Tanto sexo la había dejado agotada y por ello, María tardó un rato largo en despertar. Cuando al final abrió los ojos, sus primeras palabras resultaron ser la confirmación que nuestra relación había cambiado porque mirándome con una devoción a la cual no estaba acostumbrado, esa ratita de biblioteca nos insinuó si podría mudarse a vivir con nosotros.
― ¿Es eso lo que quieres? ― respondí mirándola a los ojos.
Sin poder sostener mi mirada, la menuda y frágil rubia contestó:
―Siento que este es mi lugar.
Dando por sentado que era así, Simona se sacó ambos pechos y directamente nos preguntó si no queríamos ordeñarla. La visión de su pezón manando su blanco néctar hizo que mi estómago vacío rugiera de apetito y sabiendo que a María le debía estar ocurriendo lo mismo, me lancé sobre el pecho más cercano con la intención de saciar mi hambre.
La rubia no tardó en imitarme con el que se había quedado libre y sincronizando nuestras bocas, nos pusimos a mamar con desesperación mientras escuchábamos las risas de la rumana como música de fondo.
―Bebed de vuestra vaquita― decía con alegría repartiendo su leche – tengo suficiente para los tres.
Antes de caer en que la tercera en discordia era su bebé, temí que hubiese descubierto que por error Cristina también la había probado. Aun así, solo respiré cuando tras atiborrarse con la producción de las tetas de Simona, María le preguntó si traía a la niña.
―Por favor, zorrita. La pobre debe de tener hambre.
Sonriendo a pesar o quizás gracias al insulto, la rubia se levantó de la cama y fue por la chavalita, momento que aproveché para preguntar a la morena cual consideraba que debía ser el papel de María a partir de entonces.
Reconozco que me podía esperar muchos tipos de respuestas, pero lo que nunca sospeche que esa mujer me dijera fue que además de darnos placer la función de María era quedarse preñada.
―No entiendo― repliqué: ― ¿a qué viene eso?
Soltando una carcajada, Simona respondió:
―Sé que tu idea es tener muchos hijos y como yo nada más puedo darte a Ana, he pensado que podía aprovechar a para que esta putita te dé el resto.
Descojonado y pensando que era broma, señalé que dado su diminuto cuerpo difícilmente esa chavala me podría dar muchos. La morena se quedó pensando unos segundos y tras meditar su respuesta, me soltó:
―Si esta putita no puede, habrá que buscarse otra.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que lo decía en serio y callando el hecho que tenía la candidata perfecta, desvié el tema riéndome de ella preguntándole si ese era el motivo o por el contrario si su verdadero interés era el disfrutar de otra boca sobre sus tetas.
―Te reconozco que es agradable compartir una mujer contigo, pero como sabes mi razón de ser es hacerte feliz y si tener una larga descendencia es lo que deseas, haré que la tengas, usando a María sola o sumando a ella las que sean necesarias― respondió con un aplomo que me dejó acojonado.
Confieso que, aunque la idea de ser padre de una extensa parentela nunca había sido una de mis prioridades, decidí no sacarla del error porque en cierta forma me convenía. Por ello cuando María volvió con Ana entre sus brazos, le quité a la bebé y me puse a jugar con ella, incrementando con ello en la rumana la idea de lo mucho que me apetecía incrementar mi legado.
Supe que había hecho bien porque nada más dejar a la niña conmigo, Simona llamó a la rubia a su lado y sin anestesia alguna, le soltó que tenía prohibido cualquier tipo de anticonceptivo.
Mi amiga se la quedó mirando con los ojos abiertos de par en par y tras unos momentos de indecisión, se lanzó a sus pies, agradeciendo que la permitiera quedarse embarazada.
«Eso sí que no me lo esperaba», sentencié alucinado al comprobar que esa insensatez era bienvenida por parte de ella y tratando de poner cordura, pregunté a María por su carrera.
Simona no la dejó contestar y tomando ella la palabra, nos comunicó que acababa de saber que el consejero de educación iba a nombrarla secretaria general de investigación y que en cuanto aceptara ese puesto tendría tiempo suficiente para criar hijos.
―No entiendo. Nadie me ha dicho nada y, es más, ni siquiera le conozco― respondió alucinada nuestra recién estrenada amante.
―Ni falta que hace. Su mujer es una de mis hermanas― respondió con orgullo la rumana.
No me hizo falta saber nada más para que a mi mente llegara con fuerza las palabras que la propia María me había dicho respecto a cómo las custodios favorecían a los que tenían bajo su órbita.
«Esas mujeres maniobran para que conseguir no solo la felicidad sino el éxito de sus protegidos», repetí para mí consciente que desde el momento que María había aceptado su destino se había convertido en responsabilidad como yo de Simona.
La rubia también lo supo y por ello luciendo la mejor de sus sonrisas contestó mirándonos a los dos:
― Desde este momento, os juro que dedicaré mi vida a vosotros y no por obligación sino porque os amo.
Soltando una carcajada, la rumana la atrajo hacia ella y mientras le mordía los labios con dureza, comentó:
―Estoy deseando que te quedes preñada para así probar tu leche.
Cayendo sobre ella, respondió con una pasión desmesurada y sin importarle mi presencia, pidió a Simona que la ayudara a convencerme de intentar que esa misma noche la inseminara.
― ¿No creéis que al menos debíais preguntarme lo que opino? ― dejé caer molesto por que ni siquiera me tomaran en cuenta.
Como si fuera algo que hubiesen pactado con anterioridad, ese par de zorras se arrodillaron en la alfombra y gatearon hacia mí con lujuria en sus miradas.
Apenas me dio tiempo de dejar a Ana en su cuna antes que ronroneando se apoderan de mi miembro.
―Menudas putas estáis hechas― protesté muerto de risa al ver que al unísono se ponían a lamer mi extensión con sus lenguas.
Todavía no entiendo qué me ocurrió y es que, aunque se supone que tener a una rubia preciosa y a una morena espectacular pegadas a mi cuerpo, debería haberme puesto como una moto, lo cierto es que no y un tanto abochornado, tuve que padecer la negativa de mi pene a ponerse erecto.
Flácido y encogido hasta su mínima expresión, ¡el muy capullo se negaba a responder a sus caricias!
Simona al percatarse de ello, muerta de risa, comentó que era culpa de María porqué con ella nunca había dado un gatillazo.
La rubia sonrió y uniéndose a su burla, respondió:
―El pobrecito está acojonado y temer no poder cumplir con dos al mismo tiempo.
No pudiéndole confesar que ese día no solo me había tirado a las dos, sino que también mi secretaria había sido objeto de mis mimos, me defendí como gato panza arriba aduciendo una falta de entusiasmo por parte de ellas.
―Eso es falso― contestó haciéndose la indignada, mi muchacha tomó mi verga entre sus manos y me empezó a pajear mientras con una sonrisa en sus labios, la contemplaba brevemente.
María se anticipó a ella e inclinando su cabeza empezó a dar besos a mi extensión mientras le decía:
―Si te portas bien conmigo, te daré mucho placer.
La acción coordinada de ambas hizo que mi cuerpo fuera reaccionando gracias al interés que ponía en reactivar mi maltrecho miembro. Pero al mirar a mi criada, descubrí en su mirada una extraña excitación que no dudé en interpretar como que le ponía cachonda que María me la mamase estando ella presente.
Esa sospecha fue lo que necesitaba mi falo para ponerse erecto y ya luciendo como en las mejores ocasiones, erguido esperó el siguiente paso de ambas. cuñada. María al comprobar el éxito de sus besos, sonrió y mirando a Simona, se lo fue introduciendo en su boca.
La lentitud que usó para embutírselo hasta el fondo me permitió sentir la tersura de sus labios recorriendo mi extensión, pero fue la lujuria que leí en los ojos de la rumana lo que realmente me puso a cien.
― ¡Bésame! ― exigí a Simona.
La rumana al escucharme se lanzó sobre mí y con una urgencia que me dejó sorprendido, buscó el consuelo de mis labios mientras la que se suponía que era nuestra sierva me estaba dando una mamada de campeonato. Asumiendo que estaba bruta, llevé mi mano a su entrepierna para confirmar que su sexo estaba completamente empapado y una vez lo ratifiqué, me apoderé de su clítoris con mis dedos.
― ¡Dios! ― berreó como una cierva en celo al sentir mis yemas sobre su botón.
Pero realmente su calentura de Inés alcanzó un nivel inalcanzado hasta ese momento cuando introduje un dedo en su abertura y viéndola totalmente desbocada, le pregunté si no prefería que fuera mi boca la que jugara con ella.
― ¡Eres un cabrón! ― replicó y poniéndose a horcajadas sobre mi cara, colocó su sexo en mi boca para que se lo comiera.
Al entrar mi lengua en contacto con los pliegues de su vulva, mi querida y fiel custodio se creyó morir y a voz en grito, me pidió que no parara mientras azuzaba a mi amiga diciendo:
― ¡Demuéstrale a nuestro macho que sabes mamarla!
Instigada por sus chillidos, María incrementó el ritmo y la profundidad de su mamada, incrustándose mi miembro hasta el fondo de su garganta. Ni que decir tiene que me sentía en la gloria al tener el coño de Simona en la boca mientras la rubia me regalaba la humedad de su boca y ya totalmente excitado, usé mi lengua como si fuera mi pene para penetrar con ella el estrecho conducto que tenía a mi disposición. Metiendo y sacando ese húmedo apéndice conseguí que mi criada llegara al orgasmo pegando un alarido.
― ¡Me corro! ― gritó derramando su flujo por mi cara.
Queriendo de mostrar a la mujer quien mandaba, me dediqué a absorber el manantial que brotaba de entre sus piernas con la intención de prolongar su éxtasis. Pero reconozco que nunca preví que los efectos de mis maniobras excedieran las previsiones haciendo que Simona enlazara un orgasmo con el siguiente hasta que cayó agotada.
Liberado por el colapso de la rumana, me concentré en María y la puse a cuatro patas sobre las sábanas. Ya en la nueva posición, empecé a acariciar su melena mientras colocaba el glande entre los pliegues que daban entrada a su sexo:
― ¿Te apetece que tome ahora o lo dejo para otro momento?
La reacción de la muchacha no se hizo esperar y llevando su trasero hacia atrás, se clavó mi estoque lentamente y solo cuando ya lo tenía dentro por completo, llevando una de sus manos hasta mis huevos, contestó:
―No pares hasta vaciarlos dentro de mí― y tomando de pronto un ritmo impresionante, se comenzó a empalar mientras me repetía que la inseminara porque quería quedarse embarazada.
Supe que, aunque no hubiese eyaculado aún, no tardaría en hacerlo y cogiéndola de los hombros, elevé más si cabe el compás con el que estrellaba mi pene contra la pared de su vagina.
María se me adelantó y pegando un sonoro aullido se corrió. Su orgasmo lejos de satisfacerme incrementó mi deseo y cogiendo su pelo a modo de riendas, descargué sobre sus nalgas un par de azotes mientras le pedía que se moviera.
Los gritos de María hicieron reaccionar a Simona, la cual acercándose a donde la rubia se afanaba en busca de mi placer, se juntó a ella diciendo:
― ¡Voy a tener que ayudarte a dejar seco a esta bocazas! ― tras lo cual puso uno de sus pechos en mi boca.
El sabor dulzón de la leche de la rumana recorriendo mi garganta en combinación con la cálida presión que ejercía el coño de María sobre mi extensión aceleraron mi orgasmo y por eso informé a ambas que no tardaría en derramar mi simiente en la fértil vagina de la rubia.
―Todavía no lo hagas― chilló Simona y aprovechando que por la postura tenía acceso a su coño, se adueñó del clítoris de María y empezó a masturbarla frenéticamente.
― ¡No es posible!, seguid así ¡soy vuestra puta! ―, gritó ésta, excitada por nuestros dobles manejos y acelerando su loco cabalgar, buscó nuevamente que su interior explotara en brutales sacudidas de placer. Con su respiración totalmente entrecortada y el corazón latiendo desenfrenadamente, gemía pidiéndome que la inseminara y mientras su vulva se derretía por el calor, pellizcaba sus pezones en busca de un plus de excitación.
Fue entonces tras estudiar el frenético y convulso estado en que se encontraba María cuando la custodio me gritó:
―Córrete ahora y se quedará preñada.
Obedeciendo, mordí su cuello y mientras nuestra víctima se debatía entre olas de placer, continué acuchillando su cuerpo con mi sexo y prolongando su clímax más allá de lo razonable.
―Es hora― insistió la rumana.
Al escucharla, mi verga explotó anegando el coño de María con mi semen mientras su dueña caía desplomada sobre la cama. Satisfecho por la lujuria demostrada por mi amiga, permanecí unos minutos sin decir nada hasta que, rompiendo el silencio, Simona me dijo al oído:
―Como creo que ya la has embarazado, esta noche me apetece ver cómo le rompes el culo a esta zorrita.
Soltando una carcajada, abracé a las dos…

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