11

Sobre las nueve de la mañana, sentí que Paloma se despertaba, que sigilosamente se levantaba y abriendo el armaría, cogía unas cuantas corbatas. Supe de inmediato cual era su intención y acomodando mi cabeza en la almohada, me quedé mirando mientras con mucho cuidado para no despertarla, tomaba el brazo derecho de mi esposa y lo ataba al cabecero.

        «Lo de ayer iba en serio», me dije al ver que repetía la misma operación con el izquierdo.

        No contenta con limitar los movimientos de sus manos, mi vecina hizo lo mismo con los tobillos de María y solo después de comprobar que le iba resultar imposible el liberarse, se puso encima de ella y mirándome a los ojos comentó:

        ―Observa y disfruta, pero no intervengas.

        Tras lo cual, la empezó a besar. Como resulta lógico, mi esposa no tardó en despertar y al darse cuenta de que estaba atada, sonrió:

        ― ¿Y esto?

        Obviando la pregunta, Paloma sacó su lengua y bajando por su cuello, comenzó a lamer cada centímetro de su piel con la intención de ir derribando poco a poco sus defensas.

―Te has levantado traviesa― suspiró mi mujer al sentir que su amiga se apoderaba de sus pechos.

Nuevamente nuestra vecina se abstuvo de contestar y siguió su andadura, dejando un húmedo rastro con su lengua en su camino hacia el sexo de su inmóvil víctima.

―No seas cabrona, suéltame― le pidió María al sentir que los dedos de la morena separaban sus labios.

La ausencia de respuesta lejos de molestarla le hizo gracia y cerrando los ojos, decidió al sentir que la lengua de Paloma jugueteaba entre sus pliegues mientras buscaba su clítoris.

Mi vecina no pudo reprimir un suspiro al saborear ese sabroso coño y poseída de un fervor casi religioso, buscó con su boca el placer de mi esposa. Contraviniendo sus órdenes, acaricié los pechos de María y mientras le regalaba un pellizco en sus pezones, la besé.

Para mi sorpresa, mi amada pareja de tantos años debía de estar muy necesitada porque necesitar más prolegómenos, se corrió sobre las sabanas.  Paloma al notarlo no se sintió satisfecha y queriendo prolongar el éxtasis de su amiga, metió un par de dedos con el propósito claro de follársela mientras con la otra mano se empezaba a masturbar.

―Sigue comiéndome las tetas, cabrón― me soltó totalmente desaforada María.

Alucinado, la hice caso mientras era testigo de cómo su cuerpo convulsionaba sobre la cama al verse presa de un renovado, pero no por ello menos prodigioso orgasmo.

―Se nota que le ha gustado su despertar a la zorra de tu mujer― me comentó nuestra vecina mientras seguía atacando con firmeza y decisión el coño de mi señora.

Deseando que su amiga profundizara el contacto, mi mujer buscó moviendo sus caderas presionara la morena, pero lo único que consiguió fue elevar su calentura.

―Necesito que me folles― me rogó gritando.

Sus chillidos se convirtieron en alaridos de placer cuando cambiando de postura, Paloma entrelazó sus piernas con las de ella mientras le restregaba el coño contra su indefensa vulva. 

Para entonces deseaba unirme, pero no lo hice quizás porque hasta entonces nunca había presenciado algo tan erótico. Lo único que me permití fue acariciarlas mientras ellas disfrutaban como lobas en celo al sentir la humedad de la otra mezclándose con la suya en una arcaica danza de fecundidad.

Comprendí lo cachonda que se había puesto mi mujer al observar que, dominada por un frenesí asombroso, al percibir los síntomas de un nuevo placer, forzó aún más su postura y viendo que no podía usar sus manos, se metió los dedos del pie de Paloma en la boca mientras la oía explotar dando puñetazos contra el colchón.

―Joder, cariño. ¡Qué forma de correrte! ― comenté descojonado.

Su entrega provocó que nuestra vecina decidiera dar un paso más y desprendiéndose de sus piernas, se alzó sobre ella para acto seguido, acercar su coño a la boca de María.

 ―Trabaja puta, ¡lame mi sexo! ― exigió con tono seco.

Mi mujer no quiso o no pudo negarle ese capricho y sacando su lengua comenzó a devorar ese mas que encharcado chumino. Incapaz de seguir al margen, me puse detrás de nuestra vecina y mientras María daba buena cuenta de su flujo, posé la cabeza de mi glande entre sus nalgas.

Paloma al sentir el contacto, me rogó que la tomara. No pude desoír su pedido y de un solo empujón, rellené su conducto. El grito que pegó al ser sodomizada de ese modo azuzó todavía más a mi mujer e imprimiendo mayor velocidad a su lengua, recogió hambrienta el maná que brotaba del coño de la morena.

―Hijo de puta― gimiendo en arameo, mi vecina se corrió al sentir ese doble y certero ataque.

Y es que mientras María se hacía fuerte en su sexo con la boca, mis embestidas se volvieron salvajes y con mis huevos rebotando en su sexo, la besé.

Paloma recibió mis labios con alegría y moviendo su trasero, me imploró que acelerara aún más.

―Te voy a destrozar― comenté preocupado.

―Me da igual― insistió chillando.

Complaciendo su petición, incrementé mi velocidad. No me extrañó escuchar sus aullidos, pero no por ello me compadecí de Paloma y usando mis manos como garras, me aferré a sus tetas decidido a terminar de romper el carnoso y duro trasero que la naturaleza le dio.

Al poco tiempo, noté su flujo recorriendo mis muslos y preso de una lujuria sin par al comprender que se acercaba mi propio orgasmo, mordí su cuello. Ese brutal sobre su piel fue la gota que le faltaba para rendirse y desplomándose sobre el rostro de María, explotó dejándose llevar por el placer.

―Baña mi culo con tu semen― rugió todavía insatisfecha.

Aceptando su sugerencia, me cogí de sus caderas y forzando cada una de mis embestidas, no paré hasta derramar mi simiente en el interior de trasero. Tras lo cual, exhausto pero contento me tumbé en la cama junto a mi esposa que seguía atada al cabecero.

―Libérame― susurró esta.

Con voz tan seca como autoritaria, Paloma contestó:

―Te equivocas si piensas que esto se ha acabado― y poniendo cara de viciosa, continuó: ―Me ha encantado que tu marido me encule en tu presencia, pero ahora necesito sentir que siento al follarme a una puta como tú.

María, que no entendía todavía las intenciones de su amiga, tardó en reaccionar y Paloma aprovechó el momento para darle una sonora bofetada.

―Me has hecho daño, zorra― se quejó tocándose la adolorida mejilla.

Nuestra vecina soltó una carcajada:

― ¿No te gustó? Pues eso no es nada en comparación con el que te voy a hacer si no me obedeces.

He de confesar que me excitó ver la indefensión de mi pareja y por eso mantuve un silencio cómplice, mientras la morena se levantaba de la cama y sin esconder sus intenciones, se ajustaba un arnés a la cintura.

― ¿No pensaras meterme esa cosa? ― preocupada chilló mi mujer al ver el tamaño del pene que llevaba adosado.

Sonriendo, Paloma se permitió el lujo de pasar uno de sus dedos por los pliegues del sexo de su víctima antes de contestarla:

―No te quejes tanto. Las dos sabemos que te pone cachonda saber que voy a follarte.

María buscó mi apoyo con su mirada, pero al ver mi sonrisa, comprendió que no iba a defenderla y por primera vez se empezó a preocupar. Nuestra vecina al darse cuenta cogió los pechos de mi mujer y me los enseñó diciendo:

―Menudo par de pitones tiene tu perra― y aumentando la vergüenza de María, le pellizcó los pezones mientras le susurraba que era una guarra.  

Mi señora gimió de deseo al notar la acción de los dedos de la morena sobre sus areolas y sin dejarme de mirar, nuevamente me pidió ayuda. Si pensaba que iba a ir en su auxilio, se equivocaba porque haciendo caso omiso de sus ruegos, me senté en una silla para contemplar su rendición.

―Separa tus rodillas, puta. Quiero que el cerdo de tu marido disfrute de la visión de tu coño mientras te follo―, ordenó mientras con las manos, le abría las piernas.

Desde mi posición, pude observar que María se estaba excitando por momentos. No solo tenía los pezones erectos, sino que se notaba que la humedad estaba haciendo aparición en su sexo.

La morena al notarlo metió dos dedos en el interior del coño de mi amada mientras torturaba sus pezones con los dedos. María, luchando contra el deseo y con la cara desencajada, comenzó a llorar implorando que la dejara. Sin apiadarse de sus lágrimas, nuestra vecina murmuró en su oído:

― ¿Qué sientes al saberte en mis manos? Estás cachonda, ¿verdad? ¡Guarra!

Tras lo cual y viendo que mi señora había dejado de combatir su dominio y que aceptaba que la estuviese masturbando con dos dedos, le preguntó si estaba lista para ser follada por ella.

―Nunca― respondió mientras intentaba soltarse.

Paloma, al oír su respuesta, sonrió y acercando a la boca de mi esposa el enorme glande de plástico que tenía entre sus piernas, le soltó:

―Harías bien en embadurnarlo con saliva, si no quieres que te lo incruste totalmente seco.

Con resignación en su mirada y temiendo que nuestra vecina cumpliera su amenaza, María separó los labios y se lo metió en la boca con la intención de lubricarlo. Lo que no previó fue que Paloma viera en ello su oportunidad y dando un pequeño empujón, se lo clavara en la garganta.

Sorprendida, chilló de dolor, pero no intentó huir y sacándoselo de la boca, lo comenzó a lamer como si de mi pene se tratara. Mas excitado de lo que me gustaría reconocer, observé la cara de lujuria que nuestra vecina al contemplar la entrega de su amiga al cambiar la boca por el interior del coño de mi amada. Tras varios intentos fallidos, por fin, completó su objetivo y una vez conseguido ni siquiera esperó a que su víctima se acostumbrara y comenzó a machacar su vagina con sadismo.

― ¡Te lo ruego, déjame! ― chilló en busca de su compasión.

―Todavía no te enteras de lo mucho que me pone el follarte― respondió y recalcando su dominio, le mordió en los labios.

Esa dura caricia espoleó la faceta sumisa de mi mujer y ante mi pasmo contemplé que, cambiando de expresión, pedía a su captora que siguiera castigándola porque había sido muy puta.

―Suéltala― me pidió sin dejar de machacar su interior con ese trabuco de plástico.

Por alguna razón no pude negarme y tras liberarla, fui testigo de que, cambiando de postura, la ponía a cuatro patas sobre la cama y sin decir ni agua va, volvía a empalarla mientras dándole una serie de azotes le castigaba sus nalgas.

― ¡Sigue! – gritó al sentir ese sádico correctivo sobre su trasero.

Incapaz de hacer nada por defenderla, admiré como nuestra vecina azotaba una y otra vez a mi mujer mientras le perforaba el coño sin compasión. Ya con el culo de su víctima casi en carne viva, paró y mirándome, me preguntó si me apetecía darle por culo mientras ella seguía follándosela.

Temiendo que fuese demasiado el castigo, me me negué, pero entonces escuché que mi señora me decía:

―Mi trasero te espera.

Sin llegar a creer lo que había oído, la miré y al observar que sonreía, pedí a Paloma que me dejara encima. Nuestra vecina no se lo pensó dos veces y tumbándose en la cama, exigió a María que se volviera a meter el pene artificial.

Sin esperar a que esa puta sádica repitiera su orden, mi esposa se empaló y acto seguido separó sus nalgas con sus dos manos, dándome a entender que estaba lista.

Habituado a sus gustos, supe que debía lubricarla y por ello, estaba recogiendo parte de su flujo para untarle el ojete cuando Paloma me gritó que parara porque no se merecía ser tomada con muchos miramientos.

―Obedece a esa zorra― gritó mi mujer.

Su autorización junto con las risas con las que Paloma recibió el insulto aguijoneó mi calentura y forcé la entrada trasera de mi esposa con mi pene. Gracias a su ano estaba acostumbrado a ser usado sexualmente, no la desgarré porque si no, a buen seguro, la violencia que usé hubiese tenido consecuencias.

― ¡Dios! ― aulló al sentir su ojete mancillado.

La morena se rio al comprobar la cara de sufrimiento de María, producto del salvaje modo en que la estábamos cabalgando:

― ¿Te ha dicho tu marido que eres una buena yegua? ―  disfrutando de su entrega, preguntó.

―Me encanta― sin contestar estrictamente la pregunta mi mujer confesó para acto seguido decirle que estaba a punto de correrse.

Creyó que había cometido un error al decírselo porque al oírla, Paloma tiró de su melena y mordiendo con saña sus labios, le prohibió correrse.

―Por favor, no aguanto más― respondió llorando.

Supo que la había malinterpretado porque saliendo de su coño, nuestra vecina me pidió que la sustituyera en el sexo de María, diciendo:

―No podemos desperdiciar tu simiente, es hora de que preñes a tu parienta.

No hizo falta que me lo repitiera, y tras ensartarla con una certera cuchillada, la cogí de sus pechos y reinicié la cabalgada. Contagiada por la lujuria, mi señora me rogó que la tomara sin compasión y disfrutando de la cadencia con la que la cabeza de mi glande chocaba con la pared de su vagina, berreó como una loca pidiendo más.

 Que exteriorizara así su rendición fue la gota que le faltaba a mi pene para reventar y esta vez, fui yo quien rugió de placer sentir que regaba con mi semilla su fértil útero mientras se desplomaba sobre la cama.

Cuando ya satisfecho saqué mi verga de su interior, Paloma se tumbó a nuestro lado y besándonos a ambos, comentó:

―Dile a la puta de tu señora que en cuanto descanse, se ponga el arnés porque quiero recibir el mismo tratamiento.

La respuesta de mi amada María no pudo ser más genuina por que pegando un grito de alegría contestó:

―Estaré encantada de hacerlo.

Tras lo cual hundió su lengua en el rosado esfínter de Paloma, nuestra fiel amiga, nuestra despechada vecina, pero ante todo nuestra ardiente y calentorra amante.

12

El resto del verano no volvimos a ver al ex marido de Paloma. En un principio pensamos que, molesto por compartir lugar de veraneo con ella, había cogido a su nueva, joven y preñadísima mujer y se la había llevado a otro pueblo. Lo cierto es que no fue así. Por motivos de trabajo tuvo que volver a Madrid, dejando a la que había sido su secretaria disfrutando de la playa.

        La primera vez que nos dimos cuenta de que la muchacha estaba sola fue cuando una mañana mi esposa comentó porque no llevábamos a Paloma a conocer una coqueta cala que había a unos kilómetros.

―Es preciosa pero no tiene chiringuito― respondí poco dispuesto a perder todo un día en un sitio sin bar.

María y nuestra vecina debían haberlo hablado porque callaron mi boca al enseñarme una nevera repleta de cervezas. No tardé en dar mi brazo a torcer al prometer mi señora que si no teníamos compañía me compensaría gratamente.

―Tenéis razón, puede estar bien― repliqué imaginando a ese par en plan calentorras.

Paloma me pidió que llevara una cámara de fotos. Al preguntarle porqué, con tono pícaro, respondió:

―La zorra de tu mujer no tiene fotos bañándonos en el mar en pelotas.

― ¿Y tú?

Soltando una carcajada, confesó que tampoco.

La perspectiva no podía ser más interesante. Por eso recogiendo todos los bártulos, nos subimos al coche y una hora después de haberlo decidido, llegamos en compañía de mis dos mujeres a esa recóndita playa.

La elección de sus trajes de baño no podía ser casual, eran un ejemplo de indecencia que dudo que ninguna de las dos hubiese atrevido a ponerse si en vez de esa cala totalmente desierta, hubiese estado atestada.

 «Serán unas golfas, pero están muy buenas», sentencié mentalmente al admirar sus cuerpos maduros dentro de esos escuetos bikinis que resaltaban la perfección de sus formas.

Nuestra vecina se percató de mi mirada y sonriendo cogió de la mano a mi mujer para acto seguido salir corriendo. Con la cámara de fotos colgada en mi cuello, la puta sombrilla, la nevera y demás utensilios playeros a cuesta, llegué diez minutos más tarde a donde ese par de cabronas habían colocado las toallas.

 ―Me habéis dejado con todo― protesté más cabreado que una mona.

 Sonriendo de oreja a oreja, María se acercó a Paloma y tumbándose sobre ella, la besó. Juro que no me esperaba que empezaran tan fuerte y menos que mirando mi entrepierna y con tono divertido me dijeran que si con tan poco me había puesto cachondo.

―Sois un par de pervertidas― respondí mientras me fijaba en que los pezones de ambas se habrían erizado bajo la ropa.

Lejos de molestarles el insulto, se rieron e incluso María me reconoció que me habían llevado ahí porque querían que les hiciese un book erótico. He de decir que, aunque ya tenía en la cabeza hacerle fotos picantes, nunca me imaginé que me pidieran que les tomara unas de claro carácter porno y por ello con tono extrañado, pregunté a Paloma si estaba de acuerdo con mi esposa.

―Claro― respondió: ― La idea me parece buenísima. Así tendremos el mejor y más cachondo recuerdo de este verano.

Estaba preparando ya el trípode cuando de pronto escuchamos que llegaba alguien y maldiciendo por el retraso que eso supondría, les pregunté si no tenían calor.

―Tengo el coño al rojo vivo― en plan bestia comentó la morena.

 Desternillada por la burrada, María tomó de la mano a nuestra amante y salió corriendo hacia el agua mientras decía tonto el último. Deseando acompañarlas, me entretuve ocultando la cámara no fuera que me la robaran durante el baño y eso me permitió reconocer a la mujer que estaba entrando a la playa.

 «¡No puede ser! Es la chavala por la que dejaron a Paloma», dije para mí al ver que dejaba caer su bolso al lado de nuestras toallas.

Habiendo tanta arena, me extraño que se plantara tan cerca de nosotros y por ello me la quedé mirando mientras se despojaba del vestido que llevaba puesto, dejando al aire su embarazo. Estaba pensando que esa niña aún con panza estaba más que apetecible cuando dirigiéndose a mí, susurró si no me importaba que se colocara ahí, pero es que había tan poca gente que le daba miedo tomar el sol tan sola.

―No hay problema― respondí un tanto cortado al saber que no nos había reconocido.

Mirandola de reojo, concluí que embutida en ese traje de baño tan pegado, esa rubia de ojos verdes estaba más que buena.

«¡Menudos melones!», mentalmente exclamé al revisar el tamaño de sus hinchados pechos. Eran tan enormes en proporción con su cuerpo que involuntariamente mi miembro se endureció solo con pensar en que se sentiría teniéndolos en la boca.

El repaso que di a sus desmesuradas ubres tampoco le pasó desapercibido pero la joven, en vez de enfadarse, al ver que me la comía con los ojos sonrió. El destino quiso que en ese momento desde la orilla María me preguntara si iba a tardar mucho en acompañarlas y aproveché ese comentario para salir huyendo de ahí sin que se me notara mucho.

La erección que lucía al llegar hasta ella, la intrigó y descojonada me pidió que le explicara lo que había pasado justo en el instante que Paloma se nos unía.

―No os lo vais a creer. ¿Sabéis quien es la cría que se ha puesto junto a nosotros? ― sin anestesia solté.

Mirando hacia la playa, ambas comprendieron quien era al observar la prominente curvatura de su estómago.

― ¿No fastidies que es la nueva? ― contestó con evidente cabreo la despechada.

―Así es. Pero no busques a tu ex, porque no vendrá. Me ha dicho que viene sola al pedirme permiso para ponerse tan cerca.

Justo entonces, mi esposa comentó a nuestra amante que con ella ahí era imposible hacer el book y que por qué no se acercaban a decirle a la recién llegada quien era para que se fuera. Sorprendiéndonos como tantas otras veces, Paloma se negó de plano y con una sonrisa malévola, nos pidió que la acompañáramos de vuelta a nuestras toallas.

He de confesar que no sabía lo que se le había ocurrido y por eso me resultó extraño que nada mas tumbarse en su toalla, nuestra vecina lanzándome el bote de la crema me pidiera que si la ayudaba. No me esperaba ni el tono meloso con el que lo pidió y menos que se quitara la parte de arriba del bikini.

― ¿Qué te pasa? ¿No quieres meterme mano? ― soltó al ver que no comenzaba.

Comprendí que lo había dicho en voz alta para que la pareja de su ex lo oyera. Asumiendo que lo que quería era escandalizarla, me eché un buen chorro en la mano y tanteando el terreno, comencé a esparcirla por sus hombros esperando que me diera instrucciones

―Te dejo que seas más atrevido― susurró al sentir mis dedos dando un suave masaje a los músculos de su cuello.

Curiosamente, la embarazada no parecía en absoluto escandalizada con la actitud de Paloma. Muy al contrario, cualquiera diría que le divertía No sabiendo a qué atenerme, decidí seguir untando la crema y bajando por su cuerpo, empezando casi en el cuello, fui recorriendo su espalda hasta llegar cerca de su trasero.

La morena suspiró al notar el frescor sobre su piel y sin que yo se lo tuviese que pedir se quitó la braguita del bikini.

―Échame también en el trasero. Piensa que, si se me quema, luego no vas a poder jugar con él.

Muerto de vergüenza al ser consciente que la joven había tenido que escucharla. Antes de complacer su deseo, me quedé mirando el culo que tenía que untar y devolviendo la burrada le dije que me iba a resultar imposible no ponerme bruto si tenía que echarle crema a esa maravilla.

Muerta de risa, Paloma contestó:

―A pesar de mis años, lo tengo cojonudo.

 Hasta ese momento, mi esposa había permanecido al margen, pero al ver que por no parecer demasiado ansioso estaba embadurnándoselo con las yemas sin apoyar la palma, intervino y dando un sonoro azote sobre el trasero de nuestra amante, me exigió que usara toda la mano para que no le quedara marca.

Creí que el gemido de Paloma al experimentar esa inesperada caricia iba a escandalizar a la muchacha, pero haciéndome ver lo equivocado que estaba, sin dejar de espiarnos, la chavala sonrió:

«¿De qué va esta tía? Cualquiera diría que se está divirtiendo», me pregunté al ver que ni se marchaba indignada de la playa, ni tampoco cogiendo su toalla se cambiaba de sitio

Obedeciendo a mi señora, me puse a untar el trasero de nuestra amante con una friega descontrolada sobre sus nalgas. Fue entonces cuando, di un pasó más cogiendo el bote y echando un buen chorro sobre su raja. La bestia de Paloma al sentir el bronceador acercándose a su ojete, separó sus cachetes con las manos y poniendo su culo en pompa, me soltó:

―No te cortes.

Comprendí que me daba vía libre para recorrer los bordes de su ojete. Lo que no me esperaba fue que en ese momento María usará uno de sus dedos para horadar el culo de nuestra amante.

―Dios, ¡cómo me gusta! ― suspiró su víctima mientras se quedaba mirando a la pareja de su ex.

La embarazada ni siquiera se inmutó y siguió observando la escena sin perderse detalle. Convencido de mi papel, me puse ya sin reparos a disfrutar de ese trasero. Y magreando con descaro sus nalgas, las abrí en dirección a la joven para que pudiera contemplar por vez primera el ojete de Paloma.

«Esta tía no se va ni echándola un cubo de aceite hirviendo», pensé asumiendo por su mirada que se estaba excitando.

Queriendo verificar este extremo, crucé la frontera de lo moralmente aceptable, comenté en voz alta que se notaba que lo tenía ya dilatado y eso que decía que últimamente le había dado uso.

―Para el idiota de mi ex, el culo no existe sexualmente. Siempre decía que era solo para cagar― respondió casi gritando. 

Juro que me pareció escuchar un gemido proveniente de nuestra vecina de playa de placer y debió ser así porque María me pidió que la ayudara.

― ¿Ayudarte a qué? ― pregunté.

Su respuesta consistió en volver a introducir una yema en el trasero de nuestra amante mientras me cogía la mano y la ponía sobre su sexo.

―Mira que sois putas― sonreí y lanzándome en picado, comencé a masturbarla mientras ella hacía lo propio con Paloma.

Mirando de reojo, observé que la embarazada no perdía detalle de la escena. Fue entonces cuando señalando la cámara se me ocurrió decirle:

― ¿Te importaría sacarnos unas fotos?

Mi intención había sido que se ofendiera con la pregunta, por eso me sorprendió que con las mejillas totalmente coloradas la joven rubia accediera. Pero aún mas que cogiendo la cámara comenzara a sacar primeros planos del modo en que mi esposa hundía su yema en el trasero de Paloma mientras la masturbaba.

«Joder con la preñadita», pensé al ver el interés con el que inmortalizaba el momento en el que María sumergía un segundo dedo en el rosado esfínter de nuestra amante.

―Dios, ¡cómo me gusta! ― aulló la morena ya totalmente cachonda por el doble estímulo al que la estaba sometiendo.

Sabiendo que no tardaría en correrse, pedí a mi mujer que incrementara la velocidad de sus incursiones mientras me acomodaba de forma que la joven tuviese el mejor ángulo y quitándome el bañador, separé las piernas de la mujer.

―Saca una buena foto mientras se la empotro― comenté riendo.

Tras lo cual, cogiendo mi pene, me puse a juguetear con el sexo de Paloma.

―Fóllame― imploró con su rostro transformado por la lujuria al experimenta el modo en que mi glande se iba abriendo paso entre sus pliegues.

El morbo de saber que nos estaban fotografiando me puso a mil y con un duro movimiento de caderas hundí mi verga hasta el fondo de su coño.

― ¡Hazme sentir mujer! ― rugió la morena al notar que lo tenía encharcado por la facilidad con la que mi verga entró hasta chocar con la pared de su vagina.

La embarazada no pudo evitar soltar una carcajada al escuchar a mi esposa pedir que le sacara una foto de la lengua de Paloma lamiendo su sexo:

―Lo haría encantada pero primero debería vuestra putita estar comiéndotelo.

 ―Eso lo arreglo en un segundo― respondió María cogiendo la cabeza de nuestra vecina y llevándola a su entrepierna.

Paloma al escuchar que la nueva se refería a ella como vuestra putita se volvió loca y mientras se ponía a devorar el chumino de mi mujer con un ansia brutal, moviendo su trasero, se empezó a meter y a sacar mi pene de su interior a una velocidad inusitada.

―Se nota que la tenéis bien educada― sacando una foto de sus pechos, comentó la joven dejando entrever que suponía en vez de nuestra amante era nuestra sumisa.

Que su sustituta la rebajara a vulgar esclava, la indignó y sin poder reprimirse, le contestó diciendo que no era más que una mujer cuyo ex la había desatendido y que ahora que era libre, había encontrado la felicidad con una pareja amiga.

―No tienes porqué dar explicaciones, ¡puta! ― soltó María y desmontando sus argumentos, le exigió con un doloroso azote que siguiera chupando.

 Humillada hasta decir basta y sintiéndose una zorra, Paloma imprimió a sus caderas una velocidad tal que en su afán por ser tomada me hizo daño:

―Tranquila ― me quejé, pero viendo que no respondía y que seguía descontrolada, le regalé una nueva nalgada diciendo: ― ¡Te he dicho que más despacio!

Paloma sollozó al saber que la novia de su ex jamás se creería que no era nuestra sumisa después de esos dos azotes, pero eso lejos de cortarla curiosamente la excitó y voz en grito, me pidió que no parara de follarla. Al comprobar su entrega, decidí ir en busca de mi placer y cambiando de postura, la agarré de la melena y renovando mis azotes, la azucé a incrementar su ritmo.

Que siguiera castigando sus nalgas mientras su sustituta no paraba de inmortalizarlo, la enervó y todavía con más ardor me exigió

― ¡Sígueme follando como nunca me follaba el inútil de mi marido! ― aulló con su respiración entrecortada por el placer.

Riéndome de ella y susurrando en su oído lo puta que era seguí cabalgando a nuestra amante mientras la embarazada dejaba para la posteridad grabado en la memoria de la cámara.

Asumiendo que la joven estaba encantada siendo la fotógrafa, incrementé el ritmo de mis cuchilladas para conseguir que se grabara en su cerebro la escena y ejerciendo una autoridad que nadie me había dado, la exigí que se masturbara al mismo tiempo que hacía fotos.

Mi esposa se rio al ver que la embarazada se empezaba a pellizcar uno de sus hinchados pechos para cumplir mi orden mientras fotografiaba el sometimiento de la ex de su pareja.

―Parece que la rubita es tan puta como tú― señalando a la joven, murmuró en el oído de nuestra amante.

 La morena al verlo no pudo más y pegando un brutal berrido, se corrió empapando mis piernas con su flujo. El orgasmo de Paloma ejerció de imán y sin poder refrenar ese influjo, haciendo una foto tras otra, la joven se acercó. Momento que aproveché para decirles a ambas que yo no había acabado y cambiando de objetivo, de un solo arreón incrusté mi pene hasta el fondo de su culo.

― ¡Cabronazo! ― gritó al experimentar su ojete invadido.

Sus lamentos lejos de hacerme retroceder me dieron alas para forzando hasta lo indecible su esfínter, comenzar a machacar sus intestinos con mi verga mientras su sustituta nos miraba alucinada.

Los pezones de la rubia marcándose bajo el traje de baño de embarazada me confirmaron que se estaba viendo excitada por la escena. Su calentura tampoco pasó desapercibida a mi mujer que, fijándose en la mancha oscura de su entrepierna, sonriendo le comentó que si necesitaba ayuda para relajarse solo tenía que decirlo.

La chavala estaba tan concentrada enfocando la cámara para tomar un primer plano del momento que no intuyó que María, acercándose por detrás, tomara sus pechos entre las manos mientras le decía que su marido era un imbécil por dejarla sola.

―Todavía no nos hemos casado― contestó sin rehuir el contacto.

Contemplar que María acariciaba a su rival fue demasiado intenso para Paloma y más cuando lamiendo una de sus ubres, escuchó que le decía:

―El mío estaría encantado de consolarte.

Aceptando su derrota, la embarazada dio un gemido al sentir la boca de esa desconocida mamando de ella y y sin darse cuenta empezó a disfrutar mientras a un metro escaso la ex mujer de su novio se debatía inmersa en un mar de sensaciones que nuevamente la impulsaban al placer.

 ―Fóllate a esa perra también― dijo cabreada al ver que se andaba besando con María: ― Se nota que está en celo.

Al escucharla, la joven soltó una carcajada y separándose de mi señora, devolvió la cámara mientras me decía:

―Hoy tengo prisa, pero no lo descarto. Si mañana volvéis a esta playa y me veis llegar, ya sabéis a lo que vengo.

Tras lo cual, acomodándose los pechos dentro del traje de baño, muerta de risa, cogió su toalla y se fue…


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