A mis cuarenta y ocho años supe entender los deseos más profundos de mi mujer. Sus cuarenta y dos están llevados de forma magistral. Es una auténtica morenaza, con el pelo ondulado, ojos negros como tizones. Alta, 175 cm, y alrededor de los setenta quilogramos. Sus pechos no son grandes, tiene una noventa, pero tienen grandes pezones y bastante sensibilidad en ellos. El simple hecho de que alguien se los coma la vuelve loca y provoca un chorreo en el coño que solo puede saciarse con un polvazo.
Entro tan a saco porque esta historia lo es. En la nochevieja de 2009 se lo propuse después de una de nuestras noches locas de sexo desenfrenado. Ella me miró con cara incrédula, pero con un brillo en la mirada.
Mi propuesta era provocar que no follase nada durante un año. Tenía que estar intacta, salvo algún que otro desliz con su consolador. El objetivo era hacerle el mejor regalo de reyes posible en el 2011. Le conseguiría tres hombres para ella sola. El estilo de cada hombre lo elegiría ella a su gusto. La única condición era que se grabara en video, solo para mí; indirectamente era mi regalo también. Yo no estaría presente, para no interrumpir nada de lo que pudiera suceder en esa sesión.
Llegamos al acuerdo de que yo solo follaría con putas en este tiempo. Una o dos veces al mes. Y tengo que decir que ha sido un año muy bien aprovechado. Negras, nórdicas, jovencitas, maduras, tríos. Todo tipo de producto, nacional y extranjero. Me he convertido en un colosal putero de bandera. Ahora no puedo dejarlas y ya se lo he dicho a mi mujer. Ella de momento me lo perdona, por el regalo que tuvo el pasado 6 de enero. Pero creo que no le hace demasiada gracia.
Fue en el mes de marzo del 2010 cuando me pasó su escrito con las características de los tres afortunados.
Pedía un joven de unos veinte. Rubio, alto y deportista. El aparato no era muy importante en este personaje. Bastaría con que fuera potente, fuerte y resistente. Después de mucho buscar lo encontré tomando una copa en un bar. Se lo propuse y le pareció bien. Es estudiante de arquitectura y juega al baloncesto. No es muy alto pero sí guapo y fuerte. Tiene 22 años y está soltero. Con gusto por las maduras, la foto que le mostré de mi mujer en camisón le convenció definitivamente. Nos intercambiamos móviles y quedamos en llamarle cuando ella diera su visto bueno.
Para el segundo quería a un negraco pollón. Lo busqué por los semáforos de la ciudad. Hablé con cada uno de ellos. Finalmente me quedé con un nigeriano de 29 años. A todos los candidatos les exigíamos análisis médico. Todos limpios y dispuestos.
Me quedé con él por su musculoso tórax y su enorme tranco. Se lo medí en erección: 26 cms. Ese día acabé chupándosela, me encantó. A veces quedaba con él para darle una buena mamada, me deleitaba dejando correr mi lengua por toda su polla, desde el capullo hasta los huevos. Siempre me llamaron la atención las pollas y esa era golosa y resistente. Mi mujer iba a estar encantada con él. Le pagué 1000 euros, única condición que él ponía. Y 500 más para las veces que quedamos en mi coche para irnos al campo a comérsela. De esto último mi mujer no sabe nada.
El tercero era el más difícil. Se trataba de un latin king. Le ponía que tuviera muchos tatuajes y aspecto sudamericano. Me fue difícil encontrarlo pero lo hice por Internet. Este vino de otra ciudad, previo pago de 5.000 euros y la más extricta discreción. Se alojó en un hotel de 5 estrellas, también por petición suya. Se trata del jefe de una de las bandas más peligrosas de Madrid. Tiene 34 años y está bastante gordo y musculoso a la vez, es difícil de explicar su cuerpo. La polla no es muy grande y está lleno de tatuajes y cicatrices. Mi mujer se mostró entusiasmada cuando le di sus referencias y mostré sus fotos.
Ya solo quedaba esperar al día 6 de enero.
Para tal fecha preparamos nuestra habitación. Escondimos cámaras en diferentes lugares, de modo que daban una batida de 360 º a la cama. Alguna de ellas con zoom activado para pillar los mejores primeros planos posibles. Finalmente haríamos un montaje como si de una película porno se tratara, que guardaré como un tesoro junto a mi colección de porno.
Citamos a los tres a las cuatro de la tarde. Cuando llegaran yo ya no estaría en casa. Les recibiría sola mi mujer. Solo cuando ella me llamara volvería a casa, podría pasar hasta uno o dos días. Así que me llevé a dos de mis putas preferidas a la casa de la playa para pasar el día y la noche si fuese necesario. A cada una le di un cheque en blanco, que firmaríamos en la despedida. Me llevé a una madurita de 44 años rubia, y a una chica de 18, ambas españolas. Les pedí que se hicieran pasar por madre e hija, y lo pasamos en grande.
Ajeno a mí, la puerta de mi hogar se abrió dando la bienvenida al chico rubio, el moreno pollón y el delincuente tatuado. Mi mujer los recibió con su camisón más corto. Color rojo semitransparente, con las nalgas al aire. Debajo, un juego de sostén y tanga color azul.
Se movía provocativa mientras avanzaba por el pasillo delante de los tres desconocidos. Bebieron bastante alcohol durante un rato en el salón, mientras hablaban para conocerse un poco mejor. Allí mismo ella beso a los tres mientras les acariciaba el paquete. Ellos empezaron a sobarle el culo y las tetas sobre el camisón. Ella se dejó desnudar hasta quedarse en tanga. Le comieron las tetas y le azotaban las nalgas y los muslos. Estas bailaban como gelatina tras cada azote. Mi mujer solo besaba a uno tras de otro con lengua, mientras acariciaba las pollas, cada vez más crecidas, sobre los pantalones. Entonces pidió un poco de calma. Se tomó una copa a pecho y se llevó al chico rubio a su habitación. Los otros tendrían que esperar un poco.
Hablaron poco. Mi mujer le tumbó boca arriba y se echo sobre él como una gata salvaje. Le desnudo poco a poco y le lamió desde la lengua hasta los dedos de los pies. El chico respiraba agitado.
«¿te gustan las mujeres maduritas?» Le preguntó mi mujer con la voz más guarra que pudo.
«mucho, y las morenas las que más, me recuerdan a una vecina».
«yo soy mejor que tu vecina, disfruta de mí, nene, ahora me tienes para ti sola».
Le bajó los calzoncillos y los retiró. La polla quedó al aire, no era tan chica como imaginaba. Le gustó ese chico, guapo, fuertecito y bien armado. Se la agarró y le empezó a masturbar semi-incorporada para poder seguir charlando con él.
«¿te gusta así?. Quiero tenerte enterito, ¿mejor lentito no?»
«Así, muy bien».
El chico resoplaba. Mi mujer le sonreía mientras le masturbaba lentamente.
«Dime nene, estás nervioso. ¿te han gustado los otros dos?. También serán para ti.»
«Nunca he estado con ningún hombre, pero tu mandas. Solo con poder follar a una mujer como tú, me merece la pena, eres una Diosa.»
«Así me gusta, te lo has merecido, me vas a estrenar tú, te elijo para empezar la fiesta. Espero que estés a la altura, me sentiría muy defraudada si no fuese así».
El chico tragó saliva sin decir nada. Mi mujer se acomodó y se dispuso a mamársela. La agarró hasta sacarle el capullo entero. Se la sujetó abajo junto a los huevos y pasó su lengua por la punta. La recorrió lentamente mientras le miraba. Le dio besos y se la metió en la boca moviendo la lengua justo en la rajita de la punta. Luego la deslizó por todo el tallo hasta acabar metiéndose los huevos en la boca.
El chico no daba crédito y gozaba cada segundo de esa descomunal mamada. Luego vuelta a subir lamiéndole el tronco. Los ojos morenos maduros que le miraban le hacían estallar de ardor. La mamada se prolongó más de lo que él hubiera deseado y le comunicó que si seguía se correría, pues estaba demasiado excitado. Mi mujer entonces se levantó y se desnudó por completo ante él, dejándole respirar un poco. La polla del joven palpitaba como si tuviera vida propia. Mi mujer se fue hacia él y le lamió los pechos y el cuello. Le besó y dejó que el chico le probara las tetas. Al cabo del rato se subió y le cabalgó. Se acoplaron muy bien, como si llevaran toda la vida haciéndolo pero el chico duró poco. Ante la nueva señal de corrida ella se levantó resoplando y lo puso de pié al lado de la cama.
Intentando disimular la decepción se la comió de rodillas mirándole de la forma más guarra posible. El chico se corrió de inmediato y mi mujer se lo tragó todo. Luego se levantó y le pidió que saliese de la habitación.
«al fondo del pasillo hay una habitación. Ve a recuperarte. De momento no has dado la talla; espero que más tarde me demuestres que esto solo ha sido una casualidad».
El joven se fue visiblemente contrariado.
Sin lavarse y sin vestirse, mi mujer se dirigió al salón donde llamó al negro. Quedándose el delincuente sudamericano solo.
Con el negro a penas hubo conversación. Lo desnudó rápido y se quedó impresionada por el tamaño de su polla. Feliz, mi mujer lo sentó en los pies de la cama. Se puso de rodillas echando el culo hacia atrás. La masturbó moviendo el culito como una perrita en celo. El negro sonreía y lanzaba frases en su idioma natal. Mi mujer la empezó a lamer. Le dio la impresión de estar lamiendo una polla quilométrica. Un juguete de cuero oscuro que nunca terminaba. Notaba las venas marcadas. La polla, además de larga tenía un diámetro descomunal. Cuando inició la mamada a penas abarcaba poco más del capullo. Se le llenaba toda boca rápido y tuvo que esforzarse para avanzar hasta poco más de la mitad. De ahí no pudo pasar. La comió gustosa y luego se tumbó abierta de patas sobre la cama.
«vamos negro cabrón, cómeme».
El negro le trabajó el coño durante largo rato. Mi mujer acariciaba su calva negra entusiasmada. Estaba muy necesitada de sexo y un hombre así era lo que quería para ese regalo. Se corrió varias veces. Al finalizar le pidió que se la clavase. El negro se la folló durante largo rato y en todas las posturas, su interminable polla parecía no tener fin a la hora de correrse. Le aguantó todo lo que mi mujer le pidió con creces.
Cuando la penetró a 4 patas los berridos de mi mujer fueron salvajes. Le insultaba a voces pidiendo más y el negro cada vez la follaba más fuerte. Mi mujer dejó caer su espalda manteniendo el culo lo más accesible posible. El negro se volcó sobre ella y se la clavó entera una y otra vez. Mi mujer gritaba y mordía la almohada. No se podía creer la follada que le estaban dando.
Al cabo del rato se obligó a cambiar de postura pues le dolía todo el cuerpo. Tenía el coño muy rojo. Tumbó al negro y se la mamó largo rato. El negro hacía gestos de sufrimiento, posiblemente aguantando la corrida, que no acababa de llegar.
Mi mujer se la clavó en cuclillas y empezó a saltar. Sudaba mucho y el negro la tenía bien agarrada desde abajo. Parecía increíble que se pudiera clavar en ese pollón con tanta facilidad. Es buena puta mi mujer, sin duda.
Entonces, empezó a encadenar un orgasmo detrás de otro, se empezaba a sentir agotada.
Se levantó y se propuso masturbar y comérsela hasta que se corriera. Se tumbó a su lado y le empezó a masturbar fuerte mientras su lengua recorría el oscuro y sudoroso pecho del nigeriano. A veces se agachaba y se la mamaba, luego volvía y le lamía el abdomen musculazo y los pechos. No paraba de masturbarle, el negro se encontraba muy a gusto y empezó a gemir fuerte. Entonces mi mujer se preparó para la inminente corrida. Aligeró la paja con la boca abierta hasta que empezó a salir leche a borbotones. Parte le cayó en la boca, en la cara, en los pelos. Acabó escurriéndosela a chupadas.
Tras un rato de descanso en el la cama, mi mujer estaba lista para seguir con la fiesta.
«eres divino. Un amor. El mejor amante que nunca he tenido. Me has dado el sexo que necesitaba y por el que el bueno de mi marido tanto ha pagado. Ve a recuperarte. Haz lo que quieras, estás en tu casa. Mi coño te lo agradece todo. Dentro de un rato volveré a necesitarte. Eres divino, amor.»
Ahora sí se dio una ducha de agua caliente. Le escocía el coño y estaba llenísima de leche.
Entonces se vistió con la ropa de colegiala de cuando su hija tenía quince años y salió a por el delincuente.
Cuando el delincuente la vio llegar se le quedaron los ojos como platos. Una madura hembra metida en ropaje de adolescente. La falda le quedaba muy corta. Las medias le recorrían todo el cuerpo hasta unos zapatos de tacón. La camisa blanca abotonada y el chaleco, a juego con la falda, amarrado sobre el pecho a modo de capa. Llevaba sendas coletas a cada lado de la cabeza. Tenía las gafas de leer puestas y chupaba una piruleta.
«soy mi hija con 18 años a la salida del instituto. Quiero que me violes».
Tras decir eso le dio una navaja enorme y se fue andando confiada hasta la cocina. El delincuente, tras dudar un instante, se fue tras ella y le abordó en la puerta. Se colocó justo detrás y le pegó la navaja al cuello mientras le tapaba la boca.
«no te muevas ni hagas nada. Si quieres seguir siendo el sol de mamá y papá, obedecerás en todo. Si no te portas bien no tendré problemas en degollarte. No serías la primera».
Bajo la firme mano que le tapaba la boca, los labios de mi mujer dibujaron una sonrisa diabólica, lacónica, guarra, divina, divertida y ausente.
A punta de navaja entraron en la cocina. El delincuente despejó la mesa y le quitó las medias rasgándoselas con la navaja.
«No tengas miedo en hacerme algo de sangre. De hecho estaría bien que lo hicieras, sería más real». Dijo la puta de mi mujer.
La colocó tumbada sobre la mesa de la cocina. Con el culo empinado, de forma que solo el tronco estaba sobre la mesa. Le desgarró la ropa con la navaja, sin miedo a hacerle daño. Le hizo cortes en los muslos y espalda. No eran demasiado profundos y a penas sangraba, pero a mi mujer les pareció el fin del mundo. Se mordió la lengua para aguantar la extraña mezcla de dolor y placer.
El delincuente le separó las piernas sin cambiar su postura. Le pasó la fría navaja por el coño y culo, dejándole la hoja de forma que no le hiciera daño. La hembra notó un escalofrío recorriéndole toda la espalda. Toda su piel se puso de gallina, lo cual hizo que le escocieran un poco más los leves y superficiales cortes.
Sacó la polla y la folló. Sin más, a saco. Fue una mala follada pero mi mujer, metida en su papel, lo pasó en grande.
El sudamericano se corrió pronto. Mi mujer se sentó en una mesa de la cocina y le pidió que se colocara totalmente desnudo ante ella. Estuvo un rato lamiéndole la amplia barriga y los hinchados músculos del pecho. Pasó su lengua por todos sus tatuajes y se entretuvo lamiendo sus numerosas cicatrices. Le ponía mucho estar lamiendo el curtito, pero a la vez descuidado y marcado cuerpo de un delincuente peligroso.
«Tal vez alguna vez me escape a Madrid para que me trates como una puta». Le dijo.
El sudamericano le dio su número de teléfono. Ella lo guardó a buen recaudo.
Desnudos, se dirigieron a la habitación de matrimonio. Ella le pidió que buscara a los otros dos para el fin de fiesta en su amplia cama. Mientras esperaba que llegasen miró la hora, las 12:00 de la noche. Se le había pasado el tiempo volando. Se preguntó qué estaría haciendo su marido. Empezaba a sentirse un poco mal por todo aquello y se arrepintió de pedirle al sudamericano que la hiriera. No obstante quería darle un buen final a aquello. Se sentía con ganas y fuerzas. Quería pasarlo bien y apurar hasta el último instante aquel maravilloso regalo de reyes.
Los tres se presentaron. Ella les pidió que estuvieran completamente desnudos.
Una vez todos en pelotas, se acercó y se besó con los tres mientras sus manos iban masajeando paquetes y masturbando pollas en creciente erección.
La del negro fue la primera en ponerse tiesa. Así que se dejó caer hasta ella, lamiéndole el cuerpo mientras bajaba. Una vez de rodillas la masturbó mirándole, los demás seguían rodeándola. Se la metió en la boca y empezó una mamada estándar. Enseguida le llegaron las otras dos. Las cuales masturbó con cada mano, mientras su boca seguía envolviendo la polla del negro hasta poco más del capullo. La soltó y se comió la del delincuente por primera vez. Le supo mal, ese no se había lavado, pero le gustó. Se esmeró en esa mamada. Luego se la comió al joven estudiante de arquitectura.
En todo momento se sintió manoseada por las seis manos. Usada, a pesar de estar intentando llevar la iniciativa.
Cuando se había trabajado, más o menos bien, las tres pollas. Se levantó y se colocó a 4 patas. Quería ser follada, no pidió a nadie en particular. Se la clavó el sudamericano. Ella recibió de muy buen grado su pequeña polla. El negro y el joven fueron al encuentro de su boca. Ella ignoró la del rubio y pidió mamar el pene de cuero. Él se tumbó frente a ella, dejándole vía libre. La comió aprovechando los impulsos que le daba el follador que tenía detrás. El joven se sintió algo desplazado, sin duda era el que peor había pasado la primera prueba. Se sentó y se masturbó mirando la escena.
Al rato ella se desclavó y le pidió al negro que la follara desde abajo, señalándole al delincuente que él se la metería por el culo a la vez. El negro se acomodó y ella quedó sentada sobre su polla. Se echó muy hacia delante hasta dejar sus tetas en la cara del nigeriano, el cual aprovechó para lamerlas a placer. Entonces dejó mejor camino hacia su culo. El sudamericano se encalamó sobre su espalda, como un perro en celo, y se la clavó en el culo. Esa situación derivó en una fantástica follada. El buen estado de forma de ambos facilitó que pudiera ser prolongada durante largo rato Ella se sentía atrapada entre dos machos. Prisionera y feliz. Gemía con una voz salida desde lo más profundo, mientras movía el torso para que sus dos pechos recorrieran toda la cara del nigeriano.
Cuando finalizaron esa postura ella se levantó y se dirigió al rubio.
«ya que no vales para follar, veamos qué tal se te da comer polla y ser follado»
El rubio tuvo miedo pues el delincuente rió de forma desmesurada. Ella le hizo comer la polla al negro. Y luego le hizo que este se la metiera poco a poco por el culo. Mientras tanto ella se tumbó de piernas dejando al otro que se la follara un rato, a la vez.
Las lágrimas sumisas del joven le enternecieron. Le pidió al negro que parase y le dijo al joven que esperase en el salón.
Quedó sola con los otros dos. Se la follaron de muchas posturas. El primero que cayó fue el sudamericano. El cual se corrió en sus nalgas mientras la penetraba en la postura del arco.
Ella pidió al negro que la follara hasta correrse, pero que le avisara. Se dejó hacer. La manejó como una muñeca de trapo. Dándole vueltas a su antojo y penetrando donde y como quiso. Gran puta mi mujer.
Cuando le quedó poco la avisó. Ella se tumbó boca arriba y abrió la boca.
«lléname el depósito, hijo de puta».
El negro se colocó sobre su boca abierta y se la enchufó como una manguera. Se masturbó con el capullo un poco metido en su boca. Al correrse todo cayó dentro. Mi mujer no dejó nada. Tal fue la corrida que le dieron ganas de vomitar.
Se quedó un rato lamiendo las pollas morcillotas y los cuerpos musculosos, y dejando que ellos saborearan sus pechos, coño y culo. Luego les pidió que se fueran, que eso había sido todo.
Cuando se fueron se fue con el chico, que esperaba obediente en el salón. Le hizo algo de cenar y le dijo que la acompañara a dormir.
Antes de dormir le sedujo. Le dejó jugar con su cuerpo y tuvo paciencia con el joven inexperto. Se la mamó sin prisas y le cabalgó con dulzura. Tras la última corrida se durmieron, eran las 3:30 de la madrugada. Mi mujer cayó rendida tras casi doce horas de sexo desenfrenado.
Por la mañana le regaló otro polvo y un rico desayuno. Cuando el joven se fue ella le pidió su teléfono.
«follas bien amor. Solo era parte de mi fantasía el decir que no lo hacías, para ver como el negro te rompía. Perdona si te has sentido mal. Tal vez te llame algún día, sin que lo sepa mi marido.»
Lo despidió con un beso en la frente. Puso a lavar las sábanas y se dio un baño de una hora. Al acabar me llamó y me dio las gracias por el mejor regalo de su vida. Me pidió que regresara pronto que me echaba de menos,
Cuando colgué, yo yacía resacoso en la cama de matrimonio de nuestra casa de la playa. Con una puta madura a un lado y otra jovencita al otro. Los tres desnudos y agotados tras una tarde-noche de sexo desenfrenado, sucio y bien pagado.
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