Capítulo 12

Tardé dos horas en levantar a ese trio de putas porque María, al despertarse, exigió su dosis de placer antes de plantearse siquiera el salir de la cama. Por supuesto mucho tuvo también que ver el que Rocío y la francesa le siguieran el juego y comportándose como si llevara meses sin hacer el amor, ambas se lanzaran entre las piernas de mi prima compitiendo en ver cuál de las dos conseguía llevársela al huerto.

        Por ello, el sol ya estaba en lo más alto cuando al fin logré que nos pusiéramos en camino hacia el pueblo abandonado que nos había que nos había dado cobijo durante diez días.

        Mi idea era recuperar todo aquello útil para sobrevivir en la isla como los cerdos que teníamos encerrados o las cañas de pescar. Lo que no sabía fue que, al irnos acercando, la francesa se iba a empezar a poner nerviosa.

Al verla casi llorando, nos explicó que al igual que nosotros, cuando naufragó con su tío, ellos eligieron ese emplazamiento para vivir. El doloroso recuerdo del intento de violación a manos del tipo que zozobró junto a ellos y la valiente reacción de su familiar matándolo la seguían atormentando y por eso agradeció que, cogiéndola de la mano, la abrazara diciendo:

―No tienes nada que temer, estoy aquí para protegerte.

―Prométeme que nunca me vas a dejar― contestó, pegándose todavía más a mí, demostrando que a pesar de su edad seguía siendo la misma niña asustada que llegó a esa isla hacía tantos años.

 ―Nunca lo haré, te lo aseguro― fue mi respuesta.

Recordando su infortunio, creció en mí la seguridad que nuestro destino era pasarnos la vida anclados en ese lugar y por ello azuzando a las tres, comencé a recoger los diferentes bártulos que nos íbamos a llevar a nuestro nuevo emplazamiento.

Quizás por las ganas que tenía de salir corriendo de ese lugar, Iv fue la que más me ayudó porque mientras ella se afanaba en ir recolectando todo lo que nos pudiera servir para sobrevivir, Rocío y mi prima se pusieron a otear el horizonte.

Estaba a punto de recriminarles su actitud cuando de pronto, María pegó un grito señalando un punto en mitad del océano.

―¡Un barco!

Al principio, no la creí porque era tan lejano que no alcanzaba a distinguirlo, pero entonces apoyando a su amiga, la morena insistió en que era verdad.

Fijándome con mayor detenimiento, al final lo vi. Os juro que nunca en toda mi vida, me había sentido tan nervioso y recolectando toda la leña que teníamos, encendí una hoguera con la esperanza que desde esa embarcación alguien se fijara en el humo.

Durante mas de media hora, seguimos entusiasmados la senda del navío intentando llamar la atención saltando y chillando desde la playa. Poco a poco nuestro entusiasmo fue decayendo al no observar ningún cambio en su trayectoria.

―No nos ven― Rocío se lamentó con lágrimas en los ojos.

Supe que tenía razón y desesperado me puse a pensar en cómo podría hacer más patente nuestra presencia.

―¡Señales de humo!― exclamé al recordar el método que en las películas usaban los navajos para comunicarse y cogiendo una ajada manta la puse sobre el fuego.

―¿Qué haces?― preguntó mi prima al ver que la quitaba y la volvía a poner con una cadencia determinada.

―Estoy pidiendo ayuda con morse.

―No entiendo― insistió.

―Reteniendo el humo, estoy creando bolas de diferente tamaño. Tres pequeñas, tres grandes, tres pequeñas. Si se fijan, cualquier marinero leerá en ellas S.O.S.

Mi idea dio resultado porque al cabo de unos minutos, vimos que el barco giraba y se dirigía hacia nosotros. La alegría cundió entre nosotros y con renovado entusiasmo, nos pusimos a abrazarnos al saber que seríamos rescatados. Fue entonces cuando me percaté que la francesa no estaba.

―¡Iv!― la llamé a gritos mientras en mi interior sabía que no aparecería por el miedo que le producían los extraños.

María comprendió lo que ocurría y acercándose a mí, me dijo con voz preocupada:

―Ve por ella, ¡Iv solo confía en ti!

Asumiendo que tenía razón, con el corazón encogido, me lancé a la selva en su busca. Cuanto mas la buscaba, mas crecía la sensación que era inútil porque jamás la encontraría si ella no quería.

―Iv, ¡por favor! ¡No puedo irme si ti! ― chillaba mientras escudriñaba cualquier ruido, cualquier movimiento de hojas con la esperanza de verla aparecer.

Mas de dos horas estuve buscándola hasta que desmoralizado, me senté en la misma roca en la que la había conocido y sumido en el llanto, me di cuenta de mis sentimientos.

―¡Te amo y nunca te abandonaré!― grité a los cuatro vientos sin dejar de llorar.

―¿Eso es cierto? ¿Me amas?― preguntó la francesa tras un árbol.

―¡Más que nada en el mundo!― confirmé mientras me echaba a correr en su busca.

La francesa me recibió con los brazos abiertos. Al sentir sus besos supe que era suyo y ella mía, y tumbándola sobre la hierba, comencé a acariciarla.

―Si no quieres abandonar la isla, me quedaré contigo. Nadie puede obligarme― susurré en su oído.

―¿Harías eso por mí?―  preguntó completamente conmovida.

―No lo dudes― respondí― no me separaré de ti jamás.

Acalló mis palabras con otro beso, pero esta vez buscó mi contacto y mientras su lengua jugueteaba con la mía, llevó su mano a mi entrepierna.

―¿Qué haces? – pregunté al sentir cómo con sus dedos intentaba estimular mi erección.

Muerta de risa, contestó:

―Quiero hacerte el amor, por última vez, antes de marcharnos.

Poseídos por un deseo irrefrenable, nuestros cuerpos se juntaron sin darnos tiempo a pensar en lo que estábamos haciendo y que en ese momento, María y Rocío estaban siendo rescatadas por la tripulación del mercante. Para mí, solo existían sus pechos llenos de pecas y sabiendo lo mucho que le gustaba que los lamiera, me dediqué a recorrer con la lengua los bordes de sus pezones para agradecerle así su decisión.

Mis maniobras no tardaron en elevar la calentura de mi pelirroja y todavía estaba mordisqueándolos, cuando sentí que Iv agarraba mi sexo entre los dedos y se lo colocaba en la entrada de su cueva. No nos hicieron falta preparativos, mi pene y su vulva se conjuntaban a la perfección, por lo que sin contemplaciones la penetré al sentir sus piernas abrazándome.

Ella no pude evitar dar un sonoro grito al sentir mi invasión y clavando sus uñas en mi espalda, me rogó que me moviera.

Si bien en un principio mi embestida había sido brutal, la convertí en algo tierno y disminuyendo su ritmo, comencé a acariciarla y besarla. Estábamos hechos el uno para el otro, mi pene se acomodaba en su cueva como una mano en un guante mientras a la sombra de las palmeras nos íbamos sumergiendo en el placer.

Desde la primera vez Iv había resultado ser una mujer muy ardiente pero ahí con la brisa marina azotando nuestros cuerpos, la podía sentir licuándose entre mis piernas cada vez que mi extensión se introducía rellenando su vagina.

Su entrega me convenció a ir incrementando tanto el compás como la profundidad de mis estocadas hasta convertirlo en algo vertiginoso. Entonces y sin previo aviso, gritando se corrió. La violencia de su orgasmo y el modo en que vi retorcerse a su cuerpo sobre la hierba, me excitó aún más.

―Muévete― le pedí cogiendo sus pechos entre mis manos y sin dejar de penetrarla, aumenté todavía más la velocidad de mi cabalgar.

Esa orden surtió el efecto deseado y casi sin poder respirar, mi francesa consiguió cerrar sus piernas mientras movía sus caderas. La presión que sus músculos vaginales ejercieron en mi miembro y sus jadeos rogándome que derramara mi semilla en su vientre, fueron un estímulo que no pude aguantar y exploté.

Mi pene seguía derramando su esencia, cuando noté que se me unía y que con sus dientes mordía mi cuello al hacerlo. El dolor y el placer se sumaron y mientras caía agotado sobre ella, Iv conseguía su segundo clímax de la tarde.

―Te adoro, pecosa― sonriendo dije todavía con la respiración entrecortada.

―Lo sé, Manuel― contestó radiando felicidad justo en el instante en que llegaban a nuestros oídos las voces de María y de Rocío buscándonos.

―¿Estás segura que quieres irte?― pregunté no muy seguro.

―Sí. Tienes razón, hasta ahora mi vida ha sido esta isla, pero aunque me da terror dejarla, debo hacerlo. Solo espero que después de tantos años, mi padre siga vivo y pueda presentarle a mi marido.

―¿Qué marido? ¿Lo conozco?― en son de guasa pregunté mientras mis dedos se perdían en su roja cabellera.

Mirándome a los ojos, respondió:

―Mira que eres bobo…

Epílogo

Tras ser rescatados, el capitán del mercante se puso en contacto con la armada de Indonesia y ésta con nuestros padres. Si mi pobre madre casi sufre un sincope al saber que su hijo seguía vivo, me imagino lo que sintió Jean Claude Duclos cuando le informaron que, tras quince años perdida, había encontrado a Ivette sana y salva. Lo único que sé es que, en ese mismo momento, canceló todas sus citas y cogiendo su avión privado, se desplazó hasta Denpasar donde estaban nuestras familias.

        Nuestra vuelta a la civilización se prolongó durante casi una jornada entera, veinte horas que resultaron una ruda prueba que tuvimos que superar los cuatro juntos porque cada vez que alguien se acercaba a la francesa, esta se ponía a llorar e intentaba huir.

Afortunadamente conté con la ayuda de mi prima y de su amiga. De no ser así, no sé qué hubiese hecho para controlar a la pelirroja que veía en cada uno de esos hombres de mar al capullo que intentó violarla siendo una niña.

―Va a necesitar nuestra ayuda― comentó Rocío mientras intentaba consolarla.

―Gracias, pero eso es responsabilidad mía― contesté haciéndome el gallito.

María al oírme, dejó lo que estaba haciendo y acercándose a la pelirroja, me miró hecha una furia:

―También es nuestra o te olvidas que hemos jurado que, si algún día nos rescataban, íbamos a seguir siendo una familia.

Apoyando a su amiga, Rocío me soltó:

―Iv es tan mujer mía como tuya y no pienso dejarla desamparada en un mundo que no conoce.

Juro que estuve a punto de echarme a llorar porque yo sentía lo mismo y si había dicho eso, era porque no quería obligarlas a cumplir con su palabra. La que si se echó a llorar fue la pelirroja que atrayendo a las otras dos, se puso a besarlas con desesperación.

Viendo la imagen, no me quedó más que decir:

―Somos cuatro y nadie podrá separarnos, si no queremos.

Las tres estuvieron de acuerdo y decidimos enfrentarnos a nuestras familias si llegado el caso se oponían a ello.

Como el lector se podrá imaginar, vaya si lo tuvimos que hacer porque al llegar al puerto, mis padres, mis tíos y los de Rocío se mostraron contrarios a la idea e intentaron hacernos ver que era una locura porque éramos muy jóvenes mientras achacaban a un trastorno que pensáramos siquiera en irnos a vivir juntos.

El único que no se opuso, fue Jean Claude porque para él nosotros éramos los ángeles que habían traído de vuelta a su retoño y viendo que Iv se mantenía firme en no irse a ningún sitio sin nosotros, juntó a las tres familias y les dijo:

―Nuestros hijos son mayores de edad y no podemos obligarles. Ya he perdido la infancia de mi pequeña, no pienso perderme el resto. Por ello quiero hacer una propuesta, afortunadamente tengo un pequeño château a las afueras de Paris. Lo ofrezco sin compromiso de ningún tipo para que vivan ahí y si pasado el tiempo ven que ha sido un error, siempre pueden volver a sus casas.

―¿Y los estudios? María está estudiando moda en Madrid― protestó mi tío al oír que el franchute nos daba una salida.

―Lo seguiré cursando en Paris.

―Pero hija, ¡Manuel es tu primo!― intentó hacerle ver poniendo cara de asco.

―Te equivocas, es mi marido y pienso vivir con él.

Esa afirmación cayó como un obús entre nuestros mayores y más cuando Rocío confirmó a los suyos que pensábamos crear una familia porque nos queríamos.

―Eso es inmoral, jamás he oído un disparate semejante― dijo mi viejo mientras intentaba sacarme de ahí.

―Papá, no me voy a ningún lado― y extendiendo mi mano al padre de Iv, le pregunté si su oferta seguía en pie porque de ser así la aceptábamos.

El magnate cerró el trato con un apretón de mano y casi sin despedirnos, Iv, María, Rocío y yo nos montamos en su avión…

FIN

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *