendo aún más que dejara de hacerlo, me pidió que continuara.
Contagiándome de su pasión, le mordí el hombro mientras derramaba mi simiente en su fértil vagina y ella al sentir mi leche anegando su sexo, se volvió a correr.
―Te amo― sollozó antes que agotada y satisfecha, se desplomara desmayada sobre la mesa.
Compadeciéndome de ella, la cogí entre mis brazos y dejándola delicadamente sobre el sofá, muerto de risa esperé a que se recuperara. Al comprobar que abría los ojos, susurré en su oído:
―Piensa en una excusa que decir al resto para que no se extrañen con nuestra marcha.
―Pero… si he fallado― respondió esperanzada.
Regalándola con un suave mordisco en sus labios, repliqué:
―No pensarás que me basta con un polvo. Cuando esta noche te deje en tu casa, no podrás ni sentarte.
Para mi sorpresa, la pelirroja contestó:
―No pienso dormir nunca más ahí, mi sitio está en tu cama.
Confieso que me quedé helado al escucharla decir eso y temeroso de la posible reacción de la custodio al enterarse de que había otra, intenté hacer ver a Cristina que debía darme tiempo para pensarlo.
―Te doy toda la tarde― respondió con la mosca detrás de la oreja: ― ¿o es que no soy bienvenida?
―No es eso― respondí.
Sabiendo que con eso no le bastaba y que necesitaba explicarla cuales eran los motivos por los que le pedía tiempo, la senté en mis rodillas diciendo:
―Lo que voy a enseñarte, te parecerá una locura, pero quiero que me escuches― tras lo cual, busqué en internet todo aquello que hacía referencia a Simona y a sus hermanas, las Îngerul păzitor.
Si en un principio la actitud de mi secretaria básicamente fue de incredulidad, al comprobar que realmente creía en la extraña naturaleza de mi criada, se empezó a preocupar y antes que pudiera terminar de explicarle lo peligrosas que podían llegar a ser, me preguntó si no la estaba tomando el pelo.
―Ojalá fuera así― respondí.
Demostrando que además de ser guapa era una mujer inteligente, rumió los datos sin decir nada y solo cuando ya los había procesado, me soltó:
―Será mejor que por ahora guardemos lo nuestro en secreto. No me apetece enfrentarme a una de su clase y menos si resulta ser tan celosa como dices. ¿Te parece bien?
Acababa de aceptar su sugerencia porque me daba el tiempo que necesitaba para informar a Simona de su existencia, pero entonces aprovechando la oportunidad Cristina me exigió que, a partir de ese día, ella y yo comeríamos en una habitación del coqueto hotel que teníamos enfrente.
―Es lo menos que puedes hacer por mí― sentenció con una sonrisa mientras me acariciaba el paquete…

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