Capítulo 3

Tal y como era lógico, la noticia que Susana y yo éramos pareja corrió como la pólvora entre nuestros amigos porque tanto Manel como María se encargaron de que así fuera. Como podréis comprender, se nos hizo el vacío aunque realmente nadie se llegó a creer el tema de la sumisión.

« ¿Debido a qué?», os preguntareis.

Fuera de la seguridad de nuestra casa, mi sumisa se comportó como una mujer libre y si no estaba de acuerdo conmigo, discutía abiertamente aunque eso le supusiera que al llegar a nuestro hogar tuviera que recibir su castigo.

Poco a poco el escándalo se fue olvidando y aunque nos tuvimos que buscar un nuevo grupo con el que salir, al menos la gente ya no se quedaba callada, cuando no veía entrar.

Tras unos inicios complicados, donde Susana y yo tuvimos que aprender sobre la marcha nuestros papeles, os tengo que reconocer que ya no me imagino mi vida sin que esa rubia, me reciba totalmente desnuda a excepción del collar con mi nombre que luce en su cuello.  Por lo demás, el devenir de nuestros días se asemeja al de cualquier pareja joven, siendo lo único que nos diferencia de ellos la frecuencia y el modo en que dejamos salir nuestra sexualidad.

Si la gente normalmente reconoce que hace el amor una o dos veces por semana, en nuestro caso esa frecuencia es de una o dos veces diarias y cuando estamos  cachondos, podemos llegar a cuatro. Lo habitual es que Susana me despierte con una felación y yo la acueste, atándola a mi cama con un consolador por cada uno de sus agujeros pero eso no es óbice a que al menos un par de veces a la semana, la regale con un sesión vespertina.

Podréis opinar que somos unos degenerados o incluso pensar que estamos locos pero pocas cosas se pueden comparar a pellizcar los pechos de una mujer mientras la tienes atada. También os reconozco que realmente practicamos una versión del sado ligth o soft, es decir suave. Me he negado siempre y me seguiré negando a que nuestra afición pueda dejar secuelas en mi novia. Sé que muchas veces, ella desearía ser objeto de caricias más duras pero se conforma con lo que la doy.

¡Por algo yo  soy su amo y ella mi sumisa!

Nuestras prácticas son  catalogadas muchas veces como aberrantes pero esa opinión nace del desconocimiento que tienen los vainilla (personas que no lo practican) de lo que realmente es este mundo. Erróneamente, las equiparan a los malos tratos cuando nada más lejos de la realidad ya que ante todo es consensuado.   En nuestro caso esto es todavía más claro porque fue Susana la que me introdujo en el arte de la dominación. Hasta conocerla nunca pensé que disfrutaría poniendo una capucha a una mujer pero ahora sé el placer que siento inmovilizándola mientras ella se excita siendo atada.

Otro de los aspectos que poca gente sabe es que todas las parejas, existe una palabra con la que la parte sumisa sabe que al decirla, cesará su castigo porque ante todo existe confianza. No somos unos locos que ponemos en riesgo en manos de cualquiera. Entre nosotros existe confianza ciega. Si oigo de sus labios “Paz”, paró de inmediato lo que estoy haciendo y la libero.

En pocas palabras soy dominante pero no un sádico perturbado.

Como decía al principio de este relato, Susana y yo fuimos descubriendo los dos juntos las diferentes vertientes de esta nueva sexualidad pero tras dos años practicándola, os puedo decir que sin ser unos expertos al menos no somos unos novatos y aunque habíamos frecuentado durante una época lugares de BSDM, preferíamos practicar solo entre nosotros nuestra afición. 

Aun así no me sorprendió que mi amada sumisa me pidiera dejar entrar a una de sus amigas en nuestro mundo. Si os preguntáis el por qué seguid leyendo…

Como conoció a esa muchacha y como poco a poco se fue metiendo en nuestras vidas.

Ya os comenté que al empezar a ser pareja, todos nuestros amigos nos dieron la espalda porque de cierta manera consideraban que éramos los culpables de los cuernos que Manel y María lucieron en sus cabezas, olvidándose que esos dos encontraron entre ellos el consuelo a nuestra traición. Echando la vista atrás, me alegro que hubieran optado por ellos porque la soledad que sufrimos, tanto Susana, como yo nos sirvió para unirnos más y hacernos indispensables uno del otro.

Dicho esto, la casualidad hizo que un día al llegar a clase, mi novia se sentara junto a una tímida canaria de pelo negro. Medio agitanada y con unos ojos negros enormes, la muchacha refunfuñó al tener que compartir escritorio con una rubia tan despampanante. Pero como todo en la vida tiene un por qué, al sentirse cómodas una con la otra, sin darse cuenta convirtieron en algo habitual que la que llegase más tarde, buscara entre el gentío a la otra y con una sonrisa, le pidiera que le hiciese sitio.

De eso pasaron a desayunar juntas y de ahí, a estudiar en nuestra casa. De forma que se me hizo normal llegar a mi apartamento y encontrarme a esa cría en mitad del salón, clavando sus codos en un libro. Físicamente, Esther sin ser un manjar de los dioses era una mujer atractiva y por eso varias veces, mi sumisa me pilló mirando su culo y sus tetas con innegable fascinación.

Os reconozco que la primera que sacó su nombre durante una sesión fue Susana. Recuerdo que la tenía atada de pies y manos en la cama y mientras le metía en su sexo un enorme consolador, me preguntó si no había  soñado con hacérselo a su amiga.

― Te prefiero a ti, preciosa―  contesté sin dar importancia a sus palabras.

Mi respuesta le satisfizo y berreando de placer, me pidió que no parara. Por eso y sobre todo porque era cierto, me olvidé del asunto sin saber que la idea de imaginar cómo su amo tomaba  a su amiga, la había excitado. Hoy sé que ese día mi sumisa decidió que iba a hacer realidad ese sueño suyo y como la perfecta manipuladora que es, con paciencia infinita fue preparando el terreno. Ni siquiera yo, acostumbrado a sus caprichos, me di cuenta de nada hasta que fue tarde.

Susana me confesó a posteriori como la había hecho interesarse por la sumisión. Aprovechando las charlas que mantenía con ella, sin confesarle su condición de sumisa empezó a ensalzarme como hombre y como amante. Revelándole parte de nuestra sexualidad, le explicó el placer que sentía cuando al llegar a casa me servía. La canaria que en un principio se había sentido escandalizada con las confidencias de Susana, no se percató de la sutil manipulación a la que estaba siendo sometida y cayendo en su trampa, le dijo:

― No entiendo como nadie puede conseguir placer a través del sufrimiento.

Mi sumisa al escuchar a su amiga, decidió que era hora de iniciar su adoctrinamiento y cogiéndola de la mano, le preguntó:

― ¿Confías en mí?―  y viendo turbación en los ojos de la morena, le dijo: ― Te voy a demostrar con un ejemplo práctico que es posible.

La canaria aceptó ser parte de ese experimento siempre que no le doliera y como Susana en ese momento soltó una carcajada y le prometió que era algo cotidiano, dio su consentimiento para ser su conejito de indias. Entonces aprovechando que estaban en casa, fue a la cocina y llevó hasta la mesa donde estaban estudiando una jarra con dos litros de agua. Sirviendo un vaso, se lo dio diciendo:

― Bebe.

Esther que no sabía que se proponía la rubia, se bebió el vaso de un tirón. Al terminar, mi sumisa se lo volvió a llenar y nuevamente, le dijo que se lo bebiera. La morena obedeció nuevamente sin rechistar pero al tercer vaso, se negó diciendo que ya no tenía sed.

― Bebe―  le ordenó adoptando un tono duro su amiga.

Algo en su interior brotó al descubrir una Susana tan autoritaria y sin quejarse, se terminó tanto ese tercer vaso como el resto de la jarra. Entonces dándole un beso en la mejilla, la rubia premió a su aprendiz por haber cumplido diciendo:

― Aunque no lo sepas, te estás comportando como una sumisa. Por la confianza que has depositado en mí, has aceptado una orden sin preguntar el motivo…―  y viendo que había captado la atención de su amiga, le dijo: ― Ahora solo hay que esperar.

Tal y como había previsto a los diez minutos, Esther le dijo que tenía ganas de hacer pis:

― ¡Aguanta!

La dureza de la orden la dejó anclada en la silla. Sabiendo que era parte del experimento, durante un cuarto de hora, reprimió sus ganas de ir al baño. Al no poder más, le pidió permiso para ir a desahogarse pero con gesto serio, su amiga se lo prohibió diciendo:

― Espera otros diez minutos.

Con la vejiga llena, la canaria aguardó sentada a que pasaran, Fueron diez minutos eternos y mirando cada treinta segundos su reloj, Esther temió hacérselo encima. Con el sudor recorriendo su frente, tuvo que comprimir los músculos de su entrepierna para evitar mearse mientras su amiga la miraba con una sonrisa en los labios.

Al dar la hora, casi llorando, la morena le pidió si podía ir al baño. Asintiendo Susana le acompañó sin preguntar y sobretodo sin preocuparle que la muchacha se cortara por su presencia. Urgida, se bajó las bragas y cuando iba a poner su culo en el wáter, escuchó que la rubia le decía:

― Siéntate pero no mees.

― ¡No puedo más!―  se quejó obedeciendo.

Y mientras Esther sufría, Susana estaba disfrutando por el poder recién descubierto. Aunque conmigo gozaba de la sumisión, con su amiga descubrió el placer del dominio. Cómo la morena permanecía con las rodillas separadas, se percató que aunque tenía el coño parcialmente depilado todavía lucía una buena mata.

« Una buena sumisa no debe tener ningún pelo», pensó sentenciando que ese detalle tendría que corregirlo.

Entre tanto, su involuntaria aprendiz había cerrado los ojos, intentando concentrarse pero también olvidarse de que Susana le estaba mirando el chocho. Ya desesperada, le gritó:

― ¡Me duele!

Entonces y solo entonces, mi sumisa dio su aprobación para que Esther meara. La chavala no pudo evitar gemir de satisfacción al liberar su vejiga y sin que Susana se lo explicara, comprendió la enseñanza:

« ¡El placer se multiplica con el sufrimiento!».

Lo que no se esperaba la canaria fue que al limpiarse bajo la supervisión de la rubia, descubriera que, lo quisiera o no, ¡Se había excitado! Al pasarse el papel de baño por los hinchados pliegues de su sexo, sintió que estaba a punto de correrse y por eso cerró sus piernas, para mantener ese secreto a salvo. Desgraciadamente para ella, Susana ya se había dado cuenta y sonriendo, salió del baño para que aprovechando  la soledad, su amiga liberara su calentura.  Diez minutos después, riendo en su interior, mi sumisa al verla salir totalmente sofocada confirmó que se había masturbado.

Sabiendo que era una lucha a medio plazo, mi novia solo le preguntó:

― ¿Tenía o no razón?

Bajando su mirada y con el rubor cubriendo sus mejillas, la canaria contestó:

― Sí.

Dando por sentado que había asimilado la lección, Susana no siguió hurgando en la herida y olvidándose del tema, la obligó a retornar a los libros. Al sentarse frente a su amiga, Esther se quedó confundida al observar que bajo la blusa, la rubia tenía sus pezones erizados y por primera vez, temió que la amistad con esa muchacha le llevara a descubrir una faceta desconocida de su propio yo.

Ese temor se intensificó cuando esa noche al despedirse, Susana le dio un suave pico en los labios. Siendo algo tierno al sentirlo, Esther no pudo evitar sentirse mortificada al darse cuenta que le había gustado.

« ¡No soy lesbiana!», pensó mientras tomaba el ascensor.

Ya en la habitación de su colegio mayor, repasó lo ocurrido y mientras se daba un baño de espuma, se dejó llevar por el recuerdo y llevando su mano hasta su coño, se masturbó.

Susana intensifica su sutil acoso.

Al día siguiente, Esther seguía confundida. Por lo que Susana le había explicado, tenía claro que era mi pareja y por eso no comprendía, ese beso que le dio cuando se despedían. Temiendo que lo repitiera, decidió no sentarse ese día junto a ella en clase pero la desgracia hizo que Susana fuera la última en llegar y por eso no pudo negarse a compartir mesa.

Contrariamente a lo que había supuesto, la rubia no hizo mención a lo ocurrido y actuó con absoluta normalidad. Aunque esa indiferencia debía haberla calmado, exactamente ocurrió lo contrario y exacerbó su curiosidad sobre el tipo de relación que sosteníamos. Por eso durante el desayuno, tratando de iniciar una conversación, alabó la minifalda que llevaba. Lo que no se esperaba fue que soltando una carcajada, Susana le contestará:

― ¿Verdad que es bonita? Me pidió Carlos esta mañana que me la pusiera.

Extrañada que yo la hubiese  elegido, le preguntó:

― ¿Tu novio te dice que ponerte?

Muerta de risa, respondió:

― ¡Y lo que no quiere que me ponga!

Al no saber a qué se refería, tuvo que preguntárselo y entonces, Susana, sonriendo, se levantó la minifalda y le dijo en voz baja:

― No llevo bragas.

Involuntariamente bajó su mirada y al ver el sexo de mi sumisa, sintió que sus pezones se erizaban. Olvidándose de su pregunta, exclamó:

― ¡Lo tienes completamente depilado!

Muerta de risa, la rubia separó un poco sus rodillas para darle una mejor visión de su coño y satisfecha del modo en que la canaria se quedaba absorta contemplándolo, le soltó:

― Sí, mi novio me lo pidió y desde que lo llevó así, disfruto más cuando me toca.

Tras lo cual, cerró las piernas dejando a la morena sumida en la confusión. Tratando de comprender que le inducia a su amiga a dejarse mangonear de esa forma por mí, le preguntó:

― ¿Por qué dejas que te ordene?… ¿No te sientes mal cuando lo haces?

Acercándose a su lado para que nadie la oyera, le contestó:

― Para nada. ¡Confió en él! y sé que si le obedezco, recibiré en compensación mucho placer.

― ¡No te entiendo!―  respondió la morena indignada.

Haciéndole una carantoña en su mejilla, la rubia le contestó:

― Lo sé pero si me dejas, ¡Pronto lo entenderás!

Esther tuvo ganas de salir corriendo pero no pudo y meditando sobre lo que le había vaticinado su amiga, sintió que bajo sus bragas algo se empezaba a alterar.

« Tengo que preguntarle que quiere de mí», decidió al verla levantarse.

Las clases y el resto de sus compañeros hicieron imposible que esa mañana, le hiciera esa pregunta vital y aunque no tenía previsto estudiar esa tarde, cuando se despedía de Susana, le preguntó si se veían en mi casa.

― Claro―  contestó la rubia –te espero.

Ya en la habitación de su colegio mayor, la curiosidad pudo más que la cordura y deseando confirmar las palabras de su amiga, se encerró en el baño y se depiló por completo. Al mirarse con un espejo su sexo, le gustó al darse cuenta que sin esa mata de pelos parecía el de una niña y sintiendo un extraño picor, decidió calmarlo llevando su mano a su entrepierna.

Tremendamente excitada y con sus pezones duros como piedras, separó los pliegues de su sexo, dejando al descubierto su hinchado clítoris.

« Joder, ¡Cómo estoy de bruta!», pensó mientras con sus dedos empezaba a frotar su botón. Con la respiración entrecortada, cerró sus ojos y soñando en Susana y en mí, se imaginó que era ella la que disfrutaba de mis abrazos. Aunque nunca lo había pensado, mientras torturaba su sexo, comprendió que si esa rubia despampanante estaba locamente enamorada, se debía deber a que su novio debía de ser un amante sin igual y por primera vez, deseó que su amiga le dejase compartirlo.

Cuando la calentura la dominó, sintió que sus dedos no eran suficientes y cogiendo del estante, un cepillo decidió utilizarlo como consolador. Temiendo rozarse, se lo metió en la boca y lo estuvo untado con su saliva, hasta que ya lubricado, se lo introdujo hasta el fondo de su vagina. La sensación de placer absoluto invadió su cuerpo y pegando un gemido, comenzó un mete- saca cada vez más rápido. De repente, un brutal orgasmo la invadió de tal forma que no pudo mantenerse en pie y cayó de rodillas, dejando salir el cepillo de su cuerpo. La serie de aullidos de placer que surgieron de su garganta confirmaron de una sensual forma las palabras de su amiga.

Ya satisfecha su calentura, creyó que debía de contarle a alguien lo que había  hecho. Sin pensarlo dos veces, se sacó una foto con el móvil y se la envió a Susana, escribiendo:

― Tenías razón, ¡con el sexo depilado se siente más!

La respuesta de la rubia no le tardó en llegar:

― Precioso pero todavía tienes mucho que aprender.

La promesa que escondía su mensaje, la dejó excitada y deseó estar junto a ella para seguir recibiendo sus enseñanzas. Ya sintiéndose su aprendiz, la tarde se le hizo eterna y cuando ya era la hora de irse, con una sonrisa, se quitó las bragas, pensando:

« A Carlos le gusta que una mujer no las use».

Ya en el autobús, le excitó el estar junto a todas esas personas con su sexo desnudo y por eso completamente mojada, llegó a nuestra casa.         Susana le abrió la puerta con una sonrisa y posando por segunda vez los labios en los suyos, le dijo que pasara.

Ese breve beso le pareció normal y sin darle importancia, se sentó en el sofá. La rubia enseguida percibió que su amiga, necesitaba contarle algo y por eso, cogió una silla y se puso frente a ella. Durante unos segundos el silencio se adueñó de la habitación y fue entonces cuando sin decir nada, Esther se levantó la falda, mostrando a la que ya consideraba su maestra que no llevaba ropa interior.

La sonrisa que apareció en la cara de Susana la llenó de orgullo y solo el hecho que en ese momento, me oyera abrir la puerta evitó que le pidiera ser su alumna. Ruborizada, se bajó la ropa y temblando por su descaro, esperó a que yo entrara. Ese día al entrar no me pareció raro, verlas sentadas en el salón en vez de estar estudiando pero como estaba cansado, tras saludarlas me fui a mi habitación.

Nuevamente solas, la morena se hizo de valor y directamente, le explicó a mi sumisa que necesitaba saber. Guiñándole un ojo, Susana le preguntó que deseaba aprender.

Tomándose su tiempo, lo pensó y dijo:

― ¿Eres lesbiana?

Soltando una carcajada, le respondió:

― No. Aunque he estado con otras mujeres, siempre ha sido porque Carlos me lo ha pedido. No hay nada que me guste más que el sabor de su polla.

Al ver su reacción, mi sumisa comprendió que algo le pasaba y por eso directamente, se lo preguntó. Esther avergonzada como si eso fuera un delito, le confesó que nunca había hecho una mamada por lo que no conocía el sabor del semen.

Muerta de risa, Susana le respondió:

― Eso se puede arreglar―  y cogiendo su mano, le soltó: ― ¿Confías en mí?

― Sí―  contestó la morena con voz sincera.

Tras lo cual la llevó hasta mi habitación y dejándola en la puerta, me pidió permiso para entrar. Nada más verla, comprendí sus intenciones y por eso, con voz autoritaria le pregunté qué quería:

― Amo, ¿Puedo darle placer?

― Si puedes―  contesté observando que Esther palidecía a solo unos metros.

Mi sumisa llegó hasta mí y usando sus manos me bajó la bragueta para acto seguido sacar mi pene de su interior y dirigiéndose  a su aprendiz, decirle:

― ¡Mira y aprende!

La canaria con los ojos de par en par, vio cómo su amiga separándome las rodillas e instalándose entre las piernas, se agachaba. Por el brillo de su mirada comprendí que estaba excitada y aún más cuando observó a Susana abriendo su boca e introduciendo mi pene en su interior. Tras lo cual con una sensualidad sin límites, la rubia absorbió mi extensión mientras sus manos me acariciaban los testículos. Esa muchacha se esperaba algo violento y por eso le sorprendió la dulzura y la ternura con la que mi sumisa empezó a mamarme e involuntariamente llevó su mano hasta sus pechos. Al verla acariciar sus pezones, la miré y le ordené:

― Mastúrbate.

Obedeciendo a la primera, se levantó la falda y con auténtica pasión, empezó a torturar su clítoris mientras su amiga seguía enfrascada en esa felación. Sobre el colchón, Susana a un ritmo creciente mamaba de mi falo para acto seguido sacárselo y colmarlo de besos antes de volvérselo a meter. Olvidándose de cualquier recato, la morena me miró eufórica mientras la rubia devoraba mi pene con un ansía difícil de narrar. Se notaba que nunca había sido testigo de algo así y que mi actitud dominante le encantaba.

Por eso, esperé tranquilamente a que su excitación se desbordara. Al darme cuenta que estaba a punto de llegar al clímax, alzando la voz, le dije:

― Córrete para mí.

Mi orden provocó un terremoto en su cuerpo y de pie contra la puerta, la muchacha sintió que moría y pegando un berrido, se corrió. Como si mi voz hubiera intensificado sus sensaciones, su cuerpo fue sacudido por el orgasmo mientras su amiga  eternizaba sus caricias entre mis piernas. Con una parsimonia que me estaba volviendo loco, Susana disfrutaba ralentizando mi placer hasta que sin poder resistir más, le pedí que se diera prisa.

Fue entonces cuando apretando con su lengua sobre el diminuto orificio de donde iba a brotar mi simiente, alargó mi éxtasis regalándome uno de los mejores orgasmos de mi vida y recolectando mi simiente en su boca, ordeñó mi miembro hasta dejarlo seco. Entonces y solo entonces se levantó y yendo hasta su amiga, la besó traspasando mi semen a su boca.

― Saboréalo, ¡Puta!―  le dijo mientras le daba su primer azote.

La morena incapaz de desobedecer, no sintió esa ruda caricia porque estaba concentrada en disfrutar del sabor de esa ofrenda y cuando ya se había tragado todo, se relamió sus labios en busca de las últimas gotas de ese manjar.

Una vez vencida la vergüenza y dominada por la lujuria, olvidándose de que era el novio de su amiga, me preguntó:

― Carlos, ¿puedo?―  mientras hacía ademán de introducirse entre mis sábanas.

Pero, Susana, interponiéndose entre los dos, la paró de plano diciendo:

― No puedes. ¡Todavía no estas preparada!

El gesto de desamparo de la canaria fue una muestra clara de que necesitaba ser mía pero, bajando su mirada, aceptó en silencio. Sabiendo que debía de ir cubriendo etapas antes de conseguir el premio de estar conmigo, tras unos instantes, rogó a su amiga:

― ¿Podrías enseñarme?

Con una sonrisa, mi sumisa aceptó y llevándola fuera de mi habitación, le dijo:

― Mañana no vayas a la universidad, te espero aquí―  y dándole una muestra de lo que iba a recibir, le acarició su trasero mientras la despedía.

Nada más irse la canaria, Susana volvió a mi lado y sin que yo le tuviera que decir nada, adoptó la posición de castigo.  Arrodillándose, dejó caer su cuerpo hacia adelante y extendiendo sus brazos sobre el suelo,  cruzó sus muñecas mientras me decía:

― Amo, su sumisa se merece un castigo.

Mirándola de reojo, vi que levantaba sus nalgas como muestra de sumisión. Mientras me levantaba y cogía una fusta, le pregunté qué pecado había cometido.

― Le he conseguido una perra a mi amo sin su permiso.

Soltándole un fustazo, le pedí que me explicara porque lo había hecho.

― Amo, le he visto mirándola y he creído que le gustaría incorporarla a su harén.

Usando esa herramienta, recorrí la raja entre sus nalgas y dando con ella un suave golpe en los labios de su sexo, pregunté qué prefería de castigo. La rubia que hasta entonces se había mantenido tranquila, pegó un gemido al notar que le estaba introduciendo ese palo:

― Lo que usted decida está bien.

Como realmente no se merecía una reprimenda sino un premio, decidí inmovilizarla. Sacando la cuerda de un cajón, la pasé por su cuello y dejándola caer hice un nudo a la altura de sus pechos, para desde allí cruzar hasta su espalda. Susana comprendió mi intención de premiarla y con lágrimas en los ojos, me dio las gracias. Sabiéndose afortunada, se tumbó en la cama y echó sus brazos para atrás para que se los atara a los tobillos. Ya totalmente maniatada, le di un sonoro azote tras lo cual le incrusté sendos consoladores en cada uno de sus agujeros. Tras lo cual, me fui a ver la tele sabiendo que a la hora de ir a dormir…

… ¡Mi sumisa estaría calentita!

 

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